Óscar Collazos
(Bahía Solano, 1942 - Bogotá, 2015)

Circulación de la verdad
A golpes
(Barcelona: Editorial Lumen, 1974, 98 págs.)



      La noticia aparece consignada en un rincón de la segunda página, entre el anuncio sobre la llegada de un circo a la ciudad y la nota fúnebre de un hombre, por mí desconocido: perdida como está, ahora circula en boca de todas las gentes, anticipándose a esta irrisoria publicación, modificándose o perdiéndose en otra noticia de naturaleza irreconocible: el fin de semana de un ministro. Solo van quedando detalles, rasgos que permanecen sin alterarse, como si al quedarse en simples detalles se quisiera demostrar que solo son versiones de un mismo tema, ojos escépticos sobre el mismo cadáver o figuraciones maliciosas alrededor del mismo y posible criminal. Una de las versiones, seguramente la primera, ha convertido al pequeño y acomplejado celador en un «sanguinario y despiadado criminal» y los detalles no pueden ser menos patéticos: la medianoche, la joven sola (misteriosamente sola en un día de fiesta), rasgos sospechosos en el hombre, deseo acumulado durante todos estos meses que la ha visto llegar entre la medianoche y la madrugada, voluntad de violación, resistencia de la víctima, furia, compulsión creciente, versión que no permite concesiones ni acepta conjeturas pues tiene su origen en la crueldad cinematográfica más trivial y la gente se deleita en ella, como si se tratase de la crónica recién inventada por un redactor a quien, en el minuto anterior al cierre de la edición, se le pide llenar una columna vacía. Pero en esta recreación, morosa y mórbida, la víctima recobra una dudosa inocencia y nadie se atreve a suponer tensiones entre ella y su hipotético asesino, provocaciones, aburrimiento, la guardia abajo aquella noche. Al contrario: es menester que la víctima posea todas las virtudes y el asesino exhiba sus execrables vicios. No podrá pensarse que, arbitrariamente, la noticia se ha ido desfigurando entre una y otra perspectiva: son, apenas, versiones de una y otra moral, juegos de esta o aquella capacidad imaginativa, destreza de una mente fabuladora o caprichos de un pobre diablo que acepta la versión del diario y se llena de piedad, ejercicio de hipótesis de un inspector de Policía, terror de la madre de familia que ha hecho renunciar a su hija joven de las clases nocturnas, pánico del sacerdote que insiste en la desvergüenza de esas modas modernas, «portadoras de lascivia y causantes de sentimientos criminales», crueldad irreverente del muchacho que está en la página noventa y nueve de un libro del Marqués de Sade, procacidad del borracho que, minuciosamente, describe la ubicación, profundidad y diámetro de las heridas, religiosa consternación de la monja que jura a Dios defender hasta el descuartizamiento su ya remota virginidad (aunque sospecha de la versión que atribuye al celador instintos criminales).
       La noticia, pues, no ha sido desfigurada: como el sol por cristales de grosores, irregularidades y caprichos formales, se trata de proyecciones levemente alteradas de un mismo fenómeno. En verdad, nadie ha sospechado que Marga, abatida, fue hallada en el cuarto de su pensión, descubierta treinta horas más tarde en estado de lamentable descomposición y conducida a un anfiteatro en donde, a falta de noticias, fue el tema de una ligera encuesta periodística. Pero, aun en este punto, los escépticos dirían que se trata de una mentira urdida por algún cómplice temeroso y que, en la siguiente vuelta de la rueda, en la siguiente ronda del ocio, la muerte aparecerá revestida de un metódico suicidio, de un pasado aborrecible, de un futuro incierto, de una decepción amorosa, de un fiasco familiar, de una estafa inocultable, de una siniestra banda de traficantes, de una canción conmovedora o de un recuerdo lacerante, de ese desengaño que —en los últimos meses— se fue apoderando de Margarita Sánchez Gutiérrez hasta conducirla y conducirnos al momento en que ingiere una dosis bestial de insecticidas y duerme, duerme, duerme a sabiendas de que nunca más despertará en las cuatro paredes de ese asqueroso cuarto en el que, hace una semana, se marchitaron las flores silvestres.




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