Óscar Collazos
(Bahía Solano, 1942 - Bogotá, 2015)

La visita, siempre aplazada
Adiós Europa, adiós
(Bogotá: Planeta Colombiana Editorial S.A. (Seix Barral], 2000, 130 págs.)



A Julio Cortázar, in memoriam

I

      Después de la partida de Claudio, mamá se había derrumbado en un estado inconsolable. Solo dos semanas más tarde parecía salir del abandono en que dejó la casa, habitualmente cuidada. La verdad es que la llegada de nuestro hermano había trastornado el orden de la casa, no tanto porque a mamá se le hubiese ocurrido darle una sorpresa limpiando muebles, remendando colchas, escondiendo trastos de mal ver, simulando un modesto equilibrio entre nuestras escasas posesiones y el aspecto de nuestra vivienda como el artificio que sin saberlo nos impuso, contagiados por la expectativa.
       Tras dos años de no verlo, de tener noticias espaciadas, tarjetas postales que repetían casi siempre la misma fórmula desde lugares tan distantes como desconocidos por nosotros, la visita de Claudio se convirtió en un acontecimiento. Mamá llegó a alertar incluso al vecindario ofreciendo versiones sobre sus viajes de un punto a otro de la Tierra. Del vínculo no quedaban en mí más que recuerdos remotos, diría que debidos al sentimentalismo de mamá, empecinada en recordarnos que no solo era el mayor de los hermanos sino el que, por encima de su apatía (sus cartas eran de una repugnante frialdad), había alcanzado una independencia que ya desearía en cualquiera de nosotros.
       A Claudio no lo recordaba del todo. Su última visita había sido tan fugaz que no pude hacerme sino a una desdibujada silueta de persona. A mis diecisiete años, volver a verlo era como verlo por vez primera, hallarme con un ser distante aunque mil veces nombrado. Las fotos escasas y brumosas que mamá guardaba metidas en costureros o entre documentos familiares, ya que la idea de un álbum era impensable, no encajaban en el anecdotario que había empezado a hacerse de él en los periódicos, sobre todo en los últimos meses, cuando parecía haber alcanzado cierta importancia, correspondida con la publicación arbitraria de fotos de sus cuadros, reseñas de sus exposiciones en el extranjero, cosas agradables y lejanas sobre su obra. Poco le importaban a mamá y ella misma llegó a decir que aunque no estaba a su alcance comprenderlos, cosa que ella atribuía a su falta de educación, algo bueno deberían de ser si los compraban y elogiaban, si cada exposición merecía dos y tres columnas de comentarios en la prensa y, la última vez, una larga entrevista en televisión, acontecimiento que sumió a mamá en un estado parecido a la histeria.
       Yo no tuve la oportunidad de ver a Claudio en la pantalla y debí atenerme a los comentarios de mamá, hermanos y vecindario, al barullo que armaron en los días siguientes, no tanto porque Claudio fuera un pintor de reputación como por la aparición de su imagen en el programa de mayor audiencia nacional. Había triunfado, era lo que comentaban a mamá y lo que siguieron comentando cuando pidieron noticias sobre su errancia y en las que la vieja no ahorraba detalles; yo diría que, incluso, los agrandaba debido a su debilitada memoria, los tergiversaba casi siempre, algo extraño en una mujer tan parca y tan poco dada a la exageración.
       Finalmente llegó un telegrama anunciando el día y hora exactos de su llegada, que sería el sábado a las ocho de la mañana en vuelo de Avianca. Mamá ordenó con cuidado mi cuarto, enviándome a dormir a la pieza de Antonio. Quería que Claudio no se sintiera incómodo, que su regreso a casa fuera como el del hijo que siempre tuvo un espacio reservado. Y el primer gesto insólito de mamá consistió en astillar el burrito de barro donde guardaba sus ahorros, comprar flores artificiales además de mandar a Antonio por una botella de Black and White, suponiendo que Claudio prefería el whisky al aguardiente del Valle. Protegió la botella en su armario, sospechaba que alguno de nosotros, al descubrirla, no resistiría las ganas de despacharse un vaso on the rocks, sin consultarla, simplemente porque la botella de whisky en casa era un acontecimiento excepcional.
       —Usted exagera —fue el comentario de Antonio al ver a mamá tan ocupada en el recibimiento de Claudio. Pero ella se reservó cualquier comentario. Era cierto que quería lo mejor para el regreso del hijo pródigo, pero de allí a excederse en nuestras posibilidades había un abismo tan grande que no podía menos que incomodarnos. Preferimos entonces no hacer alusión a su ajetreo, contribuir en lo posible a sus planes.
       El viernes por la mañana, contra lo acostumbrado, desapareció de la casa. Volvió a eso de la una con un paquete que una vez abierto resultó ser un cubrecama. No lo había comprado. Al preguntarle, dio muchos rodeos antes de decirnos que había ido donde la tía Edelmira a pedírselo prestado. ¡Era el colmo! ¿Qué diablos tenía que ver la tía Edelmira en este alboroto? Si quería un cubrecama prestado, podía haber ido mejor donde la tía Aída, donde fuera. Lo inconcebible era que se hubiese dirigido a esa engreída hermana de papá, tan infatuada con sus pequeñas riquezas, tan ajena a nuestra vida, ella que cuando nos miraba lo hacía hacia abajo, como si se avergonzara de nuestra modestia. Pero mamá estaba radiante con el cubrecama y si haber hecho una cosa semejante la había expuesto a la vergüenza, porque imagino lo que debió costarle acudir a una cuñada que nunca entró en sus simpatías, significaba que ya había perdido toda noción de prudencia, por no decir toda idea de la realidad, que en este caso eran las distancias que nos alejaban o acercaban de la parantela.
       —Ya hablé con el taxista —dijo el mismo viernes al mediodía—. Prometió pasar por aquí antes de las siete. Dice que en media hora nos lleva al aeropuerto. Hice un arreglo con lo del precio: dijo que tratándose de nosotros, apenas nos cobraba la mitad de la carrera.
       Inmediatamente se metió a la cocina y empezó a hacernos el almuerzo, servido una hora más tarde de lo acostumbrado. No quiso comer. Se sentó, intentó probar bocado y, al final, dejó el plato casi intacto. Hubiera sido injusto reprochárselo. Estaba fuera de todo control y la sola idea del regreso de Claudio era suficiente para imaginársela en un torbellino de aprensiones. Lo único que hizo, en la tarde, fue ver el capítulo diario de la telenovela. Incuso esta diversión, seguida con verdadera fruición, parecía no satisfacerla del todo. Silenciosa, como siempre, se conformó con seguir el episodio, ahorrándose comentarios posteriores. Solo entrada la noche, como si volviera en sí, comentó que la pobre Teresa, heroína del relato, se merecía mejor suerte, que no era posible que existieran en el mundo amarguras de esa clase, un hombre que se burla así de los sentimientos de una buena muchacha, no merece vivir entre los humanos. Antonio se dedicó a hacerle bromas sobre la botella de whisky, diciéndole que ya la había desenterrado. Mamá no se molestó, aunque decidió meterse en su cuarto, ponerse a coser botones, a zurcir medias y a quitar el polvo de los armarios. Era impresionante lo que había conseguido en el orden de la casa. No es que habitualmente viviésemos entre el desorden, no, no era eso. Simplemente, que parecía otra casa: los muebles con distinta distribución, los tapetes de hilo sobre las repisas, los suelos fregados y relucientes, los cristales de las ventanas de una transparencia milagrosa, pese al polvo de la calle, más intenso por la inclemencia del verano. Nosotros, poco me cuesta confesarlo, habíamos dejado de existir para ella desde que empezó los preparativos para la visita de Claudio.


II

      Cuando Rafa llegó con su esposa, visita inesperada pues mamá no se entendía del todo con esa pobre muchacha pretenciosa, ya estábamos reunidos todos los hermanos. Había venido también la novia de Antonio, una gordita simpática y bacana, capaz de ponerle animación a un entierro, de hacer reír a mamá y encima convencerla, cuando se había presentado la ocasión, de que bebiera un trago de aguardiente y tratara de bailar con nosotros, muerta de vergüenza, ella que, según los tíos, había sido joven y hermosa y parrandera. Afortunadamente a Rafa se le ocurrió traer una botella de ron blanco de la costa, abierta inmediatamente por Antonio, por encima de las advertencias de mamá y las complicaciones de su úlcera. Cuando ya la reunión prometía convertirse en parranda, animada por la siguiente botella, la esposa de Rafa se metió a la cocina y se dedicó a freír chicharrones y plátanos que estuvieron listos en menos de media hora, cuando Antonio decidió tirarse por la borda y mandar por otra de ron y cocacolas. Mamá salió entonces de su cuarto y se sumó a la reunión. Nadie hablaba de Claudio. Si apareció en los primeros momentos de la conversación fue como simple referencia, a propósito de lo que le gustaba comer en los bailongos.
       —Cuando bebe, lo que más le gusta es la yuca frita con pedacitos de carne —dijo mamá—. Y la morcilla con arroz. Recuerdo que agarraba unos tremendos daños de estómago cada vez que se tomaba sus tragos, porque no paraba de comer morcillas con arroz.
       Mamá intentaba, con suspicacia y sin aspavientos, desviar la conversación hacia sus recuerdos de Claudio. Antonio y Rafa se lo impedían, cambiando de tema, lo que volvía a sumir a mamá en largos silencios. Sí, estábamos contentos de que volviera y viniera a quedarse más de una semana (un mes, había dicho en la carta), pero lo que no queríamos era seguirle la corriente a la vieja, darle más ánimo para que se excediera en sus expectativas. Si hubiera sido solo la emoción de volver a ver a su hijo, nuestro hermano mayor, era comprensible. No se trataba de eso. Ella quería dar una falsa impresión de nuestra vida, esconder hasta donde fuera posible la situación de penuria que atravesábamos agravada por la muerte de papá. Y allí estaba lo inaceptable de su conducta y la injusticia que a sí misma se infligía con sus esfuerzos.
       Una hora más tarde, la gordita empezó a llenarse de entusiasmo y mandó a Antonio por el tocadiscos de pilas del vecino (el nuestro era un cacharro sin remedio), con lo que la reunión giró hacia la pachanga, que no contó con más que la distante aprobación de mamá. La esposa de Rafa, para congraciarse con ella, resultó menos antipática, y hasta trató de embarcarse en una conversación sobre la telenovela, iniciativa que mamá recibió con fingido entusiasmo. Ernesto, un vecino amigo de Antonio durante años, decidió unirse a la beba trayendo media botella de ron Caldas, media docena de cervezas y discos de Alejo Durán y Rafael Escalona. Algunos niños del vecindario se apostaron en la ventana, abierta de par en par para recibir el aire que soplaba a esa hora desde los cerros. La gordita nos sacaba a bailar, por riguroso orden de edades, guiñándole el ojo a Antonio, como si lo previniera ingenuamente contra los celos. Rafa acompañaba en voz alta o tarareaba los vallenatos y nos sorprendió siguiendo de memoria la música de una vieja canción de los Platters. Algo me advertía, sin embargo, que mamá seguía preocupada.
       —No se preocupe, que le pondremos la casa como estaba —debió decirle la esposa de Rafa cuando se enteró de que quizá se tratase del desorden que empezaba a apoderarse de la sala. Mamá la consoló diciendo que no era eso, que ya sabía que volveríamos a poner las cosas en su sitio. Iba y venía de la sala a su cuarto, preocupada, cuando la fiesta alcanzaba su mayor punto de entusiasmo. Se bebía y se comía como Dios manda, se bailaba en un verdadero arrebato.
       —A las doce nos vamos —la consoló Rafa—. Ya sabemos que van a madrugar.
       Cuando preguntó la hora por tercera vez eran las once y mamá se mostró menos inquieta cuando la esposa de Rafa se ocupó de ir poniendo orden en la sala, pidiéndonos que tratáramos de desarreglar lo menos posible, que tuviéramos un poco de consideración con mamá, que pensáramos en la ilusión que había puesto en el arreglo de la casa, que éramos unos desconsiderados.
       —Déjelos, Leticia, yo ya los conozco —le dijo mamá. Y Leticia tomó como un reproche lo que en verdad no era sino una muestra más de su sempiterna resignación, sobre todo la demostrada desde que empezamos a hacernos mayores. Lo que ganó, entonces, fue el silencio de la muchacha, que presionó a Rafa para que se fueran antes de las doce. Rafa protestó, los tragos lo habían encarretado y, para complacer a mamá, recordó una antigua andanza de Claudio, referida a sus escarceos de boxeador aficionado.
       —Casi le parten la cara —contó Rafa—. Era la primera vez que se subía a un ring y el negro que peleaba con él sabía fajarse como profesional. Vino con un ojo morado y echando sangre por los labios.
       —No lo noquearon —medió Antonio, que recordaba la pelea, memorable en casa—. Aguantó de puro verraco los cinco rounds, pero por poco lo dejan vuelto un estropajo.
       Mamá recordó también el episodio y sonrió, interesándose por la versión que dábamos de la pelea, la primera y última de las salidas públicas del aspirante a boxeador.
       —Era mejor para el básquet. Como era zurdo, no podían controlar sus avances. Aunque yo creo que las canastas le salían de chiripa —dijo Rafa. A mamá le agradaba que se hiciera un alto en el baile. Y mucho más, que se hablara de Claudio. Hacia las once y media, la gordita había decaído en su entusiasmo por el baile y en el tocadiscos solo se tocaba música suave, boleros de Miltinho, Aldemar Dutra y Los Panchos. La esposa de Rafa seguía poniendo orden en la sala, buscando trapos para limpiar los cristales, acomodando sillas y retocando las flores artificiales. Rafa se iría a su casa, tenía tiempo de coger el último bus que pasaría antesito de las doce. Solo Antonio y yo nos quedaríamos en casa.
       Al irse todos, nos quedamos un rato más en la sala, dándole muerte a los restos de cocacola. Se veía que a mamá la iba a coger el insomnio porque no hacía amagos de irse a la cama. Nos recordó poner el despertador a las seis y media, estar listos antes de las siete, para cuando viniera el taxi a buscarnos. No había ido nunca al aeropuerto y creía que estaba en otra ciudad, que una hora antes de la llegada del vuelo era lo apenas justo para llegar a tiempo y no correr el riesgo de cruzarnos con Claudio, en caso de que no encontrara a nadie esperándolo.
       Nos fuimos a acostar. Durante un rato, la luz del cuarto de mamá estuvo encendida, e incluso, oí que iba a la pieza de Claudio. Para que la encontrara intacta, me había pedido que durmiera en el cuarto de Antonio, quizá tenía miedo de no arreglar la cama cuando se levantara. Dijo que no tenía tiempo de hacer el desayuno, pero que al regresar del aeropuerto haría unos huevos revueltos con bastante cebolla y tomate, además de chocolate, desayuno que a Claudio, decía, le volvía la boca agua. Habló de los regresos de Claudio cuando iba a la universidad. Cuando mencionaba la universidad, mamá sentía un poco de pena o de nostalgia: en una época, ella y papá habían puesto todas sus esperanzas en la carrera de Claudio, que abandonó a los dos años de iniciada, lo que ocasionó un serio disgusto en la casa, compensado años más tarde cuando su nombre empezó a salir en los periódicos. A papá le había costado más entenderlo, aunque vivía orgulloso de ver que su hijo salía en los diarios. Llegó a pedirle que le hiciera un retrato, ahora que empezaba a volverse famoso. Claudio estuvo prometiéndolo en vano: no quería o no podía convencer a papá de que una cosa era ser pintor y otra ponerse a hacer retratos.
       —No lo entiendo —decía papá—. Yo creía que lo primero que aprendía a hacer un pintor, antes de ponerse a hacer mamarrachos, era pintar buenos retratos —dijo desconcertado. Y, sin embargo, fue perdonándole poco a poco el abandono de la universidad. Claudio llevaba una vida independiente, no representaba gastos y aunque no ganara casi nada, papá pensaba que la fama traía montones de billetes que su hijo ocultaba haciéndose el miserable.
       Antes de acostarse, mamá insistió en lo del despertador.


III

      Minutos antes de las siete pasó el taxista a recogernos. Antonio se sentó atrás con ella y yo me hice adelante, aceptando la conversación de don Eugenio, que manejaba a veces con escaso cuidado, desentendiéndose de las señales, todavía adormilado. Mamá se aferraba al brazo de Antonio, que no decía palabra. No le hacía mucha gracia esta excursión al aeropuerto y de no haber tenido día libre en la fábrica hubiera evitado las molestias de madrugar a las seis, que no era para tanto.
       Cuando al fin cogimos la autopista, el taxista puso más cuidado. Solo dijo algo sobre la vida cara o sobre el precio de las carreras, que el mes entrante se iban a reajustar. Tal vez fue una imprudencia de mi parte o había sido una torpeza de todos: me atreví, no sin temor, a decir a mamá que si el avión proveniente de Madrid llegaba a Bogotá hacia las ocho, cosa que Claudio quería decir en su telegrama, la conexión a Cali no sería inmediata, que con suerte podía salir de la aduana media hora más tarde y coger el vuelo siguiente, si no había arreglado desde España lo de los horarios, lo que quería decir que solo llegaría hacia las diez, si los cálculos no me fallaban. Mamá cayó en cuenta y dijo que no importaba, así tendríamos tiempo de sobra, no saben el miedo que tengo, a lo que Antonio añadió que éramos unos pendejos por no haberlo pensado antes, tanto madrugar. De todas formas, la sala de espera era confortable, el edificio nuevo, valía la pena conocerlo, había salido en la televisión, Cali se estaba volviendo una ciudad importante, ni más faltaba, pasaba ya del millón de habitantes y por algo era la tercera en desarrollo de Colombia, informaba Antonio sin inmutarse, todavía afectado por el guayabo, toda una ciudad y no ese pueblo grande de montañeros de antes, una ciudad con más urbanizaciones, con un estadio digno de cualquier parte y cada vez más carros, avenidas más amplias y no esas calles para estacionar caballos, una ciudad que podía darse el lujo de un aeropuerto internacional, además de ser el reino de la salsa.
       Afortunadamente, el vuelo de Madrid llegaría puntual. Mamá sugirió que llamáramos a Bogotá, que dejáramos un mensaje en Avianca diciéndole a Claudio que lo esperábamos, que cogiera si era posible el próximo vuelo —tratamos de convencerla de lo difícil que era tener línea con El Dorado, pero ella insistió tanto que Antonio debió esperar casi media hora, dándole al automático porque por operadoras las líneas estaban bloqueadas. No le permitieron dejar el mensaje, sobre todo por la dificultad de encontrar a alguien de internacionales. Mamá se consoló sabiendo que había hecho la llamada, nada se perdía haciéndola, dijo, cuando decidió desayunar con una taza de chocolate, inquieta porque desde la cafetería no oía muy bien el anuncio de llegadas y salidas de vuelos, solo un ronroneo de los altoparlantes, insinuó que nos sentáramos de nuevo en la sala de espera, añadiendo que así podíamos ver los aviones, si nos sentábamos frente a los ventanales.
       —Debe llegar muerto de cansancio —dijo ella.
       —Parece que son más de diez horas de vuelo, más la media de Bogotá a Cali —dijo Antonio explicándole que había cambio de horas, parecía mentira que saliendo de Europa después de las doce de la noche se llegara a Bogotá casi de madrugada.
       La última vez, Claudio había hablado sobre el tema y usó una palabra francesa que quería decir desequilibrio de horarios de una parte a otra de la Tierra, siendo una hora en un país podían ser seis por encima o por debajo en otro, en fin, había que aceptar que de un extremo a otro del planeta unos dormían y otros despertaban.
       Eran casi las nueve y mamá se ponía más nerviosa. Antonio había decidido volver a la cafetería para beberse una cerveza y yo hojeaba el periódico sin poder concentrarme, debido a las preguntas de mamá.
       —Ya debe haber llegado —calculaba—. Si Dios quiere, ya debe haber cogido cupo para Cali.
       Habló de la casa. Sin duda, estaba contenta con las modificaciones de la sala y, a pesar del lío del cubrecama prestado por la tía Edelmira, era justo su entusiasmo: había hecho de la pobreza algo limpio y especial y difícilmente podría conseguirlo de proponérselo a diario.
       —En la última carta me decía que había engordado —comentaba mamá—. No me lo imagino sino flaco, como su papá. Tal vez está menos flaco, pero gordo, ni pensarlo. Tiene la misma constitución física que tenía José Antonio, que en paz descanse.
       Recordó que Claudio acababa de cumplir los treinta y tres, que papá, a esa edad, seguía tan delgado como antes de casarse, apenas un poco de barriga y, eso, por los tragos. Antonio había bajado a la cafetería y, de paso, se había informado en Avianca: el siguiente vuelo llegaría dentro de media hora y era muy probable que Claudio lo hubiera tomado, tiempo había tenido, según le informaron, porque el de Madrid había llegado puntual. A mamá le entusiasmó tanta precisión y aventuró opiniones sobre las ventajas de la vida moderna, ella que sentía pánico con la sola idea de subirse a un avión, de ir en un carro a más de sesenta por hora. Fue inútil traerle revistas, ofrecerle periódicos: los miraba y enseguida los dejaba en el asiento, como si le temiera al tiempo que consumiría leyendo una tonta crónica de modas.
       Pretextó haber olvidado los anteojos, lo que no era cierto, pues yo mismo había visto que los guardaba en la cartera.
       Antes de que anunciaran la llegada del vuelo procedente de Bogotá, mamá no intentó ocultar un sosegado llanto de gozo y se sintió mucho más incómoda cuando Antonio le hizo bromas sobre su emoción, chanza normalmente aceptada si se trataba del llanto causado por el dramatismo de la telenovela. A mamá las lágrimas le brotaban por cualquier cosa, desagradable o placentera, no importaba, siempre tenía un chorro de lágrimas al acecho y el mismo desconcierto si era descubierta llorando.
       —¿Es que ustedes no se emocionan? —se defendió, secándose con el dorso de la mano.
       Los pasajeros empezaron a bajar y, detrás del ventanal, ella no sabía qué hacer con las manos. Se había puesto los anteojos y seguía el descenso de los pasajeros con una tensión tan extrema que se diría esperaba lo peor, que no viniera en este vuelo, que todo hubiese sido una broma, que accidentes imprevistos lo hubiesen obligado a aplazar el viaje a Colombia, aunque en este caso podía haber mandado un telegrama, haber avisado a tiempo, Dios quiera que llegue.
       —¡Allá baja! —dijo sin énfasis, casi en voz baja, agarrándome fuerte del brazo—. Yo lo veo igualito, no ha cambiado.
       A mí, que siempre había hecho lo posible por esconder mis emociones, el temblor de mamá acabó por contagiarme como si empezara a participar de la intensidad emotiva de ella, de ese complejo nervioso que eran sus últimas veinticuatro horas. No podía ocultarlo. Solo Antonio parecía estar en sus cabales, con los pies sobre la tierra, sin esconder una sonrisa irónica, quien lo ha visto y lo ve, solo le falta que se ponga a llorar con mamá, suponía que se estaba diciendo.
       Como lo esperábamos, mamá se deshizo en lágrimas de felicidad. Claudio no sabía qué hacer, además de cansado se le veía perplejo por nuestra presencia y sobre todo por la presencia de mamá en el aeropuerto. Traía una gruesa maleta de cuero a punto de reventar y un bolso al hombro, como si hubiese estudiado el conjunto de su atuendo, un vestido beige muy liviano, camisa blanca y zapatos de un marrón idéntico al bolso y la maleta. «¡Qué elegante!», dijo Antonio, en vez de usar otro saludo.
       Tenía un aspecto más fuerte que el de las fotos, el pelo más largo y encrespado y la piel bronceada, como si se hubiese pasado días enteros bajo el sol. Fue él quien habló en todo momento. Mamá escuchaba, respondía lacónicamente, no solo con la emoción de su regreso sino con el respeto que siempre había tenido ante la presencia de Claudio, no sé, la admiración aumentada por la distancia, todo eso. Lo habíamos acompañado a recoger el equipaje y se mostraba embarazado, incapaz de salir de su perplejidad, echándonos bromas, si alguien más se había casado, si, como decían en Europa, ya habíamos sembrado en la casa una matita de marihuana o un jardín de coca, si el tiempo era bueno, si la ciudad había cambiado.
       De regreso a casa preguntó por cosas de familia, como si se sintiera obligado a conocer lo que de sobra conocía, las privaciones, la lúgubre ronda de los días, la medianía de nuestras vidas, los apuros diarios, recibiendo versiones consoladoras de mamá, que restaban dramatismo a sus respuestas. Al llegar a casa, ya Rafa nos esperaba con su esposa; estaba, además, la novia de Antonio. El saludo, como siempre, no fue un abrazo, sino un prolongado apretón de manos. No era extraño entre nosotros: nunca habíamos podido llegar a manifestaciones desmedidas de afecto, había cierto contenido pudor en nuestros gestos, se diría que quien volvía no había en el fondo partido aunque mediaran años de ausencia.
       Mamá, en tanto, ofreció a Claudio un desayuno, lo previsto, pero él lo rechazó diciendo que ya se lo habían dado en el avión, que habían pasado muy temprano por Caracas, lo peor de los vuelos son las comidas que van despachando como si fueran caramelos, la artificiosa amabilidad de las azafatas. Yo de él lo hubiera aceptado, sobre todo si podía haber pensado que mamá lo tenía preparado. Pidió, en cambio, un jugo de naranja, que debió tomarse después de haber aceptado el primer trago brindado por Antonio, no importa, es temprano, podíamos empezar a celebrarlo. Mamá había corrido a buscar las naranjas a la tienda, sin darnos tiempo de hacerlo, ya vuelvo, dijo cuando ya Antonio había volado por el whisky, por la cubeta de hielo. La novia, la gordita pachanguera, preguntaba a Claudio sobre el vuelo y le confesaba que le encantaba mucho conocerlo, tanto que su mamá habla de usted, con lo famoso que es, le cuento que lo vi en televisión pero no me imaginaba que fuera tan joven, todo con un sano desparpajo que Antonio celebraba en silencio y la esposa de Rafa aceptaba como si le estuviesen sacando ventaja en la carrera, ventaja que no iba a ser mucha porque se adelantó a decir que esperaba un hijo para diciembre, que lo habían pensado bastante, que los hijos llegan cuando Dios lo manda, comentario que no gustó mucho a Rafa, pues se olía la pugna con la novia de Antonio. En adelante, no se habló más que del viaje, de lo atarbanes que eran los tipos de la aduana, del control de inmigración, siempre tratando a la gente como si fueran maleantes, del verano europeo, del cambio de estaciones, de lo jodida que se estaba poniendo la vida en Colombia, de tráfico de coca y de las medidas del gobierno, de los sueldos por el suelo y de los oligarcas, comentarios que a Antonio producían un entusiasmo creciente, hablaba con la herida sangrante, un asalariado como él hacía milagros para alargar la cuerda de la plata, versiones que Claudio escuchaba con interés, ni más faltaba, a eso venía, a darse un baño de país, a ver cómo iban las cosas en la patria, mal, por supuesto, las ciudades empezaban a ser tomadas por fanfarrones de autos lujosos y exhibicionistas que parecían una joyería ambulante, temas que silenciaron a las mujeres, atentas al coloquio de los hombres, de eso no entendían ni papa, cosas de varones, se sinceraba la gordita que descargó elogios sobre el heroísmo de mamá. No ha dormido casi, dijo. No sabe la ilusión que le ha hecho su regreso.
       Hacia el mediodía, cuando ya el calor apretaba con una intensidad habitual en agosto —no había llovido en mucho tiempo, había que ver esas montañas peladas— mamá se sintió obligada a decir a Claudio que pusiera sus maletas en el cuarto, que quizá quería cambiarse, pero Claudio se había entusiasmado con la conversa y le metía duro al escocés a punto de acabarse, lo que no importaba, dijo, respondiendo a los temores de Antonio, les doy la plata y van y se levantan otra botella, prefería un Black Label. Algún vecino, haciéndose el despistado, se pasó por la casa, no podía contener la curiosidad de conocer al hermano que había visto durante una hora en televisión hablando de cosas tan raras. Antonio, muy comedido, le pidió que pasara, entre y le presento a mi hermano, este es Claudio, este es un compañero de trabajo, es el duro de las calderas en la fábrica, mucho gusto en conocerlo, sus hermanos me habían hablado mucho de usted, pase, hombre tómese un trago, iba diciendo Claudio y pidiendo que fueran a buscar la otra botella, ya había pasado el susto del viaje, ya se sentía en su casa, qué rico bajar de esos aparatos, Claudio intentando recuperar sus viejas palabras que a decir verdad sonaban muy raro, tenía un dejo de extranjero, comentaba Rafa, qué va a ser, mediaba mamá, yo lo veo igual, claro que tiene un poquito de acento, discutía la esposa de Rafa, y Claudio, en medio de la sala, decía que nunca había visto en la casa un ramo de rosas, que qué bonitas eran aunque fueran de papel, comentario que halagaba a mamá, reacia a aceptar la presencia de extraños en la casa, pues se había sumado la señora Betty con el pretexto de pedir un poco de sal, se le había acabado y ya habían cerrado la tienda. Era ya hora de almorzar y lo mejor sería preparar una fritanga, comprar tocino, carne, yuca y plátanos y hacer una comida informal, propuso la gordita con entusiasmo, déjeme doña yo se la preparo, a mí en fritanga nadie me gana. Era como si la parranda de la noche anterior continuara ese mediodía del sábado con la presencia de Claudio y la felicidad de mamá, sentada apenas en una silla del comedor, atenta al menor gesto pero en realidad preocupada por Claudio, seguramente pensaba que quería descansar, recostarse un rato, ni siquiera le dábamos tiempo de preguntárselo con tanta averiguación sobre el viaje, sobre España, sobre sus cuadros, comentarios sobre la apostura del rey Juan Carlos y la silenciosa discreción de la Reina, bromas sobre la muerte de Franco, se demoró demasiado en estirar la pata, comentó Antonio, antifranquista desde siempre, el cadáver no se dejaba morir fácilmente, añadió Claudio, el Marqués de Villaverde lo tenía conectado al cielo, frase que solo Antonio entendió. Conectado al infierno adonde se fue derecho, añadió.
       Eran casi las cuatro cuando se fueron los visitantes. Apenas quedamos los hermanos. Vino entonces la primera sorpresa para mamá: Claudio había reservado habitación en el Intercontinental, no quería incomodarnos. Además, era más práctico para sus citas con amigos, para dar vueltas por la ciudad que había abandonado hacía diez años y a la que regresaba solo de vez en cuando, por poco tiempo y sin mucho interés, si vengo aquí es porque están ustedes, decía, porque, de no, nadie se aguantaría este aburrimiento, ya casi no conozco a nadie, prefiero quedarme en Bogotá.
       Mamá no pudo insistir, decirle que ya le tenía preparado su cuarto y un juego de llaves. Fue Antonio el que se adelantó a decir que no era ninguna molestia, al contrario, estaríamos contentos si se quedaba. Pero Claudio repitió lo de la habitación reservada y, por primera vez en la mañana, la expresión de mamá se alteró con un asomo de tristeza. Se quedaría a comer con nosotros, dijo. Vendría a vernos cada día, preferiblemente en las mañanas. Pensaba hacer unos viajes por el Valle, ir tal vez a la costa, total, que un mes se convertiría en una semana. Mamá empezaba a derrumbarse.
       Lo que en verdad sucedió es difícil de explicar: en presencia de Claudio, mamá hubiese sido incapaz de descubrir la pena que le producían los planes de nuestro hermano. Había empezado a hundirse, silenciosamente, como si aceptarlo aumentara su pena. Estaba contenta, era cierto, pero sus expectativas no encajaban en la realidad. Perdió, en los días siguientes, después de la partida de Claudio, que en efecto hizo su fugaz visita diaria, todo el entusiasmo de antes, poco le importaron regalos, viejas deudas que Claudio saldaba al enterarse. Mamá se atrevió a decir, cuando fuimos a dejarlo al aeropuerto (se quedaría dos semanas más en Bogotá), que le daba la impresión de estar con un extraño.
       —Sí, aunque sea mi hijo, a veces me parece un extraño —nos confesó. Y no volvió a ocuparse del arreglo de la casa, aunque dejó la cama intacta y devolvió lo prestado, no volvió a poner cuidados en la sala. Las rosas de papel se empolvaron, los cristales de las ventanas fueron bañados por una gruesa capa de suciedad, los suelos, aunque fregados, no lucieron como antes. Se internaba en su cuarto, se diría que hacía las siestas más largas de su vida, pero advertirnos que no dormía, su vigilia de ojos abiertos era una especie de sonambulismo constante. Apenas hablaba, la sentimos irascible y a la vez apática. Pero, poco a poco, con los días, la rutina volvió a apoderarse de la casa. Claudio ya no estaba.




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