Manuel Mujica Lainez
(Buenos Aires, 1910- La Cumbre, Córdoba, 1984)


III. El cofre (1648)
Aquí vivieron
“Historias de una quinta de San Isidro, 1583-1924”
(Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1949, 317 págs.)



      Era una canoa larga y esbelta, de aquellas que solían recorrer, tripuladas por diez o quince guaraníes, todo el curso del Uruguay y del Paraná, aventurándose hasta el delta mismo. Solo que ahora no la ocupaba nadie. Abandonada, a la deriva, ponía en la serenidad del Río de la Plata inesperadas sugestiones de naufragio.
       Los dos pescadores, de pie sobre el lomo de los caballos cuyos belfos sobrenadaban el agua indolente, escudriñaban el interior de la barca, más cerca de la costa.
       Un movimiento de la corriente hizo virar con blando balanceo la proa erguida, y el sol, al bañar su cóncava superficie, arrancó chispas de un objeto oscuro, metálico, alzado en la popa.
       —¡Un cofre! ¡Un cofre! —gritó Ignacio, el menor de los muchachos, y se zambulló ágilmente. El otro le siguió. Brillaban los ojos de ambos, pero su luz era distinta. Había entusiasmo, codicia, en los de Ignacio; en los de Miguel, desazón: cada brazada que le acercaba a lo desconocido, añadía a su miedo. Chapaleando las ondas breves, llegaron hasta la canoa.


       Por más que mirara hacia atrás, hacia los comienzos de su corta vida, Miguel no podía separar de su memoria la imagen de su primo hermano. Juntos habían crecido en el caserío de Torre del Mar, en Vélez Málaga. Su infancia transcurrió entre olivos y naranjos, a orillas del Mediterráneo, y en barcazas ligeras que regresaban al anochecer, henchidas las redes. Fue una vida alegre, retozona, de semidioses anfibios. Cuando no estaban bañándose en las aguas azules, o pescando mar afuera, o tumbados entre los naranjales, paseaban por las callejas delgadas y entraban en las iglesias antiguas y en los conventos. Lo poco que sabían lo habían aprendido codo con codo: algunas oraciones milagreras, zurcir una red, preparar un anzuelo, elegir el cebo mejor. Los grumetes de los barcos que acudían al refugio de Torre del Mar, en busca del agua fresca de sus pozos, les habían referido cuentos de sirenas, y los pescadores no cesaban de narrarles la mágica historia de cuando el Rey Católico pasó por allí, acuchillando moros.
       Para Miguel, Ignacio era inseparable de esas evocaciones. En su imaginación infantil azuzada por las viejas piedras esculpidas y por el aire del Mediterráneo, Ignacio ocupaba el sitio de los héroes de la leyenda. Veíale amarrado al mástil del navío veloz, mientras las mujeres de cola escamosa cantaban los cantos fatales. Veíale, el casco coronado de alas, frente a la hueste sonora que salvó a Andalucía del infiel. Ignacio, siempre Ignacio, para su soledad de niño. Su desnudez atravesaba como un relámpago la negrura de los olivares y todo se iluminaba con brusco resplandor.
       Al morir el padre de su primo, hermano del suyo, aquella intimidad se aguzó. Ignacio a los quince años y Miguel a los diecisiete se parecían como dos estatuas de bronce, en la similitud de los torsos soleados, del pelo renegrido, de los ojos árabes. Pero en aquella relación, riesgosa por lo que implicaba de desequilibrios, el mayor era, al tiempo que el protector, el esclavo. Tan habituado estaba Ignacio a hacer su voluntad, desde que juntos iniciaron la vida, que no lo consideraba un privilegio que podría quitársele. Y así, si Miguel le otorgaba todo, Ignacio no advertía la singularidad de tal actitud, y la recibía sin agradecerla, con la naturalidad inconsciente de los pequeños déspotas. Pero a Miguel le bastaba, como recompensa de una situación cuya injusticia no podía escapársele, sentir que ese sacrificio permanente, que era en él como una segunda personalidad, le había dado en cambio la seguridad de que no compartía a Ignacio con nadie. Durante años, habíase valido de mil tretas para alejarle de los otros muchachos pescadores, y su primo, con aquel abandono y aquella fácil indiferencia que le singularizaban, le había dejado hacer, quizá sin notarlo.
       Si Miguel se hubiera detenido a analizar, indagando en sus sentimientos, la índole sutil de los lazos que había estrechado así con Ignacio, su ingenuidad aldeana no le hubiera permitido discernir su nudo más escondido. Esa ignorancia que solo obraba por impulsos ponía una extraña base de pureza a su amistad. Lo único que él le pedía a la vida es que le dejara estar con Ignacio, bajo los naranjos deslumbrantes o bajo las estrellas balanceadas, en las noches en que el Mediterráneo vuelve a ser griego y fenicio. Y como Ignacio, por inercia, porque exige más esfuerzo negar que acordar, se había sometido a esa vida de tácito aislamiento, su existencia transcurrió feliz en el caserío de Torre del Mar.
       Hasta que el menor cumplió diecisiete años, y repentinamente empezó a sentir que le ahogaba un dogal tan laboriosamente trenzado. Íbansele los ojos tras las muchachas, cuando salían los domingos de misa, y aunque Miguel le urgía para que volvieran a la playa, se atardaba en el atrio de la iglesia de la Encarnación o, si conseguía escapar, rondaba el palacio de los marqueses de Veniel, cuyas criadas eran hermosas.
       También cambió entonces el carácter de Miguel. De jubiloso y encendido, se tornó taciturno, receloso, secreto. Ignacio ya no pudo ejercer su tiranía. Aunque se acompañaban siempre, abríanse entre ambos verdaderos pozos de silencio, y entonces advertían la distancia que les separaba: Ignacio de una parte, con su inquietud, su ansia de vida, de amor, de luces; Miguel de la otra con la muda angustia de quien siente que pierde lo que es suyo y comprende que cada palabra puede contribuir al alejamiento y por eso no la pronuncia, aunque arde por hablar. Así iban, trepando las pendientes de Vélez Málaga entrecortadas de calles cojas, sin percibir ninguno de los dos cuál era la índole del peso que les agobiaba. Y a ambos lados, en los soportales, bullía la vida con los gritos de los arrieros y de las fregonas, con el tartamudear de los mendigos y las grescas de los marineros. Nombres remotos: México, Lima, Portobelo, Cartagena de Indias, Buenos Aires, acudían a los labios. Pero ellos no los escuchaban. Ignacio, disimulando —y no entendiendo, en verdad, la causa de su disimulo—, se detenía con cualquier pretexto para entornar los ojos y atisbar, bajo un corpiño, el pujar de un pecho adolescente, imperioso. Y Miguel, disimulando también y sin alcanzar tampoco la fuente de ese fingimiento, seguía con la mirada los ojos de Ignacio y bajaba los párpados.
       No se había equivocado el menor. Era un arca de madera dura, quizá de jacarandá macizo. Su tosca talla aparecía aquí y allá, bajo el cuero repujado que la vestía y al que ornamentaban rígidas figuras de águilas, de flores, de leones y pájaros. Tanto pesaba que tuvieron que hacer un esfuerzo para moverla, cuidando de que no zozobrara la embarcación. Cerrábanla herrajes martillados. Cuando quisieron levantar la tapa, esta no cedió. Entonces, desenvainando los cuchillos de pescadores, hundiéronlos en el delgado intersticio que separaba el cajón de la cubierta.
       Ignacio, agrandados los ojos por la emoción, hablaba con una volubilidad que Miguel no le conocía de largo tiempo. No paraba de preguntar. ¿De dónde podía venir ese cofre? Y él mismo se contestaba, como intoxicado:
       —De seguro que trae tesoros de los Padres de la Compañía. El gobernador está en lo cierto. ¡Aquí hay oro, Miguel, onzas de oro hasta el tope!
       Y forcejeaba con la faca reluciente, hasta que la hoja se quebró por la mitad, haciéndole un pequeño corte en una mano. Miguel, como tantas veces cuando eran niños, allende el océano, le tomó la mano y oprimiéndola con fuerza entre los labios, comenzó a sorberle el hilo de sangre.


       Mucha gente había venido de la costa andaluza para América. Los viejos que recordaban los relatos de las primeras conquistas encendían fogatas en la imaginación de los auditorios. Desgarrábanse los mozos de Almería, de Motril, de Málaga, de Cádiz. ¿Quién iba a resignarse a andar con bueyes o con cabras, o trabajando en las vides y en los sembradíos, si cada golpe de viento de África alimentaba la hoguera con alusiones a un pasado levantisco, aventurero? En las Indias meterían el brazo hasta el codo en oro virgen, y de regreso serían más príncipes que los califas que alzaron las mezquitas y los palacios.
       El padre de Miguel no resistió a ese reclamo alucinante. Dejó los aparejos de pescador y embarcó con su hijo y su sobrino. Tanta era su certeza de fortuna, que antes de partir de Torre del Mar escogió el solar de Vélez Málaga en el cual levantaría su casa rica, con fuentes en los patios y terrazas y jardines de cipreses y arrayanes.
       Poco le duró el espejismo. La peste que asoló al velero y contra la cual fue impotente el “maestro zurujano”, le empujó con otros veinte cadáveres al seno de las aguas profundas, para festín de las especies plateadas que él había recogido tantas veces en las mallas de su red.
       Miguel e Ignacio quedaron solos, más solos que nunca, antes de que el mayor hubiera cumplido veinte años. Aislados en medio del duelo de la tripulación, recobraron la confianza perdida. Miguel creyó que su primo volvía a ser suyo, en el miedo de un porvenir que habría que ganar paso a paso. Fondearon en Buenos Aires a fines de julio de 1647 y a poco se alistaron en la expedición que el gobernador Don Jacinto de Lariz aprestaba contra las misiones de la Compañía de Jesús.
       Don Jacinto debía su nombradía principal a sus querellas con el obispo del Río de la Plata, quien acababa de excomulgarle a pesar de sus privilegios de caballero santiaguista. ¡Qué terrible fue la enemistad del señor de Lariz y del prelado! Por nada, ya estaban escribiendo memoriales al Rey y al Consejo de Indias y a la Audiencia de Charcas, pintándose respectivamente como demonios. Si el jefe civil organizó su expedición misionera, cabe suponer que, en buena parte, su afán derivó de la urgencia de alejarse de Buenos Aires, revuelta por la discordia.
       El pretexto era la denuncia de que los padres ignacianos ocultaban minas de oro en sus reducciones y que no las habían declarado, como ordenaba la ley, ante la autoridad real. Un indio, llamado Buenaventura, se ofreció a conducir a Don Jacinto hasta los mismos yacimientos. Y allá se partió el malhumorado maese de campo, con un ensayador de metales, algunos vecinos de la ciudad y cuarenta soldados. Formaban entre ellos Ignacio y Miguel. Fue una marcha penosa y estéril. Pasada Nuestra Señora de la Encarnación de Itapuá, sobre el Paraná, el indio desapareció; solo volvieron a hallarle bastante más tarde, en plena selva, y aunque Buenaventura fue sometido a tormento por el gobernador irritado, no pudo sacársele palabra. Vagaron de misión en misión, recibidos con violines y chirimías por jesuitas astutos que simulaban una sorpresa respetuosa ante su aparición, y por caciques que no les mostraban más que cacharros y plumas de colores. En diciembre estaban de nuevo en Buenos Aires.
       Durante aquellos seis meses se acentuó el humor melancólico de Miguel. De noche, su primo solía acercarse a los fuegos que crepitaban para ahuyentar a las fieras, en un claro del bosque o a orillas de los grandes ríos.
       Quedaba allí las horas, escuchando a los soldados que hablaban de mujeres. Súbitamente, un yacaré atravesaba la corriente entorpecida por camalotes, o un jaguar elástico cruzaba un calvero entre los disparos de la mosquetería. Renacía la calma, y las imágenes, con su obsesión, tornaban a danzar sobre las brasas. Eran mujeres de las tabernas y de los burdeles del Levante, o indias maravillosas que uno de ellos había entrevisto en el Perú, en el último patio de la casa de un alto funcionario de Castilla. El vaivén de las llamas tatuaba en todos los pómulos igual quemadura. Suspiraban los veteranos. Ignacio no se cansaba de oírles. Justificaba tanta fatiga y tanto riesgo, a cambio de estas horas de camaradería bronca con hombres de pelo en pecho que iban descubriendo ante sus ojos ávidos visiones que le enardecían. Cuanto había en él de bisnieto de árabes voluptuosos cimbraba ante la promesa de los serrallos. Más atrás, en la sombra, Miguel sentía el frío de la soledad. Cuando Ignacio entraba en la tienda, apenas si cambiaban palabra.


       A costa de mucho brío consiguieron arrastrar la canoa hasta la playa. El cofre empecinado no les había revelado todavía su secreto. Lo colocaron sobre las toscas y reanudaron la tarea ardua. El sol brillaba sobre sus espaldas, sobre sus manos sudorosas. Ignacio se había anudado un lienzo a la herida y apretaba los dientes. Nada, nada, la tapa no cedía. Dijérase que los leones y las águilas, acaso repujados por un indio de esas mismas misiones de la Candelaria, de Santa Ana y de Yapeyú que habían recorrido el año anterior, les hacían burla con las fauces grotescas y los picos desmesurados.
       —¡Mejor fuera llevarlo a la cabaña! —dijo Miguel—; allí podremos usar de otros hierros.
       El menor aprobó. No fue fácil trabajo el que emprendieron. El arca era pesada y voluminosa. Empujándola lentamente entre los sauces, alcanzaron la base de la barranca. Peor resultó el ascenso. De camino, se asían a las matas, a los troncos de los ceibos y de los espinillos. Bajo la piel dorada, hinchábanse sus músculos tensos. Así escalaron la cumbre de la loma y, exhaustos, se echaron a la sombra del tala que la coronaba.
       Frente a ellos, sin una vela, el río se irisaba con los esmaltes transparentes del atardecer. A esa hora única, ya no semejaba una prolongación de la pampa vecina, pues lograba una hermosura que no fincaba en su grandeza desierta sino en el tesoro de tonos que de su entraña subía.
       Ignacio no prolongó el reposo. De un salto estuvo en la choza y regresó con un trozo de hierro curvo, para reanudar la lucha con lo desconocido al borde de la barranca.


       Cuando volvieron de las misiones de piedra roja, resolvieron que en Buenos Aires no prosperarían. Es decir que lo decidió Miguel. De haberse seguido el deseo de Ignacio, hubieran permanecido en la ciudad. Con la sopa de los conventos y las sobras del Fuerte hubieran tenido para sustentarse. Siempre hubieran encontrado quehacer en una metrópoli adolescente. ¿Por qué no engancharse de soldados? Pero Miguel opuso todo el vigor de su tenacidad al proyecto. Ellos eran pescadores y la capital del Río de la Plata necesitaba alimentarse. Los comienzos serían duros, mas pronto ganarían lo suficiente para instalar un comercio. Medio año de andar entre gentes de la villa le había bastado para comprender que aquí no había ni el oro ni las esmeraldas ni las turquesas que les anunció la fantasía andaluza. Aquí, para amasar algunas onzas, era menester recurrir al negocio de cueros. Primero pescarían; más tarde, Dios les guiaría de su mano.
       Ignacio capituló a regañadientes. Arguyó que podían ubicar su choza a las puertas de Buenos Aires, cerca de donde las lavanderas batían la ropa. Pero Miguel tampoco quiso oír hablar de tales vecindarios. Había demasiados pescadores en la zona y la competencia anularía su empeño. Él sabía de un paraje ideal, cinco leguas más arriba, en los Montes Grandes. Y allá se fueron, aunque no se le escapaba a Miguel que la distancia conspiraba contra las probabilidades de su comercio.
       Habitaban una cabaña que había pertenecido, según se decía, a unos mestizos que huyeron de allí, después de una terrible tormenta y a quienes ya no se vio nunca. Corría la fama de que la mujer había tenido una hija con Don Pedro Esteban Dávila, uno de los gobernadores de más lujuriosa memoria. Lo cierto es que en los aledaños moraba una pareja de labradores, con una niña de quince años a quien hallaron recién nacida en los cañaverales de la costa, y que los pobladores del lugar sostenían que ese era, precisamente, el fruto de los amores de aquel gran señor violento con la mestiza esfumada.
       Miguel e Ignacio tardaron bastante en ponerse al tanto de las habladurías. Por lo pronto, tuvieron que reconstruir la deshecha cabaña; luego emplearon sus magros ahorros de la paga de Lariz en adquirir dos caballos; después, la diaria tarea les absorbió. Con ella, dijérase que el mayor surgía a una vida nueva. Todas las mañanas salían a pescar. Se internaban en el río a caballo, acarreando cada uno un extremo de la red. Adelantábanse hasta que el agua limosa tocaba el pescuezo de las bestias y, de pie sobre el lomo, separados por el largor del ancho aparejo de cuerdas, recogían en la malla a los convulsionados batallones del río. Bogas, sábalos zurubíes de cabeza chata, bagres y pejerreyes, se revolvían en la prisión. Hacían el mismo viaje varias veces. Otras, cazaban tortugas en las islas vecinas, y hasta pequeños lagartos, valiéndose de arpones. De tarde preparaban los cebos de carne, lombrices, pescado y frutillas, o torneaban anzuelos, o concertaban las ventas con los carreteros que pasaban por el camino de la costa hacia la ciudad.
       La felicidad de Miguel era solo comparable a la de su infancia en Torre del Mar. Sucedíale de despertar en mitad de la noche y quedar las horas, a los pies de la cuja de su primo, velándole. Ningún pensamiento atravesaba su mente. Una infinita paz le invadía. Al alba cuando le veía ensillar los caballos, desnudo el torso, la emoción le caldeaba el pecho.
       Hasta que conocieron a Antonia, la de los cuentos, la que podía ser hija de un gobernador del Río de la Plata y sobrina del Marqués de las Navas.
       Era una muchacha fina, frágil, modosa. Andaba siempre como dentro de un halo que le desdibujaba el contorno y le otorgaba el prestigio de la lejanía. La leyenda de su origen añadía a su orgullo. Aderezaba las ropas pobres como si fueran vestidos cortesanos; cuidaba el ademán; medía la risa. Ignacio se enamoró de ella con locura. Estaba en la edad en que el misterio es el condimento más escogido de la pasión. A fin de ocultarse de Miguel —e ignorando, como antes, por qué se escondía— fingía acostarse muy temprano para escapar luego. Miguel espiaba desde la barranca sus sombras entrelazadas en el agua inmóvil.
       Así transcurrieron cuatro, cinco meses… Y ahora, el cofre…


       Nada podía con las cerraduras y con sus refuerzos. Jadeantes bajo las primeras estrellas, sacudían el arca como si fuera la cabezota de un gigante que se niega a comprender.
       Ignacio hablaba a borbotones, con un ritmo entrecortado de hombre que se confiesa o que piensa en alta voz. Subía tras ellos la luna inmaculada, y Miguel, clavando en el jacarandá macizo el puñal mellado, seguía el monólogo de su primo a modo de quien se asoma a un abismo entre jirones de niebla. Ahí estaba la fortuna, por fin, y qué fácil, qué fácil… el oro de los jesuitas, tan ansiosamente buscado, venía a buscarles a su turno por obra de encantamiento a bordo de una barca a la deriva… Se irían de allí… serían dos reyes… reyes como los que edificaron la Alhambra… Y Antonia —repetía Ignacio— iría con ellos… Tendría cuanto ambicionara… los terciopelos crujientes… los collares… el patio en el cual baila el surtidor sobre los mosaicos…
       A Miguel le temblaron las manos y le latieron las sienes. Ya no eran suyas, ya no eran suyas esas ásperas manos de pescador que se aferraban a la daga de ganchos, filosa como una hoz. Eran las manos del hombre que debe matar y matar enseguida, porque todo en él, el cuerpo y el alma, van dirigidos inconteniblemente hacia la oscuridad de un destino de sangre.
       Lucharon un instante, como dementes. Apagóse el alboroto de los loros en el ramaje del tala, y de las ranas en las charcas del bajo. Hasta que los dos rodaron por la barranca espinosa, arrastrando en pos el arca enorme. Ignacio, ovillado, llevaba la faca hundida en el corazón, sobre el cual crecía una flor bermeja. Miguel se abrazaba a su primo, cegado por el arañazo de los arbustos. Detrás descendía a los tumbos, entre desprendidas piedras, el cofre de los jesuitas, como un negro jabalí que les fuera persiguiendo.
       Cuando llegaron a la playa, el arcón, impulsado por la fuerza de la caída, se estrelló contra el cuerpo de Miguel, destrozándolo.
       Así les iluminó el parpadear del amanecer, entre el indiferente charloteo canoro: el menor, de espaldas, más niño con la palidez de la muerte; Miguel, a su lado, echada la greña sobre la faz, una mano lívida sobre el pecho desnudo de Ignacio; el cofre, volcado, desvencijado, abierto por fin, vacío.



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