Óscar Collazos
(Bahía Solano, 1942 - Bogotá, 2015)


Ceremonias del fuego
Biografía del desarraigo
(Buenos Aires: Siglo XXI, 1974, 143 págs.)

Piedad para nuestros vencedores omniscientes e ingenuos.
Aimé Césaire


1

      No sabía de dónde había llegado, qué traía en la pesada maleta que parecía inclinarlo hacia el suelo con su gesto de fatiga y expec- tación, ni qué pasaba por su cabeza cuando recorría las calles, distraído, como un niño, como un loco. “Un extranjero”, empezaron a decir, y detrás del extranjero iban y venían los muchachos, hablándole con palabras que quizá no comprendía, sonidos que se iban distorsionando para quedar en música monótona, en cantaleta repetida hasta el fastidio. No era de aquí, de eso estaba segura. Había desembarcado un día —¡sabrá Dios qué día!—, pero por sus ojos se sabía que buscaba algo. Y tú, Alfonsina, te morías de las ganas de verlo cuando pasaba frente a mi ventana, que era la ventana desde donde se le veía pasar. “Hazte a un lado”, decías. “Déjame verlo”. Y alzabas la vista sobre mis hombros para verlo. “¿Verdad que es buen mozo?”, preguntabas, sabiéndolo perfectamente, cuando ya te habías respondido con tu secreta excitación. Y yo, silenciosa, empezaba a adivinar que un día vendría a nuestra puerta de la casona de Getsemaní, dejaría su maleta en la acera, llamaría y nos hablaría, así no lo comprendiéramos.
       Entonces, una de esas tardes, te hice salir de mi cuarto, y en la soledad que aseguré trancando puertas y ventanas, tapando los minúsculos orificios de las paredes, empecé a desnudarme, a contemplarme con temor, a llevar las manos sobre mi cuerpo, como si verificara su vida, los restos de un aliento detenido en la inmovilidad, en esa falta de calor que parecía envilecerme en la indiferencia. Me desnudé: extendí mi cuerpo en la cama y al cerrar los ojos sentí que empezaba a ser poseída por un deseo que no contaba con presencia física alguna, puro deseo convertido en calor, en ese vértigo que me sorprendía al abrir los ojos y sentir un poco de vergüenza, tal vez el enrojecimiento de mis mejillas, el rápido temblor que me impedía volver sobre las ropas y ponerlas en el orden de mi piel. “Alfonsina, no seas imprudente, se va a dar cuenta de que lo miramos ”, te decía. Y era porque yo sola quería verlo, aunque supiera que él también nos veía detrás de sus espejuelos oscuros. “¡Ay, María Concepción, no seas golosa: déjame probar a mí también”, decías. Y yo: “Deja esas groserías, por Dios, que se va a dar cuenta”. Y tú, Alfonsina, reías: esa risa tan tuya. “No veo nada decente en estar espiando a un extraño detrás de las ventanas”, murmuraste. Y no era otra cosa que tus celos, tus emperrados celos: querías para ti toda la ventana, el espacio cómplice de nuestra afiebrada curiosidad: querías que mis ojos fueran tus ojos para verlo y desearlo a tu antojo.
       “Para mí, María Concepción, que un par de mujeronas como nosotras no deberían estar en estos corrinches”, decías. Y así fue, Alfonsina: por mucho que ahora lo niegues, yo fui la quien lo trajo a vivir a esta casa, la primera en sonreírle, en meterlo a calentar mis sábanas, a recorrer y morder y estremecer mi cuerpo, la primera en abrirle las puertas, en darle de comer, en vestirlo, en llevarle el desayuno en las mañanas, despojada ya de toda vergüenza. Siempre habías dicho que preferías morir con el cuerpo lleno de telarañas antes que darte a un mugroso cualquiera. “Indios y negros”, decías. “Una manada de negros es lo que nos rodea”. Y aprobaba tu decisión porque tampoco yo iba a enterrarme con un cualquiera, que era lo único triste y desolado que nos esperaba. Ahora, por mucho que insistas, fui yo: tú empezaste a desearlo cuando él se paseaba desnudo por la casa, cuando gritaba desde mi habitación a cada instante.
       No seas terca, Alfonsina, no insistas en llorar, que lo pasado pisado y no es hora de venir con llantos, así estemos envejeciendo en la miseria. Por mucho que mires las habitaciones en donde dormía, por mucho que quieras quemar las ropas inmundas que nos dejó amontonadas en el armario, aquí todavía huele a él y de nada valen confesiones ni misas ni salves ni rosarios porque Dios hará alguna vez justicia en nombre de nosotras: no mires más el cuarto, no lo mires que te vas a quedar sin ojos y en su lugar te van a salir sapos y animales extraños convertidos en lágrimas, ya no hay remedio para tanta desgracia de estar solas y en la ruina, desprotegidas en nuestra vejez. Porque él se lo ha llevado todo. No te digo, Alfonsina, mientras más mires el cuarto, mientras más te ahogues en maldiciones y quieras que el cielo se destape en tempestades que nos devoren, nunca sabrás lo que hemos perdido: deberías saber qué es lo que has tenido, al menos así tendrías verdaderos remordimientos. Yo en tu lugar me encerraría a acariciar sus sábanas, a dormir en sus ropas, a oler las paredes que arañaba de felicidad mientras gritaba, pues lo que soy yo no voy a envejecer en sus recuerdos ni con esta presencia imposible que nos aterra. Lo único que me falta es la paciencia y el reposo. Por eso me verás así, casi imperturbable, como si nada hubiese pasado por mi vida.
       Pero hermana, ¿qué quieres que haga si ya se fue, si ya nada podemos hacer por su regreso? Ya ni la camándula podemos agarrar entre los dedos: se nos escurriría. Por estas manos ya no puede pasar nada sagrado, por estos labios ya no caben oraciones. Todavía me queda el olor a su sexo, sostenido en mi boca, mientras me entumía besándolo hasta que se dormía y acompañaba su sueño con mi vigilia, su fatiga y su extenuación con la esperanza de que despertaría a sorprenderme de nuevo, a cabalgar hasta que todo recomenzara y los ciclos de sueño y de vigilia se repitieran, hasta que fuese imposible volver a sumergirnos en un solo gesto. Lo único que nos espera es una larga condenación, que las dos juntas merecemos.
       Sí: ahora resulta que soy yo la culpable y no tú, que me decías: “También yo tengo el derecho de verlo”, y lo decías conteniendo el rencor. No, Alfonsina: te he dicho que nadie es culpable o lo somos las dos al mismo tiempo. ¿O es que ya te olvidaste que ibas a medianoche, cuando salía de mi aposento, y te metías en su cama hasta la madrugada? No deberías olvidarte de esto, mujer, porque yo también tendría que olvidarme de los días en que lo recuperaba de tus brazos y lo alejaba de ti encerrándolo en mi habitación, asediándolo con caricias, dejándome llevar por sus caprichos, sometida a su imaginación, a la terquedad viciosa de sus fantasías, a sus acrobacias imposibles, deseándote enfermedades indecibles, una plaga que viniese sobre tu cuerpo y empezase a reducirlo, a llenarlo de manchas, a consumirlo hasta que no fueses sino un objeto repugnante mereciendo nuestra piedad, hasta que el día llegaba y éramos cadáveres gozando del último aliento, dos cuerpos envueltos en un sudor que se hacía más pegajoso con la llegada del sol por las ventanas.
       A mí nada me importan las cosas que ahora te hacen llorar, ni ese cuarto ni ese sitio ni la cama que nos has querido ordenar. Por lo menos de edredón deberías cambiar. Pero no: ahora dices que no tocarás para nada el sitio en donde durmió ese asqueroso. Y si tuvieras memoria, cuánto vacilarías en decirlo pensando en los diez años de su vida en esta casa, entre dos mujeres que a duras penas lo dejaban respirar, que lo retenían como fieras, cuando presentíamos su fatiga. Mejor será que no comiences de nuevo, que te guardes tus cantaletas para el sueño o las pesadillas, que si no te hubiera oído llamándolo, gritando su nombre, hasta podría hacerme la desentendida, pero como no te escuchas mientras duermes, yo soy quien tiene que oír tus alaridos de perra en celo, tus convulsiones de hembra penetrada por el demonio, abandonada en el momento del temblor, como si Francis Drake hubiera bajado de Riohacha y con el fuego del último incendio empezara a quemar nuestra ciudad, nuestro barrio, nuestra casa, y lo vieras llegar con su tropa hasta la habitación que siempre recordarás. No, Alfonsina: no es Francis Drake: ¡nunca vino! Aquí solo sentimos el asedio de Edward Vernon con sus fragatas cañoneándonos mientras la peste se levantaba sobre los techos y nos llenaba de terror en nombre de una Inglaterra omnipotente y celosa de las posesiones españolas.
       Ya es hora de dormirse: mira que el vecindario ha apagado las luces y ni un alma puebla este barrio: ni siquiera se oyen los gritos y quejidos de la loca del frente: deben de haberla ahogado entre las sábanas. ¿Sabes? Decían que empezó a enloquecerse porque su padre, su propio padre, le hizo los dos hijos que hoy vienen a la hora del almuerzo con latas vacías que les llenan con sobras, desde la puerta apenas entreabierta, con recelo, con el temor de que penetren y se apoderen de cuanto les pertenece. Antes andaban tímidos, con el temor de ser despedidos en la acera. Ahora cumplen con un horario inflexible: los he visto, como si vinieran al diario rito de la mendicidad. Pero yo no le paro bolas a lo que se hace y dice en este barrio: nada me extraña. ¡En este barrio han pasado tantas cosas! No sé cuántos años pasarán antes de que nos sorprendan en un desastre que nos acabe a todos. Dicen que el espíritu de los muertos del Sitio de Pablo Morillo se pasea por estas casas, oliendo aún a la podredumbre de entonces, llenándonos de fetidez y de sangre. Se oyen a veces los cañones de las fragatas invasoras y gritos de rendición y de ahogo: el almirante Vernon arremete de nuevo, vuelve a sitiarnos con sus cincuentiún buques de guerra, sus veintiocho mil piratas borrachos, y el manco Blas de Lezo llora sobre las murallas esperando la retirada de los usurpadores, su nueva fuga hacia Jamaica. ¡Tantas cosas se han oído detrás de las puertas, tantas luces se han encendido en las madrugadas y tantos hombres han salido con el sol como si escaparan de la justicia o del terror de un pasado o un delito sombrío, que yo prefiero callarme! Porque nosotras, hermana, también somos este barrio y su historia. Si quieres pasearte toda la noche viendo la oscuridad de la calle, espiando los adulterios del vecindario, esperando la tempestad que se vendrá o atisbando el paso de algún americano atragantado de ron, eso es cosa tuya. Yo de ti cerraría esa ventana, por lo menos para que sepan que nos queda vergüenza. Si fuéramos jóvenes podríamos esperar que otro y otro y otros hombres vinieran a llenar sitios vacíos, a llenarnos con su aliento. Pero no: un hombre más en nuestras vidas haría el penoso juego del enterrador, y no quiero erizarme pensando en la agonía ni en una mano que vuelva a pasar por este cuerpo y se retire llena de repugnancia cuando halle una piel fofa y agrietada, o los aullidos desesperados de quienes, como yo, como nosotras, ya no podemos dar más que la pena de nuestros cuerpos ocultos en el pudor o en la penumbra. Uno solo, el único hombre que pasó por esta casa y por estas vidas, ha sido suficiente.
       Así que mejor me retiro a mi cuarto: empiezo a sacudirme de frío, Alfonsina, del puro penoso frío de esta noche.


2

      Gino, Gino, te busco, recorro las habitaciones, enciendo las lámparas, escarbo en las paredes, levanto los tendidos, desbarato los colchones, trastorno el orden de los armarios, sacudo el polvo, abro y cierro las ventanas, buscándote, Gino, escudriñando los rincones, deshaciendo la casa entera por si debajo de las ruinas te encuentro de nuevo, Gino Gino: María Concepción no tendrá razón porque te buscaré en todos los recodos, en los cuartos que habíamos cerrado y clausurado para siempre, en las matas del balcón, entre las enredaderas y las rosas rojas del jardín que nos oía, en el vecindario, te buscaré en mis sueños, en las casas de dos pisos en donde han de tenerte prisionero, en la Calle Larga y en la de la Media Luna, si te pierdes, hurgaré en mis pesadillas, Gino, las volveré vigilia alerta, las rescataré del desvanecimiento hasta que esta puta de mi hermana entienda que no son en vano mis cóleras ni mis aullidos, porque tendré que hallarte si te pierdes, hasta en la sacristía de la Iglesia de la Trinidad te buscaré si te extravías, tendré que tenerte de nuevo encima y dentro de mí palpitando de cansancio, venciéndote otra vez hasta que te deshagas, hasta que te destroce enteramente y puedas comprender la infamia de la trampa asquerosa que nos has tendido, que me has tendido, tú que siempre supiste que no iba a dejarte ir, Gino Gino, ahora que despierto y siento que la noche ha sido un episodio sombrío: te he visto atravesando mi sueño, impenetrable, venir a mi cuarto haciendo un gesto de silencio, te he oído decir “no hagas ruido, que Ella no nos oiga” y has dicho Ella con rencor, como si huyeras de las letras de su nombre, he pensado que estabas al fin burlando el asedio de María Concepción, confinándola en su cuarto, enterrándola en el Castillo de San Felipe de Barajas entre los ladrillos pegados con sangre y mierda de los corsarios y piratas y en el olor de los pasadizos subterráneos que hoy nadie resiste, entre los laberintos que dan al mar, entre las cloacas, entre las paredes que todavía gotean el agua podrida de tantos siglos, dándote definitivamente a esta pasión que me sofoca e incendia, que me envuelve en ardores como si entrara desnuda a las llamas de tu infierno, así te he visto venir a este cuarto, a esta cama, envuelto en la salida de baño roja, te he visto saludarme con un gesto, con un beso en la frente, apenas el presagio de lo que se vendrá, y he sentido tu cuerpo en el colchón que deshice, que herido nos ha vuelto a sostener: hemos rodado la noche entera en este espacio, lo hemos hecho nuestro de nuevo y para nosotros ha sido esta burla despiadada contra Ella la reconciliación con todos los celos, con todas las alteraciones pasadas, y hemos gritado para nosotros mismos y nos hemos revolcado en el polvo y nos hemos buscado en los rincones más sórdidos, en la estrechez de los armarios, y de pie nos hemos poseído, hemos abierto las puertas que dan a la calle y en la oscuridad nos hemos lamido la piel con torturas, flagelaciones, nuestra piel sensible a cada gesto e insensible a tanto dolor: has tirado mis ropas a la calle para asegurar mi desnudez y has ladrado gemido gritado al cielo para que el mundo caiga sobre nosotros, regresado conmigo entre tus brazos: me has llevado como en antiguas postales de amor y has vuelto a dejarme sobre la cama para empezar a dormir el tranquilo sueño del día que se vino encima: Gino Gino, no te has ido, lo sé; de qué vale que María Concepción insista en que te has ido si ahora, cuando despierto, veo el bulto de tu cuerpo sumergido en la oscuridad, emergido de un tiempo que hemos robado, y el baúl de tus ropas está abierto y en desorden, como si acabaras de regresar y arrojar las últimas prendas de tu regreso. Has regresado Gino. No hables. No susurres. Esta loba rabiosa puede oírnos, puede venir a robarte de mi lado. Gino, Gino. Aquí estás, es cierto. No te has ido. La noche sobre Cartagena ya no está recorrida por la desesperación de los muertos sitiados ni por las voces de los usurpadores ingleses ni por el pánico de los colonizadores españoles. Han vuelto a la tranquilidad y aquí donde te tengo y me sostienes empiezo a contarte una historia triste:

    Soy la niña apacible que no sale de su casa, que Madre mira con pena de verla en esa enfermiza fragilidad, que es asediada de cuidados y por las noches llora frente al espejo que la ve crecer: tiene miedo de la noche, pavor a los negros que andan por las calles, tristes y taimados, a estos negros que sirven en nuestras habitaciones sin ocultar sus celos: temor de que un día nos envenenen, incendien nuestra casa, usurpen su libertad; los has visto, ¿verdad?: nos miran con resentimiento, en sus gestos de sumisión hay una trama que se desarrolla y en sus silencios un ardido deseo de venganza. Soy la niña que siente terror a esa música monótona que se agita en las cumbiambas. Soy esa niña resentida que no sale del marco de la ventana y que los domingos entra a la misa, arropada, desprotegida, con el temor de que la rocen a su paso,

¿me escuchas, Gino?: revivo un corto diálogo con papá, antes de su muerte, antes de que se entregara a una muerte mediocre como todas nuestras muertes, esas muertes esperadas, previstas, soportadas como una fatalidad. Gino, Gino: los cadáveres y cañonazos ya no son más que eco apagado: se han sumergido en el mar, debajo de las aguas mezcladas de pólvora y sangre. Trato de oírte, de sentir la voz que alguna vez trataba de comprender y que prefería en sus incoherencias. Te hablo de María Concepción, siempre espiándome, siempre, siempre llena de celos. Gino, Gino, de alguna forma tendrás que estar aquí, tendré que inventarte una presencia, alimentarte para que no salgas, fingir un encierro, consumirme contigo, darte de mi boca y mi respiración el aire que te falte, envejecer, verte envejecer conmigo, prestarte mi vejez hasta que por fin podamos emparedarnos juntos sintiendo que no ha sido inútil haberte recuperado. Gino, Gino, el sol que está entrando por las ventanas no va a delatarnos. Por favor, no te muevas, Gino, no abras la puerta, no traspases el corredor, va a sentirte, va a llevarte a su lado, a consumirte, Gino. No salgas. No salgas de este cuarto, no salgas de esta casa, no te asomes al vecindario: la loca Gino los mendigos los negros asquerosos sus cumbiambas el almizcle esos sexos erectos desafiando la flacidez de nuestros sexos los muertos del Sitio Blas de Lezo Jamaica el almirante Vernon María Concepción el Castillo de San Felipe de Barajas, mi vida, no atravieses las piedras de esta calle no te sumerjas en sus contornos estrechos, los balcones, Gino, los balcones, te están viendo desde los balcones las brujas enlutadas y ariscas del vecindario, no te sumerjas en ese mar de lodo, Roma Gino Napoli el Duce, no te sumerjas en la bahía, los bombarderos, Gino coño Gino, ¿qué estás haciendo? Vienes a sobresaltarme: este sol y estos pasos, los reconozco, alguna vez los he sentido. Mis cosas, ¿qué has hecho de mis cosas? ¿En dónde has guardado mi futuro? Te lo estás llevando de nuevo, te estás robando mi sueño, Gino, mi sueño: has vuelto a llevarte mi sueño, mi fut…

    —Alfonsina, despierta, Alfonsina…
     —¿Dónde está? ¿Qué se ha hecho?
     —¿Qué te pasa, Alfonsina?
     —Ah, eres tú, hermana.
     —Mira lo que has hecho, Alfonsina: has vuelto nada la almohada, lo has tirado todo por el suelo.
     —¡Sal de aquí, María Concepción, te lo ruego!


3

      Qué le importa a ella lo que ha perdido, qué le importa Gino, por mucho que lo llame, si para ella siempre fue la distracción de sus horas libres. Anda por la casa como un animal atolondrado y a duras penas me mira. Ahora ladra en su cuarto, como cualquier perra triste. Anoche la he oído llamándolo y por poco la siento durmiendo con su sombra, revolcándose entre las cobijas que él dejó embadurnadas de porquerías para que sintiéramos su fuga con olor, dolor y pena, para que sintiéramos su ausencia con la fetidez que todavía sube y gira por los cuartos e impregna las paredes y las cosas, hasta nuestra misma piel. Por mucho que ahora ella se tienda en esa cama, yo no sé si lo habrá perdido porque nunca lo tuvo; yo fui quien lo trajo a esta casa (no me cansaré de repetirlo), quien lo cuidó con desvelos, lo soportó en las libertades que poco a poco se tomaba, para disgusto nuestro. Yo fui quien lo sintió regresar en las madrugadas oliendo a ron y a vagabundas del puerto, con el semen de su engaño todavía en sus ropas y su piel, en los arañazos de las perras que le pagábamos. Que ahora Alfonsina no se haga La Dolorosa con sus llantos, porque yo sí sé lo que le duele, yo sí sé lo que Gino se ha llevado de ella y eso es lo que más me trastorna. Y pensar que juntas oímos sus cuentos de hambre y destrucción y llegamos a imaginarnos su ciudad, entre las ruinas de los bombardeos y el terror de la ocupación; él deambulando entre los escombros, sacudido por las sirenas, asediado por las razzias: era cuando, en las tardes, se sentaba con un vaso de ron y evocaba las calles de su ciudad, los refugios subterráneos, las explosiones imprevistas, la desesperación de la huida y apenas lo entendíamos cuando descifrábamos sus frases más elementales. “Ustedes nunca sabrán lo que es una guerra de verdad”, decía. Y leía las noticias de nuestros degollamientos, riéndose, como si esta solo fuese una divertida historia de niños comparada con el infierno que él mismo decía haber sufrido. “Estos muertos no son nada”, seguía diciendo. Y escribía sobre las fotos, hacía garabatos sobre el rostro destrozado de algún niño. Y lo veíamos sonreír. Casi lo sentíamos cómplice de un terror en el cual nosotras no éramos más que espectadoras deslumbradas. “Aquí se matan por un bandera azul o una roja: allá nadie sabía cuál era su bandera, ustedes jamás comprenderán”. Y nos dormíamos a su lado, cuidándole sus borracheras, alimentándole su ocio: yo le quitaba los zapatos y Alfonsina las medias. Yo empezaba a desabrocharle la camisa y Alfonsina me miraba como si consultase la desnudez próxima que ella ya estaba adivinando y gozando. Lo sacudíamos, “Gino ven a la cama”, y él se despertaba bruscamente y entre las dos lo conducíamos al cuarto. Diez años tal vez no sea nada en su vida, pero en la nuestra son algo irrecuperable. Ahora se ha ido y esto es lo que nos ha dejado. Alfonsina, delirando, no quiere salir de las sábanas asquerosas en que lo dormía. Yo, mirando por el balcón hacia la bahía, esperando una milagrosa aparición, con rabia, con un rencor que crece con mi respiración. Lo único que sé, ahora que tengo la certeza de que no vendrá, es que guardaré el inmundo baúl que está en el cuarto, lo guardaré toda la vida para hacérselo tragar el día del juicio.

    —María Concepción, María… —gritó entonces Alfonsina desde su cuarto, y yo creí que volvía a repetirme sus quejas adoloridas.
     —Ven corriendo, María Concepción. ¡Solo nos faltaba esto!
     Y fui llena de escepticismo a su habitación: estaba perpleja, mirando el baúl de Gino. Pensé que su fetichismo se había vuelto delirio, demencia por pequeñas cosas que él había abandonado.
     —Acércate, mira lo que nos ha dejado este hijo de su putísima madre.
     Sí: ahí estaba dentro del baúl, reemplazando nuestras joyas, sobre el sitio donde habíamos guardado la previsión de nuestra vejez, ahí estaba la plasta de mierda que las reemplazaba.


      Pero ya lo he dicho: esta mierda será el alimento de su vejez dondequiera que esté. Por eso llora Alfonsina: por eso estás llorando, son las joyas lo que te duele. A mí, en cambio, empieza a importarme poco el recuerdo de collares que nunca me colgué, de pulseras que miraba con indiferencia, de anillos y prendedores que hacía años seguían guardados y olvidados. Esas cosas habían dejado de pertenecerme, Alfonsina: no eran mías, hasta podría decir que a ti tampoco te importaban: eran de nadie; las habíamos olvidado. Y el olvido, hermana, es una forma de expropiación.
       Hemos sentido su ausencia ahora que se ha ido con ellas, porque la burla es doble: se nos lleva la previsión de la vejez, él y las joyas eran también la previsión de nuestra vejez. ¿No te das cuenta de que nuestro encierro de nada sirve, que los vecinos pasan frente a esta casa como si esperaran el olor de nuestros cuerpos muertos y en descomposición?
       Esta mañana los he visto como fieras: daban vueltas frente a nuestra casa: he tenido que asomarme al balcón para que vieran mi presencia, porque ellos están esperando nuestra muerte para apoderarse de la casa, para escalar las paredes y penetrar en los cuartos, para saquear los recuerdos que quedan en los aposentos, para sacar la mierda del baúl y exhibirla en la Plaza de la Trinidad como muestra de nuestra vida y signo de nuestra desaparición. No llores, Alfonsina, que tus llantos van a oírse en el vecindario y nadie va a detener la ignominia de las murmuraciones.
       “Deberíamos echarle candela a esta casa”, has dicho. Y yo he recordado el sueño de niña, después de tantos años de haberlo soñado:


    estás a mi lado en el jardín, debajo del árbol que un día vimos arder desde nuestra ventana, incendiado por el rayo que anunciaba una tempestad; estás a mi lado y yo llevo un fósforo a tus cabellos largos, lo paso por sus bordes, lo acerco y empiezan a quemarse como si fueran ramas secas adornando tu cabeza; río; me miras extrañada: no sabes que el fuego subirá por tu cuello, que empezarás a producir un incendio que ni la lluvia ni la tempestad apagarán; sigo riendo; te digo que es precioso incendiar el recuerdo de tu fragilidad, que no soy yo quien te incendia sino mis celos de hermana marginada: con una sonrisa me dices que tienes calor y te desnudas; veo tu cuerpo, apenas el proyecto de una cintura constreñida, dos protuberancias pálidas en tus pechos, la línea de tus muslos secos, el vientre escondido; tu cabeza ya es una antorcha a punto de quemar la carne que la alimenta: despierto y voy al espejo; tengo las mejillas enrojecidas y un sentimiento de gozo llega con esa mañana de enero, cuando comprendí que estaría condenada a seguirte y sufrirte en los primeros y últimos instantes de nuestra orfandad.

El sueño volvió a repetirse: ya no eran solo tus cabellos: era tu cuerpo sumergido en una hoguera, en un rito que siempre estaba precedido por la tempestad. Nunca te lo confesé: siempre me guardé la sensación de estar al borde de una justicia que yo misma hacía a mi manera, con una deliciosa y morosa crueldad, jamás imaginada. “Deberíamos echarle candela a esta casa”, has dicho. Y yo he imaginado de pronto que la antorcha de tus cabellos de niña es el comienzo: las llamas van saliendo por las ventanas y me he sentido también ardiendo, encerrada en una habitación, en el más completo silencio, con un petrificado gesto de vanidad: he visto renacer los bergantines del Sitio y derrumbarse el Castillo de San Felipe de Barajas; Edward Vernon ha vuelto resentido por su primera derrota; la Corona de Inglaterra asedia con pesadillas de pólvora las posesiones españolas, y sobre nosotros el fragor de los cañonazos se levanta y cae para sepultarnos. El asedio, el hambre y la peste esparciéndose por las calles y la ciudad estremeciéndose con cada estallido, agrandando los gritos de los moribundos, toda la ciudad convertida en un siniestro hospital de condenados a muerte. Y el fuego: he visto el fuego lamiéndonos los cuerpos y sentido la agonía de los demás en la inenarrable agonía nuestra, hermana: conquistadas y devoradas por el fuego de los conquistadores. ¿Qué más puedo esperar ahora cuando mi paciencia y esta fingida tranquilidad quieren retarme inútilmente? Nada podemos hacer como no sea la inmolación del pasado, y el pasado —hermana—, el pasado somos nosotras. Esto ya no nos pertenece: los nuevos dueños están afuera, cercándonos, tan despiadados como llenos de codicia: la servidumbre se ha levantado y de los humedales y los extramuros irrumpen, invocan el espíritu martirizado de sus cimarrones. ¿De qué les serviría la piedad si siempre han estado codiciando esta casa y lo que suponen la ha llenado? Deberías empezar, hermana, siento que estás empezando. “Deberíamos echarle candela a esta casa”, me repites. Y te digo: quema primero la mierda del baúl, sigue con las sábanas, arrímale fuego a los colchones, acércalos a las paredes de madera para que empiecen a arder cuadros daguerrotipos medallas mariposas disecadas: arroja esas rosas secas y despetaladas al fuego; sigue, hermana, amante de mi amante, ladrona de mi delito, cómplice de mi pecado, sigue sigue: yo te acompaño con estas ganas de encenderme en mí misma: rocíale gasolina, licor, orines, excrementos a todo para que arda con más fuerza; rocíale nuestros delirios de emperradas en un sueño: corre, Alfonsina, corre: el fuego nos alcanzará, corre hacia la cocina o hacia los corredores correcorre hacia el patio, vuelve al tejado, encarámate en el tejado y mirarás la procesión de espectadores que ahora estimula con sus gestos de fiebre nuestra destrucción: corre que estoy sintiendo el ardor de la candela subiendo por mis ropas: que no quede rastro de nada. No llores: convierte tus lágrimas en lava: ríete, hazlo con alegría, que no es cualquier cosa lo que hacemos: estamos incendiando el mundo y tal vez nos salvemos de la inmolación: hermana, corre, una vez esté todo ardiendo, corre: abrirás las puertas que dan a la calle, en donde nos esperarán delirando los manifestantes: siempre te dije que esa chusma asquerosa no quería nada más que nuestra muerte: si no nos anticipamos a ellos, seremos sus víctimas y hasta eso debemos elegir: este cuerpo no va a aceptar ser rozado por tanta inmundicia vociferante, Alfonsina: mira, esto era lo que esperaban: han estado espiándonos, han elaborado en la más vergonzosa clandestinidad sus pasquines contra nosotras y el nombre de Gino estará pegado en sus carteles, condenado al rencor, expuesto a la inclemencia de esta plebe aborrecida; míralos aglomerados en las calles esperando nuestra salida para prolongar sus acusaciones: reos de alta pasión. Quemarás el portón, Alfonsina, quemarás las mismas cenizas: quémalo todo para que estas naves ardan con todas nuestras ganas, para que ardan con el ardor con que ardimos revolcándonos enardecidas a su lado. Alfonsina: empiezo a verte más joven: tienes las mejillas encendidas, el pelo revuelto como cuando eras niña y en tu fealdad te inquietaban las rachas de viento que vendrían a deshacer el artificio que en tres horas habías montado sobre tu cabeza, ante un espejo que se quejaba de tu presencia. Déjame acariciarte las mejillas de la misma forma en que lo hacías, quejándote de la ausencia de una mano distinta a la tuya que lo hiciera y tu fragilidad, esa terca mezcla de patetismo y resentimiento, tu soledad malgastada, las misas cerradas, los paseos del sábado, el pavor de sentirte de pronto asediada por una multitud de negros que para ti seguían siendo libertos mereciendo su vieja esclavitud, sirvientes altaneros amenazándolo todo. Déjame acariciarte: mira el fuego, todo el barrio iluminado, todo este maldito barrio se ha puesto de fiesta y las banderas y las pancartas y los gritos y los tiros son una sola voz levantada contra nosotras y contra el pasado que se ha encerrado en nuestras carnes y en nuestros cuartos y en esta casa que ahora arde y en todo lo desconocido e inaccesible que ella ha guardado para llenarse de interrogaciones, de envidias, siempre codiciándola, hasta cuando empezó a perder su pintura, a debilitarse su armazón, a pronosticar en su herrumbre el día de su derrumbe definitivo. Hemos quemado, estamos quemando el recuerdo de los invasores y somos también sus cómplices: hemos liberado nuestras murallas cercadas: Blas de Lezo también ha sido derrotado, el intrépido-marino-vascongado-general-de-los-galeones-manco-rapaz ha sido expulsado y ni la piedad del cura Pedro Claver va quedando para que esta chusma se compadezca de quienes hemos sido sus corregidores: el valor del Manco se extingue entre las llamas, Fernando VII llora desconsolado todas sus elecciones y Pablo Morillo será pacificado con la mierda misma de su terror: no es un sueño, hermana, no es un sueño: mira cómo suben las llamas y arde la madera que dejó pasar nuestras quejas de pared a pared, de habitación a habitación, de corredores a jardines, de oidores a alguaciles, de jardines a tejados, de tejados a calles, al barrio, a la ciudad entera, al litoral sofocado por piratas y mendicantes: todo esto ha estado lleno de conspiraciones domésticas y ni siquiera el refinamiento de don Rafael Núñez vendrá a improvisar otro “¡oh gloria inmarcesible/ oh júbilo inmortal!”: ven, acércate: pedirás un vaso de agua: este sofoco estremece mis piernas, entra por mi sexo herido: lenguas de fuego me penetran, falos de fuego me hurgan y me asedian, mástiles de fuego se doblegan por la recia tempestad que sale de mi sexo burlado y vuelven a él para erguirse y volver a infligirme otra derrota. Hermana, Alfonsina, derrotadas y vencedoras de los derrotados, ya qué me importa, no habrá premonición que pueda condenarnos porque nosotras mismas nos hemos dado nuestra condenación. Míralos esperándonos: extiéndete, arrójate al suelo, Alfonsina, hiérete con estas piedras, tírate al frío de las calles que vieron pasar tanto abandono, tanta inútil dignidad, tanta enferma desolación, tanto resentimiento y tanto encierro desde nuestro nacimiento. Decidimos encerrarnos: el mundo que crecía a nuestro alrededor estaba lejos del que moría dentro de nosotras. Encerrarnos era protegernos. Extiéndete con todo tu cuerpo, sin pudor, hermana, que ni el pasado podrá poseernos ya, y cuando el fuego se haya apagado y no quede más que un solo hilo de humo elevándose sobre el espacio de esta ciudad, a la madrugada siguiente las crónicas serán apenas explicativas: dos mujeres, con huellas visibles de fatiga, reposarán abrazadas en una calle cuando ya la cólera haya pasado y sobre nuestra casa se esté erigiendo un orden, nuestros rostros estarán en algún periódico, enmarcados por la estampa pálida rescatada del fuego. Nuestros dos rostros, Alfonsina, estarán llenos de vergüenza, consumidos por las arrugas, en un gesto de burla que los cronistas jamás descifrarán: nos llevamos una nostalgia que nos asediará en cualquier lugar del mundo que escojamos como refugio. Sí: acércate, déjame pasar el dorso de mi mano por tus mejillas como si fueras las niña que también pedía mi pena, la adolescente casta que rehusaba mis invitaciones a algún cuarto en donde me herí y sangré poseyéndome con rabia: sí, Alfonsina, aquí estoy, a tu lado: esta madrugada no será suficiente para devolverte la ternura que guardé con tanta mezquindad: abrázame, tiende tus brazos hacia esta piel que ahora el fuego está apagándose y volvamos a encerrarnos en la nostalgia de lo perdido, en el recuerdo de Gino-mundo, de Gino-pasado, de Gino-murallas-asediadas, de Gino-Vernon acosándonos.

    Ya es hora de dormir.
     Cierra los ojos, Alfonsina
     —Deberíamos echarle candela a esta casa —dices.
     —Duérmete, hermana: ya es muy tarde.
     —María Concepción, ¿no oyes un ruido extraño?
     —Silba, es cierto: debe ser el viento.
     —No, no es el viento. Es la loca del frente que llora.
     —Cierra esa ventana, hermana: no soporto sus gritos.
     —Duérmete: yo tampoco soporto esos gritos.




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