Juan
Carlos Onetti
(Montevideo, 1909 - Madrid,
1994)
Mascarada
María Esperanza entró al parque
por el camino de ladrillos que llevaba hasta el lago entre sombras de
arboles y torcía justamente al llegar a la orilla chocando contra la luz
de los reflectores, las espaldas todas negras de la gente que miraba
deslizarse las lanchas con banderines y música, los danzarines en la isla
artificial. Estaba cansada y los tacones, tan altos como nunca los había
usado, le hacían arder un dolor como una herida en los tendones de los
tobillos. Se detuvo; pero no era ahí, sentía sin saber por qué, que no
era y además tenía miedo de aquellas caras absortas, graves o
sonrientes, miedo porque eran caras tan semejantes a la suya misma bajo la
violenta, blanca, roja y negra pintura con que la había cubierto, miedo
de que las caras miraran comprendiendo su fraternidad y la miraran en
seguida con odio por estar haciendo algo que no debía hacerse cuando se
tenía una cara así, cuando se la había tenido, unas pocas horas antes,
sin pintura y limpia frente al espejo, luminosa, alegre, con el cabello
goteando agua y sin vergüenza.
Caminó por la
orilla del lago que hendía la sombra y la arboleda, con la música de la
danza en la isla temblando en el aire que le rodeaba el cuello. Se sentó
en un banco y sacó los talones de los zapatos, cerrando los ojos,
inflando la cara al suspirar, feliz y soñolienta al abandonarse a lo que
contenía la noche, una lejana música y un olor de flores. Pero vino el
recuerdo de aquella espantosa cosa negra que había sucedido unas horas
antes, en seguida de la presencia de su cara limpia en el espejo y el
rostro malicioso del recuerdo amenazaba tocar su corazón, asustar su
cuerpo flojo sobre el banco. Se levantó, caminando ahora hacia el lado
del parque que daba a la rambla.
A medida que
se acercaba a las luces y comenzaba a distinguir los carteles luminosos
del circo y las luces de colores de los kioscos, y la música del ballet
en el lago moría a sus espaldas mientras las marchas y los tangos de los
cafés se acercaban a sus mejillas, iba enderezando el cuerpo, alargando
los pasos, haciéndolos más lentos y remedando el andar ensayado antes de
salir. También llevaba ahora la última cabeza contemplada en el espejo,
muy levantada, con las cejas arqueadas y una promesa de sonrisa.
Ya estaba
entre los ruidos de la otra zona del parque, ensordecida por la mezcla de
música, risas, llamados a los mozos, frases repetidas por los mozos a los
mostradores. Todavía le quedaba, inmediatamente antes de la intensa luz y
el estrépito, una sombra de un árbol desde donde mirar los tablados y
sus recogidas cortinas. Un trío de zapateadozes golpeaba en un escenario,
vestidos de marineros.
La mujer,
pequea, se movía entre los dos gigantes. Uno de los hombres tenía una
cara clara y triste donde colgaba la nariz; el otro era delgado, de frente
estrecha y pelo negro y aceitoso y toda su cabeza, su mismo estrecho
cuerpo al balancearse mostraban un incurable, un activo resentimiento con
la vida. Ella era rubia y sonreía acalorada, roja, sonreía con dientes
de nio, sacudiendo el pelo, marcando de manera excesiva el compás con
los brazos, los pies y las caderas, sonreía, con un foco de luz blanca en
la cara implacablemente quemando su cara, rayéndole la nariz con su
blancura.
A la derecha
un hombre de frac mostraba al público un mono encogido sobre una mesa,
vestido de groom, mientras otro mono, más grande, triste, de pesados
movimientos, guiaba los ojos apretando un acordeón entre los brazos,
sacando siempre la misma nota, el mismo soplo que sonaba definitivo. El
hombre de frac hablaba muequeando con voz enronquecida y la gente reía a
carcajadas, siempre de acuerdo, hacía una pausa de silencio y frescura y
volvía a reír de golpe, sin que María Esperanza, riendo apoyada en el
árbol, con la mano apretando un nudo de la corteza, pudiera saber si
reía del hombre, de lo que decía el hombre o de cual de los monos.
A la
izquierda, más lejos, detrás de una hilera de lámparas blancas y azules
—un azul tan triste, tan desagradable como nunca había visto, como no
imaginaba que pudiera ser nunca un azul— encima de una música de piano
que parecía girar repitiendo siempre lo mismo, una mujer vestida de
hombre, con gorra y un pauelo rojo al cuello cantaba con voz
incomprensible, fumando. Mirando a un lado y otro como si siguiera el
viaje de sus palabras en el aire y quisiera saber hasta dónde podrían
llegar, hasta dónde lograba empujarlas y encima de la cabeza de qué
espectador caían, abajo de que mesa y en qué porción de tierra con
pasto aplastado terminaban. Sobre el lejano escenario la mujer vestida de
hombre no tenía cara. María Esperanza quedó con las espaldas recortadas
al arbol, el mundo en las vértebras. Nada podía saber de lo que la mujer
estaba cantando, pero alguna palabra escapada de la fiesta nocturna venía
a darle una triste felicidad como la de un rato atrás, perdida en la
sombra del banco. El cielo era negro y al mirarlo sintió que un aire
frío llegaba de la playa, un aire que podía acabar con su energía y
entregarla en forma definitiva al desconsuelo ella y su cuerpo,
contemplados por el rostro malicioso del recuerdo en que no debía pensar.
Dejó el
árbol y se puso a andar entre las mesas. Al dar un paso nadie la miraba y
al mover la otra pierna todas las cabezas se volvían para mirarla, todas
las sonrisas, los ojos brillantes, las caras con sudor giraban hacia ella,
pero ya al paso siguiente avanzaba sola, no vista por nadie. Se detuvo. Se
detuvo indecisa frente a la mesa de un hombre gordo de retinto bigote que
bebía un jarro de cerveza, sin mirarla, mirando por encima de la espuma
de la cerveza el zapateo en el escenario. Estaba sola como si hubiera
traído el árbol consigo, como si escondiera el perfil en la tajeada
corteza y la mano pudiera apoyarse, olvidada, en el nudo de borde pulido.
Una mujer
movió un sombrero con flores al inclinarse riendo y en seguida las tres
caras de los zapateadores estaban mirándola, todos los rostros se habían
vuelto hacia ella y por más que caminara, sin perder, oh, gracias a Dios,
aquel andar amorosamente ensayado, siempre tenía que pisar tontamente en
el sitio donde la luz era más fuerte, donde convergían las luces de
colores, las miradas de todas las personas sentadas a las mesas y que
paseaban sin prisa, solas, en parejas, con niños, sin prisa por el parque
en la fresca noche de verano. María Esperanza cerró los ojos, sintió
que tenía una mueca en la boca, volvió a abrir los ojos y avanzó hacia
la mesa del hombre gordo que bebía su cerveza y que la descubrió de
pronto e hizo una cara de bondad mientras movía un poco con dos dedos el
nudo de su corbata, tironeaba de las puntas del chaleco, apartaba sobre la
mesa la jarra de cerveza. Mirándola siempre con una expresión bondadosa,
tan bondadosa que ella susurró que no y pasó de largo, rozando el cuerpo
en una hilera de cañas de hojas filosas que repitieron, arrastrándolo,
su susurro.
Un escándalo
de aplausos resonó allá a la izquierda, mientras la mujer vestida de
hombre se inclinaba, la gorra en la mano, el pelo desparramado hasta casi
tocar las lamparillas blancas y azules de aquel azul repugnante que era
capaz de enfermarla a ella María Esperanza, sudando, sintiendo como se
ablandaba la pintura de su cara y el dolor que le hacían los tacones se
le hundía como un filo en los tobillos.
Y en seguida
de los aplausos otra vez se pusieron, todo el mundo se puso a mirarla y la
tonadillera que apareció dando una vuelta por el escenario después de
los zapateadores, caminando rápidamente mientras la orquesta tocaba
rápidamente un paso doble, se clavó una mano en la cintura y cantó
riendo, mirándola, caminó dos o tres pasos y volvió a cantar para ella,
mirándola, burlándose, conversando solamente con ella mientras un
temblor de risa se corría por las cabezas del público en las mesas.
Entonces
abandonó la pared de cañas y se acercó a un hombre flaco, que fumaba
sin moverse, con un sombrero de paja abandonado contra la nuca y se detuvo
a punto de tocarlo, mirándole la cara. El hombre continuó fumando y sus
ojos pequeos y tristes miraban siempre hacia adelante. Ella giró
velozmente y fue, recta, pero ahora con la marcha suya de todos los días,
despacio, las manos colgando, hasta la mesa del hombre gordo que está
bebiendo una segunda jarra de cerveza que dejó en seguida, al verla
llegar, para repetir su sonrisa de bondad hasta que ella se sentó a su
lado en la mesita de hierro. Vio que por un instante el hombre gordo la
estuvo mirando con su cara de bondad. Luego la ensombreció para llamar al
mozo, volvió a sonreír-aquella gruesa dulzura de jarabe que parecía
explicar que ella, María Esperanza, era hija de un hombre gordo de bigote
negro que tomaba cerveza en el parque en la fresca noche de verano-, le
tomó una mano del regazo la llevó siempre cubierta por la suya hasta
encima de la mesa y le hizo una pregunta, una risa, otra pregunta por todo
dos preguntas que ella no alcanzó a comprender.
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