Pedro Gómez Valderrama
(Bucaramanga, Colombia, 1923 - Bogotá, Colombia, 1992)

Historia de un deseo
El Retablo de Maese Pedro
(Bogotá: Editorial Iqueima, 1967)



Fragmento de la memoria de un enviado francés en Florencia, rendida en octubre de mil quinientos treinta y dos.

      Por aquellos días, Fra Filippo Lippi encontrábase aún en Florencia. La ciudad fue, en verdad, sorprendida por la moderación y recato absolutos de su vida. Su mismo protector, el magnánimo Carlos de Médicis, le llamó un día al Palacio, en el convencimiento de que el pintor hallábase tramando alguna extraña cosa. Quedó, sin embargo, sorprendido al saber que simplemente se encontraba dedicado —y esto en el propio Palacio— a pintar un cuadro sobre el cual la ciudad hacía toda clase de conjeturas. Decían las malas lenguas que era tal el temperamento amoroso del pintor, que al hallar atractiva a una mujer y no poder obtenerla para sí, dedicábase por entero a pintarla, y, el cuadro acabado, sus ardores quedaban satisfechos. Razón esta por la cual todos buscaban saber, por el cuadro que pintaba, el anuncio del nuevo escándalo del pintor. Desde los puentes del Arno hasta el Palazzo della Signoría, corrían los más variados rumores, mientras Filippo trabajaba imperturbablemente. Hasta que un día se conoció por fin la historia.
       Me limito en este informe, escrito por orden de Su Majestad, a relatar cuantos hechos pude establecer durante mi estadía en Florencia; para lo cual tuve alguna dificultad, habida cuenta que han transcurrido cerca de setenta años de entonces; sin embargo, valióme en gran manera el apoyo de grandes señores y artistas. Hay un hecho evidente sobre el cuadro, y es el de que Fra Filippo lo pintó por amor. Pero la historia misma de los sucesos es variada según uno u otro la refiera. Hubo un momento en que me incliné a pensar que todas las versiones eran verdaderas, refiriéndose a sucesos diferentes, siendo ahora mi pensamiento el de que en todas y cada una de las historias se encuentra alguna cosa cierta, y que todas ellas se refieren al mismo cuadro. Las cuales historias, si no sirviesen para cosa distinta, al menos serían útiles para convencernos de que en realidad no era tan desusado el hecho de que Fra Filippo satisficiese su amor pintando a su deseada. Que esto, en verdad, lo hacen todos los artistas desde Dante Alighieri. Pero, sin dar pábulo a más meditaciones, debo pasar a ordenar, en esta breve memoria, los hechos que descubrí, los cuales, a no dudarlo, han de servir a generaciones futuras para el estudio del “quattrocento”.
       Todos coinciden en contar que, al ser el cuadro terminado, muchas gentes pudieron verlo en uno de los salones del Palacio de los Médicis. El cuadro era la representación de una mujer que miraba hacia el horizonte. Algún poeta, que después murió loco, dijo que el cuadro era el retrato de una mujer al borde del abismo. No se sabe por qué, decía que a pesar de no aparecer representado en el cuadro ningún abismo, el paisaje que entraba a los ojos daba la sensación del abismo bajo los pies. En todo caso, al aparecer el retrato, la curiosidad de la gente vióse satisfecha: Era la imagen de Monna Francesca, la esposa del Signore Cossimo, secretario que fue por breve tiempo de Carlos de Médicis.
       Crecieron entonces los rumores y las discusiones. Naturalmente hubo pareceres encontrados al apreciar el cuadro. Unos pensaron que era un cuadro mediocre, que desdecía de la fama de Fra Filippo. Pero otros elogiaban la obra, opinando que en ella había dejado impreso todo su talento. Y, como consecuencia, ya que el pintor mantúvose callado, vinieron las diferentes versiones sobre el cuadro, las cuales llegaron al escándalo, justamente en la época en que Fra Filippo resolvió partir hacia Prato, para pintar los frescos de la catedral. Los que despreciaban la obra, decían que el motivo del fracaso de ésta era el que Fra Filippo no hubiera comenzado a pintarla por amor, sino por comisión del Signore Cossimo. Al enamorarse luego, había sido demasiado tarde para satisfacer y poner su amor en la pintura, que en realidad no venía a ser cosa distinta de una obra hecha para ganar dinero.
       Sin embargo, he encontrado unos apuntes de gran interés, y cuya verdad será difícilmente desmentida. Reservo el nombre del autor, por súplica de quien los depositó en mis manos. Según los referidos apuntes, en el Palazzo della Signoría vio Fra Filippo a la esposa del Signore Cossimo. La vio tal vez tres veces o cuatro. Pero, como hombre ducho que era en esas lides, y codiciándola violentamente por su hermosura plena y fogosa, encontró pronto el medio para verla a solas, con la complicidad de una camarista, de quien provinieron en su momento los datos que refiero. Ella, no por virtuosa, que creo en realidad nunca lo fue, sino por no encontrar en él motivo para ceder a sus súplicas, le rechazó con vehemencia. Una noche, mientras estaba Cossimo cumpliendo una misión en Venecia, Fra Filippo logró introducirse en las habitaciones de Monna Francesca. La cual, al verle, no perdió la serenidad, lo que hubiese dado lugar a un fatal escándalo en la Corte, sino que, con muy buenos razonamientos y sosegados propósitos, hízole ver que sólo por no amarle no accedía a sus ruegos; y le pidió obrar con cordura para evitar comprometer su reputación de mujer honrada. Con tal ternura y modo tan dulce le habló, que el hombre conmovióse hasta las lágrimas, y besando su mano salió de la habitación. Días después, y no se sabe si por casualidad del destino, o bien, como yo me inclino a creer conociendo el ánimo de Fra Filippo, por insinuación de éste, Micer Cossimo le encargó el retrato de su esposa. Todos los días acudía Fra Filippo a las habitaciones de la Señora, y permanecía pintando durante horas. En el Palazzo, la gente iba a verle pintar, desde sitios donde él no se apercibía de que era observado.
       Y cuéntase que trabajaba continuamente, con una especie de furia o deseo violento. La miraba durante largos ratos, hasta que ella se sentía molesta de tal contemplación, y así se lo daba a entender. Volvía él entonces al cuadro, y no dejaba de dar pinceladas aun durante dos o tres horas continuas.
       En la ciudad, era sabido de todos este amor. Los pocos amigos cercanos de Filippo, le notaban distinto y ausente. Para las mujeres, era objeto de curiosidad y respeto este varón, que de sí mismo había sacado esa manera de librarse del mal amor de una mujer. Porque pensaban que con cada pincelada iba satisfaciendo su deseo violento, y que al terminar el cuadro, como se contaba que ya otras veces había sucedido, su amor por la mujer estaría extinguido, y calmados todos sus ardores.
       Fue tal la atención provocada en la ciudad por estos hechos, que hubo de llegar a los oídos menos indicados: vale decir, los de Micer Cossimo. Sin embargo, este hombre avaro como pocos, que ya había gastado parte de su dinero en recompensar al pintor, se abstuvo de hacer caso de ellos, y esperó que la obra estuviese acabada.
       Es esto, en breves palabras, lo que relata el manuscrito. Pero de otras fuentes he obtenido el final de la historia.
       Un cercano pariente —sobrino carnal— de Fra Filippo, me contó lo siguiente: La desesperación de Fra Filippo no conoció limites ante el desdén de Francesca. Como de un clavo ardiendo, se aferró de la oportunidad que ingenuamente le ofrecía Cossimo para estar cerca a ella, y a la vez tratar de desligarse de su amor, concentrando toda su energía en la pintura, es decir, rehaciendo en el cuadro, creándola de nuevo a la vez que gozándola, a la mujer que amaba. Comenzó a pintarla, y el cuadro era cada día más hermoso. Y a medida que a ojos vistas se engrandecía la figura femenina, por un extraño hechizo en el corazón de Francesca, fue abriéndose paso el amor hacia el pintor. Le miraba, se insinuaba discreta e indiscretamente. El hombre seguía como un poseso, dedicado a la pintura. Ella le suplicaba. Llegó un momento en que fue tal su amor y su deseo de entrega, que quiso que Fra Filippo le retratase semidesnuda, con un simple velo, en actitud de bacante. El la dejó posar así, pero al llegar a los toques finales del retrato se vio que había reproducido la actitud y el vestido con los cuales había ella posado desde un comienzo.
       Un día la situación alcanzó su más violenta tensión, y Monna Francesca, con los ojos arrasados en llanto, realizó su sueño, y allí mismo, junto a la obra acabada se entregó al pintor.
       Mas desde aquel día, una transformación se operó en el ánimo de éste. El amor exhuberante de la mujer le ahogaba, le impedía pintar, le quitaba ya el interés al cuadro. Y fue así como apresurando las cosas, resolvió terminarlo. El día en que estuvo finalizado, estaba él con Monna Francesca, que parloteaba a su lado, orgullosa de la obra, y sobre todo de haber sido el motivo de ella. Él permaneció silencioso, hasta que ella le interrogó, limitándose él a decirle simplemente:
       —No me interroguéis, señora. El cuadro es mediano, y tenéis que comprenderlo como yo. Tendréis también que comprender el motivo. Si yo hubiese seguido pintando igual que comencé, el cuadro habría sido una obra maestra. Pero amándome vos, dedicado yo a amaros, no me quedaba amor para transmitirle. Todo el amor os lo llevasteis; por ello es el cuadro frío, y poco su valor.
       Con estas palabras se fue, y desde entonces retiróse poco a poco de su amante. Para el artista fue demasiado comprender que ella, por amarlo, había malogrado el cuadro, ya que por la altura de su amor él pensaba que sería su obra máxima. Sin darse cuenta, el amor fue cediendo el lugar en su alma a un odio frío que hubo de causar la desventura de su amante.
       Otros, sin embargo, me decían que no fue así. Que el cuadro fue, evidentemente, mediocre. Aun alguno me decía que su padre había recibido una confidencia de Fra Filippo, por demás singular. Hablaba el maestro de su amor, y decía: Es, en verdad, un cuadro mediocre. Pero no podía ser de otra manera. Quise pintarlo para desprenderme de mi amor, dejándolo en él. Sin embargo, no pude. Era tanto mi amor, que no logré sacrificarlo, encerrarlo en esa tela. Por ser mi amor tan grande, es mediocre mi cuadro, y yo sigo adorando violentamente a esa mujer. Jamás creí que hubiese un momento en que el arte fuese impotente para dominar a la vida.
       Sin embargo, cuando escuchaba esa parte de la historia, alguien que estaba conmigo reaccionó enfáticamente contra ella. ¡Cómo puede ser así, — exclamó— cuando justamente toda Florencia supo en esa época que si el cuadro fue mediocre, justamente se debió a que el amor de Fra Filippo por Monna Francesca no fue suficiente para darle belleza? ¡Todos saben que la pintura de Fra Filippo era su mismo sentimiento! ¡Y todos saben que él mismo tuvo conciencia de que el fracaso de su obra se debía, precisamente, a su falta de amor!
       Pueden ser ciertas todas estas versiones; acaso si las despejásemos de las imaginaciones que cada una contiene, encontraríamos la historia única. Sin embargo, hallé testimonio de pintores, contemporáneos o discípulos de Fra Filippo, que contradicen todo esto. Testimonios que van acompañando esta memoria, y que podríamos resumir diciendo que el retrato de Monna Francesca fue en verdad una poderosa obra del maestro, admirada por todos. Y encontré alrededor de ella misma una curiosa anécdota: Terminado el cuadro (quien esto relató no sabía de las incidencias que quedan registradas), Fra Filippo se lo enseñó a Micer Cossimo. Y después de enseñárselo, le ofreció devolver su dinero, a condición de que le dejase el cuadro. Hubo, con este motivo, una violentísima escena, durante la cual salió a la luz todo cuanto había sucedido. Cossimo poseído de ira, le dijo al maestro: ¡No vas a tener a Francesca ni el cuadro! Y le hizo echar de su presencia por la servidumbre. El solo comentario del pintor que relata aquella escena, sabida por toda la villa, es el siguiente: “Tal fue —exclama— la desventura del maestro, que no solamente fue privado del objeto de su amor, cuya falta iba a hacer su desgracia por toda la vida, portándole a la disolución y al escándalo, sino que aquella obra maestra, dechado de perfección, de la cual asomaba el amor a los ojos de los más cínicos e incrédulos, también le fue quitada de las manos, negándole el derecho sobre su propia obra, que estaba dispuesto a conservar devolviendo los dineros que harta falta le hacían para vivir”.
       Eso es todo. Hay un solo documento más, que en copia adjunto a esta memoria: La explicación dada por el propio Carlos de Médicis, en carta a Fra Filippo, al decirle que debe ir a Prato a pintar los frescos de la Catedral. Alude en ella a la necesidad y conveniencia para Fra Filippo, de cambiar por un tiempo de residencia. Tiene una frase bastante diciente: “Micer Cossimo participa de nuestro parecer...”.
       En lo que respecta al cuadro, objeto principal de esta memoria y de mi viaje, deploro tener que informar a mi Señor que, con absoluta seguridad, dicho cuadro ya no existe. Fue destruido por Signore Cossimo, poco después de haber salido Fra Filippo de Florencia.


(1952)


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