Óscar Collazos
(Bahía Solano, 1942 - Bogotá, 2015)

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Biografía del desarraigo
(Buenos Aires: Siglo XXI, 1974, 143 págs.)


      Desde los doce años me ha perseguido una imagen que hoy, al recordarla, por lo difusa no deja de ser menos patética: nuestra casa, en un azaroso barrio de estibadores y pequeños empleados públicos, rodeada de construcciones de paja, robándole tierra al mar, resaca, un profundo olor a porquerías arrastradas por la última marejada, nuestra casa daba al matadero municipal. Todas las noches y en las madrugadas, antes de dormirme o al despertarme sorpresivamente, escuchaba la gritería de los matarifes, sus abiertas obscenidades. Imaginaba el tumulto, las vacas degolladas, las piezas pendientes de los ganchos, todavía sangrantes. No sé qué extraño sabor de aventura había en las historias que al día siguiente se referían en la escuela pero, para nosotros, niños de ocho a diez años, los matarifes siempre fueron héroes implacables y desafío infranqueable. Hacía falta escuchar la referencias de sus peleas, el dramatismo de sus lances, la honda repercusión de su promiscuidad, recrearlas, ese espacio en el que después de la medianoche se movían y desplazaban como sobre un territorio inaccesible.
       He recordado muchas veces el acontecimiento y tantas veces he vuelto a olvidarlo: parece que, entonces, me había levantado para recoger la sangre recién vertida del ganado. No sé por qué razón la Madre supo que los desayunos serían menos flacos e irrisorios. Y ya en medio de los matarifes, que ahora oficiaban de cirujanos, sentía el olor de la sangre, los restos de las reses recién lavadas, el sudor agrio de las mujeres que limpiaban las vísceras, los últimos toques del descuartizamiento: se formaba a su alrededor el grupo de mujeres y niños que, una vez desprendido el pellejo del cuerpo, darían el toque final: escarbar el cuero, sacar los restos de carne, luchar hasta que la piel se hiciera transparente. No era tanto la posibilidad de un almuerzo, la perspectiva de una penosa comida, sino la oportunidad de un flaco negocio. En las mañanas, las piltrafas se venderían en el vecindario, era el alboroto, y qué decir de las ofertas y las aglomeraciones porque, en verdad, eran tiempos difíciles.
       No había llegado aún al matadero cuando oí los primeros gritos y vi que un muchacho salía con la cara salpicada de sangre. Detrás de él, una gruesa y bamboleante mujer, con un cuchillo en la mano, sosteniendo en la otra un pesado paquete de piltrafas, gritaba:
       —¡Ladrón, ladrón de mierda! ¡Maricón, ladrón de mierda!
       Y diez metros más adelante, el muchacho caía al suelo, retorciéndose: la mujer se tiraba sobre su cuerpo y le quitaba la lonja de carne, delgada, todavía con algunos residuos de pellejo sin desprender. El muchacho se limpiaba el rostro, los gritos subían y sus retorcimientos se hacían más graves: iba quitándose la sangre de los pómulos, dejando ver la herida que había interrumpido sus emanaciones para convertirse en una especie de labio abierto y blancuzco. “Te dije que ese cuero era mío”, advirtió la mujer. “Aquí cada cuero es del primero que lo agarre”, dijo él. Y el muchacho trataba de levantarse inútilmente porque, entonces, sí cayó extendido sobre el pavimento, disminuyendo el tono de sus lamentos: la mujer reaccionó y volvió a tirarle un lance a la cara. El muchacho trató de defenderse con el brazo desnudo: un chorro de sangre salió de la nueva herida. Los matarifes miraban: el Manco le mandaba la mano a las nalgas de la negra. Esta devolvía el gesto con una caricia en la verga del Manco. El más gordo se rascaba la espalda dejando las huellas de un rojo pálido en la camisa deshecha y el muchacho trataba de defenderse de la última arremetida de la mujer y ahora un coro regular trataba de alentarlo:
       —¡Te vas a dejar matar, so maricón!
       —¡Defiéndete, gran marica!
       Habían hecho un círculo de espectadores: el Manco le acariciaba los senos a la negra y el más gordo limpiaba sus brazos ensangrentados en ese delantal hecho ripios que después subía hasta la barbilla.
       Una hora después, era la calma.
       El muchacho había cedido y la mujer exhibía las piltrafas, triunfante: el trofeo de su batalla. Volvía a la piel y desprendía de ella los residuos de carne que se iban amontonando en el recipiente metálico.
       Volví a casa con las manos vacías. El desayuno no sería menos irrisorio.
       Muchas noches oí los gritos y creí estar allí, asistiendo al degollamiento de los animales, pero también a una diaria, sórdida pelea por los pellejos disputados. Nunca llegaron a ser verdaderas pesadillas ni el sueño acabó en las reiteraciones circulares de los sueños que van camino de la pesadilla. Lo único cierto es que ante esta violencia poco iba quedando claro en mi memoria: no sé si haya sido un oscuro sentimiento de piedad al recordarlo, pero siempre imaginé que cada noche un muchacho negro era arrastrado hacia los ganchos, sacrificado, descuartizado y luego arrojado al mar, acompañado por las oraciones de una mujer que llevaba de rosario el pellejo deshecho de un toro y de reliquia el corazón sangrante de la víctima.
       Esta forma de violencia nunca volvió a ser recordada: entraba en esa zona vedada de la vulgaridad, cuando esa abstracción del arte se refugiaba en otras no menores e inasibles maravillas. Yo mismo empecé a creer que pertenecían a acontecimientos insignificantes.
       Sin embargo, vuelvo sobre ellos y creo que, también allí, en esa batida diaria, la sangre era inferior a nuestro pellejo o pellejo y sangre eran el precio que aquel mundo imponía a nuestra supervivencia.
       Al lado del matadero —recuerdo— un coro de niñas cantaba todas las mañanas el “Ave María”, y la maestra, cuando las voces se destemplaban, pedía que se empezara de nuevo con el Himno Nacional.




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