Pedro Gómez Valderrama
(Bucaramanga, Colombia, 1923 - Bogotá, Colombia, 1992)

Homenaje a Stendhal
El Retablo de Maese Pedro
(Bogotá: Editorial Iqueima, 1967)



I

      La historia de la virginidad de la tía Cayetana me fue relatada hace muchos años, sin que yo supiese quién era la protagonista; tiempo después encontré entre viejos papeles de familia sus confidencias, contenidas en un manojo de cartas. De esas cartas amarillentas, y más que todo de su interpretación y relación con otros datos, extracté la historia.

II

      Cayetana era mi tía abuela. Se llamaba, exactamente, María del Carmen Cayetana López. Coquetamente, ella siempre firmó “Carmela”; nunca le fue grato el nombre de Cayetana con el cual la conoció la familia, y al cual murió sin haberse resignado, así como exigió siempre ser reputada como española, y no como granadina.
       En los inicios de la Independencia, los padres de mi tía temieron las consecuencias de las guerras bolivarianas sobre ella y sobre su propio caudal. Eran buenas gentes burguesas españolas de largo tiempo atrás residentes en Santa Fe, que habían ido enriqueciéndose gracias al uso del crédito y de las ventajas que les traían el trato del Virrey, su deudor y amigo, la tolerancia de los españoles y la paciente resignación de criollos e indios. Pero pues de una parte conocían muy bien la alta sociedad virreinal, y de otra parte sabían cuál podía ser el resultado final de las escaramuzas libertarias, resolvieron viajar, al menos mientras la situación se clarificaba, al viejo Continente, prefiriendo el escándalo de las guerras napoleónicas, ya en trance de fenecer, a las montoneras de las guerras granadinas.
       España estaba en un momento todavía difícil, y mi bisabuelo, que llevaba consigo dos mujeres, decidió tomar como sitio residencial a Italia, donde, en varias de sus ciudades, contaba con viejos amigos. Su hijo Fermín —mi abuelo— resolvió quedarse en la Nueva Granada, al lado de sus amigos de Santa Fe, quienes estaban —lo que era peor para el bisabuelo— del lado de los revoltosos criollos.
       Una historia de amor como la de mi tía Cayetana pudo ser fácilmente vivible por una muchacha de principios de siglo, pero difícilmente relatable por alguien que no fuese, como sí lo fue ella, una mujer de una terrible fibra, de un desapoderado valor que la hizo célebre en sus últimos años por dos intervenciones en favor de sus familiares en las guerras civiles. A los sesenta años trasteó armas escondidas bajo las faldas, a través del campo enemigo. Y le hizo frente a dos soldados que intentaban poner preso a mi padre.
       Cayetana y sus padres desembarcaron en Marsella el mismo día en que Napoleón embarcaba hacia su cautiverio de Santa Helena. Mi tía, pese a su odio español a “Pepe Botella” y al triste recuerdo que de Napoleón guardaban los españoles, alimentaba una secreta admiración por el Emperador, la cual robusteció ante el relato conmovido que oyó en sus viajes a través del Sur de Francia, de labios de camareras llorosas y postillones de bigote atormentado.
       Tal vez eso mismo fue lo que despertó en su corazón la primera chispa de simpatía por un joven francés que viajaba por Italia, Monsieur Henri Beyle, a quien conoció en Milán, gracias a la signora Marini, ilustre dama lombarda, la noche de un baile en el “Casin” de San Paolo, el 27 de Octubre de 1816.
       Cayetana le oyó hablar en correcto italiano, con un encantador acento francés, cuando hacía la defensa fogosa de Napoleón. Ella no pudo menos de escucharle, y le miraba insistentemente cuando él la miró también, no como francés sino como italiano. Fueron presentados y Beyle dialogó con ella. En poco tiempo —a pesar de las limitaciones de idioma— discutían la política europea y el colonialismo de España en la América del Sur, contra el cual Beyle se pronunciaba ácidamente. Su idea de la América española era vaga, pero suficiente para inclinarse vivamente en favor de los libertadores.
       A veces se interrumpía para ser toscamente galante, pero su rudeza no desentonaba en el ambiente exacerbado de pasiones violentas e infieles. Al despedirse, besó la mano de Cayetana, a pesar de ser ella una joven soltera. Mi tía trató de protestar, pero fue imposible ante su mirada persuasiva y tierna. Le murmuró en italiano: “Ci vedremo domani?”. Ella calló con los ojos bajos, y protegida por el abanico siguió a mi bisabuela que surcaba imponentemente el salón.
       Yo no me canso de admirar a la tía Cayetana; creo que hasta estoy un poco enamorado de su recuerdo. Conservo, y no la abandonaré nunca, una tierna miniatura italiana que la muestra en traje de corte, tal como fuera presentada al Rey de Nápoles. Así, fina y bella, con unos grandes ojos oscuros, el cabello color de miel como una aureola, los senos altos y hermosos en los cuales tal vez se posó reverente la boca del señor Beyle, y el gran abanico de plumas en la mano; y el brazo torneado, el brazo de la Sanseverina, el brazo adorable que sirvió para que un día se apoyara la frente del amante, guardó su calor para toda la vida, sin deslustrar su memoria ni la honra de la familia a la cual tuvo que inmolarse.
       Era una mujer de inteligencia alerta, de profunda comprensión humana, de adormecedora suavidad. Sabia ser hiriente y dura pero nunca habría podido decir una palabra fuera de tono. Fue bella siempre. Cuando murió, su boca conservaba todavía la hermosa forma de los labios que tenían una sonrisa inolvidable. Quienes la conocieron en su juventud y en su madurez extrañamente intacta, hablan nostálgicamente de su belleza, que nacía más de su interior que de sus rasgos que podían ser imperfectos.
       Hubo muchos hombres que la amaron. Y sin embargo, siguió siendo fiel a su fantasma, haciéndolo vivir pegado a ella, dentro de ella, su misma vida.


III

      A los pocos días de haber conocido a Beyle, a quien vio de nuevo casualmente dos veces en salones e iglesias, sin que fuera de su galantería hubiese nada extraño, mi tía Cayetana estaba locamente enamorada de él. Sorprendentemente enamorada, dada su inteligencia; sin embargo, mediaban su juventud y la del hombre, y sobre todo mediaba la primavera italiana.
       Ella lo describía como un hombre feo, sin mayor atractivo físico, poco seguro de sí en amor, e insistente. Pero en él había algo, tal vez su voz, tal vez su mirada, algo en todo caso que hacía pensar dos veces en él. Y las pocas frases que cambiaron en las ocasiones en que se encontraron, la llevaron al amor.
       No supo ella exactamente cuándo comenzó a ceder. Sólo supo que había sido en escasos días. Sobrevino entonces una invitación a pasar tres días en las posesiones del signore Cavaletti, y fue Cayetana con sus padres. Allí estaba Beyle. Los solos extranjeros entre diez o doce jóvenes eran él y un español, el señor de García, un aventurero desfachatado y presuntuoso que apenas la conoció comenzó a hacerle la corte violenta y ostentosamente, hasta el punto de que Beyle se apartó y se encerró en un mutismo despreciativo.
       Al tercer día de esperar que Beyle volviese. Cayetana no pudo más. La invitación ya se terminaba, ellos seguían viaje a Florencia, y Beyle viajaba a Roma, según le oyó decir. Cuando ellos estuviesen en Roma él estaría en París.
       Esa tarde, encerrada en su alcoba, la tía Cayetana, de diecinueve años, decidió de toda su vida. Tomó una hoja de fino papel rosa, y con su cuidada letra escribió una misiva, en su francés adorable lleno de errores de gramática. Cerró cuidadosamente el sobre, y, luego de haber averiguado con la doncella por la habitación de Monsieur Beyle, ella misma la deslizó bajo la puerta.
       La carta le decía que necesitaba hablarle, para pedirle ayuda; que al escribirle así le entregaba su honra, y que lo hacía confiada en su caballerosidad. Le esperaba pasadas las doce; la puerta estaría apenas entornada.


IV

      Cayetana se levantó después de cenar, y pidió excusas para retirarse, pretextando un ligero dolor de cabeza. A las-doce y cinco de la noche, se abrió la puerta de la habitación en sombras, unos brazos la rodearon, y unos labios buscaron los suyos, mientras el amante, susurrando tiernas promesas en su italiano entrecortado, la conducía al lecho.
       Fue así como la tía Cayetana perdió su virginidad, sin oponer resistencia que hubiese sido absurda, cuando ella sabía claramente al escribir la carta, que así pasaría, y para eso la había escrito.
       Tal vez por eso la quiero más aún, por su valor, por haberse decidido a sacrificar toda su vida futura a cambio de unas horas de amor.
       Cuando murió la tía Cayetana, en el fondo de un arcón encontramos la camisa de seda y encaje, testimonio de su virginidad de esa noche maravillosa, que fue toda su vida, y para recordar la cual pudo vivir, orgullosa, despreciativa de todos, guardando aquel amor, esperando y sabiendo que nada había que esperar.
       A la mañana siguiente, se anticipó el viaje en unas horas. Ella sólo vio a Beyle en el instante de la despedida, sin poder recibir otra cosa que un largo beso en su mano temblorosa.
       Ya el coche estaba listo, el cochero hacía chasquear el látigo, y el Signore Cavaletti conducía del brazo a la madre. García, el español, se adelantó a despedir a Cayetana, y Beyle se quedó en el umbral, mirándola en silencio. Fue el último recuerdo que conservó de él, su visión junto al portalón del castillo feudal, al mirar por la ventanilla del coche. Y un pañuelo de seda, con otra cifra femenina bordada, pero que ella nunca quiso abandonar. No le importaba quién hubiera sido antes que ella, puesto que había existido esa noche.
       Nuevamente en la posada de la ciudad, a la luz de la lámpara, Cayetana escribía la primera carta, a la misma dirección a la cual continuó escribiendo siempre, mes a mes, sin recibir nunca respuesta, hasta que un día recibió en un paquete todas sus cartas de treinta años, que nunca supo quién le remitió. Conoció entonces que había muerto, y las puso, así atadas, junto a todas sus obras leídas una a una, muchas veces, y firmadas H. B., Henri Beyle, Stendhal.
       Tal vez la tía Cayetana llorara en secreto; pero esa sola noche de amor de su vida le dio más vigor y fortaleza que toda una vida de amantes.
       Muerto mi bisabuelo pocos meses después, Cayetana y su madre volvieron a embarcarse en Marsella sin haber podido viajar a París, donde —acaso— hubiera vuelto a ver a Monsieur Beyle en uno de sus temporales regresos. Los negocios de mi bisabuelo habían ido de mal en peor con la guerra de independencia. El regreso, pues, fue infortunado. Mi abuelo las esperaba para darles protección, y brindarles lo poco que podía de cariño y de vida quieta y provinciana.


V

      No podría decir, ni siquiera a la vista de los ejemplares —amorosamente subrayados treinta y cinco años después— de “La Cartuja de Parma”, si el amante de mi tía esa única noche de Lombardía fue Henri Beyle, más conocido hoy en el mundo literario por el seudónimo de Stendhal. He buscado minuciosamente en todas las ediciones del “Diario”, y no se encuentra una sola referencia que coincida (así sea sin dar nombre, como era de esperarse de su caballerosidad)... Apenas en “Roma, Nápoles y Florencia” hay la referencia a una bella Carmelita L... española a quién conoció en el Baile memorable del Casin de San Paolo. De española a granadina poca diferencia había entonces en Europa, y menos aún si se recuerda que mi tía se preciaba de peninsular. De modo que sospecho que pueda ser ella. Sospecho, nada más.
       Pienso si mi tía Cayetana no fue víctima de una innoble superchería. En sus memorias —esas cartas son, en verdad, sus memorias escritas para el hombre amado que acaso no las leyó jamás— menciona cómo rechazó siempre las asiduidades del aventurero español, García, a quien conoció en casa de Cavaletti, y vio después en otras ciudades italianas; ahora bien, su única noche con Beyle fue la del castillo del distinguido milanés. Ya hablé de la audacia de deslizar bajo la puerta un mensaje amoroso, dando la cita nocturna que el galán cumplió en la oscuridad. Pero... ¿quién juraría que la puerta bajo la cual lo deslizó era en verdad la puerta de Monsieur Beyle, y no la del español? En la oscuridad, las ternuras inusitadas pudieron ser de uno, o de otro. El vigor masculino era posiblemente mayor en el español que en el tímido y caviloso joven Beyle. Acaso mi tía Cayetana entregó su virginidad a un Don Juan de rompe y rasga, pensando que estaba en brazos de un discreto francés del cual se enamoró sin saber siquiera que era escritor.
       Porque mi tía Cayetana sólo muchos años después vino a saber que su amante de una noche —si lo fue— y su amor de toda la vida, era Stendhal. Afortunadamente alcanzó a saberlo, porque así murió en paz, hace dos años, el veintinueve de septiembre de mil ochocientos ochenta, satisfecha y compensada de sus ochenta y tres años de soltera por una noche de amor que creía ver descrita en las páginas de “La Cartuja de Parma”.


(1962)



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