Óscar Collazos
(Bahía Solano, 1942 - Bogotá, 2015)
Biografía del desarraigo
Biografía del desarraigo
(Buenos Aires: Siglo XXI, 1974, 143 págs.)
Para Antonio Saura
Je suis en retard toujours!…
Cést pas la mauvaise volonté…
Je me tire sur mes cicatrices!…
Le pont de London, L. F. Céline
No se estaba bien, jamás se estuvo ni se estaría bien en esa mierda de cuatro metros cuadrados y una mugre cocina adonde apenas
se podía entrar y para agregar el cabinet a dos pasos de la estufa, a
cinco centímetros de la mesa en donde se ponían a hervir las papas,
a freír los huevos, a humedecer las lechugas, a secar el arroz, el asqueroso
inodoro ahí mismo y solo bastaba volver los ojos para verlo,
sumergirse en la discreta e inútil cortina de tela humedecida salpicada
de agua mantecosa, y saber que la cocina era el inmundo espacio
cerrado y sin ventanas y si se salía al cuarto habría aire, pero era
el apestoso aire que seguía viniendo de la rue Saint-Denis, los gritos
de los carniceros, la palidez de las muchachitas tempranamente
maquilladas, estacionadas en las esquinas o en las bocas del métro,
los argelinos escapados de su país y definitivamente tragados por la
fiebre, la delincuencia o una sorda violencia que se iba desarrollando
en sus asaltos eróticos u obscenos, los árabes enchalecados de los
almacenes de telas, vendiendo-al-por-mayor y el rechinar de las carretas
y el pito de los autos sobre el Boulevard Bonne Nouvelle y los
chulos y los cretinos jugando el día entero en las máquinas del café,
sometidos a la penosa emoción de un partido de fútbol mecánico,
las viejas histéricas y llenas de avaricia recontando sus monedas
en los puestos de legumbres: bajar hasta la calle no significaba tomar
aire: era, sencillamente, seguir en el apestoso laberinto de los
zaguanes herméticos y sin desinfectar y este invierno era nada comparable
al frío que me sorprendía cuando bajaba las escaleras del
cuarto piso y oía a la rusa borracha del tercero cantando una canción
intraducible, peleándose con su piano desafinado, a punto de
venirse abajo en toda su armazón, sus teclas desajustadas, siempre
la botella de pastis a su lado, y el viejo paralítico del segundo dando
gritos a la concièrge: “J’suis pas bête, moi…”, sus gritos pidiéndole la
leche, “vous savez Madame”, decía a Margarita cuando bajábamos,
“j’suis pas con… c’est ça qu’elle en pense, la vâche”, y lo sentíamos
removerse en su cama, tratando de tirarse al suelo, de convencernos
de que la portera lo estaba matando de hambre, una puta infeliz y
sin escrúpulos tasándose sus provisiones, y bajábamos a la calle y yo
apenas decía “gracias por el café”: tenía la certeza, en ese momento,
de que no volvería al cuarto, no iban a soportarme ni a aguantarme
ni a aguantar que yo durmiera allí con ellos, impidiéndoles la libertad
de moverse a sus anchas (a sus estrechas, debería decir), yo ahí
era un obstáculo pero era también inútil tratar de pasar la noche
en las calles, ya lo había intentado y no era posible: a las seis de
la mañana mi vanidad se doblegaba y desde cualquier esquina emprendía
el viaje, midiendo las cuadras, unas veces por el Boulevard
Sébastopol, otras atravesando Les Halles, tempranamente hastiado
del olor a frutas podridas, a legumbres pisoteadas, a desperdicios sin
recoger, a apretujamiento de cuerpos mugrosos en las puertas de las
cafeterías, esa sensación de caerme al suelo, de no poder despertar
jamás, calcular cuántas cuadras quedan para vislumbrar ese penoso
arquito del triunfo en que se recorta la rue Saint-Denis, saber que
tendría que tocar y decir buenos días, cómo han amanecido, como
si dijera solo un campito me basta, en el suelo, en cualquier rincón, y
oler el seco y profundo churre de las cobijas, entrar a tientas, tirarme
a dormir hasta el mediodía cuando ya era hora de hacer el café y de
ordenar la vergüenza, de bajar por los huevos que serían freídos y ya
con eso para todo el día…
No, no se estaba bien, qué se iba a estar bien si era mierda lo
que faltaba por comer. Y toda imagen, por imaginada que fuese,
desaparecía. Trataba de hacerme a una, aunque fuese a la pobre y
desolada imagen del hambre y no era posible más que este estrechamiento
paulatino y era cuando me preguntaba, ¿qué hago aquí?,
y todavía febrero se alargaba en sus tres días restantes y no había
más perspectiva que la de un día sí, otro no, temblor repentino en
los ojos y de vuelta al mismo cuarto, a la misma mugre, a pedir por
veinte segundos la ducha del agua caliente, porque el gas, tú sabes.
Al comienzo había tenido la impresión de impedirles una libertad
íntima pero, luego, no sé, hasta lo intuía, fue cuando me di cuenta
de que esta libertad íntima no existía y no existía porque en sus
juegos amorosos solo tenía espacio una penosa ternura, un impedimento
físico que jamás dramatizaron y seguramente la pena que
sentía por ellos no era lo más justo, qué diablos sabía yo de los pactos
de la intimidad, de los subterfugios del amor, de esa castidad
convenida, porque sencillamente no les da la gana de entregarse o
haya otra forma distinta de poseerse y ellos la estuviesen llevando
a su perfección: así que dejó de atormentarme la idea de estarles
impidiendo el amor, pero lo que no podía dejar de pensar era que
les reducía el espacio, les obstaculizaba su neurótica ternura, el
espejismo infantil de sus caricias, esa particular y secreta familiaridad
en el lenguaje, el silencio de Ernesto, sus ojos desorbitados,
sus monólogos teatrales, e iba aprendiendo que ellos eran capaces
de sumergirse en una palabra y desatar de ella los conflictos más
dramáticos: jugaban a ¿Who’s Afraid of Virginia Woolf? y entonces
maldecía el momento en que decidí darles como regalo la muñeca
comprada en una tienda en Moscú: en él iban a fijar el objeto de
su drama, a él dirigían la espontaneidad de un sueño, y cuando oí
la primera vez que se peleaban el derecho de acariciarlo, mimarlo,
dormirlo, despertarlo, torturarlo, flagelarlo o destruir ese hijo que
yo les había dado, entonces comprendí que ese amor enfermizo
se me hacía borroso, no era posible en mi lógica, escapaba de mi
ordenamiento, no cabía en mi cordura ni entraba en mi equilibrio.
Y luego, hablar del país era dar vueltas alrededor de pequeños
fantasmas desaparecidos: siempre hablábamos del país como si temiéramos
perderlo en el exilio de un cuarto, en esa minúscula e
irreconocible esquina de un barrio parisino: teníamos al país en
las bocas, con nostalgia, como si jamás fuésemos a volver, como si
él ya fuese inaccesible, irremediablemente imposible: tal vez para
ellos estaba lejos o no representaba nada: nunca lo habían sentido,
jamás le habían reclamado nada ni ellos se habían propuesto darle
algo, ni siquiera el gesto más insignificante. Al contrario. Los torturaba.
Hablar del país era hablar del hijo malogrado, volver a las
historias de amor adolescente, a los mismos acontecimientos que
aquí se repetían en la memoria. Ellos, al menos, vivían una ficción,
la creían, iban desenvolviéndola con autenticidad, la vivían endemoniadamente
en esa zona que describe la imaginación cuando
desplaza todo razonamiento coherente. Yo, en cambio, no podía
vivir el horror de esta elección y me remordía pensar que al regresar
no iba a tener siquiera la memoria para buscar una imagen, y el
tiempo se me volvía íntimamente enemigo, porque alguna imagen
hermosa o profundamente conmovedora tenía que quedar, algo
distinto al frío del invierno, al hambre de las noches, al “s’il vous
plâit, monsieur, ¿vous n’avez pas un franc?”, algo distinto a esta vanidosa
y a la vez púdica mendicidad.
Estábamos encerrados. Digo, ellos se encerraban en su cuarto y
yo venía a cerrar el círculo por las noches, era casi un rito, el rito de
nuestro encierro: me quedaba horas en silencio, trataba de escribir
sobre la mesa, todavía quedaban los restos de la comida o algunas
gotas de beaujolais se consumían para ser reemplazadas por la botella
siguiente que Ernesto bebía febrilmente, hasta que a Monsieur
Durand le diera la gana de decir “y’a plus” y Ernesto le rogara por
Dios solo una botella más y él terminara diciendo “c’est fermé. Y’a
plus!” y nos echara la puerta en las narices.
Y, ¿en dónde estaba, entonces, ese París que había venido a
explorar partiendo de una mitología infantil, ya prácticamente difuminada,
en dónde estaba el sueño de la adolescencia deslumbrada
por las tarjetas postales, los textos escolares, las novelas leídas con
avidez, el mapa de la ciudad aprendido de memoria, las líneas del
métro con sus correspondencias, en dónde se iba quedando todo?
Ya había visto, en los alrededores del Carrefour del Odeón, en las
esquinas de Saint-Germain, en lo alto de la Mouffetard, a tantos
como nosotros viviendo la ficción de tres, cuatro, cinco, años paseando
sus cuentos de amor inútiles, sus masturbaciones glaciales,
sus sueños de posesión o de gloria hechos mierda en el instante de
despertarse, envanecidos por la triste conciencia de poder utilizar
un argot que gorgoreaban como cuervos, muertos de hambre, envueltos
en la suciedad de un pull irremplazable, en la piadosa mugre
de sus cuartos, hediondos aún a la basura de las calles que habían
limpiado en las madrugadas o a los platos que habían fregado, secado
y ordenado para luego poder decir aquí está el dinero, tranquilos
con la deuda saldada, y vagar como sonámbulos por las puertas de
los cafés, a la espera de una milagrosa seducción, de algún sueño
sin fin (el boliviano ha estado tramando su llegada clandestina a La
Paz, hace los contactos y empieza una proeza descomunal que no ha
pasado, en tres años, de un lenguaje vicioso y circular), rehusando la
pesadilla de volver al mismo cuarto (el tico se arma de consignas, de
rechazos y de amonestaciones severas y entra a su Costa Rica natal
en los brazos de una generación que lo proclama su porte-parole para
las hazañas de una ruptura sin precedentes), releyendo las cartas
en donde les hablaban de miseria o les preguntaban por el porvenir,
cartas de padres también envanecidos por la carrera del hijo ausente,
poner todas las mañanas las manos en el mismo recipiente,
pasarse una toalla húmeda por las axilas y perfumarse con la caca
de los inodoros colectivos, con el vinagre de alguna prostituta normanda…
y, ¿en dónde, en dónde estaba ese París que había estado
buscando, entre el deslumbramiento y la paulatina decepción?
No, no se estaba bien en este cuarto. Aquí habíamos traído al país
en lo más lamentable que tenía, en nosotros mismos y en nuestras
vacilaciones, en nuestros temores o en nuestras precarias fantasías
de prosperidad, en esos rasgos mesiánicos que morían cada noche
y resucitaban cada madrugada, en nuestras tontas aventuras
fingidas, y aquí lo desenvolvíamos: como desenrollar su mapa e
indicar con el dedo el sitio de nuestro nacimiento, una nostálgica
geografía, el crecimiento de nuestros conflictos, la desazón de
nuestra fuga, nuestra rabia, nuestros recelos, las tramposas salidas
que nos dábamos pensando ser más dignos en un sitio en donde la
dignidad se peleaba con los dientes, se medía con una vara que no
estaba en nuestro poder, en nuestros gestos de repugnancia… Y era
una manera de defendernos: es posible que fuese una manera de
sentirnos menos empequeñecidos, menos incomunicados, menos
marginados, menos pobres diablos. Los cuentos, los cuentos, los
cuentos siempre estaban en nosotros: todos los días se recapitulaba
una acción y esa acción jamás fue acometida: Margarita con sus
ficciones incestuosas, con su procacidad tropical, con su visión
de partos, placentas y resurrecciones míticas. Ernesto, silencioso,
seguía prendido a la siguiente botella de rouge, bebía como
un condenando y recordaba su hermosa voz recitando trozos de
Marat-Sade, oyendo la ceremonia coral de los dementes (“Marat,
¿qué se ha hecho esa revolución tan nuestra?”), su hermosa y reconocible
voz, era verdad, pero ahora balbucía y era el Marqués de
Sade el que se imponía sobre su impotencia, era Charlotte Corday
dando el golpe de cuchillo en la primera visita, esa voz se perdía en
el mar de tres botellas y Margarita se convertía en la fiel Simonne
Evrard y yo en el lascivo Coulmier buscando el vientre y las tetas
de Charlotte, esa Charlotte inexistente, se sumergía en una borrachera
que acababa rompiendo vasos, a punto de quemar el cuarto,
de incendiar París, un asilo de Charenton reducido al espejismo de
seis metros cuadrados y Margarita lloraba y entonces yo sabía que
el drama comenzaba, que bastaba sentarme respetuoso como cualquier
espectador a ver esta general congelación, a ver su desarrollo,
a adivinar su desenlace, y era de nuevo el hijo que no se tuvo y eran
las historias de amor que me partían el alma (cuándo nos conocimos,
cómo nos fuimos sumergiendo en este amor obstinado, cómo
subíamos las escaleras hacia nuestro cuarto del barrio Santa Fe,
cuándo me di cuenta del embarazo, cómo te esperaba en la sala del
teatro hasta que recitaras el último parlamento, cómo nos íbamos
matando e íbamos derecho a una torpe resurrección) y entonces
tenía ganas de correr, de salir a la calle, de someterme al frío de la
rue D’Aboukir, a la medianoche y al fastidio. Pero prefería estar
allí: era probable que exigieran mi presencia para desenvolverse
con más violencia, una presencia estimulante, la certeza de que sin
mí el primer acto no tendría comienzo y no se podría pasar de
bastidores, saber que alguien podía ser testigo de una imprevista
erupción de furia y de una tierna reconciliación, porque acabarían
abrazados, como siempre, llorando al lado del muñeco, de ese hijo
o hija rusa que les había dado para que vertieran sobre él todo el
remordimiento que les cabía, las heridas que le proporcionaban,
las flagelaciones de que era víctima, esas invitaciones a que yo también
tomara el cuchillo y lo hiriera, les ayudara al sacrificio, a la
desaparición del mito. Y afuera, tal vez nevaba, tal vez no quedaba
más que una calle para arrastrar los pies y medir la puerca soledad
e imaginar el regreso, las muchachas teñidas de la esquina, su
canción amarga de todas las noches, un letrero de hotel, la entrada
del métro, los delincuentes y los maniáticos agrupados a la espera
de una muchacha solitaria para enseñarle sus falos flácidos, algún
clochard con la frente partida contra los barrotes de la calefacción,
a veces cantando una olvidada letra de la Resistencia, recitando sus
incoherencias, sabiéndose más libres y solos que nadie, un puesto
de periódicos vacío, un anuncio de Coca-Cola, la propaganda
tramposa de bikinis minúsculos sobre el maniquí en el que tantos
deseos estarían descargándose, el cine rojo, los mendigos borrachos,
un boulevard húmedo a estas horas de la madrugada.
Porque aquí adentro, ¿en dónde estaba esta ciudad que acabaría
seduciéndonos con su ignominia y sus mitos, a pesar del rechazo
acumulado, de mis maldiciones silenciosas, de los lugares comunes
que dijimos? Sí: vendría la primavera, hasta se podría andar sin
abrigo, el día siguiente no sería una descarga de temblores en los
huesos. Y la primavera llegaba, estaba llegando con una repentina
ola de sol y estaba, al menos, otro espacio, ya iba menos al cuarto de
la rue D’Aboukir, ya estaba Danielle y el rectángulo que me había
dejado con la condición de entrar y salir sigilosamente sin que la
portera me viera, por lo menos estaba ese cuarto de la rue Papillon
y algunos francos para sentirme con una impresión menos vana
de libertad. “C’est pas confortable”, había dicho Danielle y qué me
importaba. Había una cama, agua caliente en el lavamanos como
para desnudarme y echar cantidades sobre la cara y el tórax y la
seguridad de no estar interrumpiendo el rito de violencia o ternura
de Ernesto y Margarita. Sí: ya sabía que les hacía falta: iba a verlos
y querían retenerme: nunca lo dijeron pero lo veía en sus gestos, en
las conversaciones que se prolongaban. Leíamos en voz alta trozos
de Cien años de soledad y de Rayuela, y yo iba resultando para ellos
el país consciente. Ellos representaban para mí lo más disparatado
y loco de ese país que había creído aborrecer y que ahora deseaba,
quería desentrañar de las cartas, cuando llegaban. Aquí podía llenar
páginas de frases, de historias que jamás llegaron a su final, que
acabaron sirviéndome de papel higiénico. Siempre creí que se trataba
de una metáfora grosera y desafortunada, y no: efectivamente,
me limpiaba el culo con la imposibilidad de coherencia, con las
torpes líneas desechadas. Veía cómo iban desapareciendo en el remolino
de agua y excrementos dentro del cabinet.
“París era una fiesta”, ¡y qué clase de triste fiesta! Podría darme
risa la frase, era para que se entumecieran de risa los cojones. Esto
se iba pareciendo mejor a un rito descocado, a una ceremonia tortuosa
de aniquilamiento. “Moi, je ne veux pas me faire baiser”, me
había dicho Danielle y la había comprendido. Ella rehusaba dejarse
joder, nadie —mientras ella lo quisiera— iba a culeársela olímpicamente
y ahí estaba la razón de su soberbia, sus defensas nerviosas,
su áspero lesbianismo, y comprendía que tenía sentido que lo dijera
porque en ella era más posible esa libertad, esa alternativa entre el
orden y el desajuste sistemático. A nosotros nos iba quedando solo
una congestión de rabia, de resentimiento represado y descargado
en ciertos momentos de confusión o en el delirio de las borracheras
con mal vino, cuando no éramos más que un sentimiento de culpabilidad
confesándose con llantos.
¡Cómo no! Ahora se estaba mejor, no importaba tanto que no se
pasara de un sángüiche por día, de algún nescafé amargo, de una
citronade dulzona. Se estaba mejor, era cierto. Y Margarita extrañaba
mis visitas y decía que Ernesto seguía encerrado en sus tres
botellas diarias, su veneno de todos los días, en una borrachera que
acababa en la más completa extenuación. Se estaba olvidando de
nuestro hijo, decía Margarita. Nunca había existido pero se estaba
olvidando de él. Y yo prefería callarme, no hacía comentarios: nunca
hicieron falta. Seguían encerrados en su juguete, su tierna y cruel
matrioshka convertida en carne y huesos averiados de un sueño:
eso bastaba, tal vez. No podía concebir que apenas conocieran la
ciudad. Un año y apenas podían decir “merci, madame”, con tono
acomplejado. “Merci, monsieur”, con voz respetuosa. Y pensar que
podrían decir “¡merde!” con toda la sonoridad de la cólera, “je m’en
fous!”, sin la solemnidad del muchas gracias, darles en las narices,
en la gueule prepotente de sus miradas despreciativas, en ese engreimiento
blanco que los llenaba de soberbia y repugnancia, a toda
esa manada incapaz de un asomo de rebeldía, condicionada por su
confortable seguridad. Podía envidiarlos si no pensara que en esta
incapacidad de entendimiento había una sensación de frustración
que los obligaba al encierro. Podría haberlos envidiado (lo pensé)
porque en ese rechazo había algo de afirmación, “de afirmación del
país”, pude haberles dicho. Rechazar una lengua que no comprenderían
jamás en sus sutilezas. Seguían siendo auténticos, a pesar de
todo, porque no existía en ellos un espacio que los constriñera, una
geografía que los tiranizara e inhibiera, este espacio era igual a otro,
bien podría ser el Congo, Argelia, la Martinica o la ensimismada
Suiza que desconocían. Ojalá lo hubiese sido, me decía después. Yo no podría vivir las cosas en ese estado de inocencia después de haber
bebido sus Descartes, sus razones, sus dudas metódicas, sus
productos exportados, su surrealismo afiebrado, sus Malraux,
sus Giraudoux, sus salaud dispersos por el mundo y todo esto se
vivía como conflicto, un intento de borrón y cuenta nueva.
Cuando volvía (podrían haber pasado dos, tres semanas, un mes),
la misma botella renovada, la misma historia repitiéndose. Es posible
que solo a mí me pareciese repetida y que ellos la estuviesen viviendo
como nueva en cada repetición. Eso pasa, no hay por qué negarlo.
Suele pasar, a veces, cuando las cosas dejan de ser algo comprensible
por todos y se cargan de un contenido especial que solo nosotros podemos
desentrañar con el lenguaje de las claves, latidos extraños que
solo nosotros podemos producir, el código cerrado de toda destrucción.
Es una correspondencia especial entre nosotros y el mecanismo
invisible que mueven ciertas cosas, ciertos episodios de nuestra vida,
el hijo que no se tuvo y se posee y arrulla diariamente, viviendo a
nuestro lado, en nuestra misma cama, los amores que no han desaparecido
con sus cartas quemadas. Era posible que a ellos les estuviese
pasando igual. Pero para mí era el retorno tedioso al mismo punto
de partida, el retorno a un lugar ya recorrido. Jamás podría comprenderlo:
preferiría dejarlos en las claves que solo ellos serían capaces de
descifrar, mover y agitar, poner en funcionamiento. Y me daba pena
tener que dejar de ser el testigo de un amor casto, de un amor que no
podía llamar impotente y estéril porque ellos se poseían con una rabia
extraña, ilocalizable, tan de ellos, ese amor morboso que me llevó
al límite de la exasperación, hasta la insospechada participación. No
sé, no lo podría decir, pero a veces creía estar participando con esta
parte que carecían, ser una pieza imprescindible en un rito de borracheras,
llantos, leyendas y ternura arrancada de la tormenta.
La ciudad se abría más o quizá era yo quien dejaba el encierro,
y una imagen más aprensible iba cerrándose a mi alrededor. No
por ello, ahora, dejo de decirme, ¿en dónde estaba la ciudad, en qué
cuarto se quedaron tantos sueños o siquiera el leve rasgo de una pesadilla?
Después de todo, ahora, yo soy el irreconocible. Cuando no
se tiene nostalgia ni la sensación de haber perdido algo entrañable,
ni una pizca de remordimiento por lo abandonado, ¿qué será en
nosotros una ciudad?, me digo. Un idioma extraño que volveremos
a hablar, calles que recorreremos de nuevo, reconociéndolas, algún
cuarto de hotel al que volveremos imperturbables, sitios que serán
menos inaccesibles, alguna pasión callejera… y el resto: la fetidez del
cabinet, el hambre de las madrugadas, la borrachera de las noches,
un coito triste y una posesión apasionada que no se repitió porque
la ciudad también se tragaba a la amante ocasional que nos daba en
un café, los ojos sobre el techo, las maldiciones de la portera, algún
poema de Eluard leído en silencio, las nalgas bamboleantes en verano,
una tarde de Ville D’Avray, tendido sobre el césped, algún libro
abierto a la luz escasa del cuarto, la amarga y teatral historia doméstica
de la prostituta normanda, los cuentos de gloria y de conquista
del muchacho argelino, ya extraño a su cashbaj, la Gare de Lyon, la
peruanita virgen acariciada debajo de las sábanas, la pelea entre la
hoja que se sumerge en el agua del inodoro y estas hojas que ahora
se llenan con febrilidad y una pregunta que me hago mirando desde
la ventana hacia el Malecón, hacia la Rampa festiva que grita, una
pregunta que de solo comenzarla me llena de pavor: ¿qué eres, después
de todo, qué seguirías siendo allí?
Luego decidiría el regreso: ya sabía que no era justo descargar sobre
un mundo imposible, al menos para mí, una cólera que perdería
su sentido en la cordura. Era, además, sería insignificante. Sin embargo,
no solo era yo quien se lo preguntaba. También Danielle, Philippe,
Jean, Rolande, todos ellos se lo estaban preguntando y ellos tendrían
quizá sus respuestas, podrían incluso no tenerlas, pero sabían que allí
estaban sobreviviendo y en cualquier momento sobrevivir podría ser
el comienzo de algo más entrañable y verdadero que el desgarramiento,
podrían tener sentido sus cóleras, sus amores, sus amarguras, sus
encierros, sus largos y alocados paseos, sus pas grand’chose. Hacerme
la pregunta, después de todo, era abrir el temblor de una respuesta
que no acabaría en la confortable seguridad del regreso.
“Lo terrible —había dicho Rolande— es que nos estamos quedando
sin historia”. También esta imagen me golpeaba, me sacudía
los riñones: trataba de componerla, de armarla a cualquier precio
y solo podía pensar en los encierros que escogían, en esa revuelta
silenciosa, en ese rechazo estéril de todo orden, una rebelión que los
inmunizaba, secreta salvación de toda culpabilidad.
Ahora, en este momento, mientras La Habana abre un precario invierno
con nortes desaforados, le estaba pidiendo a Aída que pusiera
de nuevo el hermoso disco de Ives Montand y también ahora estaba
repitiendo el fragmento de la letra entre dientes, con vergüenza:
“Ami si tu tombes
un ami sort de l’ombre
à ta place/”
y la voz de Montand se me subía, escalaba las paredes ya frágiles de
mi memoria y empezaba a comprender que, inevitablemente, sería
la hora de la encerrona, de nuevo las dos piernas abiertas entre
un mundo que abandonaba y este que se abría con una perspectiva
nueva, desconocida, y la ventana que daba al Malecón se hacía más
amplia, dejaba ver la bahía, el Castillo del Morro resistiendo sus
siglos de cañonazos y conspiraciones y al volver la vista hacia la
Rampa, una pareja, abrazada por la cintura, atravesaba la calle y un
camión militar pasaba aturdiendo con su ruido, y aquí arriba Aída
se estrechaba contra mi cuerpo, y yo, entonces, con la voz apagada,
le decía “súbele el volumen”, porque, de verdad, era una hermosa
canción (“amigo, si tú caes/ un amigo sale de la sombra/ a tu lugar”)
y aunque ahora cayera en esta sensación un tanto dramática, solo
este cuerpo de mujer estaría en mi lugar. “Súbele al volumen”, repetí,
queriendo derribar el hotel con esta voz que sugería una larga
marcha hacia el fondo de mi insondable ternura.
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