Manuel Mujica Lainez
(Buenos Aires, 1910- La Cumbre, Córdoba, 1984)


XXI. Regreso (1918)
Aquí vivieron
“Historias de una quinta de San Isidro, 1583-1924”
(Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1949, 317 págs.)



      Mercedes Guevara se sentó en un banco de hierro frente al río. La hizo estremecerse la frescura de fines de abril. Friolenta, se arrebujó en el cuello de zorros azules y su rostro desapareció entre las pieles y el ala ancha del sombrero. Sobre la falda, sus manos se crisparon en la gran manta de “skunks”. Creía haber oído pasos en el jardín. El corazón le latió violentamente y, al alzar la cabeza, su cara, en la que la telaraña sutil de la cincuentena se posaba ya, surgió a la luz del atardecer. También atardecía en esa cara que había sido muy hermosa. Chispearon sus impertinentes en la extremidad del hilo de brillantes. No. No había nadie. No había nadie aún.
       Su mirada abarcó la casa en ruinas, la casa en la cual había sido feliz. Luego la volvió al río. Prefería dirigirla hacia allí, hacia lo que no cambia. Entraba en la edad en que los símbolos asustan con su advertencia por doquier. El río inmutable la serenó.
       Era el mismo río. Lo veía, grave y quieto, y se veía a sí misma, veinte años atrás, en esa barranca de la quinta de Ponce de León, el día en que Fernando la urgió para que partieran juntos. ¿Por qué no le había escuchado entonces? ¿Por qué no le había seguido? El miedo al escándalo pudo más. Su marido…
       Se llevó a la boca el pañuelito bordado. ¡Qué idea absurda en su romanticismo había tenido, al pedirle a Fernando que este encuentro, veinte años después, se realizara en la quinta! Cuando ella le había explicado por teléfono, rápidamente, entrecortadamente, que la casa no era ya lo que había sido, él había respondido que no importaba. Y allí estaba, esperándole. Allí estaba, y de repente se sentía vieja como la casa, abandonada como ella.
       ¡Veinte años! Veinte años durante los cuales no tornaron a verse… Al principio, el despecho prolongó la separación. Fernando no le había perdonado que no le acompañara y que prefiriera permanecer con su marido. Después, cuando los Guevara fueron a Europa en 1904, y ella planeaba encontrarle en Viena, el gobierno le llamó súbitamente a Buenos Aires. Desde entonces, en el curso de veinte años, la vida se burló de ambos, sometiéndoles a un perpetuo juego de escondite. Si Mercedes y su marido llegaban a Londres —eso fue cuando Fernando era consejero de la legación— se enteraban de que su amigo había partido para Ginebra. En París, cuando estaba segura de verle, le informaban que los médicos le habían ordenado que se trasladara al sur, a la costa mediterránea. Así, durante veinte años. El destino les armaba trampas constantes. Fernando no había sido nunca muy dado a escribir cartas, de modo que a veces pasaban cuatro o cinco meses sin que tuviera más noticia de él que unas líneas garabateadas bajo el membrete del Ritz de París, del Savoy de Londres, del Adlon Hotel de Berlín. Por fin, la vida… El diplomático no se casó nunca y ella no tuvo más aventura que aquella que iluminaba su juventud con lejano resplandor.
       La señora miró una vez más hacia el caserón sombrío. Una niebla desflecada lo envolvía, como una enredadera más. Desgarrándola, acudieron con paso fantasmal los alegres invitados de las fiestas de Ponce de León. Ella iba entre todos, sonriendo. ¿Quién hubiera supuesto entonces que Mercedes Guevara hubiera hecho cualquier cosa por sacudir la monotonía conyugal? Estaba pronta, alerta sin saberlo para lo que fatalmente debía producirse. Necesitaba al hombre que en esa terraza le hablaría de amor.
       En esa terraza… en esa terraza cuyos balaustres se habían quebrado y cuyos muros enseñaban de tanto en tanto, como dentaduras sangrientas, la sordidez de los ladrillos.
       La quinta era suya por fin. Al terminar el pleito con los acreedores de su primo Diego Ponce de León, fallado a su favor dos meses atrás, tuvo la impresión de salir de un laberinto en el que los papeles sellados se multiplicaban como puertas iguales. Ahora le parecía que regresaba a él y a su intrincada complejidad, por la confusión que la embargaba.
       Aquí había sido. Aquí. Hacía veinte años. Fernando contaba entonces cuarenta y cuatro y ella veintitrés. Era el hombre más elegante de la ciudad. No, el más elegante no: el más elegante era Diego. Había algo singular en la elegancia de Fernando, algo propio, que venía del esqueleto, que se aguzaba en las sombras de los pómulos y en el brillo de los ojos, y que no le podrían quitar. Y la voz… la voz cálida, exacta en la modulación armoniosa…
       Arrojó la manta de “skunks” sobre el banco. Estaba demasiado nerviosa para permanecer inmóvil. Comenzó a pasear por el caminillo de la barranca. Su tapado ceñido en la cintura se movía en el vaivén de los zorros azules que bordeaban su ruedo. Había engordado y lo disimulaba con las pieles. Con todo, conservaba un esplendor maduro. Bajo sus pies crujieron las hojas secas. Alzó de nuevo el impertinente de largo mango, con el ademán que había sido estudiado antes de ser natural. Para distraerse comenzó a recitar los versos de Racine que Marguerite Moreno le había enseñado a principios del siglo:

Oui, Prince, je languis, je brûle pour Thésée,
Je l’aime…


      Pero los alejandrinos conspiraban también contra su sosiego. El aire se colmó de fantasmas.
       Aquí. Aquí fue. Aquí. Nunca le había revelado que Miguel era hijo suyo. Nunca. ¿Cuándo hubiera podido hacerlo? Miguel había nacido después de su partida y esas terribles intimidades no se confían a las cartas. Veinte años. Miguel tenía ya veinte años. Pero hoy se lo diría. Debía decírselo. De aquellos amores fugaces e intensos, de aquella locura, había quedado este fruto. Él, y no Alejandro Guevara, era el padre de Miguel.
       Además, en cuanto viera a Miguel, Fernando adivinaría el vínculo. ¡Se le parecía tanto! No en el físico, pues era el vivo retrato de ella, sino en el modo, en la instantánea simpatía, en el encanto misterioso, en la ironía velada. Debía decírselo ella. Miguel era suyo y no de Alejandro.
       Alejandro… Se detuvo delante de la estatua italiana, cuya desnudez mohosa asomaba entre jirones de hiedra. Alejandro Guevara… su marido Alejandro Guevara… Fino también, amable, discreto… Un hombre de mundo, un impecable hombre de mundo, como ella era una mujer de mundo… Cuando sucedió “aquello” se condujo admirablemente. Ni una frase, ni una palabra, ni media palabra. El mismo pausado señorío… la distinción que se eriza ante la perspectiva de las escenas… pero ¡tan distinto!
       ¿Creería Alejandro que Miguel era hijo suyo? ¿Sospecharía algo? Jamás, jamás, ni media palabra… Había sido para su chico un padre ejemplar, camarada, comprensivo. ¿Le creería suyo, en verdad, en el secreto de su alma?
       Los vidrios del impertinente le mostraron la desolación de la casona. ¡Había tanto que hacer, si se le quería devolver su antigua apostura! Quizá lo más aconsejable —lo que, por otra parte, aconsejaban los arquitectos— fuera demolerla. ¡Qué tristeza! Rotos los escalones de mármol; hendidas las paredes robustas; había un negro boquete en la pared: eso fue una espantosa noche de tormenta, cuando cayó el eucalipto y murió la niña. El corredor… A él salían su primo Diego y Alejandro y Fernando, después de comer, con las tazas de café. Sus cigarrillos ardían en la oscuridad. Los vestidos vaporosos de las señoras ponían manchas claras en la noche, como si fuera otro juego de la luna. Se presentía lo que no se alcanzaba a ver. Flotaba en el aire un hálito tibio, el hálito de diciembre. En la sombra, Fernando buscaba su brazo desnudo, sus dedos titilantes de topacios y de perlas. Y su voz rica parecía la voz de diciembre.
       En ese momento oyó la voz de Fernando. Pero no la reconoció.


       Tampoco le reconoció a él en el encorvado caballero cuyo rostro se desvanecía en la penumbra del chambergo y de los astracanes. Fernando le besaba las manos y no cesaba de repetir en francés, con su voz desconocida:
       —No debí hacerte venir aquí con este frío.
       Mercedes sintió el frío como una punzada. Estaban bajo el aguaribay centenario y ya se divisaba poco, muy poco, en la indecisión húmeda del crepúsculo. Fernando la apartó suavemente y quedaron mirándose. Se embozaban ambos en el astracán y en los zorros azules, como si temieran mostrarse. Pero ella advertía que él había perdido estatura. Seguía siendo inverosímilmente delgado. El diplomático alzó los dedos cadavéricos, con el juego familiar de retrato del Greco que antes era una forma de coquetería y que ahora resultaba macabro en la oscuridad.
       —¡Tantos años —murmuró—, tantos años, Mercedes! Y siempre magnífica…
       La señora se sentó en el banco de hierro y se cubrió las rodillas con la manta de “skunks”. Él se acomodó a su lado, tosiendo brevemente, y ella le tendió la extremidad de las pieles suaves.
       Nunca, nunca hubiera imaginado que su encuentro iba a ser así. Todavía guardaba entre las cartas de Fernando su fotografía de veinte años atrás, aquella que le tomaron en esa misma quinta y en la que él vestía de brin blanco. También conservaba la reproducción de su retrato por Boldini que había recortado de “L’Illustration”. Era la efigie teatral de un príncipe, todo banda, collar y estrellas, todo nerviosidad y crispación en el uniforme verde. Y ahora…
       Ahora Fernando le hablaba de las incomodidades de su viaje en tiempos de guerra y de los muebles y el guardarropa que había perdido en el bombardeo de Pisa por los austríacos.
       Le oía y tenía la angustiosa impresión de que la habían robado, de que en el curso de ese viaje azaroso habían sustituido un hombre por otro, para burlarla. ¿Dónde estaba la gracia encendida; dónde, aquella desconcertante pirotecnia del idioma que tanto la sedujo; dónde, los imprevistos; dónde, también, la deliciosa corriente que la mantenía en suspenso cuando se hallaban juntos y solos?
       Nada, nada. Fernando conversaba con ella como con una extranjera. Le escuchaba desde una distancia infinita, como si toda la escena —la casa lúgubre, las bocanadas de bruma entre los árboles, las arañadas pieles— fueran irreales, fueran fragmentos de una pesadilla. Cerró los ojos.
       —Lo que no se sabe es si Marquito Avellaneda volverá a la embajada de Madrid… Julián Enciso va a Dinamarca de primer secretario… ¿Cómo está Julián?
       Mercedes respondía automáticamente. Y todo el tiempo la acosaba la misma duda dolorosa: ¿sentiría él lo que ella estaba sintiendo? ¿Vería en ella lo que ella veía en él?
       —¿Y tu libro —le preguntó por cambiar de tema—; por qué no lo escribiste? ¿Te acuerdas de que en este banco lo planeaste?
       Una pausa de silencio cayó sobre los dos y se oyó un batir de alas en el follaje. La evocación pareció conmover al diplomático. Posó una mano sobre la de Mercedes, en la caricia de los “skunks”, y ella tembló al contacto de esos dedos ásperos que no reconocía, como no reconocía nada, ni la casa, ni el parque, ni al caballero, en la melancolía de ese fin de abril.
       —¡Tantos años! —repitió Fernando—. ¡Tantos, tantos años! No. No lo he escrito. No pude escribirlo. No sé escribir. Además, la vida me ha llevado y traído, de Viena a Berlín, de Berlín a Londres, a París, a Roma… No he tenido tiempo… he malgastado mi tiempo… Mientras que tú… ¿cómo estás tú, Mercedes, cómo estás tú?
       Había esperado para preguntárselo. Mercedes suspiró:
       —Mi vida ha sido muy sencilla. Alejandro y Miguel: eso fue todo. Tú te habías ido…
       —Sí… sí… —y por el tono Mercedes comprendió que el ministro quería esquivar las alusiones a su partida violenta, veinte años antes—. ¿Y Miguel… cómo es Miguel?
       La señora creyó que iba a sentirse mal, que le iba a dar uno de esos desvanecimientos que la postraban una hora en la “chaise-longue”, olvidada la novela de Paul Bourget sobre los encajes.
       —Ven —le dijo—, caminemos. La quinta ha cambiado mucho.
       —También hemos cambiado nosotros —susurró Fernando.
       Él le tomó el brazo y dieron unos pasos hacia la casa de Ponce de León.
       —¡Pobre Diego! —comentó por lo bajo—. Lo visité en Roma poco antes de su muerte. Seguía rodeado de chucherías y siempre encantador. Estuvo en el Vaticano, cuando me dieron la Orden de San Gregorio… ¿Sabes que tengo la Orden de San Gregorio?… ¡Pero eso qué te puede importar ahora! Perdona a este viejo chocho, Mercedes. La vida construye y destruye.
       Ella quiso reaccionar, dominar al momento cruel, torcerlo para que todo modificara el rumbo inexplicable y volviera a ser lo que había sido. Ensayó una broma:
       —Mon cher, mon cher, estamos hablando como dos personajes de un teatro de títeres: la señora y el caballero de San Gregorio. La señora dice y el caballero contesta; el caballero dice y contesta la señora. ¿Es posible que nuestra intimidad se haya perdido?
       —Nuestra intimidad no puede perderse jamás —respondió Fernando, y al hacerlo puso en la réplica un énfasis que a Mercedes le sonó a cosa falsa, precisamente a parlamento de “guignol”. ¡Su intimidad con el caballero de San Gregorio y de la Legión de Honor y de la corona de este y de la cruz de aquel…! Pero esa intimidad no existía… Al caballero de San Gregorio no le había conocido nunca. Nada tenía que ver con esta quinta densa de memorias.
       El egoísmo del solterón asomó en una frase:
       —El pasado es peligroso, Mercedes, muy peligroso. Si se lo permitimos, salta sobre nosotros para despedazarnos. Nos está acechando. El pasado es un tigre.
       El pasado es un tigre. Sí, aquí reconocía por primera vez a Fernando; esa era su forma de expresarse. Lástima que la empleara justamente para alejarse más de ella, para encerrarse en su caparazón. Lástima que el momento en que le encontraba fuera aquel en que estaban más lejanos.
       —¿Y Alejandro? —preguntó el ministro.
       Iban por la galería, bajo las bóvedas rumorosas de brisa, muy lentamente.
       —Alejandro ha cambiado menos que nosotros, quizá porque tenía menos que cambiar. ¿Te acuerdas que solías decir que a nosotros la imaginación nos mantenía alerta como dos vigías? Nosotros hemos dejado de vigilar, pero él, que no vivía como nosotros en tensión perpetua, no ha cambiado.
       Fernando se escudó nuevamente en las trivialidades:
       —Es cierto. Hay gente que no cambia. En Buenos Aires he tenido muchas sorpresas.
       Y se puso a enumerar la gente con quien había tomado el té y comido desde su llegada.
       Pero ella no le escuchaba casi. Pensaba en la inmutable serenidad de Alejandro, y súbitamente valoraba condiciones que no había apreciado hasta entonces: su parca elegancia, su desdén por los comentarios inútiles, su don de convivencia, eso que hacía que en un salón su presencia aplacara los ánimos. Fernando había sido el chisporroteo; él, la llama inmóvil. Ahora el chisporroteo se había extinguido, pero la llama continuaba ahí, con su luz franca.
       El ministro reía con risa de vieja mientras refería los cuentos de la sociedad de Buenos Aires.
       Y una nueva angustia sobrecogió a Mercedes: ¿habría sido así antes, veinte años antes? ¿Habría sido así y ella, sin experiencia, no se habría dado cuenta, embaucada por los fuegos fatuos? Todo conspiró entonces para rodearle de prestigio: su prestancia física, su futuro literario, su inventiva mordaz. Pero la prestancia se había deshecho como la casa de Ponce de León; el futuro intelectual había quedado detrás, en el cementerio de las ilusiones; y la inventiva… ¿habría sido siempre así: un engañoso juego de nombres y de motes, una mofa levantada entre las risas de las mujeres, a la sombra de las magnolias del quintón? ¿Cuándo la habían robado? ¿En el barco que traía a la Argentina al condecorado pasajero que compartía la mesa del capitán, o en la quinta de San Isidro, a fines del siglo XIX, cuando le besaba apasionadamente en el quiosco japonés?
       Dijérase que Fernando sentía también la pesadumbre del encuentro. De no ser así, ¿por qué se empeñaba en disfrazarla con tentativas tan pobres de “amusement”? A los nombres porteños sucedían atropelladamente los de la nobleza europea: las princesas, los duques. Entre ellos bailaba el modelo de Boldini, como un muñeco, en el titilar de las cruces de esmalte.
       Otra pausa se abatió sobre ambos, y la temieron como si se hubieran precipitado en un pozo oscuro y silencioso del cual no podrían salir. Fernando hizo un esfuerzo:
       —¿Y Miguel, cómo es Miguel?
       —¿Miguel? Pronto lo verás. Vendrá a buscarme con Alejandro.
       La noche descendía de golpe, como si el ramaje de la arboleda la hubiera estado conteniendo en su caída.
       Miguel… la simpatía de Miguel… aquella pureza de sus ojos claros que iluminaba la ironía y la apaciguaba… la gracia de Miguel… No, nada le unía a su padre. Más se parecía a Alejandro. Acaso se pareciera a lo que Fernando había sido veinte años atrás. Pero no. Ahora comprendía que tampoco se parecía a aquel. A quién se parecía era a la imagen que Mercedes había forjado de Fernando en veinte años de ausencia. A ese sí. Pero ese no existía. Ese era un mito disparatado y bello, cuyo altar acababa de derrumbarse calladamente, con todas sus lámparas, al pie del aguaribay de Ponce de León.
       —¿Me has extrañado? —preguntó el ministro—. ¿Has pensado en mí?
       —Sí. Muchas veces. Te he querido mucho, Fernando.
       Empleaba el tiempo pasado. Lo relegaba a ese pasado que es un tigre. Y sin embargo continuaba buscando con los ojos en el refugio negro del astracán algo que le devolviera al amante de su juventud.
       —Yo también te he querido mucho, Mercedes. Hoy podemos hablar de eso con tranquilidad.
       —Deja, no revolvamos cosas antiguas. ¿Qué vas a hacer en Buenos Aires?
       Sus cartas se ocultaban en un ropero, bajo los encajes, atadas con una cinta azul. Las releía con el recuerdo y cobraban cuerpo en su ánimo, nítidas las trampas que debió hacer inconscientemente para convencerse de que eran cartas de amor, para pescar entre el parloteo endeble que alimentara su propio amor iluso. ¡Las cartas! Ni eso le quedaba ya…
       —¿Qué vas a hacer en Buenos Aires?
       Él recobró su empaque. A los setenta y cinco años no había logrado madurar definitivamente, y el tono reposado, el tinte de blanda melancolía que imponía el encuentro le desazonaban. Escapó a su atmósfera:
       —¡Oh!, debo hacer mil cosas. Dolores me ha pedido que la acompañe mañana a la Recoleta, en el traslado de los restos del general. Luego tengo que ir a ver a Carmencita y a los López. A Dalmiro lo vi ayer. Con las Buudrix comeré esta noche.
       A Mercedes, en su soledad, esos nombres se le antojaban tan remotos como los de las dos soberanas fantásticas recién muertas cuyas biografías llenaban columnas en los diarios: Tai-Tou, emperatriz de Abisinia; Lilino-kalani, reina de Hawai.
       Se pasó la palma helada sobre los párpados:
       —Hace mucho frío. Quizá sea mejor que te vayas, Fernando. Yo esperaré a Alejandro y a Miguel.
       El anciano vaciló:
       —Estoy algo apurado. Tengo que vestirme para la comida de esta noche. Es cierto que hace frío, pero me hubiera gustado conocer a Miguel. ¿No quieres que te lleve a Buenos Aires?
       —No. Ve tú solo. Yo esperaré aquí.
       Fernando se puso de pie y empezó a calzarse los guantes de piel de Suecia. Titubeó nuevamente:
       —¿No tienes nada que decirme, Mercedes? ¿Nada… sobre ti… sobre Miguel…?
       Ella sintió una vez más que el paisaje oscilaba alrededor y creyó que le iba a dar un mareo. Pugnó por descubrir en la sombra la expresión de Fernando, pero no pudo distinguirla:
       —No… nada más…
       —Entonces saluda a Alejandro de parte mía. Dile que lo encontraré en el Círculo. Y saluda también a Miguel.
       —Sí… sí… —respondió Mercedes— a Miguel… a Miguel y a su padre.
       Vio perderse entre los talas, encorvado y fino, al caballero de San Gregorio cuyo rostro ignoraría siempre. Alzó los impertinentes y las lágrimas le empañaron los cristales. Luego quedó sola junto a la casa en ruinas.



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