Manuel Mujica Lainez
(Buenos Aires, 1910- La Cumbre, Córdoba, 1984)


XIV. El testamento (1872)
Aquí vivieron
“Historias de una quinta de San Isidro, 1583-1924”
(Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1949, 317 págs.)



      Los parientes llegaron muy temprano. Desde el cuarto del mirador, Máximo les vio cruzar el jardín sacudiéndose el polvo de la carretera. Flotaban los crespones de Doña Clara, y los guantes de su marido revoloteaban como negras mariposas. Detrás, Diego Ponce de León, el hijo de la vejez, caminaba desganado. Por primera vez en tantos años, los primos de Teresa dejaban de ser un mito para el hombre que les observaba a través de las rejas altas. Sus fantasmas se materializaban curiosamente en la claridad que dejaba filtrar el follaje.
       Máximo continuó afeitándose y comprobó que siempre les había imaginado así: el doctor Ponce de León, bajo, rechoncho, dócil; su mujer, Clara Rey, seca, mordida por ocultas calcinaciones; el hijo único, desteñido, desflecado, en el estiramiento del final de la adolescencia. Advirtió que Teresa, que le había hablado en tantas ocasiones de ellos para burlarse de su intolerancia, nunca se los había descrito. Y, sin embargo, no hubieran podido estar construidos en otra forma.
       Pasó la navaja sobre la mejilla, cuidando de no tocar la comisura del labio que tan fácilmente le sangraba, y oyó el largo grito teatral de la prima.
       A no dudarlo, los tres parientes habían entrado en la cámara mortuoria. Clara se habría echado de hinojos a los pies del lecho donde Teresa reposaba con las manos juntas, escoltada por cuatro candelabros de plata con las entrelazadas iniciales de la familia. Ahora la prima hundiría la máscara de payaso triste en las sábanas de hilo donde él, Máximo Sáenz, había estirado incontables noches su cuerpo delgado, en el rito monótono de adorar a la que había muerto por fin. El doctor Ponce de León se habría hecho a un lado y no cesaría en la tarea de hacer girar el sombrero de copa entre los guantes de luto. Diego no tendría ojos más que para el bello Cristo de marfil del siglo XVIII, que había sido de los antepasados Islas de Garay y que coronaba la cabecera.
       Máximo esbozó una mueca de asco: ¡Puah! Les conocía bien. Sabía de las exageraciones melodramáticas de Clara; sabía que su hijo, recién cumplida la veintena, alimentaba la locura del arte, la fiebre de los objetos; sabía que para el doctor Ponce de León, fuera del dinero nada contaba mucho.
       A pesar de la suavidad con que deslizó la hoja brillante, se cortó. Una leve línea roja prolongó la guía engomada del bigote. Hizo un gesto de fastidio. Mientras restañaba la herida, sus ojos se encontraron con los de la imagen que copiaba el espejo. Dentro del marco de caoba, vio el rostro huesudo de un caballero de cincuenta y cinco años, con el pelo blanquinegro y el cutis curtido por el sol. Se felicitó de no haber dejado crecer la barba, en momentos en que la usaban todos, centenaria, apostólica. Parecía bastante más joven, con el ancho bigote retorcido. De no mediar los inoportunos ataques de gota, dijérase que había esquivado la mordedura del tiempo. Por lo menos lo creía así, en tanto que levantaba una y otra ceja en parodias señoriles.
       Sus pensamientos volaron hacia quienes rodeaban en ese instante a la prima helada. La noche anterior había resuelto hacerles anunciar su fallecimiento. Era más serio, más digno de la jerarquía de una señora como Teresa Montalvo, proceder así. Ahora estaba arrepentido. Jamás supuso que enseguida vendrían al quintón.
       Sonrió, ensayando el suave silbido que empleaba cuando quería dar la impresión de la sutileza. ¿La herencia? ¿Esperarían acaso heredar a su prima? ¡Qué disparate! Hacía dos lustros que no la trataban. Y todo por culpa suya, todo por culpa de Máximo, a quien seguramente llamarían, en sus conversaciones irritadas, “ese hombre”.
       Pero no podía ser… ¿Bastaba la circunstancia de que fueran los solos parientes vivos de Teresa para que recibieran su fortuna? ¿Cómo no se les iba a ocurrir que después de más de diez años de convivencia la viuda testaría en favor de su amante… de su administrador, por usar el título con que se le designaba en las escasas presentaciones? “Máximo Sáenz, mi administrador”. Y, sin embargo, ahí estaban, y Clara —la oía por la ventana entreabierta— lloraba como si hubiera perdido a su madre.
       ¡Ah, por fin había sonado su hora; por fin triunfaba él; por fin había llegado el momento de salir de la oscuridad vergonzante y de mostrar quién era! Los Ponce de León rompieron relaciones con Teresa a causa suya. Le constaba. La propia Teresa le había leído, riendo a carcajadas, la severa carta que Clara le envió cinco años atrás: “Nos hemos enterado de que te vas a la quinta de San Isidro con ese hombre. Si es cierto, todo vínculo ha terminado entre nosotros”. ¡Cuánto se habría arrepentido después de su impulso alocado! Evidentemente escribió las líneas apretadas cediendo a uno de sus arrebatos de histérica. Siempre estaba interpretando algún papel, y en esa ocasión representaba el muy tragicómico de la virtud ofendida o del honor familiar mancillado. El doctor Ponce de León habría intentado disuadirla de una actitud que hacía peligrar una herencia respetable, pero sus esfuerzos de nada valdrían ante el ímpetu grandilocuente de su cónyuge. El mismo día, Teresa Rey de Montalvo redactó su testamento en favor de su “fiel administrador Don Máximo Sáenz”. Máximo lo tenía guardado ahí, en su cuarto del mirador, dentro de una gaveta del bargueño.
       La sangre había parado de manar. Eligió una corbata negra de dos vueltas. Se le antojó la más indicada para la ceremonia y también la que mejor armonizaba con el color bronceado de sus pómulos.
       Se miró por vigésima vez al espejo. Ya no era un muchacho, pero aún no había perdido su tipo, su famoso tipo varonil que trastornó a las mujeres y encendió los celos de los hombres. Todavía podía ser suyo el mundo. Con María Antonia a su lado iría lejos.
       Abrió el antiguo mueble español, sacó de él el documento que desde ese día le hacía enormemente rico y lo colocó en el bolsillo interior de su levita. Lo sintió crujir sobre el corazón. Se asomó a la ventana. El calor del verano vibraba en el zumbido de los insectos. Allá abajo, Diego Ponce de León estudiaba la estatua italiana.
       ¿Le gustaba? Sí. ¡Cómo no iba a gustarle! Pero no sería suya… era… era ya de Máximo Sáenz, del aventurero Máximo Sáenz, del miserable Máximo Sáenz, como eran suyas la noble quinta densa de tradiciones, suyas las arboledas perfumadas, y los muebles sólidos, solemnes, que Teresa había comprado a un inglés cuando se instalaron allí en 1868, y las alhajas que llenaban su cofre, y lo demás, todo lo demás, por la gracia de ese papel manuscrito y sellado que crujía sobre su corazón.
       Descendió lentamente la escalera. ¿A dónde iría? ¿Enfrentaría ahora a los parientes de Teresa? ¿Chocaría con su desdén o con su plañir grotesco? ¿Clara exageraría el histrionismo hasta la pantomima del fingimiento de que entendía que él era el administrador de su prima, o preferiría enrostrarle lo que no dejaría de definir como “su vida de pecado”?
       Tornó a sonreír. ¡Qué podía importarle lo que dijeran los Ponce de León de mal agüero! Los dejaría para más tarde… a ellos y al luto de Teresa y al lagrimear de los cirios y al caminar en puntas de pie por los aposentos en penumbra. Ahora debía ver a María Antonia y trazar con ella los definitivos planes de su futuro.


       Mientras se dirigía hacia la casita situada a la vera del camino, dentro del quintón, dando un rodeo para no topar con el mozalbete larguirucho que admiraba las diamelas, se sorprendió recordando la primera época de su unión con la viuda de Montalvo.
       Se conocieron en el Teatro Colón, en 1860, una noche en que Mlle. Lagrange cantaba Norma. Aburrido de esa historia de druidas, sordo a la música, Máximo había apuntado los gemelos de nácar contra la fila de palcos. En ese momento la sala entera pendía de la “Casta Diva” que desgranaba la artista ilustre.
       Teresa Monealvo erguía el busto generoso, apoyados los brazos desnudos, coruscantes de esmeraldas, sobre la felpa roja del palco. Un matrimonio incoloro prestaba fondo al relampaguear de su diadema y al temblor de su abanico. A los cuarenta y seis años seguía llamando la atención con su hermosura cálida, criolla, sensual, de gran dama en el lujo opulento del otoño.
       Máximo no le quitó los ojos de encima. En el entreacto, el cuchicheo de sus vecinos le informó sobre la viuda suntuosa de Don Francisco Montalvo y sobre su desprecio por los convencionalismos. La sociedad porteña no la había apartado totalmente, a causa de sus parentescos y de su prodigalidad, pero vivía al margen de los prejuicios burgueses, visitando a quien le divertía e ignorando al resto. Harto se adivinaba esa posición en el desgano con que alzaba sus anteojos hacia el nido de las cazueleras, permanentes tejedoras de comentarios malévolos, o los descendía hacia la platea ocupada por un regimiento masculino uniformado de fraques y guantes blancos.
       A Máximo Sáenz le deslumbró, al tiempo que azuzó su instinto donjuanesco. De familia oscura, sin recursos, había subido la escala mundana a fuerza de frases amables y de codazos; a fuerza también de ajustar la cintura y de entornar los párpados melancólicos. Era el solterón de los secretos que se suele invitar a las comidas. Meses atrás, se había susurrado sobre su affaire con una rica señora extranjera, y, aunque nunca se puntualizó el asunto, ello contribuyó a su prestigio de dandy cortejador de bellas.
       Un movimiento de los ocupantes del palco le convenció de que conocía, aunque vagamente, a la pareja que acompañaba a la viuda. Su audacia se alborotó enseguida y fue a saludarles. Le recibieron con disimulado desconcierto, encantados de presentar a Teresa Rey un caballero tan decorativo. Máximo permaneció allí unos minutos, pero ellos le bastaron para poner de relieve la elegancia de su figura ceñida por el frac y para dejar en la memoria de Teresa el recuerdo de sus dientes intactos y de su pelo lacio volcado sobre la oreja.
       Desde esa noche la señora no pensó más que en él. Las discretas averiguaciones que hizo sobre su existencia contribuyeron a atizar su curiosidad. Un halo de misterio rodeaba su origen, sus actividades, sus medios de vida. Teresa le veía con la imaginación de pie en el palco cuyas cornisas sostenían pequeños Cupidos barrocos, y le parecía que ninguno de los hombres que había tratado íntimamente hasta entonces podía comparársele. Para él, solo para él habíase encendido la araña de cuatrocientas luces; para él había pintado Baldassare Verazzi el “plafond” que arrebataba de entusiasmo a los críticos: para que mejor resaltaran su piel morena y sus manos fuertes, con el ópalo color de crepúsculo en el meñique izquierdo.
       Se vieron varias veces y en breve —el destino lo había previsto— fueron amantes. Máximo no creyó que la pasión de Teresa duraría. Estaba habituado a que las mujeres se cansaran de él. Sin embargo, no fue así. Acaso la viuda se percataba de que ese sería su último amor y por eso se aferró a él con desesperadas energías. Era exclusiva y dominante. No toleraba intromisiones. El solterón comprendió algo tarde que había caído dentro de una red de la cual le sería difícil escapar. Sus relaciones con la señora de Montalvo halagaban su vanidad, pero le agarrotaban con ligaduras que estrechaba más y más el tiempo transcurrido. La viuda le daba cuanto quería. Si hubiera logrado amarla un poco hubiera sido feliz, mas con el primer vértigo había desaparecido el deslumbramiento que le atrajo hacia Teresa. De cerca, de muy cerca, notó sus defectos y vio cómo se deshacía, bajo el afeite prolijo, la carne que le había tentado a la distancia.
       Pasó un año, luego otro y un tercero. Ocho años desenroscaron su curva fatigosa. Teresa se transformó en una mujer vieja; él mismo solo se defendió del embate cruel de los días apelando a sus recursos más complicados de profesional del galanteo. Sus infidelidades abundaron. A cada descubrimiento, su amante le abrumaba con una escena de celos despeinados, con trágico aletear de mangas en los “deshabillés” de encajes. En 1868 la situación hizo crisis y Teresa se lo llevó a la quinta que había sido de su marido. Fue un verdadero secuestro. Máximo se dejó conducir como un autómata. Su cinismo solo aspiraba a una solución: heredar a Teresa; asegurarse un final de fasto que le indemnizara de sus trajines de perpetuo recibidor de favores; un final en el cual habría coches con sus iniciales pintadas en la portezuela, caballos y mujeres.
       Pero en la quinta de San Isidro encontró a María Antonia y fue como si su vida azarosa, torrencial, hubiera hallado el remanso que aplaca, por el cual suspiraba sin advertirlo.
       María Antonia era apenas una niña, huérfana de un capataz de los Montalvos. Su gracia, su frescura ingenua, le sedujeron desde que la vio. La amó con la intensidad hambrienta propia de un hombre de más de cincuenta años para quien la pasión había sido un juego cuyas bazas ganadas le procuraban el modo de subsistir. Acaso colaboró también a enardecerle el saber que no volvería a sentir ese estremecimiento maravilloso y tardío. El deporte se trocaba por primera vez en algo auténtico y vital. Por eso extremó las precauciones. Quería que esa muchacha fuera suya. La necesitaba como un alimento. Cuando la logró, aplicó sus afanes a mantener a Teresa en la ignorancia de lo que sucedía. Sus encuentros en la casita de la carretera o entre los sauces del bajo del río tuvieron el sabor de lo prohibido y de lo peligroso. Al probarlo, Máximo se dio cuenta plenamente de por qué las mujeres que habían estado enamoradas de él como él padecía ahora por María Antonia, le habían sacrificado todo, a cambio de esos encuentros furtivos y rápidos, casi dolorosos, cuya violencia obra como una droga aguda.
       María Antonia… María Antonia… Sus labios dibujaban su nombre mientras caminaba entre los jazmineros hacia su casa. Habían terminado los tres años de constante zozobra. Podía quedarse con ella en la quinta orgullosa de los Montalvos. O no… mejor sería que se fueran a Buenos Aires, lejos de los testigos de su prisión… o a Europa… ¿por qué no a Europa? Le compraría los vestidos más lujosos; la pasearía por los casinos y por los hoteles cosmopolitas. En París, en Londres, en Berlín, a donde fuera, la gente se volvería al paso de la pareja magnífica: el caballero de cabello gris, con la orquídea o el ramo de violetas en la solapa, y la muchacha de andar cadencioso. Valían la pena, a cambio de ese futuro, las noches transcurridas junto a la implacable Teresa, soñando con la otra, en tanto que sus manos en las que temblaba el ópalo buscaban inútilmente, sobre la piel fláccida, algo, un diminuto rezago de juventud, olvidado milagrosamente en la nuca o en el hueco de la axila, que le evocara la carne victoriosa y anhelada. Valían la pena…


       La muerte de la señora de Montalvo había sacudido el sopor de la servidumbre. Quizá María Antonia se hubiera deslizado también hasta la casa del velorio, a la cual, en vida de Teresa, solo acudía raramente, pues Máximo no lo toleraba, temeroso de que la viuda sospechara de sus manejos. ¡Ojalá no hubiera salido de la casita del capataz, donde habitaba con su tía complaciente! Ya asomaba el tejado sobre las copas de los árboles y se avistaban las descascaradas paredes rosas que perfumaba la diamela. Se acercó sigilosamente a la ventana de María Antonia. ¿Estaría allí? Pronto la tendría en sus brazos, palpitante, lista para iniciar a su lado el camino de cuento… Se le nublaron los ojos y debió detenerse porque la emoción demasiado fuerte le sofocaba. Se tomó de la reja y aguardó, mientras se serenaba su sangre. Al oprimirse el corazón, escuchó el crujido del papel con la firma de Teresa.
       Entonces su sentido alerta de cazador de amores oyó voces en el interior del cuarto, y su cuerpo se arqueó, tenso, porque una era la de María Antonia y la otra pertenecía a un hombre, a Anastasio, el peón de la cochera. ¿De qué hablarían? ¿Y por qué ahí, por qué ahí dentro, en la habitación que llenaba el lecho de jacarandá que había sido de los padres de María Antonia?
       Aguzó el oído. Anastasio reía y Máximo odió su risa burlona, al recordar al muchacho. Nunca le había sido simpático. Tenía una manera taimada de eludir sus ojos, cuando le recibía las riendas del caballo, pasando sobre la grupa sudorosa la mano abierta.
       La risa de María Antonia respondió. ¡Ah, qué bien conocía esa risa Máximo Sáenz, esa risa que las precauciones habían modelado y apagado, hasta reducirla al timbre de una campanita leve agitada bajo el follaje! También sonaba ahora así, como si disimulara su vibración. Pero ¿por qué? ¿Para qué ocultarla? ¿Para ocultarla de quién? ¿Por respeto hacia la señora muerta entre los cortinajes corridos de la casona principal?
       El corazón le dolía tanto que debió sentarse en el saliente de la ventana. Anastasio hablaba y Máximo odió su voz grave como había odiado su risa. Le vio, en el fondo de la caballeriza, entre los animales coceantes, desnudo el torso que la transpiración bañaba como el de un herrero. ¿Qué edad tendría? Veintiuno… veintidós años… poco más que María Antonia… Sintió que la palidez se extendía por su cara, por el frío de sus pómulos. La sangre le martillaba los tímpanos y para escuchar tuvo que inclinarse.
       —Pero no… te digo que no… seguiremos igual… Vos tenés que arreglarte para que, si se van de aquí, el viejo me lleve con ustedes… Si se quedan, seguiremos igual…
       ¿Igual? ¿Igual que qué? ¡Ah, en vano pretendía engañarse! Otros habían representado para él la farsa que él había representado ante Teresa Montalvo… Pero… no, no era posible… ¿Cómo? ¿Cuándo? Le pareció que el eco remedaba la voz de Teresa, la misma voz asombrada: ¿Cómo? ¿Cuándo?
       María Antonia no estaba convencida.
       —Mirá, por ahora lo mejor es no apurarse y esperar, a ver qué pasa. A mí me ha dicho el viejo que piensa quedarse aquí.
       ¿“El viejo”? ¿Ella también? ¡Y tantas, tantas veces le había jurado, en el asilo de esa alcoba, rozándole el rostro con las yemas, que para ella era un muchacho! Se tocó la cara y tuvo la impresión de que los dedos se le hundían en la fosa de las arrugas ásperas.
       Anastasio adoptó el tono de las transacciones comerciales:
       —Eso sería lo más conveniente. Con la plata de que va a disponer tendrá que ocuparse de sus cosas, y aunque no quiera te dejará bastante tiempo libre… Si te vas a la casa grande, podremos vernos aquí, o si no en el cuarto de la cochera, como hacíamos antes.
       Por la imaginación de Máximo atravesó la estampa de ese desván de la cochera, oloroso a caballos y a forraje. Y María Antonia, desceñido el corpiño, tumbada sobre la paja nueva… Y Anastasio… Tan jóvenes, tan burlones, importándoseles tan poco de ese lecho improvisado que para él hubiera significado una tortura… Y él entre tanto en el comedor de la casa solariega, bajo el retrato de Teresa por Jean-Philippe Goulu, o en la galería frontera del río donde Teresa, cubierta de alhajas como una madona, le servía el mate en una calabaza con filigrana de oro y la inscripción: “Soy de Don Francisco Montalvo”…
       ¡Ay! ¿De quién era él? ¿De quién Teresa? ¿De quién María Antonia? ¿Quién podía decir que alguien le pertenecía en este mundo?
       Se inclinó un poco más. María Antonia se quejaba blandamente:
       —No… ahora no… ahora no… si ya tendremos tiempo… ahora no, que puede venir.
       —Bueno —respondió Anastasio—, tenés razón… pero ahora que vas a ser millonaria no te me hagás la difícil.
       Había en la réplica una amenaza velada.
       —Loco —dijo María Antonia, y Máximo se sorprendió ante una voz que no le conocía, engolada—, loco, hacé lo que querás pero cuidáte… mirá que podemos perdernos por una sonsera.
       Crujió el lecho.
       Máximo se puso de pie penosamente, como si hubiera recibido una bofetada, y echó a andar. Arrastraba los pies por el sendero de la quinta. Un golpe de brisa le trajo el llanto absurdo de la prima Clara Ponce de León. Sintió que algo se quebraba en él y que ya nada, nada le importaba. Empujó la verja y salió al camino que mullía un colchón de polvo. Se alejó hacia el pueblo, hacia la pulpería del pueblo.
       El poeta Estanislao del Campo, que abandonaba la vecina quinta de su abuela política, la señora de Ibáñez, para su cabalgata matinal de funcionario en vacaciones, frenó el flete y contempló asombrado al encorvado caballero de levita y corbatón de luto que avanzaba entre los cardos sin notar que sus espinas se le adherían a la ropa admirablemente cortada. Caminaba como un ciego, meneando la cabeza, murmurando palabras incomprensibles. El poeta no reconoció en ese anciano al hombre que vivía “ayuntado”, para escándalo de los quintones, con la viuda de Don Francisco Montalvo. Le oyó decir:
       —No me importa nada.
       Ahora caminaba por el centro de la carretera. Quedaba detrás, como huella zigzagueante, una línea de papeles que iba rompiendo, cada vez más pequeñitos, cada vez más pequeñitos, cada vez más pequeñitos…



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