Pablo
Neruda
(1904–1973)
Residencia
en la Tierra (1925-1932):
Libro 1
Parte II
LA NOCHE DEL SOLDADO
Yo hago la noche del soldado, el
tiempo del hombre sin melancolía ni exterminio, del tipo tirado lejos
por el océano y una ola, y que no sabe que el agua amarga lo ha separado
y que envejece, paulatinamente y sin miedo, dedicado a lo normal de la
vida, sin cataclismos, sin ausencias, viviendo dentro de su piel y de su
traje, sinceramente oscuro. Así, pues, me veo con camaradas estú-pidos y
alegres, que fuman y escupen y horrendamente beben, v que de repente caen,
enfermos de muerte. Porque, dónde están la tía, la novia, la suegra, la
cuñada del soldado? Tal vez de ostracismo o de malaria mueren, se ponen
fríos, amarillos, y emigran a un astro de hielo, a un planeta fresco, a
descansar, al fin, entre muchachas y frutas glaciales, y sus cadáveres,
sus pobres cadáveres de fuego, irán custodiados por ángeles
alabastrinos a dormir lejos de la llama y la ceniza.
Por cada día que cae, con su
obligación vesperal de sucumbir, paseo, haciendo una guardia
innecesaria, y paso entre mercaderes mahometanos, entre gentes que
adoran la vaca y la cobra, paso yo, inadorable y común de rostro. Las
meses no son inalterables, y a veces llueve: cae, del calor del cielo,
una impregnación callada como el sudor, y sobre los grandes vegetales,
sobre el lomo de las bestias feroces, a lo largo de cierto silencio, estas
plumas húmedas se entretejen y alargan. Aguas de la noche, lágrimas del
viento Monzón, saliva salada caída como la espuma del caballo, y lenta
de aumento, pobre de salpicadura atónita de vuelo.
Ahora, ¿dónde está esa curiosidad
profesional, esa ternura, abatida que sólo con su reposo abría brecha,
esa conciencia resplandeciente cuyo destello me vestía de ultraazul?
Voy, respirando como hijo hasta el corazón de un método obligatorio, de
una tenaz paciencia física, resultado de alimentos y edad acumulados cada
día, despojado de mi vestuario de venganza y de mi piel de oro. lloras de
una sola estación ruedan a mis pies, y un día de formas diurnas y
nocturnas está casi siempre detenido sobre mí.
Entonces, de cuando en cuando, visito
muchachas de ojos y caderas jóvenes, seres en cuyo peinado brilla una
flor amarilla como el relámpago. Ellas llevan anillos en cada dedo del
pie, y brazaletes, y ajorcas en los tobillos, y además, collares de
color, collares que retiro y examino, porque yo quiero sorprenderme ante
un cuerpo ininterrumpido y compacto, y no mitigar mi beso. Yo peso con mis
brazos cada nueva estatua, y bebo su remedio vivo con sed masculina y en
silencio. Tendido, mirando desde abajo la fugitiva criatura, trepando por
su ser desnudo hasta su sonrisa: gigantesca y triangular hacia arriba,
levantada en el aire por dos senos globales, fijos ante mis ojos como dos
lámparas con luz, de aceite blanco y dulces energías. Yo me encomiendo a
su estrella morena, a su calidez de piel, e inmóvil bajo mi pecho como un
adversario desgraciado, de miembros demasiado espesos v débiles, de
ondulación indefensa: o bien girando sobre sí misma como una rueda
pálida, dividida de aspas y dedos, rápida, profunda, circular, como
una estrella en desorden.
Ay, de cada noche que sucede, hay algo
de brasa abandonada que se gasta sola, y cae envuelta en ruinas, en medio
de cosas funerales. Yo asisto comúnmente a esos términos, cubierto de
armas inútiles, lleno de objeciones destruídas. Guardo la ropa y los
huesos levemente impregnados de esa materia seminocturna: es un polvo
temporal que se me va uniendo, v el dios de la substitución vela a
veces a mi lado, respirando tenazmente, levantando la espada.
COMUNICACIONES DESMENTIDAS
Aquellos días extraviaron mi
sentido profético, a mi casa entraban los coleccionistas de sellos, y
emboscados, a altas horas de la estación, asaltaban mis cartas,
arrancaban de ellas besos frescos, besos sometidos a una larga residencia
marina, y conjuros que protegían mi suerte con ciencia femenina y
defensiva caligrafía.
Vivía al lado de otras casas, otras
personas y árboles tendiendo a lo grandioso, pabellones de follaje
pasional, raíces emergidas, palas vegetales, cocoteros directos, y, en
medio de estas espumas verdes, pasaba con mi sombrero puntiagudo y un
corazón por completo novelesco, con tranco pesado de esplendor, porque a
medida que mis poderes se roían, y destruídos en polvo buscaban
simetría como los muertos en los cementerios, los lugares conocidos, las
extensiones hasta esa hora despreciadas y los rostros que como plantas
lentas brotaban en mi abandono, variaban a mi alrededor con terror y
sigilo, cerro cantidades de hojas que un otoño súbito trastorna.
Loros, estrellas, y además el sol
oficial y una brusca humedad hicieron nacer en mí un gusto ensimismado
por la tierra y cuanta cosa la cubría, y una satisfacción de casa vieja
por sus murciélagos, una delicadeza de mujer desnuda por sus uñas,
dispusieron en mí como de armas débiles y tenaces de mis facultades
vergonzosas, y la melancolía puso su estría en mi tejido, y la carta
de amor, pálida de papel y temor, sustrajo su araña trémula que apenas
teje y sin cesar desteje y teje. Naturalmente, de la luz lunar, de su
circunstancial prolongación, y más aún, de su eje frío, que los
pájaros (golondrinas, ocas) no pueden pisar ni en los delirios de la
emigración, de su piel azul, lisa, delgada y sin alhajas, caí hacia el
duelo, corno quien cae herido de arma blanca. Yo soy sujeto de sangre
especial, y esa substancia a la vez nocturna y marítima me hacía
alterar y padecer, y esas aguas subcelestes degradaban mi energía y lo
comercial de mi disposición.
De ese modo histórico mis huesos
adquirieron gran preponderancia en mis intenciones: el reposo, las
mansiones a la orilla del mar me atraían sin seguridad, pero con destino,
y una vez llegado al recinto, rodeado del coro mudo y más inmóvil,
sometido a la hora postrera y sus perfumes, injusto con las geografías
inexactas y partidario mortal del sillón de cemento, aguardo cl tiempo
militarmente, y con el florete de la aventura manchado de sangre olvidada.
EL DESHABITADO
Estación invencible! En los lados
del cielo un pálido cierzo se acumulaba, un aire desteñido e invasor, y
hacia todo lo que los ojos abarcaban, como una espesa leche, como una
cortina endurecida existía, continuamente. De modo que el ser se
sentía aislado, sometido a esa extraña substancia, rodeado de un cielo
próximo, con el mástil quebrado frente a un litoral blanquecino,
abandonado de lo sólido, frente a un transcurso impenetrable y en uncí
casa de niebla. Condenación y horror! De haber estado herido y
abandonado, o haber escogido las arañas, el luto y la sotana. De haberse
emboscado, fuertemente ahito de este mundo, y de haber conversado sobre
esfinges y oros y fatídicos destinos. De haber amarrado la ceniza al
traje cotidiano, y haber besado el origen terrestre con su sabor a olvido.
Pero no. No.
Materias frías de la lluvia que caen
sombríamente, pesares sin resurrección, olvido. En mi alcoba sin
retratos, en mi traje sin luz, cuánta cabida eternarmente permanece, y el
lento rayo recto del día cómo se condensa hasta llegar a ser una sola
gota oscura.
Movimientos tenaces, senderos
verticales a cuya flor final a veces se asciende, compañías suaves o
brutales, puertas ausentes! Como cada día un pan letárgico, bebo de un
agua aislada!
Aúlla el cerrajero, trota el caballo,
el caballejo empapado en lluvia, y el cochero de largo látigo tose, el
condenado! Lo demás, hasta muy largas distancias, permanece inmóvil,
cubierto por el mes de junio, y sus vegetaciones mojadas, sus animales
callados, se unen como olas. Sí, qué mar de invierno, qué dominio
sumergido trata de sobrevivir, y, aparentemente muerto, cruza de largos
velámenes, mortuorios esta densa superficie?
A menudo, de atardecer acaecido,
arrimo la luz a la ventana, v me miro, sostenido por maderas miserables,
tendido en la humedad como un ataúd envejecido, entre paredes
bruscamente débiles. Sueño, de una ausencia a otra, y a otra distancia,
recibido y amargo.
EL JOVEN MONARCA
Como continuación de lo leído y
precedente de la página que sigue debo encaminar mi estrella al
territorio amoroso.
Patria limitada por dos largos brazos
cálidos, de larga pasión paralela, y un sitio de oros defendidos por
sistema y matemática ciencia guerrera. Sí, quiero casarme con la más
bella de Mandalay, quiero encomendar mi envoltura terrestre a ese ruido de
la mujer cocinando, a ese aleteo de falda y pie desnudo que se mueven y
mezclan como viento y hojas.
Amor de niña de pie pequeño y gran
cigarro, flores de ámbar en el puro y cilíndrico peinado, y de andar en
peligro, como un lirio de pesada cabeza, de gruesa consistencia.
Y mi esposa a mi orilla, al lado de mi
rumor tan venido de lejos, mi esposa birmana, hija del rey.
Su enrollado cabello negro entonces
beso, y su pie dulce y perpetuo: y acercada ya la noche, desencadenado su
molino, escucho a mi tigre y lloro a mi ausente.
ESTABLECIMIENTOS NOCTURNOS
Difícilmente llamo a la realidad,
como el perro, y también aúllo. Cómo amaría establecer el diálogo del
hidalgo y el barquero, pintar la jirafa, describir los acordeones,
celebrar mi musa desnuda y enroscada a mi cintura de asalto y residencia.
Así es mi cintura, mi cuerpo en general, una lucha despierta y larga, y
mis riñones escucha.
Oh, Dios, cuántas ranas habituadas a
la noche, silbando y roncando con gargantas de seres humanos a los
cuarenta años, y qué angosta y sideral es la curva que hasta lo más
lejos me rodea! Llorarían en mi caso los cantores italianos, los doctores
de astronomía ceñidos por esta alba negra, definidos hasta el corazón
por esta aguda espada.
Y luego esa condensación, esa unidad
de elementos de la noche, esa suposición puesta detrás de cada cosa, y
ese frío tan claramente sostenido por estrellas.
Execración para tanto muerto que no
mira, para tanto herido de alcohol o infelicidad, y loor al nochero, al
intelligente que soy yo, sobreviviente adorador de los cielos
ENTIERRO EN EL ESTE
Yo trabajo de noche, rodeado de
ciudad,
de pescadores, de alfareros, de difuntos quemados
con azafrán y frutas, envueltos en muselina escarlata:
bajo mi balcón esos muertos terribles
pasan sonando cadenas y flautas de cobre,
estridentes y finas y lúgubres silban
entre el color de las pesadas flores envenenadas
y el grito de los cenicientos danzarines
y el creciente y monótono de los tamtam
y el humo de las maderas que arden y huelen.
Porque una vez doblado el camino, junto al turbio río,
sus corazones, detenidos o iniciando un mayor movimiento
rodarán quemados, con la pierna y el pie hechos fuego,
y la trémula ceniza caerá sobre el agua,
flotará como ramo de flores calcinadas
o como extinto fuego dejado por tan poderosos viajeros
que hicieron arder algo sobre las negras aguas, y devoraron
un aliento desaparecido y un licor extremo.
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