Pedro Gómez Valderrama
(Bucaramanga, Colombia, 1923 - Bogotá, Colombia, 1992)

Los papeles de la Academia Utópica
La procesion de los ardientes
(Bogotá: Miguel Arbeláez Sarmiento, 1973, 180 págs.)



I
BREVE INFORMACIÓN SOBRE LA CORPORACIÓN

      La academia utópica de Berlín ha desarrollado una labor meritoria en la investigación filosófica e histórica del tema de la Utopía. Ha producido, incluso, controversias considerables en el mundo intelectual, como por ejemplo la que se creó en torno a “La Ciudad de Dios” de San Agustín, y a su descalificación como utopía, por mayoría de votos y por razones raciales.
       La Academia tiene muchos aspectos de Club inglés, en cuanto a la vida de relación de sus socios. Es sabido que las Academias parecen ser la versión alemana del club inglés. Esta Academia tiene además aspectos especiales, como el de haber tomado como su modelo la organización dada a la Utopía por Sir Tomás Moro, y corresponder a su Presidente y miembros los títulos representados en la misma Utopía, como se verá de los papeles que se publican.
       En estos textos se observará la situación actual de la Academia, que contempla una honda división entre sus integrantes por razones de interpretación y ubicación de sus ideas. Es de notar que en el pasado razones similares le crearon graves conflictos. En la etapa del nazismo figuraban en ella varios notorios judíos, lo que condujo en 1937 a su clausura, la cual se prolongó hasta 1947, cuando reinició labores. Fueron víctimas de esa situación los académicos Benjamín Navarro, nacido en Salónica y David Behaim, judío alemán, quienes perecieron en campos de concentración. De algunos otros no pudo saberse más después de la guerra. Varios de ellos fueron miembros beligerantes del nazismo. Al reiniciarse la nueva vida de la Academia, se han continuado los trabajos que se habían iniciado, aprovechando el muy copioso archivo de la Institución, cuyo actual Presidente, Sir Reginal Hallaby, profesor retirado de Cambridge University, reside en Berlín dedicado a la investigación, a pesar de sus ochenta y nueve años. Hallaby ha vivido en Alemania gran parte de su vida. Se dice que sirvió de modelo para algún personaje de una obra de Christopher Isherwood, de quien es gran amigo.
       El más destacado trabajo de la Academia es sin duda el Diccionario Enciclopédico de la Utopía, cuyo plan se compone de más de 900 artículos, de los cuales hay ciento cuatro terminados, en borrador. Escogemos tres artículos para su publicación, advirtiendo que los hemos titulado de modo diferente. El que lleva el título Noticia de Utopía es el artículo UTOPÍA. El denominado Biografía y Muerte de Utopo corresponde a UTOPO (Rey de Utopía). Y el llamado Amor en Utopía corresponde a la explicación de la palabra AMOR. El articulo GEOGRAFÍA DE UTOPÍA, que había sido seleccionado, no obtuvo la autorización necesaria para su publicación, por contener material estratégico.
       Debemos señalar que los artículos que se presentan en este fascículo, como una simple muestra del trabajo que adelanta la Academia, son apenas borradores presentados a discusión por miembros de la Corporación, pero no han sido definitivamente adoptados. Por tratarse de proyectos, están redactados a veces en estilo polémico e incisivo, y dan cuenta de hechos discutibles, o de disensiones internas. Pero creemos que también es útil que tales problemas sean conocidos.
       Queremos, finalmente, mencionar que una tesis que está unificando progresivamente los bandos contrapuestos de académicos, es la del “poder utópico”. Según esta tesis, extraída de la confrontación histórica del impacto político de las utopías, tanto las ya creadas como las que sobrevendrán en el futuro tienen un poder incalculable sobre la mente de los hombres, todos los cuales tienen en sí alguna aspiración utópica. El dominio político perfecto se adquiriría cuando ese “poder utópico”, semejante al poder negro, al poder femenino, al poder estudiantil, al de la mayoría silenciosa, aspirantes todos al “poder del establecimiento”, logre despertar en las gentes la conciencia de esa aspiración privada y de la existencia de esa fuerza. El secreto de la unión en torno al poder utópicoutopic power, según lo denomina Sir Reginald Hallaby— está en que dentro de él el pasado y el futuro son equivalentes.


II
NOTICIA DE UTOPÍA

      De acuerdo con el propósito enunciado por Sir Tomás Moro, podríamos hablar de Noticias de Ninguna Parte, o Noticias del Mejor de los Sitios. Ambas acepciones son exactas y permisibles. La ambigüedad permite optar por cualquiera de ellas.
       El hecho cierto, es que la aparición de América, nebulosa en el horizonte, como una solución al enigma platónico de la Atlántida, revivió bruscamente y cambió de faz el otro enigma: El de Utopía, el extraño país sin geografía y sin historia aparentes, que, sin embargo, es el capítulo más vasto de la historia política de la humanidad, y sin cuya cartografía hay quien ha dicho que no es completo un mapa del mundo1. Utopía nace del reino de la paradoja, para cobrar su propia existencia como uno de esos personajes ingratos y demasiado vigorosos que se le escurren por entre los dedos al novelista.
       El que hubiese ido a vivir en Utopía llegará a la conclusión de que las creaciones de la mente del hombre son esencialmente aburridas, tediosas como manera de vida. Que al realizarlas el hombre parece seriamente preocupado por suprimir de la vida todo aquello que la hace amable y tentadora.
       La Utopía ejemplar, después de “La República” de Platón, es sin duda alguna la obra de Sir Tomás Moro. Es sabido que Vasco de Quiroga escribió al Gran Consejo de Indias pidiendo que para la reorganización de las Colonias de América se utilizara a Utopía como modelo. Lo cual sin duda tiene relación estrecha con el hecho de que Moro da como ubicación de Utopía la del punto extremo del último viaje de Américo Vespucio. No obstante, Moro dice, al referir su conversación con Rafael Hitlodeo y Pedro Egidio:
       “...se trata de que ni a nosotros se nos ocurrió preguntarle ni a él decirnos en qué parte de aquel mundo nuevo está situada Utopía. Dinero daría yo porque no se hubiese omitido este detalle, ya porque me avergüenza ignorar en qué mar se halla la isla acerca de la cual he de contar tantas cosas, ya porque hay entre nosotros dos personas, especialmente una de ellas, varón piadoso y teólogo de profesión, que arde en deseo de trasladarse a Utopía, no por el placer inane y curioso de conocer cosas nuevas, sino con el designio de fomentar y aumentar nuestra religión, allí felizmente iniciada. Y para hacerlo debidamente decidió procurar de antemano que el Papa le enviase allá, nombrándole Obispo de Utopía, sin que le cohibiese el escrúpulo (tratándose de un deseo nacido, no de vanidad ni motivos de lucro, sino de consideraciones de piedad), de que esta dignidad hubiese de ser solicitada por él”2.
       Esta afirmación es sospechosa, pues el relato de Vespucio, como más adelante se expone,3 da todas las pistas necesarias para localizar, si no el país, si un punto cercano a él, del cual puede partirse para una investigación. En todo caso, se sabe que Utopía queda localizada en el Nuevo Mundo.
       Hay algunos puntos de especial importancia que nunca han sido analizados en relación con Utopía. Uno de ellos, el de los antecedentes de Rafael Hitlodeo, el portugués compañero de Vespucio, a quien Moro tenía en un muy bajo concepto4. El otro, la historia de Utopo, el fundador, quien en el relato de Hitlodeo queda en la sombra. A algunos de ellos tal vez podamos contribuir en el presente estudio.
       Misteriosamente, en la mayoría de las ediciones se suprime un epígrafe inicial en verso, en el cual Moro traza, como antes decíamos el significado del nombre. Si es Eutopía, es el mejor lugar. Si es Outopía, es el lugar inexistente. Podría ser, pues, el sueño de perfección en tierra que no existe, o el enriquecimiento del mundo existente, su reconstrucción subjetiva. Uno o el otro tienen igual suerte de existencia.
       Vale la pena también pensar en la razón de que la mayoría de las concepciones utópicas tengan un carácter profundamente autoritario. Desde el protofascismo platónico, todas han sido escritas por gentes que deberían suponerse inclinadas a lo contrario. No obstante, el hombre ante el papel se vuelve soberano. De esto podría concluirse que la vida supera a la utopía, lo que implicaría la necesidad de ver esta última como una involución.
       Se ha dicho que el color y forma de las utopías son exactamente el reverso del tiempo durante el cual fueron escritas, ya sea el de las guerras del Peloponeso o el tránsito de la Edad Media al Renacimiento con los problemas personales de un rey. Sería más interesante que, con una utopía dada, sin dato de año, época ni país de escritura, se pudiesen establecer todos estos extremos, en una labor de deducción intelectual. Siempre me ha parecido tentadora la historia del cartógrafo que, en el siglo XII, muestra a un estudiante el mapa que prefigura la ciudad que existirá ochocientos años más tarde, cuando se relata el hecho.
       De las Utopías políticas se pasa a las Utopías literarias. Tampoco se ha estudiado suficientemente el reverso de ambas: El aspecto literario en las políticas, y la lección política de las literarias.
       Lewis Mumford5 describe así la utopía más elemental:
       “¿Qué hombre no ha tenido esta utopía desde el despertar de la adolescencia, el deseo de poseer y ser poseído por una hermosísima mujer? Quizá para la gran mayoría de hombres y mujeres esta pequeña utopía privada es la única por la cual ellos sienten un perpetuo y cálido interés; y en última instancia, cualquiera otra utopía debe ser traducible a ellos en análogos términos íntimos. Su conducta nos diría otro tanto si sus palabras no lo confesaran”. Y tiene otra anotación inquietante: “Es difícil concebir un orden social tan completo y satisfactorio que nos sustraiga a la necesidad de recurrir de tiempo en tiempo a un mundo imaginario en el cual nuestros sufrimientos podrían ser purgados o nuestras delicias enaltecidas”.
       Anatole France nos da un elemento interesante en relación con los utópicos: “Sin los utópicos de otros tiempos, los hombres aún vivirían en cuevas, miserables y desnudos. Fueron los utópicos quienes trazaron las líneas de la primera ciudad... De los sueños generosos surgen realidades benéficas. Utopía es el principio de todo progreso, y el ensayo de un futuro mejor”.
       El Marqués de Sade trazó en “Aline et Valcour” su propia utopía sexual, en este caso con localización geográfica. Otro tanto podría decirse del castillo de “Los 120 días de Sodoma”, en cuyo caso la utopía se limita por su duración en el tiempo. Toda su obra gira alrededor de la utopía del sexo como un anticipo de la única utopía del mal que no se ha terminado de figurar6.
       A este respecto existe el tratado “La Anti-Utopía”, publicado por el notorio filósofo y escritor alemán Conrado de Münster,7 infortunadamente olvidado, ya que con el Doctor Eugenio Dühren fue uno de los escasos analistas de Sade en el siglo XIX, discípulo de los hermanos Humboldt e ideólogo de movimientos que quedaron desenmarcados del socialismo utópico, y sin puesto propio en la filosofía política.
       Münster llega mucho más lejos que Sade en su proposición. Para él, la utopía del bien corrompe el esquema de los ideólogos, y devora cruelmente su pensamiento, hasta convertirse en la exasperación de la autoridad creada por cerebros que buscan libertad. Münster piensa que debe en todo caso propenderse por la creación de la Anti-Utopía, que es para él la utopía del mal, y cuyo resultado sería, de acuerdo con el invariable proceso de las utopías, la llegada al bien —la libertad— por la exasperación autoritaria de que hablábamos, y de consiguiente debe repetirse el proceso pero inversamente, para conseguir un resultado.
       La utopía máxima, la absoluta Anti-Utopía, sería para Münster la cárcel perfecta, situada en una isla, con guardianes eternos y en la cual se aplicarían eternas penas de reclusión, los días serían absolutamente iguales, los presidiarios repetirían los mismos actos todos los días, la comida sería siempre la misma, la evasión estaría excluida de toda posibilidad, y no habría tampoco lugar a la liberación por la muerte. Al mismo tiempo guardianes y convictos estarían esperando siempre un hecho que se escapara de la medrosa rutina, y esta espera se convertiría en parte esencial del rito. De allí surgirían para Münster la idea de la libertad, y el impulso del progreso.
       Como de todo lo anterior puede verse, el enfoque general del tema lo sitúa, no digamos en lo imaginario, pero sí en lo intelectual y esquemático. De lo cual hay que culpar, sin duda, a los libros en los cuales las exposiciones del asunto han tomado este rumbo. Si la Utopía en realidad es regreso —lo cual coincidiría con todos los utópicos para quienes el ideal vital es el del buen salvaje— debemos encontrarla, no en el futuro, como pretende Anatole France, sino en el pasado. Sería entonces la “dichosa edad y siglos dichosos” de Don Miguel de Cervantes. Pero no se ha rastreado la localización de Utopía a través del pasado. Aunque ahora, como en el caso de Sir Tomás, casi toda la utopía se encuentra atrás. Y por eso tal vez se ve hoy más clara su conexión con Robinson Crusoe, con el contrato social, con Chateaubriand y con los socialistas utópicos.
       Desde que se fundó nuestra Academia Utópica, se han realizado estudios brillantes y de gran interés, pero en verdad ninguno en relación con este punto de los buenos salvajes y utopía. Ciertamente, el buen salvaje está situado en una forma particular de utopía, la utopía individualista. Y todo tratadista de la historia o la filosofía utópicas tiene en algún punto de su pensamiento que hablar —y lo hace— del buen salvaje, del estado de naturaleza, de todo cuanto tienen de relacionado los dos problemas. En verdad, si los utopistas y sus historiadores no reconocen que forman una sola región con los buenos salvajes, se debe a estas diferencias políticas. Los buenos salvajes son los individualistas, los utópicos son socialistas escondidos8. Así lo fue Sir Tomás Moro, lo fue Bacon, lo fue Campanella. Lo fue, antes que todos, Platón. El cristianismo mezcla a veces las dos concepciones, pero se decide en definitiva por la utópico-socialista.


ADDENDA

      Nuestra Academia ha registrado grandes divisiones, especialmente desde el momento en que, por la aparición de los documentos utópicos, se vino a establecer que la obra de Francis Bacon9 no era ficticia, en cuanto sí se refería a un país existente en su época, posiblemente desaparecido después. Pero esas divisiones han sido fructuosas, por los estudios y comentarios a que han dado origen. Es de anotar, para las personas poco informadas, que nuestra Academia funciona de manera ampliamente ceñida a los moldes utópicos. Nuestro título, por ejemplo, no es el de Académicos, sino el de Filarcas. Nuestro Presidente tiene el título de Protofilarca, pero los más antiguos Académicos hablan del Traníboro, y se denominan a sí mismos Sifograntes.
       Y todos hemos logrado, a nuestra vez, darle realidad a la organización utópica, organizando también nuestra institución a imagen y semejanza de la Venerable República, sólo comparable en importancia histórica a la Serenísima República de Venecia.
       Quiero aclarar esta alusión. Entre los Filarcas se han formado dos bandos, uno partidario del pasado, otro del futuro. Los filarcas partidarios del pasado sostienen que la República de Venecia, dentro de su proceso histórico, fue una realización de la Utopía, y una inspiración de ella, tanto en su organización como en su poder. Quienes deseen referirse a esta tesis un tanto discutible, pueden consultar un ensayo de Juan Beneyto Pérez, denominado “Fortuna de Venecia”,10 en el cual se hace mérito de las opiniones de Polibio, Albergati, Bodino, Amelot de Houssaye, Antonio de Herrera. Creemos que el parentesco con la Utopía debe establecerse a través de Platón y Polibio.
       Los partidarios del futuro han ido derivando lentamente a una forma insólita de lo que hoy en día se llama la Ciencia-Ficción, o ficción científica, y cuentan entre sus inspiradores a Francis Bacon, Donatien Alphonse François de Sade, Julio Verne y Nikita Kruschev. Algunos connotados autores de ficción científica han sido invitados a formar parte de la Academia, sin haberse obtenido hasta ahora su aceptación. (Algunos aseveran que ello se debe a que consideran que las Academias no están dentro del esquema del futuro).
       Los partidarios del pasado, en vista de que no tienen ningún sostenedor vivo, han constituido un comité de patrocinadores muertos, que integran Tomás Moro, Platón, Campanella y Fourier. Pero no han podido aportar nuevos Filarcas.


III
BIOGRAFÍA Y MUERTE DE UTOPO

      Hay quienes creen, yo entre ellos, que la biografía de todo hombre debe comenzar con el relato de su muerte, que es el espejo de su vida. Y más aún en el caso de Utopo, en el cual todos los enigmas vitales se concentran en el enigma que formula su muerte.
       Los utópicos ya habían alcanzado una expresión moderadamente avanzada en el arte histriónico, que se encontraba entre ellos en un estadio semejante al del momento del nacimiento de la tragedia griega, aunque sin el vuelo y la grandeza de ésta. Dos o tres poetas importantes producían los textos de las piezas que se representaban, y que, curiosamente, en el rudimentario lenguaje utópico, tenían la denominación de antividas, tal vez porque en ellas, para ejemplarizar, se permitían todos los excesos y violencias que estaban proscritos de la vida real. La muerte del Rey Utopo, fundador de la República de Utopía, se encuentra altamente relacionada con el teatro o antivida del cual fue él intenso animador, consciente como era de la necesidad de drenar las pasiones humanas.
       Utopo concurrió, con la reina, al estreno de una nueva antivida del poeta Ascanio11 que trataba de las desventuras de un conductor político de los antiguos tiempos, con su país partido en una guerra civil, que al fin y al cabo logra dominar, sólo para que en el momento del triunfo, cuando asiste a una representación teatral, en la cual se trata igual tema, sea asesinado de un flechazo por uno de los actores, que a su vez debía representar otro asesinato. El caso es que Utopo, sentado en su palco, recibió el flechazo de la ficción, en plena realidad, y fue asesinado por uno de los actores, prefigurando además la muerte de Lincoln, e iniciando igualmente una cadena de espejos que por infinita debe estar aún desarrollándose, ya que en cada representación hay contenida otra en la cual, mientras en escena se mata a un líder político, se representa otra comedia en que hay otra muerte similar, hasta que probablemente la última sea de nuevo la muerte de Utopo. (Así le había sucedido a su antecesor Miceno, monarca y escritor, que tenía como especialidad el tema de la premonición o anticipación de las traiciones y escribió historias y poemas sobre él, y que anticipó la traición de su esposa con su mejor amigo, traición que debía matemáticamente concluir con su propio asesinato, el cual también previó pero no pudo evitar, dándose cuenta en ese momento de que el don de videncia y de premonición sirve para ver anticipadamente las cosas, pero sin poder cambiar el curso fatal de ellas).
       Había también entre los utópicos una tendencia herética, que pensaba que todos los hombres eran pedazos de un inmenso dios que había estallado en la colisión con un dios superior, y otros que pensaban que el primer hombre había sido un superdios en cuyo semen estaban encerrados todos los hombres por venir y por nacer, y la primera mujer la diosa en cuyo vientre estaban ya encerrados todos los partos de la especie humana. Cuando Utopo murió, estas herejías fueron revisadas y sus propagadores condenados a muerte, pues no era posible que Utopo, cuya esencia monárquica participaba de la divinidad, hubiera estado contenido con todo el género humano en el semen de un hombre que habría sido superior a él, por ese hecho.
       En todo caso, a la muerte de Utopo siguió un difícil periodo durante el cual se pensó que Utopía caería en la anarquía definitiva. Pero luego la misma fuerza del hombre, muerto en olor de divinidad, salvó a los utópicos y los hizo ceñirse fuertemente al sistema creado e implantado por el rey, y someter todos los problemas a una clara e inflexible interpretación utopista fuera de la cual no podía existir salvación.


* * *

      Utopo tiene en su vida glorias de rey griego. Tiene relámpagos del furor de los Atridas. Sus guerras de conquista guardan un lejano sabor de expediciones sobre Troya. Su muerte también, ya que el actor que disparó a su corazón la flecha envenenada lo hizo no solamente por pertenecer a una secta de conspiradores, sino por haber sido el secreto amante de la reina, que aparece también como una desorientada Clitemnestra. Las informaciones que los visitantes de Utopía pudieron recoger fueron lo suficientemente vagas como para hacer de él un personaje legendario. Hizo tres guerras: La de conquista, en la cual cortó el istmo que la unía al continente, y dos más, contra los nefelogetas y los alaopolistas, según informa el relato de Tomás Moro. Logró expulsar de la isla a los enemigos de la República, e implantarla en su totalidad. Utopo era curiosamente monógamo en medio de la poligamia general, y dícese que eso le costó su vida, aunque su poca fortuna con la reina valió para el implantamiento del original sistema sexual de la vida en la isla, mezcla del matrimonio personal de la vida moderna y de las formalidades solemnes de la vida medieval. Cítanse como ejemplos la costumbre de presentar antes de la ceremonia a los novios desnudos, uno frente a otro, al lado de la posibilidad de divorcio y los castigos por adulterio y por “perversidad insoportable”.
       Utopo era hombre con profundo sentido de la justicia, y ninguno de la benevolencia. Su reino fue fecundo en progreso, y a la vez en monotonía de la vida personal. Sus reglamentaciones llegaron a extremos de minuciosidad tales que como ocurre siempre en estos casos, originaron todo un sistema subterráneo de evasión, que de tiempo en tiempo era sancionado con ejecuciones masivas. Infortunadamente, es poco lo que se logra establecer de su carácter, aunque mucho dice de él la organización social que inventó.
       Dícese por los ancianos que era Utopo hombre de alta estatura, con rostro inexpresivo, como tallado a cuchillo, dotado de ojos penetrantes e inquisitivos. Había hecho un viaje largo y secreto a los países de Europa, en época anterior a su reinado. Hay disparidad en las informaciones. Sólo coinciden los historiadores en notar que sus ideas sobre el gobierno de Utopía nacieron de esa visita. El guardó su secreto, que sólo trascendió tiempo después, cuando empezaron a presentarse signos de la existencia de otro mundo. No se sabe qué países visitó, claramente con nombre supuesto, el cual era según unos Tomás Moro, según otros Francis Bacon, y aun según otros, Tomasso Campanella.
       Dentro de la Academia existen, sin embargo, sostenedores de una improbable y brillante tesis. Según ella, el verdadero Utopo fue el propio Américo Vespucio. Evidentemente, se sabe que él llegó a Utopía, según se desprende de la alarmante coincidencia entre sus relaciones de viajes y la afirmación transcrita por Moro en la Utopía, de acuerdo con la cual Hitlodeo hizo parte de aquella expedición, realizada en 1501. Posiblemente Hitlodeo tergiversó su narración, para desconocerle ese mérito. El hecho es que el hombre que habló por primera vez del “continente” americano, y por esa razón infirió su nombre a América, parece haber sido el mismo Utopo, creador del Estado de Utopía. Parece que el tiempo que demoró en tales situaciones no hubiera sido el suficiente. Sin embargo, la “Enciclopedia del Nuevo Mundo”12 de la cual apareció un primer volumen en 1801, y cuya edición fue dirigida por el Abate Florián, célebre cura juramentado por la Revolución Francesa, plantea una explicación que bien puede ser la real: Al llegar los hombres civilizados de la expedición a la isla de Utopía (cuya localización coincide deplorablemente con la de Santa Elena), volcaron de inmediato toda su cultura sobre un grupo humano que no tenía contacto alguno con el resto del mundo, cuyo primitivismo coincidía con una excepcional inteligencia que les daba una gran capacidad de asimilación. Y la circunstancia especialísima de que por su total distancia del resto de la humanidad estos hombres no tenían la noción del tiempo, hizo que al proyectar los exploradores esa noción, el choque mismo de elaborarla provocó una intensidad especial que ocasionó el fenómeno de que el tiempo en la isla de Utopía fuera mucho más rápido que el nuestro, y que en periodos muy breves se pudiera lograr vivir una larga historia que les proporcionara a los utópicos un puente para llegar al estado cultural de los invasores.
       Los viajes de Américo Vespucio son misteriosos: Humboldt13 opina que no hizo el viaje de 1497, en el cual habría ido, según unos, hasta la Columbia Británica, y según otros hasta la Bahía de Chesapeake. Uno de los itinerarios cruza el Pacífico, el otro el Atlántico. Son, pues, contrapuestos. En el viaje de 1501, en el cual tocó el Brasil, habría permanecido de mayo de 1501 a septiembre de 1502, tiempo suficiente para su empresa de fundación de acuerdo con la anterior teoría. Es de notar que Américo viajaba en nombre de Portugal, razón por la cual probablemente hubo de silenciar la tentativa de construir un reino propio.
       Algunos cabos sueltos no empalman: Por ejemplo, la muerte natural de Américo y su muerte como rey de Utopía. Podrían indagarse las explicaciones de esta contradicción. La misma diferencia de tiempo existente entre Utopía y el mundo puede proveerla, en el sentido de que el flechazo recibido en el teatro pudo producir una muerte dentro del tiempo de Utopía, lo que significaría que la flecha le regresó al tiempo del Viejo Mundo, destruyendo las conexiones entre ambas existencias.
       Naturalmente, podría establecerse lo mismo en relación con Moro, Campanella, Bacon, aunque de ninguno de ellos se tiene la evidencia de que hubiera estado en Utopía.


IV
AMOR EN UTOPÍA

1

      De toda la aparentemente fabulosa historia de Utopía, escrita por Tomás Moro como un ejemplo para las generaciones futuras, de toda su construcción intelectual renacentista que fue simiente de tantas y tan interesantes elucubraciones y creaciones, que han constituido en verdad un género que arranca desde los relatos de viajes y va a parar en concepciones políticas como la del Contrato Social, y aun en formulaciones sexuales como la del Marqués de Sade en “Aline et Valcour”, o de ficción científica, hay un solo interrogante que no se ha explorado hasta ahora, y es el humano. Tal vez porque en el afán de destacar y engrandecer el lado científico de la historia se la ha considerado solamente como un trabajo de invención en el cual la imaginación está apenas destinada a servir de soporte a una concepción o esquema filosófico, que no viene a tener otra realidad que aquella de la mente humana.
       Es peligroso aventurarse a tal género de abstracciones: Se recordará que el Canciller Moro, en su historia, presenta a Rafael Hitlodeo como uno de los veinticuatro hombres que al final del viaje de Américo Vespucio quedaron refugiados en una ciudadela, en el extremo del mundo a donde llegaron. El relato de Hitlodeo es el de las peripecias ocurridas después de que la expedición les dejó. Sólo que Moro recoge en su libro únicamente aquellas relacionadas con el aspecto exclusivamente intelectual de la aventura, dentro del cual se encuentran incluidas sus apreciaciones sobre la organización social y política de los utópicos, pero nada sobre su vida cotidiana, sobre su vida afectiva, sobre su idiosincracia.
       Recientemente se ha podido comprobar que ello no obedecía a que no existiesen documentos que permitiesen el establecimiento de datos precisos, sino que justamente la política y la filosofía tendieron durante estos siglos un velo impenetrable sobre facetas prominentes de Utopía, que permiten incluso señalar cuál fue la huella de América sobre el amor europeo, y cómo también en este punto, igual que en muchos más, fue recíproca la influencia, y al paso que en las Indias Occidentales la llegada del español entrenado en prácticas eróticas italianas dejó a los indios sin mujeres, en Europa produjo un cambio de la noción de la vida sexual, y de las relaciones entre el hombre y la mujer.
       Si Campanella en su “Ciudad del Sol” es bastante explícito sobre el comercio sexual, en cambio se recordará que Moro es muy sobrio, y solamente delinea de manera esquemática las dos sectas o partidos:
       “Existen en Utopía dos sectas: una es la de los célibes que se abstienen, no ya de todo trato con mujeres sino de las carnes de animales (algunos totalmente), y renunciando en absoluto como dañinos a los placeres de la vida presente, sólo aspiran con fatigas y sudores a los de la futura, viviendo satisfechos y alegres con la esperanza de alcanzarla en breve. La otra, no menos aficionada al trabajo, prefiere el matrimonio, y no desdeña sus atractivos, juzgando que por ley natural, tanto los que la siguen como sus hijos, se deben a la patria. Sus secuaces no huyen del placer, con tal de que éste no estorbe su trabajo, y comen carnes de animales, por creer que este alimento aumenta su resistencia para cualquier trabajo. Los utópicos consideran más sagaces a éstos y más santos a aquéllos...”14
       Los documentos existían. Y existen aún, guardados y reservados en los archivos de grandes bibliotecas. No obstante, vinieron a conocerse varios de ellos, por la infidencia de un empleado que los copió y ha empezado a venderlos a partir del momento en que fue sancionado, al descubrirse su actitud. Tales documentos contribuyen a pintar al pueblo de Utopía, incontaminado de Europa, como un pueblo semejante al de cualquier parte del mundo, lo que lleva a la conclusión de que en todas partes es la misma la naturaleza humana.
       En algunos de los papeles se describen vicios de la organización política. En otros se critican las idolatrías de los Utópicos. En algunos se vitupera la tiránica organización social, y en muchos casos queda el amargo sabor de una tremenda falta de libertad, que si bien se desprende sutilmente del libro de Moro, aquí ya aparece con perfiles considerables.
       Cuando se haga la edición completa de estos papeles, se producirán dos resultados: El primero de ellos, el de comprobar que lo que hizo Moro no fue crear de su imaginación la República de Utopía, sino relatar fielmente lo que uno de los hombres de Vespucio que allí estuvo le había referido, y sacar de ello agudas conclusiones, censurando, sí, todas las manifestaciones de la vida común que pudiesen dar lugar a controversia o a demostraciones sobre la bondad de cosas que él hallaba censurables. Estos papeles le darán verdad muy mayor a la existencia de la República. Y el segundo efecto será el de demostrar que no todo en Utopía es ejemplar, como creación humana que es, y hecha para que en ella vivan seres humanos.
       La tercera incógnita surge de las anteriores: ¿Cómo terminó Utopía? Porque hallando probado de estos documentos que Utopía sí existió, es necesario pensar que, puesto que así es, desapareció, por cuanto si bien es conocida en toda la tierra no existe en ninguna parte, a pesar de las múltiples referencias de autores posteriores a Moro. Lo interesante es que en todos ellos falta totalmente información sobre el lugar, sobre si la República existe todavía, o sobre cómo terminó su existencia.
       No obstante, entre los poquísimos estudiosos existen tres hipótesis:
       1)  La hipótesis inglesa; encabezada por Sir Thomas H. Clarke, la cual fue en alguna oportunidad endosada por el recientemente muerto Lord Bertrand Russell. Según ella, la isla volcánica desapareció de la superficie de los mares en un cataclismo local, posiblemente por la erupción súbita de un volcán durante largo tiempo inactivo, y de cuya existencia nada sabían los utópicos, que no conocían los volcanes, o en un tiempo los habían considerado como meros adornos o flores descomunales de la tierra que contenían primaveras acumuladas.
       2)  Los franceses sostienen que los Utópicos fueron masacrados y sus cuerpos arrojados al mar por los Zapoletas, que eran, como se recordará, los mercenarios que contrataban para formar sus ejércitos. De esta tesis se deduciría que el pueblo y el gobierno perfectos no deben hacer la guerra, la cual encierra peligros en sí misma y en sus secuelas. La isla de los utópicos habría sido poblada por otras tribus, y quedaría entre las islas de Polinesia, o tal vez podría ser, eventualmente, la Isla de Pascua.
       3)  La tesis norteamericana es la de la Integración, según la cual los utópicos se vieron invadidos primero por los hombres solteros de Américo Vespucio, luego por zapoletas y por otras tribus polinesias, que fueron borrando las características especiales de este pueblo memorable y lo asimilaron a sus culturas inferiores. De donde también algunos deducen los peligros ya tan conocidos de la integración.
       Hay un punto sobre el cual posiblemente la oscuridad es mayor que sobre todos los otros: Es el de la situación geográfica de la Isla. Como Hitlodeo no dejó obra propia, y sólo conocemos sus observaciones a través del relato de Moro (nadie ha pensado en la semejanza con el caso Sócrates-Platón), y posiblemente de algunos otros rastros menos confesados, no se tiene manera de establecer una ubicación aproximada. De donde resulta que las conjeturas son vastísimas, y se extienden a los puntos más extraños del globo. Hay quienes la ven cercana a Cipango, a Cuba (no hay ninguna referencia a las posibilidades de Haití), a Santa Elena, a Pascua. No sé si ello se deba a la referencia fugaz de Moro a “los Escilas, los rapaces Celenos, los Lestigrones devoradores de pueblos”.
       Otros la ven como una isla hoy desaparecida del Amazonas. En todo caso, el más posible punto de referencia sería el mismo libro de viaje de Américo Vespucio,15. que contiene datos que no he visto en ninguna edición de “Utopía”, posiblemente porque la comprobación carecería de interés, y podría también el hecho de que se trata quedar comprendido en las imaginaciones básicas del autor.
       Dice así Moro en “Utopía”:
       “...dejó (Hitlodeo) a sus hermanos el patrimonio que tenía en su patria, Portugal, y en su deseo de conocer nuevas tierras juntóse a Américo Vespucio, del que fue compañero inseparable en los tres últimos de los cuatro viajes que andan en manos de todos; mas no regresó con él en el postrero sin que solicitó y obtuvo de Américo, casi por la fuerza, ser uno de los veinticuatro que se quedaron en una ciudadela situada en los confines alcanzados en dicho viaje... Habiendo recorrido, después de la marcha de Vespucio, muchas regiones, con cinco compañeros de fortín, vino a parar, con admirable suerte, a Taprobana y desde aquí a Calicut, donde encontró, muy a punto, unos barcos portugueses que lo condujeron a su patria, cuando ya no lo esperaba”.16
       Sigue luego el relato de las andanzas posteriores al zarpe de Vespucio. A su vez, éste, en los “Viajes”, dice, al relatar el último: “...pasado este tiempo, y viendo que nadie aparecía, acordamos mi conserva y yo caminar adelante siguiendo la costa, y habiendo navegado 260 leguas llegamos a otro puerto, en el que determinamos construir un castillo, como en efecto lo edificamos, dejando en él veinticuatro cristianos que venían con nosotros recogidos de la nave perdida del Almirante... determinamos volver a Portugal, lo que nos era preciso hacer por griego y tramontana (rumbo N y NE). Dejamos, pues, en el referido castillo los 24 cristianos y 12 piezas de artillería, con otras muchas armas y provisión bastante para seis meses. Quedaron asimismo apaciguados los naturales de aquella tierra. Hállase esta tierra 18 grados fuera de la línea equinoccial a la parte del austro, y 35 grados del meridiano de Lisboa a la parte del Occidente, según lo mostraban nuestros instrumentos”.17


2
EL DOCUMENTO EN MARTÍN DE CASTRO

      Uno de los compañeros de Hitlodeo que dejó un documento de interés, el cual muestra una fase completamente distinta de ese extraño pueblo, es el soldado Martín de Castro, también portugués, quien vivió un largo tiempo en Utopía. Es, sin duda, el documento más personal de los que se conocen. De Castro, antes de embarcarse con Vespucio, había vivido en Venecia, donde había guerreado entre los mercenarios del Dux Barbarigo. No he querido suprimir nada de su extraño relato. Ni es posible agregar ninguna información en cuanto a su destino final, a las que el manuscrito provee. Se conocen sus antecedentes, y se sabe cuál fue su recorrido hasta Utopía. Parece que fue hombre valeroso, un tanto poeta, de varia fortuna que lo llevó a embarcarse con Vespucio, y a quedarse luego entre los veinticuatro.
       Este es el texto del documento:
       “Por las extrañas viceversas de la suerte, después de largas guerras en Italia, después de servirle a la República de Venecia, he venido a dar con mis huesos en esta República Utópica, en la cual las intrigas, las traiciones y la muerte vienen tan a menudo y con tanta o tan poca razón como en la República Veneciana.
       “Durante mi extenso tiempo de vida en Amauroto se me permitió trabajar y guerrear, se me dio ocupación, y a decir verdad he logrado subsistir y gozar de alguna consideración, a base de saber un tanto el arte de la guerra y conocer de bellas letras, lo cual me permitió crearme una posición respetable, y a pesar de mi calidad de extranjero ser bien mirado por las gentes con quienes he convivido.
       “Fui inicialmente alojado en casa de un Filarca. En la monótona Amauroto, tal vez el sitio menos incoloro era el de aquella casa, que se situaba en la margen del Río Anidro, en el punto donde empieza a cortar la ciudad. Cuando fuimos acogidos en ésta, con la sola exigencia de que nos acomodáramos al sistema de trabajo, empecé a trabajar, no como podría esperarse inicialmente, en tareas bélicas, sino en las faenas de las lecturas públicas que antes de amanecer deben recibir quienes están dedicados al estudio de las letras.
       “Era verano, el alba llegaba tempranamente. Recuerdo un amanecer maravilloso, en el cual se cambió totalmente mi vida en Utopía. Yo estaba desesperado, había ya iniciado gestiones para que se me permitiera partir del país, a irme a la aventura, para tratar de llegar a tierra conocida. Aquella mañana en la plaza —una plaza como la de San Marcos, de la Ciudad de Venecia—, apenas se abría la luz. Del bosque lejano alcanzaba a llegar el aroma de hierba macerada que despide el amanecer. Las luces de la ciudad iban palideciendo con lividez de convalecientes. De pronto caía una chispa de oro —el primer sol— en los tonos violetas y verdosos del comienzo de la mañana.
       “Yo daba mi clase pública, hablaba de poesía, hablaba de Grecia, hablaba del esplendor de las mañanas de Atenas, de cómo en la tarde Píndaro la veía coronada de violetas. Hablaba del mar de vino que vio Homero en la Odisea. Hablaba del mundo, y tal vez con la nostalgia de tierras remotas mi voz tenía algo distinto, que podía despertar una resonancia en otros corazones.
       “Allí estaba Teresa. Ese fue el nombre con que la llamé desde el primer día, pensando que era el que mejor traducía el que ella llevaba en el elemental lenguaje utópico. Después de la lección, se acercó a mí, y empezamos a hablar. El día había despuntado totalmente, era ya la hora del trabajo, que para los dos nos llegó. Nos expusimos a todas las sanciones que para esos casos tiene una sociedad bien organizada, pero fue para nosotros sobremanera hermoso tener aquella mañana cristalina, en las riberas del Anidro, a la entrada misma de la ciudad amurallada.
       “Aquella fue la época radiante, la época adorable de mi vida en Utopía, en la cual, en los breves momentos que la regulación de la ley nos dejaba libres, lográbamos ser el uno para el otro, gozar de nuestra pequeña libertad en los bosques, en los parques, en las bibliotecas, en todos los sitios donde lográbamos encontrarnos.
       “Teresa tiene algo maravilloso, que generalmente no sucede en nuestro mundo, y es que su rostro hermoso es el reflejo exacto de su alma. Como lo son su voz tranquila y grave, sus ojos cambiantes como el agua del Anidro, verdes y dorados, y verdes.
       “Desde aquel primer día la amé con un amor profundo, casi desesperado, un amor que no permitía otra cosa que pensar en ella, estar pendiente de su ser, buscar todos los momentos para estar a su lado, y permanentemente alimentar la obsesión de llevarla de regreso a mi país, al otro lado del mundo.
       “Las leyes de Utopía en esta materia eran arcaicas. Como su situación en la parte no conocida del mundo hacía que los visitantes fuesen escasos, la ley utópica prohibía los matrimonios con extranjeros. Y prohibía a las mujeres de Utopía abandonar el país, bajo pena de muerte. Por otra parte, las numerosas regulaciones, el tiempo distribuido para gastarlo colectivamente, la imposibilidad de utilizarlo de otro modo, debido a la misma organización social, dificultaban la posibilidad de estar juntos. Teresa era mirada con cierto recelo por las gentes amigas que la veían continuamente frente a un extranjero, casi un esclavo, individuo con estigmas, que no se sabía de donde procedía ni a dónde iría en el futuro. Los padres de Teresa sufrían con esta situación, su sufrimiento se proyectaba sobre ella y el de ella sobre mí, haciéndonos oscuros y dolorosos los días más radiantes. Pero aun con la angustia permanente del momento que lográbamos hurtar para estar juntos, reviviría uno a uno esos días.
       “Las inquietudes se agolpaban sobre nosotros como nubes crueles. Seguíamos contemplando el proyecto de huir como única manera de salvar nuestra vida, de realizar nuestro amor. En un país aparentemente sin violencia, lleno de plácidas regulaciones para la eugenesia y para el buen mantenimiento de la vida, sin embargo nosotros nos encontrábamos coartados, sitiados, sin poder casarnos, sin lograr la prolongación de nuestro amor en los hijos que queríamos tener, en la vida en común que queríamos llevar.
       “La situación era para Teresa cada vez más hostil y difícil. Su actitud podía poner en peligro como personas desafectas a la República, a sus padres. En verdad, la vida en Utopía era apacible porque antes de llegar nosotros no habían conocido nada parecido al disentimiento. Y creo que justamente con mi amor por Teresa, yo había creado ese disentimiento, esa existencia de partidos sordos —que antes eran solamente los célibes y los casados— pero que ahora yo dividía, porque al no permitirme las leyes de la Isla casarme con Teresa, me encontraba sin embargo en un partido adverso al de los célibes.
       “Nuestras horas de amor eran cada vez más difíciles, teníamos que sacrificar el sueño para estar juntos. Teresa seguía estudiando, seguía asistiendo a las lecturas públicas, que yo continuaba a pesar de todo dictando. A veces, el rincón de la plaza donde las gentes se reunían me parecía semejante a la Universidad de Padua, o a la de Bolonia, con sus estudiantes trajeados de manera extraña, en un rincón perdido del mar. De allí salíamos, nos escapábamos unos minutos, que cada vez eran más angustiosamente cortos. Yo poco a poco me sentía morir, porque en medio de mi enajenación amorosa tenía cabal conciencia de que Teresa era para mí absolutamente necesaria.
       “Por una desusada suerte, una mañana en que erraba yo solo por las orillas del Anidro, vi un pequeño esquife, aparentemente sin dueño, sobre la playa. Después de cerciorarme de que nadie me vería, logré deslizarlo en medio de unos arbustos, donde quedó oculto. Quedaba el problema de dotarlo de agua y de provisiones para tres o cuatro días, que en una embarcación tan frágil era el tiempo mínimo de la huida. Pero confiaba en conseguirlo con la ayuda de Teresa.
       “En el día logré arreglar la situación. Todo quedó listo en medio del boscaje, para el viaje hacia el mar, y hacia la civilización decadente de nuestra vida futura. Mi conversación con Teresa fue tensa. Ella, con alma dividida entre el cariño a los suyos, a quienes dejaría, y su país que abandonaría, y de otro lado llamada por su amor hacia mí, tuvo unos dramáticos momentos de indecisión, en que mi vida dependió del hilo más frágil, hasta que levantando sus ojos verdes y tranquilos, me miró y me dijo que partiría conmigo, y quedamos de encontrarnos hacia la media noche...”
       El manuscrito de Martín de Castro, el Portugués, llega hasta aquí. De mano desconocida, hay una adición, que dice:
       “Este manuscrito curioso, que se deposita en la biblioteca de la Universidad, fue encontrado en los bolsillos de un extraño individuo, llamado Martín, que viene nadie sabe de dónde, y a quien se ve recorriendo los Colegios de la Universidad. Duerme en algún sitio de Oxford, no se conoce dónde, inviernos y veranos. Y se desliza en horas extrañas, entre las capillas y colegios, y de vez en cuando finge escuchar a la puerta de las aulas. Algunos le han oído decir: “Es Teresa, que dicta su clase...” Otros dicen que ha dicho: “Teresa me escucha, yo he tenido más alumnos que los Dons de la Universidad de Oxford...” Por tratarse de un hombre manso, la gente lo tolera, e incluso le ayuda. Dicen que se queda extasiado, hablando a solas, al mirar los amaneceres de verano, y alguien cuenta que lo vio trepar una madrugada a lo más alto de la capilla de Corpus Christi... El no establece claramente en qué sitio se encuentra. Habla de la Universidad de Oxford como si fuese un sitio remoto, y no el sitio en que vive... Y de sus conversaciones entrecortadas, parece que tuviera la sensación de que vive en la República de Utopía, del hereje Tomás Moro, y no en la Universidad...”


(1970)

Notas

      1. Lewis Mumford The Story of Utopias.
       2. Epístola inicial de Tomás Moro a Pedro Egidio. Utopía. (En Utopías del Renacimiento, Fondo de Cultura Económica, México 1956, página 3). El patriarca Atanasio de Salento, a quien Moro se refiere sin nombrarlo en este pasaje, fue designado por el Papa reinante León X (1513-1521), Obispo de Utopía. Su presencia en la República desencadenó una feroz guerra religiosa, que concluyó con su ejecución, junto con la de veintidós sacerdotes que lo acompañaban. Fueron transportados por el barco “Atlantis”, que naufragó al regreso, frente a Río de Janeiro. Sobre su valerosa misión en Utopía, existe un documentado libro, escrito por Raphael Nonsens, que lleva el misterioso título de Cruces sobre el Mar (Crosses over the Sea), publicado en 1877 en Londres (Oxford U. P.).
       3. V. articulo Amor en Utopía.
       4.Otro hecho sospechoso, y que corrobora la afirmación sobre la animadversión de Moro por Hitlodeo, y que anota Jean Servier en su Historia de Utopía (Monte Ávila 1969), página 92, es la formación del nombre de Hitlodeo por dos raíces griegas cuyo conjunto significa “profesor de tonterías”. Servier aporta la interesante conjetura de que el encuentro de Moro e Hitlodeo “tuvo lugar probablemente en 1515, cuando Tomás Moro fue enviado a Amberes a negociar la reapertura de los intercambios comerciales entre Inglaterra y los países Bajos”.
       5. Mumford. The Story of Utopias. The Viking Press, New York. 1963. Páginas 18 y 19.
       6. Sobre Aline et Valcour véase Sade Utopiste Sexualité, pouvoir et Etat, de Pierre Favre. Presses Universitaires de France, París 1967. Puede establecerse en esta obra, entre otros aspectos, la influencia negativa del “Buen Salvaje”.
       7. Conrado de Münster La Anti-Utopía, Zurich, 1850, Editorial Helvetia. Existen traducciones al francés, español y japonés.
       8. Esta opinión sobre los grandes utopistas parece contradictoria con la del comienzo del artículo, en la cual los señala como autoritarios y aun “protofascistas”. Sospecho que esta confusión obedece a que el académico o filarca que lo redactó pertenece a la tendencia liberal clásica. Y que puede ser, sin estar probado, el Protofilarca Presidente de la Academia, Sir Reginald Hallaby.
       9. La Nueva Atlántida, 1622. Figura en la tercera parte de la Gran Fundación Fenomena Universi, entre la Historia de los Vientos y la Historia de la Vida y de la Muerte. Servier anota que tal vez es la primera obra de ciencia-ficción dentro de su racionalismo.
       10. Editorial Revista de Occidente, Madrid 1947.
       11. Sin ningún apoyo preciso en la filología, parece posible afirmar que el nombre Ascanio es una corrupción occidental del nombre judío Ashkenazi.
       12. Abbé Florian, Encyclopédie du Nouveau Monde, Vol. 10. Tours, 1801.
       13. Alejandro de Humboldt. Examen Critique de l'Histoire et de la Geographie du Nouveau Continent. (1837) Vol. IV.
       14. La Utopía de Tomás Moro, en Utopías del Renacimiento. Pág. 93. Traducción de Agustín Millares Cario. Fondo de Cultura Económica, México 1956. (2a. edición).
       15. M. Fernández de Navarrete, Viajes de Américo Vespucio. Edición anotada. Madrid, Espasa Calpe, 1941.
       16. O. C. Páginas 8 y 9.
       17.Viajes, páginas 131-133. Fernández de Navarrete comenta sobre la situación del lugar: “Este puerto, según la latitud de 18°S, donde construyeron el castillo debe ser el río de Carabelas, que está al O. de los Abrojos; pero reducida la distancia que navegaron desde Bahía hasta dicho punto, resulta su situación por las costas inmediatas al Janeiro, muy cerca del Trópico de Capricornio...”



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