Manuel Mujica Lainez
(Buenos Aires, 1910- La Cumbre, Córdoba, 1984)


XII. Tormenta en el río (1847)
Aquí vivieron
“Historias de una quinta de San Isidro, 1583-1924”
(Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1949, 317 págs.)



      Entraron a caballo en el lodo de la playa y a poco el agua chapoteó bajo los cascos. Eran siete hombres: cinco emigrados, un peoncito y el capitán del velero. Callaban todos menos este último, quien venía algo alegre por la influencia del vino carlón con que había rociado el gaznate en la pulpería de San Isidro. Para él, que hacía el viaje semana a semana, la aventura se había trocado en un medio de vida que le procuraba patacones sonantes.
       —Parece que vamos a tener tormenta —dijo con voz ronca—. Quizá lo mejor fuera volvernos pa las casas y salir el jueves.
       Los demás protestaron velando el tono. No era eso lo convenido. Cuando le pagaron el pasaje, se estipuló que zarparían hoy, cualquiera fuera el tiempo. El regreso podría ser fatal.
       —¿Acaso tiene miedo? —le preguntó uno, en la oscuridad.
       —¿Miedo yo? Sépase que el Lindo Oteyza no tiene miedo a naides. ¡Adelante, caballeros!
       Se puso a cantar un “cielito” de los federales:

—Cielito, cielo que sí,
Cielito y viva el Gobierno,
Que al unitario traidor
Le hace ver el quinto infierno.


      Francisco Montalvo frenó la cabalgadura:
       —Usted está loco. ¿Quiere traicionarnos? ¿Y a qué sale con esos versos tan…?
       —… tan poco a propósito —apuntó su primo Mariano Islas.
       El Lindo Oteyza rio con la risa del aguardiente.
       —Si no hay naides, niño, le juro que no hay naides. El “cielito” lo estoy aprendiendo porque necesito que en Buenos Aires me crean buen federal. Por eso uso también el poncho colorado.
       El agua les mojaba las botas. En la negrura del río se dibujó el perfil de la embarcación que les conduciría al Uruguay. Treparon todos a bordo, menos el peoncito, quien regresó a tierra con los caballos. El capitán dio orden de izar las velas y el viento las hinchó furiosamente. Levaron anclas.
       Era tan densa la sombra, que las luces de la costa casi no se distinguían. Con ayuda del catalejo, Montalvo ubicó las de su quinta en la barranca de San Isidro. Correspondían a las ventanas del comedor. En ese momento tintineó la campana de la capilla. Las nueve. Teresa, su mujer, se sentará a la mesa, frente a su retrato por Jean-Philippe Goulu, aquel en el cual está vestida de amarillo, con un gato en las faldas. El negro Cipriano entrará con la fuente. Nada habrá cambiado. Solo falta él.
       Suspiró y se arropó, friolento, en la capa.
       Había titubeado antes de resolverse a dar este paso grave. Las súplicas de su primo Mariano Islas le convencieron por fin. La situación se tornaba peligrosa para ellos. Amigos fieles les avisaron que había llegado al despacho de Don Juan Manuel de Rosas una delación contra ambos, por su simpatía con los defensores de Montevideo. Teresa fue quien puso más empeño en su partida y eso no dejó de sorprenderle. Nunca le había dado pruebas de interesarse por él. Ahora, mientras se alejaba el velero, camino de la proscripción, Francisco pensaba que en tantos años de matrimonio no había logrado comprender a su mujer. Verdad que no le había dedicado mucha meditación. ¿Cómo sería Teresa? ¿Qué sería Teresa? ¿Era posible que hubiera vivido junto a ella desde su infancia, que se hubieran casado hacía trece años y que fueran como dos extranjeros; dos extranjeros que compartían los almuerzos y las comidas, que conversaban con las amistades comunes, pero que nada tenían que decirse? Con hijos, las cosas hubieran sucedido de otro modo. Eran dos solitarios bajo el mismo techo.
       Se encogió de hombros. Ni a Teresa le había importado jamás de él, ni a él de Teresa. Su boda fue una equivocación impuesta por la ciega voluntad de su tía Catalina Romero.
       El frío le estremeció. Se esfumaban ya las tímidas claridades de la costa. Se iba, quizá por seis meses, quizá por un año o dos, y no experimentaba ningún desgarramiento; solo la presencia de esa doble pregunta que se había planteado: ¿Cómo sería Teresa? ¿Qué sería Teresa? ¿Qué sería esa mujer que en la treintena alcanzaba la sazón de la madurez como un fruto jugoso de tierra cálida? En más de una oportunidad había advertido que los hombres la espiaban con ojos de gula. ¿Qué sentiría ella? ¿Qué sentiría ahora, ahora que quedaba librada a su capricho en la quinta de los Montalvo, hermosa, rica, independiente?
       Su primo le tocó la espalda. Lo más acertado era guarecerse en la cámara de popa. Caían ya los primeros goterones. Si el tiempo no despejaba, no podrían desembarcar en el Carmelo a las dos de la mañana.


       Sus tres compañeros —había un prusiano y dos criollos— cabeceaban en un rincón, medio mareados. Oteyza había descorchado una botella y de tanto en tanto le daba una chupada al gollete. La ofreció a los primos, pero estos rehusaron.
       Francisco observó cómodamente, por primera vez, al capitán del velero. Mariano Islas había concertado la fuga. Cuando se encontraron bajo el aguaribay del camino, no se veían ni las manos.
       El Lindo Oteyza merecía su apodo. Era un gaucho joven y curtido, con rasgos de indígena. Se cubría la cabeza con un gran pañuelo blanco que le tapaba las orejas y el pelo y que anudaba bajo la barba negra. Los pliegues del amplio poncho escarlata no disimulaban su robustez. Entrecerraba los ojos maliciosos, que velaban los vapores de la bebida, pero sus ademanes lentos conservaban su gracia afelpada de puma.
       —Y, capitán —dijo Mariano, por vía de conversación—, ¿quién dirige este barco?
       —Tengo tres muchachos arriba. Si el río se pica más, subiré. Entre tanto…
       Y sobó amorosamente la botella. A la luz del farol que se balanceaba, colgado del techo combo del camarote, brilló su sortija.
       —Lindo anillo comentó Mariano.
       —Lindo —dijo el marino—, lindo como el Lindo Oteyza. —Y se echó a reír.
       —¿De dónde lo ha sacado? —inquirió el otro—. Es alhaja de caballeros.
       —Sépase que yo soy caballero también. Mi padre solía decirme: “Los Oteyza valen tanto como cualquiera”.
       Francisco, que se había echado sobre unos bultos, se incorporó. La sortija titilaba como un insecto sobre el vidrio verde del frasco. La reconoció enseguida. Era de oro, con dos figurillas entrelazadas que sostenían en el engarce central un granate.
       Las ráfagas recrudecían su violencia. Bailoteaba la embarcación.
       —¿Todavía no va a subir? —volvió a interrogar Islas.
       Oteyza guiñó los ojos que el alcohol hacía lagrimear. Se pasó el revés de la mano por la boca.
       —Déjeme que le cuente. Hay tiempo para todo. Una mañana, el año pasado, iba yo a caballo por la carretera de la costa, cerca de la capilla del Santo Labrador, cuando me crucé con una mujer que también venía a caballo. ¡Qué hembra, mi amigo, qué flor de hembra! Blanca como la luna y una manera de erguirse sobre el animal… A la legua se le distinguía la condición… Mi overo le asustó el zaino no sé cómo y, ¡zas!, allá se fue al suelo con su vestido bonito y su mantilla. Desmonté de inmediato para ayudarla a levantarse y me percaté de que se había torcido el tobillo. ¿En verdad no quiere un trago de esta ginebra?
       —No, hombre, apúrese, todavía vamos a tener un accidente por su cachaza. ¿Qué pasó después?
       —Naturalmente, la ayudé a acomodarse en la silla. ¡Qué cintura, mi amigo! Se le escurría a uno entre las manos. Ya en ese momento, le juro por mi patrono San Jacinto que no es vanidad, me di cuenta de la impresión que le había hecho el Lindo Oteyza. La acompañé hasta su quinta, que allí cerquita quedaba, y me convidó con unos mates…
       Se abrió con gran ruido la puerta de la cámara y asomó la cara asustada de uno de los marineros, casi un niño, con la brújula en la mano.
       —Andamos mal, capitán, se nos han enriedado las cuerdas y me parece que esta aguja está rota.
       —Ahora subo. Bueno, para terminar el cuento, le diré que el marido estaba ausente y que me regaló el anillo.
       —¡Caramba! —comentó Mariano—. Parece que la señora pagaba bien la ayuda.
       —Vamos, mi amigo, no me haga creer que se chupa el dedo, todo un señor leído como usté. Lo que pagaba no era mi compañía desde la carretera, sino lo otro, lo que pasó después. O ¿qué piensa? ¿Piensa que con el marido afuera el Lindo Oteyza se iba a quedar tranquilo? Una flor de hembra, le aseguro… Volví a visitarla cuatro veces. Valía la pena y a ella le gustaba. Su hombre algún sonso, andaba entonces por una estancia de la familia, en Córdoba, del lado de Alta Gracia…
       Oteyza sorprendió la mirada que cambiaron los primos. Olfateó el riesgo del tembladeral por el cual avanzaba. Su oficio le había acostumbrado a vivir alerta, aun cuando estaba bebido.
       —¿Qué pasa? —preguntó con recelo.
       Mariano Islas había palidecido. Conocía la propiedad de los Montalvo en Córdoba. Les venía por herencia de un encomendero. Francisco la recorría cuando así lo exigían las faenas.
       —Cállese, gaucho mentiroso, envenenado, y ocúpese de lo suyo —replicó Mariano—. No está la noche para fantasías.
       Francisco hundió él rostro en la sombra, pero hasta allí le persiguieron los ojos inquisitivos del capitán. ¿Si no será este el marido?, barruntaba el mestizo sobresaltado. ¡Buena la he hecho!
       El barco se tumbó hacia estribor. Rodaron confusamente los muebles, las petacas y los cajones. Se apagó la luz. Los hombres trastabillaron como borrachos y cayeron también. Arriba sonaron los gritos de los marineros.
       Oteyza consiguió forzar la puerta y salir, blandiendo un hacha. Siguiéronle los demás a los tropezones.
       El velero hacía agua por todas partes. Las olas negras barrían su cubierta semihundida en la espuma. La oscuridad se apretaba sobre la arboladura volcada. No se veía a medio metro.
       Francisco pudo aferrarse a un cable y mantenerse en pie, entre el azote del agua. Quería analizar sus sentimientos y le asombraba no hallar reacción alguna. Acababa de enterarse, brutalmente, de la soez infidelidad de su mujer, y no le dominaban ni el odio, ni la angustia, ni siquiera el asco. Pero ¿de qué materia estaba hecho? La timidez terrible que desde niño le había maniatado, ¿no sería en realidad una de las expresiones de la indiferencia?, ¿no sería un desdén congénito hacia todo, una incapacidad?
       Buscó a Mariano y no le halló. Las órdenes del capitán ebrio nada significaban en la desatada locura de la tormenta.
       “Quizá —continuó diciéndose Francisco— lo más prudente fuera terminar aquí. ¡Sería tan fácil! Con aflojar un poco la presión de mis dedos sobre este cable, la próxima ola me arrastraría… y entonces, ¡adiós!”.
       Una barrica lanzada a través de la cubierta le golpeó el pecho. En lugar de soltarse, se asió con más firmeza a los nudos. ¡No! ¿Morir? ¿Para qué morir? ¡Al contrario! Esa escena grotesca había sido providencial. Ahora se había liberado por completo. En Montevideo iniciaría una existencia nueva, sin trabas. Acaso lograra escribir. ¡Qué curiosa vida! No conseguía odiar a Teresa. Antes bien, le embargaba una inmensa piedad hacia ella. En cuanto al Lindo, ¿cómo odiarle, si era un profesional del amor, si los pasajeros encuentros en la quinta nada representaban para él? Seguro que tendría anillos para los diez dedos. Sonrió levemente, al imaginar las manazas del paisano con las falanges ahorcadas por las sortijas: los rubíes, las turquesas, el topacio y, en el índice, el granate que había sido de su abuelo, de Don Fernando Islas de Garay.
       El agua le lamía la cintura. Naufragaban. Escuchó a su derecha la alterada voz de Mariano:
       —¡Arrójate al río! ¡Quedarse aquí es peor!
       Nadó al azar en los remolinos de la noche. Ansiaba salvarse. Debía salvarse para empezar a vivir. Solo ahora empezaría a vivir, en Montevideo, entre los miradores y las terrazas árabes, entre los amigos de siempre. Escribiría en el diario de Florencio Varela. ¡Tenía tanto que decir! Y luego se iría a Chile, para reunirse con Vicente Fidel López y entregarse a la tarea feliz de reconquistar la patria.
       Repentinamente vio a Teresa en el comedor de la quinta. Era la Teresa del cuadro de Goulu, Teresa con la piel delicada como las magnolias. A su lado, se insinuaba el Lindo. Los brazos morenos del Lindo acariciaban su carne de magnolias. La echaba hacia atrás, en el diván del óleo.
       ¿Y Mariano? ¿Se habría dado cuenta Mariano? Aquella mirada… Pero no, no podía haber adivinado que él era el personaje del cuento burdo. ¿A quién se le iba a ocurrir que Teresa…? El tío abuelo Islas de Garay había muerto cuando Mariano era un niño. Imposible que recordara su sortija.
       La lluvia arreciaba sus latigazos crueles. Breves relámpagos y rayos distantes hendieron el paisaje invisible. En la cresta de las olas flotaban barriles y cajas. ¿Qué habría sido de los demás? Un fragmento del mástil le rozó. Se tomó de él desesperadamente, hasta que le dolieron las uñas. La rápida luz, al rasgar las tinieblas, le mostró en la extremidad opuesta algo que parecía una cabeza humana.
       —¿Eres tú, Mariano? —gritó en el estrépito de la tempestad.
       Con mil dificultades se deslizó a lo largo del madero. No. No era Mariano. Era el Lindo Oteyza. Haciendo un esfuerzo supremo, se había despojado del poncho pesadísimo y ahora, desnudo el torso, cabalgaba sobre el leño destrozado, con el hacha en la cintura.
       Se observaron un instante. El miedo hizo castañetear los dientes del mestizo. Francisco Montalvo quiso decirle que no tenía nada contra él, pero el terror del otro fue más veloz que cualquier mensaje. Levantó el hacha y de dos tajos limpios cortó las manos que se adherían al madero y que permanecieron allí unos segundos, crispadas, como si emergieran de dos chorros de encaje púrpura.



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