Óscar Collazos
(Bahía Solano, 1942 - Bogotá, 2015)
Jueves, viernes, sábado y este sagrado respeto
El verano también moja las espaldas
(Medellín: Editorial Papel Sobrante, 1966, 120 págs.)
Extendida en los sillones o estirada en la cama en un pesado reposo, tres días enteros en silencio, alejada del mundo habitual,
Amalia prefería el rechazo de toda “tentación”, asistía a la grandiosidad
de los ritos y una especie de remordimiento amargo la lanzaba
al arrepentimiento. “Es Semana Santa”, contestaba cuando algún
hombre se acercaba al sitio y, cerrando la puerta con ira, pensaba:
“Es que ni esto lo respetan”. Y seguía pensando: “Así me den todo
el oro del mundo, no me acostaré con ninguno”.
La vieja casa de madera, de paredes desteñidas por las lluvias y
los soles que se asentaban a diario sobre ellas, tenía un aspecto de
terrible desolación: salón amplio, sofás forrados con cretonas a colores
(moradas, sobre todo), cuadros enmarcados (escenas eróticas
y viejas escenas de amor tocadas de cursilería o morbosidad y algún
paisaje discreto, gobelinos con leones y panteras y castillos como
de las mil y una noches), listas de precios y letreros en dos idiomas
(inglés y español), bar al fondo con una foto de Gardel en la esquina,
luces de colores: rojo-azul-verde-morado, largo corredor hasta
las profundidades de la casona y las puertas de los cuartos alistadas
a lado y lado, con candados suspendidos en ellas y un número rojo
escrito en la parte superior, olor a detergente derramado sobre la
madera curtida y este silencio que ahora se hacía más grande y parecía
ensanchar las mismas paredes, más penetrante el olor y más
perceptible la figura de Carlitos Gardel al fondo.
Amalia se había movido aquí por varios años y las más viejas ya
llevaban hasta diez. “Aquí crecieron algunas: las vi llegar mocitas,
apenas saliéndoles los senos”, le dijo la dueña del local cuando Amalia
le preguntó aquella mañana. Se había suspendido la sintonía de
los radios y apagado el ruido de la vitrola. Después de deambular
sin rumbo por la casa, se había internado en su cuarto. Dormiría
hasta el mediodía.
Cuando se despertó, tomó el almanaque y arrancó una hoja, quedando
ese “Jueves” en un rojo grande, Día Santo, ante su vista. Recordó
la Semana Santa del año pasado y deseó ir a todas las programaciones
con algunas de las mujeres. “Aunque todas no van —pensó— por lo
menos ninguna atiende en estos días”. Y efectivamente: las mujeres
se encerraban, casi trancaban las puertas y no permitían que ningún
hombre se acercara a ellas. Sobre los cuadros y los objetos decorativos
del establecimiento habían puesto telas moradas. Se habían impuesto
un absoluto silencio durante tres días, como si del fondo de aquella
devoción hubiese surgido un dolor inenarrable y antiguo. Asistían a
los ritos en grupos, vestidas de negro, algunas con la camándula en la
mano y una oración apenas audible en sus bocas; asistían a las procesiones
y lograban confundirse con aquella multitud de mujeres que,
con rostros abatidos, se lanzaban a las calles de la ciudad; mujeres
que en obstinada penitencia se arrastraban de rodillas por las aceras y
atrios de las iglesias a implorar algo desconocido pero profundamente
deseado, tal vez el perdón, golpeándose el pecho, rezando en voz
alta y con la vista perdida en el cielo, dando la sensación de derrota
que parecía venir de una culpa que nadie lograba comprender en algunos
rostros arrugados, tocados de bondadosa religiosidad.
El incienso subía y todo su olor trascendía más allá de los cuartos,
subía hasta perderse y dejarlo a uno con la sensación de haber aspirado
algo de profunda e insustituible religiosidad. La música, a veces,
o la sintonía de una misma emisora, se escuchaba en las calles, y esa
serenidad, y esa solemnidad, solemne-serenidad, era la atmósfera predominante,
el tinte puesto sobre el negro riguroso de los vestidos. Y
en el encierro de su cuarto, Amalia miraba las postales adheridas en
las paredes, detallaba las pocas cosas de su propiedad, la habitación
con su gran armario y la mesita de noche y el espacio tan reducido.
No había un solo ruido. Todo permanecía inmóvil, en un misterioso
encantamiento. “Si no crees, deja por lo menos creer a las demás”,
había gritado llena de soberbia a una mujer que pasó corriendo por
el pasillo con un transistor encendido. La mujer lo había apagado sin
protestar y se había internado en su cuarto dando un portazo.
Tal vez un montón de cartas reposaba en el interior de la mesita
de noche, especie de promesa muerta que Amalia no se molestaba en
consultar pero que tampoco se sentía capaz de deshacer. El armario
caoba oscuro estaba lleno de vestidos, algunos de colores subidos,
en un desorden que Amalia misma advirtió cuando lo abrió esa
mañana. “Qué reburujo”, pensó. Despacio, estirando a veces los
brazos y bostezando, tirándose el pelo hacia atrás, subiendo la mano
rápido, empezó a acomodar uno a uno los vestidos. Finalmente,
ante la dificultad de disponerlos todos en orden, tuvo que arrojarlos
al suelo, notándose luego en su cara un gesto de desagrado.
Se había levantado con la breve prenda de dormir transparente
y su cuerpo, erguido cuando doblaba una blusa, parecía bastante
gordo. De frente se podían ver sus pechos grandes y algo caídos,
aunque su rostro aparentaba más de los veintisiete años. Sus nalgas,
también gordas y bamboleantes, estaban algo flojas, aunque
redondeadas y bien dispuestas, sin exageración. Solo la curva de su
espalda se conservaba hermosa. La piel, sin embargo, parecía bastante
descuidada.
Amalia recordaba poco las circunstancias de su vida allí: pocas
veces le interesaba volver al pasado. Recordaba haberle dicho en una
ocasión a un hombre que trató de averiguar la razón de su estadía
en la casa: “Porque me gusta, hijueputa”, y en verdad que no era esa
la razón. Solo cuando se emborrachaba y se ponía sentimental escuchando
algún tango o una ranchera, lloraba y contaba la historia de
su vida con rabia tal, que el hombre terminaba desprendiéndose de
ella. Amalia era irascible. Las demás mujeres la respetaban. “Cuidado
con esa”, decían. “Cuando está así no responde por la cara de
nadie”.
Hacía varios meses tenía un hombre, algo joven, que la llevaba al
cine y, a veces, venía por ella en automóvil de servicio público. Era su
hombre y las demás mujeres sabían que era así. “Es el mozo de Amalia
”, decían cuando lo veían pasar en su carro, en horas de trabajo.
En una ocasión, borracha, en compañía de otras mujeres de la casa,
gritó riéndose: “Si alguna de ustedes trata de acostarse con él verá
lo que es tener la cara rayada. Con mi hombre ninguna se acuesta,
¿entienden?”. En el fondo, Amalia se reprochaba sus borracheras y
hacía todo lo posible por evitarlas.
Cuando hubo acomodado toda la ropa, tomó una toalla y jabón,
se alisó el cabello revuelto y salió de la habitación, por el pasillo,
hacia el fondo, en donde varios cuartos de baño daban directamente
a la habitación de una de sus pocas amigas. “Rosalba”, la llamó.
Tocó en la puerta y, al momento, salió una mujer un poco mayor
que Amalia, llevándose las manos a los ojos y restregándoselos con
los nudillos de los dedos. “¿Vamos a la iglesia esta tarde?”, preguntó
Amalia. “Sí, nos vemos más tarde”. Y estiró los brazos, como sacudiendo
el cuerpo de una carga fastidiosa. “¿Qué hiciste anoche?”,
preguntó Amalia. El cuerpo de su amiga estaba envuelto en una
toalla de colores.
Amalia se metió al cuarto de baño y al momento se escuchó la
caída del agua sobre el piso de cemento, el chasquido de la ducha y,
poco después, sintió el agua tibia sobre su cuerpo.
El jueves por la noche, las iglesias estaban atestadas de gente,
sobre todo de mujeres enlutadas, jóvenes de colegio uniformadas,
enfiladas y dirigidas por maestras de miradas escrutantes e inquisidoras:
era la visita a los monumentos: recorrían imagen tras imagen
o se detenían arrodilladas a musitar una oración.
Amalia y Rosalba empezaron el recorrido a las seis de la tarde,
vestidas de negro, en silencio. Solo algunas veces las interrumpía un
ruido molesto o alguna pregunta que se hacían entre ellas.
“¿Es ese Joaquín? ¡Míralo, allá va!”.
Y Amalia:
“Sí, es él”.
Secamente.
“¿Lo verás hoy?”.
Y Amalia:
“Sabes que no veré a nadie ni hoy ni mañana”, para terminar
luego con esa palabra tan suya cuando quería acabar con una
conversación:
“¿Entiendes?”.
La amiga decidió no preguntar más. Cuando Amalia decía ese
“¿entiendes?” tan enfático, toda charla se interrumpía bruscamente.
Era una pregunta cortante que ella misma se hacía para frenar toda
conversación.
Mientras recorría las calles, Amalia recordó de pronto su pueblo.
Desde muy pequeña se había ido de casa y la imagen de su padre
le era totalmente desagradable. Le parecía verlo, como entonces,
con el cabello revuelto y la voz incontrolable, gritando y tirando
todo por el suelo. La madre le producía ahora un sentimiento de
compasión, una compasión llena siempre de cierta ternura. “Nunca
fue capaz de dejarlo”, pensaba Amalia. “Siempre aguantándose
todo, hasta que la maltratara”. En diez años solo los había visto una
vez, reaccionando con la más espontánea indiferencia. La situación
fue luego chocante: las preguntas le resultaron fastidiosas, “¿qué haces?
”, y la insistencia, “cuéntanos lo que haces por allá”, esa terca
insistencia le parecía demasiado impertinente. “Deberías escribir
de vez en cuando”, dijeron. Y eso ayudó a dejarlos de inmediato.
“No los culpo”, se decía en la intimidad.
Cuando se enfrentó a la ciudad, días después de su salida de
casa, no pensó nunca en regresar. Los extrañaba y no era muy
fácil vérselas por sí sola. “No me recibirán”, pensaba. “Afortunadamente,
lo perdí”, pensó luego, refiriéndose al hijo que había
parido a los siete meses de embarazo. “Por poco me lleva a mí
también”. Y se acordaba del parto, de los dolores y del esfuerzo
tan doloroso y del incidente, el niño nació vivo pero murió a las
pocas horas, recordaba. “Primera y última”, decía a sus amigas
cuando se reunían a hablar de sus hombres, de si serían capaces
de dejarse preñar. “No quiero que me salga una hija puta o un hijo
ladrón”, decía Amalia.
Siempre rechazó la idea de otro hijo. De ahí su cuidado en las
relaciones con sus clientes. “Una siempre está expuesta a que le dejen
un hijo de la noche a la mañana y luego no saber quién diablos
lo hizo”.
Cuando Joaquín le preguntó que si quería un hijo suyo, estuvo
a punto de echarlo. “¿Qué quieres? —le gritó— ¿Crees que voy a
dejar que me encartes con un hijo y que luego me dejes botada por
ahí?”, le preguntó desafiante. “Además, se me arruga la barriga”,
completó riéndose y mostrando su vientre desnudo, relativamente
liso y sin cicatrices.
A las diez de la noche ya habían recorrido todas las iglesias de
la ciudad. La luz escasa de las bombillas y el viento que soplaba de la
bahía y la gente en multitudes llenando las calles, mujeres enlutadas,
aquello adquiría un aspecto de fiesta negra. Había desaparecido el
silencio del comienzo: la gente hablaba y gritaba confusamente, los
tumultos de jóvenes en las esquinas se repetían en cada cuadra, entonces
los muchachos seguían a un grupo de jovencitas, hablaban,
gesticulaban y terminaban al rato buscando la oscuridad de una
calle para recostarse en parejas e iniciar el besuqueo.
El cielo nublado dejaba ver pequeñas transparencias, como un
resplandor entrometido en la negrura de la noche. Solo bastaba que
se corriera ese telón opaco para que el resplandor se extendiera por
las aguas de la bahía y lo bañara todo con un reflejo que acabaría
produciendo caprichosas imágenes móviles al lado de los barcos,
sombras temblorosas, con sus luces, luces-mástiles-erguidos, esparcidas
en el espacio del agua.
Después de entrar en una heladería y tomar un refresco, Amalia
salió, siempre al lado de Rosalía. Casi no hablaban, solo de vez en
cuando palabras sin sentido en el tránsito por el centro de la ciudad.
No dejaba de pensar en lo que haría al día siguiente: se encerraría
en su cuarto todo el día, dormiría hasta la tarde, prendería el radio
y escucharía el Sermón de las Siete Palabras a todo volumen, “para
que lo oigan las incrédulas y las haga recapacitar”, pensaba. “Creen
que es un juego”.
Y recordaba las leyendas de su infancia. “Pero un día de estos
hasta tiesas se van a quedar”, recordó y le pareció estar frente a sus
padres que decían: “No puedes bañarte porque si lo haces te quedas
tiesa”. Las amenazas: “Tienes que ir a la iglesia y evitar tentaciones”.
Siempre las graves y rigurosas amonestaciones: “No hagas ruido,
no golpees sobre nada porque golpeas el cuerpo del Señor”, y así
las frases repitiéndose todos los días. “Cualquier irrespeto es un
irrespeto a Dios Crucificado”, decían las beatas, y Amalia, ahora,
pensaba en ello sin la ciega fe de entonces.
Cuando llegó a la casa, que permanecía con la puerta cerrada,
apenas ajustada, Amalia vio a Joaquín sentado en un sillón y fumando:
sorbía una cocacola y tenía aire de distraído.
“Hola”, dijo ella.
El hombre se quedó sentado y la invitó a su lado.
“¿Muy rezandera, no?”; le dijo, dándole una palmada en las
nalgas.
Amalia dejó ver el disgusto en su rostro.
“Eh, ¿qué diablos te pasa?”, dijo él, pero Amalia no respondió y
se dirigió sin dar explicaciones a su cuarto. Buscó la llave en el bolso:
antes de encontrarla ya Joaquín estaba a su lado, con una mano
en el bolsillo, esperando que la mujer hallara la llave, con el rostro
serio, la frente bastante ancha y la barba bien rasurada pero con un
abultamiento de los ojos que revelaba trasnochos acumulados. Era
un hombre de brazos y piernas musculosos, que él resaltaba usando
camisas de manga corta estrecha y pantalones de dril bastante ajustados.
Se había dejado crecer el cabello y esto le daba un aspecto más
juvenil. “¿Qué se traerá esta?”, pensó Joaquín y vio la mano de Amalia,
algo temblorosa, tratando de acomodar la llave en el orificio del
candado, rabiando, evitando mirar al hombre de actitud paciente,
rostro fruncido, alterando la paciencia, introduciendo la llave una y
otra vez, sostenida entres los dedos hasta que se cayó de sus manos
y trató de recogerla, diciendo: “¡Llave de mierda!”, agachada, con
la mirada del hombre que no modificaba la expresión de la boca ni
la actitud del cuerpo, siempre recostado sobre la pared: una mano en
el bolsillo, la otra levantada y sostenida en el marco de la puerta.
“¡No seas inútil —dijo ella finalmente— y ayúdame a abrir esta
maldita vaina!”. Joaquín se movió, esbozó una sonrisa, calmado,
tendió la mano, introdujo la llave, accionó, levantó el candado con
la otra mano y, con la mayor serenidad, mirándola a los ojos, sintió
el clic del candado.
“¿Ves qué fácil?” —la desafió.
La cama del cuarto permanecía desordenada y había un olor a
talco y alcohol en todas partes. Talco-alcohol derramado. Amalia
dejó la pañoleta sobre la cama y sin mirar a Joaquín, que se había
tendido en ella con los brazos debajo de la nuca, empezó a quitarse
la blusa de seda negra que le cubría los brazos hasta quedar con el
vestido que subía más arriba de sus senos, un escote en la espalda.
Buscó en el armario y sacó un vestido claro y empezó a desvestirse:
la mano accionando detrás, en el cierre, bajando hasta la cintura
y luego dejando escurrir el vestido hasta caer a sus pies, subiendo
un pie y luego el otro, agachándose y recogiéndolo hasta quedar en
pantaleta y brasier. Joaquín se acercó y trató de tomarla por la espalda,
dándole antes un beso en la nuca. Amalia lo rechazó con un
gesto grosero y se apartó un poco más adelante. El hombre insistió
sujetándola por la cintura y tomándola de los cabellos. “¿Me vas a
soltar?”, dijo Amalia entre dientes y amenazándolo, pero Joaquín no
respondió y la atrajo contra sí, besándola en la boca y estrechándola
a su cuerpo. Le dio luego un fuerte golpe en la cara, con el dorso de
la mano. Amalia reaccionó, casi instintivamente, cogiendo una navaja
abierta del nochero. Joaquín se sonrió nerviosamente y Amalia
quedó unos segundos en silencio. Luego, ya en reposo, el hombre
trató de acercarse de nuevo. “No me toques”, gritó ella. “Hablemos
por las buenas”, sugirió Joaquín, alargando una mano para recibir
la navaja que Amalia no entregó. “Te vas de aquí ya mismo”, dijo.
“No seas terca: hablemos por las buenas”, repitió Joaquín. Amalia
fue a sentarse en la cama, sin soltar la navaja, con el vestido en la
otra mano. Empezó a ponérselo. “Te dije anoche que en estos días
no teníamos nada que hacer, que lo mejor era que ni te aparecieras
por aquí”, le dijo, una vez vestida. “Puedes irte ya mismo: conmigo
no cuentes para nada. Ya te dije que en estos días, ni con mi mozo”,
agregó saliendo del cuarto hacia el baño y dejando al hombre solo.
“Con las que sale esta puta”, pensó Joaquín y se dedicó a mirar una
revista de desnudos, rasgadas algunas páginas. “Debe ser de uno
de esos gringos degenerados que la visitan”, pensó. Y la hojeó deteniéndose
en las fotos más sugestivas. Desde la cama vio pasar a una
mujer, envuelta en una toalla, con el cabello humedecido.
Joaquín siempre quiso decirle que dejara ese oficio y se fuera con
él, que las cosas irían bien. “No me salgo a vivir juiciosa con nadie,
¿entiendes?”, dijo Amalia. No volvió a repetir la propuesta por
miedo de encontrar otro rechazo. Aunque aparentaba dominarla
y su comportamiento con ella era recio, hasta el punto de estallar
a veces en actos violentos, comportamientos chulescos requeridos
por reglas que ambos aceptaban, reglas obedecidas mecánicamente
en aquellas relaciones, esperadas quizá por todas las mujeres, pese a
todo, Joaquín tenía miedo de perderla.
En un comienzo no sintió celos por el oficio de Amalia, pero de
cierto tiempo para acá empezaba a sentirlos. Quería que cada día
fuera más reducido el número de sus clientes y hasta deseaba que
no tuviera ninguno. No era el tipo de hombre que por las mañanas
pedía cuentas a su mujer del producto de la noche anterior. Era su
hombre en el sentido en que ella no lo trataba como a su cliente.
“Siempre quiero que los demás terminen rápido para que se bajen”,
dijo una vez. “Son repugnantes: nunca dejo que me besen en la boca
”, seguía diciendo. “Cuando son viejos prefiero que se vengan
rápido: terminan dormidos como marranos”.
Amalia era sincera: su relación con Joaquín le daba la satisfacción
de estar gozando algo distinto. Él, por su parte, era también
sincero con ella, lo había sido desde su comienzo, cuando le dijo que
tenía esposa e hijos y que por ahora no pensaba dejarlos, aunque se
llevaban mal. Amalia quiso conocerlos, “¿cuándo los traes?”, pero
él se opuso.
Salió del baño arreglándose el cabello y sujetándolo atrás con
un lazo. Ya Joaquín había terminado de hojear las revistas y estaba
frente al espejo espichándose las espinillas de la cara. Amalia le
extendió la mano por el hombro —muy suavemente— y recostó la
cabeza en la espalda de él. “Presta, que te vas a volver una nada esa
cara”, le dijo. “Ven, siéntate aquí, yo te quito esas cosas”.
Joaquín volvió el rostro y dócilmente fue a sentarse en la cama.
“Estírate y recuéstate aquí”, dijo la mujer dándole dos cojines y señalando
sus muslos. El hombre se estiró y ella empezó a buscarle
espinillas en la cara. “No me explico qué tiene de malo acostarme
un Jueves Santo”, pensó Joaquín, mientras sentía la respiración de
Amalia, muy cerca, mirando sus pechos tras el vestido claro. “¡No
entiendo por qué no quieres!”, le dijo en voz baja. Amalia se limitó a
decir: “Ya sabes por qué”, para seguir en lo suyo. “No tiene nada de
malo”, agregó Joaquín, sin hallar respuesta de Amalia.
“Ya está”, dijo ella y él se levantó diciendo “gracias” y Amalia
abrió la cómoda y se puso a buscar algo y encontró un frasco de
agualucema y vació bastante en la cuenca de sus dos manos y regó
el líquido en el rostro de Joaquín: aquella humedad le picoardió,
pero luego vino una frescura agradable. Joaquín dijo: “¡Qué bueno!
” y ella empezó a sonreír y luego dijo “¡listo!”, como queriendo
evitar cualquier conversación sobre el tema anterior y finalmente
diciéndole a Joaquín que era mejor irse para evitar cualquier problema,
que además estaba cansada y que era preferible descansar,
que había estado toda la tarde caminando y que los pies le temblaban,
“de tanto andar recorriendo iglesias”, dijo Joaquín, y tanto
insistió Amalia que Joaquín acabó saliendo del cuarto, besándola
antes de irse.
Salió: montó en su carro de servicio público y ella, en la puerta
de la casa, lo vio partir en silencio.
“¿Qué hubo? ¿Lo echaste?”, preguntó una de las mujeres que
reposaba sentada en un sillón de la sala. Amalia se limitó a mirarla.
“Yo también eché al mío”, dijo la otra riéndose en el sillón.
“Shtshtsht”, protestó alguna desde un cuarto y todo volvió a tener
la atmósfera de antes.
Amalia se internó en su cuarto, rápidamente, tirándose luego en
la cama con una pierna encogida y levantada la otra, recostada la
rodilla contra la pared.
Joaquín circuló varias cuadras en el carro, despacio, sin escuchar
las voces que lo llamaban, mejor, sin atenderlas, “váyanse al diablo”,
calle arriba, a lado y lado de las casas cerradas, los establecimientos
vacíos y ni una nota musical, ningún ruido alrededor de aquella atmósfera.
Las mujeres —algunas de negro—, paradas en las puertas
de sus casas, hacían corrillos y los hombres remoloneaban ociosos
sin atreverse a nada. “Todas están de luto”, pensó Joaquín y hundió
el pedal del acelerador, consolándose con un pensamiento: “Por lo
menos no recibirá a nadie”. “Con todas es igual”.
Sentía el olor a detergentes y a mariscos podridos. Al pasar
frente a una casa creyó escuchar música clásica. Reparó en las botellas
partidas en pedazos sobre los andenes y, de nuevo, la música
clásica que llegaba desde algún radio. Joaquín encendió el radio
del carro y escuchó también a Haendel. Cambió inmediatamente
y escuchó una voz pausada que contaba un episodio religioso. Dio
por fin con música movida y escuchó una guaracha que él empezó
a seguir con golpecitos de los dedos en el volante. No identificó la
emisora. “Deben ser ateos”, pensó. El disco siguiente fue un bolero
de Agustín Lara y se acordó de Amalia. Pero también recordó la
figura de Agustín Lara (su voz temblorosa-trémula), sentado en un
piano: seguramente era la imagen de una vieja película mexicana.
“Si por lo menos se dejara invitar a baño”, pensó. “Pero creen que
se quedan tiesas si van a bañarse al río”.
Recordó la piscina de las afueras de la ciudad, recordó un río
de aguas frías y dulces. Prefirió no insistir: con lo sucedido tenía
bastante y era mejor no empezar de nuevo. A ella le gustaba Gardel
y Joaquín deseó oír un tango, tal vez ese de “mi Buenos Aires querido/
cuando yo te vuelva a ver”, pero Gardel no se escuchó ni se
oyó un tango en la radio. Sonaba Cortijo y su Combo, música que le
hizo recordar los bailaderos de La Carretera y el apretujamiento de
cuerpos, el movimiento lento-pausado, el sudor y el frenético golpe
de los cueros. Luego deshizo esa imagen y volvió a acordarse de
Amalia. Sintió remordimiento al recordar la cachetada que le había
dado y pensó pedir excusas. “Uno siempre embarrándola”, pensó
(y se detuvo en el semáforo). No había atendido una sola llamada
de los clientes en la media hora larga que llevaba dando vueltas por
las calles.
Eran las doce de la noche y empezaba a lloviznar. “Será el domingo
”, se dijo cuando deseó a Amalia. Decidió guardar el carro
pero le molestó la idea de llegar a casa y tener que acostarse al lado
de la mujer que empezaría por preguntarle si había ido a la iglesia,
si esas eran horas de llegar en un día como este, examinando luego
el cuello de la camisa, buscando manchas de coloretes en la ropa,
una prueba para prender-el-lío, gritando y formando un alboroto
tremendo por toda la casa hasta despertar a los muchachos y a todo
el vecindario, pero decidió volver a casa con el convencimiento de
que lo mejor era simular cansancio y no responder nada, o tal vez
mejor sentirse el ofendido, “claro, en esta casa no se puede estar
tranquilo, todo el día trabajando uno y llega y se encuentra a una
cotorra jodiendo”, e irse a dormir a otra parte, o darle la espalda
toda la noche mientras ella siguiera con sus cantaletas.
Dejó de pensar en ello y llegó a la casa. Se desvistió en silencio:
la mujer dormía, pero al subirse a la cama ella despertó, sin decir
una palabra. “Seguro se guarda la cantaleta para mañana”, pensó,
recordando situaciones similares, cuando al llegar de madrugada y
esperar algún reproche o escándalo, solo se había hallado con un
sospechoso silencio, con una aparente resignación de madre sometida,
pero al día siguiente lo despertaba con un verdadero huracán de
gritos y protestas. Decidió no preocuparse y recuperó la imagen
de Amalia, frente a él, de espaldas, quitándose el vestido negro y luego el
momento de asirla fuertemente contra sí, el bofetón y el momento
de ternura al rato, cuando sintió la mano suya sobre el hombro y el
rostro cerca, su respiración y la inclinación del cuerpo evidenciándole
los senos, otra vez la respiración como un golpe rítmico en sus
oídos, regándose en su cuerpo, el deseo de seguir el compás de aquel
ritmo interno, el tono paralelo a la respiración, pensando en ella,
hasta que, de pronto, el pensamiento tuvo un instante de conexión
con el sueño y la vio rodeada de hombres enormes y se vio de espectador
en la distancia escuchando la risa de Amalia, algo descomunal,
y una descarada vulgaridad que a aquellos hombres resultaba motivo
de excitación, efectivamente excitados, acercándose a sus manos,
posándose en el cuerpo de Amalia, hombres de todas las edades
en una confusión de lenguas —extravío de toda comunicación—,
hasta adolescentes y ancianos sin sexo tapándose púdicamente sus
pobres vellosidades y él, de espectador en la distancia, soportando
aquello, verdadera tortura en su inmovilidad. Joaquín trataba de
acercarse a ellos, a ella, decir algo, para hacer notar su presencia, pero
su figura diminuta era casi invisible y se reducía paulatinamente
y él sentía su reducción, especie de desintegración de las carnes,
tránsito hacia una nada incalculable, y así empezaba soportando
todo, sintiendo en su cuerpo como golpes en el instante de cada
roce o cada caricia por el cuerpo de la mujer, sometida a todos pero
sin darse totalmente a ninguno, todos riéndose en lo grotesco de
sus movimientos, en la avidez de sus gestos, desgarrándola, besándola
desesperados, rasgándole las ropas y guardándose sus pedazos
como reliquias de un acto milagroso y fugaz, y él en su sitio, inmovilizado,
detenido por una fuerza que parecía surgir del fondo
de la tierra misma y haber surgido en el mismo sitio en donde su
cuerpo reposaba, aumentando esa sensación de abatimiento e impotencia
que poco a poco se transformaba en un pánico silencioso,
en un silencio forzoso, como en el escozor visceral de algo inevitablemente
terrorífico. Entonces se examinaba y se veía ridículo y
se sentía en su reducción, mientras las otras figuras crecían hasta
lo descomunal. Trataba de huir pero se sentía clavado en la tierra.
Finalmente, ella desnuda, tendida en el suelo, parecía recibirlos a todos
y todos sobre ella en un montón que crecía: se despojaban de sus
ropas hasta aparecer en la ridiculez de su desnudez. La figura de
Amalia se perdía luego en aquella confusión y la suma de hombres
desconocidos era lo único visible para Joaquín, hasta el momento
de comenzar ya su desintegración definitiva, su hundimiento en la
nada, escuchando un coro que repetía hasta el estruendo: “Si lo haces
te quedarás tiesa, tiesa, tiesa, tiesa, tiesa”.
Un instante después despertaba, precisamente en el momento
en que su mujer abría la cortina y dejaba entrar la claridad brillante
del día sobre la cama. Joaquín comprendió que soñaba y sintió
una satisfacción profunda. Dio vuelta a la almohada y al sentirla
demasiado caliente y húmeda en algunos sitios, giró el cuerpo, tomó
el reloj de la mesita de noche y vio que eran las ocho y media.
Oyó las voces de sus hijos y cerró los ojos. Volvió la imagen de
Amalia. “Hoy sí que menos”, pensó. Al rato, cuando despertó, oyó
a su mujer que hablaba con la vecina sobre el Viernes Santo y la
Pasión de Cristo. Su mujer habló largo rato, “tal vez oiga el sermón
del padre Jaramillo”, y su vecina también, “ese no me lo pierdo: el
año pasado lo oí y había que ver tanta belleza”, y él sintió que las
voces se desvanecían. Se acordó de Amalia y del pretexto para no
acostarse con él.
Las mujeres hablaban de la Semana Santa. Su mujer desprendió
la hoja del almanaque y dejó el “Viernes” en rojo. Al rato, Joaquín se
levantó y encontró el desayuno tapado con un plato, sobre la mesa.
No sintió ganas de comer y prefirió tomarse dos vasos de agua, respirando
hondo al terminar el segundo. Sin hablar a su mujer, volvió
al cuarto y se estiró en la cama. “Hoy no sacaré el carro”, pensó.
Amalia había pasado el sábado en su cuarto. Muy pocas veces
salía y cuando lo hacía era al baño o a la puerta de la casa para observar
las calles vacías y, en los andenes, a las mujeres ociosas, algunas
riendo a carcajadas o a los muchachos que jugaban correteando todo
el día en la calle. “Ninguna trabaja”, pensaba. Volvía a su cuarto
y se metía en la cama y empezaba a hojear algunas revistas.
Pensaba poco en Joaquín pero tenía por momentos la certeza
de que era la necesidad de un hombre lo que la mantenía a su lado.
Lo necesitaba, era cierto, pero en cualquier momento podría
desprenderse de él. Se encontraba a gusto cuando se acostaban pero
pensaba que también podría estar a gusto con otros hombres y
que solo bastaba un poco de simpatía y luego algo de confianza y
la idea de sentirse suya y de sentirlo también suyo. Esa forma de
hacerlo respetar como su hombre, delante de las otras mujeres, era
seguramente el medio para hacerse valer como persona capaz de
tener algo y de sostenerlo mientras lo quisiera, exclusivamente para
ella. Ese sentimiento de posesión —especialmente en su mundo—
era lo que la conducía a exclamaciones violentas y agresividad que
las demás mujeres aprendieron a respetar. Sin embargo, no era así
íntimamente: no era una mujer a quien le gustara la violencia. Recordaba
su fragilidad de niña y no se explicaba el porqué de sus
reacciones cuando se emborrachaba, generalmente hasta dormirse
en un sillón o tener que ser conducida desde el asiento del bar hasta
su cama.
“Joaquín va a desaparecer”, pensó el sábado. Sábado de Gloria,
pensó en el momento de acordarse de Joaquín. Desaparecería de
su vida un día cualquiera. Tal vez se lo diría en el curso de una
borrachera, con la más absoluta serenidad, o empezaría a rechazarlo
o sería muy sencillo: se dejaría ver con otro hombre hasta que
Joaquín entendiera que tenía un sustituto. Sabía que Joaquín no
era un tipo de insistencias ni alborotos y que —a duras penas— le
pediría una aclaración. Ella le diría entonces: “¡No tengo ninguna
explicación, lo que-se-acabó-se-acabó. Y punto!”, y él contestaría:
“Está bien, lo que tú digas” y se iría a emborrachar varios días hasta
vaciarlo todo.
Decidió estar con él unos días más. El sábado se escuchó la
música religiosa de los días anteriores y en algunas emisoras las representaciones
de cuadros de “la Vida, Pasión y Muerte de Nuestro
Señor Jesucristo”: eran voces grandilocuentes alzadas sobre el silencio
del ambiente, coros de voces dando la sensación de masa y
aclamando la llegada del momento fatídico, acompañados por música
solemne que arrebataba hasta el suspenso, la majestuosidad y
la fanfarria de los hechos, era la agitación de palmas en el instante
en que la emoción se transformaba en dolor, como había ocurrido
el viernes, después de que el padre Jaramillo, dramático y lloroso,
dijo: “En tus manos encomiendo mi espíritu”. Se había venido entonces
un llanto encadenado, la dolorosa reacción de abatimiento,
el desenfreno dramático que se traducía en la conciencia de culpas
sin expiar: una entrega incondicional a la sagrada voluntad divina.
Ya en la tarde del sábado, inexplicablemente, todo empezaba a
transformase: empezaban a barrer los pisos, a limpiar las paredes,
a ordenar las botellas en el bar y a echar específico en los pisos. En
las primeras horas de la noche ya había desaparecido el desorden de
los días anteriores y ahora iba surgiendo un orden festivo, rodeado
aún del silencio que se rompía con menos gravedad en algunos
minutos de agitación. Algunas casas se engalanaron con festones
colgados del cielo raso, suspendidos de las paredes, de colores encendidos,
listos los confetis en algún sitio.
Amalia oyó el tropel del arreglo y la voz de la dueña ordenando
por toda la casa. Oyó el tintineo de las botellas al ordenarse en el
bar. Sintió los pasos de las mujeres por el corredor y las escuchó
en un diálogo que nunca aclaraba nada y en risas muy breves interrumpidas
por un “shtshtsht” ocasional. “Todavía no han cantado
gloria”, gritó desde su cuarto y las voces bajaron afuera. Empezaba
a saber que ejercía cierta autoridad sobre las demás mujeres: eso la
reconfortó.
En la noche, las mujeres empezaron a vestirse. Afuera, en la sala,
se sentaron en los sillones, aunque la puerta de la calle permanecía
entornada, no solo allí, sino en todas las casas del barrio. Se desprendió
el negro luctuoso de los cuerpos.
En su cuarto, Amalia empezó a buscar un vestido en el armario,
eligió uno rosado, con boleros en la manga de tres cuartos, boleros
también abajo, estrecho desde los senos hasta las rodillas, de
tal forma que dibujaba su figura: se veía más gorda y le daba a su
rostro mayor madurez, transformándola en algo distinto a lo que
realmente era en la sencillez de un vestido.
“Las diez y media”, pensó al ver el reloj sobre la mesa de noche.
Siguió arreglándose: sobre la palidez de su cara empezó a trazar
líneas y una base rosada que extendía luego con un pedazo de
algodón hasta los bordes de los ojos. Al rato había terminado su maquillaje
y el poco encanto que podía quedar en su rostro se perdió
detrás de los colores: ahora era una cara-desca-rada recibiendo en
las ojeras unturas de una loción que ella agitó y olió antes de aplicarla.
Dio vueltas a su cuerpo, frente al espejo, una mano sobre la
cadera, como bajando y midiendo la dimensión de las líneas y la otra
tratando de ordenar el cabello que había logrado acomodar en un
montón que subía a manera de pirámide invertida. Luego ordenó
sus cosas y salió de su habitación, apagando la luz de la lamparita
de noche.
Cuando salió, vio la casa engalanada. “Salió santa Amalia”, gritó
una de las mujeres y las demás rieron estruendosamente. “¡Otro
chiste y te corto la cara, gran puta!”, respondió Amalia de mal
genio. Se hizo el silencio entre las mujeres y luego se escuchó un
murmullo de reproche.
Amalia fue al bar y empezó a tomarse una ginger ale fría, preguntando
algo al muchacho. “La señora dijo que abriera antesito de
las doce”, contestó él. Amalia salió a la puerta de la calle y miró: las
luces de los avisos se habían encendido y las bombillas rojas-verdesamarillas
parpadeaban en las pistas de baile ya enceradas de los
bares. Aunque no pasaban música, todo parecía muy brillante.
Amalia fue hasta la tienda de la esquina y pidió algo ligero
de comer. Regresó a la casa, sintió la mirada de las demás mujeres
detrás de sí, cosa que le hizo cambiar la forma de caminar
y adoptar una mayor agresividad enseñada en lo erguido de su
pecho, en la manera de desplomarse en el sillón más apartado de
la gran sala.
Pensó otra vez en Joaquín: lo necesitó en ese instante, pues se
creía sola y le hubiera gustado tenerlo cerca, delante de todas, acariciarlo
como se acaricia a un hombre, y llevárselo ante la vista de
ellas. Sabía que algunas lo deseaban, no tanto porque fuera un hombre
deseable
sino porque era su hombre. “Tras de putas, malaleche”,
pensó, acomodándose en el sillón, de tal forma que sus pies, encogidos
sobre el asiento, le daban un aspecto de abatimiento sensual:
dejaba ver la rodilla y medio muslo.
Al volver la vista, sorprendió la mirada odiosa de varias mujeres.
Volvió el cuerpo hasta darles la espalda y empezó a silbar
un rock and roll lento que solían poner los gringos cuando inundaban
la casa. Lo acompañaba con un movimiento de cabeza y
con golpecitos de la mano en el brazo del sofá. Al alzar la vista
hacia el bar, vio el retrato de Gardel e inmediatamente dejó de
seguir el ritmo del rock and roll y recordó “mi Buenos Aires querido/
cuando yo te vuelva a ver”, mentalmente repasó la letra y
se acompañó con la música que le sonaba del fondo, orquestación
imaginaria, el golpe sobresaliente del bandoneón. Gardel le
pareció más hermoso que nunca y como en la fotografía usaba
sombrero, volvió la vista a otra más pequeña, colocada en otra
pared, en la que estaba con su cabellos lisos, peinados con una
raya en la mitad. Varias veces repasó la letra del tango.
Se levantó y fue hasta su cuarto a buscar un pañuelo pequeño
que guardó en la manga de la blusa. Salió a la puerta de la casa
sintiendo esta vez que las miradas se asentaban sobre ella, pero sin
mirar a las mujeres prefirió simular una serenidad que no tenía. El
muchacho fue a la puerta de la calle, la abrió de-par-en-par, sonriendo
a Amalia y diciéndole: “No les haga caso”.
Una de la mujeres se acercó a la pianola, metió una moneda y
marcó número y letra en el tablero: al momento empezó a oírse
el chasquido de una guitarra y luego la voz de Elvis Presley cantando
“Now or Never”. Metió otra moneda, pensando: “A-5: ‘La
Cumparsita’”.
Volvió a su sillón: “No esperan que canten gloria”, pensó Amalia
con rabia. Antes de regresar a su cuarto, nerviosa, oyó la sirena de
los bomberos dando las doce de la noche y seguidamente los gritos
de las mujeres, el pisoteo y el júbilo y la música y todo mezclado en
un concierto-pánico. Aquello fue aumentando, como si una cadena
de ruidos distantes se fuera enlazando hasta el momento culminante
de este gran estruendo. “Nacieron para putas”, pensó Amalia cuando
salió y vio a varias mujeres bailando “Now or Never”, apretadas, riendo.
“No demoran los machos”, gritó una de ellas y las demás rieron
celebrando. “¡Gringos! ¡Gringos! ¡Gringos!”, siguió un coro de varias,
saltando y levantándose las faldas. “No demoran en venir: hoy llegó
un Santa de la Greis”, comentó otra. Y la música se confundió con
los gritos de las mujeres. “Quiero cantar gloria con el primero que
llegue”, dijo una mujer mientras hablaba sola, sentada en un asiento,
en grosera pose-de-mujer fatal: la canción de Elvis llegaba al final.
Una de las mujeres, la más vieja, maquillada ostensiblemente,
desde un sillón y con voz gruesa y cansada, zapateando, empezó a
cantar: “Somos, somos prostitutas/ somos las más putas”, cantaba
recordando a Nicole, la francesa que había fundado la primera casa
del barrio después de la guerra, de no-se-sabe-cuál-guerra. Al instante
se levantó un coro por toda la casa. Las mujeres, tomándose
de las manos bailaron en círculo profiriendo un griterío agudo, bailando
la canción de la difunta Nicole.
Amalia arrugó la cara y entró a su cuarto, caminando rápido,
pensando que estaba decidida a dejar a Joaquín.
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