Óscar Collazos
(Bahía Solano, 1942 - Bogotá, 2015)

Invitada del tiempo
Adiós Europa, adiós
(Bogotá: Planeta Colombiana Editorial S.A. (Seix Barral], 2000, 130 págs.)



A G.G.M.

      Y aunque lo jurara, ¿qué ganaría con ello? La abuela sabía que en los últimos tiempos se juraba por cualquier cosa, por las más nimias y ante las más atroces circunstancias. Pedirle que no jurara el nombre de Dios en vano era obligarlo a hacer lo que ella no deseaba.
       El niño, acudiendo a la acostumbrada teatralidad de sus ojos en blanco, diría que no había sido él, por Dios abuela, no he sido yo. Entonces, ¿a qué recursos acudir para sacarle la verdad, como ella preferiría, cuando sus sospechas se parecían a una irrepetible visión de los acontecimientos?
       —Se lo juro, abuela, que no fui yo —dijo el niño, esta vez sin poner los ojos en blanco, cruzando los brazos como quien se dispone a una oración.
       —¡No me jure el Santo Nombre de Dios en vano! —gritó la abuela—. ¡Muérgano desvergonzado!
       La abuela salió a la sala y caminó hacia el corredor. Se sentó en la mecedora que todas las tardes le servía de reposo y vio un mar tranquilo, casi adormecedor, el mar que toda su vida se había instalado ante sus ojos como un paisaje inmodificable, siempre fiel y sin embargo cambiante en su coloración. Sabía que su nieto esperaría unos minutos, tal vez apenas segundos, antes de venir a su lado. La tocaría en el hombro e intentaría malgastar otro juramento.
       —No quiero verlo —dijo—. No me venga con zalamerías —se anticipó a decir antes de que el movimiento del niño (¿no era ya hora de aceptar que estaba frente a un adolescente de formas macizas y ademanes distraídos?), antes de que su voz quebrada hasta el llanto insistiera en otra inútil excusa.
       —Quite de ahí, Adriano, déjeme sola —murmuró—. Usted no tiene perdón de Dios.
       Si algo no le había perdonado a nadie era la mentira. Siempre dijo que si se empezaba con las mentiras, por inocentes que fuesen, se acabaría en un corral, como los marranos, o en una cárcel, como los sin ley. En sus monólogos de solitaria la mentira adquiría la dimensión monstruosa de un crimen.
       —Pero abuela… —intentó decir Adriano. La abuela cortó toda posibilidad de diálogo haciendo más rápidos los movimientos de su mecedora: inició otra ronda de balanceos, fijando los ojos en el apenas perceptible movimiento de una barca que entraba costeando la bahía a la altura del faro.
       El reagrupamiento de las nubes y la esquiva luz del sol a las cinco de la tarde le molestaron tanto que se aventuró a pronosticar lluvia intensa en menos de una hora. En nada la reconfortaba esta fatalidad. Hubiera preferido una luminosa caída de sol, sentir el calor hasta bien entrada la tarde, sumergirse en otra de esas briseadas noches de Bahía Solano.
       —Cierre bien las ventanas —pidió sin dejar de moverse—. Va a llover con ventarrón.
       El muchacho no respondió. Aunque la abuela sabía que él ya estaba ejecutando su orden, le fastidió no escuchar una respuesta.
       No había violencia en su reproche. En ese mismo instante se oyó el fuerte golpe de la madera y el chirrido del pasador, pero no el esperado “sí señora”, fórmula requerida por ella en las respuestas de su nieto. ¿No había insistido acaso en una esmerada educación y repetido que cuando no se tenían las oportunidades de ser “estudiado” lo único que hacía dignos a los pobres eran la honradez y las buenas maneras? ¿De dónde salían entonces aquellos aires de alebrestamiento en un muchacho que siempre había demostrado docilidad y un ejemplar respeto hacia sus mayores? “Los tiempos cambian como las frutas maduras: se pudren y se quedan para alimento de las bestias”. Esta era la idea que ella se hacía de los años pasados, del tránsito mismo del tiempo por encima de los hombres. No hacían falta muchos esfuerzos para imaginárselos oliendo a fétida descomposición, para sentir la corrupción de sus formas, antes frescas, o la despiadada desaparición de lo que había sido apetecible como una buena y cálida tarde de sol.
       En los escasos sueños que reservaba para el inventario de la vigilia, llegó a ver un vasto campo de árboles talados y, en sucesivas imágenes, una inmensa vegetación convertida en cementerio de cuerpos descompuestos, ávidamente masticados por bestias no menos descompuestas que la materia vegetal. No supo si lo soñaba o lo añadía a sus reflexiones. Siempre intentó decir que más allá de este pueblo, en un horizonte apenas visible, un montón de objetos traídos de las ciudades era exhibido con la perversidad del pecado y la usura del dinero. “Naderías”, pensaba. “Un día nos llenarán de naderías y embelecos eléctricos”.
       —Recoja las sábanas del patio —pidió en voz alta.
       Aunque no esperaba respuesta ni se imaginaba al nieto tan cerca de la mecedora, supo que él no diría una palabra, que ejecutaría la orden en silencio, teniendo el cuidado de desprender de las sábanas los restos de hierba seca. Las sacudiría, doblaría y colocaría encima de la gran cama del dormitorio.
       —Terco como su padre —dijo la anciana en voz queda.
       Se sorprendió al hallar de inmediato esa réplica tan concisa y justa, respuesta que bien podría venir de un adulto y no de ese pedazo de carne en crecimiento.
       —Nunca me dijo que él era terco. Ahora que usted está brava, resulta que me lo pinta como una mula.
       —Sí, terco como una mula, porque solo a una mula se le ocurre largarse por el mundo dejándome un zángano de brazos como era usted.
       No le resultó natural esta explicación. Se sintió excesivamente severa.
       —No era eso lo que quería decir —corrigió apenada—. Usted me enreda con sus bochinches.
       —Pero lo dijo —replicó el muchacho, tan cerca de ella que sintió su respiración—. Ya metí las sábanas en la pieza y cerré las ventanas, para nada, porque no va a llover.
       —¿Que no va a llover? Mire para la bahía y dígame qué quieren decir ese cielo y esas nubes.
       El muchacho miró, y vio, en efecto, un abrumador cielo encapotado.
       —Eso no quiere decir que va a llover —dijo—. Bueno, sí va a llover, pero no ahora.
       —Ya me salió meterólogo —dijo la abuela.
       —No se dice meterólogo. Se dice meteorólogo. Eso dice su amigo el profesor —corrigió con tono de autosuficiencia—. Eso le pasa por dárselas de fina —añadió riendo.
       —Dígase como se diga, va a llover.
       —Su amigo, el maestro, dice que las personas heredan vicios de sus padres. Así, que, bueno, mi padre…
       —No quiero embustes —se defendió—. Déjeme tranquila.
       Había suspendido el balanceo de la mecedora y se resistía a aceptar el desafío del nieto.
       —El maestro no es Dios, puede equivocarse.
       Se incorporó de la mecedora, como si lo pensara, como si a cada movimiento de su cuerpo correspondiese una reflexión sobre el siguiente. Quedó finalmente erguida, con las manos en jarra. “Úntese sus yerbas para el reumatismo y déjese de cantaletas”, pensó decirle Adriano, detenido por el tono imperativo de la siguiente orden:
       —Meta la mecedora en la sala.
       Fue una voz autoritaria. Quizá fuese a causa de la proximidad del muchacho. Él, por su parte, haría todo cuanto se le ordenase, aunque bailara en su memoria el juicio de la abuela sobre su padre, de quien se hablaba escasamente en la casa. Siempre esperó que se dijese algo sobre él, sobre su vida, de la que solo retenía detalles, pobres fragmentos sin importancia despachados a veces por la abuela, comentarios de los mayores escuchados en Bahía Solano.
       —Voy a dar una vuelta —dijo con sorna—. Antes de que llueva.
       ¿Llovería? ¿No estaba, después del pronóstico de la abuela, aceptando la posibilidad de esa lluvia acompañada de ventarrones?
       Se asomó a la calle, casi desierta. Desde ese extremo del pueblo no podía verse la agitación que hacia las siete de la noche se iniciaba en el costado opuesto, donde se concentraban las actividades sociales de Bahía Solano. La abuela lo imaginó entrando a la cantina, acercándose a los jugadores de billar.
       —No sé qué sacan con ver a unos tontos que le dan con la punta de un palo a tres pelotas de colmillo de elefante. Tremenda gracia matar a un animal para que unos tontos jueguen en una mesa verde —dijo en voz alta.
       —No voy al billar —advirtió Adriano al salir, desde las escaleras que daban a la calle. Al verlo trasponer el corredor, la abuela se afirmó en otra de sus sospechas, esta sí perturbadora: el niño que había recibido llorando una madrugada de diciembre, catorce años atrás, se había vuelto todo un hombre. Tal vez fuese ya hora de cambiar y de olvidarse del niño que ya no era. “Regrese temprano”, fue lo único que se atrevió a decir cuando Adriano ya pisaba la húmeda arena de la calle. “Igual que su papá”, pensó ella. Y se internó en el dormitorio. Miró las sábanas plegadas encima de la cama.
       Los años transcurridos desde que recibió el único envío de su hijo (un paquete de ropas usadas, destinadas al niño que apenas conocía), sin ninguna información adicional, no acababan de darle la seguridad de estar viviendo en un espacio propio, pese a las reformas que ella había hecho en la casa con restos de la exigua pensión de maestra dedicada durante cuarenta años a enseñar lo imposible a un rebaño de niños que ahora la tuteaba. ¿Una cama de matrimonio? ¿Qué podía hacer ella con aquella cama de grueso colchón de paja, abandonada por la madre del niño y después por el padre?
       Lejos estaba de suponer que podría haberle sucedido algo terrible. Al contrario: sospechaba que en su vagabundeo tendría un día la fatiga de quienes regresan con el cuerpo ultrajado por las incertidumbres y la memoria carcomida por las nostalgias, quizá con una lacónica frase de perdón. Volvería a reconocer al hijo que no había visto crecer.
       —Se alistó para la guerra de Corea —le dijeron.
       Pero de las brigadas militares nunca llegaron informes. Siguió las emisiones de radio y, obsesionada por las noticias, esperó oír el nombre de su hijo en la lista de sobrevivientes, condecorados, sanos y salvos algunos, lisiados otros. Se llenó de orgullo cuando, con desmedida oratoria patriótica, se habló de los triunfos de ese batallón suicida enviado a tierras tan ignotas. No, no se había ido a la guerra de Corea.
       —Se metió de cocinero en un buque holandés —fue otra de las versiones, pero de Ámsterdam nunca llegó una carta ni el correo la sorprendió nunca con una caja de chocolates con almendras como las que alguna vez le trajo en su primer viaje al puerto de Buenaventura.
       —Dicen que lo vieron en Bogotá —se le informó, pero de Bogotá nada se supo, pese a la frecuencia de los vuelos de aviones militares cuando se hubo convertido el potrero en un irrisorio aeropuerto bautizado con el pomposo nombre de “Salsipuedes”.
       —Se lo tragó la tierra —dijeron los más escépticos sin ocultar la melancolía de la incertidumbre. Fue cuando la abuela se empecinó en hacer todo lo posible para borrar del niño que crecía los rasgos o huellas del fugitivo, para moldear su carácter e impedir que un día acabase pareciéndose al desconocido. Llegó a pensar que esa fuga no era otra cosa que el intento de alejarse de un pueblo donde la suerte había sido un amor malogrado y su destino la monotonía de una juventud sin sobresaltos ni futuro. Pero, una vez urdida, esta suposición era descartada por su inconsistencia. Pensó, simplemente, que el hijo pretendía curar una decepción con la radical decisión de su fuga. La muerte de su mujer apenas lo había trastornado —recordó la anciana. Después del entierro volvió a la cantina y jugó su partida de billar como si solo hubiese despedido a alguien que partía en un viaje de incierto retorno. Jugó solo. Nadie quiso comprometerse con su compañía porque nadie supo acercarse a la profundidad de tal dolor. Jugó solo hasta la medianoche, hora desacostumbrada, porque el propietario de la cantina no se atrevió a interrumpirlo. Para el hombre, la tolerancia tenía aquella noche el frágil aspecto de una flor blanca o de una fórmula de pésame entregada al amigo. Cuando el hijo partió, la madre, que no cumplía aún los cincuenta años, pensó que ya nada significaba la existencia del niño. Ese había sido el turno de su viaje, pensó ella. Debía esperarlo porque regresaría en un día sin tiempo, después de muchos años que tal vez no representaban otra cosa que la abolición del tiempo, un largo día sin esperas.
       Cuando la abuela terminó de alisar las sábanas con la pesada plancha de hierro alimentada con brasas de carbón, se sentó en el corredor. El cielo se había ennegrecido hasta convertirse en un manchón superpuesto a un mar agitado por el ventarrón. “Habrá tormenta —se dijo—. Antes de que anochezca habrá tormenta”. Y regresó a la sala. Tomó un viejo ejemplar de Selecciones arrugado por la humedad, y continuó la lectura de una crónica sobre el bombardeo de Dresde por las tropas aliadas.
       Si algún tema le apasionaba era el de la pasada guerra mundial, de la que oyó hablar en las noticias de radio o en los chismorreos sobre la presencia de submarinos alemanes en aguas del Pacífico colombiano. Calculó que la lectura de la crónica le llevaría el tiempo suficiente que tardarían en caer los primeros goterones, anuncio infalible de la tormenta. Pero lo que faltaba del texto, después de varias horas dedicadas en tres días a la lectura, era menos de lo calculado. Al llegar a la palabra fin (siempre le producía un inexplicable vacío la conclusión de una crónica y tardaba horas en la reconstrucción de lo leído), miró hacia la bahía: el cielo, invariablemente oscuro, las aguas, más agitadas. Depositó la revista en el nochero y se propuso leer al día siguiente la crónica dedicada a las hazañas del coronel Lawrence de Arabia.
       Decidió sentarse de nuevo en la sala. Lo que para alguien, al observar el balanceo, podría ser el ocio previsible de una anciana, para ella era el tiempo exigido por sus reflexiones, si reflexiones eran esos accidentados paseos de la memoria, una memoria que no conocía otras fronteras que las de Bahía Solano ni otros personajes que los que había visto envejecer junto a ella, afectados por el sonambulismo y la abulia, la malaria y las fiebres palúdicas. “Andan como fantasmas”, decía ella de ellos. “Fantasmas en todo caso felices”, le dijo el maestro de la escuela —su amigo—, aficionado a hacer caminatas por la playa.
       —Los muchachos se van y vuelven cuando tienen la misma edad que tenían sus padres cuando se fueron —dijo ella al maestro al conocer la fuga del hijo.
       —Una falacia, Antonia, eso que usted dice es una falacia.
       —Yo que se lo digo —le replicó ella—. Vuelven como nosotros, viejos y amargados.
       Para ella, envejecer era una suerte de competencia en la que los viejos soñaban que los jóvenes, en un esfuerzo sin límites, alcanzarían la meta que sus mayores ya habían superado. Con los años, coincidirían en la cita convenida para nivelar sus posiciones en el tiempo. Sin proponérselo, la abuela estaba definiendo a esos rostros sin edad que habían decidido quedarse en Bahía, curtidos por enfermedades que nada añadían ni restaban al averiado mecanismo de sus vidas. De la noche a la mañana, hombres que durante años habían dicho usted, regresaban tuteando a quienes habían sido sus mayores y hoy eran sus iguales en esa hora sin progresión, en ese sinuoso tránsito de la vejez a la agonía.
       No eran otras sus reflexiones cuando, aun en la vaguedad de sus monólogos, poco le importaba la precisión de las palabras. Para ella no había lenguaje capaz de precisar lo que hasta la abundancia se explicaba en sus sentencias. En aquel entrevero de acontecimientos estaba su hijo. Por mucho que un barco diera la vuelta al mundo —se decía—, tarde o temprano terminaría arrimándose a las mismas costas de donde había partido.
       —La tierra es redonda, sí señora —le decía su amigo—, pero está llena de accidentes. No se haga ilusiones, que las naranjas son redondas y dulces y la tierra demasiado amarga.
       Nada alteraba la expectativa de la abuela. ¿Había sido su hijo un obstinado que se guardó la decisión de su fuga, que la alimentó hasta el extremo de no comunicarla a la madre? Lo dicho a Adriano, dos horas antes, le pareció entonces atrevido, quizá decepcionante. Pero volvió a preocuparle la fechoría del muchacho, la grosería de sus juramentos y la manera como pretendió hacerse el ofendido. Si el muchacho insistía en sus preguntas, ella volvería a acusarlo del delito cometido. ¡Ni asco le había dado!
       “Debe estar correteando a las morenas”, pensó. Jamás lo había visto pero los rumores decían que cuando el sol iba desapareciendo y las sombras cubrían los matorrales de Bahía, los muchachos iniciaban sus coqueteos y amores prematuros, siempre provocados por las muchachas que acabarían levantándose las faldas debajo de un guayabo, un almendro o entre palmeras que se apretaban en uno de los extremos del poblado.
       No es que el hecho le produjese estupor o alterase la férrea moralidad de sus años. Eran las mentiras de los jovencitos, dadas como excusa por su tardanza, lo que la abuela no concebía, y menos cuando la evidencia asomaba en el nerviosismo o en la palidez de sus rostros. “Hijos de nadie”, decía al ver el vientre de esas niñas que solo después del parto hacían público un amancebamiento con el padre de la criatura. “El día que se averigüe por apellidos no van a encontrar más de diez entre las mil almas de este pueblo”, dijo al maestro, cada vez más taciturno, su amigo, al fin y al cabo el único ser ilustrado que había encontrado en Bahía y con quien, de no haber sido por la mutua falta de iniciativas, pudo haber establecido una ahora impensable complicidad amorosa.
       —No es para tanto, Antonia —le decía él—. Deje que la naturaleza y el instinto hagan lo que no dejan hacer los curas.
       —Usted sabe que sus ideas no me asustan —se defendía ella—. Así que lo mejor es que se las guarde. Le digo que no está bien eso de ver a las muchachitas con barriga y con hijos que abandonarán como muñecas desgreñadas y sucias.
       —¿Leyó el libro de Vargas Vila que le presté, Antonia?
       —Yo no pierdo el tiempo en esas porquerías —respondía la anciana a la provocación del amigo—. Revoltoso, apátrida y comecuras, eso es lo que es ese tipo. Un degenerado.
       Hoy el maestro no veía más allá de su sonambulismo. Las cajas de anisado con que después de seis meses de servicio era pagado por otro funcionario borracho del Estado, jamás fueron canjeadas, como era la costumbre, por ropas o comida. Ante la evidencia de sus frecuentes resacas, nadie acertaba a decir qué llenaba el estómago de un hombre tenido como sabio. Un traje de lino blanco remendado y unos zapatos desfondados se habían convertido en el único de sus atuendos conocidos. Los niños, arriesgando a sabiendas el castigo, penitencias de rodillas sobre granos de maíz, coscorrones, muendas con pringamoza o sanciones tan excéntricas como el mandato de comerse un pastel de bosta de ganado reseca, seguían llamándolo el espantapájaros. Aun en la aceptada ridiculez de su figura y en el pintoresco itinerario de su vida (había llegado del interior a las costas en la primera oleada de colonos, blancos y mestizos), el maestro mantenía un puñado de virtudes que, con el tiempo, sería objeto de discusiones, diatribas, maledicencias y apasionadas simpatías: era el único hombre que en la tolerada promiscuidad de Bahía Solano había mantenido la inflexible norma de la castidad. El casto varón de Bahía prefería adormecerse recostado en la mesa de una cantina a continuar la parranda en la oscuridad de las playas, en un acople precipitado con alguna mujer fugada de su rancho. Todo se sabía y a no ser que la discreción del maestro hubiese sido extrema, de él no se sabía más que lo tristemente cierto: ninguna mujer había perturbado su vida.
       Jovencitas calenturientas, viudas restablecidas del ostracismo, adúlteras conmovidas por la castidad del tipo, atractivo ejemplar antes de que diera la vuelta de sus sesenta años; putas de paso hacia Panamá habían intentado sacarlo de la indiferencia y habían acabado por aceptar la realidad de casto invencible.
       La abuela sentía hacía él un impulso protector que, en ocasiones, se parecía a la ternura y en otras a la piedad que inspira un hombre solitario. Pensaba, sin embargo, que ese viejo curtido y lenguaraz acabaría sepultándolos a todos. Ninguna enfermedad, ni el más leve malestar, lo había atacado en casi cincuenta años de vida en el poblado. Frente a su memoria desfilaban rostros despedidos en los funerales, contemporáneos o menores que él, imágenes rutinarias de muertes oportunas o prematuras, como si él, en el centro de estos acontecimientos, solo aspirara al tedio de la inmortalidad.
       —¿Quién dijo que los viejos seguimos derecho hacia la muerte? —le preguntó un día a su amiga ante testigos desconcertados por el sentido de la frase—. Antes, tenemos una vieja cita con la infancia.
       Todavía hoy, fascinada por esta clase de palabras, la abuela sentía reaparecer fugazmente el rescoldo de una aventura malograda. “Si se hubiera atrevido a cogerme una mano”, parecía decirse con nostalgia, pero lo cierto era que el maestro y la anciana reiniciaban a veces un diálogo impenetrable en el que la emoción de ella y la aparente indiferencia de él se diluían en las luces de un atardecer sin iniciativas.
       —¡Llegó El Triunfo! —escuchó ella que gritaban en la calle—. Abuela, llegó un barco —repitió la voz de una mujer para que la anciana la escuchara.
       La abuela se levantó y se asomó al corredor. En el costado izquierdo de la bahía, a pocos metros de la playa, el barco era recibido por un grupo de hombres y un corrillo de niños. “Hoy habrá parranda —pensó—. Si vienen vagabundas, navajazos y corrinche”.
       —Llevamos más de un mes sin cervezas —le había dicho el día anterior el maestro—. Cuando en este pueblo faltan fríjoles, se come arroz blanco, pero cuando se acaban las cervezas nos sentimos más solos que nunca.
       La anciana imaginó a su nieto entre la banda de curiosos de la playa, brazos voluntarios que ganarían algunas monedas llevando bultos de víveres hacia los graneros de Bahía. “Mañana se llenará este pueblo de cholos”, se dijo e imaginó a los indios taciturnos llegados de la cabecera de los ríos vecinos. “Esos se emborrachan y lloran; los negros se arrechan y se dan machete por celos”.
       La llegada de un barco era el único contacto cierto con el mundo. Las crónicas de los viajeros y marinos ganaban en esas ocasiones una audiencia silenciosa y maravillada, aunque se tratase de simples embustes.
       —¿No quiere venir, abuela? —le preguntó la mujer que se acercó al corredor a saludarla.
       —No, Isolina, yo ya no estoy para esos trotes —e hizo un gesto de desinterés. En otros tiempos, la llegada de un barco le producía una emoción casi infantil, como si en él viniesen estampadas las huellas de un universo inaccesible. El movimiento de descargue y la bulla de los muchachos le resultaban parte de una fiesta que continuaría en la noche con la música de un ronco tocadiscos de pilas o con el estruendo de las chirimías.
       —Si ve a mi nieto entre esos corrincheros, dígale que me debe una, que aquí lo espero, Isolina.
       Recordó la última parranda del poblado, los gritos pendencieros de los borrachos, el sermón amenazador del cura que, una vez más, esperó en vano la llegada del vino de consagrar. A la mañana siguiente, los irreductibles trataban de consumir las últimas cervezas bajo un sol que hacía crujir los techos de cinc. “Deben ser como las nueve”, calculó.
       Se había adormilado en la mecedora. El aguacero con ventiscas había sido tan pasajero que le daba rabia aceptar el pronóstico del niño. Cerró la puerta que daba a la calle, se enfundó en su áspera bata de dormir, apagó la lámpara de queroseno y se dejó llevar por el adormilamiento. “Igualito a su padre”, se repitió. Creyó oír los maullidos de un gato. Estaba acostumbrada a escucharlos pero esta vez le resultaron más desesperantes, como si se tratara del distorsionado llanto de un niño. Vagamente, en duermevela, oyó pasos por el corredor. No le dirigiría la palabra —se dijo. Había estado en el billar, curioseando en medio de los marinos. Mañana —pensó— retomaría el hilo extraviado en la madeja y sería más severa de lo que había sido en la tarde. Pensar que catorce años de esfuerzos caían en el vacío, que la educación dada a su nieto acababa en la vergüenza de los embustes y en la crueldad cometida aquel día por el niño, le producía un sentimiento de frustración y humillación indeseables.
       Los pasos se hicieron más próximos. Para evitar el encuentro con el muchacho, la abuela fingió dormir. “Pisa como un hombre”. Minutos después se hundió en un sueño de reconfortantes visiones: sintió la llegada del hijo como si apenas ayer hubiera partido. Lo vio descender del barco, extraordinariamente limpio y grande, saludar a sus envejecidos compinches, dirigirse al billar y jugar solo la continuación de una partida interrumpida. Escuchó, sin poder precisarlo, el sentido de las palabras, la referencia de viajes, aventuras, desgracias pasajeras y amores extraviados, mientras era invitado a nuevas tandas de cerveza. Pese a las arrugas del rostro, a la dureza de sus facciones, a la boca más ajustada y pequeña, quiso ver al hijo con el aura de la juventud que le conoció antes de partir. No deseó pensar que el tiempo había pasado sobre otra vida como era de esperar, sin una pizca de generosidad.
       Se despertó sobresaltada cuando, en las visiones del sueño, se interpuso el prolongado maullido de un gato.
       —¿Es usted, Adriano? —preguntó, todavía afectada por las imágenes del sueño: en ellas, una mujer de aspecto extravagante posaba silenciosa al lado de su hijo. “Se trajo una vagabunda”, pensó con rencor y no supo si era una frase proferida en el sueño o recién pensada en la vigilia.
       —Llegué hace un rato —le contestó una voz sin emoción.
       —Sabía que era usted —dijo la anciana—. Soñé que llegaba en un barco que había sido blanco.
       El maullido lastimero del gato era real.
       —Duérmase, mamá, que mañana le cuento mis vainas —oyó decir.
       —No me cuente nada —pidió ella—. No voy a poder dormir.
       Le pareció escuchar un comentario desprovisto de enojo.
       —Todo sigue igual o peor.
       La anciana deseó preguntar algo pero no halló las palabras.
       —¿Ya vio a su hijo?
       —Sí, lo vi en el billar. No sabía que era mi hijo. Me preguntó que por qué usted decía que había sido más terco que una mula. Esperé que viniera, pero no ha llegado. Estuvo todo el tiempo mirándome jugar, sentado encima de un bulto de plátanos.
       La anciana se removió en la cama y alargó las pausas del diálogo: hurgaba en sus sospechas.
       —No lo espere —dijo—, que no va a venir. ¿Cuándo salía el barco?
       —A medianoche. Iba a Panamá.
       —No espere volver a verlo —añadió ella—. Se largó. Todos se largan sin decir esta boca es mía. Traté de educarlo hasta donde pude.
       Una deprimente sensación de fracaso le recorrió al recordar el episodio de la mañana. El cruce de voces, de un cuarto a otro, o desde el umbral de la pieza hasta su cama, hacía más largo el silencio de las pausas.
       —¿Sabe lo que hizo esta mañana? Cogió a la gata de la casa y al gato del vecino, los metió en un costal y los echó vivos al mar. Me juró que no había sido él, pero yo estoy segura de que nadie más que él pudo haber hecho esa barbaridad. Siempre me dijo que no lo dejaban dormir con sus maullidos.
       Estaba a punto de llorar. Retuvo el llanto. De nada valía.
       —Si se fue —dijo el hijo—, no le irá mal. Será capaz de cualquier cosa antes de morirse de hambre. Como debe ser.
       La abuela sintió al rato la caída al piso de un par de botas y el susurro de una voz femenina.
       —Descanse —dijo—. Mañana me la presenta y me cuenta sus cosas.
       —Iba a decirle que no vine solo —dijo finalmente el hijo. La anciana lo estaba imaginando en una casa de mujeres de un puerto, abrazado a una muchacha que sería desde esa misma noche su querida. Antes de recuperar el sueño, ya había decidido que abandonaría para siempre la amplia cama de matrimonio. No era para lamentarse. Pese a los años transcurridos en aquel cuarto, nunca había sido un sitio suyo. Siempre se movió dentro de él como una invitada a quien se le prorroga la partida.




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