Manuel Mujica Lainez
(Buenos Aires, 1910- La Cumbre, Córdoba, 1984)


IV. Los toros (1702)
Aquí vivieron
“Historias de una quinta de San Isidro, 1583-1924”
(Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1949, 317 págs.)



      El fragor llena las calles angostas. Tan intenso es, que se diría que van a resquebrajarse los muros, a derrumbarse los techos, a volar hacia los picos nevados los frágiles balconcillos, cuando las calles, incapaces de contener el alud feroz que por ellas se vuelca, revienten en mil pedazos, hendidas. El estrépito de las pezuñas y los mugidos locos retumban en los últimos aposentos y en los patios más distantes. Cuenca, toda la ciudad de Cuenca se distiende y puja por hacer frente a la arremetida, con sus paredes viejas, con sus puertas descascaradas, con sus torres de siglos. Las casas colgadas y asomadas milagrosamente en la altura, sobre los barrancos del Júcar y del Huécar, a modo de nidos de aves guerreras, vibran, palpitantes, como ansiosas de ceder por fin y echarse en el agua que circunda la ciudad. Trepidan hasta las murallas ruinosas y el puente de San Pablo y los campanarios enhiestos. Cabría esperar que, arrancados de sus tumbas, los Albornoz y los Muñoz ilustres que enorgullecen la historia del lugar, aparecieran en la fachada catedralicia, armados de pies a cabeza, para inquirir sobre la causa que altera su reposo. Solo los mansos ríos que discurren entre las vegas reflejando los álamos erectos y, más allá, la ancha llanura, permanecen inmutables.
       Redobla el estruendo que contrasta con esa placidez. ¡Son los toros, los toros, los toros, los toros ciegos de furia que galopan hacia el tablado construido sobre el Júcar para divertir a Felipe IV! Van, levantando nubes polvorientas, arrasando con cuanto hallan a su paso, bufando, pateando, entreverando los cuernos, dejando en las casas perezosas como una huella más honda que la de sus pezuñas, su olor acre, cerril, que evoca las dehesas y que se mezcla al de la espuma de rabia que les mancha los belfos.
       Los mozos hacen prodigios para eludir las cornadas. Hacia el tablado se apresuran, en pos del desenfreno de las bestias, mientras ondulan los tapices en las azoteas y en los balcones. Toda Cuenca festeja al Rey, ese día sonoro de 1642. El tablado es una maravilla de ingenio. Una valla lo cerca de manera que los toros no puedan huir de su recinto, alzado sobre la corriente fluvial. Y allá se precipitan los toros, como otro río resonante, hirviente, en el que los cuernos improvisan marejadas. Llegados a la pista de duras maderas, los animales acosados no encuentran más salida que el espacio que ha quedado sin contención, del lado del Júcar. Los gritos de los muchachos los ensordecen, los aterrorizan, recalientan su cólera. Y, con un solo y largo bramido, los toros se despeñan como una catarata roja en el agua, donde los esperan en barquichuelos toreros improvisados, o nadadores que sostienen en alto las banderillas.
       El monarca goza con el espectáculo de suntuosa barbarie. Gozan los adolescentes de pies ligeros, bañados en sangre, y los magistrados que honran así al Rey Nuestro Señor, y las mocitas castellanas que excitan a los matadores, riendo sobre el agua bravía. Pero más que ninguno goza un niño que ha quedado detrás, en la soledad de su balcón de flores. El corazón le golpea como una aldaba. Le tiemblan las manitos que aferra al barandal. Desde que la novillada empezó a rebosar su calle, camino de la muerte, no ha salido de allí.
       Es Gonzalo Montes, hijo de un espadero. Los mayores le han dejado solo, arrastrados por el entusiasmo que bulle sobre el río. Al oír el tumulto se ha puesto al balcón, a tiempo de ver el torbellino demente que abajo se apretuja. Le ha suspendido una emoción tan aguda que creyó desfallecer, tan aguda que ya nunca volverá a sentirla con tal vehemencia en su vida obsesionada. Es la emoción de un vértigo que le sacude hasta la raíz de los cabellos y le enfría en los pómulos una terrible palidez. El olor de los toros le marea y le acelera el pulso. ¡Qué no daría por bajar a la calle, sumarse a la multitud y rozar la piel lustrosa de uno de esos animales! ¡O pasar sobre ella la mejilla que arde ahora! A la idea del contacto áspero retrocede y se lleva ambas manos al pecho. Apenas un niño, un niño de pocos años… A sus pies la calle parece un horno crepitante sobre el cual restalla la pasión de los bramidos.


       Su existencia entera transcurrió entre toros. Los músculos fuertes, la agilidad bailarina, eso de escurridizo que le afina la cintura, le predestinaron. Y aquello otro, aquello otro que jamás se ha confesado a sí mismo y que está en la esencia de su personalidad, como una puerta última que, cuando se entreabre, insinúa el relámpago de imágenes que le estremecen. Nada cambiaría por el placer de andar entre las bestias que se aprestan para las corridas. Adivina sus ardides más inesperados. Y va, en la mano la capa roja, el puño en la cadera, de las lidias de toros embolados a los encierros de vacunos cuya cornamenta semeja formada con dos alfanjes. Su padre quiso hacer de él un espadero. ¡Inútil afán! Espadas, sí; pero para hincarlas en la testuz. Rejoneadores a caballo y a pie, arponeros, banderilleros, capeadores, lanceadores y picadores de vara larga, le admiran. ¡Cómo no admirar a Gonzalo Montes si se dijera que baila entre los animales encendidos! Y los grandes señores dados al toreo, juego aristocrático, le regalan. Pero unos y otros presienten que detrás de esa cara impávida, morena, agitanada, hay algo confuso, indefinible, un misterio, una sombra que por momentos le cae como una crencha sobre los ojos. Quizá derive esa impresión inquietante de la caricia brusca con que, apretados los dientes, desliza la mano sobre la piel de los toros.


       No se le conoce mujer. No dispone de tiempo para gastarlo en ellas. Y eso que a las más tentadoras se les escapan los suspiros detrás de Gonzalo Montes, el que danza con el estoque en una mano y la capa en la otra. La leyenda de su hosca sobriedad parece que le levantara en andas.
       Recorre las ciudades españolas a la zaga de los duques y los marqueses que no torearían sin él a la vera. Sabe de los redondeles armados en las plazas, los desfiles de cabezudos y mojigangas, las lluvias de flores, el clamor de las muchedumbres delirantes. Cuando el toro escarba la arena y arremete contra él, siente, al esquivarlo arqueándose, el paso violento de esa masa brutal que apenas le toca, y cierra los ojos con delicia siempre nueva. Así, año a año. El adolescente garboso se muda en hombre cabal. Al llegar, la madurez solo le dibuja unas líneas breves bajo los párpados. Acaso esté hecho de un flexible metal que no se herrumbra.
       Él es quien salvó de una terrible carnicería al Conde de Königsmarck, en enero de 1680, en la Plaza Mayor de Madrid, cuando los festejos de las bodas de Carlos II con Doña María Luisa de Borbón. ¡Aquello sí fue cosa de verse! El toro se aprontaba ya a ultimar al desgraciado caballero sueco, caído a sus pies, en momentos en que Gonzalo Montes, vestido a la morisca, se adelantó prestamente y con rara destreza clavó la espada en la cerviz del animal. La Reina se tapó los ojos con un pañolito de randas y el Rey, caldeada un segundo su apatía, arrojó una bolsa de oro al torero. Seis mulas adornadas de cintas y campanillas unciéronse al bruto para quitarlo de la arena. Desde lo alto de sus cabalgaduras, se pasmaban el Duque de Medinasidonia, el Marqués de Camarasa, el Conde de Ribadavia. Y Gonzalo doblaba el torso entre los próceres y mostraba al público, con elegancias de volatinero, el acero ensangrentado.
       Muy pocas veces más lidió. Al año siguiente —y ya contaba más de cincuenta— debió retirarse por una herida en la rodilla. Se atardó algún tiempo entre gentes del oficio, pero pronto se advirtió que decaía. El rostro, hasta entonces asombrosamente intacto, empezó a manchársele de livideces. No había guardado ni un doblón, pues todo lo había invertido en los lujos pasajeros que daban color al espectáculo. Una a una fuéronse sus espadas finas; una a una, sus capas, sus fajas bordadas, sus puños de encaje, y las monturas y hasta el traje moro de la gran corrida. Gonzalo Montes, sobándose la pierna enferma, rondaba los toriles. Los viejos compañeros habían desaparecido; otros, jóvenes, desafiantes, alados, les sustituían. Hasta que él mismo, transformado casi en un pordiosero, desapareció también.


       Hacían crisis los males extraños que desde su niñez más remota luchaban en su interior, aquellos que le embrujaron una tarde de su infancia, cuando el río mugiente se encrespaba en su Cuenca natal. Desesperado, azuzado por las alucinaciones, buscó refugio en la religión. Iba de casa en casa, mendigando, y los vecinos se detenían a observar ese hombre alto, ligeramente cojo, que pedía un trozo de pan con ademanes de príncipe. Solo había conservado una gran capa de raído terciopelo, y sobre ella, como los peregrinos, había cosido las imágenes de los santos de su devoción: San Marcos, San Juan, San Fernando, Santiago y San Roque, patronos de la tauromaquia, y San Julián y San Lesmes, protectores de Cuenca. Rehuía los sitios que le recordaban su vida anterior. Creyó encontrar asilo para ello en los puertos del Mediterráneo, a donde le llevó de lástima un carro de gitanos andaluces. Las mujeres seguían mirándole. Las atraía, delgado y esbelto, filosos los pómulos cetrinos, quemado el mirar con brasas ocultas, imprecisables.
       Estaba en Barcelona cuando se anunció una corrida de fuste. Casi sucumbió a la fascinación que sobre él ejercían los animales rojos. Una madrugada, disimulándose, llegó hasta el corral donde pacían las bestias. La brisa le trajo la vaharada recia, el olor que le enloquecía.
       Tendió entonces en el suelo la capa con el santoral y, de hinojos, rezó como un poseído.
       Al día siguiente embarcó en un velero que recorría el Mediterráneo con un mercader de Génova. Era fuerte y pensó que la única forma de poner término a sus torturas fincaba en cambiar totalmente de vida. A los cincuenta y siete años, nadie hubiera reconocido a Gonzalo Montes, el diestro famoso, en ese marinero taciturno que aprendía tan tarde los rudimentos de la ciencia náutica. Durante un lustro vagó por el mar antiguo. Vio gentes distintas, oyó idiomas diversos. El poderoso encanto de un paisaje que cambiaba siempre, le aturdía y adormecía sus visiones. Pero las raíces eran demasiado profundas para arrancarlas de cuajo.
       Poco a poco, sutilmente, las obsesiones tornaron a cebarse en él como aves hambrientas. En todas partes, por más que se alejara de España, multiplicábanse los mitos y las alegorías, acosándole. Su inquietud en acecho las convocaba. Tenía que cubrirse los oídos las noches en que los marineros griegos narraban las leyendas doradas que se repetían bajo el signo pujante del toro. Ya era el Minotauro, revolviéndose en el laberinto cretense; ya Europa raptada sobre el lomo que relucía; ya Pasifae… En Roma, el escudo con el toro púrpura de los Borgia le acompañó por capillas y palacios. En Siracusa, las medallas descubiertas en las carreteras imperiales ostentaban en el anverso la figura bestial. En Alejandría fue peor aún. Allí, perdida en las ruinas de un templo, la femenina imagen de Isis-Ator, desnuda y con la cabeza bovina coronada de cuernos curvos, le dejó trémulo, anonadado. Sucedíanse las reses sacras adoradas por los sacerdotes, en los pintados jeroglíficos y en los bajos relieves.
       A medida que transcurría el tiempo, parecíale que la persecución, en vez de debilitarse, intensificaba su rigor. Si quería salvar su alma abrasada, debería huir de ese Mediterráneo maldito, demasiado viejo, demasiado sapiente, demasiado corroído por la podredumbre de las pasiones milenarias cuyo germen fermenta en el arcano. Debería hacer penitencia y concluir su vida en algún desconocido lugar todavía no profanado por el aliento de los monstruos.
       Pensó que América, la virgen, la intacta, podría brindarle ese remanso de paz. Y azarosamente partió hacia Buenos Aires.
       Al promediar el año 1701 llegó a la capital del Río de la Plata. Quedó en ella unos pocos días. La ciudad naciente no convenía a sus propósitos. Una semana más tarde, tras largo caminar a la ventura, halló en la barranca de los Montes Grandes el sitio añorado. Levantábanse allí, al amparo de un tala robusto, los restos de una cabaña que nadie habitaba hacía más de media centuria, desde que dos pescadores se acuchillaron frente a su puerta. Con paja y adobes cocidos le añadió unos remiendos. No iba en pos de holgura, sino de serenidad.
       Los raros vecinos diseminados en las chacras lueñes le fueron conociendo. Encontrábanle sentado al borde del camino por el cual transitaban las carretas rumbo a Buenos Aires, o le entreveían en el magro monte de talas, de espinillos y de ceibos, embargado en la contemplación del ancho río. Era un personaje estrafalario, con su amplio manto incoloro cubierto de imágenes religiosas. Se apoyaba en un báculo pues renqueaba levemente. Los moradores le apodaban “el ermitaño” y le arrimaban algún alimento a la choza. Contados eran quienes habían cruzado palabra con él. Su milagrera imaginación les insinuaba que debía ser un hidalgo español que purgaba un terrible pecado. Sabíase que había viajado mucho. Le respetaban, le dejaban en su arisca soledad de anacoreta. De noche, los mozos que volvían de parranda divisaban su silueta balanceada entre los sauces de la costa, y callaban al punto. Infundía cierto supersticioso pavor, con su señorío distante y con su abigarrado indumento. Había unas muchachas en la cercanía que de tarde en tarde se asomaban a su refugio dejándole frutas y leche. Él se lo agradecía y, a los setenta años, continuaba ejerciendo el inconsciente dominio que emanaba de su mirada misteriosa.
       Los ayunos y el aislamiento robustecieron su ánimo. Había domeñado por fin al demonio sensual. Sus pensamientos resbalaban sobre el río sin fronteras.
       Hasta que, el 9 de febrero de 1702, cuando más escocían los calores, celebráronse en Buenos Aires las fiestas de la aclamación y jura de Felipe V.


       Vinieron gentes de todas partes para presenciar las ceremonias. A caballo, en carros, a pie, desembocaban en la ciudad los vecinos de los contornos. Anunciábanse espectáculos dignos de una colonia de tan probada fidelidad al monarca.
       De plaza en plaza, el alférez paseó el estandarte con el escudo real. Marchaba entre los solemnes cabildantes de enlodados zapatones, y su empaque dejaba boquiabiertos a los lugareños. Nadie hubiera reconocido a la aldeana Buenos Aires bajo el ropaje de las colgaduras. Los cuatro reyes de armas y las compañías de caballos corazas se llevaban el corazón de las mozas. ¡Con qué donaire exclamaba el decano de los funcionarios heráldicos!: ¡Silencio!, ¡silencio!, ¡silencio! ¡Oíd!, ¡oíd!, ¡oíd! Hasta hacía olvidar los zurcidos de sus calzas. ¡Y con qué majestad carraspeaba el alférez antes de engolar la voz bronca para repetir el ritual!: ¡Castilla y las Indias! ¡Castilla y las Indias!
       Servíanse refrescos, quemábanse luminarias de artificio. El pueblo vitoreaba al primer Borbón sin distinguir lo que importaba el cambio dinástico. Había borrachos tumbados en los zaguanes y, detrás de las puertas, los pícaros abrazaban a las mocitas recatadas, esas que solo podían espiarse en el atrio de San Francisco, de Santo Domingo, de la Catedral.
       En medio de la muchedumbre que entorpecía la Plaza Mayor, Gonzalo Montes divertía casi tanto como las máscaras que brincaban entre los corros de paisanos. Su capa añadía a su estatura. En ella, muy arrugadas, muy borrosas, las estampas atraían a los niños que deletreaban las inscripciones ingenuas.
       Las muchachas vecinas le habían forzado a acompañarlas a Buenos Aires. No fue fácil lograr que cediera. Tuvieron que argüir y argüir, señalándole que sus seis meses de aislamiento bien podían quebrarse con un respiro y que todo súbdito estaba obligado a prestar juramento de lealtad al príncipe.
       Habían partido al alba en una despaciosa carreta ornada de cintas, que recorrió penosamente las cinco leguas fragosas. Las niñas reían. Escoltábanlas algunos mozos, la guitarra a la espalda, empinados en los zainos de finos remos. También se apretaban varios viejos sobre el zarandeado vehículo. Nadie quiso quedar en los Montes Grandes. En tan galana romería, Gonzalo ponía su negra nota de fantasmón.
       Presto le perdieron al llegar a Buenos Aires. Ambuló por las calles alegres que el sol doraba. Los chicos le siguieron, gritándole burlas, pero ante su mansedumbre terminaron por dejarle.
       Ahora, irguiéndose sobre el gentío, avistaba en el centro de la plaza fundadora el tablado tendido de tapices dudosos, sobre el cual ondeaba el estandarte imperial.
       Un alarido le paralizó: ¡Los toros! ¡Los toros! ¡Salen los toros!
       Le empujó la masa que el calor hacía espejear. Tres músicos negros desafinaban bajo un alero y su tañido áspero se mezclaba al son de las chirimías y a los pregones de los vendedores de dulces. En vano pugnó por zafarse. La corriente le impulsaba en afanoso desorden hacia la mitad del descampado donde se habían armado las barreras. Impotente para desasirse, se recostó por fin detrás de las gradas de los canónigos.
       A esa hora podían rejonear quienes quisieran y el redondel estaba colmado de jóvenes que hostigaban a los cuatro novillos sueltos.
       Entonces el azorado público presenció un lance singular. Un anciano extravagante habíase lanzado al toril, tomando al pasar una espada. Su desmesurado esqueleto, marcado bajo la piel morena, dominaba a los restantes. Parecía un gran vampiro con el flotante manteo.
       —¡Quítenlo! —voceaban las mujeres—. ¡Es demasiado viejo! ¡Le van a matar!
       Pero enseguida se advirtió que aquel anciano cojo sabía más de esas suertes crueles que los mozos sin experiencia que se empeñaban alrededor. Con la capa oscura sembrada de pinturas multicolores, azuzaba al animal que más cerca tenía. ¡Con qué gracia torcía el cuerpo nervudo! ¡Cómo quebraba la cintura breve; cómo hacía girar el manteo que trazaba en su torno una rueda vertiginosa!
       Aplaudía el pueblo. Gonzalo Montes sentía que se le iba a romper el corazón. Su juicio flaqueaba y le trasladaba a la Plaza Mayor de Madrid y al día en que salvó al Conde de Königsmarck y lloró la Reina María Luisa. ¿Cuántos años habían transcurrido? ¿Más de veinte años? ¡Disparate! Allí estaba él con el bello atavío a la morisca. ¡Adelante, pues!
       El toro aguardaba su oportunidad. Frente a frente se medían y en verdad no pudo darse escena más macabra que la representada por el impetuoso animal y por el viejo cuya capa evocaba las tablas antiguas de los limosneros que van a Santiago.
       En un segundo de lucidez, vivísimo, Gonzalo comprendió que su vida entera había estado consagrada no a lidiar toros sino a luchar contra ellos; que cada combate y cada victoria habían significado un triunfo sobre el enigma que desde niño le encadenaba. Lo veía ahora nítidamente y se sorprendía de que no se le hubiera ocurrido antes. ¡Qué largo duelo mortal! ¡Qué infinito cansancio!
       Pero el toro ya estaba sobre él y entre el clamor de la multitud le clavaba un asta en el hombro izquierdo.
       A la mañana siguiente le condujeron de regreso a su cabaña de los Montes Grandes. Quería a toda costa volver allí. Repetía con tozudez infantil que sanaría en su refugio, en la ermita que nunca debió abandonar. Ya era un milagro que no hubiera sucumbido bajo la bestia. Ni él ni los que le llevaban conocían su gravedad. En el hospital que dirigía la comunidad de San Juan de Dios le hicieron unas inciertas curaciones y un pobre vendaje, declarando que con eso bastaba. Por otra parte, nadie tenía paciencia para dedicarse a un viejo loco que había echado a perder la fiesta cuando la ciudad entera vibraba de regocijo. Las muchachas le dejaron en su choza. Discutieron rápidamente acerca de si una debía quedar junto a él, pero todas encontraron pretextos. Le temían un poco, a pesar de la pierna vacilante y del brazo en cabestrillo, desde que le vieron de pie frente al toro, transfigurado.
       La fatiga y el dolor le derribaron en el camastro de hojas secas.


       Despertó avanzada la noche. La fiebre le hacía castañetear los dientes y temblar el cuerpo aterido bajo la capa frailuna. Su celda estaba iluminada por un resplandor glauco, submarino, irreal. Se apelotonó en el rincón y empezó a rezar las letanías. Un miedo inexplicable le atenaceaba. Quizá fuera aquella venenosa claridad la que se lo producía; quizás el rumor confuso que poco a poco invadía la habitación. Era una resonancia semejante a la que recoge el rastreador experto al poner el oído en tierra, cuando, muy lejos, galopa una tropa vacuna.
       El ruido fue robusteciéndose. Pronto alcanzó el volumen estruendoso de las grandes caídas de agua. Ovillado, Gonzalo Montes desgranaba la oración mecánica:
       —Sancte Paule, ora pro nobis; Sancte Andrea, ora pro nobis; Sancte Jacobe, ora pro nobis.
       Ya se partía la puerta y se rajaban las ventanas. Ya aumentaba la luz hasta lograr la acuática intensidad de las esmeraldas y los berilos. Enfrente, entre nieblas verdosas, dibujábase un delicado balcón enmarcado de flores. Solo había en él un niño pálido. Delante, cruzando el aposento como un viento escarlata, atropellábanse los toros con estrépito ensordecedor. Un fuego de fragua incendiaba el aire.
       El olor familiar de las reses crecía alrededor de Gonzalo como una marea sofocante.
       —Sancte Stephane, ora pro nobis; Sancte Laurentis, ora pro nobis…
       La calma sucedió a aquella arremetida del delirio. Con los ojos desmesuradamente abiertos, respirando anhelosamente, Gonzalo observó que descendía el resplandor, para ofrecer el tono profundo de los follajes en los crepúsculos de tormenta.
       El niño había bajado del balcón y caminaba como tanteando. Ahora, unos seres inverosímiles surgían lentamente del fondo de algas sombrías, y le rodeaban. Gonzalo Montes reconoció a los monstruos de las fábulas que habían poblado sus pesadillas en las agitadas vigilias del Mediterráneo. Allí estaba el toro blanco de los cuernos fulgentes, con la mujer maravillosa echada sobre el lomo; allí, el hombre de cabeza de toro que custodiaba el laberinto de Creta; allí, la divinidad mitad doncella y mitad vacuno que le había angustiado en los muros policromos de Alejandría. Suavemente esfumáronse los espectros.
       No permaneció en la escena vaga, ondulante como el fondo del mar y como él indecisa, más que el niño extenuado.
       Gonzalo movió los labios para llamarle, para rogarle que volviera a la seguridad del balcón florido, mas solo salieron de sus labios, en un estertor agónico, las litúrgicas letanías:
       —Sancte Hieronyme, ora pro nobis; Sancte Martine, ora pro nobis; Sancte Nicolae, ora pro nobis…
       Y el Minotauro y la diosa astada de Oriente aparecieron una vez más. Se adelantaron hacia el pequeño, hacia el frágil Gonzalo, con los brazos abiertos, con el doble reclamo de sus cuerpos desnudos, deslumbrantes, coronados por las cabezas bicornes.
       En su camastro, Gonzalo Montes se rendía por fin, después de una vida de martirio. Incorporándose trabajosamente, se desesperaba por ver, por ver… Pero fue la muerte la que recibió su abrazo convulso.



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