Manuel Mujica Lainez
(Buenos Aires, 1910- La Cumbre, Córdoba, 1984)


XXVII. La princesa de Hungría (1802)
Misteriosa Buenos Aires
(Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1950 [1951], 371 págs.)



      Isabel deja pasar las tardes largas, acurrucada en un soportal vecino de la calle del Pecado. En ocho meses se agostó su hermosura. Su pelo negro, renegro, idéntico al del mellizo, perdió lustre. Se apagó la luz de sus ojos celestes, almendrados, iguales a los de su hermano Lorenzo Salay. Aquella piel suya, tan morena, tan fina, se ha agrietado. Dijérase que cuando murió Lorenzo, ocho meses atrás, ella murió también; que le cortaron la cabeza como al cadáver de su hermano, para encerrarla en una jaula de hierro y colocarla a la entrada del pueblecito de Las Víboras, en la Banda Oriental, donde escarmentará a los bandoleros.
       Es imposible reconocerla en esta mendiga. Quienes antes la deseaban y perseguían, se apartan de ella temerosos de la enfermedad que la devora. Isabel, indiferente, olvidada de todo lo que no sea su hermano, se está de sol a sol, frente a la plazuela del barrio de Monserrat. Algunas beatas, compadecidas de su estado, la socorren con leche y frutas. Pero ella apenas prueba la vianda. Quiere morir, quiere morir cuanto antes; quiere reunirse hoy, hoy mismo, con quien fue para ella la vida, con quien la mantuvo exaltada, iluminada, por la sola virtud de su presencia. Y la vida es tenaz y forcejea y la retiene de este lado.
       Simón el Bizco, que ha sido banderillero y no cesa de protestar desde que los vecinos hicieron demoler, en 1800, la plaza de toros que se alzaba en ese lugar, a veces se apiada de ella y le ofrece un mate. Para distraerla y también para distraerse de su propia vejez y desventura, le describe las fiestas que allí se realizaron, el escándalo alegre de las bestias cornudas, el lujo de los trajes dorados. Hincha el pecho y se aprieta la faja amarilla, modelando la elegancia de su cintura. Pero Isabel no le atiende. Tampoco escucha a los otros pordioseros y truhanes que al atardecer se refugian bajo los arcos de la casona de Azcuénaga. ¿Qué le importa a ella que el virrey y su séquito se ubicaran en esos mismos balcones, apoyados en tapices con orlas y escudos? ¿Qué le importa el recuerdo del bullicio, de las carreras de los enlazadores, de la entrada de los toros de Chascomús en el ruedo, por la puerta de la calle de Santo Domingo? Nada le importa, nada, nada… Si algunos paisanos cetrinos —camiluchos, gauderios o gauchos— caen por la recova con sus gallos de riña, e improvisan con los ponchos un cerco para que los combatientes se arranquen las crestas y se destrocen a espolonazos, tampoco le importa. Vuelan por el aire plumas sangrientas y los hombres hacen buches con vino recio. Nada le importa…
       Sus compañeros se duermen uno a uno, tumbados en la mugre de los ladrillos. El Bizco se espulga. Otro —ese negro de cara estúpida que lleva dos rosarios al cuello y muestra los muñones cuando implora la caridad— canturrea una canción monótona, hasta que termina por derrumbarse también, rendido de sueño. Sólo ella vela, abiertos los ojos celestes, como si no tuviera párpados.
       De noche, las escenas vuelven a visitarla. Se estremece, como si el aire frío de agosto le acariciara el espinazo. Pero no es el aire el que la sacude así y la sostiene erecta, en medio de los locos y de los mendigos. Es el no poder olvidar, el no poder olvidar nunca, nunca…
       Eran idénticos e inseparables. Se confundía la risa que les alumbraba los dientes con llama veloz: se confundían sus ojos, su pelo, sus manos, sus bocas bellas y crueles, su delgada esbeltez. Lorenzo Salay, desde niño, la trastornó con sus cuentos. Un día —tenían a la sazón once años— la envolvió en su capa y le dijo: —Ahora te robo para siempre.
       Juntos echaron a correr hacia el río, a bañarse desnudos, a saltar en el agua limosa que bruñía sus cuerpos morenos casi iguales, casi…
       Desde esa mañana, Isabel ha tenido la impresión de vivir bajo la capa de su hermano, oyendo latir su corazón. Para la huérfana, lo fue todo. Le dio un mundo extraño, alucinante, que noche a noche imaginaba y construía, un mundo de príncipes y brujos, de ermitaños y piratas.
       Vino después lo que ya se sabe. El vagabundeo, el primer robo —la bolsa de un fraile, en la Plaza Mayor—, el otro robo y el otro, la huida en barca a través del río, persiguiéndoles la justicia…
       En la banda opuesta, los días se deslizaron como si jugaran. Lorenzo Salay regresaba a la choza con el producto de las rapiñas, y reían, infantiles, desplegando sobre el suelo de tierra apisonada los lienzos, desparramando las mercaderías de las alforjas. Isabel se desnudaba y se ceñía con una de esas telas ricas, bordadas, que las monjas tejieran para las iglesucas remotas. Lorenzo tomaba la vihuela y entonaba una romanza de su invención, un raro cuento. O si no se arropaba él también con los géneros de oriental policromía y se lanzaba a bailar, un cuchillo en la diestra. Isabel le acompañaba con un pandero. Cuando se tendía a dormir, le besaba en los labios.
       Hasta que Salay se incorporó a la cuadrilla de salteadores del temible Palominos. Con ello comenzó la desgracia. Súbitamente, sin tiempo para avisar a su hermana, montaba a caballo y desaparecía. Un día le trajo un collar de turquesas; otro le trajo un bolso lleno de monedas de oro. Las volcó sobre el jergón y, a la luz de las velas, ardieron las sábanas suntuosas, como si hubieran encendido una fogata.
       También se sabe el resto: el saqueo del pueblecito de Las Víboras; el ataque contra la estancia de don Francisco Albín, segundo comandante de Voluntarios de Colonia; la muerte del bandido Palominos a manos de una partida de blandengues; la prisión de nueve más… Aquella vez Isabel aguardó en vano, hasta que se enteró de lo acontecido por uno de los dispersos: Lorenzo Salay se hallaba entre los arrestados; con cadenas, le conducían a Buenos Aires. Embarcó de vuelta para la capital del virreinato del Río de la Plata, en pos de su hermano. Estaba segura de que Lorenzo Salay, tan diestro, tan sutil, burlaría a sus jueces.
       Y casi les engañó. El Consejo de Guerra había dictado ya su terrible sentencia, cuando Lorenzo, al confesarse con el sacerdote de la Hermandad de la Caridad encargado de auxiliar a los reos en capilla, le afirmó con voz ronca y triste mirada que él no era tal bandolero sino un príncipe potentado, Conde de Buda, señor de vasallos en Hungría. Todavía añadió:
       —Encontrándome en Roma al servicio del Emperador mi amo, fui hecho prisionero por los franceses y, transferido a bordo de sus bajeles, continué con ellos hasta Montevideo, donde deserté y escapé a la campaña.
       Turbóse el cándido clérigo, y Salay, golpeándose el pecho y clavando en él sus ojos celestes, inverosímilmente claros bajo la negrura de las crenchas, murmuró:
       —Pues he de morir en breve sin remedio, suplico se me dé licencia para testar de mis estados en favor de una hermana que tengo en ellos.
       Sí. Casi les engañó. El sacerdote previno al hermano mayor y éste al Virrey. Se conmovió Buenos Aires con la noticia insólita. Ya agitaba argumentos el oficial defensor del reo. El flamante Virrey don Joaquín del Pino tosió, hundió las uñas en los encajes de la chorrera y ordenó al auditor de guerra que, asesorado por el escribano mayor de la gobernación, tomara a Lorenzo una declaración escrupulosa. Allí fue el enredarse del muchacho. Por momentos su versión parecía lógica, tal era la multitud de datos que acumulaba y tanta la nobleza de su apostura, pero al fin, cercándole, hostigándole, los funcionarios le hicieron caer en contradicciones. Y el Príncipe de Hungría subió al cadalso con los demás convictos. El verdugo Antonio Aguarí, después de muerto, le degolló, y su cabeza y manos partieron para Las Víboras y la estancia de Albín, a exhibirse clavadas en jaulas de hierro. La cabeza seguía siendo hermosa, con los párpados muy azules, la boca pálida.
       Ocho meses han corrido desde entonces e Isabel no consigue morir. “Princesa de Hungría”, la llaman los pícaros y los harapientos que la rodean en la calle del Pecado. Y ella no rehúsa el título. Si su hermano lo dijo, así será.
       ¡Melancólica princesa de la Corte de los Milagros! Simón el Bizco se ha dormido a su vera y más allá el negro Pesares y Francisca la Loca y Garrafón, el de las llagas. El viento ulula en la recova.
       Para ella todo se reduce a aguardar el retorno del Príncipe de Hungría. Lorenzo Salay la cobija aún bajo su capa negra. Siente aletear alrededor el manto invisible, cuando el viento tironea los andrajos de los mendigos.
       El alba enrojece la plaza. Salen de la sombra las casas familiares. Isabel las reconoce una a una: en frente, sobre la calle de San Cosme y San Damián, la del presbítero José de la Palma Lobatón; junto a ella, las tapias de la casa de Muñoz, con los árboles de la huerta balanceándose en la brisa; luego las habitaciones de don Manuel de Lezica; a un costado, los baldíos de la calle de San Francisco, y más allá la finca de Altolaguirre. Es su paisaje cotidiano. Lo posee vara a vara. Pero esta madrugada algo ha cambiado en él. Sobre las tapias de Muñoz, sobre las higueras y los ceibos, una gran cúpula gris, redonda, levanta su estructura. Isabel se frota los ojos y el domo permanece allí, ornado de estatuas que refulgen.
       Alrededor se desperezan los piojosos. La muchacha se arrastra hasta Simón el Bizco y le señala la arquitectura en forma de media naranja. Hace tanto tiempo que calla, que su voz suena bajísima, gutural:
       —Esa iglesia… esa iglesia…
       El Bizco mira en la dirección indicada y nada ve que le asombre. El cielo rosa tiembla encima de las copas de los árboles y de las paredes blanqueadas con cal. Lo que sí le sorprende es la actitud de la mujer apática, su nerviosidad, su balbuceo:
       —¿Qué acontece, Princesa? ¿Qué me estás mostrando?
       Los otros se incorporan también y giran las cabezas por la plaza tranquila:
       —¿Qué iglesia?, ¿cuál iglesia?
       —Esa iglesia… esa iglesia…
       —Toma un mate, mujer, y aquí hay un mendrugo para ti. Si te empeñas en no comer, verás visiones.
       Isabel vuelve a encerrarse en su mutismo. Lentamente la abandonan los pordioseros. Van a los conventos, a buscar la sopa, o a mendigar por las calles. Algunos lo harán a caballo, con displicencia señorial. Isabel queda en su rincón, encogida. Sus ojos no se apartan del cimborio que, con el andar del día, se destaca más y más nítido, hasta que logra una intensidad tan recortada que parecería que el resto está hecho de bruma y sólo él existe. Por fin, la mujer se duerme. Despierta horas más tarde y advierte que una nueva metamorfosis se ha operado en el lugar. En vez de la sencilla casa del presbítero Lobatón, un palacio de dos pisos alinea frente a la plaza sus ventanas y sus cariátides. Hay escudos de armas en los balcones que flanquean gráciles columnas. Al lado, sobre las tapias de la huerta de Muñoz, la cúpula redonda, catedralicia, curva su giba de piedra. Lo demás sigue igual: el descampado pobre, que otrora albergó al circo de toros, y cuyo lodo seco se encrespa con la huella de los carretones; la casa de Lezica, la de Altolaguirre, los baldíos, el arco de la calleja del Pecado con sus cornisas y sus perillas vidriadas…
       Isabel se pasa la mano por la frente tibia de sudor.
       Simón el Bizco desemboca por la calle de San Cosme y San Damián. La llama de lejos, moviendo los brazos gordos, pero Isabel, en su angustia, nota que no comprende su idioma, que le está hablando en una lengua extravagante. Trémula, tiritando, se arrebuja.
       Ahora acuden los otros. La noche estrellada flota sobre las tejas. Garrafón, el de las llagas, trae un trozo de carne y se ponen a asarlo. Chacotean; Francisca la Loca regaña al negro Pesares, e Isabel se aísla temblando de miedo, porque no entiende esa fabla dura, la misma que emplea Simón.
       El Bizco, riendo, le indica el sitio donde se yergue la cúpula, entre ángeles músicos esculpidos. Probablemente le pregunta si la ve todavía, así que Isabel se limita a afirmar con la cabeza y a hundir la frente en las palmas.
       Y la noche desciende. ¡Ay, si su hermano Lorenzo Salay estuviera aquí, él lo explicaría todo! Pero no está: su hermano, el Príncipe de Hungría, ha muerto.
       Bostezan los menesterosos. Ella sabe que no puede, que no debe dormir. Tiene que permanecer alerta. Algo se descompone en esa plaza hechizada. Siente, confusamente, como si una fuerza secreta royera y socavara las paredes, para hundirlas y alzar en sus cimientos mágicas construcciones. No debe dormir, porque es necesario que asista a la transformación. Si entorna los párpados un segundo, se producirá el cambio sin que lo vea. En medio de los que reposan, la Princesa vigila.
       La noche avanza, entintándose. Isabel se desespera porque la oscuridad disimula las formas. Quisiera atravesar la Plaza de Monserrat e ir hasta la calle frontera, a palpar los muros, pero su debilidad no se lo permite. Tendrá que aguardar hasta el amanecer. Y el amanecer, cuando se anuncia después de varias horas, agrega mudanzas a la escena.
       En mitad de la plaza surgió una fuente coronada por la figura de un guerrero. Cuatro chorros de agua manan de las fauces de cuatro leones de bronce en la tersura del tazón. No hace ningún ruido, ningún rumor, esa agua espumosa. Y el boato de la estatua resalta en la aldeana modestia que la circunda. Sobre la finca de Altolaguirre, otro palacio ha comenzado a extender sus talladas grandezas. Como los anteriores, es vetusto, mordido por el verdín y la herrumbre, lamido y afinado por siglos de pátina. Pero no está completo aún. Todavía se observa, a un lado, un fragmento de las tejas y las tapias morunas del casón porteño. Sobre ellas, poco a poco, el palacio va derramando sus airosos vidrios, sus dragones de piedra, sus cresterías irregulares. Ésa es, exactamente, la impresión de la maravillada Isabel: la impresión de estar mirando una lámina encima de la cual corre un líquido espeso, grumoso, multicolor, que se coagula y deja superpuesta otra imagen.
       Sus compañeros se han levantado, pero la moza no comenta la continuación del sortilegio. Sabe que no lo ven. Además, ¿acaso hablan el mismo idioma?
       Ellos también aportan novedades a tanta extrañeza. Diríase que aprovecharon la noche para disfrazarse: pero no para disfrazarse totalmente, sino para introducir en su habitual atuendo algún toque curioso, que contrasta tanto con el resto de su vestido como la fuente del guerrero con el resto de la Plaza de Monserrat. Así, el Bizco ha arrojado sobre sus hombros una casaca militar de lucientes alamares, y el de las llagas lleva un bonete de piel. Repiten los gestos cotidianos, sin percatarse aparentemente de la mascarada, y se van a sus ocupaciones paupérrimas, refunfuñando en su jerigonza. E Isabel, atónita, repara en que empieza a entenderles, en que, vagamente, alcanza el sentido de su cháchara.
       Durante la tarde entera, la modificación del lugar no ha cesado. Por instantes se realiza con lentitud y por instantes el vértigo acomete a la hechicería, y entonces las torres, las flechas, los campanarios, se empinan detrás de los palacios ya fijos, tapando el cielo. El barro seco de la plaza cedió su espacio a anchas losas de granito. Del antiguo paraje únicamente sigue en pie un paño de muro, por la parte de la calle de San Francisco.
       Isabel no probó bocado. Desfallece. Adivina que cuando ese trozo de pared, absurdamente pegoteado sobre el resto, haya desaparecido también, algo sucederá, definitivo, y espía la mutación que en él se opera, que lo devora, que lo sustituye por una fachada barroca, trabajada como una gruta.
       Nada queda ahora de lo que fue la Plaza de Monserrat. Isabel se halla en el centro de una ciudad desconocida. Y esa ciudad, silenciosa hasta ese segundo, recobra la voz, como si hubiera esperado para ello a que su traza se completara. El agua canta y burbujea en el tazón; doblan las campanas; chirrían las veletas; suenan los acordes de un clavicémbalo. Por el extremo opuesto, irrumpe una alegre compañía. La muchacha cree al principio que la integran el Bizco y la Loca y Pesares y Garrafón, pero a medida que se aproximan nota que es un grupo de jóvenes, vestidos con trajes bordados, con los puños y cuellos de piel negra y gris. Las espadas corvas les golpean los muslos. Viene a su frente Lorenzo Salay, brillándole los ojos almendrados, más bello que nunca. Entreabre su capa y, sonriendo, tiende su mano morena hasta rozar la mano helada de la Princesa de Hungría.



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