Álvaro
Mutis
(Bogotá, Colombia 1923 - México D.F., 2013)
Intermedio en el Strand
La muerte del estratega: narraciones, prosas, y ensayos
[Algunos textos periodísticos]
(México : Fondo de Cultura Económica, 1988, 214 págs.)
Para Gonzalo García Barcha
Al caer la tarde, en una taberna de Strand, el corpulento parroquiano ha comenzado a cabecear dominado por un sueño invencible. En su rincón habitual desde el que observa cargar y descargar los navíos que vienen desde los más lejanos puntos de la Tierra, mientras consume con apetito vigoroso grandes porciones de estofado de res e incontables pintas de cerveza clara, ha estado mirando los reflejos del sol sobre las arboladuras, sobre las pulidas maderas de teca de los grandes veleros, sobre el bronce de las amarras, sobre los
sucios vidrios del local que da hacia la algarabía del muelle.
Allí pasa largas horas en un duermevela que lo lleva a regiones de calor y
pueblos bronceados y semidesnudos, con el aroma de las especias, en medio de la
delirante vegetación siempre verde y siempre florecida. Capitanes y marineros
le han narrado sobre esas tierras, que él recrea interminablemente en sus
siestas interrumpidas por una que otra pipa que fuma con minuciosa parsimonia
sajona.
Llegó a Londres en 1712, en la comitiva, del Elector de Hannover quien iba a
convertirse en Jorge I de Inglaterra. En 1726 se hizo ciudadano británico. Sus
relaciones con el Monarca habían tenido ciertos altibajos. Ambos poseían un
carácter harto difícil y una muy alta idea de sí mismos. Cada cual en su campo.
Hoy es apreciado en la Corte y los ingleses lo tratan como a uno de los suyos.
No tiene nostalgia de su tierra. Las monótonas praderas de su Sajonia natal no
le decían nada. Ama la vida abigarrada e inquieta del puerto de Londres, los
paseos por el Támesis con alegre compañía, la campechana amistad de los lores,
cultivadores y guerreros cuando hace falta.
En su memoria desfilan los ritmos y canciones de la gente de mar, esa alegría
contagiosa y desmedida de los que tocan tierra y traen en la mirada la ebria
nostalgia de otros mundos donde los sentidos se entregan a la fiesta permanente
de una naturaleza generosa en satisfacer las más exóticas apetencias. Y así
transcurren las tardes en la taberna, sin mayores incidentes y dentro de la
desenfrenada rutina de los puertos.
Esa tarde ha estado un poco melancólico. Alto, allá adentro, ha venido
trabajando su habitual bonhomía. Siente que está ausente de un lugar en donde
hubiera podido medir, en toda su plenitud, el alcance de sus esfuerzos por
comunicar a los hombres la inagotable y vasta maravilla que discurre por su
mente. En una tabla donde se registran las mercancías que se descargan en el
muelle, advierte la fecha: 13 de abril, 1742. Y cae, entonces, en la cuenta del
porqué de la ansiedad que lo incomoda: hoy, a esa misma hora, estrenan en
Dublín, en una función de caridad, la obra a la que ha dedicado mayor esfuerzo
y donde siente que ha puesto todo su genio, su oratorio “El Mesías”.
Un hondo suspiro sale del vasto pecho de mister Haendel. Sí, en efecto, hubiera
sido mejor estar presente para sentir el efecto de su música entre los
presentes. Se alza de hombros y llama al mozo para que llene de nuevo su vaso.
Un suave sopor torna a invadirlo. Todo está bien ahora. Ya habrá tiempo de
tales comprobaciones. Él sabe que su obra vencerá al tiempo y a la precaria
memoria de los hombres. Una sonrisa se dibuja en sus labios llenos y sensuales
y se extiende por su orondo rostro de sajón satisfecho y sensual.
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