Manuel Mujica Lainez
(Buenos Aires, 1910- La Cumbre, Córdoba, 1984)


XXXII. La hechizada (1817)
Misteriosa Buenos Aires
(Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1950 [1951], 371 págs.)



      Mi madre murió cuando éramos muy niños. Desde entonces el carácter de mi padre se ensombreció. Su viudez, al coincidir con los acontecimientos revolucionarios de 1810, produjo trastornos considerables en su casa y en su vida. Era mi padre un hombre aferrado a la añeja tradición: bajo el régimen español había desempeñado la auditoría de guerra de varios virreyes, y su fortuna, sumada a la que le aportó la herencia de su suegro, prosperó hasta destacarle entre los vecinos más acaudalados de Buenos Aires. He conservado su testamento, en el cual detalla con orgullo melancólico la lista de las propiedades perdidas: porque las perdió, embargadas por el gobierno patrio, que sospechaba de su contribución a los levantamientos destinados a abolirlo. Nunca he logrado saber qué hubo de cierto en la desconfianza del doctor Moreno y de don Bernardino: la verdad es que muy poco se recobró de las estancias familiares (había una en Corrientes, de casi setenta leguas), y que mis imágenes infantiles y adolescentes se vinculan con una insoportable hojarasca papelera; con el rasgueo de las plumas de ave sofocado por las cortinas; con las conferencias enlutadas de leguleyos y eclesiásticos, y con la sensación de que algo no paraba de roer, bajo el piso, entre las vigas y dentro de los muros de nuestra casa vecina de la Catedral.
       La presencia de mi madre, según averigüé, había colmado ese macizo caserón. Muerta ella y desaparecidos los cortesanos que a cualquier hora acudían a interesar a mi padre, para que insinuara “media palabra” en su favor, ante Arredondo, Olaguer Feliú o Sobremonte; zozobrante también y luego desvanecida la opulencia que permitía mantener el trajín de esclavos y servidores, la casa pareció más grande aun, más anchas sus habitaciones y más vacías, a pesar de los muebles enormes y severos que las trocaba en sacristías conventuales y a pesar de los testigos fastuosos que mes a mes se esfumaban y cuya huida, muy niños, no advertíamos, hasta que preguntábamos: ¿dónde está la yerbera con el pavo de oro?, ¿dónde están las bandejas de abuelo?, y mi padre, con un gesto desesperadamente duro, nos hacía callar.
       Durante los primeros años de orfandad dependimos para todo de la negra Tomasa, que había sido nodriza de nuestra madre; pero Tomasa era vieja y cegatona; pronto se le paralizaron las piernas y con la chochera senil se transformó en algo semejante a los solemnes muebles negros que tanto temíamos: un mueble de ébano esculpido, arrimado a la pared de un aposento que perfumaban los hinojos cercanos, y cuyo piso de ladrillos —esto no lo olvidaré nunca— se diría adornado con alfombras listadas que producían las sombras de las altas rejas.
       Mi padre no salía de su ensimismamiento. Como un taladro le trabajaba la idea fija. Sería injusto si le guardara rencor, pues la defensa de sus bienes le requería por completo. Si mi madre hubiera vivido, las cosas hubieran sucedido en forma diferente, a pesar del descalabro de la hacienda. Pero mi madre descansaba bajo una losa en la iglesia de Santo Domingo, y mi padre… mi padre ya no era tal, sino un anciano triste, agobiado, perplejo, que aun durante las comidas —comía solo— no cesaba de escribir y de rehacer cuentas, y respondía con un distraído beso en la frente a nuestro pedido de su bendición.
       Para que no le importunáramos y dejáramos de vagar por las galerías, escondiéndonos al topar con frailes y abogados, y escondiéndonos sobre todo para no encontrarnos con él, que en seguida nos mandaba a repasar la lección de latín y el catecismo, se le ocurrió enviarnos diariamente, después del almuerzo, a jugar en casa de su prima Paula Mendoza.
       Así lo hicimos durante mucho tiempo. Tía Paula era una de las señoras principales de la ciudad. Creía mi padre que, sola y sin hijos, nos dedicaría su tarde, pero tía Paula apenas disponía de unos minutos para nosotros. Siempre la rodeaban las visitas. Siempre había, en su estrado, gente mundana y alegre. Las mujeres se mostraban chales y peinetas traídos de Europa; y los hombres eran elegantes. Decían versos, tomaban mate y bebidas dulces, jugaban a las prendas, comentaban los menudos episodios de Buenos Aires, reían en el aleteo de los abanicos y el ofrecimiento modoso de las cajas de rapé y de los pastilleros, y sus risas campanilleaban hasta la huerta. En la huerta, más allá de los patios, nos refugiamos Asunción y yo, entre los criados de la casa de Mendoza.
       Asunción dejaba ya de ser una niña. Cuando sucedió lo que voy a contar (acerca de lo cual pueden ustedes ser escépticos sin incomodarme, pues su extravagancia justifica no sólo el recelo sino también la incredulidad), mi hermana tenía trece años. Yo andaba por los doce y la adoraba. Nuestro aislamiento nos había alejado de otros chicos. Hoy mismo, después de cuarenta años, cuando indago en mis memorias de entonces, titubeo al esforzarme por calificar exactamente lo que por ella sentía. Lo indudable es que nunca he querido así a nadie. La adoraba y hubiera quedado durante horas sin más juego que trenzar y destrenzar la mata de pelo castaño que, deshecha, le caía hasta la cintura, o sin más distracción que mirarla correr y correr tras ella, fragilísima, levísima, aérea, en ese momento del desarrollo en que el cuerpo comienza a diseñarse y en que, por eso mismo, por eso que trasunta de ser y de no ser, de estar y de escurrirse, logra una calidad vibrante, fugaz y enternecedora.
       En la huerta reinaba Bernarda Velazco, una mulata joven. Era una mujer realmente hermosa y ahora malicio, por cierta aristocrática semejanza, que mi tío Mendoza, don Cipriano, gran caballero andaluz, amigo del Virrey Marqués de Loreto, algo —y algo decisivo— tuvo que ver con su venida al mundo, porque poseía unas maneras naturalmente señoriles que contrastaban con su color y con sus labios gruesos, carnales.
       Cuando la conocí no capté en seguida —no hubiera podido hacerlo— el enigmático influjo que emanaba de su personalidad. Pasaba con repentina rapidez del lánguido despego que, aun cerca de nosotros, la enclaustraba en una aparente lejanía, a una preocupación de animal que acecha. Los ojos verdes le chispeaban entonces y apretaba los dientes perfectos como los de Asunción, sin llegar a sonreír. Pero esto y mucho de lo que después se produjo y que he ido deduciendo, escapaba a la inconsciencia de mis cortos años. Lo único que a mí me importaba era retozar detrás de mi hermana, como un cachorro, y acosarla entre los melones y las sandías o en la penumbra anaranjada de los frutales, o arrancar puñados de jazmines para volcarlos sobre su pelo.
       Las tardes de Bernarda Velazco se enhebraban sobre una alfombra que había sido azul y que la pátina del tiempo había desvaído hasta lavarla con tonos misteriosos, como de cielos muy pálidos, muy delicados, muy lueñes. Alrededor, como en una estampa de mercado asiático, esparcíanse los nobles objetos de metal de aquella casa rica. Bernarda Velazco cuidaba de ellos; los frotaba todas las semanas con ceniza; los pulía con retazos de terciopelo; los hacía brillar hasta que los candelabros de plata parecían de oro, y las salvillas de oro parecían de fuego y arrojaban llamas cuando las alzaba al sol.
       De vez en vez, caía por la huerta algún enamorado suyo. Era en ciertos casos el encendedor de faroles Sansón, a quien apodaban así por su extraordinaria estatura y que, concurrente a cuanto velorio había en la ciudad, trataba de divertirla con el relato de sus lujos fúnebres. En otras ocasiones se deslizaba a través de los patios Martín, el aguatero, que había dejado a la puerta su carro arrastrado por una yunta de bueyes y coronado, encima del tonel y las canecas, encima de las ruedas colosales, por un muñeco de trapo, su santo patrono, sujeto a una estaca. Pero la charla de los galanes no la entretenía. Bernarda se encastillaba, distante, altanera. Levantaba una jícara entre los dedos finos y la limpiaba suavemente, mientras los muchachos la rondaban, erguidos para que valorara el garbo de sus figuras, o aparentaban no percatarse de su desdén y estiraban los perfiles mitad indios y mitad gitanos, una flor en la oreja, en la mano un junco.
       Sería difícil precisar en qué momento Asunción empezó a apartarse de mí. Debió de ser al iniciarse la primavera del año 1816. Por entonces solíamos abandonar nuestras correrías y acercarnos a Bernarda para que nos contara cuentos. Nos sentábamos en la alfombra azul, rodeados por el tesoro de mates, sahumadores, palmatorias y aguamaniles, y la escuchábamos durante una hora o dos, fascinados por su voz musical y por el mundo que nos revelaba. Su seducción obró sobre mí al principio, como sobre mi hermana, pero al cabo de un tiempo se abrió camino en mi ánimo, lentamente, poderosamente, un indefinible horror, un miedo cuya esencia luego comprendí y que me mantenía a su lado, como un pájaro inmóvil sugestionado por una serpiente. No sé si esa sensación derivaba del carácter de sus relatos o de sus ojos verdes, cuyas pupilas recordaban las de ciertos animales malignos. Sus narraciones versaban siempre sobre aparecidos, sobre ahorcados, sobre luces vagabundas bailoteantes en torno de los solitarios rancheríos. Las refería sin adorno, con grandes pausas, y lograba transmitir el espanto con maravilloso vigor. Pero mi angustia no se nutría tanto, con ser yo un niño impresionable, del terror de los monstruos evocados por ella, como de la atmósfera siniestra —y simultáneamente cautivante— que envolvía a Bernarda Velazco.
       Terminados los cuentos, cuando el aguatero o el encendedor de faroles se acercaban cimbrándose, yo me empeñaba en apartar de la mente de Asunción las fantasmagorías de la mulata, mas, si bien reanudaba conmigo los juegos, la sentía apartada, inaccesible, como si me la hubieran raptado y su alma siguiera, por espectrales caminos, a las visiones. Poco a poco advertí que se desasía de mí y que los lazos que nos ataban uno a uno se rompían. Entonces maduró en mí el temor, pues al suscitado por Bernarda, por su tenebrosa belleza y sus alucinaciones, se sumó el pánico de perder a la que quería tanto.
       Traté de que recobráramos nuestra vida pasada y su feliz despreocupación, diciéndole que las consejas de la mulata eran patrañas locas, pero ante su callado encono, ante la forma en que se cerró para mí, clausurando toda comprensión, me di cuenta de cómo la había penetrado la influencia de Bernarda Velazco, y de que si deseaba conservar su amistad y su cariño debería transigir con una situación que se tornaba asfixiante.
       Durante semanas la acompañé en la alfombra azul cuyo solo contacto me estremecía como el de una piel sensual. Avanzaba la primavera y las mariposas se posaban sobre las jarras y los platos repujados. De tanto en tanto, porque mi ansiedad me impulsaba a ganar a toda costa la simpatía de la mulata, yo le pasaba uno de esos objetos decorados con águilas y con escudos, para que lo puliera, y le elogiaba la destreza con que realzaba los arabescos de su cincel. Pero ella casi no respondía y yo, sentado entre ambas, sentía florecer y crisparse su aversión, que me atravesaba como un aire frío, y sentía que mi hermana la recogía también y la proyectaba sobre mí. Hasta que opté por dejarlas solas, en la exclusividad del dominio limitado por la alfombra cubierta de plata y de oro. Oculto por el naranjal, las espiaba. Quedaba la una sentada frente a la otra larguísimo rato. Bernarda hablaba despacio, con la mirada en la vinajera o en el mate o en el tejido que proseguía con habilidad, y de repente levantaba los párpados y fijaba en Asunción sus ojos gatunos. Cuando llegaban los cortejantes, apenas correspondía a su saludo, así que un día, acaso de común acuerdo, no regresaron.
       Yo armaba trampas para cazar pájaros y cavaba en el jardín, pero más a menudo los celos me mantenían quieto entre la fronda, atisbando.
       Hasta que una tarde Bernarda dejó de hablar. Desde entonces, protegidas por el tapiz que las separaba de todo, ella y mi hermana no hicieron más que mirarse, mientras las horas se desgranaban con perezoso ritmo. El pecho de Asunción pujaba bajo el vestido tenso. A partir de ese instante comenzó a producirse la inexplicable transformación. Tan sutil fue el desarrollo del proceso que jamás, aunque varié el escondite y me arrimé cuanto pude, me fue dado captar un signo de la mudanza en el segundo mismo en que ella ocurría. Pero lo cierto es que esa mudanza tenía lugar. Insensiblemente, las cejas de Asunción se curvaron en la copia del trazo de las de Bernarda, en tanto que las de ésta se alisaban y extendían como las de mi hermana. Fue luego —o antes, porque esto, la exactitud de cada evolución de la embrujada metamorfosis no lo sabría precisar— la boca de la mulata la que pareció sumirse hasta trocarse en delgada línea, mientras que la de Asunción se redondeaba y enriquecía con el voluptuoso dibujo de los labios de Bernarda Velazco. Y luego fueron los ojos. Yo estudiaba a mi hermana en casa, cuando pedíamos a mi padre la bendición y la luz de los candelabros le daba de lleno. Una noche discerní en el fondo de sus ojos algo nuevo, como si otros ojos fueran surgiendo, aflorando, de la profundidad de los suyos, y entintándolos con reflejos verdes.
       Por fin no pude más y, angustiado, interrogué a Asunción, pero se echó a reír de lo que le dije, con una risa ronca, extranjera, y por otra parte lo dije mal, a tropezones, pues era imposible que expresara cabalmente la idea que tenía, o sea que Bernarda la iba devorando. O no, no es eso, tampoco es eso, pues se devoraban la una a la otra, se trasladaban la una a la otra —si tal descripción tiene sentido— en viaje de etapas inubicables. Y lo peor es que nadie se daba cuenta. Traté de hacerlo comprender a mi padre quien, con un corto ademán, como se ahuyenta a un moscardón, me mandó a que jugara en el patio.
       —Pero, ¿no lo ve usted? —grité, exasperado por mi impotencia.
       Mi padre la escudriñó un instante y se encogió de hombros:
       —¡Qué disparate! —comentó—. Asunción crece; ya es una señorita. Eso es lo único que sucede. Mejor fuera que estudiaras tu latín y no te trastornaras el seso con fantasías.
       Mi entrometimiento me privó del resto de confianza que mi hermana depositaba en mí. Ya no me dirigió la palabra y vivimos el uno junto al otro como extraños.
       Entre tanto, en la huerta de la casa de Mendoza, que el verano poblaba de abejas y de cigarras, el maleficio proseguía. Asunción empezó a dorarse, como si el reflejo del oro acumulado alrededor se transmitiera a su piel, y la mulata palidecía, como si se estuviera desangrando.
       Un día —recuerdo la fecha: fue el 26 de febrero de 1817; el capitán Mariano de Escalada acababa de entrar en Buenos Aires con noticias de haber reconquistado nuestras tropas el reino de Chile— resolví hablar con tía Paula. Llegué al estrado tumultuoso, pero la señora no me quiso atender. Ella y sus amigos estaban absorbidos por las nuevas magníficas. En la plaza atronaban las salvas de los artilleros. A poco, la sala se vació. Se encaminaban todos a la Casa Consistorial, a ver la bandera tomada al enemigo que habían colocado en el balcón central, caída, entre las nuestras enarboladas. Corrí a invitar a mi hermana para que gozáramos del espectáculo y de las músicas militares, pero ni siquiera me contestó.
       Bernarda me miró por primera vez en mucho tiempo y me costó reconocerla; me costó distinguir cuál de las dos era Asunción y cuál la servidora, aunque esta última, si bien no sólo su rostro sino también su cuerpo delicado correspondían a los de Asunción, debía ser la que, con ademanes armoniosos, bruñía el marco de un pequeño espejo de plata. La otra, mi hermana en verdad, era ya idéntica a Bernarda Velazco. Unidas las manos, en actitud reverente, dijérase que la adoraba.
       Entonces me tocó asistir a la escena en la cual culminaba el hechizo. La mulata se puso de pie y tendió a mi hermana el espejo que pulía; ésta lo tomó y reanudó la tarea iniciada por la otra, quien, de nuevo en cuclillas, juntó las manos.
       No me contuve y exclamé con voz quebrada: ¡Asunción! ¡Asunción!
       Fue Bernarda Velazco quien me dio respuesta, Bernarda que había terminado de apoderarse de mi hermana, de trasvasarla toda a ella:
       —¿Qué quieres? —me interrogó ásperamente.
       —No, tú no, tú no, mi hermana…
       —Yo soy tu hermana, Beltrán.
       Y entre tanto mi hermana Asunción frotaba el marco exhornado de ángeles y medialunas, sin osar mirarnos.
       Esa noche, cuando regresé a casa, quien me acompañó fue la mulata, lo juro.
       Creí que mi padre, alertado por el instinto, adivinaría confusamente el engaño y recordaría mis palabras anteriores, pero al requerir Bernarda que la bendijera (Bernarda que ya no era Bernarda, sino Asunción), mi padre le sonrió y dijo:
       —¡Qué bella estás, muchacha! —y le acarició la mejilla.
       No dormí. Recé con atormentada congoja, pidiendo ayuda al Cielo. De mañana, corrí a lo de Mendoza. Asunción se hallaba en la huerta, sentada en la alfombra azul, entre los metales que se caldeaban al sol del estío.
       —Asunción —le rogué—, Asunción…
       Y ella rehuyó mis ojos y clavó los suyos, los ojos verdes de Bernarda, en el sahumador de oro del Marqués de Loreto que iba cubriendo de suave ceniza.
       Quedé junto a ella, hablándole, hablándole como se habla a los niños muy pequeños para que no se asusten, pero no quiso contestar. Apareció por el jardín tía Paula, a buscar unos jazmines.
       —¿Qué haces aquí tan temprano? —me preguntó riendo detrás del velo, pues pretendía que el sol la manchaba de pecas. Y añadió—: ¿Te habrás enamorado de Bernarda?
       Reía y cortaba los frescos jazmines, y yo no sabía qué hacer, no atinaba más que a cubrirme la cara con las manos temblorosas.
       Por la tarde, la que había asumido los rasgos de mi hermana vino a la huerta. Ocupó su lugar en la alfombra, el lugar de Asunción, y el día transcurrió, infinito…
       Pero al siguiente se negó a regresar a lo de Mendoza. A mí no me replicaba; en cambio no cesaba de platicar con mi padre, y pronto advertí que lo encantaba, que lo seducía como había hecho con nosotros, y en tanto pasaba la semana letal fue evidente que en el ánimo de mi padre se desperezaba una desazón provocada por esa hija que no era su hija, cuya hermosura le trastornaba…
       Mi hermana —porque volví a la huerta solo— dejó el tejido y me preguntó con su voz distinta:
       —¿Y Asunción, no la traes contigo?
       —No mientas, bien sabes que no es Asunción; que Asunción eres tú.
       —¿No vendrá? ¿Estás seguro de que no vendrá?
       —No vendrá. Está enloqueciendo a nuestro padre.
       Asunción movió la cabeza negativamente y hundió las agujas en la guarda del tejido:
       —Te ruego que le digas que venga.
       Pero Bernarda rehusó hacerlo. Salía ahora mucho con mi padre. Juntos fueron al teatro de comedias y a la recepción de los estandartes traídos de Santiago de Chile y a la fiesta con castillo de fuego que hubo en la Plaza Mayor.
       Yo no me alejaba durante todo el día del naranjal de los Mendoza.
       —Asunción —imploraba—, dime que tú eres Asunción…
       Y le besaba llorando las manos morenas.
       Yo era un niño, un niño de doce años. No se me ocurría qué hacer, a quién recurrir. Las pesadillas me torturaban de noche.
       —¿No vendrá Asunción? —gemía mi hermana recostándose entre la orfebrería olvidada.
       —Asunción eres tú…
       Acosado, me humillé y supliqué a Bernarda que volviera aunque fuera una vez. Me espió con los ojos de mi hermana, en cuya hondura, como un pez veloz en lo hondo del agua revuelta, cruzó la chispa cruel de los otros ojos agoreros, y retrocedí:
       —No iré nunca.
       Tuve que transmitir el mensaje despiadado. Asunción carecía ya de voluntad. Sus brazos pendían sobre la alfombra. A la madrugada siguiente, impulsado por un presentimiento, acudí temprano a la huerta. La hallé acurrucada sobre el tapiz. Corrí hacia ella, desparramando las fulgurantes platerías, y la abracé. Entreabrió los ojos verdes y murmuró:
       —¡Beltrán! ¡Beltrán!
       Di grandes voces, llamando a los negros. Con ellos irrumpió, destrenzada, la tía Mendoza.
       —¡Ha muerto! —sollocé.
       Tenía entre los brazos el cadáver de mi hermana Asunción, mi hermana Asunción como había sido cuando su belleza me detenía en mitad de los juegos para sonreírle; mi hermana Asunción con sus ojos oscuros, sus manos blancas, sus labios finos que mojaron mis lágrimas.
       A Bernarda nadie la vio más. En su cuarto, en el cuarto de Asunción descubrí que la imagen de la Virgen María había sido atravesada con siete alfileres. Debajo de la almohada, en el lecho, encontré unas hojas de aruera, el árbol de las brujas del litoral.
       Meses más tarde, le pedí a mi tía que me regalara la alfombra azul. Quizás pensó que desearía guardarla, en memoria de la que había muerto allí. Encendí una gran hoguera en el patio de la casa. Largos años me persiguió el recuerdo de la forma encrespada, cuando se erguía y retorcían los flecos en medio de las llamas crepitantes, rugiendo como un animal de presa que se quema vivo.



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