Óscar Collazos
(Bahía Solano, 1942 - Bogotá, 2015)
Invitada del tiempo
Adiós Europa, adiós
(Bogotá: Planeta Colombiana Editorial S.A. (Seix Barral], 2000, 130 págs.)
A G.G.M.
Y aunque lo jurara, ¿qué ganaría con ello? La abuela sabía que en los últimos tiempos se juraba por cualquier cosa, por las más nimias
y ante las más atroces circunstancias. Pedirle que no jurara el nombre
de Dios en vano era obligarlo a hacer lo que ella no deseaba.
El niño, acudiendo a la acostumbrada teatralidad de sus ojos en
blanco, diría que no había sido él, por Dios abuela, no he sido yo.
Entonces, ¿a qué recursos acudir para sacarle la verdad, como ella
preferiría, cuando sus sospechas se parecían a una irrepetible visión
de los acontecimientos?
—Se lo juro, abuela, que no fui yo —dijo el niño, esta vez sin poner
los ojos en blanco, cruzando los brazos como quien se dispone
a una oración.
—¡No me jure el Santo Nombre de Dios en vano! —gritó la abuela—.
¡Muérgano desvergonzado!
La abuela salió a la sala y caminó hacia el corredor. Se sentó en
la mecedora que todas las tardes le servía de reposo y vio un mar
tranquilo, casi adormecedor, el mar que toda su vida se había instalado
ante sus ojos como un paisaje inmodificable, siempre fiel y sin
embargo cambiante en su coloración. Sabía que su nieto esperaría
unos minutos, tal vez apenas segundos, antes de venir a su lado. La
tocaría en el hombro e intentaría malgastar otro juramento.
—No quiero verlo —dijo—. No me venga con zalamerías —se
anticipó a decir antes de que el movimiento del niño (¿no era ya
hora de aceptar que estaba frente a un adolescente de formas macizas
y ademanes distraídos?), antes de que su voz quebrada hasta el
llanto insistiera en otra inútil excusa.
—Quite de ahí, Adriano, déjeme sola —murmuró—. Usted no
tiene perdón de Dios.
Si algo no le había perdonado a nadie era la mentira. Siempre
dijo que si se empezaba con las mentiras, por inocentes que fuesen,
se acabaría en un corral, como los marranos, o en una cárcel, como
los sin ley. En sus monólogos de solitaria la mentira adquiría la dimensión
monstruosa de un crimen.
—Pero abuela… —intentó decir Adriano. La abuela cortó toda
posibilidad de diálogo haciendo más rápidos los movimientos de su
mecedora: inició otra ronda de balanceos, fijando los ojos en el apenas
perceptible movimiento de una barca que entraba costeando la
bahía a la altura del faro.
El reagrupamiento de las nubes y la esquiva luz del sol a las cinco
de la tarde le molestaron tanto que se aventuró a pronosticar lluvia
intensa en menos de una hora. En nada la reconfortaba esta fatalidad.
Hubiera preferido una luminosa caída de sol, sentir el calor
hasta bien entrada la tarde, sumergirse en otra de esas briseadas
noches de Bahía Solano.
—Cierre bien las ventanas —pidió sin dejar de moverse—. Va a
llover con ventarrón.
El muchacho no respondió. Aunque la abuela sabía que él ya estaba
ejecutando su orden, le fastidió no escuchar una respuesta.
No había violencia en su reproche. En ese mismo instante se oyó el
fuerte golpe de la madera y el chirrido del pasador, pero no el esperado
“sí señora”, fórmula requerida por ella en las respuestas de su nieto.
¿No había insistido acaso en una esmerada educación y repetido que
cuando no se tenían las oportunidades de ser “estudiado” lo único que
hacía dignos a los pobres eran la honradez y las buenas maneras? ¿De
dónde salían entonces aquellos aires de alebrestamiento en un muchacho
que siempre había demostrado docilidad y un ejemplar respeto
hacia sus mayores? “Los tiempos cambian como las frutas maduras: se
pudren y se quedan para alimento de las bestias”. Esta era la idea que
ella se hacía de los años pasados, del tránsito mismo del tiempo por
encima de los hombres. No hacían falta muchos esfuerzos para imaginárselos
oliendo a fétida descomposición, para sentir la corrupción de
sus formas, antes frescas, o la despiadada desaparición de lo que había
sido apetecible como una buena y cálida tarde de sol.
En los escasos sueños que reservaba para el inventario de la vigilia,
llegó a ver un vasto campo de árboles talados y, en sucesivas
imágenes, una inmensa vegetación convertida en cementerio de
cuerpos descompuestos, ávidamente masticados por bestias no menos
descompuestas que la materia vegetal. No supo si lo soñaba o
lo añadía a sus reflexiones. Siempre intentó decir que más allá de
este pueblo, en un horizonte apenas visible, un montón de objetos
traídos de las ciudades era exhibido con la perversidad del pecado
y la usura del dinero. “Naderías”, pensaba. “Un día nos llenarán de
naderías y embelecos eléctricos”.
—Recoja las sábanas del patio —pidió en voz alta.
Aunque no esperaba respuesta ni se imaginaba al nieto tan cerca
de la mecedora, supo que él no diría una palabra, que ejecutaría la
orden en silencio, teniendo el cuidado de desprender de las sábanas
los restos de hierba seca. Las sacudiría, doblaría y colocaría encima
de la gran cama del dormitorio.
—Terco como su padre —dijo la anciana en voz queda.
Se sorprendió al hallar de inmediato esa réplica tan concisa y
justa, respuesta que bien podría venir de un adulto y no de ese pedazo
de carne en crecimiento.
—Nunca me dijo que él era terco. Ahora que usted está brava,
resulta que me lo pinta como una mula.
—Sí, terco como una mula, porque solo a una mula se le ocurre
largarse por el mundo dejándome un zángano de brazos como era
usted.
No le resultó natural esta explicación. Se sintió excesivamente
severa.
—No era eso lo que quería decir —corrigió apenada—. Usted me
enreda con sus bochinches.
—Pero lo dijo —replicó el muchacho, tan cerca de ella que sintió
su respiración—. Ya metí las sábanas en la pieza y cerré las ventanas,
para nada, porque no va a llover.
—¿Que no va a llover? Mire para la bahía y dígame qué quieren
decir ese cielo y esas nubes.
El muchacho miró, y vio, en efecto, un abrumador cielo
encapotado.
—Eso no quiere decir que va a llover —dijo—. Bueno, sí va a
llover, pero no ahora.
—Ya me salió meterólogo —dijo la abuela.
—No se dice meterólogo. Se dice meteorólogo. Eso dice su amigo
el profesor —corrigió con tono de autosuficiencia—. Eso le pasa por
dárselas de fina —añadió riendo.
—Dígase como se diga, va a llover.
—Su amigo, el maestro, dice que las personas heredan vicios de
sus padres. Así, que, bueno, mi padre…
—No quiero embustes —se defendió—. Déjeme tranquila.
Había suspendido el balanceo de la mecedora y se resistía a aceptar
el desafío del nieto.
—El maestro no es Dios, puede equivocarse.
Se incorporó de la mecedora, como si lo pensara, como si a cada
movimiento de su cuerpo correspondiese una reflexión sobre el
siguiente. Quedó finalmente erguida, con las manos en jarra. “Úntese
sus yerbas para el reumatismo y déjese de cantaletas”, pensó decirle
Adriano, detenido por el tono imperativo de la siguiente orden:
—Meta la mecedora en la sala.
Fue una voz autoritaria. Quizá fuese a causa de la proximidad
del muchacho. Él, por su parte, haría todo cuanto se le ordenase,
aunque bailara en su memoria el juicio de la abuela sobre su padre,
de quien se hablaba escasamente en la casa. Siempre esperó que se
dijese algo sobre él, sobre su vida, de la que solo retenía detalles, pobres
fragmentos sin importancia despachados a veces por la abuela,
comentarios de los mayores escuchados en Bahía Solano.
—Voy a dar una vuelta —dijo con sorna—. Antes de que llueva.
¿Llovería? ¿No estaba, después del pronóstico de la abuela, aceptando
la posibilidad de esa lluvia acompañada de ventarrones?
Se asomó a la calle, casi desierta. Desde ese extremo del pueblo
no podía verse la agitación que hacia las siete de la noche se iniciaba
en el costado opuesto, donde se concentraban las actividades sociales
de Bahía Solano. La abuela lo imaginó entrando a la cantina,
acercándose a los jugadores de billar.
—No sé qué sacan con ver a unos tontos que le dan con la punta
de un palo a tres pelotas de colmillo de elefante. Tremenda gracia
matar a un animal para que unos tontos jueguen en una mesa verde
—dijo en voz alta.
—No voy al billar —advirtió Adriano al salir, desde las escaleras
que daban a la calle. Al verlo trasponer el corredor, la abuela se afirmó
en otra de sus sospechas, esta sí perturbadora: el niño que había
recibido llorando una madrugada de diciembre, catorce años atrás,
se había vuelto todo un hombre. Tal vez fuese ya hora de cambiar
y de olvidarse del niño que ya no era. “Regrese temprano”, fue lo
único que se atrevió a decir cuando Adriano ya pisaba la húmeda
arena de la calle. “Igual que su papá”, pensó ella. Y se internó en el
dormitorio. Miró las sábanas plegadas encima de la cama.
Los años transcurridos desde que recibió el único envío de su
hijo (un paquete de ropas usadas, destinadas al niño que apenas
conocía), sin ninguna información adicional, no acababan de darle
la seguridad de estar viviendo en un espacio propio, pese a las
reformas que ella había hecho en la casa con restos de la exigua
pensión de maestra dedicada durante cuarenta años a enseñar lo
imposible a un rebaño de niños que ahora la tuteaba. ¿Una cama
de matrimonio? ¿Qué podía hacer ella con aquella cama de grueso
colchón de paja, abandonada por la madre del niño y después por
el padre?
Lejos estaba de suponer que podría haberle sucedido algo terrible.
Al contrario: sospechaba que en su vagabundeo tendría un día
la fatiga de quienes regresan con el cuerpo ultrajado por las incertidumbres
y la memoria carcomida por las nostalgias, quizá con una
lacónica frase de perdón. Volvería a reconocer al hijo que no había
visto crecer.
—Se alistó para la guerra de Corea —le dijeron.
Pero de las brigadas militares nunca llegaron informes. Siguió
las emisiones de radio y, obsesionada por las noticias, esperó oír
el nombre de su hijo en la lista de sobrevivientes, condecorados,
sanos y salvos algunos, lisiados otros. Se llenó de orgullo cuando,
con desmedida oratoria patriótica, se habló de los triunfos de ese
batallón suicida enviado a tierras tan ignotas. No, no se había ido a
la guerra de Corea.
—Se metió de cocinero en un buque holandés —fue otra de las
versiones, pero de Ámsterdam nunca llegó una carta ni el correo la
sorprendió nunca con una caja de chocolates con almendras como las
que alguna vez le trajo en su primer viaje al puerto de Buenaventura.
—Dicen que lo vieron en Bogotá —se le informó, pero de Bogotá
nada se supo, pese a la frecuencia de los vuelos de aviones militares
cuando se hubo convertido el potrero en un irrisorio aeropuerto
bautizado con el pomposo nombre de “Salsipuedes”.
—Se lo tragó la tierra —dijeron los más escépticos sin ocultar la
melancolía de la incertidumbre. Fue cuando la abuela se empecinó
en hacer todo lo posible para borrar del niño que crecía los rasgos o
huellas del fugitivo, para moldear su carácter e impedir que un día
acabase pareciéndose al desconocido. Llegó a pensar que esa fuga no
era otra cosa que el intento de alejarse de un pueblo donde la suerte
había sido un amor malogrado y su destino la monotonía de una
juventud sin sobresaltos ni futuro. Pero, una vez urdida, esta suposición
era descartada por su inconsistencia. Pensó, simplemente, que
el hijo pretendía curar una decepción con la radical decisión de su
fuga. La muerte de su mujer apenas lo había trastornado —recordó
la anciana. Después del entierro volvió a la cantina y jugó su partida
de billar como si solo hubiese despedido a alguien que partía en un
viaje de incierto retorno. Jugó solo. Nadie quiso comprometerse con
su compañía porque nadie supo acercarse a la profundidad de tal
dolor. Jugó solo hasta la medianoche, hora desacostumbrada, porque
el propietario de la cantina no se atrevió a interrumpirlo. Para el
hombre, la tolerancia tenía aquella noche el frágil aspecto de una flor
blanca o de una fórmula de pésame entregada al amigo. Cuando el
hijo partió, la madre, que no cumplía aún los cincuenta años, pensó
que ya nada significaba la existencia del niño. Ese había sido el turno
de su viaje, pensó ella. Debía esperarlo porque regresaría en un día
sin tiempo, después de muchos años que tal vez no representaban
otra cosa que la abolición del tiempo, un largo día sin esperas.
Cuando la abuela terminó de alisar las sábanas con la pesada
plancha de hierro alimentada con brasas de carbón, se sentó en
el corredor. El cielo se había ennegrecido hasta convertirse en un
manchón superpuesto a un mar agitado por el ventarrón. “Habrá
tormenta —se dijo—. Antes de que anochezca habrá tormenta”. Y
regresó a la sala. Tomó un viejo ejemplar de Selecciones arrugado
por la humedad, y continuó la lectura de una crónica sobre el bombardeo
de Dresde por las tropas aliadas.
Si algún tema le apasionaba era el de la pasada guerra mundial,
de la que oyó hablar en las noticias de radio o en los chismorreos
sobre la presencia de submarinos alemanes en aguas del Pacífico
colombiano. Calculó que la lectura de la crónica le llevaría el
tiempo suficiente que tardarían en caer los primeros goterones,
anuncio infalible de la tormenta. Pero lo que faltaba del texto,
después de varias horas dedicadas en tres días a la lectura,
era menos de lo calculado. Al llegar a la palabra fin (siempre le
producía un inexplicable vacío la conclusión de una crónica y
tardaba horas en la reconstrucción de lo leído), miró hacia la bahía:
el cielo, invariablemente oscuro, las aguas, más agitadas.
Depositó la revista en el nochero y se propuso leer al día siguiente
la crónica dedicada a las hazañas del coronel Lawrence de
Arabia.
Decidió sentarse de nuevo en la sala. Lo que para alguien, al observar
el balanceo, podría ser el ocio previsible de una anciana, para
ella era el tiempo exigido por sus reflexiones, si reflexiones eran esos
accidentados paseos de la memoria, una memoria que no conocía
otras fronteras que las de Bahía Solano ni otros personajes que los
que había visto envejecer junto a ella, afectados por el sonambulismo
y la abulia, la malaria y las fiebres palúdicas. “Andan como
fantasmas”, decía ella de ellos. “Fantasmas en todo caso felices”, le
dijo el maestro de la escuela —su amigo—, aficionado a hacer caminatas
por la playa.
—Los muchachos se van y vuelven cuando tienen la misma edad
que tenían sus padres cuando se fueron —dijo ella al maestro al
conocer la fuga del hijo.
—Una falacia, Antonia, eso que usted dice es una falacia.
—Yo que se lo digo —le replicó ella—. Vuelven como nosotros,
viejos y amargados.
Para ella, envejecer era una suerte de competencia en la que los
viejos soñaban que los jóvenes, en un esfuerzo sin límites, alcanzarían
la meta que sus mayores ya habían superado. Con los años,
coincidirían en la cita convenida para nivelar sus posiciones en el
tiempo. Sin proponérselo, la abuela estaba definiendo a esos rostros
sin edad que habían decidido quedarse en Bahía, curtidos por enfermedades
que nada añadían ni restaban al averiado mecanismo
de sus vidas. De la noche a la mañana, hombres que durante años
habían dicho usted, regresaban tuteando a quienes habían sido sus
mayores y hoy eran sus iguales en esa hora sin progresión, en ese
sinuoso tránsito de la vejez a la agonía.
No eran otras sus reflexiones cuando, aun en la vaguedad de sus
monólogos, poco le importaba la precisión de las palabras. Para ella
no había lenguaje capaz de precisar lo que hasta la abundancia se
explicaba en sus sentencias. En aquel entrevero de acontecimientos
estaba su hijo. Por mucho que un barco diera la vuelta al mundo
—se decía—, tarde o temprano terminaría arrimándose a las mismas
costas de donde había partido.
—La tierra es redonda, sí señora —le decía su amigo—, pero está
llena de accidentes. No se haga ilusiones, que las naranjas son redondas
y dulces y la tierra demasiado amarga.
Nada alteraba la expectativa de la abuela. ¿Había sido su hijo un
obstinado que se guardó la decisión de su fuga, que la alimentó hasta
el extremo de no comunicarla a la madre? Lo dicho a Adriano,
dos horas antes, le pareció entonces atrevido, quizá decepcionante.
Pero volvió a preocuparle la fechoría del muchacho, la grosería de
sus juramentos y la manera como pretendió hacerse el ofendido. Si
el muchacho insistía en sus preguntas, ella volvería a acusarlo del
delito cometido. ¡Ni asco le había dado!
“Debe estar correteando a las morenas”, pensó. Jamás lo había
visto pero los rumores decían que cuando el sol iba desapareciendo
y las sombras cubrían los matorrales de Bahía, los muchachos
iniciaban sus coqueteos y amores prematuros, siempre provocados
por las muchachas que acabarían levantándose las faldas debajo de
un guayabo, un almendro o entre palmeras que se apretaban en
uno de los extremos del poblado.
No es que el hecho le produjese estupor o alterase la férrea moralidad
de sus años. Eran las mentiras de los jovencitos, dadas como
excusa por su tardanza, lo que la abuela no concebía, y menos cuando
la evidencia asomaba en el nerviosismo o en la palidez de sus
rostros. “Hijos de nadie”, decía al ver el vientre de esas niñas que
solo después del parto hacían público un amancebamiento con el
padre de la criatura. “El día que se averigüe por apellidos no van a
encontrar más de diez entre las mil almas de este pueblo”, dijo al
maestro, cada vez más taciturno, su amigo, al fin y al cabo el único
ser ilustrado que había encontrado en Bahía y con quien, de no
haber sido por la mutua falta de iniciativas, pudo haber establecido
una ahora impensable complicidad amorosa.
—No es para tanto, Antonia —le decía él—. Deje que la naturaleza
y el instinto hagan lo que no dejan hacer los curas.
—Usted sabe que sus ideas no me asustan —se defendía ella—.
Así que lo mejor es que se las guarde. Le digo que no está bien eso
de ver a las muchachitas con barriga y con hijos que abandonarán
como muñecas desgreñadas y sucias.
—¿Leyó el libro de Vargas Vila que le presté, Antonia?
—Yo no pierdo el tiempo en esas porquerías —respondía la
anciana a la provocación del amigo—. Revoltoso, apátrida y comecuras,
eso es lo que es ese tipo. Un degenerado.
Hoy el maestro no veía más allá de su sonambulismo. Las cajas
de anisado con que después de seis meses de servicio era pagado por
otro funcionario borracho del Estado, jamás fueron canjeadas, como
era la costumbre, por ropas o comida. Ante la evidencia de sus
frecuentes resacas, nadie acertaba a decir qué llenaba el estómago de
un hombre tenido como sabio. Un traje de lino blanco remendado
y unos zapatos desfondados se habían convertido en el único de sus
atuendos conocidos. Los niños, arriesgando a sabiendas el castigo,
penitencias de rodillas sobre granos de maíz, coscorrones, muendas
con pringamoza o sanciones tan excéntricas como el mandato de
comerse un pastel de bosta de ganado reseca, seguían llamándolo
el espantapájaros. Aun en la aceptada ridiculez de su figura y en el
pintoresco itinerario de su vida (había llegado del interior a las costas
en la primera oleada de colonos, blancos y mestizos), el maestro
mantenía un puñado de virtudes que, con el tiempo, sería objeto de
discusiones, diatribas, maledicencias y apasionadas simpatías: era
el único hombre que en la tolerada promiscuidad de Bahía Solano
había mantenido la inflexible norma de la castidad. El casto varón
de Bahía prefería adormecerse recostado en la mesa de una cantina
a continuar la parranda en la oscuridad de las playas, en un acople
precipitado con alguna mujer fugada de su rancho. Todo se sabía
y a no ser que la discreción del maestro hubiese sido extrema, de
él no se sabía más que lo tristemente cierto: ninguna mujer había
perturbado su vida.
Jovencitas calenturientas, viudas restablecidas del ostracismo,
adúlteras conmovidas por la castidad del tipo, atractivo ejemplar
antes de que diera la vuelta de sus sesenta años; putas de paso hacia
Panamá habían intentado sacarlo de la indiferencia y habían acabado
por aceptar la realidad de casto invencible.
La abuela sentía hacía él un impulso protector que, en ocasiones,
se parecía a la ternura y en otras a la piedad que inspira un hombre
solitario. Pensaba, sin embargo, que ese viejo curtido y lenguaraz
acabaría sepultándolos a todos. Ninguna enfermedad, ni el más leve
malestar, lo había atacado en casi cincuenta años de vida en el
poblado. Frente a su memoria desfilaban rostros despedidos en los
funerales, contemporáneos o menores que él, imágenes rutinarias
de muertes oportunas o prematuras, como si él, en el centro de estos
acontecimientos, solo aspirara al tedio de la inmortalidad.
—¿Quién dijo que los viejos seguimos derecho hacia la muerte?
—le preguntó un día a su amiga ante testigos desconcertados por el
sentido de la frase—. Antes, tenemos una vieja cita con la infancia.
Todavía hoy, fascinada por esta clase de palabras, la abuela sentía
reaparecer fugazmente el rescoldo de una aventura malograda.
“Si se hubiera atrevido a cogerme una mano”, parecía decirse con
nostalgia, pero lo cierto era que el maestro y la anciana reiniciaban
a veces un diálogo impenetrable en el que la emoción de ella y la
aparente indiferencia de él se diluían en las luces de un atardecer
sin iniciativas.
—¡Llegó El Triunfo! —escuchó ella que gritaban en la calle—.
Abuela, llegó un barco —repitió la voz de una mujer para que la
anciana la escuchara.
La abuela se levantó y se asomó al corredor. En el costado izquierdo
de la bahía, a pocos metros de la playa, el barco era recibido
por un grupo de hombres y un corrillo de niños. “Hoy habrá parranda
—pensó—. Si vienen vagabundas, navajazos y corrinche”.
—Llevamos más de un mes sin cervezas —le había dicho el día
anterior el maestro—. Cuando en este pueblo faltan fríjoles, se come
arroz blanco, pero cuando se acaban las cervezas nos sentimos
más solos que nunca.
La anciana imaginó a su nieto entre la banda de curiosos de la
playa, brazos voluntarios que ganarían algunas monedas llevando
bultos de víveres hacia los graneros de Bahía. “Mañana se llenará
este pueblo de cholos”, se dijo e imaginó a los indios taciturnos llegados
de la cabecera de los ríos vecinos. “Esos se emborrachan y
lloran; los negros se arrechan y se dan machete por celos”.
La llegada de un barco era el único contacto cierto con el mundo.
Las crónicas de los viajeros y marinos ganaban en esas ocasiones
una audiencia silenciosa y maravillada, aunque se tratase de simples
embustes.
—¿No quiere venir, abuela? —le preguntó la mujer que se acercó
al corredor a saludarla.
—No, Isolina, yo ya no estoy para esos trotes —e hizo un gesto
de desinterés. En otros tiempos, la llegada de un barco le producía
una emoción casi infantil, como si en él viniesen estampadas las
huellas de un universo inaccesible. El movimiento de descargue y la
bulla de los muchachos le resultaban parte de una fiesta que continuaría
en la noche con la música de un ronco tocadiscos de pilas o
con el estruendo de las chirimías.
—Si ve a mi nieto entre esos corrincheros, dígale que me debe
una, que aquí lo espero, Isolina.
Recordó la última parranda del poblado, los gritos pendencieros
de los borrachos, el sermón amenazador del cura que, una vez más,
esperó en vano la llegada del vino de consagrar. A la mañana siguiente,
los irreductibles trataban de consumir las últimas cervezas
bajo un sol que hacía crujir los techos de cinc. “Deben ser como las
nueve”, calculó.
Se había adormilado en la mecedora. El aguacero con ventiscas
había sido tan pasajero que le daba rabia aceptar el pronóstico del
niño. Cerró la puerta que daba a la calle, se enfundó en su áspera
bata de dormir, apagó la lámpara de queroseno y se dejó llevar por
el adormilamiento. “Igualito a su padre”, se repitió. Creyó oír los
maullidos de un gato. Estaba acostumbrada a escucharlos pero esta
vez le resultaron más desesperantes, como si se tratara del distorsionado
llanto de un niño. Vagamente, en duermevela, oyó pasos
por el corredor. No le dirigiría la palabra —se dijo. Había estado en
el billar, curioseando en medio de los marinos. Mañana —pensó—
retomaría el hilo extraviado en la madeja y sería más severa de lo
que había sido en la tarde. Pensar que catorce años de esfuerzos
caían en el vacío, que la educación dada a su nieto acababa en la
vergüenza de los embustes y en la crueldad cometida aquel día por
el niño, le producía un sentimiento de frustración y humillación
indeseables.
Los pasos se hicieron más próximos. Para evitar el encuentro
con el muchacho, la abuela fingió dormir. “Pisa como un hombre”.
Minutos después se hundió en un sueño de reconfortantes visiones:
sintió la llegada del hijo como si apenas ayer hubiera partido. Lo
vio descender del barco, extraordinariamente limpio y grande, saludar
a sus envejecidos compinches, dirigirse al billar y jugar solo la
continuación de una partida interrumpida. Escuchó, sin poder precisarlo,
el sentido de las palabras, la referencia de viajes, aventuras,
desgracias pasajeras y amores extraviados, mientras era invitado a
nuevas tandas de cerveza. Pese a las arrugas del rostro, a la dureza
de sus facciones, a la boca más ajustada y pequeña, quiso ver al hijo
con el aura de la juventud que le conoció antes de partir. No deseó
pensar que el tiempo había pasado sobre otra vida como era de
esperar,
sin una pizca de generosidad.
Se despertó sobresaltada cuando, en las visiones del sueño, se
interpuso el prolongado maullido de un gato.
—¿Es usted, Adriano? —preguntó, todavía afectada por las imágenes
del sueño: en ellas, una mujer de aspecto extravagante posaba
silenciosa al lado de su hijo. “Se trajo una vagabunda”, pensó con
rencor y no supo si era una frase proferida en el sueño o recién pensada
en la vigilia.
—Llegué hace un rato —le contestó una voz sin emoción.
—Sabía que era usted —dijo la anciana—. Soñé que llegaba en
un barco que había sido blanco.
El maullido lastimero del gato era real.
—Duérmase, mamá, que mañana le cuento mis vainas —oyó
decir.
—No me cuente nada —pidió ella—. No voy a poder dormir.
Le pareció escuchar un comentario desprovisto de enojo.
—Todo sigue igual o peor.
La anciana deseó preguntar algo pero no halló las palabras.
—¿Ya vio a su hijo?
—Sí, lo vi en el billar. No sabía que era mi hijo. Me preguntó que
por qué usted decía que había sido más terco que una mula. Esperé
que viniera, pero no ha llegado. Estuvo todo el tiempo mirándome
jugar, sentado encima de un bulto de plátanos.
La anciana se removió en la cama y alargó las pausas del diálogo:
hurgaba en sus sospechas.
—No lo espere —dijo—, que no va a venir. ¿Cuándo salía el
barco?
—A medianoche. Iba a Panamá.
—No espere volver a verlo —añadió ella—. Se largó. Todos se largan
sin decir esta boca es mía. Traté de educarlo hasta donde pude.
Una deprimente sensación de fracaso le recorrió al recordar el
episodio de la mañana. El cruce de voces, de un cuarto a otro, o desde
el umbral de la pieza hasta su cama, hacía más largo el silencio
de las pausas.
—¿Sabe lo que hizo esta mañana? Cogió a la gata de la casa y al
gato del vecino, los metió en un costal y los echó vivos al mar. Me
juró que no había sido él, pero yo estoy segura de que nadie más
que él pudo haber hecho esa barbaridad. Siempre me dijo que no lo
dejaban dormir con sus maullidos.
Estaba a punto de llorar. Retuvo el llanto. De nada valía.
—Si se fue —dijo el hijo—, no le irá mal. Será capaz de cualquier
cosa antes de morirse de hambre. Como debe ser.
La abuela sintió al rato la caída al piso de un par de botas y el
susurro de una voz femenina.
—Descanse —dijo—. Mañana me la presenta y me cuenta sus
cosas.
—Iba a decirle que no vine solo —dijo finalmente el hijo. La
anciana lo estaba imaginando en una casa de mujeres de un puerto,
abrazado a una muchacha que sería desde esa misma noche su
querida. Antes de recuperar el sueño, ya había decidido que abandonaría
para siempre la amplia cama de matrimonio. No era para
lamentarse. Pese a los años transcurridos en aquel cuarto, nunca
había sido un sitio suyo. Siempre se movió dentro de él como una
invitada a quien se le prorroga la partida.
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