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Óscar Collazos Cabalgata dominical Después de la primera rechifla, el Presidente enrojeció. La escolta lo rodeó: todos llevaron sus manos a la cintura. Ahí estaban las
pistolas ametralladoras. Un piquete de policías cubrió la retaguardia.
La cabeza del Presidente sudaba debajo de su sombrero inglés:
traje oscuro, corbata vinotinto, camisa blanca, chaleco. El discreto
corte de una generación. Con mesura, sustituyeron el corbatín por
la corbata, el sombrero de copa y el paraguas fueron desapareciendo
como símbolos de elegancia. El barroquismo que heredaron de la
Inglaterra que formó a sus abuelos ha sido reemplazado por la sobriedad
de una Norteamérica que se resiste al adorno: brutal, carnal,
directa, hasta en el más espantoso de sus crímenes. Este hombre de
sesenta años sabe lo que hace. “La patria por encima de los partidos
”, podría repetir. Y que nadie se venga a cagar en la Patria ni en
sus partidos. Con temple, con una gallardía propia de su generación:
a su turno, también ellos conspiraron. Crearon sus células y alrededor
de ellas el rojo legendario de un partido perseguido, masacrado
en la legalidad. Hoy, los tiempos han cambiado: ahora ellos son la
legalidad y es lo que, hoy, entrando a la universidad, tiene presente
el Presidente. En menos de un minuto, está en su auto blindado.
El Mercedes Benz sale por la avenida más cercana, mientras atrás
queda la rechifla, cuerpos heridos revolcándose por el suelo, el pelotón
que avanza, los fusiles que disparan, los gritos que aturden
el espacio, las piedras rasgando el aire de la tarde. Este aire frío de
siempre. Esta ciudad gris de siempre. Estos discretos hombres del
poder; estos hijos de puta de siempre. Literatura
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