Manuel Mujica Lainez
(Buenos Aires, 1910- La Cumbre, Córdoba, 1984)


X. El poeta perdido (1835)
Aquí vivieron
“Historias de una quinta de San Isidro, 1583-1924”
(Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1949, 317 págs.)



      Cuando el hijo de Sebastián Montalvo quedó huérfano, su tía abuela Catalina Romero de Islas le llevó a vivir con ella en su casa vecina del convento de Santo Domingo. El niño tenía entonces ocho años. Había heredado, con la frágil belleza de su madre, la aguzada sensibilidad paterna. Tales condiciones, características del “adolescente triste y hermoso”, despuntaron en una época de la historia en que ser hermoso y triste alcanzó una importancia desconocida en otros tiempos.
       De su infancia en la quinta de San Isidro no conservaba más que recuerdos vagos. Su madre era para él una señora perdida entre muselinas, apoyada en un jarrón de mármol roído por el musgo; su padre, un caballero que tosía en el pañuelo blanco y que permanecía las horas con los ojos fijos en el río y en su quietud. Al tío Rodrigo Islas, el demente, le había entrevisto detrás de las rejas del cuarto del mirador. El destino segó sus existencias una a una, en pocos años, como si hubieran estado enredados sus hilos y el primer corte hubiera bastado para aflojar toda la trama. La madre murió cuando iba a dar a luz; al padre le hallaron inmóvil en su lecho, una mañana, con la almohada manchada de sangre; el tío Islas se quitó la vida misteriosamente después de la desaparición de su hermana.
       A los ocho años Francisco había sufrido heridas que le dejaron cicatrices profundas. Su niñez transcurrió vestida de luto. Desde entonces, el negro fue su color. Jamás se le vio reír. Sus labios solo conocieron una sonrisa tenue, aquella que ensayaban los hombres del Romanticismo por literatura y que en él se producía naturalmente, como una pálida flor desvanecida.
       El resto se desleía en sus primeras memorias. Veíase acurrucado en los brazos paternos, una tarde de mucho frío, en la quinta de Pueyrredón. Un militar moreno inclinó sobre él los ojos ardientes. Después supo que era el general San Martín. Veíase también entrando en la sala de misia Mariquita Sánchez. Había varios señores que discutían con europea elegancia. Uno de ellos —el joven y demacrado Juan Cruz Varela— le rozó la frente con los dedos flacos:
       —Este niño será poeta.
       Veía estatuas agobiadas por la hiedra, balaustradas y galerías en cuyos capiteles anidaban los horneros, y de nuevo el rostro del tío loco en la ventana gorjeante, y los pasos menudos de la madre en los senderos que el trébol invadía. Todo eso tenía un olor de nardos y de magnolias y la música de un piano invisible.


       La tía Catalina Romero usaba unos anteojos con vidrios gruesos como fondos de botella. El bozo le azulaba el labio. El mínimo necesario de carne cubría sus huesos largos, bajo el pellejo. Flotaba en su torno, como algo imperceptible pero presente, la atmósfera agria de las hembras sin amor. Se adivinaba que el amor debía haberse estrellado contra esos huesos, a modo de la espuma que se deshace en el filo de los acantilados, y que nada, ni una onda siquiera de su marea generosa, había refrescado su corazón.
       ¿Cómo habría sido el fabuloso tío Islas que osó darle su nombre? ¿Qué coriácea armadura le había permitido compartir la cama estéril de esa mujer, la cama que era imposible imaginar mullida y fragante, la cama de vértices y de aristas?
       La sombra del marido se volvía neblina en el tiempo. Cuando se le citaba —y eso ocurría rarísima vez—, sorprendía a la rueda como si un forastero sospechoso hubiera entrado súbitamente en la habitación. Tanto desazonaba la aparición del intruso —acaso por la obscenidad antinatural que suponía la idea de un hombre conviviendo con Doña Catalina— que las señoras visitantes evitaban aludir a él. Ella misma le había relegado en la última alacena de su memoria. No le sacaba a relucir sino en los momentos graves. Si advertía que se dudaba de algún aserto suyo, subrayaba, relampagueando los cristales: “El señor Islas de Garay pensaba lo mismo”. Y aunque la concurrencia intuyera que el mítico caballero no había podido opinar de la suerte, era tal la incomodidad que suscitaba el fantasma, que la gente cedía, para conjurarlo y para que se fuera de allí.
       Ese círculo de damas viejas, que ni los achaques ni la muerte conseguían diezmar, estrechó sus anillos alrededor de la juventud de Francisco. A él se añadieron los hábitos talares del convento cercano. Solamente se aflojaba su presión en el refugio estival de la quinta.


       Si Catalina Romero acogió en su casa a su sobrino, no fue por caridad. A su mayoría, Montalvo recibiría una fortuna en tierras y ganados. Con la señora vivía una niña pobre, hija de una hermana suya, y la tía planeó su boda cuando el uno contaba ocho años y seis la otra. Le gustaba organizar la existencia de los demás, obrar sobre ella como un agente divino. Tal vez eso había precipitado a su esposo camino de la tumba.
       —Francisco casará con Teresa —decía a las cotorreantes beatas. A través de la ventana, las amigas observaban a los chicos que jugaban en el patio. No parecían entenderse muy bien, aunque no reñían.
       Catalina limpiaba las antiparras de escribano y agregaba:
       —El señor Islas de Garay deseaba que esta boda se hiciera.
       Las presentes notaban el lapsus, pues ninguno de los dos interesados había nacido cuando el caballero había alcanzado ya, definitivamente, la categoría espectral, pero preferían no señalarlo. Algunas eran tan milagreras que barruntaban que Catalina dialogaba con su marido después de muerto, y atisbaban sobre el hombro, recelosas hacia los rincones.
       Los dominicos —siempre entraban y salían en esa casa de sahumerio eclesiástico— aprobaban con la cabeza, dando al mate unas chupadas sonoras.
       Los veranos transcurrían en la quinta de la barranca de San Isidro. Francisco renacía allí. Aunque desde su infancia comprendieron sus allegados que nunca gozaría de mucha salud —quizá tuviera los minados pulmones de su padre—, Francisco crecía en donosura.
       A los diecisiete años, las muchachas se volvían para mirarle, disimulando con las mantillas, cuando pasaba a caballo, volcada la capa negra sobre el anca del alazán. Lo que más las impresionaba era su palidez, las venas azules diseñadas en las sienes bajo la masa de pelo oscuro, desmadejado, y aquella esbelta delgadez que tan bien se avenía con las ceñidas botas y los chalecos de seda.
       La viuda de Islas se había aplicado, desde que Francisco cayó bajo su tutela celosa, a aclarar la trabazón del alma del adolescente, en busca del sendero que la conduciría hasta su intimidad, pero presentía que siempre había algo más allá, algo que esquivaba su conquista, una cámara secreta. Su impotencia para atravesar los umbrales postreros la encolerizaba. Conjeturaba que no se podía ocultar a su penetración nada bueno. Revisaba sus bolsillos. Le abría los cajones. Escuchaba tras las puertas. Ya colérica, ya mimosa, persistía en su indagación. A veces se decía que aquellas eran solo fantasías de su cavilar, pero otras, un parpadeo, un ademán del huérfano, bastaban para encender su curiosidad alerta.
       Francisco emprendía largas caminatas por la costa. La viuda desplegaba su táctica para evitarlo. Sabía que la gracia física y la posición de su sobrino no dejarían de tentar a las vecinas duchas. Al mismo tiempo le preocupaba que se murmurara que prefería el solitario vagar a los halagos de la quinta, donde le aguardaban su tía y su novia. Pero sus sermones eran inútiles. A poco, Montalvo había desaparecido rumbo a los terrenos del Santo o a la propiedad de los Pueyrredón.
       En San Isidro la independencia de Francisco era mayor que en la ciudad. La finca le pertenecía y quedaban en ella esclavos de la época de su padre y de su abuelo.
       Para ellos, “el amito” era el amo. Montalvos e Islas de Garay habían vivido entre esos blanqueados muros, de generación en generación, para que un día albergaran al descendiente melancólico, al niño triste y hermoso de los cuentos. Además el paisaje estaba tan mezclado con sus recuerdos que por él se evadía de los rigores tutelares. Ni Catalina ni Teresa podían seguirle, aunque permanecieran a su lado, cuando deslizaba la mano sobre la pared que suavizaba la glicina o sobre el ánfora de mármol roto. Adivinaban que el muchacho sentía un latir humano bajo la palma, como si la sangre de los dueños anteriores corriera en la materia inerte y solo él captara su mensaje.
       Al atardecer, olvidado el libro de vidas de santos sobre las rodillas, miraba hacia afuera. La noche penetraba en el patio como una mujer negra coronada de luciérnagas y perfumada de azahar. Al mugido de una vaca remota, al relincho de un potro, respondían los ejes de una carreta fatigada y el alto grito cruel y como ensangrentado de un gallo victorioso. En los oídos de Francisco sonaban a manera de una sinfonía. Noche a noche, sumábase al coro un instrumento. Sosegábanse después los rumores del campo. Era la hora de rezar el rosario en el corredor, frente a la imagen de San Isidro que cabeceaba en el temblor de las velas. Mientras dirigía las oraciones, corriendo las cuentas entre los dedos viriles, la tía espiaba al mozo. La voz del muchacho naufragaba en la gangosa respuesta de los negros. El despecho de la viuda llegaba entonces al colmo. Olvidada del empaque propio de sus años, hubiera querido arrojarle a la cara el rosario bendito por su pariente Fray Julián Perdriel, sacudirle por los hombros y enrostrarle, delante de la asustada servidumbre:
       —¿Pero no tienes alma? ¿No tienes alma para mí? ¿Qué me escondes? ¿Qué me escondes?
       Francisco presentaba una faz impávida, irritante de ausencia. Cantaba un pájaro, de repente, en una de las jaulas, y al punto se le iluminaban los ojos. La viuda proseguía:
       —Dios te salve, María, llena eres de gracia…
       Sabía que su sobrino no estaba allí.
       Una extraña timidez había entumecido desde sus primeros años al muchacho. Las sucesivas tragedias de su infancia hicieron germinar sus sentimientos precozmente, de manera que fue tal la desproporción de los mismos con su edad que a los primeros choques —pues nadie entendía su sensibilidad— se vio obligado a disimularlos. Surgió así una tendencia a la ocultación propia de los reprimidos, un perpetuo miedo de revelarse y de que no le comprendieran, que se reflejaba en su apocamiento. Luego su propia hermosura contribuyó a aumentar su confusión. Él, que hubiera deseado pasar inadvertido, era el centro de la atención donde fuera. Las mujeres jóvenes le observaban de hito en hito y también las viejas le comían con los ojos. Algunos hombres bajaban los párpados precipitadamente, cuando se volvía a mirarles, medrosos de que descubriera en ellos cuanto querían velar.
       Además la tía Catalina se encargó muy pronto de aislarle y con ello facilitó su inclinación morbosa. De haber sido una mujer inteligente, se hubiera percatado de que lo que Francisco requería era precisamente lo contrario: alguien que le empujara hacia el mundo, que le explicara que este no es un monstruo hipócrita sino un animal rebelde que es menester domar y que una vez dominado obedece al tirón de riendas. Pero el sello del carácter de la viuda de Islas fue su ceguera psicológica. Jamás intuyó nada de lo que embargaba el espíritu de su sobrino nieto y que año a año agregaba nuevos nudos a su prisión. Aun más, cuando notó en él algún movimiento espontáneo —como su cariño a la quinta, por ejemplo— se aplicó a combatirlo sin razonar, por celos. Celaba cuanto pudiera privarla de una partícula de la voluntad de Francisco. Acaso sea justo decir que si auspició con tanto empeño la boda del muchacho con su sobrina fue porque percibió que no la amaría nunca y que de ese lado nada tenía que temer. Francisco fue su único amor, pero nunca quiso analizar esa corriente de su alma y nadie, ni siquiera sus confesores, sospechó el verdadero móvil que la impulsaba a posesionarse del adolescente sin compartirle. Los mismos dominicos, inconscientemente, alentaban su actitud, al aprobar cómo defendía a Francisco de las asechanzas mundanas.
       Pero si la debilidad de Montalvo entregó sus baluartes al lidiar inquisitivo de la tía Romero, hubo uno que conservó intacto con toda su fortaleza: la quinta. La quinta era para él mucho más que su casa y su palomar, su jardín y sus frutales, sus negros y sus tropas de vacunos que pastaban del lado del camino del fondo de la legua, allí donde la quinta se volvía chacra. Era lo suyo, su castillo.
       Frente a la falta de perspicacia de la gente, la quinta le comprendía, como una amante leal. Él le devolvía el sentimiento. Conocía cada uno de sus árboles, desde los talas que se arañaban sobre el declive frontero del río y el timbó y las enredaderas que enrojecían los muros en otoño, hasta los ombúes anclados como carabelas en la inmensidad de la llanura. Conocía sus rumores y sus perfumes, sus asperezas y sus suavidades: el rozar del lagarto en la hierba y el olor de las fogatas crepitantes, el canto de los pájaros distintos, el zumbar de los insectos y el dulce aroma de las pequeñas flores abrazadas a las cortezas robustas.
       Cuando Catalina Romero creía que escapaba de la quinta hacia los terrenos donados al Santo Patrono por la piedad del capitán Acassuso, o hacia las residencias patriarcales de alrededor, se equivocaba. Rara vez abandonaba los límites de la propiedad. Solía trepar hasta la copa del aguaribay opulento, o tenderse a la vera de los juncos de la orilla. Solo así era feliz. Solo así se sentía seguro. Solo así vivía las vidas intensas que le vedaba la realidad.
       A los quince años había comenzado a anotar en un cuaderno todo lo que le sugerían sones y fragancias. Pronto, la cadencia del verso encuadró línea a línea su emoción. Los cuadernos se sucedían, colmados de una caligrafía diminuta. Los guardaba en el hueco de una viga, en su casa de Buenos Aires, y bajo el piso, alzando uno de los tablones, en su habitación de San Isidro. Eran su invisible tesoro, su secreto, su única intimidad.
       La tía ni imaginaba su existencia.


       En Buenos Aires, en los cursos de latinidad y de retórica, Francisco atrajo a los muchachos más descollantes de su época. Vicente Fidel López, Félix Frías, Miguel Cané, Juan Bautista Alberdi, Miguel Esteves sintieron la seducción de su gracia. No era un alumno extraordinario. A veces, en mitad de la clase monótona del señor Guerra, Alberdi le soplaba por lo bajo la espinosa cita de Virgilio, o López le susurraba, junto a la cátedra de Alcorta, el final del concepto filosófico que había desordenado.
       —Francisco Montalvo vive en la luna —decía Miguel Cané, abriendo mucho los ojos negros en la cara redonda. Y en la luna le dejaban, respetuosos de su misterio, de ese curioso alejamiento que le proyectaba fuera del aula, por encima de los tejados, hacia el mirador distante, hacia las lentas nubes copiadas por el río. Pero ignoraban todos a dónde le conducían esos viajes ensimismados. Como a nadie hacía confidencias, le suponían apasionado por su prometida. Y la verdad es que Francisco no sabía responder a sus maestros porque hacía varios días que una estrofa —o algo menor, un adjetivo, la forma de una imagen— le daba vueltas y vueltas en la cabeza, obsesionándole, hasta que hallaba la solución en el momento menos pensado, como suele ocurrir a los poetas, y, distraído de la severidad del profesor de la Peña o de los latinajos del profesor Guerra, fijaba su conquista en cualquier trozo de papel blanco, en el margen de Salustio o en el de la “Retórica” de Blair.
       Los muchachos que hubieran deseado tenerle por amigo abandonaron tal propósito, enfriados por su timidez que tachaban de indiferencia. Ellos andaban siempre juntos, en los reñideros de gallos, en las guitarreadas del barrio del Alto, entre las “chinas” chacotonas, o en las discusiones sobre literatura y política. Francisco ansiaba confundirse con ellos, ser uno de tantos, dentro del grupo juvenil y alegre, pero se lo impedía ese confinamiento invencible que era tal vez su encanto más singular.
       En 1832, durante los últimos meses del primer gobierno de Rosas, cuando se fundó en la casa de los abuelos de Cané la pomposamente denominada Asociación de Estudios Históricos y Sociales, Francisco asistió a algunas de sus reuniones. Los mocitos se arrojaban a la cabeza, como proyectiles centelleantes, los nombres de los autores nuevos: Prosper Mérimée, Désiré Nisard, Edgar Quinet; se arrebataban los números muy sobados de la “Revue de Paris”; hablaban de Victor Cousin, de Michelet, de Hugo, de Sainte-Beuve. Corría por la sala un soplo caldeado. Cané golpeaba sobre la mesa con los puños cuando mencionaba a Manzani, su ídolo; Frías sostenía, entre las burlas de sus compañeros, la superioridad de Martínez de la Rosa sobre Mirabeau; Laureano Costa criticaba a Vicente Fidel López. Francisco Montalvo permanecía mudo, hojeando los libros. Un día, cuando todos salían para sus casas en un revuelo de capas y de chisteras, le encontraron en el patio. No había entrado en el salón y se había entretenido en conversar con misia Bernabela Andrade, la abuela materna de Cané. La gruesa señora, arrebujada en su pañoleta celeste, estaba contándole en el columpio de la tonada cordobesa algo de su estancia “Los Algarrobos”, en el pago de San Pedro, cuando les rodeó la algarabía de los muchachos.
       —¡Queremos saber de qué se trata! —gritaba López, zumbón. Pero Francisco ya se había encerrado en sí mismo y se envolvía en la capa negra, con aquel ademán estatuario que ejecutaba naturalmente y que Cané se desvivía por imitar.


       El poema de la quinta crecía despacio. Francisco volvía a él de tiempo en tiempo. Lo dejaba madurar. Por debajo del canto a la naturaleza, como un río subterráneo, fluía a lo largo de las estrofas la historia sin historia de su vida. Ni él mismo se daba cuenta de las presencias sutiles, pero cuanto había intuido de su madre, de su padre y de su tío Rodrigo, flotaba en el arcano de las alegorías que solo él podía interpretar plenamente. Ese poema, tan clásico en su estructura rigurosa, tan romántico en ciertos desalientos y frenesíes, tan inesperado en el Río de la Plata, en momentos en que Echeverría no había publicado aún sus “Consuelos”, era para Francisco Montalvo fuente de energías y camino de desahogos. Cuando tomaba la pluma, frente a la bujía, se despojaba de su timidez como de una cota de hierro. Presentía que llegaría el instante en que su canto le revelaría a los demás. Entonces todo lo que había sufrido por su retraimiento se desharía como el hielo al calor, para mostrar bajo la rígida lámina su trémula intimidad. Pero para lograrlo el canto tenía que ser perfecto. Por eso volvía sobre las estrofas con ahínco, raspando, anulando, destruyendo en un segundo de autocrítica desesperada la obra de meses.


       En 1834, cuando Francisco acababa de cumplir veintidós años, el presbítero Cornelio Cipriano Goneti, párroco de San Isidro, bendijo su boda con Teresa Rey.
       Enseguida se establecieron en la quinta, en las habitaciones que fueron de los padres de Montalvo, en tanto que la tía Islas ocupó las que clausuraban el patio del lado opuesto.
       La vieja señora triunfaba. Ya nadie podría quitarle a su sobrino. Después de comer, cabalgándole sobre la nariz los enormes anteojos, levantaba la cortinilla de tul, en su ventana, para vislumbrar a los muchachos que paseaban por el jardín.
       Muy poco después, sin embargo, comprobó que los acontecimientos no tomaban el fácil y placentero rumbo que había trazado. Francisco solía encerrarse durante horas en el cuarto del mirador, el que había servido de cárcel a su tío. De allí bajaba al comedor, pálido, fatigado, y solo respondía con monosílabos a las preguntas.
       El poema tocaba a su fin. Francisco trabajaba incesantemente en pulirlo y redondearlo. Para justificar sus ausencias, había dicho a las señoras que preparaba su tesis. A Teresa no le interesó la aclaración. Las cosas de su marido no le importaban. El matrimonio le había procurado lo que siempre ansió tener: el bello nombre de Montalvo y un porvenir de gran dama vanidosa. No hacía más que probarse las alhajas de la madre de Francisco. Por haber convivido con él desde su infancia, ya no veía su física hermosura, la que solo conmovía su orgullo cuando entraban al templo, los domingos, entre la admiración de las mozas.
       Pero la vigilante viuda no se contentó con las explicaciones. Demasiado bien conocía el desdén de su sobrino hacia el estudio. No. Ahí había algo distinto, algo que se complotaba contra sus planes, algo que quería sobrepujar su voluntad. En el cuarto del mirador, alquimias oscuras operaban contra su influencia. Acaso estuvieran en juego los elementos imponderables que desde la niñez del muchacho pugnaron por socavar su dominio sobre él y cuya esencia ignoraba.
       Entre tanto, Francisco había resuelto dar el definitivo paso de su vida.
       En enero de 1835, Marcos Sastre fundó su librería en la calle Reconquista. Los muchachos acudieron a ella en bandada. Mil volúmenes escogidos tapizaban su salón. Allí se fumaba, charlaba y reía, alternando la broma con el tema grave. Vicente Fidel López llevó a Francisco al sanctasanctórum una tarde de marzo, y le refirió los proyectos que abrigaban para el futuro. Había que dar conferencias, que organizar debates, que recitar versos, que irradiar la luz del espíritu frente a las sombras del tirano.
       —Estoy seguro —le dijo mientras revolvían los tomos franceses— de que tú compones versos. Nunca me lo has confiado pero creo que no me equivoco…
       Francisco volvió hacia él los ojos rasgados de su madre. Por primera vez, quebró su timidez.
       —Es cierto.
       Brilló la mirada del otro en las cuencas hondas.
       —Entonces tienes que prometer que mañana nos leerás algo.
       Montalvo quiso defenderse, pero fue en vano. Ya estaban los demás en torno, y Juan María Gutiérrez declaraba que traería el laurel para trenzar su corona.
       La noche anterior había sido terminado el poema de la quinta. Sus estrofas colmaban cuatro cuadernos que en ese momento reposaban dentro de una caja de latón bajo el piso de su estudio de la casa ancestral.
       —Bueno —respondió, y su voz resonó como la de un extraño en sus oídos—; mañana vendré.
       Aplaudieron todos y Juan María chasqueó la lengua. López le pasó la mano por la frente:
       —¡Un poeta! ¡Un poeta! ¡Tenemos un poeta!
       Francisco recordó el día distante en que los dedos fríos de Juan Cruz Varela le ungieron en la sala de misia Mariquita Sánchez.
       Montó a caballo y lo espoleó hacia San Isidro. Largo sería el galope, mas estaba habituado a hacerlo y hoy el viaje le parecía más holgado que nunca, a pesar del huracanado viento que le tironeaba de la capa.
       ¡Bien valían los años de incertidumbre, a cambio de la sensación que le embargaba ahora! Había vencido. Se había vencido a sí mismo. Con su quinta por aliado, había derrotado a los enemigos que, asombrados sobre su cuna, le condenaron a un destino de permanente indecisión. ¡Libre! ¡Libre! Las estrofas más felices cantaban en el compás de las herraduras. Eran las que dedicara a referir cómo florece la magnolia y cómo se acuesta el sol entre los árboles. O no… no… mejor aquella en que los gauchos, sentados entre las ruedas del carretón, miran la ondulación del alba sobre los flamencos rosas… O mejor aquella en que la hebra de hormigas asciende por la desnudez de la estatua…
       Advirtió que, como otras veces, su flaca memoria no le permitía reconstruir los versos. El poema se le escapaba, se le diluía. Declamaba el comienzo de la parte del río, los octosílabos con los cuales había querido reproducir la música de los juncos, y a poco olvidaba el resto. ¡Y las estrofas de las boyadas que regresan al atardecer! ¡Y la de las mariposas que revolotean bajo el alero, en verano! ¿Cómo era aquella? No. No podía decirlas. Se le esquivaban en el texto elaborado durante tanto tiempo.
       Comprendía, por fin, que su canto era bueno, que nada de lo que hasta entonces se había producido en el Plata podía comparársele. ¡Adiós, pues, a los terrores infantiles! ¡Desgarradas, las ligaduras!
       Galopaba en alas de la canción. El viento restallaba sus látigos furiosos. Unos aguateros, entusiasmados por su suelta elegancia, le saludaron con la mano, y un mendigo barbudo que cabalgaba como él se quitó el sombrero a su paso, mientras el pampero le arremolinaba los andrajos grises.
       Francisco Montalvo sonreía. El pegajoso secuestro, la imposición de un casamiento sin amor, las torturas de su alma apocada, siempre insatisfecha, abdicaban ante el irresistible impulso.
       Ya caía la noche entre las campanadas de la capilla de San Isidro. Algo más allá, se enrojecía el paisaje. Frenó el animal delante de la quinta. El mirador ardía en la oscuridad como una antorcha inmensa. Los reflejos del incendio despertaban formas desconocidas entre los árboles que despeinaba la tormenta.


       Esa mañana, no bien partió Francisco para Buenos Aires, la tía Catalina resolvió realizar una inspección cuidadosa en el mirador, para salir de dudas de una vez y averiguar qué retenía a su sobrino allá arriba. Propuso a Teresa que la acompañara, pero esta se encogió de hombros. La muchacha acarició el collar de diamantes que ceñía su cuello y que resultaba absurdo en tan hogareña sencillez. Que la tía hiciera lo que se le antojase y que la dejara en paz. ¿Qué podía hallar en el famoso cuarto secreto? Francisco no era un Barba Azul. Nada… las cuartillas de la tesis… que la dejaran en paz…
       Pero la viuda bullía ya de impaciencia. La despreocupación de su sobrina le sirvió de acicate, porque creyó percibir en ella el dejo de un reproche insoportable para su vanidad. Descubrió la llave en el cuarto de Francisco y subió penosamente la escalerilla de caracol que conducía a la azotea. Un viento tempestuoso sacudía los follajes. Entró en el estudio y cerró la puerta con llave, para evitar sorpresas inoportunas.
       Era una pequeña habitación cuadrada, que recibía luz por dos rejas, las mismas en las que tan a menudo apoyó su frente lívida Rodrigo, el enclaustrado. Una claridad fantástica las bañaba. El ruido del ventarrón avivaba ecos en los rincones y hacía silbar la extinguida chimenea.
       Todo estaba en orden. En los anaqueles alineábanse unos pocos libros y sobre la mesa blanqueaban los papeles. La tía Romero los revisó sin encontrar nada. Lo mismo sucedió con los cajones. Al revés de lo que podría esperarse, la falta de inmediatas pruebas le dio ánimos. Evidentemente, aquí se ocultaba algo, algo que no se dejaría al alcance de los intrusos. Uno a uno, registró los libros de la biblioteca.
       Entre tanto la tormenta bramaba de cólera. Muy pronto cayó sobre el jardín una sombra verdinegra. La señora aseguró las ventanas y encendió el candelabro de tres brazos. El aire que se colaba por la chimenea hizo bailotear las llamas. Alzó las velas y tornó a recorrer el aposento palmo a palmo. No bajaría del mirador con las manos vacías. Se sentó junto a la mesa y dejó la llave sobre la tela de cachemira de la India, muy manchada de borrones, que tapaba su parte superior. Escuálida, huesuda, brujeril, hurgó con la imaginación en pos de escondrijos. Las paredes eran de ladrillo pintado. Imposible disimular nada en ellas. Tampoco estaba lo buscado en el escritorio ni en la biblioteca. Palpó en el hueco de la chimenea, estremecido por el viento, con igual resultado. Volvió a la silla y dio un brinco. ¡El piso! ¿Cómo no había pensado en el piso? De rodillas, empezó a golpear los tablones. Uno cedió. Adentro, en una caja de latón…
       Colocó su tesoro sobre la mesa. Eran cuatro cuadernos en los que reconoció la escritura de su sobrino. Los hojeó anhelosamente e hizo una mueca de disgusto. ¡Versos! ¿Y para eso se había tomado tanto trabajo?
       A la luz oscilante del candelabro leyó el título: “La Quinta”, y de inmediato su interés renació, más poderoso.
       Siempre había odiado a la quinta de los Montalvos, la quinta que no era suya. Desde la niñez de Francisco, había notado que el chico le oponía allí una resistencia sorda, de la cual carecía en Buenos Aires, como si la casa de sus abuelos le infundiera insólito vigor. ¡La quinta! ¡La quinta!
       Volteó las páginas. La quinta cobraba en ellas una grandeza insospechada. De estrofa en estrofa. Francisco revelaba lo que significaba para él esa propiedad maravillosa. Sus árboles, sus pájaros, su río, sus nubes, cantaban en los octosílabos musicales. Pero la viuda permanecía impenetrable a su lirismo. Se percataba, con asombrada amargura, de que Francisco no le había pertenecido jamás, como jamás sería de Teresa; que su dueña era esa quinta execrable, de la cual hablaba con frases de enamorado, con frases que ni ella ni su sobrina habían escuchado nunca.
       Sus dedos amarillos arrugaron los folios, al pasar del uno al otro cuaderno. Afuera se sucedían las ráfagas impetuosas. La viuda llegó a la estrofa en la que el muchacho describía la estatua italiana del jardín. Detrás de las gafas, brillaron sus ojos. Si algo la enconaba especialmente era esa escultura demoníaca, con su grácil desnudez que le hacía sentir la indeseable sequedad de su cuerpo. Francisco se extasiaba en la cadencia de las rimas y contaba cómo, en los crepúsculos estivales, cuando el sol doraba la transparencia marmórea que recorrían como ríos las venas celestes, una hebra de hormigas trepaba por los flancos hacia la sombreada morbidez de los pechos, a manera de una caravana que asciende hacia el frescor de un oasis al amparo de las dunas.
       Se puso de pie y gritó:
       —¡Porquería!
       Luego, incapaz de contenerse, desgarró las tapas de los cuadernos, arrancó sus hojas y arrojó las destrozadas cuartillas a la chimenea, sin cesar de mascullar improperios. Inclinó el candelabro y el fuego hizo pronto presa de una de las páginas. Se dobló nuevamente, para propagar la combustión al resto, y los anteojos titubearon y cayeron en el hogar. Casi ciega, quiso rescatarlos, pero sus afanes resultaron inútiles. El aire loco levantaba la humareda y las llamas rojas. Retrocedió hasta el centro de la habitación, fascinada.
       Entonces el viento se introdujo como un gran pájaro graznante por la chimenea y echó a bailar los papeles incendiados. Uno de ellos, arrebatado por el soplo, empezó a quemar una de las cortinas. Otro, como si estuviera dotado de vida, saltó sobre la silla de paja y abrió allí sus alas multicolores.
       La viuda tanteó la mesa, en pos de la llave, y sus dedos temblorosos la empujaron al suelo. Oyó el tintineo burlón en las tablas. Aterrorizada, se puso de hinojos y manoteó torpemente. Quiso serenarse. Debe de estar por aquí… por aquí debe de estar… Pero se dijera que la llave vivía también, que le habían brotado unos piececitos silentes y que se había lanzado a correr por el cuarto que el humo invadía.
       Catalina Romero se orientó hacia las ventanas con los brazos extendidos. Los muebles le salieron al paso. El cuarto vacío se había llenado de muebles. ¿Y las ventanas? ¡Ah, ellas también! ¡Ellas también huían! ¿Dónde estaban las ventanas, en medio de esa hoguera que la rodeaba por doquier, en medio de ese sinfín de sillas y de mesas que la herían con las faldas esterilladas, con las caderas de caoba, con los senos de mármol? ¿Y sus gritos, nadie escucharía sus gritos en la tempestad? La quinta, la vieja enemiga, se había conjurado contra ella.
       —¡Porquería! —exclamaba entre los accesos de tos—, ¡porquería! —Como si sus labios no pudieran modular otra palabra. Hasta que uno de los chamuscados fragmentos del manuscrito se adhirió con uñas incandescentes a sus encajes. Era, precisamente, aquel en el cual el poeta —el poeta que ya nunca volvería a escribir— cantaba la gloria de la estatua desnuda desperezándose al sol.



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