Manuel Mujica Lainez
(Buenos Aires, 1910- La Cumbre, Córdoba, 1984)


XXXI. Memorias de Pablo y Virginia (1816-1852)
Misteriosa Buenos Aires
(Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1950 [1951], 371 págs.)



      Nunca entenderé la actitud de los hombres frente a nosotros, los objetos. Proceden como si creyeran que la circunstancia de habernos dado vida les autoriza a tratarnos como a esclavos mudos. Jamás nos escuchan. Supongo que lo hacen por vanidad, por estúpido prejuicio de clase, pues consideran que un hombre es demasiada cosa para detenerse a departir con una alacena, o con una jofaina, o con un tintero. Eso menoscabaría su dignidad. ¡Qué tontos! No se dan cuenta de que quienes más aprovecharían del diálogo serían ellos, pues la condición de testigos inmóviles, sin cesar vigilantes, enriquece nuestra experiencia con garantías valiosas. Desde esa posición prescindente, que es un signo de flaqueza, los hombres se aíslan del mundo inmediato y se privan de las mejores amistades. Han decidido quedarse solos y que nosotros quedemos solos entre ellos. Es incomprensible. Y no hay manera de hacerles entrar en razón. Fingen continuamente no captar nuestros mensajes. O quizás la costra de orgullo empecinado haya endurecido su sensibilidad en tal forma, que ya no los captan.
       Lo compruebo día a día. Una puerta se esfuerza por transmitir a su amo cualquier idea: la idea de que no debe entrar en una sala, por ejemplo. Llama para ello su atención girando con leve chirrido, y el muy testarudo prefiere atribuir ese movimiento a una corriente de aire, y se mete en el cuarto con las desagradables consecuencias que ello implicaba. Parece imposible que el hombre sostenga con sinceridad que la tierra está poblada de corrientes de aire y que ellas son las únicas responsables de cuanto acontece en torno suyo.
       Y ¡qué decir de los nocturnos crujidos de los muebles!, ¡qué decir del tableteo fugaz de las persianas; del rezongo de las chimeneas; del gemido de los viejos escalones; de la vocecita de la pluma sobre el papel, que va murmurando: “no escribas eso, no escribas eso”! ¡Qué decir de esa cortina trémula que de repente se echa a volar aleteando como un fantasma! Nada: todo son corrientes de aire, o ratas, o que si el calor produce esto y el frío produce aquello. Los hombres viven inventando leyes y coartadas para explicar lo más sencillo, lo que no ha menester de números ni de axiomas: que estamos aquí, a su lado, que somos sus amigos, que ansiamos comunicarnos con ellos. Me acuerdo que una mañana, en Buenos Aires, en la fonda de doña Estefanía, era tan fuerte mi parloteo que la tabernera empezó a correr por el cuarto, azotando las sillas con un plumero y gritando que una avispa zumbona andaba por ahí. Lo curioso es que cuando un hombre, más cuerdo que los demás, se rinde por fin a la evidencia de nuestra cordialidad y acude a nosotros fraternalmente, le enclaustran por loco.
       Yo he sido siempre un gran conversador. Se comprenderá, pues, cuánto me ha dolido la indiferencia humana. Condenado a la exclusiva sociedad de los objetos, a menudo me he distraído monologando. Cuando se me olvida sobre una mesa o en un estante, mi alivio consiste en hablar y hablar. Ahora, mientras siento en el costado una puntada terrible, me propongo contar la historia de mi existencia. Que la escuche quien tenga ganas. Probablemente no la escuchará nadie.
       Sé que voy a morir e ignoro el nombre del enemigo que me devora las entrañas con paciencia atroz. Según mi vecino de la derecha, un diccionario a quien mi peligroso contacto asusta bastante, deberé la destrucción a un animalito denominado Blatta Americana o, más simplemente, “polilla de los libros”; aunque otra vez me aseguró que se trata de una larva del Anobium Molle de Fabricius. El nombre de mi asesino no me importa. Me importa tenerle ahí, alojado en el corazón. En este mismo instante horada la página célebre en que Monsieur Bernardin de Saint-Pierre, mi padre, pintó la casta zozobra de Virginia al descubrir los reflejos sensuales de su amor por Pablo.
       Me llamo Pablo y Virginia. Eso otorga a mi personalidad yo no sé qué de ambiguo. Acaso le deba lo bien que me llevé, en el coche de Lord Dunstanville, con la estatua del Hermafrodito de Salamina. Pero no nos adelantemos a los acontecimientos.
       He nacido en el año 1816 en Perpiñán, allí donde Francia es casi española, en casa de Monsieur Alzine, impresor. No soy ni muy grande ni muy pequeño: in 12° por expresarme con técnica exactitud. Pude haber sido in 18°, lo que me hubiera disminuido seriamente, o in 8°, lo que me hubiera convenido más del punto de vista de la representación.
       Mi padre fue un hombre famoso: Bernardin de Saint-Pierre, ingeniero de Puentes y Caminos, intendente del Jardín de Plantas y del Gabinete de Historia Natural de París, profesor de la Escuela Normal, miembro del Instituto de Francia y condecorado con la Legión de Honor. Durante buena parte de mi vida veneré su memoria, a pesar de que le juzgaba un escritor mediocre y aburrido; pero el naturalista Bonpland me desengañó de sus imaginarias virtudes. Esto lo contaré después. Tengo tanto que aclarar y el bicho adverso trabaja con tal velocidad y eficacia, que los recuerdos me brotan a borbotones. Todo se irá ordenando en el curso de la narración.
       No ocultaré que hubiera preferido ser otro libro: ser un cuento de Voltaire, por ejemplo, o el Lazarillo de Tormes. Diverso hubiera resultado mi destino en tal caso y seguramente no me hallaría reducido a la condición de agonizante en este agitado puerto de la América del Sur. Pero la suerte lo quiso así, y desde 1816 hasta el año actual de 1852 he debido cargar con las 244 páginas que integran mi cuerpo maltratado y cuyo texto prolonga una anécdota de insistente candidez: la anécdota de una pareja semisalvaje que se amó con ingenuidad y que murió por amor, entre los cocoteros, los papayos y los tatamaques de una isla africana. Es una historia, lo declaro rotundamente, sin subterfugios, que no me interesa. Mi padre describe bien, acaso demasiado bien, pero sus conocimientos psicológicos me parecen rudimentarios. En cualquier ocasión, cuando no se le ocurre qué hacer con sus personajes, los pone a llorar. Allá él. La vida me ha enseñado que la gente llora mucho menos y procede mucho más.
       Además de mi padre, tengo un padrastro, padrino, padre putativo o como se quiera designarle: el abate don José Miguel Alea, mi traductor. Porque conviene anotar que yo no soy el Pablo y Virginia ya clásico, arquetípico, en francés, sino uno de sus hermanos benjamines, vertido a un truculento castellano. Tal circunstancia, lógicamente, me ha disminuido ante el mundo, como suele suceder con los parientes pobres. En efecto: ser Pablo y Virginia encerraba sus dificultades, serlo en castellano, con eso de bastardo que toda traducción acarrea, es aun más penoso. Empero, pecaría de injusto si me quejara. He viajado; he conocido gente notable; he hecho acopio de sabiduría práctica. No sé si podrá decir lo mismo mi hermano mayor, Monsieur Paul et Virginie, quien desde 1787 duerme un sueño indigesto en la biblioteca del antiguo Palacio del Cardenal Mazarino, en París.
       Inició la cronología de mis dueños Lord Gerald Dunstanville, noble caballero de la Gran Bretaña. Me adquirió poco después de mi nacimiento, en el propio Perpiñán.
       Allí, en un minúsculo negocio, aguardaba yo, confundido entre volúmenes destripados, cacharros y dudosas pinturas, la llegada de quien me llevaría con él a ver mundo. La tinta fresca, esa sangre de los libros, impregnaba aún mis páginas con su aroma recio. Lord Dunstanville irrumpió en la habitación miserable. Le acompañaba su amigo Sir Clarence Trelawny. Fue un deslumbramiento, algo como si una luz se hubiera encendido sin previo anuncio en mitad de nuestro círculo abigarrado. Callamos todos, conscientes de nuestra suciedad.
       Ambos señores no contarían más de dieciocho o diecinueve años. Eran muy bellos, a la pulcra manera inglesa. La esbeltez de sus figuras se acentuaba, paradójicamente, con la profusión de pieles negras que les abrigaban del frío. Tenían los rostros tostados por los largos viajes. Seguíales un criado que acunaba en brazos, como si fuera un niño, un capitel. Luego supe que venían de comprarlo al guardián de las ruinas del viejo torreón de los reyes de Mallorca. Y los muchachos reían de continuo, mostrando las dentaduras iguales.
       Reían así mientras desplazaban los cuadros embadurnados, las armas polvorientas y los cántaros herrumbrosos, escoltados por el mercader que daba saltos de mico. Por fin Lord Gerald solicitó en un francés roto: “des livres sur l’Espagne”. El comerciante echó mano de cuanto poseía que se vinculara vagamente con el tema. Sobre un banco se apilaron los volúmenes. En su recorrido, Lord Gerald topó conmigo. Sentí sobre el lomo la presión de sus dedos afilados y me estremecí:
       —Pablo y Virginia —deletreó—. Aussi sur l’Espagne?
       El posible vendedor estaba enterado perfectamente (supongo que por Monsieur Alzine, mi imprentero) de que las parcas aventuras que custodia mi encuadernación se desarrollan en la Isla de Francia, en el Océano Índico, cerca de Madagascar. Me alzó respetuosamente, como una reliquia, y respondió:
       —Oui, monseigneur, aussi sur l’Espagne.
       A esa frase debo el haber pasado a engrosar el lote que un postillón transportó al carruaje que esperaba a la puerta, y que comprendía libros tan escasamente españoles como Los Lusíadas portugueses y la traducción de los cuentos de Perrault, con ellos, bastante mareado por el traqueteo, fui trasladado a la posada donde paraban los señores. Al día siguiente nos lanzamos al galope por la carretera hacia Madrid.
       Lord Gerald y Sir Clarence tenían por el turismo la consideración que sólo se practica en Inglaterra. Viajaban con un lujo digno de su jerarquía. Dos vastos coches contenían el mínimum exigido por su refinamiento. Ocupaban el primero; en el segundo iban dos criados, un cocinero y el monstruoso equipaje que su capricho complicaba en el azar de las etapas constantes. La suerte me asignó un lugarcito en el de los amos, donde bailoteaba toda especie de chucherías.
       Era una galera enorme, acolchada. Colmaba buena parte de su espacio libre, frente al asiento, una estatua de mármol protegida por una armazón de madera, de la cual los jóvenes no querían separarse: el Hermafrodito de Salamina. Por él supe, pues pronto anudamos la charla en un cuasi francés equidistante, que se había sumado a la comitiva seis meses atrás. Su edad oscilaba por los veintitrés siglos y estaba intacto. Unos paisanos acababan de desenterrarlo al plantar unos viñedos, en la isla que presenció la derrota de los persas por Temístocles, cuando acertaron a pasar por allí los coches de Lord Dunstanville. Él y Sir Clarence se entusiasmaron y lo adquirieron por tres monedas de oro. Agregó que habían cruzado a Venecia en un barco genovés y que luego atravesaron a Italia y Francia. Nada de cuanto diga acerca de su hermosura logrará reflejarla. A veces, mientras proseguíamos nuestro avance demente, un rayo de luna se filtraba por los vidrios de la portezuela y encendía el torso maravillosamente blanco, los mirtos enlazados en sus sienes, la paloma acurrucada en su hombro. Sir Clarence y Lord Gerald se tomaban entonces de las manos alhajadas con extraños anillos secretos, y hablaban de Grecia.
       Nos detuvimos en Gerona, en Barcelona y en Zaragoza. En esta última ciudad fui ennoblecido, juntamente con mis compañeros de canasto. Lord Gerald me colocó frente a la chimenea del hostal donde hicieron noche. El crepitar de las llamas enalteció la breve ceremonia con un resabio de rito ancestral, lejanísimo. Sir Clarence me levantó, abrió mis tapas ordinarias, y su amigo adhirió a mi interior su ex libris: el escudo de Dunstanville bajo la corona de barón y el lema: “Fari quae sentias”, que me tradujo un ejemplar de las Décadas de Tito Livio: “Habla lo que piensas”, y que adopté de inmediato pues se ajusta como un guante a mi manera de ser.
       La incorporación de ese escudo (tres fajas de gules en campo de plata) no modificó mi carácter. Aunque no participo de muchas de las ideas de mi padre, los principios democráticos que Bernardin de Saint-Pierre despliega en mi texto han terminado por convencerme. Pero es oportuno subrayar que el blasón y la corona de Dunstanville ejercieron sobre mi vida una significativa influencia, como se corroborará más adelante.
       Finalizada la bibliofílica liturgia, Lord Gerald me llevó a su alcoba. Se derrumbó en el camastro que los criados habían disfrazado con pieles de marta, y empezó mi lectura a la luz de una vela. No fue más allá de la tercera página y se quedó dormido. Tiene toda la razón. ¿Cómo ofenderme? Yo me entretuve observando el juego de la llama sobre su faz, sobre sus dedos delicados, sobre la desabrochada camisa. Ya no volví a verlo hasta el siguiente mes, en Sierra Morena, porque hice el resto del viaje en el segundo coche, a donde también fue trasladado el Hermafrodito para dejar sitio a un discutible San Jerónimo del pintor Zurbarán.
       Me enteré de que habíamos estado en Burgos, en Segovia, en Madrid y en Toledo, aunque lo único que de ellas alcancé fueron las estampas confusas que salpicaban nuestras ventanillas.
       El Hermafrodito me hablaba de Temistocles y de Jerjes. Yo, por corresponder a su cortesía, le referí la historia de Virginia y Pablo, pero a poco advertí que una sombra de tedio cubría sus ojos.
       Una tarde, muy tarde ya, después de cruzar con insoportable zangoloteo las arideces de la Mancha, nos internamos en Sierra Morena. Venía en el mismo canasto que yo un ejemplar del Quijote, en la vieja versión de Shelton que, seguro del terreno, se puso a discursear desaforadamente en inglés. Le hicimos callar.
       Sir Clarence Trelawny, amedrentado por las noticias de asaltos y bandidos que nos comunicaban irónicamente en las postas, obtuvo de su amigo que abultara nuestra pequeña expedición con seis hombres de terrible aspecto, montados en caballos salvajes, quienes se encargarían de custodiarnos. Eso nos perdió.
       Íbamos en un semisopor agravado por la charla del cocinero y de los criados, cuando de repente, en el tenebroso desfiladero de Despeñaperros, algo después de la Venta de Cárdenas, paráronse los carruajes. Oí los gritos agudos de los ingleses. La servidumbre se abalanzó sobre las pistolas, pero fue inútil. Nuestros presuntos guardianes abrían ya las portezuelas que decoraban las fajas rojas de los Dunstanville, y ordenaban a todo el mundo que abandonara los coches. Cuando nos tocó el turno a nosotros, lo hicimos en brazos de los postillones.
       Mi cesto quedó junto a un precipicio, sobre el río Tamujar. En la oscuridad dramática no se veían más que alcornoques y jarales afirmados en las rocas. Los bandidos iban y venían, con unas antorchas de teatro a cuyo resplandor recortábanse sus sombreros puntiagudos y sus polainas de cuero. Mientras desuncían las yuntas, dos se pusieron a disputar ante el Hermafrodito que tiritaba bajo los vientos bramadores.
       —Es hembra —sostenía el uno.
       —Es macho —replicaba el otro.
       —¡Hembra!
       —¡Macho!
       Tanto manotearon la escultura para destacar las pruebas de sus contrarias opiniones, que el más fuerte (le recuerdo exactamente, con sus patillas ásperas y la cicatriz que le torcía los labios), de un empellón precipitó la estatua en el abismo. Allí la enfocó la luna. Estaba rota en cuatro pedazos, Lord Gerald se echó a llorar. Sir Clarence se desgañitaba como un loco:
       —Fools! fools! You idiots!
       Los desalmados se encogieron de hombros. Se burlaron del dolor de los ingleses. Les obligaron a desnudarse, lo mismo que a sus criados. Y nadie escuchaba, allá abajo, en el barranco, el frenético piar de la paloma y las quejas del adolescente de Salamina.
       Uno de los coches, sin caballos, permaneció en el desfiladero. A nosotros nos amontonaron en el restante, que partió a escape hacia las cuevas.
       Cinco días después fui vendido en el mercado de Jaén al boticario Publio Virgilio Muñoz.
       Su padre, que se envanecía de cierto barniz clásico, le había bautizado así. Este Publio Virgilio fue, de todos mis dueños, el único que me leyó de la primera a la última página. No comparto su juicio generoso, pero se lo agradeceré siempre. Nada es tan desconsolador, para un libro, como morir virgen. A mí casi casi me sucedió.
       Jaén tiene el gracioso perfil de una ciudad musulmana. En ella viví trece años, de 1816 a 1829. Me gusta la paz de sus azucaradas paredes, sobre las cuales las campanas se desatan a toda hora, como grandes pájaros tranquilos. La casa de mi boticario se halla en el barrio de la Plaza del Conde. El negocio ocupa en la planta baja una habitación; mi amo tiene su dormitorio en los altos: y digo “tiene” aunque ignoro si don Publio será a estas horas mezclador de filtros o ángel de Nuestro Señor.
       El perfume de las cocciones y las yerbas impregnaba los aposentos. Allí aprendí muchas cosas sobre las plantas que devuelven la salud y las que apresuran la muerte. Durante un lustro fui vecino del Agua de Adormidera, que añadida al Jarabe de Acodión se recomienda a quienes sufren de los nervios. Tanto me saturó su esencia, que ello ha contribuido a serenar mi ánimo en el que la inclinación apacible se suma a ciertas indomables antipatías.
       El apoticario sólo necesitó dos días para leerme. Lo hacía en el balconcillo de su casa, refrescado por los pámpanos y la hiedra. Frente al ex libris de Lord Dunstanville inscribió su nombre con letra menudita. Hoy, el enemigo que me taladra cavó un agujero en el apellido Muñoz, y el resto, el Publio Virgilio impresionante, yace bajo una gruesa raya amarilla. En la página 37, me dejó una lágrima. Este lector único no es, ciertamente, el que yo hubiera escogido; sin embargo, mi sinceridad me obliga a consignar la atención con que espié en su rostro los pucheros y las beatas sonrisas que marcaron, hasta el llanto final, su progreso en la lectura. ¡Pobre don Publio Virgilio! y ¡qué buen hombre! Le recomiendo a los libros huérfanos de lector.
       En el curso de un decenio y tres años he asistido a la entrada y salida de personas de todo sexo, condición y edad, que acudían al negocio con su desesperación, su coquetería o su tozudez maniática. Fui colocado en el cuarto estante de una biblioteca, cerca de otros libros y también de frascos y almireces. Oí hablar continuamente de hinojos y mastuerzos, rudas y ninfeas, estramonios y ruibarbos. Oí críticas sobre vecinos y vecinas. Vi rehacer los planos de las batallas y las composiciones de los ministerios. El hastío de tanta menudencia me hubiera desencuadernado, de no mediar un Guzmán de Alfarache, al cual le faltaban los siete primeros capítulos, y que me distrajo con sus narraciones picarescas. Nunca osé, a pesar de su insistencia amable, agobiarle con las desazones de Pablo y Virginia y con mis celebérrimos cuadros de la naturaleza africana. Temí perder su camaradería.
       Una noche de diciembre de 1829, al campaneo de la medianoche, apareció en la botica una tímida luz. El postigo suelto del piso superior quiso avisar a don Publio la presencia intrusa, pero éste (hombre al fin) lo atribuyó a una corriente de aire.
       Las pociones y el alambique se alborotaron, y la palabra “ladrón” corrió por las estanterías.
       No era un ladrón, aunque lo era. Era Blas, el sobrino de Muñoz, mozalbete aprendiz de escribano, a quien su tío utilizaba para repartir los paquetes de drogas entre sus clientes. Traía una lámpara en la diestra y avanzó sin titubear hasta lo que yo conceptuaba un osario definitivo. Sus dedos se deslizaron sobre los tejuelos. ¡Ay, cuando los sentí sobre mi lomo, advertí cuán opuesta era su calidad de aquella, aristocrática, que asomaba en la punta de las uñas de Lord Gerald! Cogió varios libros, en cuyo número me hallé, y nos depositó sobre la mesa. Luego se consagró a la tarea de examinarnos prolijamente. Nos escudriñaba, en pos de manchas de humedad y desgarraduras; nos soplaba el polvo; nos volvía del revés y del derecho. Cuando me correspondió a mí lanzó una exclamación ahogada ante el escudo de Lord Dunstanville. De inmediato tornó a ubicar los demás en sus lugares; disimuló el mío acortando espacios y, sepultándome en la faltriquera, salió con paso de zorro.
       Luché buen rato para desentumecerme. No sólo se trataba de devolver su agilidad a mis tapas y hojas, pegadas y anquilosadas por el luengo plantón, sino era menester también agilizar mi espíritu, con la perspectiva de nuevas aventuras que el abandono había descartado de mis cálculos.
       Conmigo en el bolsillo, ambuló hasta la madrugada por las calles de Jaén. Muy tarde, en su tabuco, me abrió, tachó con tinta el nombre de su tío y escribió debajo, cuidando la caligrafía torpe: “A Graciela, cruelísima”. Luego lo enmendó y puso “crudelísima”. Por fin borroneó y optó por “despiadada”. Declaro que su audacia, al maltratarme, me indignó. ¿Qué se creía el infeliz?
       A mediodía me condujo a una casa señorial. Se anunció y minutos después fue recibido.
       Una mujer rubia, muy pálida, joven aunque no tanto como Blas, esperaba tendida en un diván de damasco verde. Había flores sobre las cómodas francesas, sobre el piano, junto al arpa. Las había en fanales sobre la chimenea. El muchacho se adelantó y besó la mano desmayada que azulaban las venas sutiles. Me acostó encima de un taburete y fui testigo de este diálogo:
       —¡Ingrata! ¿Nada podrá deteneros?; ¿siempre partís mañana?
       Ella no contestó y quedó ensimismada contemplando un jazmín.
       —¡Ingrata! ¡Ingrata! ¿Me escribiréis al menos?
       La dama giró la cabeza lentamente:
       —Os he repetido, Blas, que nada debéis aguardar de mí. Es una locura vuestra. En Buenos Aires me reuniré con mi marido.
       —¡Vuestro marido! ¡Ay, Graciela!
       Ahorraré el resto de la conversación, cuyo tono no varió, y que evoca el popularizado por las novelas que leían el boticario, Graciela y Blas. Tuvo más bien los caracteres de un monólogo, pues la señora se limitaba a suspirar y a estudiar las pinturas del techo, y él a porfiar con frases similares a las anteriores.
       Entró una criada con unos bultos.
       —Agregadlos al baúl negro —murmuró Graciela.
       Cuando la otra desapareció, se puso de pie:
       —Adiós, Blas; me habéis querido y os lo agradezco, mas nada en mi conducta, durante este año, os autorizaba a suponer que sería infiel a mi esposo.
       A la legua se notaba que estaba harta de la entrevista.
       El muchacho cayó de hinojos:
       —¡Juradme que no me olvidaréis!
       —No, no os olvidaré.
       Y le pasó la mano por el pelo.
       Un resplandor de esperanza (tenía dieciocho años) iluminó los ojos de Blas:
       —Os he traído —dijo el mocito recobrándose— un recuerdo. Es un libro que mi amigo Lord Dunstanville me regaló hace años.
       —No sabía que fuerais amigo de un lord.
       —¡Poco sabéis de mí, ingrata!
       Y se retiró.
       Graciela me acercó a su seno, me trastornó con su fragancia, curvó una asombrada ceja al advertir en mi tapa las armas de Lord Gerald, y se dirigió conmigo a su dormitorio.
       —Este libro irá en la maleta pequeña —dispuso.
       Así me lanzó la fortuna veleidosa a viajar de nuevo, rumbo a El Havre de Gracia. El agotador secuestro de la biblioteca había embotado tanto mis facultades, que no pude gozar ni una vez del paisaje patrio. Viajé dormido.
       Zarpamos de EI Havre el 31 de diciembre de 1829 a las dos de la tarde, a bordo del brick La Herminia, con doce hombres de tripulación y veinticuatro pasajeros. Durante los primeros días, el mareo aletargó por igual a los últimos. Luego se arriesgaron a aparecer en la cubierta, tímidamente. Yo hice mi primera salida de la mano de Graciela el 5 de enero. ¿Describiré el milagro espumoso de las olas, del cielo azul, del velamen balanceado, de los delfines? Si fuera Bernardin de Saint-Pierre, lo haría. La experiencia que he almacenado en lo que a descripciones atañe, como depositario de Pablo y Virginia, me señala como el más atrayente el camino de la sobriedad.
       Graciela vestía siempre de gris. Me acariciaba con sus guantes grises, con sus velos grises. Me llevaba a la toldilla, donde los señores eternizaban las partidas de whist; me abandonaba en su falda de tibieza sensual… Pero no me leía.
       El 7 de enero, después de hojearme con desgano, resolvió enterarse de mi contenido. Leyó nueve páginas: seis más que Lord Dunstanville, y bostezó. En ese instante se le aproximó Monsieur Gérôme, segundo de a bordo.
       Era un hombre curtido por el sol, con una barba rojiza, que caminaba hamacándose. Tenía un elefante tatuado en el dorso de la mano izquierda. Cambiaron frases corteses. A la media hora, Monsieur Gérôme estaba enamorado de Graciela. La cortejó sin éxito durante la travesía. Ella suspiraba y miraba el horizonte o las estrellas palpitantes. Yo había sido relegado al camarote enano, pero la sombrilla de Graciela me tuvo al tanto de los acontecimientos. Me informó de que mi dueña y el marino habían descendido juntos en la escala de Cabo Verde, pero cuando quiso extenderse en pormenores sobre la naturaleza de la isla, no la dejé proseguir. ¡Para islas me basta y sobra con mi Isla de Francia, en el Océano Índico, me sobran sus mangos, sus guayabos, sus arrozales, sus mirlos, sus loros, sus bengalíes!
       La sombrilla ahuecó los encajes el 27 de febrero y me anunció que surcábamos el Río de la Plata y que al día siguiente fondearíamos en Montevideo. El 28, al crepúsculo, Graciela me sacó a tomar aire. El río me impresionó por feo y barroso. Parece que está infestado de bancos de arena.
       Mi ama se acodó a proa. Sus velos jugaban con la brisa. Ascendía la luna. El espectáculo me puso triste. Se unió a nosotros el ineludible Monsieur Gérôme.
       —El viaje termina —susurró.
       Las manos de Graciela, enguantadas de gris, descansaban sobre mi página 123. Sobre ella avanzaron también, peludas, las manos del francés. Me inquietó el elefante, macizo, obsceno. Graciela permitió que sus dedos se rozaran, como distraída, como si lo único que le interesara fueran las nubes que tajeaban al satélite. Debajo, me estremecí como si me atravesara una corriente eléctrica. Me sobrecogió la sensación singular de ser un lecho negro y blanco sobre el cual se debatían diez seres indefinibles: cinco de ellos desnudos, locos de fiebre.
       —No me queréis —se angustió el marino—, me odiáis.
       Ella esbozó una sonrisa melancólica:
       —No os odio. Habéis sido muy bueno conmigo.
       Tornó a mirar al cielo.
       La barba roja de Monsieur Gérôme echaba chispas:
       —Tengo un recuerdo para vos, señora.
       Y exhibió un camafeo que sin duda había adquirido en El Havre y que me pareció horrible. Graciela debió participar de mis sentimientos, por el levísimo fruncir de su nariz romana.
       —Es muy bonito, muy bonito —comentó.
       —¿No me daréis nada —rogó el barbudo—, ningún testimonio de amistad, para que lo conserve toda la vida?
       La mano de Graciela se desasió de la suya y se crispó sobre mi canto. Temblé. Debió notarlo porque, sorprendida, me dejó caer en la cubierta. Él se inclinó a recogerme. Le odié; a él, a su barba, a su elefante.
       —Guardadlo —dijo la señora—; es un regalo de Lord Dunstanville, un caballero que mucho me amó. Guardadlo y no me olvidéis. Con él os entrego un poco de mi vida.
       Desapareció en la sombra dejándome, furioso, en poder del oficial, quien me apretaba contra su martilleante corazón.
       Un viento detestable, el pampero, batió a La Herminia al día siguiente. Cuando se aplacó divisamos en las brumas la ciudad de Buenos Aires. Es modesta. Aquí y allá, los campanarios rompen la chatura de su línea. Pronto avistamos la fortaleza, la alameda, los sauces de la Boca, las quintas de la Recoleta y del Retiro. Una barca y una carreta nos ayudaron a llegar al muelle. Allí sobresalía entre el público el marido de Graciela, un hombrachón magnífico, que saludaba y saludaba atusándose el bigote y revoleando el gran sombrero. Mi ex señora se refugió en sus brazos. Dentro del bolsillo de Monsieur Gérôme, las uñas del segundo se clavaron en mi cuero. He conservado la cicatriz.
       El oficial ejerció sobre mí el derecho de posesión sólo durante siete días. Me alegro. Nunca me fue simpático.
       No bien desembarcó, rodeáronle tres individuos que arrastraban unos sables feroces, y una obesa mujer amulatada, con una pañoleta colorada en la cabeza y una pipa de yeso entre los dientes. Indicó a mi amo con la pipa, vociferando pornografías entre las cuales volvía el ritornelo acusador:
       —¡Es él, es él, el franchute hijo de perra!
       Después de una bienvenida tan poco cordial, fue arrestado pomposamente y le condujeron a la cárcel vecina del Cabildo. En su encierro supe que adeudaba a la morena su alojamiento del viaje anterior, además de unos pesos fuertes que le había pedido en préstamo. La intervención del capitán de La Herminia logró que fuera puesto en libertad, tras una semana de rabiosas protestas, previa confiscación de sus caudales. Entre ellos me contaba yo. Vanas fueron sus súplicas para guardarme. Al contrario: por ellas me perdió. Cuando se percató del interés especial que cifraba en mí, la mujerona, que ni siquiera se había fijado en mi existencia, se empeñó en tenerme. Tal vez, de haber sido Monsieur Gérôme más discreto, yo estaría ahora en Europa e ignoraría los ataques de la Blatta Americana y del Anobium Molle de Fabricius. Lo mismo hubiera sucedido, posiblemente, si Blas no hubiera amado a Graciela y si dos ingleses extravagantes hubieran elegido mejor su escolta. Hay que resignarse.
       Así pasé a engrosar el patrimonio de doña Estefanía, propietaria de una fonda situada en la calle del Temple.
       Marcaré con piedra negra los dos años durante los cuales viví en el área vocal de la fondista. Ni siquiera hoy, cuando mi defunción próxima debería moverme a perdonar agravios, me decido a ser clemente con su memoria. Es una mala mujer.
       El establecimiento de doña Estefanía alberga, como es de suponer, la clientela más sórdida. Muy pobre debió estar Monsieur Gérôme para acudir a su amparo. De él salió más pobre todavía, pues le dejó hasta su catalejo y su caja de madera de sándalo, el único objeto cuyo aroma no repelía en tan desastrosa sociedad.
       La dueña tenía un marido, un borracho cantor que se presentaba de tarde en tarde, con una divisa federal en cada solapa y otra en el desvencijado guitarrón. La criada era Juanita, una niña larguirucha y tierna, con los ojos claros. Hacía todo el trabajo, pacientemente, a cambio de cardenales y palabrotas. Un estudiante, apiadado de su ignorancia y de su soledad, le había enseñado a leer a hurtadillas. No lo toleró doña Estefanía, quien puso al maestro en la calle. Decía que las mujeres que andan con libros se van al infierno. En parte tenía razón.
       El desprecio de la mulata me confinó en un desván lúgubre, que sus gritos sacudían diariamente como tempestades. Entre sus muros transcurrieron dos años de mi existencia. Los viví como un ermitaño, fortalecido por la mortificación. Pensaba que con ese castigo que no merecía, pagaba culpas pretéritas: la vanidad de mi corona, mi amistad con una estatua pagana, mi indiferencia filial. Hoy no lo creo. Creo que los hechos se producen porque sí y que debemos adaptarnos a ellos sabiamente. De todos modos, así procedí en esa ocasión.
       Una mañana, la criada entró en busca de un cubo que no halló. En vez me halló a mí, de bruces, cara al suelo. A esa posición incómoda y al prolongado contacto con un territorio en el que hervían las alimañas astutas, debo las máculas que oscurecen mis páginas 111 y 112.
       Juanita se apoderó de mí con alborozo, me escondió en su seno y huyó conmigo al rincón donde dormía, bajo la escalera. El contacto de esos pechos jóvenes me hizo mucho bien.
       Por la noche, cuando doña Estefanía y sus huéspedes se hubieron acostado, Juanita sacó un cabo de vela del mostrador y a su luz macilenta se entregó a mi lectura. No se extendió más allá de la página 39, pero estoy seguro de que ni siquiera al boticario de Jaén procuré placer tan intenso. Es muy agradable que una mujer nos lea en la cama. Leía y releía cada frase, gimoteaba asociándose a los infortunios de Margarita y de la señora de la Tour, y se extasiaba ante las perspectivas hogareñas de Virginia y Pablo. En el fondo prefiero que las circunstancias le hayan vedado llegar al fin de la novela. Nadie la hubiera consolado de la muerte estúpida de mi heroína, y hubiera vuelto a la esterilidad de sus escobas y de sus baldes, más triste, más desamparada.
       La noche siguiente reanudó la lectura, pero esta vez la fatalidad se cruzó en su sendero. La encarnó la forma airada de doña Estefanía, provista de un palo y de improperios roncos.
       Calculé que regresaría al desván, pero el azar me situó en el cuarto destinado a pulpería, sobre una barrica de vino de Cuyo. Una semana transcurrió y me despedí definitivamente del mareante pedestal.
       Mi ama tenía un adorador que veía en ella, más que sus atributos personales, su jerarquía de intermediaria con el vino gratis. Era un sereno ya maduro, especialista en mueras a los salvajes unitarios, que acudía a visitarla los martes y los viernes con puntualidad de funcionario nictálope. Un viernes, pues, encontrábase doña Estefanía a la reja, muy ablandada. El sereno emponchado de rojo había dejado en el barro los atributos de su profesión: el chuzo y la farola. Libres sus manos, las utilizaba diestramente en ejercicios amatorios.
       Cuando nadie lo anunciaba, surgió en la penumbra del aposento el marido payador, hipante de borrachera, la guitarra a la espalda y el facón pidiendo sangre. El guardián del orden recogió sus bártulos y se esfumó en un parpadeo. Doña Estefanía, molestada en un momento de trascendencia psicológica, trocó el arrullo por el rugido. No narraré aquel combate desigual. Diré, pues me atañe directamente, que integré la lista de proyectiles arrojados contra el infeliz. Así salí a la calle, después de rozar las clavijas guitarreras, por entre los barrotes de la ventana que salvé con agilidad.
       Al alba, Monsieur Aimé Bonpland me rescató del fango donde yacía. Sentí en el lomo una puntada aguda. Sólo entonces supe que el golpe me había arrancado las tapas. El botánico me abrigó con ellas, me limpió con su pañuelo y, afianzándome bajo el brazo, echó a andar haciendo molinetes con el paraguas impostergable.
       Esto ocurría en noviembre de 1832. Hacía siete meses que el ilustre viajero se hallaba en Buenos Aires, tras de pasar nueve años secuestrado en el Paraguay por orden del tirano Francia. Era entonces un hombrecito sexagenario, de espesa nariz y gran boca, muy amable, muy fino. Concluido su almuerzo, me abrió en su posada y leyó el breve prólogo en el cual Bernardin de Saint-Pierre declara su propósito de dedicar su libro a poner en evidencia algunas hondas verdades, entre otras aquella de que la felicidad finca en vivir de acuerdo con la naturaleza y la virtud. Bonpland sonrió amargamente y escribió en el margen, en español: “B. de S. P. no vivió ni según la naturaleza ni según la virtud. Fue un cortesano ambicioso que sacrificó todo a su egoísmo. Científicamente no encierra ningún interés. Humanamente, tampoco”.
       Confieso que la noticia me abrumó. La imagen que yo había construido de un padre bonachón y sensiblero, poeta a ratos, se deshacía. Me avergüenza desde entonces ser yo mismo el portador de un testimonio que la destruye.
       La dureza de su opinión no privó a Monsieur Bonpland de llevarme con él a San Borja, en la zona de las antiguas Misiones de la Compañía de Jesús, Paraná arriba. El estudioso francés vivía allí casi como un santo, vestido con una camisa flotante, descalzos los pies. Ejercía la medicina y trabajaba sin reposo, juntando plantas, piedras y fósiles. Un muchacho había embalsamado para él cientos de pájaros tropicales. Periódicamente enviaba al Museum de París enormes cajas con sus herbarios.
       De 1832 a 1837, mi terreno trajinar tuvo por marco un paisaje idílico. Bonpland había hecho maravillas. Su rancho se disimulaba tras un cerco de bromelias, entre plantaciones de limoneros, de mandioca, de maíz, de melones, de yerba mate. Alrededor se cernía la acechante espesura verde, rayada por los caminitos de tierra roja.
       Yo hubiera sido feliz allí, de no mediar el constante cotejo entre ese panorama y los descritos en la historia de Pablo y Virginia. Me los recordaba demasiado, lo cual, dado mi modo de ser, resultaba incómodo. Por eso lo único que en verdad me sedujo fueron las meditaciones del sabio en los atardeceres, que compartí desde la biblioteca.
       Sobre las mesas, entre los rellenos tucanes impávidos, se estiraban las preparaciones curiosas de curupay, de jatropha, de convulvulus batata, de ilex paraguaiensis (aprendí mucho, contra mi voluntad). Había llegado la hora del descanso. Monsieur Bonpland repasaba su niñez rochelesa, sus estudios, los viajes que realizó por América con el Barón de Humboldt, su amistad con Bolívar, con Josefina Bonaparte, con doña María Sánchez de Mendeville. Cuando centraba sus evocaciones en La Malmaison, donde había sido intendente, aumentaba mi alegría. Veía desfilar entonces, por la biblioteca aldeana, sobre las hojas y los tallos puestos a secar, las duquesas y los chambelanes de la corte de Napoleón; veía la silueta del corso inclinada entre los rosales; y veía a la Emperatriz, con un chal de muselina, pasar entre los jardineros… Las escenas de mi propia biografía se barajaban con tan domésticas suntuosidades. Era Lord Gerald Dunstanville, avanzando del brazo de Sir Clarence Trelawny, bajo columnas griegas; era Publio Virgilio Muñoz, deleitándose conmigo en el balconcillo, rodeado de pámpanos; era Graciela, mujer neblina, y la arboladura del brick azotada por las gaviotas… ¿Y el Hermafrodito de Salamina? ¿Cuál habría sido su destino? ¿Lo recuperarían los señores ingleses o permanecería destrozado en el desfiladero de Despeñaperros, con hierbas en el pecho turgente, con mariposas en la cintura, con lagartos calentándose al sol entre sus finas piernas?
       Acaso fuera la edad, acaso la experiencia, pero sufrí altibajos sentimentales que no condecían con mi carácter. ¿Acabaría Monsieur de Saint-Pierre por dominarme y por hacer de mí, su hijo rebelde, un personaje ficticio, lacrimoso y declamador?
       En tan largo espacio, Bonpland sólo se ocupó de mí una vez. Me sacó de la biblioteca y me indicó al joven consagrado a embalsamar picaflores:
       —Si no tiene lectura, aquí hay un libro que se comentó en Europa.
       El muchacho se plantó en la página 14: trece más que Bonpland; once más que Lord Gerald; cinco más que Graciela; veinticinco menos que Juanita. Esa actitud vigorizó mi escepticismo. Volví al anaquel remozado.
       Me despedí de mis compañeros, atlas y textos de botánica y mineralogía, en setiembre de 1837. Aimé Bonpland me conducía a Buenos Aires, repentinamente, dentro de un equipaje tan complejo que hasta comprendía huesos de gliptodonte. Me regaló a Pedro de Angelis, publicista napolitano.
       En su casa de la calle de Santa Clara resido desde entonces y en ella falleceré. Faltábame su conocimiento para completar una mundología a la que nutre la curiosidad.
       Los años en el curso de los cuales me he alojado en la biblioteca de don Pietro no pueden, ciertamente, calificarse de monótonos. En ellos he analizado de muy cerca la miseria humana. He atestiguado el desarrollo de la ambición reptando como una víbora. He tenido por espectáculo a la ingratitud y al temor que hacen mudar al hombre de piel. Nadie me leyó en el andar de tres lustros. ¿Se detendrán los presuntos dueños del globo terráqueo a reflexionar sobre ese aspecto de la fatalidad libresca? Nos leen (cuando nos leen) en dos, tres, cinco días. Luego nos comprimen los unos contra los otros, sin que a menudo nada nos relacione con nuestros camaradas inmediatos. Y nos olvidan. ¿Qué representa esa veloz y excitante semana de comunicación, de intercambio, si se la compara con los meses, con los años, con los decenios de rígida expectativa, de esperanza y de desencanto? No filosofemos, Pablo y Virginia, y reanudemos la narración.
       Sólo la admirable inocencia de Aimé Bonpland pudo aproximarle a un hombre como Angelis y hacerle cometer la equivocación de honrarle con su afecto. Ambos habían venido a las Provincias Unidas invitados por Rivadavia. Eso estrechó sus vínculos. Pero no he tratado a dos seres más opuestos. El primero es todo buena fe y el segundo todo fe mala. El primero enseñó a la Emperatriz Josefina a clasificar sus rosas y el segundo enseñó a los hijos de Joaquín Murat, caracoleante Rey de Nápoles, los rudimentos de la traición maquiavélica. Bonpland vivió entre árboles y pájaros; Angelis, entre bufones y periodistas que se vendían al mejor postor. El único lazo auténtico que entre uno y otro distingo es su común pasión por la cultura.
       ¿De qué le ha servido el estudio a Pietro de Angelis? ¿De qué le han servido las obras raras y estéticas que decoran este caserón, hoy tan funesto, y la biblioteca más importante del país y las colecciones de manuscritos? ¿De qué le ha servido poseer cinco o seis idiomas vivos y dos muertos, amén de dominar el vocabulario toba, el quichua, el pampa, el tamanaca, el aymará y el mapipure? ¿De qué le ha servido la elegancia inmaculada de su corbatón, el ademán con que estira la caja de rapé, y la coquetería con que revolea el gran pañuelo de la India? ¿Dirá la verdad Monsieur de Saint-Pierre y la educación que nos aparta de la naturaleza nos precipitará en el cultivo técnico de los vicios?
       Cien veces, mil veces, he observado a Angelis, en esta misma habitación que custodian los libros alienados, escribiendo hasta el amanecer sus panfletos soeces, sus editoriales mentirosos, su correspondencia de extorsión. Ha elogiado a Rivadavia, a Lavalle, a Rosas, a Viamonte, a Balcarce… Me lo han referido mis compañeros o yo mismo he sido testigo de su venalidad. Y siempre temblando, siembre temblando. A medianoche llamaban a la puerta y el napolitano se ponía a temblar. Traían una esquela de Rosas, el dictador: dos palabras altaneras al pie del original de su artículo denso de adulación: “Vuelve aprobado”. Las necesitaba para que sus insultos pudieran publicarse al día siguiente en El Restaurador de las Leyes, en La Gaceta Mercantil.
       Ahora mismo, mientras hablo en el silencio de mis amodorrados colegas, le veo sentado a su escritorio, junto a la lámpara encendida. ¡Qué confusión reina en torno suyo! Escribe y escribe… Su mujer ha entrado hace un instante, y le ha comunicado la derrota de las fuerzas de Rosas en Caseros, por el general Urquiza, y la fuga de don Juan Manuel. El italiano nada dijo. Se limitó a sonarse la nariz con el pañuelo de la India. Luego hundió la cabezota entre las manos de uñas cuadradas.
       Su mujer es una rusa que ha residido en Francia largamente; una señora alta y bella. Se ha dejado caer en un sillón y le estuvo espiando durante un rato sin una palabra de consuelo. Hasta me pareció adivinar en sus ojos una chispa maligna, la chispa del desquite: o quizás la haya inventado yo para completar el cuadro. Después se alejó, arrastrando el vestido lujoso.
       Pietro de Angelis escribe y escribe. Mi vecino de la izquierda, un ejemplar del Ariosto de Leipzig (1826), con quien estoy enfriado pues barrunto que le debo mi polilla, engoló la voz retórica para dirigirse al cortapapel que sestea en el bufete y preguntarle:
       —¿A quién le escribe ahora?
       —Le escribe al general Urquiza, para ofrecerle sus servicios.
       ¡Dios mío! ¡Jamás he escuchado una carcajada tan unánime como la que brotó de los anaqueles! Por lo menos con ello la biblioteca evidenció su solidaridad. Rieron los libros de historia y de geografía, de política y de arte, de filosofía y de legislación; rieron los documentos que ilustran sobre el Paraguay y sobre las Malvinas; los mapas y los planos; las poesías francesas; hasta los que nunca ríen, como la Descripción de la Patagonia, del Padre Falkner y el agobiante engendro del arcediano Centenera. ¡Qué sano modo de reír! Tanto reímos, que las cortinas se contagiaron y se movieron. Es asombroso que don Pietro no se diera cuenta, que no arrojara de una vez por todas la pluma, la caja de rapé, el pañuelo y los anteojos, y la emprendiera con nosotros a golpes. Pero no… ¡qué va a golpear! Está temblando y escribe…
       ¡Ay!, la risa no me ha convenido. Ya me lo recetó el diccionario: quietud y paciencia es lo que necesito. Y ¡cómo me duele el corazón!
       Mañana o pasado irrumpirá aquí el enemigo victorioso. Posiblemente nos llevarán como rehenes. Y yo moriré. Me desharé en polvo amarillo, cuando me toquen; mis hojas caerán en fragmentos, como si fuera un arbusto estremecido por el aire de otoño. Quedarán mis tapas con la corona y el escudo, a manera de una piedra tumbal a la que exhorna un nombre aristocrático: Lord Gerald Dunstanville, y la escueta inscripción latina: “Fari quae sentias”.
       ¡Lord Gerald! ¡Sir Clarence! ¡A mí! ¡Ay, el balcón, el balcón bajo la hiedra y los pámpanos! ¡Jaén blanca, los caseríos, mi Perpiñán natal y la torre de los reyes de Mallorca! ¿Nadie, nadie me escuchará? Nadie… ¿ni tú, Petrarca, ni tú, La Fontaine? ¿A quién le confiaré ahora lo más difícil? ¿A quién le diré que antes de morir hubiera dado lo que no poseo porque una niña me tomara en brazos y llorara sobre mí, sobre mis páginas finales, sobre Virginia, sobre mi pobrecita Virginia?



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