Álvaro Mutis
(Bogotá, Colombia 1923 - México D.F., 2013)


Reseña de los hospitales de ultramar
Originalmente publicado en la revista Mito (año I, Núm. 2, 1955);
Memoria de los Hospitales de Ultramar
(Xalapa: Universidad Veracruzana, 1957);
Summa de Maqroll el Gaviero (Poesía 1948-1970)
(Barcelona. Seix Barral, 1973, 173 págs.)


Al alba guardaban las grandes jaulas con aves.
Historia de la Medicina en las Indias Orientales
Van der Hoyster, 1735

Los altos muros grises elevaban su fábrica contra el cielo, anunciando la presencia consoladora de aquellos edificios hechos al dolor y antesala de la muerte.
Comentarios Médicos de las Indias
Juan de Málaga, 1726

Músicos, bailarines, actores y rameras vivían de las rentas de aquellos Hospitales y creaban y recreaban la maravilla de sus fantasías en las capillas y salones de los mismos.
Historiae Institutionibus Benefitientiae
Pietro Marteloni, 1789.


       Los siguientes fragmentos pertenecen a un ciclo de relatos y alusiones tejidos por Maqroll el Gaviero en la vejez de sus años, cuando el tema de la enfermedad y de la muerte rondaba sus días y ocupaba buena parte de sus noches, largas de insomnio y visitadas de recuerdos.
       Con el nombre de Hospitales de Ultramar cubría el Gaviero una amplia teoría de males, angustias, días en blanco en espera de nada, vergüenzas de la carne, faltas de amistad, deudas nunca pagadas, semanas de hospital en tierras desconocidas curando los efectos de largas navegaciones por aguas emponzoñadas y climas malignos, fiebres de la infancia, en fin, todos esos pasos que da el hombre usándose para la muerte, gastando sus fuerzas y bienes para llegar a la tumba y terminar encogido en la ojera de su propio desperdicio. Esos eran para él sus Hospitales de Ultramar


Pregón de los hospitales

       ¡Miren ustedes cómo es de admirar la situación
privilegiada de esta gran casa de enfermos!
¡Observen el dombo de los altos árboles cuyas
oscuras hojas, siempre húmedas, protegidas por un halo de plateada pelusa, dan sombra a las avenidas
por donde se pasean los dolientes!
       ¡Escuchen el amortiguado paso de los ruidos lejanos, que dicen de la presencia de un mundo que viaja ordenadamente al desastre de los años,
       al olvido, al asombro desnudo del tiempo!
       ¡Abran bien los ojos y miren cómo la pulida uña del síntoma marca a cada uno con su signo de especial desesperanza!;
       sin herirlo casi, sin perturbarlo, sin moverlo de su doméstica órbita de recuerdos y penas y seres queridos,
       para él tan lejanos ya y tan extranjeros en su territorio de duelo.
       ¡Entren todos a vestir el ojoso manto de la fiebre y conocer el temblor seráfico de la anemia
       o la transparencia cerosa del cáncer que guarda su materia muchas noches,
       hasta desparramarse en la blanca mesa iluminada por un alto sol voltaico que zumba dulcemente!
       ¡Adelante señores!
       Aquí terminan los deseos imposibles:
       el amor por la hermana,
       los senos de la monja,
       los juegos en los sótanos,
       la soledad de las construcciones,
       las piernas de las comulgantes,
       todo termina aquí, señores.

       ¡Entren, entren!
Obedientes a la pestilencia que consuela y da olvido, que purifica y concede la gracia.
       ¡Adelante!
       Prueben
       la manzana podrida del cloroformo,
       el blando paso del éter,
       la montera niquelada que ciñe la faz de los moribundos,
       la ola granulada de los febrífugos,
       la engañosa delicia vegetal de los jarabes,
       la sólida lanceta que libera el último coágulo, negro y ya poblado por los primeros signos de la transformación.
       ¡Admiren la terraza donde ventilan algunos sus males
       como banderas en rehén!
       ¡Vengan todos
       feligreses de las másaltas dolencias!
       ¡Vengan a hacer el noviciado de la muerte, tan útil a muchos, tan sabio en dones que infestan la tierra y la preparan!


El hospital de la Bahía

      El techo de zinc reventaba al sol sus blancas costras de óxido, como el pulso de una fiebre secreta. Los olores se demoraban en la vasta y única sala, como si fueran húmedas bestias sacudiéndose en la sombra y se mezclaban y cambiaban de identidad con una larga y destartalada pereza de mediodía.
       Con su manto sobre los hombros, la fiebre recorría los lechos, sin demorarse en ninguno, pero tampoco dejando alguno sin visitar.
       El mar mecía su sucia charca gris y al subir la marea alcanzaba a entrar hasta nuestros lechos. ¡qué ironía el olor saludable y salinoso de las grandes extensiones, moviéndose preso entre la inmundicia de nuestros males y la agridulce mueca de las medicinas!
       Los alimentos nos eran llevados por gentes del lugar, pescadores astrosos y desconfiados y la mayor de las veces eran imposibles de tragar. A menudo eran mujeres las que nos traían, envuelto en hojas de plátano, el sucio e insípido amasijo de raíces y frutos. Al mediodía era frecuente el espectáculo de una mujer de carnes secas, ya sin pechos ni caderas, comida por el clima y el hambre, soportando el desordenado peso de un enfermo que gemía tiernamente como quien duerme una criatura.
       El sol hería los ojos hinchados y cubiertos de blancas natas, reflejado por el mar siempre a nuestra vista por falta de puerta. Sabíamos que después de este largo suplicio vespertino vendría la invasión de la marea.
       Con un murmullo que primero confundíamos con el de la fiebre que sube y gira en las sienes, el agua comenzaba a entrar lentamente hasta inundar casi toda la sala. No tenía ésta piso de madera, sólo la tierra hollada mil veces, negra, lustrosa con la grasa de los enfermos y sus comidas y medicamentos. El agua del mar traída por vientos venidos de muy lejos, el agua de nuestros viajes, el ojo hermoso de materia virgen en eterno desorden comenzaba a enturbiarse bajo nuestros lechos tristemente.
       A menudo la pesadilla de la fiebre nos llevaba de la mano por caminos que conducían al fondo del mar, por entre la marea creciente, y allí bestias sabias curaban nuestros males y nuestro cuerpo se endurecía para siempre como un lustroso coral en la primavera de las profundidades. Nos despertaba el ruido de la escoba del enfermo que barría, a la madrugada, la fétida sentina del hospital.
       El enfermo… éste sí que daba algunas admirables y nada tristes. Contaba, por ejemplo, la “Construcción de la Torre de Babel” o “El rescate de los dolientes” o la “Batalla sin banderas”, largas historias en las cuales él aparecía discretamente al fondo, como un viejo actor que hubiese conocido antaño los favores del público y que ahora, en un papel muy secundario, tienen aún la seguridad de agradar. Solía el enfermero —nunca le supimos el nombre y siempre le llamamos por el de su oficio— bautizar nuestros males con nombres de muchachas. Y mientras sus manos pacientes y sabias cambiaban las sábanas, preguntaba por nuestro mal como por una doncella que nos hubiera acompañado amorosamente durante el largo y trabajoso trance de nuestras noches.
       ¡Ah, esos nombres pronunciados de lecho en lecho como una letanía de lejanos recuerdos detenidos en el ebrio dintel de la infancia!



En el río

      Derivaba el Gaviero un cierto consuelo de su trato con las gentes. Vertía sobre sus oyentes la melancolía de sus largos viajes y la nostalgia de los lugares que eran caros a su memoria y de los que destilaba la razón de su vida.
       Pero fue en el Hospital del Río en donde aprendió a gustar de la soledad y a rescatar en ella la única, la imperecedera substancia de sus días. Fue en el río donde vino a aficionarse a las largas horas de solitario soñador, de sumergido pesquisidor de un cierto hilo de claridad que manaba de su vigilia sin compañía ni testigos.
       El Hospital había sido construido a orillas de un gran río navegable que cruzaba el interior de un país de minas, cuyo producto bajaba a la costa en oxidados planchones, empujados por un remolcador que cada semana ascendía la corriente con una lenta y terca dificultad de asmático.
       La región estaba poblada de grandes árboles de tronco claro y hojas de un perpetuo verde tierno que daban bien poca sombra y protección contra el sol implacable de los trópicos. Habían construido un largo edificio con techo de palma y paredes de ladrillo para que yacieran en él los enfermos que bajaban de las minas, los heridos en los derrumbes y las explosiones, los dolientes, en fin, que eran embarcados en el remolcador y viajaban al mar en busca de una salud que en vano tratarían de rescatar en el breve y miserable tiempo de sus vidas quebradas. Las minas fueron cerrándose, el remolcador espació sus visitas y fue entonces cuando llegó por aquellos lugares el Gaviero y se instaló en el largo barracón ocupado por una doble hilera de camas carcomidas por el óxido y la verdosa y mansa lama nacida de la humedad y del aire cargado de impalpables y ricas materias vegetales.
       Curaba el Gaviero las heridas recibidas en la calle de los burdeles del puerto cuando, en plena ebriedad, insistió en contraer matrimonio con una negra madura y sonriente que exhibía sus grandes senos a la entrada del templo, con una expresión alelada y ausente.
       Saltando al río y refugiándose en el remolcador que partía, logró el Gaviero librarse de los airados feligreses. Sin embargo, un cuchillo le había entrado en el vientre dos veces y un brazo se le había dislocado por completo al rodar por las escalinatas del templo.
       Curaba el Gaviero sus heridas y meditaba largamente sobre la materia de sus años. Allí le abandonaron los hombres del remolcador, desesperados con los interminables delirios y visiones que atormentaban los días y noches del Gaviero, minado por la fiebre y trabajado por su antigua angustia siempre renovada en las fuentes de su incómoda lucidez de perpetuo exiliado.
       El río, en la mañana, estaba cubierto par un vaho lechoso que se disipaba, no al impulso de la brisa allí corría el río encajonado entre altas cordilleras y jamás la brisa descendía a visitar la región sino por el golpe metálico de un sol ausente apenas en la corta estación de las lluvias. Frutos amargos, pescados con un dulzón sabor a lodo y la infusión de las hojas de algunos naranjos salvajes que no producían fruto alguno, eran todo el alimento del convaleciente.
       Y de su soledad largamente rumiada y laboriosamente escarbada en los largos días en que yaciera descifrando las grandes manchas que la humedad dejaba en las paredes de ladrillo, derivó el Gaviero algunas enseñanzas perdurables y una costumbre, cada día más acentuada, de estar a solas con sus asuntos. Supo, por ejemplo, que la carne borra las heridas, lava toda huella del pasado, pero nada puede contra la remembranza del placer y la memoria de los cuerpos a los que se uniera antaño.
       Aprendió que hay una nostalgia intacta de todo cuerpo gozado, de todas las horas de gran desorden de la carne en donde nace una verdad de substancia especial y sobre la que el tiempo no tiene ascendiente alguno. Se confunden los rostros y los nombres, se borran las acciones y los dulces sacrificios hechos por quien se amó una vez, pero el ronco grito del goce se levanta repitiendo su sílaba como las sirenas de las bayas a la entrada del puerto.
       Cuando los recuerdos irrumpieron en sus inquietos sueños, cuando la nostalgia comenzó a confundirse con la materia vegetal que lo rodeaba, cuando el curso callado de las aguas lodosas le distrajo buena parte de sus días en un vacío en el que palpitaba levemente un deseo de poner a prueba la materia conquistada en los extensos meses de soledad, el Gaviero ascendió a las tierras altas, visitó los abandonados socavones de las minas, se internó en ellos y gritó nombres de mujeres y maldiciones obscenas que retumbaban en el afelpado muro de las profundidades.
       Se perdió en los páramos recorridos por un viento que empujaba secas semillas y grandes hojas vestidas de una tibia pelusa nacarada. Una patrulla militar lo rescató de la muerte, cuando se había encogido entre las rocas en busca del calor de su propia sangre que apenas circulaba ya por su cuerpo escuálido y tostado por el sol de la cordillera.



La cascada
[Originalmente publicado en la revista Mito (Bogotá),
Núm. 22 y 23, Año IV (Nov./Dic. 1958/1959)]


      Entró para lavar sus heridas y bañarse largamente en las frescas aguas de la cascada, protegida por altas paredes que chorreaban una parda humedad vegetal. Un malsano silencio se extendía desde el tumulto de las aguas que caían de lo alto, a través de un estrecho hueco cercado de plantas azotadas incansablemente por el torrente.
       Apartado del tiempo y aislado del ruidoso bochorno de los cafetales, el Gaviero conoció allí de su futuro y le fue dado ver, en toda su desnuda evidencia, la vastedad de su miserable condición.
       Una oscura mariposa apareció de repente y con su torpe y lento vuelo comenzó a medir el paso de las horas, chocando a menudo contra las lisas paredes o parándose en la blanca arena del piso, recogidas las alas hasta semejar el perfil de un hacha oxidada.
       El miedo se fue apoderando del Gaviero y de su garganta fluía un chillido agudo y contenido, que bien pudiera haberse atribuido al insecto preso en la fresca nada donde caían las aguas interminablemente.
       Sus heridas se secaron, también sus ropas se secaron, se secó su piel y el Gaviero seguía inmóvil, sentado en la blanca arena, a orillas del pozo labrado por la caída del torrente y en cuyo fondo se movía una oscura materia vegetal compuesta de hojas, frutos y tallos arrastrados por las aguas.
       Al llegar la noche, el Gaviero hubiera jurado oír cómo movían el aire las quebradizas alas del pesado visitante y cómo su lanoso cuerpo chocaba tristemente contra las quietas rocas de la noche.
       Un viento cálido irrumpió en la frescura del recinto y tras él salió el insecto, con un lento subir y bajar de su vuelo, dejando al Gaviero sumido en esa humillada certeza de quien ha conocido la impotencia de sus fuerzas y los rostros de su miseria.
       Se vistió lentamente y salió al trepidante calor de las tierras bajas, en donde se mezcló con toda suerte de gentes, guardando siempre, en un escondido rincón de su alma, ese tiempo apresado por las altas paredes en donde chocaban atrozmente el grito de las aguas al caer y la derrota de sus asuntos.



El coche de segunda

       Alguna vez habían construido allí una vía para el tren y los rieles llegaron hasta el final de la curva, trazada sobre el precipicio que daba al río, la tranquilidad de cuyas aguas color arcilla era recorrida por el sordo girar de amplios remolinos. En la parte más saliente de la curva, estaba detenido el coche de segunda.
       La pintura verde se había ido con las lluvias de tantos años y la madera había tomado ese color gris azulado propio del revés de las hojas del banano. El orín y la herrumbre, propiciados por el clima tropical, habían fundido en una sola masa que se deshacía en débiles cáscaras las ruedas que bien poco conservaban de su forma primitiva y los rieles de cuyo trazo original no quedaba sino una roja y vaga cicatriz.
       El techo ligeramente abombado como el de todos los coches del ferrocarril, estaba invadido de lianas y malezas de donde surgían, a trechos, ciertas flores blancas y pesadas que despedían al atardecer un aroma a medicina de la infancia y a largas tardes de fiebre. Algunas de las ventanillas conservaban aún sus cristales, empañados por un halo lechoso que era como una esencial presencia del clima, su huella más evidente.
       De un lado, el coche casi rozaba el alto barranco de roja arcilla cortada a pico del cual sobresalía un anuncio de latón que mostraba un niño en pijama con una vela encendida en una mano y en la otra un objeto ya imposible de identificar; del otro lado estaba el precipicio, en cuyo fondo, el choque de las aguas contra la orilla producía ese murmullo que acompaña al silencio después de un desastre. De este costado solamente tres ventanillas, las tres últimas, conservaban intactos sus cristales. Por las otras entraba un aire caliente y capitoso que invitaba a un dormitar entre el sudor y el zumbido de los insectos.
       Allí había arreglado Maqroll su refugio. Con cuatro tablones arrancados del piso y colacados sobre las dos últimas bancas, improvisó una cama y usando como almohada un atado con sus ropas, se tendió sacudido por la malaria y el hambre. Las horas del día y las de la noche transcurrían en un pausado desplazarse de la luz en el interior del coche y el escaso sueño que le permitían el calor y sus dolencias, no le visitaba hasta la madrugada.
       Iban a verle, en acasiones, dos mujeres que preparaban la comida para los peones de una mina situada en otra curva del río, más abajo. Algunas de las sobras que siempre le traían, eran su único alimento. Ignorándolo las más de las veces, se sentaban a conversar en la plataforma del vagón, las piernas colgando sobre la vía. Se desnudaban hasta la cintura para recibir en la piel la brisa de la tarde que traía un breve residuo de frescura robado a los árboles de la cordillera.
       A veces, alguna de ellas se tendía a su lado y en un abrazo que duraba hasta entrada la noche, buscaba el deseo en el lastimado cuerpo del Gaviero. La otra permanecía en la plataforma y continuaba tranquilamente el diálogo con su compañera; cuando ésta no le contestaba, permanecía extasiada contemplando la lejanía azul de la cordillera o la burbujeante vorágine de los remolinos, cuyo monótono círculo rompían a veces grandes troncos arrastrados por la creciente o cadáveres de mulos rodados al abismo, que habían perdido la piel en su viaje por las torrentosas aguas y cuyas grises barrigas giraban locamente hasta encontrar de nuevo el impulso liberador de la corriente.



Fragmento

      .. de donde salían al amanecer las vagonetas cargadas de enfermos con dirección al Hospital de las Salinas. Una pequeña y muy antigua locomotora de vivos colores, llevaba, lentamente y con esfuerzo, el largo tren de vagonetas pintadas de blanco con una raya azul celeste en el borde superior, en cada una de las cuales viajaban hasta cinco enfermos cómodamente recostados.
       A lo largo de la herrumbrosa vía, reventaban las grandes olas en otoño o iban a morir tranquilamente, después de un largo y luminoso radar por las arenas, en verano.
       ¡Qué inolvidable visión la de las blancas sábanas que envolvían los cuerpos lastimados en el hediondo aceite de los males, flotando sobre la fresca lejanía de las aguas, como una dicha que desenrolla sus símbolos!
       Todo el día duraba el viaje de los enfermos. Al caer la tarde y con las primeras y quietas luces nocturnas, descendían, entumecidos y quejosos, pero tranquilos ya y purificados, como si hubieran llegado de las más apartadas y vírgenes regiones del agua.
       El tren volvía por la noche con un ruido de hierros que golpeaban neciamente, con un escándalo metálico de oxidadas armas en desuso, con un chirrido amargo de cadalso imposible en la soledad marina y lunar.
       Un gran resplandor se hacía poco rato después, producido por la incineración de las sábanas y vendajes que habían cubierto los cuerpos durante el viaje. El humo subía hasta oscurecer una parte del cielo y...



El hospital de los soberbios

      Al terminar una calle y formando una plazuela cuadrangular, se elevaba un oscuro edificio de cuatro pisos de ladrillo rojo con amplias ventanas iluminadas, noche y día, por una luz amarilla y mortecina. Allí padecían los Soberbios, los que manejaban la ciudad, las dueñas y dispensadores de todas las prebendas, los que decidían en última instancia desde el contrato para la canstrucción de un gran estadio hasta la mínima cuenta de un albañil de las alcantarillas. El desorden de sus poderes, la horrible variedad de sus soberbias, expresada en cada caso con los más hondos e hirientes matices; la larga historia de sus enfermedades que era preciso oír con devota atención antes de explicar la razón de la visita; la fetidez de las salas en donde moraban y despachaban al mismo tiempo sus asuntos, rodeadas siempre de frascos y recipientes en los que se mezclaban las drogas y las deyecciones, los perfumes y los regalos en especies que acumulaban los solicitantes y que servían a los dolientes de constante alimento a su irritable gula; la luz siempre escasa de las salas, que hacía tan difícil leer la multitud de papeles, documentos, pruebas, recibos y cuentas que se requerían en cada caso; todo ello hacía para mí detestable la visita de aquel puerto a donde llegábamos todos los años ya entrada la estación cargados de húmedos fardos de mercancías y en medio de nieblas que dificultaban las labores de atraque.
       El permiso para descargar las mercancías y todos los trámites de uso para zarpar, debía yo arreglarlos en el Hospital, pues al capitán le estaba vedado entrar allí por no sé qué razones de sangre, religión y precedencia de castas, que según los más arbitrarios designios habían instituido los moradores de la gran casa de ladrillo.
       A menudo coincidían mis gestiones con el día de permiso para entrada de las mujeres. Sus repelentes risitas de rata se escuchaban entonces en el fondo de las salas y los enfermos alargaban interminablemente sus asuntos mientras satisfacían su deseo con desesperante lentitud, en presencia de los fatigados solicitantes que debían permanecer de pie. Nunca pude ver bien el rostro o siquiera las formas de las mujeres que visitaban las salas, pero jamás olvidaré sus risas contenidas y agudas, simiescas e histéricas que puntuaban las largas esperas hasta agitar los nervios.
       En un desorden de cobijas y sábanas manchadas por todas las inmundicias, reposaba su blanda e inmensa estatura de diabético, el enfermo que conocía de los asuntos de embarque. Su voz salía por entre las flemas de la hinchada y fofa garganta en donde las palabras perdían toda entonación y sentido. Era como si un muerto hablara por entre el lodo de sus pecados. Gustaba dar largas explicaciones sobre el porqué de cada sello y la razón de cada firma, a tiempo que se extendía caprichosamente en comentarios y detalles sobre sus dolencias y sus medicinas.
       Al salir del Hospital, aún seguían flotando ante mis ojos los pliegues de su lisa papada, moviéndose para dar paso a las palabras, como un intestino de miseria, y el largo catálogo de las pócimas se mezclaba en mi mente con la enumeración interminable de los requisitos exigidos para zarpar de aquel puerto de maldición.



Morada

       Se internaba por entre altos acantilados cuyas lisas paredes verticales penetraban mansamente en un agua dormida.
       Navegaba en silencio. Una palabra, el golpe de los remos, el ruido de una cadena en el fondo de la embarcación, retumbaban largamente e inquietaban la fresca sombra que iba espesándose a medida que penetraba en la isla.
       En el atracadero, una escalinata ascendía suavemente hasta el promontorio más alto sobre el que flotaba un amplio cielo en desorden.
       Pero antes de llegar allí y a tiempo que subía las escaleras, fue descubriendo, a distinta altura y en orientación diferente, amplias terrazas que debieron servir antaño para reunir la asamblea de oficios o ritos de una fe ya olvidada. No las protegía techo alguno y el suelo de piedra rocosadevolvía durante la noche el calor almacenado en el día, cuando el sol daba de lleno sobre la pulida superficie.
       Eran seisterrazas en total. En la primera se detuvo a descansar y olvidó el viaje, sus incidentes y miserias.
       En la segunda olvidó la razón que lo moviera a venir y sintió en su cuerpo la mina secreta de los años.
       En la tercera recordó esa mujer alta, de grandes ojos oscuros y piel grave, que se le ofreció a cambio de un delicado teorema de afectosysacrificios.
       Sobre la cuarta rodaba el viento sin descanso y barría hasta la última huella del pasado.
       En la quinta unos lienzos tendidos a secar le dificultaron el paso. Parecían esconder algo que, al final, se disolvió en una vaga inquietud semejante a la de ciertos días de la infancia.
       En la sexta terraza creyó reconocer el lugar y cuando se percató que era el mismo sitio frecuentado años antes con el ruido de otros días, rodó por las anchas losas con los estertores de la asfixia…
       A la mañana siguiente el practicante de turno lo encontró aferrado a los barrotes de la cama, las ropas en desorden y manando aún por la boca atónita la fatigada y oscura sangre de los muertos.


Las plagas de Maqroll

       “Mis Plagas”, llamaba el Gaviero a las enfermedades y males que le llevaban a los Hospitales de Ultramar. He aquí algunas de las que con más frecuencia mencionaba:
       Un gran hambre que aplaca la fiebre y la esconde en la dulce cera de los ganglios.
       La incontrolable transformación del sueño en un sucederse debrillantes escamas que se ordenan hasta reemplazar la piel por un deseo incontenible de soledad.
       La desaparición de los pies como última consecuencia de su vegetal mutación en desobediente materia tranquila.
       Algunas miradas, siempre las mismas, en donde la sospecha y el absoluto desinterés aparecen en igual proporción.
       Un ala que sopla el viento negro de la noche en la miseria de las navegaciones y que aleja toda voluntad, todo propósito de sobrevivir al orden cerrado de los días que se acumulan como lastre sin rumbo.
       La espera gratuita de una gran dicha que hierve y se prepara en la sangre, en olas sucesivas, nunca presentes y determinadas, pero evidentes ensus signos:
       un irritable y constante deseo, una especial agilidad para contestar a nuestros enemigos, un apetito por carnes de caza preparadas en un intrincado dogma de especies y la obsesiva frecuencia de largos viajes en los sueños.
       El ordenamiento presuroso de altas fábricas en caminos despoblados.
       El castigo de un ojo detenido en su duro reproche de escualo que gasta su furia en la ronda transparente del acuario.
       Un apetito fácil por ciertos dulces de maizena teñida de rosa y que evocan la palabra Marianao.
       La división delsueño entre la vida delcolegio y ciertas frescas sepulturas.



El mapa

      Solía referirse el Gaviero a su Mapa de los Hospitales de Ultramar y alguna vez llegó hasta mostrarlo a su amigos, sin dar mayores explicaciones, es cierto, sobre el significado de algunas escenas que ilustraban la carta. Eran nueve en total y representaban lo que sigue:

I

Un jinete encarnado
galopa por la estepa.
Su sable alcanza al
sol atónito
que lo espera extendido
en un golfo bañado
de tibio silencio.


II

Las armas enterradas
en lo más espeso
del bosque
indican el nacimiento de un gran río.
Un guerrero herido señala
con énfasis el lugar.
Su mano llega hasta
el desierto
y sus pies descansan
en una hermosa ciudad
de plazas soleadas y blancas.


III

El Gran Jefe ofrece
la Pipa de la Paz
a un cazador de búfalos
cuya mirada cae distraida sobre
las tiendas de colores
y el humo acre de las hogueras.
Un ciervo se acerca tristemente.


IV

Los frutos de un ingrato
sabor metálico, señalan
las Islas Lastimeras.
Un barco naufraga tranquilo
y los marinos reman hacia
la playa en donde un jabalí
entierra su presa. La arena
enceguece a los dioses.


V

Un aire frío pasa
sobre la dura concha
de los crustáceos.
Un gran alarido raya
el cielo con su helado
relámpago de ira.
Como un tapete gris
llegan la noche y el espanto.


VI

La diligencia corre desbocada
y una mujer pide auxilio,
las ropas en desorden
y los cabellos al viento.
El conductor bebe un
gran vaso de sidra
reclinado con desgano
en un torso de mármol.
Los erizos señalan
la ruta con sus largas
espinas nocturnas.


VII

Un hidroavión vuela
sobre la selva. Allá,
abajo, lo saludan las misioneras
que preparan el matrimonio
del cacique. Un olor a canela
se esparce por el ámbito
y va a confundirse con el
lejano zumbido de la nave.


VII

Una ciudad cercada de alta piedra
esconde el rígido cadáver de la reina
y la carroña grave y dulce de su último
capricho, un vendedor de helados
peinado como una colegiala.


IX

Venus nace de la rala
copa de un cocotero
y en su diestra lleva
el fruto del banano
con la cáscara pendiente
como un tierno palio de oro.
Llega el Verano
y un pescador cambia
una libra de almejas
por una máscara de esgrima.



Moirologhia
(Moirologhia es un lamento o treno que cantan las mujeres del Peloponeso
alrededor delféretro o la tumba del difunto.
)


      Un cardo amargo se demora para siempre en tu garganta
¡oh Detenido!
Pesado cada uno de tus asuntos
no perteneces ya a lo que tu interés y vigilia reclamaban.
A hora inauguras la fresca cal de tus nuevas
       vestiduras,
ahora estorbas, ¡Oh Detenido!
Voy a enumerartealgunas de las especies de tu nuevo reino
desde donde no oyes a los tuyos deglutir tu muerte y hacer memoria melosa de tus intemperancias.
Voy a decirte algunas de las cosas que cambiarán para ti,
¡oh yerto sin mirada!
Tus ojos te serán dos túneles de viento fétido, quieto,
       fácil, incoloro.
Tu boca moverá pausadamente la mueca de su
       desleimiento.
Tus brazos no conocerán más la tierra y reposarán
       en cruz,
vanos instrumentos solícitos a la carie acre que los
       invade.
¡Ay, desterrado! Aquí terminan todas tus sorpresas,
tus ruidosos asombros de idiota.
Tu voz se hará delcallado rastreo de muchas y
       diminutas bestias de color pardo,
de suaves derrumbamientos de materia polvosa ya y
       elevada en pequeños túmulos
que remedan tu estatura y que sostiene el aire
       sigiloso y ácido de los sepulcros.
Tus firmes creencias, tus vastos planes
para establecer una complicada fe de categorías y
       símbolos;
tu misericordia con otros, tu caridad en casa,
tu ansiedad por el prestigio de tu alma entre los
       vivos,
tus luces de entendido,
en qué negro hueco golpean ahora,
cómo tropiezan vanamente con tu materia en
       derrota.
De tus proezas de amante,
de tus secretos y nunca bien satisfechos deseos,
el torcido curso de tus apetitos,
qué decir, ¡oh sosegado!
De tu magro sexo encogido sólo mana ya la linfa
       rosácea de tus glándulas,
las primeras visitadas por el signo de la
       descomposición.
¡Ni una leve sombra quedará en la caja para
       testimoniar tus concupiscencias!
“Un día seré grande…” solías decir en el alba
de tu ascenso por las jerarquías.
Ahora lo eres, ¡oh Venturoso! y en qué forma.
Te extiendes cada vez más
y desbordas el sitio que te fuera fijado
en un comienzo para tus transformaciones.
Grande eres en olor y palidez,
en desordenadas materias que se desparraman y te
       prolongan.
Grande como nunca lo hubieras soñado,
grande hasta sólo quedar en tu lugar, como
       testimonio de tu descanso,
el breve cúmulo terroso de tus cosas más minerales
       y tercas.
Ahora, ¡oh tranquilo desheredado de las más gratas
       especies!,
eres como una barca varada en la copa de un árbol, como la piel de una serpiente olvidada por su dueña
       en apartadas regiones,
como joya que guarda la ramera bajo su colchón
       astroso,
como ventana tapiada por la furia de las aves,
como música que clausura una feria de aldea,
como la incómoda sal en los dedos del oficiante,
como el ciego ojo de mármol que se enmohece y
       cubre de inmundicia,
como la piedra que da tumbos para siempre en el
       fondo de las aguas,
como trapos en una ventana a la salida de la ciudad, como el piso de una triste jaula de aves enfermas, como el ruido del agua en los lavatorios públicos, como el golpe a un caballo ciego,
como el éter fétido que se demora sobre los techos, como el lejano gemido del zorro
cuyas carnes desgarra una trampa escondida a la
       orilla del estanque,
como tanto tallo quebrado por los amantes en las
       tardes de verano,
como centinela sin órdenes ni armas,
como muerta medusa que muda su arco iris por la
       opaca leche de los muertos,
como abandonado animal de caravana,
como huella de mendigos que se hunden al vadear
       una charca que protege su refugio,
como todo eso ¡oh varado entre los sabios cirios!

¡Oh surto en las losas del ábside!



[Poemas añadidos en la edición de Summa de Maqroll el Gaviero (Poesía 1948-1970) (1973)]

Se hace un recuento de ciertas visiones memorables de Maqroll el Gaviero, de algunas de sus experiencias en varios de sus viajes y se catalogan algunos de sus objetos más familiares y antiguos

Soledad

       En mitad de la selva, en la más oscura noche de los grandes árboles, rodeado del húmedo silencio esparcido por las vastas hojas del banano silvestre, conoció el Gaviero el miedo de sus miserias más secretas, el pavor de un gran vacío que le acechaba tras sus años llenos de historias y de paisajes. Toda la noche permaneció el Gaviero en dolorosa vigilia, esperando, temiendo el derrumbe de su ser, su naufragio en las girantes aguas de la demencia. De estas amargas horas de insomnio le quedó al Gaviero una secreta herida de la que manaba en ocasiones la tenue linfa de un miedo secreto e innombrable. La algarabía de las cacatúas que cruzaban en bandadas la rosada extensión del alba, lo devolvió al mundo de sus semejantes y tornó a poner en sus manos las usuales herramientas del hombre. Ni el amor, ni la desdicha, ni la esperanza, ni la ira volvieron a ser los mismos para él después de su aterradora vigilia en la mojada y nocturna soledad de la selva.

La carreta

       Se la entregaron para que la llevara hasta los abandonados socavones de la mina. Él mismo tuvo que empujarla hasta los páramos sin ayuda de bestia alguna. Estaba cargada de lámparas y de herramientas en desuso.
       Fue al día siguiente de comenzar el viaje cuando, en un descanso en el camino, advirtió en los costados del vehículo la ilustrada secuencia de una historia imposible.
       En el primer cuadro una mujer daba el pecho a un guerrero herido en cuya abollada armadura se leían sentencias militares escritas en latín. La hembra sonreía con malicia mientras el hombre se desangraba mansamente.
       En el segundo cuadro una familia de saltimbanquis cruzaba las torrentosas aguas de un río, saltando por sobre grandes piedras lisas que obstruían la corriente. En la otra orilla la misma mujer del cuadro anterior les daba la bienvenida con anticipado júbilo en sus ademanes.
       En el otro costado de la carreta la historia continuaba: en el primer cuadro, un tren ascendía con dificultad una pendiente, mientras un jinete se adelantaba a la locomotora meciendo un estandarte con la efigie de Cristóbal Colón. Bajo las plateadas ramas de un eucalipto la misma hembra de las ilustraciones anteriores mostraba a los atónitos viajeros la rotundez de sus muslos mientras espulgaba concienzudamente su sexo.
      El segundo cuadro mostraba un combate entre guerrilleros vestidos de harapos y soldados con vistosos uniformes y cascos de acero. Al fondo, sobre una colina, la misma mujer escribía apaciblemente una carta de amor, recostada contra una roca color malva.
       Olvidó el Gaviero el cansancio de su tarea, olvidó las miserias sufridas y el porvenir que le deparaba el camino, dejó de sentir el frío de los páramos y recorría los detalles de cada cuadro con la alucinada certeza de que escondían una ardua enseñanza, una útil y fecunda moraleja que nunca le sería dado desentrañar.

Letanía

       Esta era la letanía recitada por el Gaviero mientras se bañaba en las torrenteras del delta:

Agonía de los oscuros
recoge tus frutos.
Miedo de los mayores
disuelve la esperanza.
Ansia de los débiles
mitiga tus ramas.
Agua de los muertos
mide tu cauce.
Campana de las minas
modera tus voces.
Orgullo del deseo
olvida tus dones.
Herencia de los fuertes
rinde tus armas.
Llanto de las olvidadas
rescata tus frutos.

      Y así seguía indefinidamente mientras el ruido de las aguas ahogaba su voz y la tarde refrescaba sus carnes laceradas por los oficios más variados y oscuros.


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