Óscar Collazos
(Bahía Solano, 1942 - Bogotá, 2015)


Biografía del desarraigo
Biografía del desarraigo
(Buenos Aires: Siglo XXI, 1974, 143 págs.)

Para Antonio Saura


Je suis en retard toujours!…
Cést pas la mauvaise volonté…
Je me tire sur mes cicatrices!…
Le pont de London
, L. F. Céline


      No se estaba bien, jamás se estuvo ni se estaría bien en esa mierda de cuatro metros cuadrados y una mugre cocina adonde apenas se podía entrar y para agregar el cabinet a dos pasos de la estufa, a cinco centímetros de la mesa en donde se ponían a hervir las papas, a freír los huevos, a humedecer las lechugas, a secar el arroz, el asqueroso inodoro ahí mismo y solo bastaba volver los ojos para verlo, sumergirse en la discreta e inútil cortina de tela humedecida salpicada de agua mantecosa, y saber que la cocina era el inmundo espacio cerrado y sin ventanas y si se salía al cuarto habría aire, pero era el apestoso aire que seguía viniendo de la rue Saint-Denis, los gritos de los carniceros, la palidez de las muchachitas tempranamente maquilladas, estacionadas en las esquinas o en las bocas del métro, los argelinos escapados de su país y definitivamente tragados por la fiebre, la delincuencia o una sorda violencia que se iba desarrollando en sus asaltos eróticos u obscenos, los árabes enchalecados de los almacenes de telas, vendiendo-al-por-mayor y el rechinar de las carretas y el pito de los autos sobre el Boulevard Bonne Nouvelle y los chulos y los cretinos jugando el día entero en las máquinas del café, sometidos a la penosa emoción de un partido de fútbol mecánico, las viejas histéricas y llenas de avaricia recontando sus monedas en los puestos de legumbres: bajar hasta la calle no significaba tomar aire: era, sencillamente, seguir en el apestoso laberinto de los zaguanes herméticos y sin desinfectar y este invierno era nada comparable al frío que me sorprendía cuando bajaba las escaleras del cuarto piso y oía a la rusa borracha del tercero cantando una canción intraducible, peleándose con su piano desafinado, a punto de venirse abajo en toda su armazón, sus teclas desajustadas, siempre la botella de pastis a su lado, y el viejo paralítico del segundo dando gritos a la concièrge: “J’suis pas bête, moi…”, sus gritos pidiéndole la leche, “vous savez Madame”, decía a Margarita cuando bajábamos, “j’suis pas con… c’est ça qu’elle en pense, la vâche”, y lo sentíamos removerse en su cama, tratando de tirarse al suelo, de convencernos de que la portera lo estaba matando de hambre, una puta infeliz y sin escrúpulos tasándose sus provisiones, y bajábamos a la calle y yo apenas decía “gracias por el café”: tenía la certeza, en ese momento, de que no volvería al cuarto, no iban a soportarme ni a aguantarme ni a aguantar que yo durmiera allí con ellos, impidiéndoles la libertad de moverse a sus anchas (a sus estrechas, debería decir), yo ahí era un obstáculo pero era también inútil tratar de pasar la noche en las calles, ya lo había intentado y no era posible: a las seis de la mañana mi vanidad se doblegaba y desde cualquier esquina emprendía el viaje, midiendo las cuadras, unas veces por el Boulevard Sébastopol, otras atravesando Les Halles, tempranamente hastiado del olor a frutas podridas, a legumbres pisoteadas, a desperdicios sin recoger, a apretujamiento de cuerpos mugrosos en las puertas de las cafeterías, esa sensación de caerme al suelo, de no poder despertar jamás, calcular cuántas cuadras quedan para vislumbrar ese penoso arquito del triunfo en que se recorta la rue Saint-Denis, saber que tendría que tocar y decir buenos días, cómo han amanecido, como si dijera solo un campito me basta, en el suelo, en cualquier rincón, y oler el seco y profundo churre de las cobijas, entrar a tientas, tirarme a dormir hasta el mediodía cuando ya era hora de hacer el café y de ordenar la vergüenza, de bajar por los huevos que serían freídos y ya con eso para todo el día…
       No, no se estaba bien, qué se iba a estar bien si era mierda lo que faltaba por comer. Y toda imagen, por imaginada que fuese, desaparecía. Trataba de hacerme a una, aunque fuese a la pobre y desolada imagen del hambre y no era posible más que este estrechamiento paulatino y era cuando me preguntaba, ¿qué hago aquí?, y todavía febrero se alargaba en sus tres días restantes y no había más perspectiva que la de un día sí, otro no, temblor repentino en los ojos y de vuelta al mismo cuarto, a la misma mugre, a pedir por veinte segundos la ducha del agua caliente, porque el gas, tú sabes. Al comienzo había tenido la impresión de impedirles una libertad íntima pero, luego, no sé, hasta lo intuía, fue cuando me di cuenta de que esta libertad íntima no existía y no existía porque en sus juegos amorosos solo tenía espacio una penosa ternura, un impedimento físico que jamás dramatizaron y seguramente la pena que sentía por ellos no era lo más justo, qué diablos sabía yo de los pactos de la intimidad, de los subterfugios del amor, de esa castidad convenida, porque sencillamente no les da la gana de entregarse o haya otra forma distinta de poseerse y ellos la estuviesen llevando a su perfección: así que dejó de atormentarme la idea de estarles impidiendo el amor, pero lo que no podía dejar de pensar era que les reducía el espacio, les obstaculizaba su neurótica ternura, el espejismo infantil de sus caricias, esa particular y secreta familiaridad en el lenguaje, el silencio de Ernesto, sus ojos desorbitados, sus monólogos teatrales, e iba aprendiendo que ellos eran capaces de sumergirse en una palabra y desatar de ella los conflictos más dramáticos: jugaban a ¿Who’s Afraid of Virginia Woolf? y entonces maldecía el momento en que decidí darles como regalo la muñeca comprada en una tienda en Moscú: en él iban a fijar el objeto de su drama, a él dirigían la espontaneidad de un sueño, y cuando oí la primera vez que se peleaban el derecho de acariciarlo, mimarlo, dormirlo, despertarlo, torturarlo, flagelarlo o destruir ese hijo que yo les había dado, entonces comprendí que ese amor enfermizo se me hacía borroso, no era posible en mi lógica, escapaba de mi ordenamiento, no cabía en mi cordura ni entraba en mi equilibrio. Y luego, hablar del país era dar vueltas alrededor de pequeños fantasmas desaparecidos: siempre hablábamos del país como si temiéramos perderlo en el exilio de un cuarto, en esa minúscula e irreconocible esquina de un barrio parisino: teníamos al país en las bocas, con nostalgia, como si jamás fuésemos a volver, como si él ya fuese inaccesible, irremediablemente imposible: tal vez para ellos estaba lejos o no representaba nada: nunca lo habían sentido, jamás le habían reclamado nada ni ellos se habían propuesto darle algo, ni siquiera el gesto más insignificante. Al contrario. Los torturaba. Hablar del país era hablar del hijo malogrado, volver a las historias de amor adolescente, a los mismos acontecimientos que aquí se repetían en la memoria. Ellos, al menos, vivían una ficción, la creían, iban desenvolviéndola con autenticidad, la vivían endemoniadamente en esa zona que describe la imaginación cuando desplaza todo razonamiento coherente. Yo, en cambio, no podía vivir el horror de esta elección y me remordía pensar que al regresar no iba a tener siquiera la memoria para buscar una imagen, y el tiempo se me volvía íntimamente enemigo, porque alguna imagen hermosa o profundamente conmovedora tenía que quedar, algo distinto al frío del invierno, al hambre de las noches, al “s’il vous plâit, monsieur, ¿vous n’avez pas un franc?”, algo distinto a esta vanidosa y a la vez púdica mendicidad.
       Estábamos encerrados. Digo, ellos se encerraban en su cuarto y yo venía a cerrar el círculo por las noches, era casi un rito, el rito de nuestro encierro: me quedaba horas en silencio, trataba de escribir sobre la mesa, todavía quedaban los restos de la comida o algunas gotas de beaujolais se consumían para ser reemplazadas por la botella siguiente que Ernesto bebía febrilmente, hasta que a Monsieur Durand le diera la gana de decir “y’a plus” y Ernesto le rogara por Dios solo una botella más y él terminara diciendo “c’est fermé. Y’a plus!” y nos echara la puerta en las narices.
       Y, ¿en dónde estaba, entonces, ese París que había venido a explorar partiendo de una mitología infantil, ya prácticamente difuminada, en dónde estaba el sueño de la adolescencia deslumbrada por las tarjetas postales, los textos escolares, las novelas leídas con avidez, el mapa de la ciudad aprendido de memoria, las líneas del métro con sus correspondencias, en dónde se iba quedando todo? Ya había visto, en los alrededores del Carrefour del Odeón, en las esquinas de Saint-Germain, en lo alto de la Mouffetard, a tantos como nosotros viviendo la ficción de tres, cuatro, cinco, años paseando sus cuentos de amor inútiles, sus masturbaciones glaciales, sus sueños de posesión o de gloria hechos mierda en el instante de despertarse, envanecidos por la triste conciencia de poder utilizar un argot que gorgoreaban como cuervos, muertos de hambre, envueltos en la suciedad de un pull irremplazable, en la piadosa mugre de sus cuartos, hediondos aún a la basura de las calles que habían limpiado en las madrugadas o a los platos que habían fregado, secado y ordenado para luego poder decir aquí está el dinero, tranquilos con la deuda saldada, y vagar como sonámbulos por las puertas de los cafés, a la espera de una milagrosa seducción, de algún sueño sin fin (el boliviano ha estado tramando su llegada clandestina a La Paz, hace los contactos y empieza una proeza descomunal que no ha pasado, en tres años, de un lenguaje vicioso y circular), rehusando la pesadilla de volver al mismo cuarto (el tico se arma de consignas, de rechazos y de amonestaciones severas y entra a su Costa Rica natal en los brazos de una generación que lo proclama su porte-parole para las hazañas de una ruptura sin precedentes), releyendo las cartas en donde les hablaban de miseria o les preguntaban por el porvenir, cartas de padres también envanecidos por la carrera del hijo ausente, poner todas las mañanas las manos en el mismo recipiente, pasarse una toalla húmeda por las axilas y perfumarse con la caca de los inodoros colectivos, con el vinagre de alguna prostituta normanda… y, ¿en dónde, en dónde estaba ese París que había estado buscando, entre el deslumbramiento y la paulatina decepción?
       No, no se estaba bien en este cuarto. Aquí habíamos traído al país en lo más lamentable que tenía, en nosotros mismos y en nuestras vacilaciones, en nuestros temores o en nuestras precarias fantasías de prosperidad, en esos rasgos mesiánicos que morían cada noche y resucitaban cada madrugada, en nuestras tontas aventuras fingidas, y aquí lo desenvolvíamos: como desenrollar su mapa e indicar con el dedo el sitio de nuestro nacimiento, una nostálgica geografía, el crecimiento de nuestros conflictos, la desazón de nuestra fuga, nuestra rabia, nuestros recelos, las tramposas salidas que nos dábamos pensando ser más dignos en un sitio en donde la dignidad se peleaba con los dientes, se medía con una vara que no estaba en nuestro poder, en nuestros gestos de repugnancia… Y era una manera de defendernos: es posible que fuese una manera de sentirnos menos empequeñecidos, menos incomunicados, menos marginados, menos pobres diablos. Los cuentos, los cuentos, los cuentos siempre estaban en nosotros: todos los días se recapitulaba una acción y esa acción jamás fue acometida: Margarita con sus ficciones incestuosas, con su procacidad tropical, con su visión de partos, placentas y resurrecciones míticas. Ernesto, silencioso, seguía prendido a la siguiente botella de rouge, bebía como un condenando y recordaba su hermosa voz recitando trozos de Marat-Sade, oyendo la ceremonia coral de los dementes (“Marat, ¿qué se ha hecho esa revolución tan nuestra?”), su hermosa y reconocible voz, era verdad, pero ahora balbucía y era el Marqués de Sade el que se imponía sobre su impotencia, era Charlotte Corday dando el golpe de cuchillo en la primera visita, esa voz se perdía en el mar de tres botellas y Margarita se convertía en la fiel Simonne Evrard y yo en el lascivo Coulmier buscando el vientre y las tetas de Charlotte, esa Charlotte inexistente, se sumergía en una borrachera que acababa rompiendo vasos, a punto de quemar el cuarto, de incendiar París, un asilo de Charenton reducido al espejismo de seis metros cuadrados y Margarita lloraba y entonces yo sabía que el drama comenzaba, que bastaba sentarme respetuoso como cualquier espectador a ver esta general congelación, a ver su desarrollo, a adivinar su desenlace, y era de nuevo el hijo que no se tuvo y eran las historias de amor que me partían el alma (cuándo nos conocimos, cómo nos fuimos sumergiendo en este amor obstinado, cómo subíamos las escaleras hacia nuestro cuarto del barrio Santa Fe, cuándo me di cuenta del embarazo, cómo te esperaba en la sala del teatro hasta que recitaras el último parlamento, cómo nos íbamos matando e íbamos derecho a una torpe resurrección) y entonces tenía ganas de correr, de salir a la calle, de someterme al frío de la rue D’Aboukir, a la medianoche y al fastidio. Pero prefería estar allí: era probable que exigieran mi presencia para desenvolverse con más violencia, una presencia estimulante, la certeza de que sin mí el primer acto no tendría comienzo y no se podría pasar de bastidores, saber que alguien podía ser testigo de una imprevista erupción de furia y de una tierna reconciliación, porque acabarían abrazados, como siempre, llorando al lado del muñeco, de ese hijo o hija rusa que les había dado para que vertieran sobre él todo el remordimiento que les cabía, las heridas que le proporcionaban, las flagelaciones de que era víctima, esas invitaciones a que yo también tomara el cuchillo y lo hiriera, les ayudara al sacrificio, a la desaparición del mito. Y afuera, tal vez nevaba, tal vez no quedaba más que una calle para arrastrar los pies y medir la puerca soledad e imaginar el regreso, las muchachas teñidas de la esquina, su canción amarga de todas las noches, un letrero de hotel, la entrada del métro, los delincuentes y los maniáticos agrupados a la espera de una muchacha solitaria para enseñarle sus falos flácidos, algún clochard con la frente partida contra los barrotes de la calefacción, a veces cantando una olvidada letra de la Resistencia, recitando sus incoherencias, sabiéndose más libres y solos que nadie, un puesto de periódicos vacío, un anuncio de Coca-Cola, la propaganda tramposa de bikinis minúsculos sobre el maniquí en el que tantos deseos estarían descargándose, el cine rojo, los mendigos borrachos, un boulevard húmedo a estas horas de la madrugada.
       Porque aquí adentro, ¿en dónde estaba esta ciudad que acabaría seduciéndonos con su ignominia y sus mitos, a pesar del rechazo acumulado, de mis maldiciones silenciosas, de los lugares comunes que dijimos? Sí: vendría la primavera, hasta se podría andar sin abrigo, el día siguiente no sería una descarga de temblores en los huesos. Y la primavera llegaba, estaba llegando con una repentina ola de sol y estaba, al menos, otro espacio, ya iba menos al cuarto de la rue D’Aboukir, ya estaba Danielle y el rectángulo que me había dejado con la condición de entrar y salir sigilosamente sin que la portera me viera, por lo menos estaba ese cuarto de la rue Papillon y algunos francos para sentirme con una impresión menos vana de libertad. “C’est pas confortable”, había dicho Danielle y qué me importaba. Había una cama, agua caliente en el lavamanos como para desnudarme y echar cantidades sobre la cara y el tórax y la seguridad de no estar interrumpiendo el rito de violencia o ternura de Ernesto y Margarita. Sí: ya sabía que les hacía falta: iba a verlos y querían retenerme: nunca lo dijeron pero lo veía en sus gestos, en las conversaciones que se prolongaban. Leíamos en voz alta trozos de Cien años de soledad y de Rayuela, y yo iba resultando para ellos el país consciente. Ellos representaban para mí lo más disparatado y loco de ese país que había creído aborrecer y que ahora deseaba, quería desentrañar de las cartas, cuando llegaban. Aquí podía llenar páginas de frases, de historias que jamás llegaron a su final, que acabaron sirviéndome de papel higiénico. Siempre creí que se trataba de una metáfora grosera y desafortunada, y no: efectivamente, me limpiaba el culo con la imposibilidad de coherencia, con las torpes líneas desechadas. Veía cómo iban desapareciendo en el remolino de agua y excrementos dentro del cabinet.
       “París era una fiesta”, ¡y qué clase de triste fiesta! Podría darme risa la frase, era para que se entumecieran de risa los cojones. Esto se iba pareciendo mejor a un rito descocado, a una ceremonia tortuosa de aniquilamiento. “Moi, je ne veux pas me faire baiser”, me había dicho Danielle y la había comprendido. Ella rehusaba dejarse joder, nadie —mientras ella lo quisiera— iba a culeársela olímpicamente y ahí estaba la razón de su soberbia, sus defensas nerviosas, su áspero lesbianismo, y comprendía que tenía sentido que lo dijera porque en ella era más posible esa libertad, esa alternativa entre el orden y el desajuste sistemático. A nosotros nos iba quedando solo una congestión de rabia, de resentimiento represado y descargado en ciertos momentos de confusión o en el delirio de las borracheras con mal vino, cuando no éramos más que un sentimiento de culpabilidad confesándose con llantos.
       ¡Cómo no! Ahora se estaba mejor, no importaba tanto que no se pasara de un sángüiche por día, de algún nescafé amargo, de una citronade dulzona. Se estaba mejor, era cierto. Y Margarita extrañaba mis visitas y decía que Ernesto seguía encerrado en sus tres botellas diarias, su veneno de todos los días, en una borrachera que acababa en la más completa extenuación. Se estaba olvidando de nuestro hijo, decía Margarita. Nunca había existido pero se estaba olvidando de él. Y yo prefería callarme, no hacía comentarios: nunca hicieron falta. Seguían encerrados en su juguete, su tierna y cruel matrioshka convertida en carne y huesos averiados de un sueño: eso bastaba, tal vez. No podía concebir que apenas conocieran la ciudad. Un año y apenas podían decir “merci, madame”, con tono acomplejado. “Merci, monsieur”, con voz respetuosa. Y pensar que podrían decir “¡merde!” con toda la sonoridad de la cólera, “je m’en fous!”, sin la solemnidad del muchas gracias, darles en las narices, en la gueule prepotente de sus miradas despreciativas, en ese engreimiento blanco que los llenaba de soberbia y repugnancia, a toda esa manada incapaz de un asomo de rebeldía, condicionada por su confortable seguridad. Podía envidiarlos si no pensara que en esta incapacidad de entendimiento había una sensación de frustración que los obligaba al encierro. Podría haberlos envidiado (lo pensé) porque en ese rechazo había algo de afirmación, “de afirmación del país”, pude haberles dicho. Rechazar una lengua que no comprenderían jamás en sus sutilezas. Seguían siendo auténticos, a pesar de todo, porque no existía en ellos un espacio que los constriñera, una geografía que los tiranizara e inhibiera, este espacio era igual a otro, bien podría ser el Congo, Argelia, la Martinica o la ensimismada Suiza que desconocían. Ojalá lo hubiese sido, me decía después. Yo no podría vivir las cosas en ese estado de inocencia después de haber bebido sus Descartes, sus razones, sus dudas metódicas, sus productos exportados, su surrealismo afiebrado, sus Malraux, sus Giraudoux, sus salaud dispersos por el mundo y todo esto se vivía como conflicto, un intento de borrón y cuenta nueva.
       Cuando volvía (podrían haber pasado dos, tres semanas, un mes), la misma botella renovada, la misma historia repitiéndose. Es posible que solo a mí me pareciese repetida y que ellos la estuviesen viviendo como nueva en cada repetición. Eso pasa, no hay por qué negarlo. Suele pasar, a veces, cuando las cosas dejan de ser algo comprensible por todos y se cargan de un contenido especial que solo nosotros podemos desentrañar con el lenguaje de las claves, latidos extraños que solo nosotros podemos producir, el código cerrado de toda destrucción. Es una correspondencia especial entre nosotros y el mecanismo invisible que mueven ciertas cosas, ciertos episodios de nuestra vida, el hijo que no se tuvo y se posee y arrulla diariamente, viviendo a nuestro lado, en nuestra misma cama, los amores que no han desaparecido con sus cartas quemadas. Era posible que a ellos les estuviese pasando igual. Pero para mí era el retorno tedioso al mismo punto de partida, el retorno a un lugar ya recorrido. Jamás podría comprenderlo: preferiría dejarlos en las claves que solo ellos serían capaces de descifrar, mover y agitar, poner en funcionamiento. Y me daba pena tener que dejar de ser el testigo de un amor casto, de un amor que no podía llamar impotente y estéril porque ellos se poseían con una rabia extraña, ilocalizable, tan de ellos, ese amor morboso que me llevó al límite de la exasperación, hasta la insospechada participación. No sé, no lo podría decir, pero a veces creía estar participando con esta parte que carecían, ser una pieza imprescindible en un rito de borracheras, llantos, leyendas y ternura arrancada de la tormenta.
       La ciudad se abría más o quizá era yo quien dejaba el encierro, y una imagen más aprensible iba cerrándose a mi alrededor. No por ello, ahora, dejo de decirme, ¿en dónde estaba la ciudad, en qué cuarto se quedaron tantos sueños o siquiera el leve rasgo de una pesadilla? Después de todo, ahora, yo soy el irreconocible. Cuando no se tiene nostalgia ni la sensación de haber perdido algo entrañable, ni una pizca de remordimiento por lo abandonado, ¿qué será en nosotros una ciudad?, me digo. Un idioma extraño que volveremos a hablar, calles que recorreremos de nuevo, reconociéndolas, algún cuarto de hotel al que volveremos imperturbables, sitios que serán menos inaccesibles, alguna pasión callejera… y el resto: la fetidez del cabinet, el hambre de las madrugadas, la borrachera de las noches, un coito triste y una posesión apasionada que no se repitió porque la ciudad también se tragaba a la amante ocasional que nos daba en un café, los ojos sobre el techo, las maldiciones de la portera, algún poema de Eluard leído en silencio, las nalgas bamboleantes en verano, una tarde de Ville D’Avray, tendido sobre el césped, algún libro abierto a la luz escasa del cuarto, la amarga y teatral historia doméstica de la prostituta normanda, los cuentos de gloria y de conquista del muchacho argelino, ya extraño a su cashbaj, la Gare de Lyon, la peruanita virgen acariciada debajo de las sábanas, la pelea entre la hoja que se sumerge en el agua del inodoro y estas hojas que ahora se llenan con febrilidad y una pregunta que me hago mirando desde la ventana hacia el Malecón, hacia la Rampa festiva que grita, una pregunta que de solo comenzarla me llena de pavor: ¿qué eres, después de todo, qué seguirías siendo allí?
       Luego decidiría el regreso: ya sabía que no era justo descargar sobre un mundo imposible, al menos para mí, una cólera que perdería su sentido en la cordura. Era, además, sería insignificante. Sin embargo, no solo era yo quien se lo preguntaba. También Danielle, Philippe, Jean, Rolande, todos ellos se lo estaban preguntando y ellos tendrían quizá sus respuestas, podrían incluso no tenerlas, pero sabían que allí estaban sobreviviendo y en cualquier momento sobrevivir podría ser el comienzo de algo más entrañable y verdadero que el desgarramiento, podrían tener sentido sus cóleras, sus amores, sus amarguras, sus encierros, sus largos y alocados paseos, sus pas grand’chose. Hacerme la pregunta, después de todo, era abrir el temblor de una respuesta que no acabaría en la confortable seguridad del regreso.
       “Lo terrible —había dicho Rolande— es que nos estamos quedando sin historia”. También esta imagen me golpeaba, me sacudía los riñones: trataba de componerla, de armarla a cualquier precio y solo podía pensar en los encierros que escogían, en esa revuelta silenciosa, en ese rechazo estéril de todo orden, una rebelión que los inmunizaba, secreta salvación de toda culpabilidad.
       Ahora, en este momento, mientras La Habana abre un precario invierno con nortes desaforados, le estaba pidiendo a Aída que pusiera de nuevo el hermoso disco de Ives Montand y también ahora estaba repitiendo el fragmento de la letra entre dientes, con vergüenza:

“Ami si tu tombes
un ami sort de l’ombre
à ta place/”

y la voz de Montand se me subía, escalaba las paredes ya frágiles de mi memoria y empezaba a comprender que, inevitablemente, sería la hora de la encerrona, de nuevo las dos piernas abiertas entre un mundo que abandonaba y este que se abría con una perspectiva nueva, desconocida, y la ventana que daba al Malecón se hacía más amplia, dejaba ver la bahía, el Castillo del Morro resistiendo sus siglos de cañonazos y conspiraciones y al volver la vista hacia la Rampa, una pareja, abrazada por la cintura, atravesaba la calle y un camión militar pasaba aturdiendo con su ruido, y aquí arriba Aída se estrechaba contra mi cuerpo, y yo, entonces, con la voz apagada, le decía “súbele el volumen”, porque, de verdad, era una hermosa canción (“amigo, si tú caes/ un amigo sale de la sombra/ a tu lugar”) y aunque ahora cayera en esta sensación un tanto dramática, solo este cuerpo de mujer estaría en mi lugar. “Súbele al volumen”, repetí, queriendo derribar el hotel con esta voz que sugería una larga marcha hacia el fondo de mi insondable ternura.



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