Óscar Collazos
(Bahía Solano, 1942 - Bogotá, 2015)

Biografía del desarraigo
(Buenos Aires: Siglo XXI, 1974, 143 págs.)


1

      Desde los doce años me ha perseguido una imagen que hoy, al recordarla, por lo difusa no deja de ser menos patética: nuestra casa, en un azaroso barrio de estibadores y pequeños empleados públicos, rodeada de construcciones de paja, robándole tierra al mar, resaca, un profundo olor a porquerías arrastradas por la última marejada, nuestra casa daba al matadero municipal. Todas las noches y en las madrugadas, antes de dormirme o al despertarme sorpresivamente, escuchaba la gritería de los matarifes, sus abiertas obscenidades. Imaginaba el tumulto, las vacas degolladas, las piezas pendientes de los ganchos, todavía sangrantes. No sé qué extraño sabor de aventura había en las historias que al día siguiente se referían en la escuela pero, para nosotros, niños de ocho a diez años, los matarifes siempre fueron héroes implacables y desafío infranqueable. Hacía falta escuchar la referencias de sus peleas, el dramatismo de sus lances, la honda repercusión de su promiscuidad, recrearlas, ese espacio en el que después de la medianoche se movían y desplazaban como sobre un territorio inaccesible.
       He recordado muchas veces el acontecimiento y tantas veces he vuelto a olvidarlo: parece que, entonces, me había levantado para recoger la sangre recién vertida del ganado. No sé por qué razón la Madre supo que los desayunos serían menos flacos e irrisorios. Y ya en medio de los matarifes, que ahora oficiaban de cirujanos, sentía el olor de la sangre, los restos de las reses recién lavadas, el sudor agrio de las mujeres que limpiaban las vísceras, los últimos toques del descuartizamiento: se formaba a su alrededor el grupo de mujeres y niños que, una vez desprendido el pellejo del cuerpo, darían el toque final: escarbar el cuero, sacar los restos de carne, luchar hasta que la piel se hiciera transparente. No era tanto la posibilidad de un almuerzo, la perspectiva de una penosa comida, sino la oportunidad de un flaco negocio. En las mañanas, las piltrafas se venderían en el vecindario, era el alboroto, y qué decir de las ofertas y las aglomeraciones porque, en verdad, eran tiempos difíciles.
       No había llegado aún al matadero cuando oí los primeros gritos y vi que un muchacho salía con la cara salpicada de sangre. Detrás de él, una gruesa y bamboleante mujer, con un cuchillo en la mano, sosteniendo en la otra un pesado paquete de piltrafas, gritaba:
       —¡Ladrón, ladrón de mierda! ¡Maricón, ladrón de mierda!
       Y diez metros más adelante, el muchacho caía al suelo, retorciéndose: la mujer se tiraba sobre su cuerpo y le quitaba la lonja de carne, delgada, todavía con algunos residuos de pellejo sin desprender. El muchacho se limpiaba el rostro, los gritos subían y sus retorcimientos se hacían más graves: iba quitándose la sangre de los pómulos, dejando ver la herida que había interrumpido sus emanaciones para convertirse en una especie de labio abierto y blancuzco. “Te dije que ese cuero era mío”, advirtió la mujer. “Aquí cada cuero es del primero que lo agarre”, dijo él. Y el muchacho trataba de levantarse inútilmente porque, entonces, sí cayó extendido sobre el pavimento, disminuyendo el tono de sus lamentos: la mujer reaccionó y volvió a tirarle un lance a la cara. El muchacho trató de defenderse con el brazo desnudo: un chorro de sangre salió de la nueva herida. Los matarifes miraban: el Manco le mandaba la mano a las nalgas de la negra. Esta devolvía el gesto con una caricia en la verga del Manco. El más gordo se rascaba la espalda dejando las huellas de un rojo pálido en la camisa deshecha y el muchacho trataba de defenderse de la última arremetida de la mujer y ahora un coro regular trataba de alentarlo:
       —¡Te vas a dejar matar, so maricón!
       —¡Defiéndete, gran marica!
       Habían hecho un círculo de espectadores: el Manco le acariciaba los senos a la negra y el más gordo limpiaba sus brazos ensangrentados en ese delantal hecho ripios que después subía hasta la barbilla.
       Una hora después, era la calma.
       El muchacho había cedido y la mujer exhibía las piltrafas, triunfante: el trofeo de su batalla. Volvía a la piel y desprendía de ella los residuos de carne que se iban amontonando en el recipiente metálico.
       Volví a casa con las manos vacías. El desayuno no sería menos irrisorio.
       Muchas noches oí los gritos y creí estar allí, asistiendo al degollamiento de los animales, pero también a una diaria, sórdida pelea por los pellejos disputados. Nunca llegaron a ser verdaderas pesadillas ni el sueño acabó en las reiteraciones circulares de los sueños que van camino de la pesadilla. Lo único cierto es que ante esta violencia poco iba quedando claro en mi memoria: no sé si haya sido un oscuro sentimiento de piedad al recordarlo, pero siempre imaginé que cada noche un muchacho negro era arrastrado hacia los ganchos, sacrificado, descuartizado y luego arrojado al mar, acompañado por las oraciones de una mujer que llevaba de rosario el pellejo deshecho de un toro y de reliquia el corazón sangrante de la víctima.
       Esta forma de violencia nunca volvió a ser recordada: entraba en esa zona vedada de la vulgaridad, cuando esa abstracción del arte se refugiaba en otras no menores e inasibles maravillas. Yo mismo empecé a creer que pertenecían a acontecimientos insignificantes.
       Sin embargo, vuelvo sobre ellos y creo que, también allí, en esa batida diaria, la sangre era inferior a nuestro pellejo o pellejo y sangre eran el precio que aquel mundo imponía a nuestra supervivencia.
       Al lado del matadero —recuerdo— un coro de niñas cantaba todas las mañanas el “Ave María”, y la maestra, cuando las voces se destemplaban, pedía que se empezara de nuevo con el Himno Nacional.


2

      El nueve de abril de mil novecientos cuarenta y ocho, después de escuchar las noticias de la capital sobre el asesinato del líder populista Jorge Eliécer Gaitán, mi padre, a la postre cabo del Ejército, conservador de partido, guardacostas y constructor de un barco que nunca se haría a la mar, fue acuartelado como medida preventiva: los liberales exigían su inmediata ejecución.

3

      El Padre estaba sentado en la sala: hojeaba los periódicos, se detenía en las noticias, doblaba la página, tomaba un lápiz y empezaba a subrayar nombres de caballos sobre las columnas de pronósticos. La Madre, en la cocina, sudaba. Silenciosa. Siempre fue una mujer silenciosa, como si en el papel que le asignaron todo fuese una larga y penosa acotación. Los Hermanos, afuera, correteaban: jugaban a tipos y bandidos.

    (El menor es un oscuro inspector de Chicago acribillado a balazos en el momento en que lleva al éxito final su operación y sueña con una generosa recompensa. El inspector Warren, haciendo los preparativos de la captura, ante un enorme mapa de la ciudad, desplegado. Dos de sus agentes de confianza siguen las señales que va trazando con el lápiz. El otro hermano juega al póquer en un cuchitril lleno de humo y pistolas, chalecos, terror en el silencio que aguarda el primer movimiento falso para iniciar la balacera. Su mirada está concentrada en el movimiento de las cartas, en las manos que las barajan y tiran sobre la mesa. El hermano menor o inspector Warren irrumpe intempestivamente en la guarida de hampones y estos arrojan las cartas, voltean la mesa, apagan las luces de un balazo. El inspector Warren es herido en un brazo. Otro hermano, el buscado Jerry Newman, cae desplomado, sin ninguna lamentación. Saldo final: la cuadrilla eliminada, dos policías asesinados y el hermano menor —inspector Warren—, lamentablemente muerto por un sobreviviente, en ejercicio de sus funciones.)

El Padre dejaba los periódicos y se asomaba a la puerta: la batalla había cesado y de ella no quedaban más huellas que el rostro exaltado de sus actores. Ordenaba entrar, levantaba la cabeza hacia el cielo, “va a llover”, y entraba de nuevo a la sala. Yo retiraba los ojos del libro y oía los gritos del Padre, esta vez encolerizado. “¡Eso cuesta, carajo! ¿O es que han creído que me regalan la ropa?”, gritaba, levantando la mano y asentándola sin clemencia sobre sus cuerpos.
       La Madre acababa de fregar los platos y los ordenaba en la alacena que el Padre hizo con los restos de una caja de madera inservible. La Madre se lavaba las manos y regresaba a la sala. “Va a llover”, repetía el Padre. Y era como si dijera: “Otra vez el puto barro de la calle”. Ya habíamos escuchado varios truenos repetidos en la tarde y el toque de tambores de los negros del barrio. “Otra vez con su tum-tum”, decía el Padre. Pero ese tum-tum nos agradaba. Movíamos los pies a su compás, el cuerpo se nos agitaba, nos sentíamos atraídos hacia el mundo imaginado de una danza que, apenas, alcanzábamos a ver desde la calle: imaginábamos el sudor de los cuerpos, el roce de los cuerpos, el vaivén de los cuerpos, el frenético movimiento de las nalgas, el desplegar de los brazos, los gritos y la monotonía creciente que creaba sus propias variaciones. “¿Qué es eso?”, preguntaba el Padre, mirando hacia el libro que acababa de dejar. “Un libro”, respondía. “Sí ya sé que es un libro”. Y no abundaba en preguntas. Era La vida de Jesús, de Renan. Recordaba que ayer había leído en voz alta párrafos de esa atrevida vida de Jesús. Por un momento el Padre dejó el periódico y sentí que fijaba su atención en mi lectura. Pude saber que la seguía. “¿Quién le ha dicho que lea esas cosas?”. Nadie, nadie lo había dicho. Era un libro prohibido. Esa era la razón más simple.
       El Padre repite su gesto con escepticismo: contrae los músculos de la cara, se lleva el cigarrillo a la boca y mira hacia un sitio impreciso. El Padre.
       —Anoche hirieron a un muchacho en el matadero —dijo uno de los hermanos.
       —Esos negros se dan cuchillo por cualquier cosa —contestó el Padre.
       El Padre odiaba a los negros. Entonces, no sabía por qué nos traía a este barrio, a esta ciudad de negros. ¿Éramos, acaso, negros a nuestra manera?
       ¿Cómo resistir la tentación de pensarse y sentirse negro, si también nosotros éramos tributarios de esa misma miseria, partícipes de la misma patética segregación? En la soberbia del Padre nunca estuvo esta reflexión. Yo, en cambio, siempre alenté un sentimiento de rabia, a punto de estallar, ese sentimiento de rabia que —pensaba— algún día acabaría en la más implacable rebelión. Padre los odiaba y quería que también nosotros los odiáramos. Yo soñaba ese odio: se convertía en pesadilla. Nada más lo soñaba. Como soñaba, de nuevo, que un muchacho negro era sacrificado y engarzado en los ganchos del matadero, luego desprendido y paseado en una procesión, con plañideras y deudos enlutados: llevaban como rosario las vísceras descompuestas de las vacas sacrificadas en la madrugada y de reliquia el corazón sangrante de la víctima.
       —Vayan a lavarse y luego se acuestan —ordenaba el Padre, sin mirarme, como si su autoridad llegara al límite con mi presencia.
       Después encendía la radio. Siempre encendía la radio a la hora de las noticias. Esta imagen, por lo trivial, no carece de importancia: hay cierta febrilidad en el gesto de encender la radio, en los desplazamientos del dial, en la sintonía definitiva de las noticias, como si aguardara de ellas algo esperado desde siempre. “Dejen la bulla”, decía. Escuchaba con atención. Luego, enmudecía.
       —Cayó mi general Rojas Pinilla —dijo para sí. Yo también escuchaba la noticia y sentí que lo decía: apenas vi el movimiento de sus labios. Subió el volumen. Se hablaba de su huida de Palacio y de la creación de una Junta Militar. Era mayo de mil novecientos cincuenta y siete.
       La exclamación posterior del Padre carecía, al menos para mí, de todo sentido. Años más tarde cobraría alguna importancia: mi Padre era el mediocre funcionario público afectado por la inminencia de cambios a todos los niveles de la administración. Su malestar, en cambio, no duró mucho. Aquella noche, ante el alboroto de todo el vecindario, el Padre enterró su malestar: se fue a dormir. Tal vez este “triunfo” era algo más que inquietante y desalentador en su vida.
       A la mañana siguiente, un montón de cigarrillos apagados rodaba por el suelo, al lado de la cama. En su cara quedaban unas ojeras amplias y en sus ojos adiviné un ardor insoportable. Desayunó en silencio. Tal vez nunca fue más grande su silencio. Me sentí tentado a preguntarle sobre el significado de las noticias, pero sabía que no iba a hallar respuesta. Ahora, quisiera reservar el episodio, dejarlo como un engranaje independiente que, tal vez, jamás se ponga en movimiento. Tomaba de nuevo mi libro de Renan y lo confundía entre los textos escolares. ¿Por qué razón este francés, decrépito y obstinado por su soberbia, me obsedía? Llevaba conmigo la única posibilidad de diálogo, porque el Padre no tenía más diálogo que las recriminaciones traducidas en monosílabos o en silencios: se sumía en ellos para imponer su autoridad. Los caballos, esos sí eran su verdadero diálogo: un penoso diálogo con el azar.
       Yo escarbaba entre los estantes de la biblioteca pública, repasaba los incomprensibles volúmenes de arte. Sin embargo, no había ninguna seducción en ellos, como no fuera la de los desnudos o imágenes deslumbrantes de ciudades desconocidas. A las nalgas de un Rubens añadía flechas, exclamaciones y falos imperfectos y monumentales. Y leía a Renan o, a veces, ese Voltaire que llevaba entre mis cuadernos. A los David les buscaba vellosidades y de pronto se me antojaba convertir la Capilla Sixtina en un prostíbulo animado por una extraña música litúrgica. A Goya le dedicaba mi asombro y una risa de incomprensión cuando recorría sus dibujos, ese diabólico sueño de la razón vomitando monstruos: quería desnudar a La maja vestida y ponerle bikinis a la desnuda. Esos Modigliani eran asociados con las mujeres tuberculosas del barrio, tomando el sol a las diez de la mañana, a solo dos cuadras de nuestra casa. Sobre la cúpula de Notre Dame el gótico remataba en la figura de un loro cantando obscenidades. El Bosco me movía a una incontenible hilaridad: esa cadena de monstruos y ficciones en colores era el verdadero sueño de mi razón: formaban una danza de espectros aterrados por el infierno. No había ni cabía ningún respeto en ese movimiento de pasar de una página a otra. Finalmente, sobre las páginas de pintura flamenca, imaginaba orgías, niñas regordetas sirviendo platos humeantes, destendiendo manteles, desnudándose procazmente, entregándose al gozo de una tarde sin fin, vomitando sobre las mesas, dando de mamar de sus mismas tetas húmedas de leche, cantando en un idioma incomprensible, gateando debajo de las mesas, ladrando, maullando en presencia de algún rostro hierático, inconmovible ante tan deslumbrante espectáculo.
       Los textos resultaban aburridos.
       Pese a todo, batí todas las marcas de asistencia a ese recinto en donde los libros se consumían entre el polvo, algunos vírgenes, con sus páginas sin cortar. A ese recinto en donde, debajo de la Enciclopedia Espasa repasaba las páginas de una Playboy, llena de grasa y mugre; la grasa y la mugre de nuestros dedos.
       —Quién sabe lo que pasará ahora —dijo el Padre al día siguiente.
       La Madre iba al cuarto y tendía las camas. Volvía con la escoba y sacudía el polvo: lo amontonaba y arrojaba a la calle. Tomaba el trapeador y secaba los orines del hermano recién nacido, acostado sobre el petate. Sentía que el sol arreciaba y su rostro se volvía, de nuevo, esa congelada expresión de la resignación. En la sala, mis libros. Al fondo la imagen del Corazón de Jesús recibía la pálida iluminación de la vela, a punto de extinguirse.


4

Bahía Solano

Había tantas cosas junto al mar
latas vacías restos de mensajes botellas averiadas
un olor salitroso alzándose a los rostros
dos muchachos desnudos bajo el sol del mediodía
Padre construyendo su fantástico barco
Hermano familiares pescadores borrachos
Historias de desaparecidos
Mitología
Sueño
Luz de velas prendidas en las noches
(Los negros en cumbiambas)
Un horizonte de naufragios
la esperanza en todas partes
“Si pudiéramos irnos, buscar más horizontes”
“Si la vida nos fuera menos inclemente”
Frases desmadejadas
pequeñas historias
situaciones domésticas
Había tantas cosas junto al mar
Objetos rescatados de su muerte para nuestros simples juegos
        de muchachos
Junto al mar las primeras escapadas
la muchacha de senos pequeñísimos
temblando en nuestras manos
Un beso en su boca una caricia osada
ese pudor royéndonos el rostro
Tantas cosas junto al mar
Sueños imaginarios
viajes al fondo del océano
Un día fuimos piratas
                otro mercenarios
Nos entusiasmó la orgía de las aguas revueltas por la tempestad
la luz de los crepúsculos
Ese primer amor que no deja de agitarse
Nosotros
Hijos adoptivos de la miseria
nietos de la esclavitud
sobrinos de la ignorancia
acudimos a todas las citas propuestas por una alegría
que siempre resultó un poco corta
tal vez apenas alegría
Nosotros
emparentados con inmigrantes nada supimos
de su codicia
fuimos simplemente sus parientes humildes
Podíamos habernos extinguido
Desaparecer en el entrecruce de sangres
cederles el sitio sin reproches
Sin embargo fuimos tercos
Sobrevivimos más allá de todo desalojo
Junto al mar la sobrevida era menos amarga
los sueños menos vanos
junto al mar

Había tantas cosas junto al mar
que poco a poco
Y sin clemencia
las he ido olvidando.


Fortuna en el sótano

Originalmente publicado en la revista Eco (Revista de la cultura de occidente),
Núm. 121, Tomo XXI/1 (mayo de 1970), págs. 88-101)


      Primero fueron las privaciones, a pesar de todo seguían, cada día esto se pone peor, y las tardes enteras oyéndole la lectura de su lista, esa ensarta de anotaciones sobre lo que empezaba a deber se estaba convirtiendo en una obsesiva y diaria confesión. Sobre todo su voz: la quebraba, como si fuera a enmudecer, tragándose las sílabas de una palabra inconclusa, esa voz que bajaba hasta convertirse en una especie de llanto seco que al comienzo tanto nos divertía pero que, luego, acabó por conmovernos. Su lista: no paraba de agregarle acreedores, los señalaba según su importancia, los catalogaba según el grado de tolerancia que tuvieran con la pobre, la paciencia con que recibieran eso de les rogaría el favor de esperar un poco. Llegamos a pensar que por ellos se estaba formando un amor casi religioso o preparando una burla que ella gozaría encerrada en su paciencia o, al contrario, se volvía inflexible y hasta grosera con aquellos que diariamente venían a tocar a la puerta, a insistir en el cobro de letras vencidas, en las tontas cuentas firmadas o en las promesas verbales de pásese por aquí mañana.
       Luego, lo fuimos descubriendo, estaba su capacidad de reserva: ella sola era como un ejército de hormigas almacenando migajas, llevándoselas sistemáticamente a sitios que jamás encontramos pero que estaban allí, quizás la despensa o las tripas del colchón deshecho, representando su enfermiza capacidad de ahorro, de contar y recontar de poquedades que ya no podían calcularse, a pesar de todo, de las lamentaciones, de los rezos que convertía en peticiones o imploraciones de o por la prosperidad, una milagrosa prosperidad que podría llegar después de la última oración. Pero lo absurdo de todo esto fue descubrir que el sótano se estaba llenando de extrañas cosas guardadas con un celo meticuloso, exasperante como sus sospechosas huidas al fondo, sin explicarnos, incluso cuando la veíamos llegar a mediodía, cargada de paquetes, son cacharros viejos niñas, sin responder a las preguntas que después no se siguieron haciendo porque solo hallábamos ese silencioso reproche de sus miradas o un agresivo qué hacen ustedes metiéndose en donde no les importa fisgoneándome como si yo tuviera guardado el espíritu del demonio vergüenza debería darles, olvidándose así que, de alguna manera, teníamos el derecho de interesarnos, por algo nos estábamos confinando a su lado, cuidándola, tratando de hacerle más llevadera esta terca soledad que nos enfermaba: recordar que en tres años no habíamos hecho otra cosa que acostarla levantarla cuidarla-como-a-una-recién-nacida arrojar al patio sus orines lavar sus ropas tender su cama desinfectar sus asquerosos rincones fregar sus platos almidonar sus sábanas alimentar sus pájaros soportar ese rosario de quejas seguir sus oraciones en un coro que languidecía cuando aparecía el sueño y eran bostezos, ojos entrecerrados, marrullerías disimuladas: tres años a su lado eran ya siglos enteros de sometimiento, aceptado, pensado, una manera de entregarnos a ella con la certeza de estar respondiendo a un llamado no dicho, a una necesidad que se insinuó desde el día de nuestra llegada, como verán estoy sola lo que se dice sola desde la muerte de Javier y les agradezco que hayan decidido venir aquí tal vez no lo vayan a tener todo pero ahí la iremos pasando como Dios mande, y ella era la que mandaba, disponía, deshacía de nosotras, una semana apenas y ya estaba colmándonos con sus rezongos, evocando sus días de martirio, que Javier siempre fue un descarado sinvergüenza que nunca pensó que yo podía quedar viva cuando él se fuera a los infiernos, y todo ese montón de resentimientos contra un hombre que jamás conocimos como no fuera en las conversaciones que papá a veces desmadejaba con frialdad, ese Javier siempre fue un botaratas, tuvo el porvenir en sus manos y lo entregó al desafuero, era un tipo sin ambiciones, acabar como acabó, pobre hombre. Sí: un hombre que nada nos importaba, que a duras penas conocíamos por un nombre que nada nos decía, ella siempre evocándolo con ira, con su veneno vertido en gotitas de recuerdo. No: eso era entregarse y de la peor forma.
       Fue Sonia la que vino a decirme, si vieras lo que hay en el sótano, y juntas nos fuimos desafiando las leyendas que desde nuestra llegada la tía se había esforzado en construir, el espíritu atormentado de su Javier descansando de alguna borrachera en el fondo del sótano, entre los trastos desfondados que imaginamos, porque no hay casa que no haya visitado donde he estado él también ha estado me persigue niñas me persigue a todas partes, el sótano era un sitio que se volvía inaccesible, no tanto por las porquerías de murciélagos, ratas y cucarachas, no tanto por el crujir de la madera en las escaleras, sino por ese olor de animales muertos, alimentos descompuestos, olor a muerto —como dije alguna vez—. Y allá en el fondo habíamos descubierto el espectáculo asombroso de ropas con sus etiquetas sin desprender, de artefactos eléctricos con el precio colgado de sus marcas, nevera, licuadora, sillones, cocina de gas, vajillas de Pedernal Corona sumergidas entre la paja de algún cajón abierto y cerrado con un esmero doméstico, ropones, gobelinos con escenas de caza o amor (odaliscas y caballeros extenuados en un sabroso gesto de galantería), todas estas cosas estaban ante nuestros ojos y Sonia no acertaba a decir palabra ni a salir de su perplejidad: me miraba desconcertada, como preguntándome algo, cómo ha hecho para hacerse a tantas cosas que nos faltan, cómo ha tenido el descaro de soportar esos muebles mugrosos en que nos sentamos, esas sillas maltrechas y tambaleantes, esos platos desportillados en que comemos, esas paredes arañadas y sucias que miramos todos los días esperando que de un momento a otro se vengan abajo, el roto de las sábanas, el remiendo del cubrelecho, el frío de las madrugadas, los almuerzos tristes, el asco de los inodoros.
       Y ahí estuvo Sonia destapando cajas, entreabriendo paquetes, levantando objetos en sus manos, mira la descarada: cada instante que pasaba era la acumulación de más perplejidad, algo que yo solo pude entender cuando pensé en las lamentaciones de la tía, en sus rosarios dramáticos, en sus facturas vencidas, en los acreedores que tumban la puerta, en nuestra vergüenza de salir y decirles a los acreedores: la tía no está pero dijo que si venían les repitiera que sigue sin un centavo: justo lo que habíamos creído por tres años, condolidas por su situación, consolándola con voces de resignación que ella recibía tendiéndonos su mano huesuda sobre los hombros, llevándola a nuestros cabellos como si dijera, procaz y maliciosamente: ¡pobrecitas niñas mías no vale la pena preocuparse por tan poca cosa! La caca de su ternura.
       Por un momento pensé que Sonia iba a quedarse el día entero en el sótano, pasando y repasando la presencia de esos objetos que estaban ante nosotras: la veía con aire de rabia detenida, desbordando la indignación, preguntándome algo que no pude comprender porque, entonces, yo también empecé con la enumeración de objetos, asignándoles de nuevo su nombre verdadero, calculando sus precios, no tanto porque los desconociera sino porque siempre me habían parecido inalcanzables.
       Al final, volver a subir las escaleras, a tientas, atreviéndonos a trasponer la oscuridad del zaguán, todo lo terrible que iba poseyendo a esta casa en donde, casi por azar, vinimos después de tantas amonestaciones de papá, yo les recomiendo que vayan con cuidado, están los peligros de la ciudad, dos muchachas solas, ustedes comprenden, ya están bastante creciditas, pero.
       Y, arriba, la tía estaba reposando en su mecedora, adormilada, sin poder sentir nuestros pasos cuando llegamos a la sala y Sonia la miró un momento, hubiese sido capaz de despertarla, tironearla, darle una tremenda sacudida que la estremeciera del pánico, pero no era justo que descubriera nuestro atrevimiento, así tan repentinamente, haber bajado al sitio prohibido, a esa zona vedada por el terror que ella misma nos había inculcado, por una especie de pavor que aún tenía el sentido mítico de nuestra religiosidad perdida. Entonces arrastré a Sonia del brazo hacia nuestro cuarto y allí la hice reposar. Al mirarla, vi sus ojos humedecidos y la comprendí perfectamente. No era una muchacha que pudiese soportar tanto desconcierto. Tal vez fuese el hecho de descubrir esa zona de terror representada en un sótano que acabábamos de vulnerar, en donde nos encubría el engaño. Es posible que haya llorado pensando en sus quince años cumplidos tres semanas atrás, en medio de la frialdad de un despertarse y hallar la casa igual, la voz de la tía haciendo sus declives sonoros en otra y otra lamentación, las paredes arañadas, la misma sombra de los cuartos, la penumbra tediosa de la mesa, ni siquiera un miserable “key” que podía haber fiado en la pastelería de los italianos, ni una rosa roja para llevar sobre cualquier vestido viejo, tampoco la música oportuna que la despertara y la hiciese comprender que eran sus quince, aunque solo fuese ese día, que empezase con algo excepcional, alguna clave sugerida, un asomo de afecto, una pizca de entusiasmo. No. Fueron las palabras de siempre. Nada. Ni yo misma fui capaz de darle un beso, decirle te ves preciosa Sonia: lo había reprimido de la manera más mezquina. Nada podía decirle y ahora no cabían las preguntas. Sonia no era la muchacha dócil que entendiera, de pronto, las razones inconfesables de una tía, su tramposa miseria, la precariedad filistea de sus quejas. Se sentía burlada. Se había envuelto en la sábana y escondido la cabeza entre las almohadas y apenas me llegaba el cortado sollozo que prefería no interrumpir, dejándola sola en el cuarto, esperando que al sentirme salir llamara y preguntara algo, tú debes saber, debes tener alguna explicación, en fin, tienes veinte años, debes saber por qué nos ha estado engañando, pero no.
       Salí del cuarto y todavía me llegaba apagado ese sollozo, cortado y más profundo, el sollozo de la hermana que me había ayudado a entender la desolación de la tía, la trama de su miseria, que se aliaba conmigo para asumir la complicidad de mis primeros amores en el barrio, déjame abierta la ventana, no hagas ruido, si tocan cuatro veces en la ventana déjalo entrar, no te asustes, es él, arrópate la cabeza, viene por mí, sacar la cara, la vergüenza por esta vieja que ayer no más nos daba la suya y no porque hubiese decidido decirnos por su cuenta que había hallado la posibilidad de arrebatarle la horrenda máscara que se ponía para decirnos:
       —Cada día pienso que no tiene sentido seguir viviendo en esta estrechez, de esta manera. Envidio a veces al difunto Javier, de no ser porque ha de estar pudriéndose en los infiernos.
       Y dele-dele-dele siempre al mismo círculo vicioso, la misma encrucijada, o para agradecernos la compañía que le dábamos como si fuese fácil para nosotras escribir una simple carta a papá, así volviéramos de nuevo al tormento de las represiones pueblerinas, a los matorrales y desfiladeros de una provincia infame y ya extraña e imposible para nosotras y nuestra vida, una simple carta y dejar Bogotá habría sido muy fácil, dejar el frío, la niebla de las noches, el horror de un encierro que habíamos aceptado con la seguridad de estar haciendo más llevable la vida de esta perra que después de tantos años empezábamos a conocer por sus sufridos monólogos, por la protección condicionada que nos ofrecía.
       Hubiera sido muy fácil. Pensar que una carta era suficiente para decidir nuestro regreso. Pero las cartas se aplazaban, y a pesar de todo la ciudad tenía una dosis de seducción y un poco de libertad que no nos atrevíamos a sacrificar, de impunidad imposible en un pueblo domesticado por la monotonía, y entonces no hacíamos más que repasar el papel que nos habíamos asignado con todos los riesgos de sufrir, también nosotras, en ese purgatorio que ella —desde el primer momento— había abierto para que nos quemáramos en nuestra conmiseración. Después de todo, habían sido las privaciones, las trampas a sus acreedores, su capacidad de reservarse las mismas sobras de la mesa para recalentarlas al día siguiente. Pero lo terrible (no iba a decírselo a Sonia, claro) era sentirnos engañadas, más estafadas que sus acreedores. En fin, ellos tal vez ni sintieran la falta de cumplimiento de la tía: en ese juego de los créditos estaba previsto que todo resultaría feliz, ni más faltaba, nada significaba una cuenta menos, pero nosotras. Nosotras sentíamos ahora su falta de dignidad, el descaro de su fraude (un poco de sinceridad hubiese bastado, una simple explicación y hubiésemos comprendido el límite de sus ambiciones), esa zancadilla que nos daba sin el menor asomo de pudor.
       Por eso, en la noche, cuando volvía de la habitación, sentía que a mi también me comía la rabia, también me asaltaba un sentimiento de indignación que Sonia aceptó sintiéndose menos solitaria en su zozobra. Hasta muy tarde la sentí despierta. Casi alcancé a ver el momento en que empezaba su sueño, el último parpadeo: pude haber adivinado las imágenes con que ese sueño se abría, una pesadilla —quizá— y todo estaba resultando tan lamentable, tan bajo, que las preguntas fueron imaginadas, los peores reproches la tía fueron tejidos con inclemencia, hasta que yo también me sentí arrastrada por la fatiga: era el sueño que empezaba a convertirse en un remolino de ideas que no pude repasar, que —en definitiva— ya estaba segura de no darle una salida como no fuese la justísima de tirarle la verdad en su cara, voy a quitarte la máscara que te pones convencida de estar usando un rostro verdadero, y para ello estaría la mañana, la hora del desayuno, el instante de salir a la universidad, cualquier momento libre podría ser exactamente el necesario, todo era cuestión de empezar, llenarse de coraje, endurecerse, endurecer los sitios que ella había ablandado a costa de tantas y tantas lamentaciones sombrías y tantas y tantas quejas dramáticas y tantos.
       Pero al día siguiente (ahora que lo cuento con un poco del desconcierto de entonces), ahí estaba la tía en nuestro cuarto, como nunca había estado, transformada en un rostro amable que nos decía buenos días, cómo han amanecido mis reinitas preciosas, que abría la cortina para que nos entrara la luz y saliéramos de la penumbra de la habitación: llevaba sus manos a nuestras cabezas para que sintiéramos el calor, porque había estado con ellas sobre el fuego de la estufa: ahí estuvo ese día, llamándonos, diciéndonos la hora, invitándonos a pasar al comedor improvisado, esta vez sin exigirnos la ducha fría, sin recriminar mi desnudez por la levantadora desabotonada, sin reparar en los dientes sin lavar, nos llamaba, corran niñas que se les enfría el desayuno, y Sonia me miró con una extrañeza casi sombría, era como si preguntase, ¿qué está ahora pensando esta asquerosa?, se ha dado cuenta de nuestro descubrimiento y ahora quiere comprar nuestra decepción, mermar nuestra cólera, pasen a la mesa mis niñas, como si no hubiese algo más digno que un chocolate tibio y unas tortas recalentadas, y nos condujo, casi de la mano, hasta la mesa. Y Sonia alentaba sus dudas y no acababa de entender esa sorpresiva amabilidad con que la bruja nos asediaba, encerrarnos en su puerco castillo lleno de laberintos y zaguanes, en su cárcel de cumplidos (¡ni más faltaba!), convertida en una sirvienta que torpemente ejecutaba su papel sin apuntadores, acomodar los asientos, adelantarse para que las nalgas, ¡plaf!, den justo en su sitio, todo estaba servido, hasta sus titubeos. Después, empezar sin balbuceos, como si la noche entera hubiese sido un aprendizaje riguroso, libreto en mano, correcciones oportunas.
       —Ya sé que anoche bajaron al sótano punto Debería estar disgustada dos puntos ustedes ya saben que por lo grandecitas no están para estarse creyendo cuentos de aparecidos sonrisas y pausa ingadatoria
       y extender la mano hacia el pan, acercar la mermelada
       —He estado pensando que ya era hora de decirles que tantos esfuerzos, como ustedes lo han visto,
       pero Sonia no acertaba a comer y yo miraba a la tía con el impudor de mi semidesnudez, un seno casi al aire, los muslos que se desplegaban, la concavidad del vientre delatando mi respiración a intervalos, quería que de esta forma se sintiese agredida, esperaba que, ¡al fin!, dijera, ¿qué es lo que quieren ustedes?, ¿que entregue mi vida a los buitres cobradores, que de tanto darme por cuotas todos los días acabe convirtiéndome en un cascarón inmundo y miserable?
       y ahí estaban los platos intactos, los suyos y los nuestros (no habría sido necesario servirlos, para qué se había tomado tanta molestia), los mismos platos, con sus bordes carcomidos, con el fondo rajado, y las mismas servilletas mantecosas del día anterior, pero también estaba su sonrisa, una sonrisa nueva, recién estrenada, etiquetada y con el precio sin desprender, podría haber pensado que también la estaba debiendo, no demoran en venir a cobrarle la primera cuota y Sonia en salir a decirles que la tía va a devolverles su sonrisa porque la han engañado, no sirve, vuelvan mañana por esa sonrisa que ayer mismo había fiado firmado prometiendo el pago para-dentro-de-seis-semanas, porque baratas deberían de ser para resultar tan de pacotilla, su sonrisa de vieja jugándose una inocencia ajena, sin sonrisas, su sonrisa.
       Y Sonia lanzó un pretexto cualquiera para levantarse de la mesa pero ya la tía lo había adivinado y la sostenía por la muñeca, de aquí no te mueves muchacha malcriada muérgana caprichosa tienes que oírme, solo le faltó decirlo, y entonces empezaba:
       —Pienso que debo decírselos ya que han descubierto mis cosas en el sótano, pero ustedes no saben lo que es tener la incertidumbre del futuro, un día sí y otro no, no saber en dónde se va una a refugiar cuando vengan en el momento del desalojo, bajo qué techo y luego, sacando un sobre enorme, lo puso sobre la mesa, acariciándolo, temblando, porque ya había perdido su equilibrio, era nuestra ya, habíamos logrado perturbarla, alterar el orden de sus nervios, ¡siempre con temple!, el sobre bajo sus manos y nuestra mirada sobre sus parpadeos nerviosos. Después, tratar de abrirlo, abrirlo con el mismo temblor y extender el billete del sorteo extraordinario (que lo hará feliz y millonario) sobre la mesa
       —Este es el gran sueño de mi vida, esta linda franja de diez piezas compradas durante cinco años consecutivos, esta linda casa con su garaje, con paredes de granito y lámparas de araña y varios cuartos para que ustedes algún día puedan habitarlos y un jardincito que yo misma regaré todas las mañanas, entiendan, esta es la casa que me ha estado atormentando hace años y he estado soñándola esperándola y Sonia apretaba las manos al borde la mesa, estrujaba los cubiertos a punto de herirse
       —amoblándola mientras la espero una vez al año, entiendan, no voy a esperar ganar para luego enloquecerme con que faltan las cosas para llenarla cinco años guardando estas cosas en el sótano primero cositas sin importancia chécheres de segunda mano y después todo lo que han visto que no es nada entiendan este sueño de dos plantas tranquilo limpio confortable moderno mírenlo humanamente habitable no una ratonera cualquiera como corresponde hartos sacrificios me ha estado costando pero cuando llegue el día podré ir al sótano yo sé que ustedes me acompañarán podré bajar al sótano y empezar a sacar las cajas de los rincones las cosas de las cajas lo que hace falta para darle vida a esta casa a este sueño
       y la tía había empezado a acelerar el ritmo de su confesión, a hacer más rápidas sus palabras, las repetía volviendo a las mismas frases del comienzo y Sonia enmudecía y yo sostenía el billete del sorteo extraordinario mientras preparaba las primeras líneas de la esperada carta a papá, porque ya entonces lo había decidido, no sabía cómo iba a empezarla pensando en los matorrales, en los desfiladeros, en el cine que pasaba una vez por mes una horrenda película mexicana, en los cafetales, en el barro, en las tardes cerradas, en la soledad conventual, en el olor a cagajón: te escribo en unión de mi hermana Sonia. Cualquier encabezamiento era suficiente. Porque ya no podemos aguantar más esta casa, esta tía. No importaba, no se trataba de hacer una linda carta a papá, era mejor ir al grano ahora que ella nos ignoraba desarrollando su monólogo cada vez más apagado y profundo. Papá: esperamos volver a verte la semana entrante, hemos pensado dejar el colegio y la universidad, aunque te duela, pero tu hermana, nuestra tía. Y ya sabía que era demasiado decírselo, mejor sería no entrar en explicaciones o tal vez fuese solo necesario un telegrama (lunes próximo esa stop besos tus hijas), un lacónico telegrama donde no supiera de sopetón la causa de nuestro regreso, nuestra fuga, pero el billete en mi mano y la tía que, entonces, no paraba de hablar, repitiendo entiéndamen, había hecho de nosotras un nudo de confusión, incapaces de entender por qué a la hora del desayuno, por qué en el momento en que íbamos a largarle nuestro desconcierto con la rabia más inclemente, por qué había escogido esta triste confesión que Sonia, al levantarse de la mesa, iría a vomitar al baño, a llorar encima del grifo abierto.
       Luego vino su enmudecimiento. Estaba pálida e inmóvil con el billete de lotería que yo le había cedido automáticamente, mirando los platos, ¿por qué no han comido nada?, es el desayuno que les preparé especialmente no han tocado las tortas tan sabrosas ni el chocolate miren cómo se ha enfriado ya es hora de que salgan al estudio mis niñas.
       Entonces nos habíamos levantado de la mesa dejándola con su última palabra entre los dientes, enredada y bailando como sonámbula, mirando los platos llenos, acariciando su sorteo extraordinario, su casita, su sueño, sus cinco años, sus privaciones, nuestro asco, pero también ese llanto que no podíamos aguantar, así tan frío e implacable, como nuestro desconcierto.
       Cuando dejamos la casa de la tía, ella solo tuvo reproches, insultos terribles y amonestaciones contra nosotras. “De este año no paso”, decía. “Sépanlo, niñas, que de este año no paso”. Y continuó gritándonos desde la puerta, todavía con el billete del sorteo extraordinario agitándose en sus manos. Y yo imaginé que un día cualquiera el sótano sería poco espacio para tantas cosas, rebasarían todo espacio posible, acabarían consumiendo el mismo sitio frío en donde la tía acabaría estirándose, pudriéndose en lamentos, ¿dónde están mis niñas qué se han hecho mis niñas?, y Sonia —a mi lado—, con su maleta en la mano, no era capaz de hacer una sola pregunta ni yo hubiese sido la posibilidad para la más trivial y torpe de las respuestas.


Los intereses de Cisneros

Originalmente publicado en la revista Eco (Revista de la cultura de occidente)(enero de 1969)


Acaso ahora —dije— hasta sabré quién era mi
padre. Tu padre —me dijo— eres tú.
La luna y las fogatas
, Cesare Pavese


      Esta mañana, cuando pasaron a enterrar a Cisneros, recordé que casi todos los días, al levantarme y abrir la cortina de la ventana, él ya estaba sentado en la banca de la casilla o corriendo sobre los rieles de la estación de trenes. Siempre lo había visto, todo el día encorvado, maltratando sus sesenta y ocho años, tosiendo perturbado, con un aire de distracción que parecía seguir el curso de las paralelas, abstraído en ese brillo que con el sol las hacía más lejanas y rectas. Pensaba entonces que en su tos se iba yendo él todo (“yo aquí maromeando sobre los rieles, jovencito”) y este recuerdo me entristecía. Desde la ventana, esta mañana, dejé ir mis ojos detrás de la irrisoria procesión que llevaba a Cisneros y me pareció oír a su mujer en sollozos apagados, hablándole mientras la calle que daba a la estación se hacía más torcida, más irregular y enlodazada y el viento dejaba escapar una letanía incesante. “Cisneros”, me pareció haber susurrado. Y no pensaba exactamente en él, apenas era la sensación de estarlo pensando, pues me quedaba la impresión, solo la impresión, de haber visto su figura en un sueño, tener la idea de haberlo conocido cuando solo había cruzado algunas frases con él, un ligero tropezón por las mañanas, un extraño llevado en procesión al cementerio.
       —Se murió el viejo guardagujas —llegó diciendo el hermano y entonces sí pude haber pensado y dicho con claridad el nombre del viejo: “Cisneros”, pero la cuchilla de afeitar estaba roma y me había herido en la barbilla y veía que la sangre se adhería a la toalla, escandalosa y reciente. Lo del hermano me sonó como si hubiera dicho “está lloviendo, amaneció lloviendo”, simple y fríamente. No sé por qué pero pude escuchar (o recordar, quizá) la voz de la mujer de Cisneros cuando cantaleteaba frente a él, recordándole el tiempo que faltaba para su jubilación, la imaginaba haciendo cuentas mentales, silenciosas, y veía a Cisneros corriendo hacia el teléfono o hacia la palanca de las vías, hacer el cambio de las vías o comprobar que los trenes se alejaban de la estación haciéndolo temblar todo, sacudiendo el mundo entero en el instante en que el peso de sus vagones cortaba el espacio. “Solo te faltan siete meses”, había dicho ella (¿o yo lo había imaginado?), “y podrás dejar este ande-parriba-y-pabajo que te está matando”. Y ahora era junio y había dejado de llover, sorpresivamente.
       Pero no podía dejar de pensar en las cuentas mentales que hacía la mujer de Cisneros, sentía que sus labios se movían como cuando se siguen y repiten las mismas oraciones (continuaba sangrando mi barbilla, por lo menos pude haber comprado cuchillas nuevas), “podríamos hacer algo con la plata”, estaba seguro de haberle escuchado decir a la mujer.
       —¡Jum! —fue la respuesta de Cisneros.
       —Debemos pensarlo y no botarla en chucherías —había dicho la mujer, no sé, era lo que recordaba o lo que creía haber oído, vivíamos tan cerca, todo se escuchaba de una casa a otra.
       “Por favor, qué es ese desorden, tirándolo todo por el suelo”, dijo el hermano tratando de reprocharme la torpeza de esta mañana. Pero yo recordaba que Cisneros se sentaba a esperar que su mujer volviera con la cantaleta de siempre, “tienes que pedir seriamente que te empiecen a hacer el papeleo de la jubilación”, pero su marido seguía más pendiente del teléfono y del pito de los trenes que de la cantaleta, en esos instantes, además, se sentía golpeado por el quemante sol del mediodía.
       Había olvidado el día en que lo vio por primera vez sentado en la casilla, desempeñando el trabajo de guardagujas. Le quedaba fijo, inamovible, casi petrificado, el recuerdo de un acto repetido infinitamente hasta convertirse en mecánica, en disolución de toda conciencia de movimientos y gestos, movimientos de un lado a otro, bajo el frío de la medianoche o el implacable sol del mediodía, los pitos prolongados, la bandera bajando y subiendo y ese sonido creciente o descendente de los trenes aproximándose o alejándose del lugar. Esa era su vida y esa era la vida que evocaba a medida que la visión de la calle convertía en silueta lejana la marcha del funeral.
       —Pobrecito, apenas iban tres personas en el entierro —dijo el hermano, él que jamás había oído la voz de Cisneros, ni lo había visto corriendo con dificultad sobre los rieles, ni a su mujer con el termo de café servido en la escudilla, con los labios apretados y las arrugas mucho más pronunciadas en todo su cuerpo.
       —¿No tenían hijos? —preguntó el hermano.
       Y yo preferí callarme para que comprendiera que era silencio lo que quería y no esas triviales anotaciones salidas de pausas prolongadas, entre su mirada y esa acongojada expresión de fatiga.
       Mientras iba al baño (ya se había perdido de vista el entierro) quería acordarme de la cara del difunto, ¿cómo era su cara?, la había visto todos los días, invariable, siempre con la desolada rigidez de sus sesenta y ocho años.
       —He visto tanto que ya no me queda vista para más —me había dicho un día Cisneros. ¿Me lo había dicho o lo estaba inventando a medida que sentía su ausencia?
       Y sus dientes: los había detallado: los había perdido casi todos y lo que veía eran lugares blanquecinos bajo sus encías. ¿Y sus ojos? Eran oscuros, los párpados siempre se cerraban demasiado y detrás quedaba una cavidad impenetrable. Además, no era difícil recordarlo por sus balanceos, su cuerpo medio torcido, arrastrando los pies sobre las traviesas. Y Cisneros: bueno, detrás de su figura se iba perdiendo su historia, rostros imaginados en su vida, nombres recorridos, pasajeros asomados a las ventanillas de los coches, maquinistas, carbón, algún amor en la memoria, el trueno de una guerra olvidada o fantástica, las fuerzas del general Vargas Santos rondan por Bucaramanga y las del general Próspero Pinzón arremeten y en las montañas de Santander van quedando más de mil muertos en ese 26 de mayo de milnovecientos, al lado de las banderas rojas y azules comidas por el barro.
       —Lo único que esperamos es la jubilación —me dijo dos o tres veces su mujer.
       —Mi mujer dice que le gustaría irse al mar, no lo ha visto nunca, siempre montañas —me dijo, pudo haberme dicho Cisneros.
       Y no podía imaginarme, ahora que estaba en el baño, frente al espejo, luchando con los chorritos de sangre cada diez segundos, no podía imaginarme cuántos días de insomnio vivió Cisneros en la forzosa vigilia que empezaba a las cinco de la mañana y acababa a la medianoche, después del último tren. No tenía sino una lejana conciencia del momento en que comencé a verlo desde mi ventana, andando por la estación, timbrazos de teléfono, pitos e hilos prolongados en el humo de la vía.
       —Parecía que iba a vivir más —dije al hermano desde el baño.
       —No se veía tan viejo —respondió él. Y después volvimos a encerrarnos en el mismo silencio.
       —Se veía viejo, pero no era para que muriera de un día para otro —dijo después.
       Mientras seguía frente al espejo, cepillándome los dientes, pude recordar que a Cisneros siempre le asomaba una sombra blancuzca debajo del mentón, la marca de una barba estancada o alguna extraña coloración de su piel, un hilo de humo detenido e incrustado en el mentón, me imaginé un día.
       —Nadie sabe cuándo le llegará su hora —dijo el hermano antes de salir.
       Luego, afuera, oí que una locomotora pitaba prolongando el ruido de una manera sombría.
       —Cuando muere un ferroviario —había dicho Cisneros— las máquinas lo lloran todo el día. En la vía nadie puede dormir con esos pitos: son tristes como si el muerto pasara en un tren solitario —había agregado cuando le pregunté por la aplastante letanía que solía oírse ciertos días frente a mi ventana, dentro de mi cuarto. Ya a punto de salir, volví a la ventana para cerrarla, haciendo un gesto cansado, imaginándome a Cisneros vivo y corriendo sobre las traviesas, y a su mujer mirándolo a lo lejos, a los dos de pie mirando el paso del último coche que iba cortando el suelo y a mí (imaginándome también) detrás del marco de la ventana, tratando de acordarme cómo era ese Cisneros que esta mañana había visto pasar ya difunto en una procesión irrisoria. Solo entonces sentí que algo me conmovía, que esta mañana era distinta, que el retrato sobre la pared era igual a su rostro, tal vez más joven, pero era él, y a su lado, enmarcado con madera de texturas rugosas y doradas, la mujer, más vieja que él, y esta sala, en donde aún permanecía el olor de ropas que no eran mías ni del hermano, un olor a humo de locomotoras, a carbón quemado, algo especial que, a la vez, me era íntimo y lejano. Fue también cuando supe que el hermano no había dormido en casa y que aún tenía en sus ojos las marcas del sueño, unas ojeras amplias y prolongadas, el sabor del café y los cigarrillos, el llanto de un grupo de mujeres, toda la interminable noche del velorio: las palabras condolidas, los “lo siento mucho”, los pésames acongojados, el vecindario rodeándonos, los hijos vestidos de pantalón negro y camisa blanca, silenciosos, al lado del cadáver, todo recubierto de negro. “Cisneros”, dije, como si hablara con alguien, como si recordara a alguien el nombre de un ser olvidado. Pero ahora lo importante era saber qué había sido Cisneros en mi vida, por qué esta sensación de pesadilla y de culpa que no podía expiar sino en el olvido de un hombre, cuándo su figura y su voz y su nombre habían empezado a ser lejanos y qué hacía en la sala este olor a muerto, las coronas sobre la gran mesa vacía, estas asociaciones tramadas en el desconcierto.
       “Cisneros, Cisneros”, quería repetirme y era apenas un nombre hueco y sin pasado, una figura moviéndose en la estación, alguna vez la palabra padre dicha entre dientes, ninguna frase cercana o entrañable, todo recuerdo sucumbiendo en esta hora en que la tarde se parecía a ciertas noches cerradas, con el pito prolongado de un tren trastornándome el sueño.


Cabalgata dominical

      Después de la primera rechifla, el Presidente enrojeció. La escolta lo rodeó: todos llevaron sus manos a la cintura. Ahí estaban las pistolas ametralladoras. Un piquete de policías cubrió la retaguardia. La cabeza del Presidente sudaba debajo de su sombrero inglés: traje oscuro, corbata vinotinto, camisa blanca, chaleco. El discreto corte de una generación. Con mesura, sustituyeron el corbatín por la corbata, el sombrero de copa y el paraguas fueron desapareciendo como símbolos de elegancia. El barroquismo que heredaron de la Inglaterra que formó a sus abuelos ha sido reemplazado por la sobriedad de una Norteamérica que se resiste al adorno: brutal, carnal, directa, hasta en el más espantoso de sus crímenes. Este hombre de sesenta años sabe lo que hace. “La patria por encima de los partidos ”, podría repetir. Y que nadie se venga a cagar en la Patria ni en sus partidos. Con temple, con una gallardía propia de su generación: a su turno, también ellos conspiraron. Crearon sus células y alrededor de ellas el rojo legendario de un partido perseguido, masacrado en la legalidad. Hoy, los tiempos han cambiado: ahora ellos son la legalidad y es lo que, hoy, entrando a la universidad, tiene presente el Presidente. En menos de un minuto, está en su auto blindado. El Mercedes Benz sale por la avenida más cercana, mientras atrás queda la rechifla, cuerpos heridos revolcándose por el suelo, el pelotón que avanza, los fusiles que disparan, los gritos que aturden el espacio, las piedras rasgando el aire de la tarde. Este aire frío de siempre. Esta ciudad gris de siempre. Estos discretos hombres del poder; estos hijos de puta de siempre.
       Y después de todo —decían— no es el momento ni la hora: es el instante de los sueños: miren cómo cae la tarde y se desploman los techos. Sufran, palidezcan con estas incontables derivaciones de la luz. Chóquense las manos, frótense los labios, masajéense los vientres cuando en los solarios se abran las puertas para las diversiones decadentes. No es el momento —decían—: almuercen a las dos de la tarde con aperitivos españoles, afinen ese verso, denle estructura unitaria a la novela, esqueleto y apoyatura a ese lindo cuento que terminan, como si nada pasara. Recuerden la nostalgia: todas las nostalgias acumuladas. Bébanse este vaso de gin y —si es posible— convengan una cita que podrá ser madrugada, para que se hagan las paces en algún hotel de lujo, en una playa catalana. Olviden el pasado, las querellas, los enfrentamientos, las vísceras maltrechas, las dormidas precipitadas, los rencores, las amarguras insensatas: volvamos a ser Uno y felices. Porque, después de todo: digámoslo de una vez por todas. ¿Para qué tantas ceremonias? ¿Para olvidar a ese muchacho de medicina asesinado en pleno día? ¿Para nuestros masacrados, tantas ceremonias?.


Contando

      Vea usté, que a mí nadie me ha venido nunca con vainas. Así que trácate, le di el primero, se lo di con ganas, para que se fuera así previniendo y dejara la jodedera que había cogido conmigo, tranquilo yo sin meterme con nadie. Sí: trácate, le di el segundo diablazo derecho en la mandíbula que por poco se la parto, que no en vano he sido peso gallo, aquí donde me ven con canas y barriga, que cuando joven no había quien me dijera ni pío, usté sabe. Se lo digo porque ya ha de estar preguntándose cómo hizo ese viejo zoquete para tumbar a un muchachón cuajado y robusto, pero no se le olvide que esta mano, allí donde la ve, mandó a la lona a quince hombres en veinte peleas y a algunos derecho al hospital, con camilla, esparadrapo y todo. No fue por vainas que un día vienen y me llaman y me dicen: “Te sellamos la mano, no la podés usar fuera del ring”. Y yo: “No me la pueden sellar, porque cómo es que voy a hacer pa’ defenderme”. Y nada: “Te la sellamos, la ley es la ley, tu mano es peor que un arma, más mortífera que una carabina”. Pero antes de seguirle contando, yo sí le digo que a mí nadie me ha venido nunca con vainas ni con pendejadas ni con carajadas de esas.
       El tipo empezó a pasearse por mi mesa, a mirarme de reojo, a decirme: “A que no te tomás un doble”, porque yo estaba apenas sorbe que sorbe mi limonada. Y él: “Mirá que aquí tengo con qué pagar”. Y yo: “A mí no me importa, yo también tengo con qué pagar”. Y le mostré el fajo que traía, ganado honradamente, para más decirle. Y él: “Tenés que tomártelo en mi nombre, hoy estoy de fiesta”. Y yo, “a mí no me importa tu fiesta”, le dije. Y él: “Que te lo vas a tener que tomar, si eres verraco”. Y entonces le digo: “Soy verraco pero no bebedor”. Porque usté sabe, me quedó la costumbre de cuando era boxeador: nada de tragos, había que cuidarse bien, y las mujeres apenas tasaditas. Y él con eso de empezar a patearme el asiento, a darle golpecitos para que me resbalara. Y todos allí: “Viejo, tómeselo, no sea cobarde, uno solo no le hace daño”. “¡No me jodan! —les dije—, no me estén jodiendo que no me voy a empujar ese trago”. Y ellos: “Prueba que te quedan huevos y te mandas el doble”. Y yo: “¡Que se vayan todos al carajo!”. Y el mocoso seguía pateando mi asiento y yo aguantando porque ya estoy harto de broncas, que hartas tuve en ese mismo lugar cuando venían a sacarnos a patadas los matones de Marianospina Pérez en los tiempos de la violencia, usté se acuerda. Y yo: “Que no me jodan, carajo, que a perro que no se conoce no se le toca la cola”. Ellos ríe y ríe y ríe, cercándome, acorralándome como se acorrala al ganado y el muchachón a querer empujarme el trago a las malas antes de ponerse a gritar: “¡Que viva el gran Partido Conservador y abajo los rojos hijueputas!”. Y yo, aquí donde me ve, yo que había oído y seguido al difunto Gaitán, yo que me siento indio hasta en los huevos y que el nueve de abril no dejé vitrina con vidrio ni godo sin cicatriz, yo que había venido del sur de Bogotá gritando: “¡mueran los oligarcas, cuelguen a los cachacos, ya mataron al Jefe!”, yo que me emputo y le zampo el primero, y luego el segundo. Entonces todos se espantaron porque ya el mocoso estaba en la lona, digo, en el piso, boqueando sangre.
       Sepa usté que no era por la jodedera, no era por eso del maldito trago a la brava, que ya uno va poniéndose viejo y aguanta esas vainas. Era por eso de “viva el gran Partido Conservador y abajo los rojos hijueputas”, solo por eso. Pero el tipo viene a mi mesa de nuevo, echando sangre por la jeta partida, cuando yo ya había pedido por mi cuenta un doble de anisado, y le mando un gancho al estómago y luego me empujo mi trago y lo veo dar vueltas en su cuerpo y doblarse como una hojita. Y ahí fue cuando se armó la trifulca porque el cantinero sacó un mataganado y dijo “¿qués-laputa- bronca?”, y yo: a mí nadie me ha venido nunca con vainas, y es por eso que estoy aquí, para decirle cómo se fue poniendo de fea la cosa, y que si otra vez un desmadrado viene a decirme lo mismo, pues otra vez trácate, trácate, me acuerdo de los quince que mandé a la lona en veinte peleas, para que se vayan enterando, como en mis mejores tiempos. Porque en la memoria del difunto Gaitán nadie se va a cagar, que yo, aquí donde me ve y después que lo mataron, pegué pa’ los Llanos de Casanare y me alié a Guadalupe Salcedo y me volví chusmero, usté sabe. Usté debe acordarse, por allá en el cincuenta, antes de que Rojaspinilla saliera con la pacificación y que los cachacos liberales nos entregaran.
       Gaitán sí era cosa seria, se lo digo y se lo repito y se lo vuelvo a decir. Sus verdades se las decía a los curas, a los godos, a los chulavitas y a los oligarcas y usté ha de acordarse cuando dijo: “Yo no soy un hombre, soy un pueblo”, que por eso lo mandaron a matar. Vea usté: como me vuelvan con vainas no quedará piedra sobre piedra, como dicen las Sagradas Escrituras, ni godo para contar el cuento, porque las verijas se las voy a cortar, ¿entiende? Y ahora sí, señor inspector, diga pues cuánto tiempo me va a encerrar y si es con visitas o sin visitas.


Noticias

A Marta Lynch

      Ahora, en estos minutos penosos, tal vez no fuera el momento de pensarlo, encerrado en el baño, desvistiéndose rápidamente, con una prisa grosera y torpe: podría haber otro momento o, de seguro, no lo habrá jamás, un sitio diferente a este sitio que le va resultando grosero, un espacio más abierto y la sensación de este olor (a sitios así no se les puede dejar de asociar con los olores que producen), no la luz de la bombilla cayendo justo sobre su cabeza y reflejando oblicua su sombra sobre el suelo de mosaicos, una hora distinta a esta hora de la noche en la que todo se vuelve pálido y brillante y dentro del apartamento del quinto piso iluminado haciéndose mucho más grande y difícil, es posible que menos habitable solo en estos minutos de sofoco, y usté escucha los carros pitando una letanía rabiosa afuera en las calles, a veces un silencio mortuorio que es algo más que el silencio porque encierra una rabia que nunca podrá ser contenida, los escasos gritos diluidos en la calle no pueden entrar por la ventana y la voz de su mujer, en la sala, haciendo preguntas que usté no responde, que no podrá responder. En el perchero están sus prendas sueltas, las piezas de su uniforme: el paño verdusco de su pantalón perfectamente alisado, con una línea incorruptible y disciplinada; la camisa caqui, con trozos de algodón abotonándole el cuello y los puños; la corbata negra, tirada con prisa, se ha resbalado de su sitio y reposa arrugada en el suelo; la chaqueta también verde oscura, mal dispuesta, deja ver sus galones, no exactamente los que son sino los que siempre ha aspirado a tener sobre sus hombros, y el quepis, también en el suelo. “Si me vieran”, pudo haber reflexionado. Siempre dijo que el colmo de un militar era dejarse ver desnudo, con las prendas en la mano y ahora no estaban siquiera en las manos: rodaban por el suelo en un sitio grosero y desprovisto de solemnidad, así estuviese tapizado y recubierto por porcelanas relucientes, con una flor discretamente colocada esa mañana por su mujer, siempre de buen gusto y delicada su mujer, que el colmo de un oficial era dejarse ver desnudo en una situación como esta, indefenso y grotesco. “Si me vieran, yo el capitán Gutiérrez”, se dijo esta vez, luchando con todas las fuerzas contra el malestar de su estómago. “Cada día la cocina del casino es peor”, fue lo único que dijo a Margarita al llegar al apartamento, cuando ya estaba oyendo los pasos del desfile silencioso que se acercaba a su casa, que pasaría hacia el cementerio. Si el espejo hubiese estado a su alcance, se hubiera usté mirado, capitán Gutiérrez, y ese instante podría haberle producido la expresión de dolor, el enrojecimiento de su rostro, ese perfecto momento de sufrimiento allí en el baño o usté mismo, sentado, hubiese propiciado el acto de crueldad de mirarse, desprotegido, pero el espejo estaba arriba, sobre su cabeza y ahora sudaba, cabalgaba casi inmóvil sobre la silla de porcelana, ajustando las piernas a la loza, tratando de domar ese potro cerrero de sus intestinos. Se imaginaba las tardes del colegio militar, la Escuela de Policía General Santander, los prados del extenso edificio, la inabordable solemnidad de los saludos, de su cuerpo por los prados del Campestre, las miradas de los demás jinetes a su lado, envidiando la armonía y destreza del animal que solo usté podía conducir así, poner en marcha a un animal con paso perfecta y nostálgicamente prusiano, tan mi capitán Gutiérrez ese paso. Y aunque ahora el sudor corre por las piernas y se incendia de desesperación e invoca a Dios para que venga en su socorro, hasta podría reflexionar, reunir fragmentos dispersos, porque si el retrato del sacerdote muerto en la primera página, con las heridas visibles en el pecho, el cabello alborotado, los dientes asomados por los labios que no se moverían jamás, porque si aquel retrato lo había hecho palidecer en la mañana del día anterior, hoy no era su recuerdo, no podía ser su recuerdo ni la sensación de culpabilidad lo que le molestaba, sino esta asquerosa sensación de estar encerrado en el inodoro con la incapacidad física de hacerlo, en un doloroso encierro que ya llevaba quince minutos sin resultado posible: no hubiese tenido nada en qué pensar, ni siquiera en la noticia que le heló la sangre y le hizo pensar que no era para haberlo matado tan miserablemente. Y ya no tiene más que estas maldiciones sin rango que podían habérsele ocurrido en voz alta, mientras Margarita, tan paciente afuera, dice que la manifestación de duelo está pasando por la calle, frente al edificio. “Por Dios, Arturo, qué diablos hacés encerrado tanto tiempo en el baño si ellos ni siquiera saben quién sos vos; además, no es para que te echés la culpa de un muerto que vos no mataste”, pudo haber dicho su mujer, pero usté no se atreve a responderle, capitán Gutiérrez, “no puedo hacer nada Márgara y eso es lo más duro” (se dice sin decirlo): cuántas veces no había sucumbido en el pudor, en la respetuosa y hasta fría relación de dos cuerpos huyéndose de cualquier gesto medianamente osado. Si afuera los carros pitaban y ni una sola voz se atrevía a salir de las miles de bocas con un rictus de ira y anunciaban una marcha interminable con la efigie del sacerdote muerto y caricaturas inclementes de militares convertidos en fieras, Margarita seguía preguntándole, mortificada, no tanto porque le parecía de mal gusto saber que usté llevaba veinte minutos sumergido en el baño, sino porque afuera lo necesitaba para aplacar el temor de tantos gritos ahogados en la indignación, de tantas banderas negras y rojas y solo una voz que llamaba a lista a los muertos y un coro respondiendo, “¡presente!”.
       —Larrota Antonio.
       —¡Presente!
       —Garnica Francisco.
       —¡Presente!
       —Torres Francisco.
       —¡Presente!
       —Torres Camilo.
       —¡Presente!
       Ese coro que se hacía seco y más que sinfonía era rito surgiendo de la cólera y él podría haber dicho algo, pero su silencio ahí estaba, tan cruel como su sufrimiento. “Arturo, siempre te hacés el sordo cuando pasa algo serio, por lo menos deberías morirte del susto a mi lado, no sé dónde diablos tenés los pantalones”, dijo Márgara y él pudo haber dicho que estaban colgados en el perchero mientras acababa este acto imposible, orgánicamente imposible (y más cuando venían ganas de vomitar). Y Gutiérrez siente por primera vez el movimiento del animal interior y enrojece, siente el sudor más frío y denso, se remueve en su silla de porcelana, sujeto a los estribos firmes del piso, haciendo de sus muslos riendas macizas e inmóviles y las últimas palabras de su mujer sí que son hirientes, “con que vas a decirme lo que pasa, ¿no?, o si no yo sí voy a decirte ya mismo lo que estoy pensando”, y Arturo Gutiérrez siente que se remueve en su silla, por su cabeza pasan veinte años de ejercicios cumplidos con celo y lealtad y se remueve en su silla y grita “¡pues decílo de una vez, carajo!”, pero oye en cambio la risita burlona de Márgara, la misma risa que alguna vez prefirió cuando estaban en la cama y él era incapaz de responderle a sus exigencias, a la más pobre exigencia de una erección, ese minuto que ella reclamaba como si en él viniera concentrada toda su vida y entonces lo encontró doblegado de impotencia, expuesto a la primera obscenidad dicha por su mujer en tanto tiempo de tranquila y púdica intimidad (“¿es que no podés esperar, Arturo?, siempre te venís dejándome sola, Arturo, sos un maricón, sos un incapaz”) y usté no se atreve a decirle nada, ahora la risita sigue en la sala y el “¡presente!” de la calle continúa acompañando más nombres de asesinados y desaparecidos, entra por el ventanal de la sala, inunda la casa, se hace audible en el mismo baño alfombrado y el terror de que en algún momento se den cuenta de que allí vive el capitán Gutiérrez lo asalta momentáneamente, viene con él el recuerdo de las noticias del cura arengando en Cali, encerrado en Medellín, perseguido en Santander, levantado en hombros de la multitud (“Gaitán —piensa—, solo Gaitán”): usté mismo tiene en su escritorio un mensaje que leyó con indiferencia, pensando que aquel hombre con sotana se estaba volviendo loco si pensaba que podía engrupirlos con palabritas, pero ahora mira su uniforme, inclina la cabeza, uniformado de pánico vuelve a verse en una linda pista de grama cabalgando un domingo en el Campestre, rodeado de muchachas con flores y equitadores civiles amariconados que desprecia con asco (“no aprenderán a ser hombres, solo les falta el maquillaje”), brincando a un paso que no pueden sostener como usté sí sostiene a su antojo, la grama verde podada, los aplausos de la tribuna, los “bravo mi capitán Gutiérrez”, la joven novia Márgara preparando ya la boda de seis meses después, las cornetas luego, los abrazos de la compañía que ha ido expresamente para ver a micapitángutiérrez compitiendo con los afeminados civiles del club, relegada allá a las últimas graderías del hipódromo, la compañía que ha entrado por las puertas de las bestias sin inmutarse, condenada a sufrir el olor del estiércol, el aire enmierdado de esos laberintos. Sin embargo, no puede nada, nada más que dejar de pensar: esos fragmentos de su memoria se disuelven. Mira hacia el suelo y ve la toalla higiénica de Margarita manchada de sangre y siente asco: siempre le dio asco calcular la menstruación de su mujer: como a un ser enfermizo siempre le huía, se alejaba de su cuerpo durante los días del período, rehusaba la regla con estupor y ella se consumía en deseos: siempre la acometían violentos deseos de ser penetrada por su marido, sentirlo navegando dentro, humedeciéndose con su sangre, nadando plácida y morbosamente en su sexo ensangrentado, con un olor tan peculiar, pero entonces su marido estaba lejos, roncaba —de seguro— envuelto en sus pesadillas de asco, y entonces ella veía que la tropa entera entraba a su habitación, la chusma maloliente, muchas veces despreciada en las visitas al casino, la chusma sumisa ante la figura de micapitángutiérrez venía a su cuarto, la invadía, festiva y bestializada, le succionaba la sangre de su cuerpo, la penetraba sin clemencia, la hería, la mordía, la arañaba, la ultrajaba, la revolcaba en la mierda de sus ropas, cabalgaba sobre ella hasta la madrugada. El capitán Gutiérrez, al ver la toalla, desvía la vista: a su lado la bañera, vacía. Más arriba, la jabonera. Después, el triste espacio reduciéndose a nada. “Después de este trance, un baño”, se dice, pero justo arriba de su cabeza, el espejo (si lo tuviera enfrente, si pudiera reproducir, fijar este momento de dolor), y entonces cierra los ojos para verse y sentirse tan miserable como está: sentado en su montura blanca, para imaginarse recordando las líneas del mensaje que leyó dos veces sin atreverse a comentarlo con la oficialidad, para recordar los espejos del casino devolviéndole la atildada y armónica figura de su cuerpo pulcramente uniformado. Sintiéndose incapaz de recordar el retrato de la primera página, expresivo, o de imaginarse en el desfile que ya había doblado la esquina, prefiere oír a su mujer, ya no tan exaltada (“pasaron de largo, Arturo, pasaron de largo”), sentirla maniobrando en el tocadiscos para poner “Candilejas” o “Bajo las olas” (tanto que le gustan), o después el radio que anuncia el entierro simbólico del sacerdote muerto en combate regular con tropas del Ejército, sentirla luego venir hasta el baño, verla frente-a-frente, desnudo como está, ridículo y patético, tratando de ponerse los pantalones que ya no tendrán esos pliegues impecables. “Mirá Arturo: cuando te pasen esas vainas, avisá, por lo menos podría darte un alka-seltzer”. Y él: “no tenés por qué espiarme hasta cuando voy a cagar, Márgara”. Y ella: “No te espío, Arturo, es que me dio miedo cuando oí la manifestación, vos sabés cómo soy de nerviosa y vaya una a saber de qué son capaces esos infelices”. Todo este diálogo forzado mientras se viste y ella sonríe, como si se burlara de verlo en la situación más triste de su vida. “No te rías, Márgara, que un daño de estómago le da a cualquiera“. Y esta vez ella sí ríe, y él no se incomoda, de cierta manera es la mejor forma de defensa que ella tiene contra sus imposiciones. Por fin tiene la certeza de haber salido del infierno y le hubiera gustado verse modificado en el espejo, recobrando de nuevo su verdadero rostro, con el uniforme poco a poco en su sitio, ajustado a su cuerpo. “Salite que me voy a dar un baño”, le dice Márgara y él sale sumiso, pensando en las múltiples leyendas sobre matrimonios que se bañan solos, “esas son invenciones”, pero recuerda una película vista hace años, quisiera preguntarle el título a su mujer, trata de recordarlo, sí, era una película francesa prohibida por la censura, sí, esa era, pero —en fin—, cosas de las películas porque él, Gutiérrez, nunca lo ha hecho.
       —Dime, Arturo —dice Márgara.
       —¿Qué pasa?
       —¿Lo conocías? —y esto lo pregunta quitándose la ropa, quedando desnuda frente al marido que baja la vista avergonzado.
       —¿A quién?
       —A él: ya sabes a quién me refiero.
       —Sí, lo había visto varias veces.
       —¿Cómo era?
       —¡Cómo iba a ser! Era un cura, supongo que habrás visto un cura, ¿no?
       —Bueno, sí, te lo preguntaba para saber cómo era —y, desnuda frente al capitán, vuelve a reír, esta vez con burla, con una picardía que lo hiere (se lleva las manos a los senos y los sostiene como si verificara su dureza), que lo obliga a salir del baño tratando de acordarse del rostro del sacerdote, era imposible imaginárselo vivo, solo podía tener fija la expresión de su cuerpo muerto, con el pecho atragantado de balas.
       —Arturo, mi vida…
       —¿Qué querés?
       —Subile el volumen al radio y pasame el frasco de champú.
       Y usté va al radio y gradúa el volumen, lo gradúa hasta el máximo, hasta aturdirse con esa voz que pasa los comunicados cada minuto, que los repite con pena, y va al baño y extiende el frasco desde la puerta y su mujer asoma con el cuerpo desnudo, sonriéndole, sin cerrar la puerta.
       —Arturito, mi amor…
       —¿Qué querés? —grita, grita para poder ser superior a la voz estruendosa del radio.
       —¿Cuándo tendremos un hijo?


Las puertas del infierno

¡Ya pueden venir los tigres con sus garras!
El principito
, Antoine de Saint-Exupéry


      No se mueva tanto, maricón, le dice Pichita a Trabuco y Trabuco que no me estoy moviendo, déjese usté de mariconadas, ya está muy grande, y Rolo esconde el rostro y sacude el pesado enjambre de periódicos y se los echa encima, acurrucándose, reduciéndose a una especie de cuerpo redondeado por el frío de la carrera Séptima y Trabuco dice que anoche vio estrellas y un cohete cruzando por los cerros con una cola de fuego y se sintió volando y fue hasta la casa de su padre, entró por la ventana y lo vio, borracho como siempre, entre los costales de papas y a su madrastra también doblegada de la juma, dormida de la perra, caída de la curda, diciendo qué-puta-es-la-vida y entonces cuando estuvo frente a él le dijo que dejara de estarse quejando, toda la vida no ha hecho sino chillar como mujercita, viejo cabrón, y entonces había vuelto a salir volando por la ventana, sobre los techos del sur y había regresado en segundos, vuelto a ver la cola del cohete que ahora parecía un cometa con un enorme letrero que anunciaba la llegada del Papa. Pichita le dice que eso es por haber bebido tanta gasolina, que era como la marihuana, y Trabuco le corrige diciendo: la gasolina es mejor que la marihuana, pruébela para que vea y Rolo seguía encogiéndose y castañeteando los dientes. Dejen de hablar tanta paja y duérmanse que mañana llega el Papa, ¿no ven que Carasucia se durmió y está roncando hace una hora?, y Carasucia ni se mosqueaba, ni se movía, estaba recostado sobre la pared envuelto en una cobija de cartón, cuando en esas le dio a Trabuco por pincharle las nalgas con una aguja y Carasucia pega un grito, un brinco, diciendo, ¿quién fue el hijo-de-la-gran-puta-que-me-pinchó? Y tira los cartones contra el grupo, se para desafiando dando gritos, a ver quién fue el malparido que me despertó y Rolo echa a reírse diciéndole que había sido la llegada del Papa, no ves que mañana van a recogernos a todos, pero Carasucia caza una gillette, la acomoda entre la ranura de dos dedos juntos y empieza a blandirla, ¿por qué no fueron a pincharle la rajita a su putica madre?, y entonces Trabuco pega un salto, con otra gillette entre los dedos y dice que con la madre sí que no, y Carasucia dice que con la madre sí que sí y le tira el primer lance a la cara, rozándole la mejilla, y el segundo al cuello, peinándole la oreja, y el tercero al mentón, aireándole la punta, y Trabuco le da el primero en un brazo cuando empieza a brotar un chorrito de sangre y entra en juego Rolo y agarra a Carasucia en una doble Nelson, lo deja apresado en la llave que había aprendido en el circo cuando vio el match Tigre Colombiano versus King Kong, con relevo, y entonces Carasucia ve la sangre y dice que lo dejen secarse y no es nada, dice Trabuco, tirando al suelo la hoja de afeitar y arrancándose un pedazo de camisa, déjeme lo curo para que vaya aprendiendo a no ser bravero, y entonces Carasucia echa y echa madrazos, no me agarren que le voy a marcar en la cara para que se acuerde de mamita toda la vida, y Trabuco, sentado, se ríe, y ríe con su tremenda risa jacarandosa, no es sino pura bulla, y ahí lo van sacudiendo, lo van atendiendo, porque después el frío de las tres de la madrugada sobre Bogotá, sobre la carrera Séptima, y los cuatro muchachos vuelven a recoger los cartones y periódicos, a acomodarse, ahora despiertos, porque Trabuco dice que cada vez que quieran volar vamos a robar gasolina, no es sino tomarse dos o tres sorbitos y la traba se viene, tremenda nota se agarra, Rolo dice mejor y menos complicada es una tocadita de yerba, dos pesos el cigarrillo y sin complicaciones, nada de líos con la Policía, la chota no sabe dónde la venden y si lo sabe se hace la-de-la-vista-gorda, y Trabuco dice que no, es mejor la gasolina, yo que les digo, y Pichita, que está tranquilo, adormilado, agrega que dos botellas de chicha y no solo se vuela, uno se pone ahí mismo a roncar, no se siente el verraco frío, no se sentirá el puto frío atravesándoles los huesos, hasta dicen que es alimento, pero todos se echan a reír, la chicha es para los borrachitos, eso es para los piperos, pero entonces viene Trabuco, siempre sabía que por ser el mayor (tiene trece años y seis de gaminería), la voz-cantante, el Jefe, entonces dice Ga-so-li-na, esa es la onda y no es sino levantarse una manguera, cargarla en los bolsillos, acercarse a un Ford, sacarle la tapa, uno, dos, tres sorbitos y estuvo, después dos pastillas de mejoral y se entra en onda, viene el engrife, de película, chinos. Y todos se quedan callados porque es Trabuco-el-manda-más, el-sábelo-todo, el caimán-de-la-barra, el duro-delapatota, y Rolo dice sí, y Pichita cómo no y Carasucia grita, ¡chévere! Y hay después un largo silencio, como si empezaran a dormirse y Rolo lo acompaña cantando, ¡ay Jalisco no te rajes!, y Carasucia dejen dormir carajo, y hay otro silencio más grande. Trabuco propone contar quién le ha tocado más nalgas a las mujeres y Pichita responde yo, perseguí a una gringa, le dije: mamacita, deme un peso, y la gringa que no, y entonces, cundo está subiéndose al taxi, entonces calibro la mano, le subo las enaguas le agarro una nalga diciéndole qué dura la tiene mamacita y la gringa ni se mosquea ni grita y entonces le digo como que le quedó gustando, ¿no?, y un man de chaleco, un cachaco maricón me dice chino grosero, chino malcriado, voy a llamar al tombo, qué van a decir los turistas, y yo le digo que se meta la lengua al culo y salgo a correr porque ahí ya estaban llegando tombos. Luego Trabuco dice que eso no es nada, hay que hacerlo cuando la hembra va con su mancebo, agarrado del brazo piripí y pirapá, y Carasucia cuenta que es mejor cuando van saliendo de misa, rece y rece, ir detrasito de ellas y en el momento menos pensado, ¡tras, tras, tras, tras!, cuatro culitos de una manotada y los cuatro niños empiezan a reír y Trabuco recuerda su herida, ándese con cuidado hermano, no se le olvide que soy el Jefe, y Carasucia: me importa un carajo que sea el Jefe si yo fui quien los consiguió y Trabuco remata: nadie sabe para quién trabaja, y otra vez vuelven a reírse los tres, porque Carasucia no se ríe, se queda en silencio, con la frente arrugada, mirando a Trabuco que ya está entre los cartones, ocupando el rincón menos frío de la acera, diciendo mañana hay que perderse, darse el ancho, porque con la venida del Papa nos están recogiendo a todos. Y Pichita dice que se imagina al Papa inflado como un globo, de esos que a veces se revientan cuando apenas se les está prendiendo la mecha y no alcanza a subir más allá de los techos, y Carasucia sale de su silencio agregando que el Papa es capaz de volar y hacer milagros, eso dicen. Pero Trabuco agrega que el Papa no vuela sino que camina sobre las aguas, por eso dicen que es Santo Padre —agrega Rolo—, y Trabuco: si los curas se enhebran a las mujeres, si se las tiran en la sacristía, el Papa con más razón, y eso sí que no es ser santo. Rolo dice dejen la vaina, quién sabe si es santo. Y todos ríen. Santo el Enmascarado de Plata, dice Trabuco. Qué santo va a ser, eso es por joder. Y Pichita dice que el domingo cumple nueve años, hay que robarse un pastel, una orquesta y una casa y mil velas para llegar a viejo, para apagarlas con gasolina. Y Trabuco ni se mueve, no le hacía gracia el chiste. Ahora están arracimados, uno sobre el otro, cuando Carasucia empieza a roncar Trabuco advierte que no lo jodan, le sigue saliendo sangre, y ya están bostezando los tres, llevándose las manos a la boca, encogiéndose en esa esquina de acera, bajo el recortado techo del edificio, y es Rolo el primero en oír una sirena y un tirón los despierta, los desacomoda y con los cartones y los periódicos bajo el brazo corren por la calle Diecinueve, se pierden hacia la carrera Octava, gritan corran que nos encanan, y Trabuco va muerto de la risa, Carasucia meado del susto, Rolo jalándolo del brazo para que no se caiga (dormido como va el pobre) y Pichita subiéndose los pantalones que se le caen, hasta que dejan de oír el aullido de la sirena y se detienen en la carrera Décima, respirando hondo, largando el vaho del frío de las cuatro de la mañana. Se tiran al suelo, resoplando, Rolo casi ahogándose y Trabuco tranquilo como un egipcio, jactándose de su serenidad, cabrones de mierda, cuando suena una sirena son los bomberos. Y Rolo dice: a mí sí no me agarran ni porque llegue el Putas, y Trabuco corrige: ni porque llegue el Papa, y Carasucia, algo acongojado, se echa sobre el rincón, vuelve a bostezar, cierra los ojos y trata de dormirse. Ya es de día, dice Trabuco y la claridad empieza a aparecer sobre el cerro de Monserrate, mezclada con la bruma y el destello de los avisos luminosos. Trabuco se mete una mano en el bolsillo, rascándose con insistencia, y Pichita le dice que le pegaron los piojos, y Trabuco le contesta: si quieres me los saco para que te hagas unos huevos pericos, y Pichita bromea: pericos-de-piojos-revueltos-con-ajo-tomate-y-pimienta- con-salsa-de-huevos. No vamos a dejar a Carasucia aquí, dice Trabuco, mirándole la herida, que ya ha dejado de sangrar. Lo sacude, levántese que ya es de día príncipe y Carasucia está hablando dormido: el Papa vuela, atraviesa las aguas sin mojarse, se arroja por el Salto del Tequendama, es grande y redondo como un globo, vuela sobre los techos con la lucecita de un cohete encendida en la espalda, el Papa atraviesa las aguas llevado por el viento de los Andes y ya está haciendo trampa el cabrón, lo están oyendo, y Rolo trata de levantarse en el aire, hace que vuela con los brazos abiertos, impartiendo bendiciones con un gorro de periódicos adornándole el cráneo, y Pichita se convierte en edecán, vuela sobre los techos de la carrera Séptima, sobre la ciudad dormida. Y Trabuco grita que se baje, de un momento a otro el globo se revienta, se vuelve mierda, planea sobre el Capitolio, te vas a despaturrar por el suelo, y Pichita baja, desciende suavemente, como un pájaro cansado, como un cuervo, y va a sentarse al lado de Carasucia, lo sacude, pero como no despierta le da una patada, le grita despiértese Señor Papa y el Señor Papa se despierta aturdido por esta ceremonia de cumplidos, ¿dónde estoy?, y Trabuco le dice que en el Vaticano, vete al carajo, y Trabuco, acomodándose el pantalón, bosteza con fuerza, como si largara toda la noche en su bostezo. Ya es de día, dice Trabuco, y Pichita también bosteza y Rolo dice que las tripas ya formaron su orquesta, mientras se acuerda del sueño de anoche: estaba sentado al lado del Papa y levantaba la sotana. Se metía dentro de ella y empezaba a rascarle los muslos, a hacerle cosquillas en la entrepierna. El Papa decía chino malcriado, chino grosero, te vas a ir derechito al infierno y se reía. No paraba de reírse, el Papa riéndose papalmente y él perdido en sus interiores de seda. Zas, zas, empezaba entonces a darle golpecitos y el Papa: je, je, je, trataba de acomodarse en su trono, de poner orden en sus ropas, de volver a estar en condiciones de una bendición papal.
       Hoy viene el Papa, a esconderse todos, dice Trabuco. Lo mejor es pegar hacia el Sur, allá no irá ni de vaina. Y Rolo aprueba. Y Carasucia, tirando los periódicos, ve venir un taxi: detenerse en el semáforo. Corre a sentarse en el parachoques trasero, gritando: nos vemos en Las Cruces, y Trabuco corre también, se sienta a su lado, nos vemos en Las Cruces, y Pichita trata de alcanzar el taxi que acaba de arrancar, logra prenderse de la mano de Trabuco, corre, se escurren sus dedos cuando ya el auto toma velocidad, se estrella contra el suelo (ya se rompió la mula por bruto, grita Carasucia): los niños, alejándose, ven cómo el cuerpo de Pichita es sorprendido por el carro siguiente. Ya están demasiado lejos de él para decirse, cuando ya la luz del día sea plena, no joda, ya lo mataron. Solo Carasucia siente que Trabuco lo hala de la camisa y ve cómo el rostro de su amigo empieza a ponerse más pálido, al borde de un llanto que se tragará esta mañana de Bogotá, humedecida y gris como este recuerdo.


Ceremonias del fuego

Piedad para nuestros vencedores omniscientes e ingenuos.
Aimé Césaire


1

      No sabía de dónde había llegado, qué traía en la pesada maleta que parecía inclinarlo hacia el suelo con su gesto de fatiga y expec- tación, ni qué pasaba por su cabeza cuando recorría las calles, distraído, como un niño, como un loco. “Un extranjero”, empezaron a decir, y detrás del extranjero iban y venían los muchachos, hablándole con palabras que quizá no comprendía, sonidos que se iban distorsionando para quedar en música monótona, en cantaleta repetida hasta el fastidio. No era de aquí, de eso estaba segura. Había desembarcado un día —¡sabrá Dios qué día!—, pero por sus ojos se sabía que buscaba algo. Y tú, Alfonsina, te morías de las ganas de verlo cuando pasaba frente a mi ventana, que era la ventana desde donde se le veía pasar. “Hazte a un lado”, decías. “Déjame verlo”. Y alzabas la vista sobre mis hombros para verlo. “¿Verdad que es buen mozo?”, preguntabas, sabiéndolo perfectamente, cuando ya te habías respondido con tu secreta excitación. Y yo, silenciosa, empezaba a adivinar que un día vendría a nuestra puerta de la casona de Getsemaní, dejaría su maleta en la acera, llamaría y nos hablaría, así no lo comprendiéramos.
       Entonces, una de esas tardes, te hice salir de mi cuarto, y en la soledad que aseguré trancando puertas y ventanas, tapando los minúsculos orificios de las paredes, empecé a desnudarme, a contemplarme con temor, a llevar las manos sobre mi cuerpo, como si verificara su vida, los restos de un aliento detenido en la inmovilidad, en esa falta de calor que parecía envilecerme en la indiferencia. Me desnudé: extendí mi cuerpo en la cama y al cerrar los ojos sentí que empezaba a ser poseída por un deseo que no contaba con presencia física alguna, puro deseo convertido en calor, en ese vértigo que me sorprendía al abrir los ojos y sentir un poco de vergüenza, tal vez el enrojecimiento de mis mejillas, el rápido temblor que me impedía volver sobre las ropas y ponerlas en el orden de mi piel. “Alfonsina, no seas imprudente, se va a dar cuenta de que lo miramos ”, te decía. Y era porque yo sola quería verlo, aunque supiera que él también nos veía detrás de sus espejuelos oscuros. “¡Ay, María Concepción, no seas golosa: déjame probar a mí también”, decías. Y yo: “Deja esas groserías, por Dios, que se va a dar cuenta”. Y tú, Alfonsina, reías: esa risa tan tuya. “No veo nada decente en estar espiando a un extraño detrás de las ventanas”, murmuraste. Y no era otra cosa que tus celos, tus emperrados celos: querías para ti toda la ventana, el espacio cómplice de nuestra afiebrada curiosidad: querías que mis ojos fueran tus ojos para verlo y desearlo a tu antojo.
       “Para mí, María Concepción, que un par de mujeronas como nosotras no deberían estar en estos corrinches”, decías. Y así fue, Alfonsina: por mucho que ahora lo niegues, yo fui la quien lo trajo a vivir a esta casa, la primera en sonreírle, en meterlo a calentar mis sábanas, a recorrer y morder y estremecer mi cuerpo, la primera en abrirle las puertas, en darle de comer, en vestirlo, en llevarle el desayuno en las mañanas, despojada ya de toda vergüenza. Siempre habías dicho que preferías morir con el cuerpo lleno de telarañas antes que darte a un mugroso cualquiera. “Indios y negros”, decías. “Una manada de negros es lo que nos rodea”. Y aprobaba tu decisión porque tampoco yo iba a enterrarme con un cualquiera, que era lo único triste y desolado que nos esperaba. Ahora, por mucho que insistas, fui yo: tú empezaste a desearlo cuando él se paseaba desnudo por la casa, cuando gritaba desde mi habitación a cada instante.
       No seas terca, Alfonsina, no insistas en llorar, que lo pasado pisado y no es hora de venir con llantos, así estemos envejeciendo en la miseria. Por mucho que mires las habitaciones en donde dormía, por mucho que quieras quemar las ropas inmundas que nos dejó amontonadas en el armario, aquí todavía huele a él y de nada valen confesiones ni misas ni salves ni rosarios porque Dios hará alguna vez justicia en nombre de nosotras: no mires más el cuarto, no lo mires que te vas a quedar sin ojos y en su lugar te van a salir sapos y animales extraños convertidos en lágrimas, ya no hay remedio para tanta desgracia de estar solas y en la ruina, desprotegidas en nuestra vejez. Porque él se lo ha llevado todo. No te digo, Alfonsina, mientras más mires el cuarto, mientras más te ahogues en maldiciones y quieras que el cielo se destape en tempestades que nos devoren, nunca sabrás lo que hemos perdido: deberías saber qué es lo que has tenido, al menos así tendrías verdaderos remordimientos. Yo en tu lugar me encerraría a acariciar sus sábanas, a dormir en sus ropas, a oler las paredes que arañaba de felicidad mientras gritaba, pues lo que soy yo no voy a envejecer en sus recuerdos ni con esta presencia imposible que nos aterra. Lo único que me falta es la paciencia y el reposo. Por eso me verás así, casi imperturbable, como si nada hubiese pasado por mi vida.
       Pero hermana, ¿qué quieres que haga si ya se fue, si ya nada podemos hacer por su regreso? Ya ni la camándula podemos agarrar entre los dedos: se nos escurriría. Por estas manos ya no puede pasar nada sagrado, por estos labios ya no caben oraciones. Todavía me queda el olor a su sexo, sostenido en mi boca, mientras me entumía besándolo hasta que se dormía y acompañaba su sueño con mi vigilia, su fatiga y su extenuación con la esperanza de que despertaría a sorprenderme de nuevo, a cabalgar hasta que todo recomenzara y los ciclos de sueño y de vigilia se repitieran, hasta que fuese imposible volver a sumergirnos en un solo gesto. Lo único que nos espera es una larga condenación, que las dos juntas merecemos.
       Sí: ahora resulta que soy yo la culpable y no tú, que me decías: “También yo tengo el derecho de verlo”, y lo decías conteniendo el rencor. No, Alfonsina: te he dicho que nadie es culpable o lo somos las dos al mismo tiempo. ¿O es que ya te olvidaste que ibas a medianoche, cuando salía de mi aposento, y te metías en su cama hasta la madrugada? No deberías olvidarte de esto, mujer, porque yo también tendría que olvidarme de los días en que lo recuperaba de tus brazos y lo alejaba de ti encerrándolo en mi habitación, asediándolo con caricias, dejándome llevar por sus caprichos, sometida a su imaginación, a la terquedad viciosa de sus fantasías, a sus acrobacias imposibles, deseándote enfermedades indecibles, una plaga que viniese sobre tu cuerpo y empezase a reducirlo, a llenarlo de manchas, a consumirlo hasta que no fueses sino un objeto repugnante mereciendo nuestra piedad, hasta que el día llegaba y éramos cadáveres gozando del último aliento, dos cuerpos envueltos en un sudor que se hacía más pegajoso con la llegada del sol por las ventanas.
       A mí nada me importan las cosas que ahora te hacen llorar, ni ese cuarto ni ese sitio ni la cama que nos has querido ordenar. Por lo menos de edredón deberías cambiar. Pero no: ahora dices que no tocarás para nada el sitio en donde durmió ese asqueroso. Y si tuvieras memoria, cuánto vacilarías en decirlo pensando en los diez años de su vida en esta casa, entre dos mujeres que a duras penas lo dejaban respirar, que lo retenían como fieras, cuando presentíamos su fatiga. Mejor será que no comiences de nuevo, que te guardes tus cantaletas para el sueño o las pesadillas, que si no te hubiera oído llamándolo, gritando su nombre, hasta podría hacerme la desentendida, pero como no te escuchas mientras duermes, yo soy quien tiene que oír tus alaridos de perra en celo, tus convulsiones de hembra penetrada por el demonio, abandonada en el momento del temblor, como si Francis Drake hubiera bajado de Riohacha y con el fuego del último incendio empezara a quemar nuestra ciudad, nuestro barrio, nuestra casa, y lo vieras llegar con su tropa hasta la habitación que siempre recordarás. No, Alfonsina: no es Francis Drake: ¡nunca vino! Aquí solo sentimos el asedio de Edward Vernon con sus fragatas cañoneándonos mientras la peste se levantaba sobre los techos y nos llenaba de terror en nombre de una Inglaterra omnipotente y celosa de las posesiones españolas.
       Ya es hora de dormirse: mira que el vecindario ha apagado las luces y ni un alma puebla este barrio: ni siquiera se oyen los gritos y quejidos de la loca del frente: deben de haberla ahogado entre las sábanas. ¿Sabes? Decían que empezó a enloquecerse porque su padre, su propio padre, le hizo los dos hijos que hoy vienen a la hora del almuerzo con latas vacías que les llenan con sobras, desde la puerta apenas entreabierta, con recelo, con el temor de que penetren y se apoderen de cuanto les pertenece. Antes andaban tímidos, con el temor de ser despedidos en la acera. Ahora cumplen con un horario inflexible: los he visto, como si vinieran al diario rito de la mendicidad. Pero yo no le paro bolas a lo que se hace y dice en este barrio: nada me extraña. ¡En este barrio han pasado tantas cosas! No sé cuántos años pasarán antes de que nos sorprendan en un desastre que nos acabe a todos. Dicen que el espíritu de los muertos del Sitio de Pablo Morillo se pasea por estas casas, oliendo aún a la podredumbre de entonces, llenándonos de fetidez y de sangre. Se oyen a veces los cañones de las fragatas invasoras y gritos de rendición y de ahogo: el almirante Vernon arremete de nuevo, vuelve a sitiarnos con sus cincuentiún buques de guerra, sus veintiocho mil piratas borrachos, y el manco Blas de Lezo llora sobre las murallas esperando la retirada de los usurpadores, su nueva fuga hacia Jamaica. ¡Tantas cosas se han oído detrás de las puertas, tantas luces se han encendido en las madrugadas y tantos hombres han salido con el sol como si escaparan de la justicia o del terror de un pasado o un delito sombrío, que yo prefiero callarme! Porque nosotras, hermana, también somos este barrio y su historia. Si quieres pasearte toda la noche viendo la oscuridad de la calle, espiando los adulterios del vecindario, esperando la tempestad que se vendrá o atisbando el paso de algún americano atragantado de ron, eso es cosa tuya. Yo de ti cerraría esa ventana, por lo menos para que sepan que nos queda vergüenza. Si fuéramos jóvenes podríamos esperar que otro y otro y otros hombres vinieran a llenar sitios vacíos, a llenarnos con su aliento. Pero no: un hombre más en nuestras vidas haría el penoso juego del enterrador, y no quiero erizarme pensando en la agonía ni en una mano que vuelva a pasar por este cuerpo y se retire llena de repugnancia cuando halle una piel fofa y agrietada, o los aullidos desesperados de quienes, como yo, como nosotras, ya no podemos dar más que la pena de nuestros cuerpos ocultos en el pudor o en la penumbra. Uno solo, el único hombre que pasó por esta casa y por estas vidas, ha sido suficiente.
       Así que mejor me retiro a mi cuarto: empiezo a sacudirme de frío, Alfonsina, del puro penoso frío de esta noche.


2

      Gino, Gino, te busco, recorro las habitaciones, enciendo las lámparas, escarbo en las paredes, levanto los tendidos, desbarato los colchones, trastorno el orden de los armarios, sacudo el polvo, abro y cierro las ventanas, buscándote, Gino, escudriñando los rincones, deshaciendo la casa entera por si debajo de las ruinas te encuentro de nuevo, Gino Gino: María Concepción no tendrá razón porque te buscaré en todos los recodos, en los cuartos que habíamos cerrado y clausurado para siempre, en las matas del balcón, entre las enredaderas y las rosas rojas del jardín que nos oía, en el vecindario, te buscaré en mis sueños, en las casas de dos pisos en donde han de tenerte prisionero, en la Calle Larga y en la de la Media Luna, si te pierdes, hurgaré en mis pesadillas, Gino, las volveré vigilia alerta, las rescataré del desvanecimiento hasta que esta puta de mi hermana entienda que no son en vano mis cóleras ni mis aullidos, porque tendré que hallarte si te pierdes, hasta en la sacristía de la Iglesia de la Trinidad te buscaré si te extravías, tendré que tenerte de nuevo encima y dentro de mí palpitando de cansancio, venciéndote otra vez hasta que te deshagas, hasta que te destroce enteramente y puedas comprender la infamia de la trampa asquerosa que nos has tendido, que me has tendido, tú que siempre supiste que no iba a dejarte ir, Gino Gino, ahora que despierto y siento que la noche ha sido un episodio sombrío: te he visto atravesando mi sueño, impenetrable, venir a mi cuarto haciendo un gesto de silencio, te he oído decir “no hagas ruido, que Ella no nos oiga” y has dicho Ella con rencor, como si huyeras de las letras de su nombre, he pensado que estabas al fin burlando el asedio de María Concepción, confinándola en su cuarto, enterrándola en el Castillo de San Felipe de Barajas entre los ladrillos pegados con sangre y mierda de los corsarios y piratas y en el olor de los pasadizos subterráneos que hoy nadie resiste, entre los laberintos que dan al mar, entre las cloacas, entre las paredes que todavía gotean el agua podrida de tantos siglos, dándote definitivamente a esta pasión que me sofoca e incendia, que me envuelve en ardores como si entrara desnuda a las llamas de tu infierno, así te he visto venir a este cuarto, a esta cama, envuelto en la salida de baño roja, te he visto saludarme con un gesto, con un beso en la frente, apenas el presagio de lo que se vendrá, y he sentido tu cuerpo en el colchón que deshice, que herido nos ha vuelto a sostener: hemos rodado la noche entera en este espacio, lo hemos hecho nuestro de nuevo y para nosotros ha sido esta burla despiadada contra Ella la reconciliación con todos los celos, con todas las alteraciones pasadas, y hemos gritado para nosotros mismos y nos hemos revolcado en el polvo y nos hemos buscado en los rincones más sórdidos, en la estrechez de los armarios, y de pie nos hemos poseído, hemos abierto las puertas que dan a la calle y en la oscuridad nos hemos lamido la piel con torturas, flagelaciones, nuestra piel sensible a cada gesto e insensible a tanto dolor: has tirado mis ropas a la calle para asegurar mi desnudez y has ladrado gemido gritado al cielo para que el mundo caiga sobre nosotros, regresado conmigo entre tus brazos: me has llevado como en antiguas postales de amor y has vuelto a dejarme sobre la cama para empezar a dormir el tranquilo sueño del día que se vino encima: Gino Gino, no te has ido, lo sé; de qué vale que María Concepción insista en que te has ido si ahora, cuando despierto, veo el bulto de tu cuerpo sumergido en la oscuridad, emergido de un tiempo que hemos robado, y el baúl de tus ropas está abierto y en desorden, como si acabaras de regresar y arrojar las últimas prendas de tu regreso. Has regresado Gino. No hables. No susurres. Esta loba rabiosa puede oírnos, puede venir a robarte de mi lado. Gino, Gino. Aquí estás, es cierto. No te has ido. La noche sobre Cartagena ya no está recorrida por la desesperación de los muertos sitiados ni por las voces de los usurpadores ingleses ni por el pánico de los colonizadores españoles. Han vuelto a la tranquilidad y aquí donde te tengo y me sostienes empiezo a contarte una historia triste:

    Soy la niña apacible que no sale de su casa, que Madre mira con pena de verla en esa enfermiza fragilidad, que es asediada de cuidados y por las noches llora frente al espejo que la ve crecer: tiene miedo de la noche, pavor a los negros que andan por las calles, tristes y taimados, a estos negros que sirven en nuestras habitaciones sin ocultar sus celos: temor de que un día nos envenenen, incendien nuestra casa, usurpen su libertad; los has visto, ¿verdad?: nos miran con resentimiento, en sus gestos de sumisión hay una trama que se desarrolla y en sus silencios un ardido deseo de venganza. Soy la niña que siente terror a esa música monótona que se agita en las cumbiambas. Soy esa niña resentida que no sale del marco de la ventana y que los domingos entra a la misa, arropada, desprotegida, con el temor de que la rocen a su paso,

¿me escuchas, Gino?: revivo un corto diálogo con papá, antes de su muerte, antes de que se entregara a una muerte mediocre como todas nuestras muertes, esas muertes esperadas, previstas, soportadas como una fatalidad. Gino, Gino: los cadáveres y cañonazos ya no son más que eco apagado: se han sumergido en el mar, debajo de las aguas mezcladas de pólvora y sangre. Trato de oírte, de sentir la voz que alguna vez trataba de comprender y que prefería en sus incoherencias. Te hablo de María Concepción, siempre espiándome, siempre, siempre llena de celos. Gino, Gino, de alguna forma tendrás que estar aquí, tendré que inventarte una presencia, alimentarte para que no salgas, fingir un encierro, consumirme contigo, darte de mi boca y mi respiración el aire que te falte, envejecer, verte envejecer conmigo, prestarte mi vejez hasta que por fin podamos emparedarnos juntos sintiendo que no ha sido inútil haberte recuperado. Gino, Gino, el sol que está entrando por las ventanas no va a delatarnos. Por favor, no te muevas, Gino, no abras la puerta, no traspases el corredor, va a sentirte, va a llevarte a su lado, a consumirte, Gino. No salgas. No salgas de este cuarto, no salgas de esta casa, no te asomes al vecindario: la loca Gino los mendigos los negros asquerosos sus cumbiambas el almizcle esos sexos erectos desafiando la flacidez de nuestros sexos los muertos del Sitio Blas de Lezo Jamaica el almirante Vernon María Concepción el Castillo de San Felipe de Barajas, mi vida, no atravieses las piedras de esta calle no te sumerjas en sus contornos estrechos, los balcones, Gino, los balcones, te están viendo desde los balcones las brujas enlutadas y ariscas del vecindario, no te sumerjas en ese mar de lodo, Roma Gino Napoli el Duce, no te sumerjas en la bahía, los bombarderos, Gino coño Gino, ¿qué estás haciendo? Vienes a sobresaltarme: este sol y estos pasos, los reconozco, alguna vez los he sentido. Mis cosas, ¿qué has hecho de mis cosas? ¿En dónde has guardado mi futuro? Te lo estás llevando de nuevo, te estás robando mi sueño, Gino, mi sueño: has vuelto a llevarte mi sueño, mi fut…

    —Alfonsina, despierta, Alfonsina…
     —¿Dónde está? ¿Qué se ha hecho?
     —¿Qué te pasa, Alfonsina?
     —Ah, eres tú, hermana.
     —Mira lo que has hecho, Alfonsina: has vuelto nada la almohada, lo has tirado todo por el suelo.
     —¡Sal de aquí, María Concepción, te lo ruego!


3

      Qué le importa a ella lo que ha perdido, qué le importa Gino, por mucho que lo llame, si para ella siempre fue la distracción de sus horas libres. Anda por la casa como un animal atolondrado y a duras penas me mira. Ahora ladra en su cuarto, como cualquier perra triste. Anoche la he oído llamándolo y por poco la siento durmiendo con su sombra, revolcándose entre las cobijas que él dejó embadurnadas de porquerías para que sintiéramos su fuga con olor, dolor y pena, para que sintiéramos su ausencia con la fetidez que todavía sube y gira por los cuartos e impregna las paredes y las cosas, hasta nuestra misma piel. Por mucho que ahora ella se tienda en esa cama, yo no sé si lo habrá perdido porque nunca lo tuvo; yo fui quien lo trajo a esta casa (no me cansaré de repetirlo), quien lo cuidó con desvelos, lo soportó en las libertades que poco a poco se tomaba, para disgusto nuestro. Yo fui quien lo sintió regresar en las madrugadas oliendo a ron y a vagabundas del puerto, con el semen de su engaño todavía en sus ropas y su piel, en los arañazos de las perras que le pagábamos. Que ahora Alfonsina no se haga La Dolorosa con sus llantos, porque yo sí sé lo que le duele, yo sí sé lo que Gino se ha llevado de ella y eso es lo que más me trastorna. Y pensar que juntas oímos sus cuentos de hambre y destrucción y llegamos a imaginarnos su ciudad, entre las ruinas de los bombardeos y el terror de la ocupación; él deambulando entre los escombros, sacudido por las sirenas, asediado por las razzias: era cuando, en las tardes, se sentaba con un vaso de ron y evocaba las calles de su ciudad, los refugios subterráneos, las explosiones imprevistas, la desesperación de la huida y apenas lo entendíamos cuando descifrábamos sus frases más elementales. “Ustedes nunca sabrán lo que es una guerra de verdad”, decía. Y leía las noticias de nuestros degollamientos, riéndose, como si esta solo fuese una divertida historia de niños comparada con el infierno que él mismo decía haber sufrido. “Estos muertos no son nada”, seguía diciendo. Y escribía sobre las fotos, hacía garabatos sobre el rostro destrozado de algún niño. Y lo veíamos sonreír. Casi lo sentíamos cómplice de un terror en el cual nosotras no éramos más que espectadoras deslumbradas. “Aquí se matan por un bandera azul o una roja: allá nadie sabía cuál era su bandera, ustedes jamás comprenderán”. Y nos dormíamos a su lado, cuidándole sus borracheras, alimentándole su ocio: yo le quitaba los zapatos y Alfonsina las medias. Yo empezaba a desabrocharle la camisa y Alfonsina me miraba como si consultase la desnudez próxima que ella ya estaba adivinando y gozando. Lo sacudíamos, “Gino ven a la cama”, y él se despertaba bruscamente y entre las dos lo conducíamos al cuarto. Diez años tal vez no sea nada en su vida, pero en la nuestra son algo irrecuperable. Ahora se ha ido y esto es lo que nos ha dejado. Alfonsina, delirando, no quiere salir de las sábanas asquerosas en que lo dormía. Yo, mirando por el balcón hacia la bahía, esperando una milagrosa aparición, con rabia, con un rencor que crece con mi respiración. Lo único que sé, ahora que tengo la certeza de que no vendrá, es que guardaré el inmundo baúl que está en el cuarto, lo guardaré toda la vida para hacérselo tragar el día del juicio.

    —María Concepción, María… —gritó entonces Alfonsina desde su cuarto, y yo creí que volvía a repetirme sus quejas adoloridas.
     —Ven corriendo, María Concepción. ¡Solo nos faltaba esto!
     Y fui llena de escepticismo a su habitación: estaba perpleja, mirando el baúl de Gino. Pensé que su fetichismo se había vuelto delirio, demencia por pequeñas cosas que él había abandonado.
     —Acércate, mira lo que nos ha dejado este hijo de su putísima madre.
     Sí: ahí estaba dentro del baúl, reemplazando nuestras joyas, sobre el sitio donde habíamos guardado la previsión de nuestra vejez, ahí estaba la plasta de mierda que las reemplazaba.


      Pero ya lo he dicho: esta mierda será el alimento de su vejez dondequiera que esté. Por eso llora Alfonsina: por eso estás llorando, son las joyas lo que te duele. A mí, en cambio, empieza a importarme poco el recuerdo de collares que nunca me colgué, de pulseras que miraba con indiferencia, de anillos y prendedores que hacía años seguían guardados y olvidados. Esas cosas habían dejado de pertenecerme, Alfonsina: no eran mías, hasta podría decir que a ti tampoco te importaban: eran de nadie; las habíamos olvidado. Y el olvido, hermana, es una forma de expropiación.
       Hemos sentido su ausencia ahora que se ha ido con ellas, porque la burla es doble: se nos lleva la previsión de la vejez, él y las joyas eran también la previsión de nuestra vejez. ¿No te das cuenta de que nuestro encierro de nada sirve, que los vecinos pasan frente a esta casa como si esperaran el olor de nuestros cuerpos muertos y en descomposición?
       Esta mañana los he visto como fieras: daban vueltas frente a nuestra casa: he tenido que asomarme al balcón para que vieran mi presencia, porque ellos están esperando nuestra muerte para apoderarse de la casa, para escalar las paredes y penetrar en los cuartos, para saquear los recuerdos que quedan en los aposentos, para sacar la mierda del baúl y exhibirla en la Plaza de la Trinidad como muestra de nuestra vida y signo de nuestra desaparición. No llores, Alfonsina, que tus llantos van a oírse en el vecindario y nadie va a detener la ignominia de las murmuraciones.
       “Deberíamos echarle candela a esta casa”, has dicho. Y yo he recordado el sueño de niña, después de tantos años de haberlo soñado:


    estás a mi lado en el jardín, debajo del árbol que un día vimos arder desde nuestra ventana, incendiado por el rayo que anunciaba una tempestad; estás a mi lado y yo llevo un fósforo a tus cabellos largos, lo paso por sus bordes, lo acerco y empiezan a quemarse como si fueran ramas secas adornando tu cabeza; río; me miras extrañada: no sabes que el fuego subirá por tu cuello, que empezarás a producir un incendio que ni la lluvia ni la tempestad apagarán; sigo riendo; te digo que es precioso incendiar el recuerdo de tu fragilidad, que no soy yo quien te incendia sino mis celos de hermana marginada: con una sonrisa me dices que tienes calor y te desnudas; veo tu cuerpo, apenas el proyecto de una cintura constreñida, dos protuberancias pálidas en tus pechos, la línea de tus muslos secos, el vientre escondido; tu cabeza ya es una antorcha a punto de quemar la carne que la alimenta: despierto y voy al espejo; tengo las mejillas enrojecidas y un sentimiento de gozo llega con esa mañana de enero, cuando comprendí que estaría condenada a seguirte y sufrirte en los primeros y últimos instantes de nuestra orfandad.

El sueño volvió a repetirse: ya no eran solo tus cabellos: era tu cuerpo sumergido en una hoguera, en un rito que siempre estaba precedido por la tempestad. Nunca te lo confesé: siempre me guardé la sensación de estar al borde de una justicia que yo misma hacía a mi manera, con una deliciosa y morosa crueldad, jamás imaginada. “Deberíamos echarle candela a esta casa”, has dicho. Y yo he imaginado de pronto que la antorcha de tus cabellos de niña es el comienzo: las llamas van saliendo por las ventanas y me he sentido también ardiendo, encerrada en una habitación, en el más completo silencio, con un petrificado gesto de vanidad: he visto renacer los bergantines del Sitio y derrumbarse el Castillo de San Felipe de Barajas; Edward Vernon ha vuelto resentido por su primera derrota; la Corona de Inglaterra asedia con pesadillas de pólvora las posesiones españolas, y sobre nosotros el fragor de los cañonazos se levanta y cae para sepultarnos. El asedio, el hambre y la peste esparciéndose por las calles y la ciudad estremeciéndose con cada estallido, agrandando los gritos de los moribundos, toda la ciudad convertida en un siniestro hospital de condenados a muerte. Y el fuego: he visto el fuego lamiéndonos los cuerpos y sentido la agonía de los demás en la inenarrable agonía nuestra, hermana: conquistadas y devoradas por el fuego de los conquistadores. ¿Qué más puedo esperar ahora cuando mi paciencia y esta fingida tranquilidad quieren retarme inútilmente? Nada podemos hacer como no sea la inmolación del pasado, y el pasado —hermana—, el pasado somos nosotras. Esto ya no nos pertenece: los nuevos dueños están afuera, cercándonos, tan despiadados como llenos de codicia: la servidumbre se ha levantado y de los humedales y los extramuros irrumpen, invocan el espíritu martirizado de sus cimarrones. ¿De qué les serviría la piedad si siempre han estado codiciando esta casa y lo que suponen la ha llenado? Deberías empezar, hermana, siento que estás empezando. “Deberíamos echarle candela a esta casa”, me repites. Y te digo: quema primero la mierda del baúl, sigue con las sábanas, arrímale fuego a los colchones, acércalos a las paredes de madera para que empiecen a arder cuadros daguerrotipos medallas mariposas disecadas: arroja esas rosas secas y despetaladas al fuego; sigue, hermana, amante de mi amante, ladrona de mi delito, cómplice de mi pecado, sigue sigue: yo te acompaño con estas ganas de encenderme en mí misma: rocíale gasolina, licor, orines, excrementos a todo para que arda con más fuerza; rocíale nuestros delirios de emperradas en un sueño: corre, Alfonsina, corre: el fuego nos alcanzará, corre hacia la cocina o hacia los corredores correcorre hacia el patio, vuelve al tejado, encarámate en el tejado y mirarás la procesión de espectadores que ahora estimula con sus gestos de fiebre nuestra destrucción: corre que estoy sintiendo el ardor de la candela subiendo por mis ropas: que no quede rastro de nada. No llores: convierte tus lágrimas en lava: ríete, hazlo con alegría, que no es cualquier cosa lo que hacemos: estamos incendiando el mundo y tal vez nos salvemos de la inmolación: hermana, corre, una vez esté todo ardiendo, corre: abrirás las puertas que dan a la calle, en donde nos esperarán delirando los manifestantes: siempre te dije que esa chusma asquerosa no quería nada más que nuestra muerte: si no nos anticipamos a ellos, seremos sus víctimas y hasta eso debemos elegir: este cuerpo no va a aceptar ser rozado por tanta inmundicia vociferante, Alfonsina: mira, esto era lo que esperaban: han estado espiándonos, han elaborado en la más vergonzosa clandestinidad sus pasquines contra nosotras y el nombre de Gino estará pegado en sus carteles, condenado al rencor, expuesto a la inclemencia de esta plebe aborrecida; míralos aglomerados en las calles esperando nuestra salida para prolongar sus acusaciones: reos de alta pasión. Quemarás el portón, Alfonsina, quemarás las mismas cenizas: quémalo todo para que estas naves ardan con todas nuestras ganas, para que ardan con el ardor con que ardimos revolcándonos enardecidas a su lado. Alfonsina: empiezo a verte más joven: tienes las mejillas encendidas, el pelo revuelto como cuando eras niña y en tu fealdad te inquietaban las rachas de viento que vendrían a deshacer el artificio que en tres horas habías montado sobre tu cabeza, ante un espejo que se quejaba de tu presencia. Déjame acariciarte las mejillas de la misma forma en que lo hacías, quejándote de la ausencia de una mano distinta a la tuya que lo hiciera y tu fragilidad, esa terca mezcla de patetismo y resentimiento, tu soledad malgastada, las misas cerradas, los paseos del sábado, el pavor de sentirte de pronto asediada por una multitud de negros que para ti seguían siendo libertos mereciendo su vieja esclavitud, sirvientes altaneros amenazándolo todo. Déjame acariciarte: mira el fuego, todo el barrio iluminado, todo este maldito barrio se ha puesto de fiesta y las banderas y las pancartas y los gritos y los tiros son una sola voz levantada contra nosotras y contra el pasado que se ha encerrado en nuestras carnes y en nuestros cuartos y en esta casa que ahora arde y en todo lo desconocido e inaccesible que ella ha guardado para llenarse de interrogaciones, de envidias, siempre codiciándola, hasta cuando empezó a perder su pintura, a debilitarse su armazón, a pronosticar en su herrumbre el día de su derrumbe definitivo. Hemos quemado, estamos quemando el recuerdo de los invasores y somos también sus cómplices: hemos liberado nuestras murallas cercadas: Blas de Lezo también ha sido derrotado, el intrépido-marino-vascongado-general-de-los-galeones-manco-rapaz ha sido expulsado y ni la piedad del cura Pedro Claver va quedando para que esta chusma se compadezca de quienes hemos sido sus corregidores: el valor del Manco se extingue entre las llamas, Fernando VII llora desconsolado todas sus elecciones y Pablo Morillo será pacificado con la mierda misma de su terror: no es un sueño, hermana, no es un sueño: mira cómo suben las llamas y arde la madera que dejó pasar nuestras quejas de pared a pared, de habitación a habitación, de corredores a jardines, de oidores a alguaciles, de jardines a tejados, de tejados a calles, al barrio, a la ciudad entera, al litoral sofocado por piratas y mendicantes: todo esto ha estado lleno de conspiraciones domésticas y ni siquiera el refinamiento de don Rafael Núñez vendrá a improvisar otro “¡oh gloria inmarcesible/ oh júbilo inmortal!”: ven, acércate: pedirás un vaso de agua: este sofoco estremece mis piernas, entra por mi sexo herido: lenguas de fuego me penetran, falos de fuego me hurgan y me asedian, mástiles de fuego se doblegan por la recia tempestad que sale de mi sexo burlado y vuelven a él para erguirse y volver a infligirme otra derrota. Hermana, Alfonsina, derrotadas y vencedoras de los derrotados, ya qué me importa, no habrá premonición que pueda condenarnos porque nosotras mismas nos hemos dado nuestra condenación. Míralos esperándonos: extiéndete, arrójate al suelo, Alfonsina, hiérete con estas piedras, tírate al frío de las calles que vieron pasar tanto abandono, tanta inútil dignidad, tanta enferma desolación, tanto resentimiento y tanto encierro desde nuestro nacimiento. Decidimos encerrarnos: el mundo que crecía a nuestro alrededor estaba lejos del que moría dentro de nosotras. Encerrarnos era protegernos. Extiéndete con todo tu cuerpo, sin pudor, hermana, que ni el pasado podrá poseernos ya, y cuando el fuego se haya apagado y no quede más que un solo hilo de humo elevándose sobre el espacio de esta ciudad, a la madrugada siguiente las crónicas serán apenas explicativas: dos mujeres, con huellas visibles de fatiga, reposarán abrazadas en una calle cuando ya la cólera haya pasado y sobre nuestra casa se esté erigiendo un orden, nuestros rostros estarán en algún periódico, enmarcados por la estampa pálida rescatada del fuego. Nuestros dos rostros, Alfonsina, estarán llenos de vergüenza, consumidos por las arrugas, en un gesto de burla que los cronistas jamás descifrarán: nos llevamos una nostalgia que nos asediará en cualquier lugar del mundo que escojamos como refugio. Sí: acércate, déjame pasar el dorso de mi mano por tus mejillas como si fueras las niña que también pedía mi pena, la adolescente casta que rehusaba mis invitaciones a algún cuarto en donde me herí y sangré poseyéndome con rabia: sí, Alfonsina, aquí estoy, a tu lado: esta madrugada no será suficiente para devolverte la ternura que guardé con tanta mezquindad: abrázame, tiende tus brazos hacia esta piel que ahora el fuego está apagándose y volvamos a encerrarnos en la nostalgia de lo perdido, en el recuerdo de Gino-mundo, de Gino-pasado, de Gino-murallas-asediadas, de Gino-Vernon acosándonos.

    Ya es hora de dormir.
     Cierra los ojos, Alfonsina
     —Deberíamos echarle candela a esta casa —dices.
     —Duérmete, hermana: ya es muy tarde.
     —María Concepción, ¿no oyes un ruido extraño?
     —Silba, es cierto: debe ser el viento.
     —No, no es el viento. Es la loca del frente que llora.
     —Cierra esa ventana, hermana: no soporto sus gritos.
     —Duérmete: yo tampoco soporto esos gritos.



Los vecinos nunca sospechan la verdad

      Es verdad: los vecinos nunca sospechan la verdad: se encierran en sus conciliábulos, son herméticos en sus conjeturas, carecen de imaginación, no van más allá de los detalles ni se detienen en las sospechas. Los vecinos son, por naturaleza, torpes. Hacen daño o causan beneficios irrisorios sin llegar a ser inofensivos. Casi siempre la prudencia es una de sus virtudes: cuando salgo de casa quieren decirme (o hacerme caer en cuenta) que hablan de mí, que sus voces bajas tengo que oírlas y de ahí sus gestos grandilocuentes, sus dedos índices visibles, sus bocas torcidas de desprecio, sus espaldas dándome a la cara. En verdad: los vecinos no tienen la menor idea de la clandestinidad, de la conspiración, de las sutilezas o la inteligencia creadora, son, este, son —cómo decirlo—, son casi siempre como cacatúas alborotadas, hasta el momento de prender los noticieros de la tele, de darse a la tarea de hablar más alto que el locutor y de anunciar en coro los mismos productos de belleza. Los vecinos: es verdad, son impacientes, quieren darlo todo en un segundo, no entienden de sobreentendidos, son evidentes, literales, como un texto de lectura, son: despreciablemente ingenuos y es así como, en el momento monos pensado, son incapaces de calcular qué pasa en el segundo piso, por qué este ruido de disparos penetra por algún lugar del edificio y lo llena de ecos extrañísimos, por qué estos gritos desgarrados, por qué esta fuga de tres hombres en uniforme que han venido en la mañana a perturbar mi casa, a escarbarla sin ninguna prudencia. Los vecinos, siempre lo dije, no pueden llegar a sospechar del momento en que muera abatido por doce disparos de pistola, ahogado en mi propia sangre y en mis gritos. Los vecinos, es verdad, no pueden entenderlo, menos el momento en que en el segundo piso alguien grita “me matan” y un silencio ignominioso presagia el nacimiento de un nuevo terror. Es entonces cuando son incapaces de salir a la calle (miran, celosamente, detrás de las persianas, detrás de las hendijas de alguna puerta desvencijada, detrás de alguna celosía que se abrió para espiar los pecados de la calle, los adulterios de enseguida, las borracheras de-al-lado, las palizas del ferroviario, los deslices de la adolescente que cursa tercer año de comercio y mecanografía), los vecinos: es verdad, nunca podrán medir la dimensión del crimen del segundo piso ni sacar de la noticia leída algo más allá de ese texto que dice: “Misteriosamente muerto un joven de veinte años en su residencia del barrio San Antonio de la ciudad de Cali cuando ingería licores”.


Los snobs

Hablan apasionadamente hasta la medianoche
Discuten el suicidio de Pavese
La rebeldía de Camus
La evolución del pensamiento sartreano
Los planos geométricos de la prosa objetalista
Algún cuadro de Jackson Pollock
La guerra de guerrillas
El manual de Pulitzer
La estética de Adorno
Las reformas checas
El extremismo y el revisionismo
El desarrollismo y la imposibilidad del voto
Hablan infatigablemente hasta la madrugada
—una taza de té, cigarros en la mesa—
Con gesto elocuente
Con silencios cortados
Y tal vez hasta mencionen la cópula de anoche Godard está en sus bocas
En el afiche de La femme mariée
Y Antonioni “porque seguramente has visto el ritmo en que se
                  [desenvuelve L´Avventura, el tono de la noia
Todo está en sus bocas
Las literarias y los editoriales
Newsweek y Paris Match
Hasta que la camarera los desaloje
Los arroje hacia la calle
Es entonces cuando salen a dormir el sueño
El pesado sueño que los arrastrará hasta el siguiente mediodía
Y será entonces cuando se sienten a vigilar el diario las revistas
                                    [atrasadas
La New York Review of Books, Les Temps Modernes
A oír en onda corta Radio Habana
O a preparar el espectáculo de la noche siguiente.


Literatura y colonialismo

Marilyn es una gran victoria del Sistema. Como es
evidente, la figura de la víctima se va desarrollando a
medida que se desarrolla el concepto de culpa. La culpa
colectiva es por lo general y en estos casos, la ilusión
de sentirnos —así sea parcialmente— verdugos.

Carlos Monsiváis


      Y Rosa la mesera, ¿dónde dejó su culpa, aquí donde la ven, muerta-desaparecida? Se ha tomado, sin más espectacularidad que la del piso de su puerca pensión, todo un frasco de insecticida y su mito ya no pasará de la esquina del barrio, en donde sembró el prestigio de sus nalgas, en donde ardió su centro al frenético compás de diez-pesos-pa-mí y cinco-pa’ la pieza. Rosa la mesera: mitología sorda de barrio, creció, amó y se prostituyó sin tener antes sus ojos más reflectores que la bombilla de veinticinco bujías apagada por algunos clientes maniáticos del pudor o la vergüenza.
       No va a crecer nuestra culpabilidad porque esta solo crece cuando se mata algún escandaloso mito colectivo. No vamos a armarnos de terror porque en su lugar vendrán Carmen-la-tetona, Irma-brasier-de-vaca, Gloria-la-bostezadora, Teresa-la-trapecista, Sonia-la-navajera, Anita-la-domadora, Magnolia, Azucena, Sara, Clemencia, todas vendrán a pelearse la esquina desocupada cuando, por la tarde (después del patético funeral), se anuncie la vacante definitiva de los andenes en donde por veinte años se había movido, pese a que en los últimos cinco se le habló insistentemente de su jubilación, tragándose —en tanto— todo el peso y el desvirgamiento de dos generaciones.
       Rosa-la-mesera no será mito colectivo ni concepto de culpa: en su esquina ya no se la nombrará: alguna niña recién llegada tendrá acaso su polvera o ese bolso heredado hace trece años de quien, a su vez, fue objeto de un triste funeral.


Literatura e impotencia

No importa
todo puede ser posible y soportable
(hasta el vacío más hondo)
la pendiente que nos arrastra
los bandazos de uno a otro lado entre el fastidio,
                        (la indecisión
o el asco)
Pero lo único
               lo verdaderamente terrible
es irse quedando sin pasado
verse una mañana con la página en blanco
trampeado por la historia que ya no nos pertenece
En este vacío no caben las interrogaciones
las palabras más firmes nos traicionan
las líneas que se escriben se tiran por el suelo
todo cuanto se coordine, ordene o entresaque
se reduce a las palabras, a putas y débiles palabras
Es entonces cuando
verdaderamente
los mitos inician su desolada e inevitable
                  congelación
Habrá entonces que pensar en otro oficio
en el más humilde, prosaico y banal de los oficios.


Biografía del desarraigo

Para Antonio Saura


Je suis en retard toujours!…
Cést pas la mauvaise volonté…
Je me tire sur mes cicatrices!…
Le pont de London
, L. F. Céline


      No se estaba bien, jamás se estuvo ni se estaría bien en esa mierda de cuatro metros cuadrados y una mugre cocina adonde apenas se podía entrar y para agregar el cabinet a dos pasos de la estufa, a cinco centímetros de la mesa en donde se ponían a hervir las papas, a freír los huevos, a humedecer las lechugas, a secar el arroz, el asqueroso inodoro ahí mismo y solo bastaba volver los ojos para verlo, sumergirse en la discreta e inútil cortina de tela humedecida salpicada de agua mantecosa, y saber que la cocina era el inmundo espacio cerrado y sin ventanas y si se salía al cuarto habría aire, pero era el apestoso aire que seguía viniendo de la rue Saint-Denis, los gritos de los carniceros, la palidez de las muchachitas tempranamente maquilladas, estacionadas en las esquinas o en las bocas del métro, los argelinos escapados de su país y definitivamente tragados por la fiebre, la delincuencia o una sorda violencia que se iba desarrollando en sus asaltos eróticos u obscenos, los árabes enchalecados de los almacenes de telas, vendiendo-al-por-mayor y el rechinar de las carretas y el pito de los autos sobre el Boulevard Bonne Nouvelle y los chulos y los cretinos jugando el día entero en las máquinas del café, sometidos a la penosa emoción de un partido de fútbol mecánico, las viejas histéricas y llenas de avaricia recontando sus monedas en los puestos de legumbres: bajar hasta la calle no significaba tomar aire: era, sencillamente, seguir en el apestoso laberinto de los zaguanes herméticos y sin desinfectar y este invierno era nada comparable al frío que me sorprendía cuando bajaba las escaleras del cuarto piso y oía a la rusa borracha del tercero cantando una canción intraducible, peleándose con su piano desafinado, a punto de venirse abajo en toda su armazón, sus teclas desajustadas, siempre la botella de pastis a su lado, y el viejo paralítico del segundo dando gritos a la concièrge: “J’suis pas bête, moi…”, sus gritos pidiéndole la leche, “vous savez Madame”, decía a Margarita cuando bajábamos, “j’suis pas con… c’est ça qu’elle en pense, la vâche”, y lo sentíamos removerse en su cama, tratando de tirarse al suelo, de convencernos de que la portera lo estaba matando de hambre, una puta infeliz y sin escrúpulos tasándose sus provisiones, y bajábamos a la calle y yo apenas decía “gracias por el café”: tenía la certeza, en ese momento, de que no volvería al cuarto, no iban a soportarme ni a aguantarme ni a aguantar que yo durmiera allí con ellos, impidiéndoles la libertad de moverse a sus anchas (a sus estrechas, debería decir), yo ahí era un obstáculo pero era también inútil tratar de pasar la noche en las calles, ya lo había intentado y no era posible: a las seis de la mañana mi vanidad se doblegaba y desde cualquier esquina emprendía el viaje, midiendo las cuadras, unas veces por el Boulevard Sébastopol, otras atravesando Les Halles, tempranamente hastiado del olor a frutas podridas, a legumbres pisoteadas, a desperdicios sin recoger, a apretujamiento de cuerpos mugrosos en las puertas de las cafeterías, esa sensación de caerme al suelo, de no poder despertar jamás, calcular cuántas cuadras quedan para vislumbrar ese penoso arquito del triunfo en que se recorta la rue Saint-Denis, saber que tendría que tocar y decir buenos días, cómo han amanecido, como si dijera solo un campito me basta, en el suelo, en cualquier rincón, y oler el seco y profundo churre de las cobijas, entrar a tientas, tirarme a dormir hasta el mediodía cuando ya era hora de hacer el café y de ordenar la vergüenza, de bajar por los huevos que serían freídos y ya con eso para todo el día…
       No, no se estaba bien, qué se iba a estar bien si era mierda lo que faltaba por comer. Y toda imagen, por imaginada que fuese, desaparecía. Trataba de hacerme a una, aunque fuese a la pobre y desolada imagen del hambre y no era posible más que este estrechamiento paulatino y era cuando me preguntaba, ¿qué hago aquí?, y todavía febrero se alargaba en sus tres días restantes y no había más perspectiva que la de un día sí, otro no, temblor repentino en los ojos y de vuelta al mismo cuarto, a la misma mugre, a pedir por veinte segundos la ducha del agua caliente, porque el gas, tú sabes. Al comienzo había tenido la impresión de impedirles una libertad íntima pero, luego, no sé, hasta lo intuía, fue cuando me di cuenta de que esta libertad íntima no existía y no existía porque en sus juegos amorosos solo tenía espacio una penosa ternura, un impedimento físico que jamás dramatizaron y seguramente la pena que sentía por ellos no era lo más justo, qué diablos sabía yo de los pactos de la intimidad, de los subterfugios del amor, de esa castidad convenida, porque sencillamente no les da la gana de entregarse o haya otra forma distinta de poseerse y ellos la estuviesen llevando a su perfección: así que dejó de atormentarme la idea de estarles impidiendo el amor, pero lo que no podía dejar de pensar era que les reducía el espacio, les obstaculizaba su neurótica ternura, el espejismo infantil de sus caricias, esa particular y secreta familiaridad en el lenguaje, el silencio de Ernesto, sus ojos desorbitados, sus monólogos teatrales, e iba aprendiendo que ellos eran capaces de sumergirse en una palabra y desatar de ella los conflictos más dramáticos: jugaban a ¿Who’s Afraid of Virginia Woolf? y entonces maldecía el momento en que decidí darles como regalo la muñeca comprada en una tienda en Moscú: en él iban a fijar el objeto de su drama, a él dirigían la espontaneidad de un sueño, y cuando oí la primera vez que se peleaban el derecho de acariciarlo, mimarlo, dormirlo, despertarlo, torturarlo, flagelarlo o destruir ese hijo que yo les había dado, entonces comprendí que ese amor enfermizo se me hacía borroso, no era posible en mi lógica, escapaba de mi ordenamiento, no cabía en mi cordura ni entraba en mi equilibrio. Y luego, hablar del país era dar vueltas alrededor de pequeños fantasmas desaparecidos: siempre hablábamos del país como si temiéramos perderlo en el exilio de un cuarto, en esa minúscula e irreconocible esquina de un barrio parisino: teníamos al país en las bocas, con nostalgia, como si jamás fuésemos a volver, como si él ya fuese inaccesible, irremediablemente imposible: tal vez para ellos estaba lejos o no representaba nada: nunca lo habían sentido, jamás le habían reclamado nada ni ellos se habían propuesto darle algo, ni siquiera el gesto más insignificante. Al contrario. Los torturaba. Hablar del país era hablar del hijo malogrado, volver a las historias de amor adolescente, a los mismos acontecimientos que aquí se repetían en la memoria. Ellos, al menos, vivían una ficción, la creían, iban desenvolviéndola con autenticidad, la vivían endemoniadamente en esa zona que describe la imaginación cuando desplaza todo razonamiento coherente. Yo, en cambio, no podía vivir el horror de esta elección y me remordía pensar que al regresar no iba a tener siquiera la memoria para buscar una imagen, y el tiempo se me volvía íntimamente enemigo, porque alguna imagen hermosa o profundamente conmovedora tenía que quedar, algo distinto al frío del invierno, al hambre de las noches, al “s’il vous plâit, monsieur, ¿vous n’avez pas un franc?”, algo distinto a esta vanidosa y a la vez púdica mendicidad.
       Estábamos encerrados. Digo, ellos se encerraban en su cuarto y yo venía a cerrar el círculo por las noches, era casi un rito, el rito de nuestro encierro: me quedaba horas en silencio, trataba de escribir sobre la mesa, todavía quedaban los restos de la comida o algunas gotas de beaujolais se consumían para ser reemplazadas por la botella siguiente que Ernesto bebía febrilmente, hasta que a Monsieur Durand le diera la gana de decir “y’a plus” y Ernesto le rogara por Dios solo una botella más y él terminara diciendo “c’est fermé. Y’a plus!” y nos echara la puerta en las narices.
       Y, ¿en dónde estaba, entonces, ese París que había venido a explorar partiendo de una mitología infantil, ya prácticamente difuminada, en dónde estaba el sueño de la adolescencia deslumbrada por las tarjetas postales, los textos escolares, las novelas leídas con avidez, el mapa de la ciudad aprendido de memoria, las líneas del métro con sus correspondencias, en dónde se iba quedando todo? Ya había visto, en los alrededores del Carrefour del Odeón, en las esquinas de Saint-Germain, en lo alto de la Mouffetard, a tantos como nosotros viviendo la ficción de tres, cuatro, cinco, años paseando sus cuentos de amor inútiles, sus masturbaciones glaciales, sus sueños de posesión o de gloria hechos mierda en el instante de despertarse, envanecidos por la triste conciencia de poder utilizar un argot que gorgoreaban como cuervos, muertos de hambre, envueltos en la suciedad de un pull irremplazable, en la piadosa mugre de sus cuartos, hediondos aún a la basura de las calles que habían limpiado en las madrugadas o a los platos que habían fregado, secado y ordenado para luego poder decir aquí está el dinero, tranquilos con la deuda saldada, y vagar como sonámbulos por las puertas de los cafés, a la espera de una milagrosa seducción, de algún sueño sin fin (el boliviano ha estado tramando su llegada clandestina a La Paz, hace los contactos y empieza una proeza descomunal que no ha pasado, en tres años, de un lenguaje vicioso y circular), rehusando la pesadilla de volver al mismo cuarto (el tico se arma de consignas, de rechazos y de amonestaciones severas y entra a su Costa Rica natal en los brazos de una generación que lo proclama su porte-parole para las hazañas de una ruptura sin precedentes), releyendo las cartas en donde les hablaban de miseria o les preguntaban por el porvenir, cartas de padres también envanecidos por la carrera del hijo ausente, poner todas las mañanas las manos en el mismo recipiente, pasarse una toalla húmeda por las axilas y perfumarse con la caca de los inodoros colectivos, con el vinagre de alguna prostituta normanda… y, ¿en dónde, en dónde estaba ese París que había estado buscando, entre el deslumbramiento y la paulatina decepción?
       No, no se estaba bien en este cuarto. Aquí habíamos traído al país en lo más lamentable que tenía, en nosotros mismos y en nuestras vacilaciones, en nuestros temores o en nuestras precarias fantasías de prosperidad, en esos rasgos mesiánicos que morían cada noche y resucitaban cada madrugada, en nuestras tontas aventuras fingidas, y aquí lo desenvolvíamos: como desenrollar su mapa e indicar con el dedo el sitio de nuestro nacimiento, una nostálgica geografía, el crecimiento de nuestros conflictos, la desazón de nuestra fuga, nuestra rabia, nuestros recelos, las tramposas salidas que nos dábamos pensando ser más dignos en un sitio en donde la dignidad se peleaba con los dientes, se medía con una vara que no estaba en nuestro poder, en nuestros gestos de repugnancia… Y era una manera de defendernos: es posible que fuese una manera de sentirnos menos empequeñecidos, menos incomunicados, menos marginados, menos pobres diablos. Los cuentos, los cuentos, los cuentos siempre estaban en nosotros: todos los días se recapitulaba una acción y esa acción jamás fue acometida: Margarita con sus ficciones incestuosas, con su procacidad tropical, con su visión de partos, placentas y resurrecciones míticas. Ernesto, silencioso, seguía prendido a la siguiente botella de rouge, bebía como un condenando y recordaba su hermosa voz recitando trozos de Marat-Sade, oyendo la ceremonia coral de los dementes (“Marat, ¿qué se ha hecho esa revolución tan nuestra?”), su hermosa y reconocible voz, era verdad, pero ahora balbucía y era el Marqués de Sade el que se imponía sobre su impotencia, era Charlotte Corday dando el golpe de cuchillo en la primera visita, esa voz se perdía en el mar de tres botellas y Margarita se convertía en la fiel Simonne Evrard y yo en el lascivo Coulmier buscando el vientre y las tetas de Charlotte, esa Charlotte inexistente, se sumergía en una borrachera que acababa rompiendo vasos, a punto de quemar el cuarto, de incendiar París, un asilo de Charenton reducido al espejismo de seis metros cuadrados y Margarita lloraba y entonces yo sabía que el drama comenzaba, que bastaba sentarme respetuoso como cualquier espectador a ver esta general congelación, a ver su desarrollo, a adivinar su desenlace, y era de nuevo el hijo que no se tuvo y eran las historias de amor que me partían el alma (cuándo nos conocimos, cómo nos fuimos sumergiendo en este amor obstinado, cómo subíamos las escaleras hacia nuestro cuarto del barrio Santa Fe, cuándo me di cuenta del embarazo, cómo te esperaba en la sala del teatro hasta que recitaras el último parlamento, cómo nos íbamos matando e íbamos derecho a una torpe resurrección) y entonces tenía ganas de correr, de salir a la calle, de someterme al frío de la rue D’Aboukir, a la medianoche y al fastidio. Pero prefería estar allí: era probable que exigieran mi presencia para desenvolverse con más violencia, una presencia estimulante, la certeza de que sin mí el primer acto no tendría comienzo y no se podría pasar de bastidores, saber que alguien podía ser testigo de una imprevista erupción de furia y de una tierna reconciliación, porque acabarían abrazados, como siempre, llorando al lado del muñeco, de ese hijo o hija rusa que les había dado para que vertieran sobre él todo el remordimiento que les cabía, las heridas que le proporcionaban, las flagelaciones de que era víctima, esas invitaciones a que yo también tomara el cuchillo y lo hiriera, les ayudara al sacrificio, a la desaparición del mito. Y afuera, tal vez nevaba, tal vez no quedaba más que una calle para arrastrar los pies y medir la puerca soledad e imaginar el regreso, las muchachas teñidas de la esquina, su canción amarga de todas las noches, un letrero de hotel, la entrada del métro, los delincuentes y los maniáticos agrupados a la espera de una muchacha solitaria para enseñarle sus falos flácidos, algún clochard con la frente partida contra los barrotes de la calefacción, a veces cantando una olvidada letra de la Resistencia, recitando sus incoherencias, sabiéndose más libres y solos que nadie, un puesto de periódicos vacío, un anuncio de Coca-Cola, la propaganda tramposa de bikinis minúsculos sobre el maniquí en el que tantos deseos estarían descargándose, el cine rojo, los mendigos borrachos, un boulevard húmedo a estas horas de la madrugada.
       Porque aquí adentro, ¿en dónde estaba esta ciudad que acabaría seduciéndonos con su ignominia y sus mitos, a pesar del rechazo acumulado, de mis maldiciones silenciosas, de los lugares comunes que dijimos? Sí: vendría la primavera, hasta se podría andar sin abrigo, el día siguiente no sería una descarga de temblores en los huesos. Y la primavera llegaba, estaba llegando con una repentina ola de sol y estaba, al menos, otro espacio, ya iba menos al cuarto de la rue D’Aboukir, ya estaba Danielle y el rectángulo que me había dejado con la condición de entrar y salir sigilosamente sin que la portera me viera, por lo menos estaba ese cuarto de la rue Papillon y algunos francos para sentirme con una impresión menos vana de libertad. “C’est pas confortable”, había dicho Danielle y qué me importaba. Había una cama, agua caliente en el lavamanos como para desnudarme y echar cantidades sobre la cara y el tórax y la seguridad de no estar interrumpiendo el rito de violencia o ternura de Ernesto y Margarita. Sí: ya sabía que les hacía falta: iba a verlos y querían retenerme: nunca lo dijeron pero lo veía en sus gestos, en las conversaciones que se prolongaban. Leíamos en voz alta trozos de Cien años de soledad y de Rayuela, y yo iba resultando para ellos el país consciente. Ellos representaban para mí lo más disparatado y loco de ese país que había creído aborrecer y que ahora deseaba, quería desentrañar de las cartas, cuando llegaban. Aquí podía llenar páginas de frases, de historias que jamás llegaron a su final, que acabaron sirviéndome de papel higiénico. Siempre creí que se trataba de una metáfora grosera y desafortunada, y no: efectivamente, me limpiaba el culo con la imposibilidad de coherencia, con las torpes líneas desechadas. Veía cómo iban desapareciendo en el remolino de agua y excrementos dentro del cabinet.
       “París era una fiesta”, ¡y qué clase de triste fiesta! Podría darme risa la frase, era para que se entumecieran de risa los cojones. Esto se iba pareciendo mejor a un rito descocado, a una ceremonia tortuosa de aniquilamiento. “Moi, je ne veux pas me faire baiser”, me había dicho Danielle y la había comprendido. Ella rehusaba dejarse joder, nadie —mientras ella lo quisiera— iba a culeársela olímpicamente y ahí estaba la razón de su soberbia, sus defensas nerviosas, su áspero lesbianismo, y comprendía que tenía sentido que lo dijera porque en ella era más posible esa libertad, esa alternativa entre el orden y el desajuste sistemático. A nosotros nos iba quedando solo una congestión de rabia, de resentimiento represado y descargado en ciertos momentos de confusión o en el delirio de las borracheras con mal vino, cuando no éramos más que un sentimiento de culpabilidad confesándose con llantos.
       ¡Cómo no! Ahora se estaba mejor, no importaba tanto que no se pasara de un sángüiche por día, de algún nescafé amargo, de una citronade dulzona. Se estaba mejor, era cierto. Y Margarita extrañaba mis visitas y decía que Ernesto seguía encerrado en sus tres botellas diarias, su veneno de todos los días, en una borrachera que acababa en la más completa extenuación. Se estaba olvidando de nuestro hijo, decía Margarita. Nunca había existido pero se estaba olvidando de él. Y yo prefería callarme, no hacía comentarios: nunca hicieron falta. Seguían encerrados en su juguete, su tierna y cruel matrioshka convertida en carne y huesos averiados de un sueño: eso bastaba, tal vez. No podía concebir que apenas conocieran la ciudad. Un año y apenas podían decir “merci, madame”, con tono acomplejado. “Merci, monsieur”, con voz respetuosa. Y pensar que podrían decir “¡merde!” con toda la sonoridad de la cólera, “je m’en fous!”, sin la solemnidad del muchas gracias, darles en las narices, en la gueule prepotente de sus miradas despreciativas, en ese engreimiento blanco que los llenaba de soberbia y repugnancia, a toda esa manada incapaz de un asomo de rebeldía, condicionada por su confortable seguridad. Podía envidiarlos si no pensara que en esta incapacidad de entendimiento había una sensación de frustración que los obligaba al encierro. Podría haberlos envidiado (lo pensé) porque en ese rechazo había algo de afirmación, “de afirmación del país”, pude haberles dicho. Rechazar una lengua que no comprenderían jamás en sus sutilezas. Seguían siendo auténticos, a pesar de todo, porque no existía en ellos un espacio que los constriñera, una geografía que los tiranizara e inhibiera, este espacio era igual a otro, bien podría ser el Congo, Argelia, la Martinica o la ensimismada Suiza que desconocían. Ojalá lo hubiese sido, me decía después. Yo no podría vivir las cosas en ese estado de inocencia después de haber bebido sus Descartes, sus razones, sus dudas metódicas, sus productos exportados, su surrealismo afiebrado, sus Malraux, sus Giraudoux, sus salaud dispersos por el mundo y todo esto se vivía como conflicto, un intento de borrón y cuenta nueva.
       Cuando volvía (podrían haber pasado dos, tres semanas, un mes), la misma botella renovada, la misma historia repitiéndose. Es posible que solo a mí me pareciese repetida y que ellos la estuviesen viviendo como nueva en cada repetición. Eso pasa, no hay por qué negarlo. Suele pasar, a veces, cuando las cosas dejan de ser algo comprensible por todos y se cargan de un contenido especial que solo nosotros podemos desentrañar con el lenguaje de las claves, latidos extraños que solo nosotros podemos producir, el código cerrado de toda destrucción. Es una correspondencia especial entre nosotros y el mecanismo invisible que mueven ciertas cosas, ciertos episodios de nuestra vida, el hijo que no se tuvo y se posee y arrulla diariamente, viviendo a nuestro lado, en nuestra misma cama, los amores que no han desaparecido con sus cartas quemadas. Era posible que a ellos les estuviese pasando igual. Pero para mí era el retorno tedioso al mismo punto de partida, el retorno a un lugar ya recorrido. Jamás podría comprenderlo: preferiría dejarlos en las claves que solo ellos serían capaces de descifrar, mover y agitar, poner en funcionamiento. Y me daba pena tener que dejar de ser el testigo de un amor casto, de un amor que no podía llamar impotente y estéril porque ellos se poseían con una rabia extraña, ilocalizable, tan de ellos, ese amor morboso que me llevó al límite de la exasperación, hasta la insospechada participación. No sé, no lo podría decir, pero a veces creía estar participando con esta parte que carecían, ser una pieza imprescindible en un rito de borracheras, llantos, leyendas y ternura arrancada de la tormenta.
       La ciudad se abría más o quizá era yo quien dejaba el encierro, y una imagen más aprensible iba cerrándose a mi alrededor. No por ello, ahora, dejo de decirme, ¿en dónde estaba la ciudad, en qué cuarto se quedaron tantos sueños o siquiera el leve rasgo de una pesadilla? Después de todo, ahora, yo soy el irreconocible. Cuando no se tiene nostalgia ni la sensación de haber perdido algo entrañable, ni una pizca de remordimiento por lo abandonado, ¿qué será en nosotros una ciudad?, me digo. Un idioma extraño que volveremos a hablar, calles que recorreremos de nuevo, reconociéndolas, algún cuarto de hotel al que volveremos imperturbables, sitios que serán menos inaccesibles, alguna pasión callejera… y el resto: la fetidez del cabinet, el hambre de las madrugadas, la borrachera de las noches, un coito triste y una posesión apasionada que no se repitió porque la ciudad también se tragaba a la amante ocasional que nos daba en un café, los ojos sobre el techo, las maldiciones de la portera, algún poema de Eluard leído en silencio, las nalgas bamboleantes en verano, una tarde de Ville D’Avray, tendido sobre el césped, algún libro abierto a la luz escasa del cuarto, la amarga y teatral historia doméstica de la prostituta normanda, los cuentos de gloria y de conquista del muchacho argelino, ya extraño a su cashbaj, la Gare de Lyon, la peruanita virgen acariciada debajo de las sábanas, la pelea entre la hoja que se sumerge en el agua del inodoro y estas hojas que ahora se llenan con febrilidad y una pregunta que me hago mirando desde la ventana hacia el Malecón, hacia la Rampa festiva que grita, una pregunta que de solo comenzarla me llena de pavor: ¿qué eres, después de todo, qué seguirías siendo allí?
       Luego decidiría el regreso: ya sabía que no era justo descargar sobre un mundo imposible, al menos para mí, una cólera que perdería su sentido en la cordura. Era, además, sería insignificante. Sin embargo, no solo era yo quien se lo preguntaba. También Danielle, Philippe, Jean, Rolande, todos ellos se lo estaban preguntando y ellos tendrían quizá sus respuestas, podrían incluso no tenerlas, pero sabían que allí estaban sobreviviendo y en cualquier momento sobrevivir podría ser el comienzo de algo más entrañable y verdadero que el desgarramiento, podrían tener sentido sus cóleras, sus amores, sus amarguras, sus encierros, sus largos y alocados paseos, sus pas grand’chose. Hacerme la pregunta, después de todo, era abrir el temblor de una respuesta que no acabaría en la confortable seguridad del regreso.
       “Lo terrible —había dicho Rolande— es que nos estamos quedando sin historia”. También esta imagen me golpeaba, me sacudía los riñones: trataba de componerla, de armarla a cualquier precio y solo podía pensar en los encierros que escogían, en esa revuelta silenciosa, en ese rechazo estéril de todo orden, una rebelión que los inmunizaba, secreta salvación de toda culpabilidad.
       Ahora, en este momento, mientras La Habana abre un precario invierno con nortes desaforados, le estaba pidiendo a Aída que pusiera de nuevo el hermoso disco de Ives Montand y también ahora estaba repitiendo el fragmento de la letra entre dientes, con vergüenza:

“Ami si tu tombes
un ami sort de l’ombre
à ta place/”

y la voz de Montand se me subía, escalaba las paredes ya frágiles de mi memoria y empezaba a comprender que, inevitablemente, sería la hora de la encerrona, de nuevo las dos piernas abiertas entre un mundo que abandonaba y este que se abría con una perspectiva nueva, desconocida, y la ventana que daba al Malecón se hacía más amplia, dejaba ver la bahía, el Castillo del Morro resistiendo sus siglos de cañonazos y conspiraciones y al volver la vista hacia la Rampa, una pareja, abrazada por la cintura, atravesaba la calle y un camión militar pasaba aturdiendo con su ruido, y aquí arriba Aída se estrechaba contra mi cuerpo, y yo, entonces, con la voz apagada, le decía “súbele el volumen”, porque, de verdad, era una hermosa canción (“amigo, si tú caes/ un amigo sale de la sombra/ a tu lugar”) y aunque ahora cayera en esta sensación un tanto dramática, solo este cuerpo de mujer estaría en mi lugar. “Súbele al volumen”, repetí, queriendo derribar el hotel con esta voz que sugería una larga marcha hacia el fondo de mi insondable ternura.



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