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Óscar Collazos Ceremonias del fuego Piedad para nuestros vencedores omniscientes e ingenuos. 1 No sabía de dónde había llegado, qué traía en la pesada maleta que parecía inclinarlo hacia el suelo con su gesto de fatiga y expec-
tación, ni qué pasaba por su cabeza cuando recorría las calles,
distraído, como un niño, como un loco. “Un extranjero”, empezaron
a decir, y detrás del extranjero iban y venían los muchachos,
hablándole con palabras que quizá no comprendía, sonidos que se
iban distorsionando para quedar en música monótona, en cantaleta
repetida hasta el fastidio. No era de aquí, de eso estaba segura. Había
desembarcado un día —¡sabrá Dios qué día!—, pero por sus ojos
se sabía que buscaba algo. Y tú, Alfonsina, te morías de las ganas de
verlo cuando pasaba frente a mi ventana, que era la ventana desde
donde se le veía pasar. “Hazte a un lado”, decías. “Déjame verlo”.
Y alzabas la vista sobre mis hombros para verlo. “¿Verdad que es
buen mozo?”, preguntabas, sabiéndolo perfectamente, cuando ya te
habías respondido con tu secreta excitación. Y yo, silenciosa, empezaba
a adivinar que un día vendría a nuestra puerta de la casona de
Getsemaní, dejaría su maleta en la acera, llamaría y nos hablaría,
así no lo comprendiéramos. 2 Gino, Gino, te busco, recorro las habitaciones, enciendo las lámparas,
escarbo en las paredes, levanto los tendidos, desbarato los
colchones, trastorno el orden de los armarios, sacudo el polvo, abro
y cierro las ventanas, buscándote, Gino, escudriñando los rincones,
deshaciendo la casa entera por si debajo de las ruinas te encuentro
de nuevo, Gino Gino: María Concepción no tendrá razón porque te
buscaré en todos los recodos, en los cuartos que habíamos cerrado
y clausurado para siempre, en las matas del balcón, entre las enredaderas
y las rosas rojas del jardín que nos oía, en el vecindario, te
buscaré en mis sueños, en las casas de dos pisos en donde han de
tenerte prisionero, en la Calle Larga y en la de la Media Luna, si te
pierdes, hurgaré en mis pesadillas, Gino, las volveré vigilia alerta,
las rescataré del desvanecimiento hasta que esta puta de mi hermana
entienda que no son en vano mis cóleras ni mis aullidos, porque
tendré que hallarte si te pierdes, hasta en la sacristía de la Iglesia de
la Trinidad te buscaré si te extravías, tendré que tenerte de nuevo encima
y dentro de mí palpitando de cansancio, venciéndote otra vez
hasta que te deshagas, hasta que te destroce enteramente y puedas
comprender la infamia de la trampa asquerosa que nos has tendido,
que me has tendido, tú que siempre supiste que no iba a dejarte ir,
Gino Gino, ahora que despierto y siento que la noche ha sido un
episodio sombrío: te he visto atravesando mi sueño, impenetrable,
venir a mi cuarto haciendo un gesto de silencio, te he oído decir
“no hagas ruido, que Ella no nos oiga” y has dicho Ella con rencor,
como si huyeras de las letras de su nombre, he pensado que estabas
al fin burlando el asedio de María Concepción, confinándola en su
cuarto, enterrándola en el Castillo de San Felipe de Barajas entre los
ladrillos pegados con sangre y mierda de los corsarios y piratas y en
el olor de los pasadizos subterráneos que hoy nadie resiste, entre los
laberintos que dan al mar, entre las cloacas, entre las paredes que
todavía gotean el agua podrida de tantos siglos, dándote definitivamente
a esta pasión que me sofoca e incendia, que me envuelve en
ardores como si entrara desnuda a las llamas de tu infierno, así te he
visto venir a este cuarto, a esta cama, envuelto en la salida de baño
roja, te he visto saludarme con un gesto, con un beso en la frente,
apenas el presagio de lo que se vendrá, y he sentido tu cuerpo en el
colchón que deshice, que herido nos ha vuelto a sostener: hemos
rodado la noche entera en este espacio, lo hemos hecho nuestro de
nuevo y para nosotros ha sido esta burla despiadada contra Ella la
reconciliación con todos los celos, con todas las alteraciones pasadas,
y hemos gritado para nosotros mismos y nos hemos revolcado
en el polvo y nos hemos buscado en los rincones más sórdidos, en la
estrechez de los armarios, y de pie nos hemos poseído, hemos abierto
las puertas que dan a la calle y en la oscuridad nos hemos lamido
la piel con torturas, flagelaciones, nuestra piel sensible a cada gesto e
insensible a tanto dolor: has tirado mis ropas a la calle para asegurar
mi desnudez y has ladrado gemido gritado al cielo para que el mundo
caiga sobre nosotros, regresado conmigo entre tus brazos: me
has llevado como en antiguas postales de amor y has vuelto a dejarme
sobre la cama para empezar a dormir el tranquilo sueño del día
que se vino encima: Gino Gino, no te has ido, lo sé; de qué vale que
María Concepción insista en que te has ido si ahora, cuando despierto,
veo el bulto de tu cuerpo sumergido en la oscuridad, emergido de
un tiempo que hemos robado, y el baúl de tus ropas está abierto y en
desorden, como si acabaras de regresar y arrojar las últimas prendas
de tu regreso. Has regresado Gino. No hables. No susurres. Esta loba
rabiosa puede oírnos, puede venir a robarte de mi lado. Gino, Gino.
Aquí estás, es cierto. No te has ido. La noche sobre Cartagena ya no
está recorrida por la desesperación de los muertos sitiados ni por las
voces de los usurpadores ingleses ni por el pánico de los colonizadores
españoles. Han vuelto a la tranquilidad y aquí donde te tengo y
me sostienes empiezo a contarte una historia triste: Soy la niña apacible que no sale de su casa, que Madre mira
con pena de verla en esa enfermiza fragilidad, que es asediada
de cuidados y por las noches llora frente al espejo que la ve
crecer: tiene miedo de la noche, pavor a los negros que andan
por las calles, tristes y taimados, a estos negros que sirven en
nuestras habitaciones sin ocultar sus celos: temor de que un día
nos envenenen, incendien nuestra casa, usurpen su libertad; los
has visto, ¿verdad?: nos miran con resentimiento, en sus gestos
de sumisión hay una trama que se desarrolla y en sus silencios
un ardido deseo de venganza. Soy la niña que siente terror a
esa música monótona que se agita en las cumbiambas. Soy esa
niña resentida que no sale del marco de la ventana y que los
domingos entra a la misa, arropada, desprotegida, con el temor
de que la rocen a su paso,
¿me escuchas, Gino?: revivo un corto diálogo con papá, antes de
su muerte, antes de que se entregara a una muerte mediocre como
todas nuestras muertes, esas muertes esperadas, previstas, soportadas
como una fatalidad. Gino, Gino: los cadáveres y cañonazos ya
no son más que eco apagado: se han sumergido en el mar, debajo
de las aguas mezcladas de pólvora y sangre. Trato de oírte, de sentir
la voz que alguna vez trataba de comprender y que prefería en sus
incoherencias. Te hablo de María Concepción, siempre espiándome,
siempre, siempre llena de celos. Gino, Gino, de alguna forma
tendrás que estar aquí, tendré que inventarte una presencia, alimentarte
para que no salgas, fingir un encierro, consumirme contigo,
darte de mi boca y mi respiración el aire que te falte, envejecer, verte
envejecer conmigo, prestarte mi vejez hasta que por fin podamos
emparedarnos juntos sintiendo que no ha sido inútil haberte recuperado.
Gino, Gino, el sol que está entrando por las ventanas no
va a delatarnos. Por favor, no te muevas, Gino, no abras la puerta,
no traspases el corredor, va a sentirte, va a llevarte a su lado, a
consumirte, Gino. No salgas. No salgas de este cuarto, no salgas de
esta casa, no te asomes al vecindario: la loca Gino los mendigos los
negros asquerosos sus cumbiambas el almizcle esos sexos erectos
desafiando la flacidez de nuestros sexos los muertos del Sitio Blas
de Lezo Jamaica el almirante Vernon María Concepción el Castillo
de San Felipe de Barajas, mi vida, no atravieses las piedras de esta
calle no te sumerjas en sus contornos estrechos, los balcones, Gino,
los balcones, te están viendo desde los balcones las brujas enlutadas
y ariscas del vecindario, no te sumerjas en ese mar de lodo, Roma
Gino Napoli el Duce, no te sumerjas en la bahía, los bombarderos,
Gino coño Gino, ¿qué estás haciendo? Vienes a sobresaltarme: este
sol y estos pasos, los reconozco, alguna vez los he sentido. Mis
cosas, ¿qué has hecho de mis cosas? ¿En dónde has guardado mi
futuro? Te lo estás llevando de nuevo, te estás robando mi sueño,
Gino, mi sueño: has vuelto a llevarte mi sueño, mi fut… —Alfonsina, despierta, Alfonsina… 3 Qué le importa a ella lo que ha perdido, qué le importa Gino,
por mucho que lo llame, si para ella siempre fue la distracción de
sus horas libres. Anda por la casa como un animal atolondrado y
a duras penas me mira. Ahora ladra en su cuarto, como cualquier
perra triste. Anoche la he oído llamándolo y por poco la siento
durmiendo con su sombra, revolcándose entre las cobijas que él dejó
embadurnadas de porquerías para que sintiéramos su fuga con
olor, dolor y pena, para que sintiéramos su ausencia con la fetidez
que todavía sube y gira por los cuartos e impregna las paredes y las
cosas, hasta nuestra misma piel. Por mucho que ahora ella se tienda
en esa cama, yo no sé si lo habrá perdido porque nunca lo tuvo; yo
fui quien lo trajo a esta casa (no me cansaré de repetirlo), quien lo
cuidó con desvelos, lo soportó en las libertades que poco a poco se
tomaba, para disgusto nuestro. Yo fui quien lo sintió regresar en
las madrugadas oliendo a ron y a vagabundas del puerto, con el
semen de su engaño todavía en sus ropas y su piel, en los arañazos
de las perras que le pagábamos. Que ahora Alfonsina no se haga La
Dolorosa con sus llantos, porque yo sí sé lo que le duele, yo sí sé lo
que Gino se ha llevado de ella y eso es lo que más me trastorna. Y
pensar que juntas oímos sus cuentos de hambre y destrucción y llegamos
a imaginarnos su ciudad, entre las ruinas de los bombardeos
y el terror de la ocupación; él deambulando entre los escombros,
sacudido por las sirenas, asediado por las razzias: era cuando, en
las tardes, se sentaba con un vaso de ron y evocaba las calles de
su ciudad, los refugios subterráneos, las explosiones imprevistas,
la desesperación de la huida y apenas lo entendíamos cuando descifrábamos
sus frases más elementales. “Ustedes nunca sabrán lo
que es una guerra de verdad”, decía. Y leía las noticias de nuestros
degollamientos, riéndose, como si esta solo fuese una divertida historia
de niños comparada con el infierno que él mismo decía haber
sufrido. “Estos muertos no son nada”, seguía diciendo. Y escribía
sobre las fotos, hacía garabatos sobre el rostro destrozado de algún
niño. Y lo veíamos sonreír. Casi lo sentíamos cómplice de un terror
en el cual nosotras no éramos más que espectadoras deslumbradas.
“Aquí se matan por un bandera azul o una roja: allá nadie sabía
cuál era su bandera, ustedes jamás comprenderán”. Y nos dormíamos
a su lado, cuidándole sus borracheras, alimentándole su ocio:
yo le quitaba los zapatos y Alfonsina las medias. Yo empezaba a
desabrocharle la camisa y Alfonsina me miraba como si consultase
la desnudez próxima que ella ya estaba adivinando y gozando. Lo
sacudíamos, “Gino ven a la cama”, y él se despertaba bruscamente
y entre las dos lo conducíamos al cuarto. Diez años tal vez no sea
nada en su vida, pero en la nuestra son algo irrecuperable. Ahora
se ha ido y esto es lo que nos ha dejado. Alfonsina, delirando, no
quiere salir de las sábanas asquerosas en que lo dormía. Yo, mirando
por el balcón hacia la bahía, esperando una milagrosa aparición,
con rabia, con un rencor que crece con mi respiración. Lo único que
sé, ahora que tengo la certeza de que no vendrá, es que guardaré el
inmundo baúl que está en el cuarto, lo guardaré toda la vida para
hacérselo tragar el día del juicio. —María Concepción, María… —gritó entonces Alfonsina
desde su cuarto, y yo creí que volvía a repetirme sus quejas
adoloridas. Pero ya lo he dicho: esta mierda será el alimento de su vejez dondequiera que esté. Por eso llora Alfonsina: por eso estás llorando,
son las joyas lo que te duele. A mí, en cambio, empieza a importarme
poco el recuerdo de collares que nunca me colgué, de pulseras
que miraba con indiferencia, de anillos y prendedores que hacía
años seguían guardados y olvidados. Esas cosas habían dejado de
pertenecerme, Alfonsina: no eran mías, hasta podría decir que a ti
tampoco te importaban: eran de nadie; las habíamos olvidado. Y el
olvido, hermana, es una forma de expropiación.
estás a mi lado en el jardín, debajo del árbol que un día
vimos arder desde nuestra ventana, incendiado por el rayo
que anunciaba una tempestad; estás a mi lado y yo llevo un
fósforo a tus cabellos largos, lo paso por sus bordes, lo acerco y
empiezan a quemarse como si fueran ramas secas adornando
tu cabeza; río; me miras extrañada: no sabes que el fuego subirá
por tu cuello, que empezarás a producir un incendio que ni
la lluvia ni la tempestad apagarán; sigo riendo; te digo que es
precioso incendiar el recuerdo de tu fragilidad, que no soy
yo quien te incendia sino mis celos de hermana marginada:
con una sonrisa me dices que tienes calor y te desnudas; veo
tu cuerpo, apenas el proyecto de una cintura constreñida, dos
protuberancias pálidas en tus pechos, la línea de tus muslos
secos, el vientre escondido; tu cabeza ya es una antorcha a
punto de quemar la carne que la alimenta: despierto y voy al
espejo; tengo las mejillas enrojecidas y un sentimiento de gozo
llega con esa mañana de enero, cuando comprendí que estaría
condenada a seguirte y sufrirte en los primeros y últimos
instantes de nuestra orfandad.
El sueño volvió a repetirse: ya no eran solo tus cabellos: era tu cuerpo
sumergido en una hoguera, en un rito que siempre estaba precedido
por la tempestad. Nunca te lo confesé: siempre me guardé la sensación
de estar al borde de una justicia que yo misma hacía a mi manera,
con una deliciosa y morosa crueldad, jamás imaginada. “Deberíamos
echarle candela a esta casa”, has dicho. Y yo he imaginado de pronto
que la antorcha de tus cabellos de niña es el comienzo: las llamas van
saliendo por las ventanas y me he sentido también ardiendo, encerrada
en una habitación, en el más completo silencio, con un petrificado
gesto de vanidad: he visto renacer los bergantines del Sitio y derrumbarse
el Castillo de San Felipe de Barajas; Edward Vernon ha vuelto
resentido por su primera derrota; la Corona de Inglaterra asedia con
pesadillas de pólvora las posesiones españolas, y sobre nosotros el
fragor de los cañonazos se levanta y cae para sepultarnos. El asedio, el
hambre y la peste esparciéndose por las calles y la ciudad estremeciéndose
con cada estallido, agrandando los gritos de los moribundos,
toda la ciudad convertida en un siniestro hospital de condenados a
muerte. Y el fuego: he visto el fuego lamiéndonos los cuerpos y sentido
la agonía de los demás en la inenarrable agonía nuestra, hermana:
conquistadas y devoradas por el fuego de los conquistadores. ¿Qué
más puedo esperar ahora cuando mi paciencia y esta fingida tranquilidad
quieren retarme inútilmente? Nada podemos hacer como no
sea la inmolación del pasado, y el pasado —hermana—, el pasado somos
nosotras. Esto ya no nos pertenece: los nuevos dueños están
afuera, cercándonos, tan despiadados como llenos de codicia: la servidumbre
se ha levantado y de los humedales y los extramuros
irrumpen, invocan el espíritu martirizado de sus cimarrones. ¿De qué
les serviría la piedad si siempre han estado codiciando esta casa y lo
que suponen la ha llenado? Deberías empezar, hermana, siento que
estás empezando. “Deberíamos echarle candela a esta casa”, me repites.
Y te digo: quema primero la mierda del baúl, sigue con las sábanas,
arrímale fuego a los colchones, acércalos a las paredes de madera para
que empiecen a arder cuadros daguerrotipos medallas mariposas disecadas:
arroja esas rosas secas y despetaladas al fuego; sigue, hermana,
amante de mi amante, ladrona de mi delito, cómplice de mi pecado,
sigue sigue: yo te acompaño con estas ganas de encenderme en mí
misma: rocíale gasolina, licor, orines, excrementos a todo para que
arda con más fuerza; rocíale nuestros delirios de emperradas en un
sueño: corre, Alfonsina, corre: el fuego nos alcanzará, corre hacia la
cocina o hacia los corredores correcorre hacia el patio, vuelve al tejado,
encarámate en el tejado y mirarás la procesión de espectadores
que ahora estimula con sus gestos de fiebre nuestra destrucción: corre
que estoy sintiendo el ardor de la candela subiendo por mis ropas: que
no quede rastro de nada. No llores: convierte tus lágrimas en lava:
ríete, hazlo con alegría, que no es cualquier cosa lo que hacemos: estamos
incendiando el mundo y tal vez nos salvemos de la inmolación:
hermana, corre, una vez esté todo ardiendo, corre: abrirás las puertas
que dan a la calle, en donde nos esperarán delirando los manifestantes:
siempre te dije que esa chusma asquerosa no quería nada más que
nuestra muerte: si no nos anticipamos a ellos, seremos sus víctimas y
hasta eso debemos elegir: este cuerpo no va a aceptar ser rozado por
tanta inmundicia vociferante, Alfonsina: mira, esto era lo que esperaban:
han estado espiándonos, han elaborado en la más vergonzosa
clandestinidad sus pasquines contra nosotras y el nombre de Gino estará
pegado en sus carteles, condenado al rencor, expuesto a la
inclemencia de esta plebe aborrecida; míralos aglomerados en las calles
esperando nuestra salida para prolongar sus acusaciones: reos de
alta pasión. Quemarás el portón, Alfonsina, quemarás las mismas cenizas:
quémalo todo para que estas naves ardan con todas nuestras
ganas, para que ardan con el ardor con que ardimos revolcándonos
enardecidas a su lado. Alfonsina: empiezo a verte más joven: tienes las
mejillas encendidas, el pelo revuelto como cuando eras niña y en tu
fealdad te inquietaban las rachas de viento que vendrían a deshacer el
artificio que en tres horas habías montado sobre tu cabeza, ante un
espejo que se quejaba de tu presencia. Déjame acariciarte las mejillas
de la misma forma en que lo hacías, quejándote de la ausencia de una
mano distinta a la tuya que lo hiciera y tu fragilidad, esa terca mezcla
de patetismo y resentimiento, tu soledad malgastada, las misas cerradas,
los paseos del sábado, el pavor de sentirte de pronto asediada por
una multitud de negros que para ti seguían siendo libertos mereciendo
su vieja esclavitud, sirvientes altaneros amenazándolo todo.
Déjame acariciarte: mira el fuego, todo el barrio iluminado, todo este
maldito barrio se ha puesto de fiesta y las banderas y las pancartas y los
gritos y los tiros son una sola voz levantada contra nosotras y contra
el pasado que se ha encerrado en nuestras carnes y en nuestros cuartos
y en esta casa que ahora arde y en todo lo desconocido e inaccesible
que ella ha guardado para llenarse de interrogaciones, de envidias,
siempre codiciándola, hasta cuando empezó a perder su pintura, a
debilitarse su armazón, a pronosticar en su herrumbre el día de su
derrumbe definitivo. Hemos quemado, estamos quemando el recuerdo
de los invasores y somos también sus cómplices: hemos liberado
nuestras murallas cercadas: Blas de Lezo también ha sido derrotado,
el intrépido-marino-vascongado-general-de-los-galeones-manco-rapaz
ha sido expulsado y ni la piedad del cura Pedro Claver va quedando
para que esta chusma se compadezca de quienes hemos sido sus corregidores:
el valor del Manco se extingue entre las llamas, Fernando
VII llora desconsolado todas sus elecciones y Pablo Morillo será pacificado
con la mierda misma de su terror: no es un sueño, hermana, no
es un sueño: mira cómo suben las llamas y arde la madera que dejó
pasar nuestras quejas de pared a pared, de habitación a habitación, de
corredores a jardines, de oidores a alguaciles, de jardines a tejados, de
tejados a calles, al barrio, a la ciudad entera, al litoral sofocado por
piratas y mendicantes: todo esto ha estado lleno de conspiraciones
domésticas y ni siquiera el refinamiento de don Rafael Núñez vendrá
a improvisar otro “¡oh gloria inmarcesible/ oh júbilo inmortal!”: ven,
acércate: pedirás un vaso de agua: este sofoco estremece mis piernas,
entra por mi sexo herido: lenguas de fuego me penetran, falos de fuego
me hurgan y me asedian, mástiles de fuego se doblegan por la recia
tempestad que sale de mi sexo burlado y vuelven a él para erguirse y
volver a infligirme otra derrota. Hermana, Alfonsina, derrotadas y
vencedoras de los derrotados, ya qué me importa, no habrá premonición
que pueda condenarnos porque nosotras mismas nos hemos dado
nuestra condenación. Míralos esperándonos: extiéndete, arrójate al
suelo, Alfonsina, hiérete con estas piedras, tírate al frío de las calles que
vieron pasar tanto abandono, tanta inútil dignidad, tanta enferma desolación,
tanto resentimiento y tanto encierro desde nuestro nacimiento.
Decidimos encerrarnos: el mundo que crecía a nuestro alrededor estaba
lejos del que moría dentro de nosotras. Encerrarnos era protegernos.
Extiéndete con todo tu cuerpo, sin pudor, hermana, que ni el pasado
podrá poseernos ya, y cuando el fuego se haya apagado y no quede más
que un solo hilo de humo elevándose sobre el espacio de esta ciudad, a
la madrugada siguiente las crónicas serán apenas explicativas: dos mujeres,
con huellas visibles de fatiga, reposarán abrazadas en una calle
cuando ya la cólera haya pasado y sobre nuestra casa se esté erigiendo
un orden, nuestros rostros estarán en algún periódico, enmarcados por
la estampa pálida rescatada del fuego. Nuestros dos rostros, Alfonsina,
estarán llenos de vergüenza, consumidos por las arrugas, en un gesto de
burla que los cronistas jamás descifrarán: nos llevamos una nostalgia
que nos asediará en cualquier lugar del mundo que escojamos como
refugio. Sí: acércate, déjame pasar el dorso de mi mano por tus mejillas
como si fueras las niña que también pedía mi pena, la adolescente casta
que rehusaba mis invitaciones a algún cuarto en donde me herí y sangré
poseyéndome con rabia: sí, Alfonsina, aquí estoy, a tu lado: esta
madrugada no será suficiente para devolverte la ternura que guardé
con tanta mezquindad: abrázame, tiende tus brazos hacia esta
piel que ahora el fuego está apagándose y volvamos a encerrarnos
en la nostalgia de lo perdido, en el recuerdo de Gino-mundo, de
Gino-pasado, de Gino-murallas-asediadas, de Gino-Vernon
acosándonos. Ya es hora de dormir. Literatura
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