Manuel Mujica Lainez
(Buenos Aires, 1910- La Cumbre, Córdoba, 1984)


XI. La viajera (1840)
Aquí vivieron
“Historias de una quinta de San Isidro, 1583-1924”
(Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1949, 317 págs.)



      Los pasos de Francisco resonaban en el corredor. Mezclábase a ellos el golpeteo de su caña de bambú sobre las baldosas. Siempre caminaba allí una hora, de ocho a nueve, antes de cenar. Iba de un extremo al otro de la galería, ceñido por la levita azul y la corbata de dos vueltas, jugando con los sellos y los dijes que le colgaban del bolsillo del chaleco. Solo sus botas delataban entonces al hidalgo campesino.
       En mitad del paseo descubierto, bajo el alero sostenido con vigas de palma, su esposa aguardaba también a que los negros sirvieran. Estaba sentada en una mecedora, entre las dos ventanas iluminadas del comedor. El gran peinetón calado dejaba caer sobre su seno la espuma de la mantilla. En la oscuridad, titilaba su collar de camafeos.
       Ambos parecían prontos a salir para una tertulia mundana. Sin embargo, rara vez abandonaban la quinta de San Isidro. Aun en esa soledad, para Teresa el mayor placer fincaba en adornarse, en cambiar día a día los aderezos.
       Bostezó la señora. A lo sumo contaba veintiséis años, pero el busto comenzaba a redondeársele ya con exceso, y los brazos, mimados por la pereza, acusaban demasiada morbidez bajo las mangas bollonadas.
       Él, en cambio, a los veintiocho, no había perdido nada de su agilidad felina y de su belleza de retrato romántico, de personaje de cuento fatal. Las manos a la espalda, asomado el bastón sobre el hombro, continuó la caminata.
       No se hablaban durante toda la hora. A la verdad, cada vez se hablaban menos. Se dijera que ya nada tenían que comunicarse y que al no pronunciar palabra postergaban la definitiva escena que echaría por tierra su matrimonio endeble.
       La noche flotaba sobre el Río de la Plata, ligera como una neblina. Arriba, en el aire de diciembre, palpitaba el cielo estrellado. Toda la bóveda parecía un inmenso jazminero y se confundía con los jazmines enredados en las columnas del corredor. Tan fuerte era la fragancia, que el caballero se detenía por momentos como si le sofocara la intensidad del perfume. Luego reanudaba el paseo, haciendo girar los dijes en la cadena de ónices.
       Sonaron las nueve en la campana del templo, cristalina, casi infantil. Simultáneamente abriéronse las puertas del comedor y el negro Cipriano se inclinó para anunciar la comida. Francisco apoyó la caña contra la pared y dio el brazo a Teresa. Se esmeraba por conservar los usos señoriales que agradaban a su mujer e impresionaban a la servidumbre.
       En ese instante, los ocho perros diseminados en los senderos de la quinta ladraron del lado de los portones. Arrugó Francisco el entrecejo y Teresa se llevó las manos a la boca. En 1840 se vivía en zozobra perpetua. Podían ser los mazorqueros. Montalvo era un “tibio”. Si bien no se había declarado abiertamente por el gobierno, ni había dado pruebas de ser un buen federal, tampoco había emigrado a Montevideo, como casi todos sus amigos. Pero esas mismas amistades de adolescencia y sus gustos refinados debían tornarle sospechoso ante los espías del dictador.
       —Las divisas —murmuró la señora—; no tenemos las divisas…
       Ni uno ni otro ostentaban la cinta roja de adhesión a la causa de Don Juan Manuel. No las usaban en el quintón. Si algún esclavo les denunciaba, correrían el albur de las explicaciones. Entre tanto, Francisco prefería ese riesgo a la humillación constante.
       —Voy a traerlas —añadió la dama.
       Pero era tarde ya. Por el corredor, entre cuatro o cinco perrazos saltarines, desembocaban unos negros desaforados. El caballero tomó nuevamente el bastón flexible y lo hizo chasquear en el aire:
       —¡A ver! ¡A ver! ¿Qué es esto?
       Los morenos atropellaban las palabras. Por fin comprendió qué querían decirle. Frente a la verja del camino real había volcado un coche.
       Francisco arrojó sobre sus hombros una chalina y atravesó el jardín, pisando una alfombra de jazmines blancos. Seguíanle los negros, que disparataban y hacían muecas. Delante de la puerta de hierro estaba el coche enorme, torcido. Habíase cortado una de las sopandas de cuero, estiradas a torniquete, que mantenían la caja. A un costado esperaban dos mujeres a que el cochero descendiera el equipaje apilado sobre el techo, que corría peligro. Una breve orden de Montalvo bastó para que sus esclavos se encaramaran como monos en las ruedas de urunday y ayudaran en la tarea difícil.
       Francisco se acercó a las señoras. Un negro alzó una linterna. De las viajeras, una era evidentemente el ama, y criada la otra. La primera frisaba los treinta años. Bajo la capota le temblaban los rizos rubios, rebeldes. Vestía un traje escocés a dibujos verdes y amarillos que perfilaba el apretado donaire de su figura.
       El caballero oyó su voz clara en la que vibraban las notas metálicas del acento sajón. Pedía excusas por el contratiempo. Francisco levantó las palmas, rechazando el comentario:
       —Entren ustedes. Podrán aguardar mientras les componen las correas.
       Sin titubear, la extranjera tomó sus dedos tendidos. Juntos volvieron hacia la galería. Detrás, la servidora caminaba con dignidad, llevando la maleta y la sombrilla de su ama. Cuando llegaban a la casa, en el mareo de los jazmines, detúvose la señora.
       —¡Este perfume! —suspiró—. ¿No lo siente usted como algo vivo que lo acompaña?
       Francisco no tuvo tiempo de responder. Ya estaban en el corredor y Teresa avanzaba, curiosa, para recibir a su huésped.


       Mrs. Foster aceptó sin remilgos la invitación a cenar. Adivinábase a la mujer habituada al agasajo. En el comedor, a la luz de los candelabros, Francisco la observó con disimulo. Veía allí lo que no había distinguido a la claridad de la linterna: los ojos gatunos que a veces refulgían como si se llenaran de chispas de oro, y la boca demasiado grande, tentadora, que hubiera pintado años después Dante Gabrielle Rosserti.
       La delgadez de la inglesa contrastaba con la porteña blandura de la señora de Montalvo. La gracia de la primera estaba hecha de la rapidez de su mirada, de la nerviosidad de pájaro con que volvía la cabeza, y de la arquitectura de esa cabeza misma, cuyos huesos pequeños apuntaban bajo la piel tirante y diseñaban unas sombras sutiles en la línea de los pómulos. Estaba hecha también de la elegancia de su cuerpo liviano modelado por el traje de tela de Escocia.
       En cambio Teresa mostraba la blanquinegra hermosura de los bandós tirantes, como de raso, encuadrando un cutis de magnolia en la redondez del óvalo. Lánguida, adormecida, parecía hoy más criolla, más habitante de una isla de orquídeas y quitasoles.
       Mrs. Foster explicó que iba a la chacra de su marido, en San Fernando. Cuando Francisco quiso ubicar la propiedad, la extranjera eludió la respuesta en la confusión de los detalles. Dijo, sí, que Mr. Foster era un comerciante de Edimburgo radicado en Buenos Aires hacía seis meses.
       Los esclavos pasaban las fuentes copiosas, labradas a martillo: el sábalo del río, los pasteles de maíz, la pierna de carnero mechada, las ensaladas, luego la sopa de fideos, y por fin el arroz con leche y las torrejas. Era la época de las comidas que se prolongaban durante horas. La inglesa apenas probó bocado y Francisco era generalmente sobrio. Hasta Teresa, que siempre picoteaba todos los platos, devolvió intacta la dulcera colmada de dulce de leche.
       Los esposos escuchaban fascinados a la viajera. Tenía esta el don de crear una atmósfera y de envolverse en ella, como en un velo. Los nombres de las ciudades remotas acudían naturalmente a sus labios.
       Su curiosa pronunciación y la manera con que desfiguraba ciertos vocablos, añadían al encanto de las narraciones.
       París… Viena… Sevilla… Roma… Nápoles… y después Rotterdam y Estocolmo… y también Atenas y El Cairo y Chipre… Giraba el globo entre las yemas sensitivas de Mrs. Foster. Había estado en todas partes. Sabía contar sin dar la impresión de que contaba, provocando los temas. Había visitado a Victor Hugo en su casa de la Place des Vosges, en París, el año anterior. Conocía a Alfred de Musset y a George Sand. Su padre había tratado a Byron en Venecia, en 1816, y al pirata Trelawny. Citaba sin aparatosidad a los personajes ilustres, y sus ojos verdes se posaban ya en Teresa ya en Francisco.
       Jamás había invadido al comedor de la vieja quinta de los Montalvo tal multitud de duendes invisibles. El caballero, cuando su mirada se perdía en las ventanas de reja, no veía en su encuadramiento la silueta familiar de los talas y del ombú, sino la corona de los cipreses italianos y la blancura casi celeste de las escalinatas hundidas en el Lago de Como. El mundo con el cual había soñado siempre, en la severa soledad de San Isidro, acudía a él como una ronda estupenda que conducía la inglesa indefinible. Los hombres extraordinarios cuyas obras revolucionaban la literatura —Hugo, Vigny, Lamartine, Musset— vagaban del brazo por la galería. ¿Cómo era aquello?:
       —Poète, prends ton luth et me donne un baiser
       Mrs. Foster se lo había oído recitar al poeta mismo, en 1835.
       Y Teresa imaginaba el esplendor cabrilleante de los bailes de Londres, de París, de Viena. Se irguió, en el lujo de los camafeos y de los encajes, como si presidiera una mesa tendida en una terraza de mármol rosa, a orillas del Adriático, con un príncipe romano a su diestra.
       Así como era imposible no ceder ante la seducción de Mrs. Foster, era imposible atravesar el misterio que la aislaba. Debajo de la enumeración deslumbrante y del espejear de las anécdotas oportunas, columbrábase la presencia de elementos oscuros y recios. Iban sus ojos de Francisco a Teresa y sus labios ricos, generosos, se crispaban en un leve mohín. Porque si ella brindaba a los Montalvo un espectáculo singular, estos, sin percatarse, le devolvían el de una perfección física que no había hallado en sus andanzas de incansable buscadora de sensaciones nuevas.
       El negro Cipriano entró para anunciar que el carruaje estaba listo, pero los dueños de casa no quisieron atender las protestas de su huésped. Era demasiado tarde para reanudar el viaje por un camino sembrado de baches y acaso de salteadores. La señora pasaría la noche allí y a la mañana siguiente se trasladaría a San Fernando. Mientras insistían, tanto Teresa como Francisco se daban cuenta de que lo hacían no solo por la tradición de la hospitalidad española, sino por conservar entre ellos algunas horas más a ese extraño ser que había hechizado a la quinta.
       Mrs. Foster accedió. Aceptaba lo insólito sin discutir con la facilidad propia de quien ha vivido en continuos vagabundeos y ha reducido la sorpresa al orden de lo cotidiano. Además el matrimonio intrigaba a lo que en ella había de aventurero, de irresponsable.
       Teresa se puso de pie. Tenía que disponer lo necesario para el alojamiento en la habitación que había sido de su tía Catalina Romero, en el otro extremo del patio interior. Francisco y Mrs. Foster salieron al jardín.
       Florecía la noche. El aroma de los jazmines se había acentuado. La inglesa, aludiendo a ellos, repitió la frase que se le había escapado al llegar a la quinta:
       —¿No siente como si algo vivo lo acompañara?
       Y añadió:
       —¿No siente como si todos estos jazmines fueran una mujer que pasea a su lado?
       Jamás le habían hablado así a Francisco. ¿A qué mujeres había tratado hasta entonces? Apenas a la suya, a quien nunca amó y con quien nunca conversaron sino sobre cosas triviales y exactas: habrá que cortar la rama gruesa del aguaribay, porque ya roza el alero; no hay que olvidar que el jueves vienen a comer los Márquez; murió el potrillo alazán al rodar en el camino… Su timidez —esa timidez contra la cual había guerreado desde su infancia y de la que no se había desasido por completo— le prohibió otras compañías.
       En su brazo se insinuó la mano de Mrs. Foster. ¿Era una treta de su imaginación o las uñas se hundían ahora en su manga azul?
       Iban hacia la barranca. Millones de estrellas se encendían y apagaban en el cielo. No corría ni un soplo de brisa. Se detuvieron junto a la estatua de la ninfa semidesnuda que mordían los dientecillos de la hiedra. Francisco esbozó una sonrisa melancólica:
       —He aquí mi Italia…
       Cantó un pájaro en el timbó. Al caballero le latió el corazón. Se volvió hacia la inglesa y solo vio los ojos verdes y los labios húmedos tendidos hacia él. Arrastrado por un vértigo, olvidado de la reserva que le aprisionaba, los besó con fruición de hambriento, y besó también los pómulos y los párpados y el cuello, buscando el vello dorado de la nuca. Sus manos acariciaron el cuerpo fino que cedía, pegado al suyo, el cuerpo que olía a jazmín.
       En el corredor, la voz de Teresa rompió el encanto. Anunciaba que la habitación estaba pronta.
       La señora de Montalvo quiso ayudar a su huésped a desvestirse, mas no se atrevió a hacerlo. No había sentido hasta entonces la embriagante desazón que la rendía ahora. Mientras la forastera se despojaba de las prendas, apartó los ojos, fingiendo interesarse por sus frascos y sus peines. Pero los ojos se le escapaban hacia el cuerpo enjuto de adolescente que emergía del oleaje de batistas, frente al espejo. Por la abierta ventana entraba el aroma de los jazmines.
       Mrs. Foster se deslizó bajo las sábanas bordadas con las iniciales de los Montalvo y los Rey. Habíase anudado a la cabeza una ceñida gasa celeste, que le disimulaba los rizos como dentro de un casco. Su pecho y sus piernas arquearon apenas la colcha.
       —¡Qué hermosa es usted! —dijo, haciendo sonar la “t” inglesa con rápido chasquido—. ¡Qué hermosa! Con tanto haber viajado, creo que no he encontrado antes una mujer así.
       Teresa se volvió hacia el espejo. La luna le devolvió sus ojos negros y sus mejillas de magnolia, pero distintos, desconocidos. Tuvo miedo de sí misma y giró sobre los talones hacia el lecho. No había más luz que la de una palmatoria colocada sobre la mesa de jacarandá en el centro de la habitación. Resultaba curioso y absurdo, pero hubiera podido confundir a Mrs. Foster con un muchacho, con uno de aquellos muchachos que se bañaban desnudos en el río, cuando era niña, y que había espiado entre los juncos de la ribera.
       Se aproximó a la cama y tomó la mano que la aventurera le ofrecía. Su contacto desperezó reflejos inquietantes, adormecidos en lo más hondo de su sensibilidad, acallados desde la infancia por el rigor de la educación religiosa, pero que persistían allí, agazapados, prontos para cuando se aflojara la armazón convencional.
       —Good night —murmuró Mrs. Foster y entornó hacia ella los párpados. Su iris verde tenía el tono del cielo en las tardes de tormenta. Diseñáronse sus pechos andróginos en la lisura de las sábanas.
       Hubo una pausa de silencio, en la que los rumores del campo se mezclaron como los de una orquesta que afina ensayando sus partituras.
       En la almohada suntuosa, los labios que temblaban se entreabrieron, ofrecidos como se habían brindado al otro. Incapaz de contenerse, Teresa cerró los ojos como delante de un abismo, se inclinó sobre ellos y los besó, como si besara a un hombre. Huyó después hacia su aposento, desconcertada, entre arrepentida y feliz, agitado el peinetón como una inmensa mariposa.


       Francisco Montalvo se revolvía en el gran lecho de caoba con columnas torneadas, que había sido de su abuelo Don Fernando Islas de Garay. Su esposa ocupaba el cuarto vecino. Vivían separados hacía cinco años, exactamente desde la muerte trágica de su tía Catalina Romero, la que urdió su boda.
       El caballero no logró conciliar el sueño esa noche. A las tres, cuando callaba toda la quinta y solo se oía el lejano ladrido de los perros que se llamaban en las lomas, saltó de la cama sin poder resistir más. Púsose a caminar por el cuarto, como enjaulado. El recuerdo de la inglesa y de su abrazo junto a la estatua, le estremecía. Palpaba aún la firmeza del cuerpo joven, furiosamente estrechado en la fugacidad del paseo.
       ¿Por qué no ir hasta su habitación? Sin duda le estaría aguardando. ¡Ah, esa timidez, esa terrible timidez! Pero esta vez las cosas sucederían de otro modo. Iría. ¿Acaso no le había invitado ella al entregársele sin lucha? Le obsesionaban los labios rojos, abiertos como una flor en la austeridad casi monacal del aposento. Y, más allá del tironeo de la carne, le tentaba todo lo demás: el prestigio de los viajes que no había realizado; los encuentros maravillosos que no había conocido; la libre fantasía encendida como una lámpara en la oscuridad de la quinta de San Isidro y que echaba a bailar los silfos olvidados en el tedio y en el polvo de los rincones.
       Se arrebujó en la capa y salió al corredor de arquería que rodeaba el patio como un claustro de convento. Las estrellas se habían escondido. Dijérase que a esa hora abandonaban el sitio a la victoria de los jazmines. Tanteando la pared, se adelantó hacia el cuarto de la tía Romero, el cuarto de Mrs. Foster.
       Poco a poco sus ojos se adaptaron a la penumbra. Distinguió los macetones, inmóviles como borrachos panzudos bajo las rejas. El jazminero se adhería a las columnas transformándolas en fantasmas transparentes. Dio un paso más y se le heló la sangre. Algo se movía en su camino. ¿Ladrones? Los perros vigilantes los hubieran denunciado. ¿Un alma en pena? A pesar de su escepticismo de camarada de Vicente Fidel López y de Miguel Cané, demasiados frailes y beatas habían poblado su niñez para no marcarle una huella milagrera. Pero no… no… Tal vez sería la inglesa que no conseguía dormir y que tomaba el aire de la madrugada. Acaso se hubiera apoderado de ella su mismo y ansioso desvelo.
       Los aguijones de la voluptuosidad se le hincaron en las venas. Apretó los dientes.
       La sombra se había detenido delante de la puerta de Mrs. Foster. Pareció vacilar. Francisco avanzó y rozó sin querer una planta de helechos. La sombra sofocó un grito y dio vuelta hacia él. Era Teresa.
       Quedaron mirándose unos instantes, atónitos, como si por vez primera vieran en sí mismos y se reconocieran, desnudos. Jamás habían brillado así los ojos de Teresa Rey; nunca habían ardido así los de Montalvo. Jadearon sus respiraciones. Olían a pecado los jazmines. Hasta que la tensión fue más fuerte que ellos. Francisco abrió los brazos y su mujer cayó en ellos, vencida.
       Regresaron silenciosamente a la habitación de Francisco, como si no quisieran perder ni una partícula del tesoro de pasión que llevaban. En tantos años, fue esa su primera noche de amor, una noche de lágrimas y de fiebre, violenta, humillante, desgarrada, que puso frente a frente a dos amantes de un espectro.
       Por la mañana, muy temprano, oyeron a la forastera cruzar el patio, seguida por su criada. Luego escucharon, del lado de la carretera, el traqueteo del carruaje que se alejaba hacia San Fernando, azuzado por el cochero.
       Ambos simularon dormir en la cama española del abuelo Islas de Garay, pero cada uno sabía que el otro velaba también. Lentamente, el odio comenzó a crecer entre ellos, a manera de una planta tortuosa de negras raíces que se extendieron por la habitación y amarraron las cuatro columnas de la cama antigua con su cordaje envenenado: el odio de lo que habían hecho, el odio de por qué lo habían hecho.



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