Pedro Gómez Valderrama
(Bucaramanga, Colombia, 1923 - Bogotá, Colombia, 1992)

El ala izquierda del águila
La procesion de los ardientes
(Bogotá: Miguel Arbeláez Sarmiento, 1973, 180 págs.)



      El siguiente texto tiene valor simplemente por un notable adjetivo. Tal vez es un texto excesivamente emocional; hay quienes dudan de su verdad histórica, aunque siempre ha tenido importancia la verdad histórica de los ayudas de cámara. El adjetivo en cuestión es contrapuesto y enemigo de la gloria del Emperador. Sospecho, sin embargo, que los adjetivos inexactos adquieren en su momento toda su justicia, y que éste puede ser uno de ellos. En general, no puede atribuirse tanto mérito a un adjetivo, ni su dominio puede ser tan grande sobre la historia. Pero hay ocasiones en que por circunstancias de las quiebras de la vida las palabras se convierten ya sea en condicionantes, ya en humanizantes.
       Puede en contra argüirse que el texto es desvaído, contradictorio, apenas un borrador de los destinos humanos que se consagraron en Santa Elena. Sin embargo, ello mismo nos abre las posibilidades óptimas para juzgar hasta qué punto en una vida los elementos despreciados son causantes de equívocas mutaciones del destino.
       No fue el amor a que se refiere esta acta de separación —si así podemos llamar todo lo que se limita en estas páginas, y sobre todo, aquello que dejan sin decir— uno de los menores del protagonista de la historia. Pienso, al contrario, que fue determinante en grado mayor, no de los hechos de una vida, sino del duelo mismo que la consumió. El autor no es considerable; es éste el único texto que de su vida militar ha pasado a la historia. Pero ese mismo hecho lo independiza de una serie de tics históricos subalternos de los cuales adolecen los relatos de quienes por tener un gran papel en la fabricación de los hechos no tienen la capacidad de contar de ellos sino su propio costado. Se trata del Teniente Hervé de la Gorce, oficial que empezaba su carrera en el ejército napoleónico cuando acaecieron los Cien Días, y ya una de las alas del águila —la izquierda— se inclinaba peligrosamente. Por cierto que en uno de sus escritos habla de poseer un tintero cincelado por el gran orfebre Pinédo, en el cual, como en el momento de los Cien Días, el ala izquierda del águila rasa el suelo imperial. Pero debemos pasar al texto, con su imponderable adjetivación. (Está fechado en 1820, y cabe señalar que todo él se basa en referencias de tercera persona, ya que cuando el autor vio al Emperador su visita estuvo interferida por una respetuosa incapacidad para hablar).
       No obstante, su minuciosa relación de los amores del Emperador con la Condesa Walewska tiene el mérito de recoger en ella todos los chismes, todas las intrigas de la Corte. Todo ello, desde la Condesa disfrazada de aldeana que salió a recoger la estela del carro imperial, a los bailes de la Corte, a la presión política que presidió la entrega de María. Nadie ha dudado nunca del amor sin sombra de esa mujer adorable, la más adorable que el Emperador conoció, cuya gracia y cuyo amor sobrepasaban mil veces a la transitada Josefina, o a la borrosa María Luisa.
       La tesis que ingenua y verazmente sostiene De la Gorce, establece que el destino de Napoleón se habría modificado sustancialmente en el caso de que su relación con la Condesa Walewska hubiese sido más permanente, que no más profunda, porque nuestro oficial no duda en ningún caso del amor del Emperador por María, y al efecto rememora no solamente la campaña de Polonia, el regreso de la derrota de Rusia en 1812, sino los momentos más decisivos de la vida napoleónica, como fueron, primeramente, la isla de Elba, cuando comienza a ponerse el sol de Austerlitz, y María, la esposa separada, llega en las sombras de la noche, como Reina de Elba. Pero la Corte minúscula llena de secreto su viaje, porque aún ingenuamente se espera la llegada de la Emperatriz María Luisa, que ya ha vendido a su Emperador por un granadero de la Corte de Austria. Con razón el Emperador consideraba a las princesas como mercancías políticas que no debían amar o ser amadas.
       Luego viene el momento en que se queman las alas del águila, en que el Imperio ya crujiente se parte en las manos inglesas. María viene de nuevo a los jardines florecidos de la Malmaison. Viene acompañada de Alejandro, el hijo de los dos. La historia común dice que ella propuso al Emperador seguirle al exilio, y que él le prometió llamarla si lo permitían los acontecimientos. La explicación que se da, es la de que el Emperador debía seguir fabricando su propia leyenda de martirio, contra lo cual el porvenir burgués de vivir con una amante tenía una inevitable fuerza destructora.
       Pero De la Gorce no piensa así, como podrá verse del texto. Para él, María habría sido la honorable Emperatriz de Santa Elena, si lo hubiera querido. Cita fuentes desconocidas para demostrar que quien no quiso viajar, para así mantener la leyenda del martirio, fue María, desgarrada y dolorosa, pero consciente de la necesidad de que el mundo viera a Napoleón morir como mártir, abandonado y heroico en la isla que era como el esquema de su muerte. María, que lo amó hasta más allá de su gloria. Napoleón le imploró, hasta que al amanecer, vencido, la dejó ir, después de tenerla por última vez entre sus brazos, cuando ya las garras de la Santa Alianza pisaban a París. Según sus desconocidas fuentes, María estuvo meses al borde de la muerte, muerte de amor y de pesar de su inmenso sacrificio, mientras el Emperador se consumía en su propia llama.
       Como va a verse, el texto tiene una muy curiosa redacción, y como antes decía, una adjetivación increíble. Aunque, como se dice, es menester pensar que a lo mejor la falta de retórica es en realidad una retórica diferente.
       En todo caso, no puedo dejar de prevenir al lector, antes de iniciar la transcripción del manuscrito, contra la más absurda e ingenua de las hipótesis, hija de la caliente imaginación de la época, y según la cual la Walewska visitó dos años después al Emperador, en Santa Elena, según De la Gorce supone, disfrazada, no se sabe si de grumete o de esposa de algún capitán de barco mercante. Esta hipótesis, a mi modo de ver, tiene tan escaso fundamento que parece que no vale la pena ni siquiera analizarla. La constante María no volvió, seguramente a verlo. Lo que ocurre es que a veces los románticos como De la Gorce no se resignan, e intentan destruir lo que más aman. En verdad, María fue sabia al preservar la leyenda del águila cautiva. Y en el caso, improbable o incomprobable, de que María hubiese visitado a Napoleón en Santa Elena, es más conveniente para la gloria histórica que el hecho quede oculto en la parte velada del romance ilustre, como De la Gorce lo califica dentro de su epónima adjetivación.
       Después de este vasto y fatigante exordio, procedo a transcribir esta muestra de estilo de la época. Dice así:
       “Cuando pienso en el pobre Emperador...”
       (Las páginas siguientes del manuscrito continúan extraviadas).


(1970)


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