Óscar Collazos
(Bahía Solano, 1942 - Bogotá, 2015)
3
Biografía del desarraigo
(Buenos Aires: Siglo XXI, 1974, 143 págs.)
El Padre estaba sentado en la sala: hojeaba los periódicos, se detenía en las noticias, doblaba la página, tomaba un lápiz y empezaba
a subrayar nombres de caballos sobre las columnas de pronósticos.
La Madre, en la cocina, sudaba. Silenciosa. Siempre fue una mujer
silenciosa, como si en el papel que le asignaron todo fuese una larga
y penosa acotación. Los Hermanos, afuera, correteaban: jugaban a
tipos y bandidos.
(El menor es un oscuro inspector de Chicago acribillado a
balazos en el momento en que lleva al éxito final su operación
y sueña con una generosa recompensa. El inspector Warren,
haciendo los preparativos de la captura, ante un enorme mapa
de la ciudad, desplegado. Dos de sus agentes de confianza siguen
las señales que va trazando con el lápiz. El otro hermano juega
al póquer en un cuchitril lleno de humo y pistolas, chalecos,
terror en el silencio que aguarda el primer movimiento falso
para iniciar la balacera. Su mirada está concentrada en el
movimiento de las cartas, en las manos que las barajan y tiran
sobre la mesa. El hermano menor o inspector Warren irrumpe
intempestivamente en la guarida de hampones y estos arrojan las
cartas, voltean la mesa, apagan las luces de un balazo. El inspector
Warren es herido en un brazo. Otro hermano, el buscado Jerry
Newman, cae desplomado, sin ninguna lamentación. Saldo final:
la cuadrilla eliminada, dos policías asesinados y el hermano
menor —inspector Warren—, lamentablemente muerto por un
sobreviviente, en ejercicio de sus funciones.)
El Padre dejaba los periódicos y se asomaba a la puerta: la batalla
había cesado y de ella no quedaban más huellas que el rostro exaltado
de sus actores. Ordenaba entrar, levantaba la cabeza hacia el
cielo, “va a llover”, y entraba de nuevo a la sala. Yo retiraba los ojos
del libro y oía los gritos del Padre, esta vez encolerizado. “¡Eso cuesta,
carajo! ¿O es que han creído que me regalan la ropa?”, gritaba,
levantando la mano y asentándola sin clemencia sobre sus cuerpos.
La Madre acababa de fregar los platos y los ordenaba en la alacena
que el Padre hizo con los restos de una caja de madera inservible. La
Madre se lavaba las manos y regresaba a la sala. “Va a llover”, repetía
el Padre. Y era como si dijera: “Otra vez el puto barro de la calle”. Ya
habíamos escuchado varios truenos repetidos en la tarde y el toque
de tambores de los negros del barrio. “Otra vez con su tum-tum”,
decía el Padre. Pero ese tum-tum nos agradaba. Movíamos los pies
a su compás, el cuerpo se nos agitaba, nos sentíamos atraídos hacia
el mundo imaginado de una danza que, apenas, alcanzábamos a ver
desde la calle: imaginábamos el sudor de los cuerpos, el roce de los
cuerpos, el vaivén de los cuerpos, el frenético movimiento de las nalgas,
el desplegar de los brazos, los gritos y la monotonía creciente que
creaba sus propias variaciones. “¿Qué es eso?”, preguntaba el Padre,
mirando hacia el libro que acababa de dejar. “Un libro”, respondía.
“Sí ya sé que es un libro”. Y no abundaba en preguntas. Era La vida de
Jesús, de Renan. Recordaba que ayer había leído en voz alta párrafos
de esa atrevida vida de Jesús. Por un momento el Padre dejó el periódico
y sentí que fijaba su atención en mi lectura. Pude saber que la
seguía. “¿Quién le ha dicho que lea esas cosas?”. Nadie, nadie lo había
dicho. Era un libro prohibido. Esa era la razón más simple.
El Padre repite su gesto con escepticismo: contrae los músculos
de la cara, se lleva el cigarrillo a la boca y mira hacia un sitio impreciso.
El Padre.
—Anoche hirieron a un muchacho en el matadero —dijo uno de
los hermanos.
—Esos negros se dan cuchillo por cualquier cosa —contestó el
Padre.
El Padre odiaba a los negros. Entonces, no sabía por qué nos
traía a este barrio, a esta ciudad de negros. ¿Éramos, acaso, negros
a nuestra manera?
¿Cómo resistir la tentación de pensarse y sentirse negro, si también
nosotros éramos tributarios de esa misma miseria, partícipes
de la misma patética segregación? En la soberbia del Padre nunca
estuvo esta reflexión. Yo, en cambio, siempre alenté un sentimiento
de rabia, a punto de estallar, ese sentimiento de rabia que —pensaba—
algún día acabaría en la más implacable rebelión. Padre los
odiaba y quería que también nosotros los odiáramos. Yo soñaba ese
odio: se convertía en pesadilla. Nada más lo soñaba. Como soñaba,
de nuevo, que un muchacho negro era sacrificado y engarzado en
los ganchos del matadero, luego desprendido y paseado en una procesión,
con plañideras y deudos enlutados: llevaban como rosario
las vísceras descompuestas de las vacas sacrificadas en la madrugada
y de reliquia el corazón sangrante de la víctima.
—Vayan a lavarse y luego se acuestan —ordenaba el Padre, sin
mirarme, como si su autoridad llegara al límite con mi presencia.
Después encendía la radio. Siempre encendía la radio a la hora
de las noticias. Esta imagen, por lo trivial, no carece de importancia:
hay cierta febrilidad en el gesto de encender la radio, en los desplazamientos
del dial, en la sintonía definitiva de las noticias, como si
aguardara de ellas algo esperado desde siempre. “Dejen la bulla”,
decía. Escuchaba con atención. Luego, enmudecía.
—Cayó mi general Rojas Pinilla —dijo para sí. Yo también escuchaba
la noticia y sentí que lo decía: apenas vi el movimiento de
sus labios. Subió el volumen. Se hablaba de su huida de Palacio y
de la creación de una Junta Militar. Era mayo de mil novecientos
cincuenta y siete.
La exclamación posterior del Padre carecía, al menos para mí,
de todo sentido. Años más tarde cobraría alguna importancia: mi
Padre era el mediocre funcionario público afectado por la inminencia
de cambios a todos los niveles de la administración. Su malestar,
en cambio, no duró mucho. Aquella noche, ante el alboroto de todo
el vecindario, el Padre enterró su malestar: se fue a dormir. Tal vez
este “triunfo” era algo más que inquietante y desalentador en su
vida.
A la mañana siguiente, un montón de cigarrillos apagados rodaba
por el suelo, al lado de la cama. En su cara quedaban unas ojeras
amplias y en sus ojos adiviné un ardor insoportable. Desayunó en
silencio. Tal vez nunca fue más grande su silencio. Me sentí tentado
a preguntarle sobre el significado de las noticias, pero sabía que no
iba a hallar respuesta. Ahora, quisiera reservar el episodio, dejarlo
como un engranaje independiente que, tal vez, jamás se ponga en
movimiento. Tomaba de nuevo mi libro de Renan y lo confundía
entre los textos escolares. ¿Por qué razón este francés, decrépito y
obstinado por su soberbia, me obsedía? Llevaba conmigo la única
posibilidad de diálogo, porque el Padre no tenía más diálogo que las
recriminaciones traducidas en monosílabos o en silencios: se sumía
en ellos para imponer su autoridad. Los caballos, esos sí eran su
verdadero diálogo: un penoso diálogo con el azar.
Yo escarbaba entre los estantes de la biblioteca pública, repasaba
los incomprensibles volúmenes de arte. Sin embargo, no había
ninguna seducción en ellos, como no fuera la de los desnudos o
imágenes deslumbrantes de ciudades desconocidas. A las nalgas
de un Rubens añadía flechas, exclamaciones y falos imperfectos y
monumentales. Y leía a Renan o, a veces, ese Voltaire que llevaba
entre mis cuadernos. A los David les buscaba vellosidades y de
pronto se me antojaba convertir la Capilla Sixtina en un prostíbulo
animado por una extraña música litúrgica. A Goya le dedicaba mi
asombro y una risa de incomprensión cuando recorría sus dibujos,
ese diabólico sueño de la razón vomitando monstruos: quería
desnudar a La maja vestida y ponerle bikinis a la desnuda. Esos
Modigliani eran asociados con las mujeres tuberculosas del barrio,
tomando el sol a las diez de la mañana, a solo dos cuadras de nuestra
casa. Sobre la cúpula de Notre Dame el gótico remataba en la figura
de un loro cantando obscenidades. El Bosco me movía a una incontenible
hilaridad: esa cadena de monstruos y ficciones en colores era
el verdadero sueño de mi razón: formaban una danza de espectros
aterrados por el infierno. No había ni cabía ningún respeto en ese
movimiento de pasar de una página a otra. Finalmente, sobre las
páginas de pintura flamenca, imaginaba orgías, niñas regordetas
sirviendo platos humeantes, destendiendo manteles, desnudándose
procazmente, entregándose al gozo de una tarde sin fin, vomitando
sobre las mesas, dando de mamar de sus mismas tetas húmedas de
leche, cantando en un idioma incomprensible, gateando debajo de las
mesas, ladrando, maullando en presencia de algún rostro hierático,
inconmovible ante tan deslumbrante espectáculo.
Los textos resultaban aburridos.
Pese a todo, batí todas las marcas de asistencia a ese recinto en
donde los libros se consumían entre el polvo, algunos vírgenes, con
sus páginas sin cortar. A ese recinto en donde, debajo de la Enciclopedia
Espasa repasaba las páginas de una Playboy, llena de grasa y
mugre; la grasa y la mugre de nuestros dedos.
—Quién sabe lo que pasará ahora —dijo el Padre al día siguiente.
La Madre iba al cuarto y tendía las camas. Volvía con la escoba
y sacudía el polvo: lo amontonaba y arrojaba a la calle. Tomaba el
trapeador y secaba los orines del hermano recién nacido, acostado
sobre el petate. Sentía que el sol arreciaba y su rostro se volvía, de
nuevo, esa congelada expresión de la resignación. En la sala, mis
libros. Al fondo la imagen del Corazón de Jesús recibía la pálida
iluminación de la vela, a punto de extinguirse.
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