Pedro Gómez Valderrama
(Bucaramanga, Colombia, 1923 - Bogotá, Colombia, 1992)

La otra raya del tigre
(Bogotá: Siglo XXI de Colombia, 1977, 277 págs.)


¿Qué le hace una raya más a un tigre?
       (Proverbio Santandereano).


UNO
I


      Dijo que cuando lo dejó el barco en Santa Marta, se sintió físicamente perdido entre la selva, ahogado por la explosión verde; pero que al segundo día, comenzó a buscar, y encontró que la sola forma de dominar el paisaje era abrirle caminos por un lado, por otro, para extraerle toda la leche de sus frutas. Dijo también que en el desajuste de su huida de Europa, con las manos manchadas de la sangre del hombre muerto en duelo, encontraba un paliativo en este paisaje, que después del primer temor empezaba a sentir parecido a su propio espíritu, con el cual había venido a enfrentarse, y dentro del cual iba a cumplir un proceso semejante al que realizaría en la tierra que le tocase.
       No dijo nada más en ese momento; lo dijo, a veces, en fragmentos, sobre la almohada compartida con una mujer tierna en las agonías de la cópula o en el bienestar del amor ya hecho; lo dijo en las madrugadas del alcohol, ante los hombres que lo secundaban y ante los que eran, de un modo u otro, sus amigos; nunca lo dijo completamente, pero lo adivinaron todos los que estuvieron cerca. Uno de ellos dijo un día que nunca había visto un hombre más semejante que él a la tierra escogida; tal vez porque se le fue pareciendo, a medida que la penetraba.
       Dijo algunas cosas que conformaron un rastro, una imagen, una pista de su vida distante; calló otras que dejaron para siempre un interrogante que respondió con sus hechos. El impacto inicial de su entrada a la tierra no se le borró nunca porque sintió siempre vagamente que él reflejaba su tierra nueva, y que ella y lo que en ella ocurriera lo prefiguraban a él, sus asaltos, sus derrotas.


II

      Con la proa hacia el Sur, el vapor se deslizó lentamente en el agua fangosa, corriente arriba del Río Grande de la Magdalena. Sus grandes ruedas se movían acompasadamente, impulsando la mole plana y alargada del “Honda”. Quedaban atrás las casas pajizas de Barranquilla, las horas muertas de Santa Marta, los largos días del viaje desde Europa. La selva de las orillas aparecía densa y apretada, con un verde distinto, en medio de la malsana quietud del calor, que sólo rompían el ruido de las calderas del barco al aproximarse, y el de las palas de las ruedas al batir el agua amarilla, que hacían salir bandadas de pájaros de colores y provocaban el chillido de micos enemigos. Por entre el calor del aire quieto, por el agua baja del río, sorteando cuidadosamente los playones semiescondidos, avanzaba el buque, y acodado en la barandilla, en el puente, cerca a la rueda del timón, mirando la orilla, Geo von Lengerke, ciudadano en exilio, ex militar, ex alemán, ex revolucionario, consumaba su huida y entraba a las tierras prometidas o malditas.
       Había sido el único pasajero desembarcado en Santa Marta, mientras el barco inglés de la “Mala Real” —la “Royal Mail”— seguía su penoso recorrido. Los días que pasara en su primer puerto, habían iniciado un desconcierto del trópico, que se había acrecentado al recorrer la costa hacia Barranquilla, entre los caseríos mulatos de los libertos triunfales y palúdicos. La suerte le había ayudado al encontrar a Hans, un mulato de ojos claros, hijo de uno de los últimos afugios de un su compatriota, ahora muerto. Hans balbuceaba un alemán elemental, y le sirvió como traductor, a la espera del barco. Se dedicó a enseñarle su español vacilante, que unido al que estudió en la travesía le tenía ya en situación de hacerse comprender.
       Lengerke miraba el lento paso de las costas, los plantíos medio ocultos en la vegetación de la selva. El holandés que comandaba el barco subió a cubierta y se acercó a él, invitándolo a pasar a la sombra y conocer el paisaje. Lengerke le siguió, para encontrarse a poco mirando la sonrisa de unas jovencitas, las señoritas Santa Cruz o de Santa Cruz, quienes regresaban a Colombia después de completar su educación en Francia. Ellas, después de presentarle a sus padres, lo depositaron en francés en manos del R. P. Jerónimo Alameda, quien regresaba de Roma e intentó hablarle en un alemán tan poco convincente que lo fue más el español de Lengerke; un inglés de grandes patillas y casco colonial se inclinó ante él, murmurando su nombre, Jeremy K. Arbuthnot, nuevo Cónsul de la Gran Bretaña en Honda; y aprovechó un momento en que desaparecieron las niñas Santa Cruz, para presentarle a la señora Michele Nodier, francesa joven todavía y ampulosa de formas y de espíritu, quien al pasearse con su arrogancia parecía desplazar, por temor al contagio, al resto del elemento femenino.
       Los demás fueron llegando poco a poco; un matrimonio barranquillero que iba por primera vez a Bogotá, un diputado al Congreso que insistía una vez y otra en referirle cómo había sido la elección del general José Hilario López, y en hablar sobre los horrores del socialismo, y que parecía ser hombre de grandes merecimientos políticos en su provincia. Lengerke sonreía escuchando al notable político, con la ayuda de la señorita Amalia Santa Cruz, quien le traducía al francés; el hombre, con breves pausas para enjugarse el sudor, ponderaba las posibilidades de su región, sugería al extranjero la conveniencia de radicarse en ella, en especial en el momento en que su partido (como era inminente), volviese a tomarse el poder; porque si no, señor, hacemos la guerra...
       El barco se adentraba en el río, el sol subía; al llegar al centro del día todo en la selva se quedaba quieto, todavía en medio de la anchura el barco avanzaba contra la corriente; los tocados femeninos no se habían descompuesto, aún el barco era una isla de civilización en medio de la naturaleza tropical (en quince días remontando el río todos tendrán que estar desnudos incluso el padre Alameda, las plantas crecerán dentro del barco, los caimanes serán alimentados con los pedazos de nosotros que desprenda el calor; el agua sigue deslizándose, lo único fresco es el ruido de las ruedas del barco, mientras el calor gravita sobre nosotros como una masa sólida. Todavía los vinos no están agrios, en las provisiones aún quedan galletas inglesas, carnes enlatadas, pero en pocos días estaremos varados en un banco de arena comiendo carne seca y tomando agua fangosa).
       Lengerke resolvió entrar al camarote y dormir, mientras pudiese hacerlo, el sopor de los vinos y la fuerza del calor. Un tímido golpe en la puerta le despertó: Madame Nodier le suplicaba en alemán un poco de colonia para refrescarse; entre cortés y malhumorado la invitó a seguir, diciendo en su lengua que él se la aplicaría; la mujer entró obediente y se quitó la ropa, y el alemán no tuvo otro camino que aplicar la colonia y aplicársela él; los dos no cabían en el camarote sino acostados, observó, y así pasaron las horas en la litera húmeda, pero no le pesaba haber hecho entrar a la francesa, aunque tampoco podía aceptar que se le adhiriera. Habría sido más grata una de las niñas Santa Cruz.
       El barco seguía avanzando pausadamente, había que subir a la cubierta y tratar de divisar los papagayos, los micos, los caimanes varados en la arena, los jabalíes, las plumas asombrosas de las garzas, las flechas de los loros. De pronto, todo pareció aquietarse, el sol comenzaba a caer, no quedaban sino los mosquitos, los jejenes que consumaban su maravillosa agresión sobre la piel de los viajeros, que se clavaban en las carnes sonrosadas de las Santa Cruz y la Nodier, que hacían que el padre Alameda se desesperase dentro de su sotana blanca y a la vez la bendijera como una coraza protectora; a veces, se sentaba en la sombra y se quedaba absorto, escuchando su propia muerte que le crecía por dentro. La pareja de Barranquilla se quedaba largas horas mirando el río como si no hubiese calor, localizando la cabeza de un caimán en el agua o haciéndole señas a los bogas del champán que pasaba cuando las olas que formaba el barco lo hacían balancear.
       El cónsul inglés llevaba siempre consigo una escopeta de dos cañones, que limpiaba cuidadosamente con una gamuza. Cuando pasaba una bandada de pájaros, disparaba y los veía caer con un rugido de satisfacción; y si veía los caimanes al sol en la playa, bajaba al camarote por un considerable rifle Remington, y después de afinar la puntería soltaba el tiro y escrutaba la distancia para ver si había hecho blanco. Hasta ahora no había logrado ninguno, pero derivaba de su deporte un placer voluptuoso.
       Por la noche, cuando refrescaba, el tedio cedía, era menos ingrato, aunque cuando se iba yendo el sol amarraban el barco a la orilla para pasar hasta el día siguiente. Los marineros cantaban en la proa. Nadie podía dormir, unos se sentaban y otros paseaban por cubierta, hasta que al fin el cansancio los vencía. A veces, el rugido de un tigre ponía el alerta en el paisaje; otras veces, creía oír el sedoso resbalar de las culebras, y la Nodier soñaba que invadían el barco, que la envolvían y la apretaban como nadie antes lo había hecho.
       Nadie sabía por qué venía la Nodier. Se rumoreaba que era una cantante de ópera que había quedado anclada en Santa Marta, por serle infiel al director de la compañía, y que durante unos meses había tenido que trabajar, ya se sabe cómo, para poder viajar a Bogotá, a tratar de buscar una vida mejor. Tenía pesadillas en las noches, los despertaba a todos con sus gritos. Una noche, dormida en el camarote con Lengerke, éste tuvo que taparle la boca, para que con su escándalo no confirmara lo que todos sospechaban, aunque los tabiques de madera del barco traicionaban rumorosamente todas las efusiones de la francesa. Su obsequiosidad con Lengerke hacía las cosas desastrosamente evidentes, pero algo en ella despertaba la buena voluntad, un dejo de simpatía que le asomaba como la belleza un poco marchita, detrás de los afeites que el calor desleía.
       En la reunión de desesperados acosados por los mosquitos, el bochorno infernal, el monótono ruido de las ruedas, la francesa era curiosamente más importante que las niñas Santa Cruz, tenía mayor espíritu; traía el relente de las ginguettes de París, de las callejuelas de Marsella, el veneno del Mediterráneo, las olas azules del Atlántico, el sol sobre el mar; los bastiones de La Habana y de Cartagena, los jergones de Kingston, de Point-à-Pître, de Barbados, toda la melaza azul del Caribe para volcarla en el río resbalante en medio de la selva.
       Todavía era el Río Grande de la Magdalena, a la altura de Tenerife, ancho como la muerte, el río del bagre y la tortuga, del boga y el caimán, el de los caseríos de paja con gentes semidesnudas manoteando hacia el barco mientras el penacho de humo subía al cielo desesperadamente azul. A veces el sol se hundía en el agua, parecía que iba a oírse el chirrido del fuego al consumirse, mientras la sombra descendía y la selva callaba los ruidos del día, y a poco empezaban los sonidos misteriosos de la noche. Lengerke miraba, se emborrachaba de colores, de las mutaciones asombrosas del río, de la naturaleza que no podía encerrarse en un cuadro porque quedaría reducida a los manchones verdes; entraban en el reino del bagre, los colores de los peces al amanecer eran azules y rosas y violetas, pero caía el sol y rebotaba tres veces sobre el agua y comenzaba entonces el reino verde del Caimán.
       Hieráticos al sol, sobre los playones desiertos, veinte, cincuenta caimanes verdes de los tiempos faraónicos; la mirada se quedaba paralizada sobre las escamas verdes, el oído se aguzaba para oír los timbales, un cerdo salvaje, un jabalí perdido desembocaba en la espesura, y se abrían las cincuenta fauces putrefactas. De pronto se veía venir en el agua la cabeza verdusca, nadando entre dos aguas, y los bogas, ante el pavor fascinado de las señoritas, cubiertas con sus grandes sombreros blancos y sus velos suizos como mosquiteros portátiles, señalaban que los caimanes que se acercaban al barco habían probado ya carne humana y la buscaban deleitosamente; y surgían las historias de pavor, el brazo amputado del boga que quiso rescatar su remo, la niña que al inclinarse sobre la orilla desapareció, y el ejército de saurios asolando las aldeas, soldados enemigos, representantes ilustres de la naturaleza; el diputado que salía a cubierta después de dormir dos días de brandy hablaba de la necesidad de exterminar la especie aborrecida, contaba los caimanes, requería el fusil y disparaba produciendo apenas un pequeño movimiento en la masa verde y alguien murmuraba que la selva en torno era el reino del tigre, que en la arena el tigre triunfaba, y en el agua el caimán faraónico lo derrotaba.
       Contaba el diputado que apenas dos años antes la navegación se hacía solamente en champanes como los que de vez en cuando se veían pasar adormecidos deslizándose hacia el mar, con su túnel de guadua, en los cuales la gente tenía que estarse ocho o diez días acostada mientras se navegaba, entre el olor humano y la podredumbre de los alimentos descompuestos; el viaje hacia el mar era fácil, pero para subir era necesario impulsarlos con los inmensos remos, o remolcarlos con los cables; los que le oían asombrados sentían el estremecimiento del progreso en el bramido de las máquinas, el incansable paleteo de las ruedas; la masa de agua parecía ilimitada, parecía un inmenso camino hacia arriba, hacia las cumbres del frío, y sobre toda ella el imperio indescifrable del caimán, dueño del río, dueño de las vidas que por él circulaban, desafiante a las balas que lo atacaban, devorador de hombres y animales, enemigo perpetuo de la creación del hombre, verde como la selva que se reflejaba en los remansos y se dividía en sus escamas ásperas. (Estamos en el reino del caimán, navegamos en él, el dios caimán nos detiene o nos deja pasar, aquel caimán dormido sobre el cual se ha posado una garza inverosímil podría matarnos a todos si el barco se hunde, si se rompe el casco sobre un banco de arena; el río aquí es ancho, desmesurado, es diez veces el Sena, quince veces el Weser, los castillos que se reflejan en el Rhin son aquí los caimanes taciturnos como fortalezas vigilantes, como hace tres mil años. Cocodrilos, caimanes, castillos, yacarés verdes como la naturaleza, son más imponentes y duros que la cáscara del buque, ésta es la sinfonía del río, es el río-dios que encontraron los conquistadores españoles, cuando entre ellos se mezclaron los primeros aventureros alemanes.) Lengerke tomó su fusil, apuntó cuidadosamente, e hizo blanco. (He matado al dios, en un mes la osamenta blanqueará en la orilla como las que hemos visto desde la iniciación de nuestro viaje; el caimán al sol, tumbado sobre la playa entre los caimanes vivos y pesarosos que apenas se mueven esperando el momento de tener una presa al alcance de las fauces, el hombre va y viene por el río, trae vapores, trae máquinas y pianos, trae muebles suntuosos, terciopelos y sedas y éstos son los delegados del dios caimán que tratan de impedir que la putrefacción de Europa desintegre y recorte la naturaleza virgen e ilimitada. Hay el reino del caimán, el reino del tigre, y los hombres quieren construir en sus ruinas el reino del hombre sobre el hombre, el reino del odio y la injusticia.)
       (Los caimanes desaparecen, vamos entrando en un remanso, el abuelo mira hacia la proa y ve subir de pronto la parábola de las garzas que se consumen en la selva verde que para muchos de los pasantes transitorios puede convertirse en oro, en trozas de madera, en pieles, en pacientes cultivos. Pero la línea del agua sigue siendo el reino del caimán, donde pueden batirse las guerras, acumularse las infamias, pero el río las arrastra, las lleva, las envuelve, las lava.)
       La ascensión del río les iba llevando lentamente, remontaban el Brazo de Loba, iban profundizando en las tierras a la vez que el verano tórrido empezaba a sentirse, tenían que navegar con precaución para no encallar en los bancos de arena, los días pasaban, las noches de la selva despedían el vaho violento del verano. En la oscuridad, descendían cautelosos a los dominios del tigre. Al amanecer encontraban frecuentemente la impronta de su garra: dos días antes tuvieron que abandonar en un pueblo a un marinero herido, con el pecho desgarrado por un tigre fantasma que parecía ir siguiendo el barco de jornada en jornada. La Nodier juraba que una noche lo oyó caminar por la cubierta, y evidentemente, al siguiente día se echó de menos una gruesa porción de carne salada, puesta a secar al viento y al sol, pero los bogas dijeron: lo que quiere el tigre es carne humana, es como el caimán.
       La Nodier no se atrevía a salir de su camarote, se encerraba en él por miedo al tigre y al diputado que la galanteaba, al que temía más que a los negros antillanos o a los marineros marselleses; sin embargo, una noche de calor inmóvil, ya las señoritas Santa Cruz, sus padres y el cura Alameda habían bajado a dormir, o a sufrir el calor, y Lengerke sacó una botella de brandy con la cual hizo una ronda discreta; la Nodier insistió, y poco a poco el licor la hizo olvidar la penuria del viaje, y con la voz borracha empezó el relato de su vida cuando era reina en París. Un barón se enamoró de mí, quiso casarse pero no pude amarlo. Era demasiado feo, yo tenía un amante mejor y más bueno, que también tenía dinero... Pero luego me lo quitó Louise, mi amiga, con quien yo vivía. Me dolió tanto, me hizo sufrir de modo que no podía ganar mi dinero. Alguien me aconsejó irme a Marsella, donde las mujeres bonitas se enriquecen pronto. Y allá viví y reuní para pagar mi pasaje porque quería irme lejos, lejos de París. Y sin embargo ahora, en estas noches de calor, ya no me importa Jacques, pero daría mucho por ver de nuevo Nôtre Dame, y mirar el Sena, tan distinto de este río inhumano... Cuando llegué a Point-à-Pître casi se arma de nuevo la revolución. El gobernador me galanteaba, los criados me decían “Madame la Baronne”. Allí estuve tres años, hasta que él murió de fiebres. Yo me demoré hasta que un día, en la calle, oí a un par de negros decir “Madame la Baronne” y reírse; tuve que huir, tomar el primer barco, pasé por La Habana y aprendí español, pero en La Habana me sentí mal, me dieron las fiebres, y al fin el médico que me atendió, que era colombiano, me trajo a Santa Marta, donde me dejó porque su familia le esperaba. En Santa Marta ya no fui baronesa, pero el alcalde me hizo respetar. Hasta que su mujer me hizo saber que por más Madame que fuese, me convenía cambiar de residencia... Y aquí estoy; como tuve las fiebres, me dicen que el mejor sitio es Bogotá para vivir, y me dicen también que es un sitio donde las mujeres solas no tienen que temer...
       (La luna ha ido subiendo. Se proyecta en el río, da a la selva el color espectral. Cerca al barco amarrado, se oye súbitamente el rugido del tigre, el rumor de la lucha, un grito, un boga despedazado. Disparan a la noche, todo queda en silencio, señora baronesa, buenas noches.)
       (Estamos en la mitad del viaje, el abuelo sigue en la proa escrutando las aguas, de pronto un brusco sacudón, un esfuerzo de las máquinas, movimientos fuertes, la inmovilidad completa, estamos encallados, nos hemos varado.) Los bogas expertos examinaron la situación, había un enorme banco de arena en el cual el casco plano quedaba enterrado. Se necesitaba más agua para hacerlo flotar, o la llegada de otro buque —el próximo salía en ocho días— que con un cable lo remolcase. Mientras tanto, los esfuerzos eran vanos. No quedaba sino esperar (el calor recrudece, el sol corta, no hay brisa, los ejércitos de mosquitos son como nubes negras, dos, tres caimanes, el abuelo ve cuatro), y lo único que apareció a la tarde del siguiente día fue una flotilla de champanes que aceptó la comisión de conseguir provisiones y traerlas. Si subía el nivel del río podrían salir, pero el verano estaba especialmente duro. Cuando dos días más tarde regresó uno de los champanes con las provisiones, las noticias fueron aún más graves sobre la sequía. El diputado Marqueño se desesperó; estaba a pocos días de la apertura del Congreso, no iba a llegar a tiempo, el fantasma del suplente se le aparecía refocilándose en su curul. Pero cuando alguien le sugirió contratar el champan y seguir, hizo un movimiento de horror. (Es imposible, lo van a devorar los mosquitos, y lo que quede será para los caimanes, o acaso para los tigres.)
       Lengerke vaciló, se impacientó, resolvió por fin correr el riesgo. Alquiló dos champanes, a los cuales hizo transportar su equipaje para que lo llevasen hasta Honda. Eran seis días o más de navegación. Cuando iban bajando la carga en la cual estaban incluidas las provisiones, vio salir a la francesa, que ordenó que bajasen también sus bultos. El alemán tuvo el impulso de rechazarla, pero tropezó con los ojos recriminadores del padre Alameda, y su espíritu desafiante lo detuvo. Ordenó que bajasen al champan el equipaje de la Nodier, y después de los apretones de manos y los buenos deseos, abordaron la barca, mientras el diputado meneaba la cabeza fatalísticamente. Empezaron a remontar el río, la primera jornada era el pasaje de Angostura, donde la lucha era violenta; las aguas agresivas exigían más fuerza de los brazos de los bogas. A su lado, Michele se sofocaba, se lamentaba de haber abandonado el barco. Lengerke la miró tranquilamente, y se volvió al otro lado.
       (A lo lejos se perfilan las montañas andinas, mágicamente doradas por el sol de la tarde. El abuelo en la proa señala las profundidades de la selva. La playa a las cuatro de la tarde parece de oro, hay que amarrar allí, no podemos seguir en la noche. En el fuego empiezan a preparar una sopa con la tortuga que ayer capturaron. Un boga les dice que por la mañana verán las huellas de las tortugas que van a enterrar sus huevos en la playa nocturna. El mosquito se esmera en picar a los europeos, la noche va cayendo, ven cómo los bogas hacen huecos en la arena blanca y húmeda y se cubren con ella, les dicen que es para el calor y para evitar el mosquito. Pronto están sepultados en la arena, la Nodier quiere hacerlo y metros más allá, ella y Lengerke dejan sus vestidos y se sumergen en la arena fresca, sepultados hasta el cuello, hasta el siguiente día; mientras pasa la noche y dormitan sienten el silencio del tigre, pero ya el alba aclara, rosada, violeta e increíble, el perfume macerado de la noche en la selva tiene toda la gama desde la flor a la descomposición, el agua les quita la arena y están otra vez tumbados en el horno del champán, cinco, siete días alucinados de calor y desesperación, hasta los turbiones de Honda donde ayudan a la maniobra para no naufragar, y por fin en la tarde ven el descampado, las casas españolas, la triste y la alegre, la ciudad donde todo en el río comienza y acaba, y allí termina el primer toque del dios, y el abuelo los mira y piensa que ninguno de los dos sabe que ese contacto marca para siempre.)


DOS
I


      El abuelo mira subir la caravana, las recuas de mulas cargadas, las cabalgaduras de los viajeros, las partidas desoladas de tropas, los frailes descalzos, las prostitutas engalanadas. ¡Cuántas angustias, cuántas codicias, cuántas esperanzas subieron y bajaron por los pétreos escalones españoles! Su mirada desciende por el abismo hasta posarse en las lejanas casas blancas y los campanarios de Honda: el puerto, la llegada y la partida, y luego la violenta transición de la selva verde hasta las montañas ariscas y frías de los Andes, la respiración lenta, el aire tan puro, del que alguien le decía, “como el aire griego”; el abuelo menea la cabeza: son efusiones líricas; el aire de estas alturas es distinto, es un aire de cóndores, de oidores y arzobispos arropados contra el hielo del antiplano, mandadores por este camino de los cofres de monedas, las “macuquinas” dudosas, los doblones de oro acuñados en Santa Fe. Cuando los españoles huyeron de Bogotá no pudieron llevarse de la Casa de la Moneda una reverenda caja de caudales, y la dejaron abandonada; mucho tiempo después alguien logró violar su secreto y abrirla. Dentro había solamente un papel, y en él, cuidadosamente escrita, la palabra CACA.
       El río serpentea, rodeado de selva, cortado más arriba por las rompientes del rápido. Hacia el Sur se tiende la visión ilímite, bordeada por las grandes montañas. Las escalinatas del camino se remontan hacia las nubes que cobija la cordillera con su velo sombrío. Caballero en una alta mula mora, con el casco inglés sobre las greñas rojas, Lengerke avanza mientras a su vera la francesa gime, sacudida por el paso cortado de su propia cabalgadura. A la caravana se han sumado dos ingleses que viven en Honda y van a Bogotá en negocios, y tres colombianos tratantes de tabaco, a los cuales Lengerke, en su confuso castellano, trata de extraer toda la información posible. Los hombres locuaces intentan deslumbrar al extranjero con la revelación de sitios de aprovisionamiento, calidades, clientes del exterior. La Nodier no entiende nada y suspira, abandonada por su caballero. Siguen ascendiendo lentamente, tropezando con América, procurando seguir el elástico compás de los arrieros.
       Al subir —el reino del cóndor—, cuando el aire se enrarece y el viento empieza a soplar frío, la vegetación cambia, la niebla se acumula en las hondonadas, el paisaje se vuelve súbitamente blanco. Nadie concibe, piensa el abuelo siguiendo con la vista la lenta caravana, cómo los españoles idearon una ciudad en las alturas. Aquí, en San Francisco de Quito, en el Cuzco, en La Paz. La morada de los indios les atraía. El Ande, el reino, próximo a las cimas nevadas, a los volcanes en suspenso, al vuelo del cóndor. Los ojos del abuelo ven que el camino hormiguea de gentes, en un interminable desfile que lleva todos los frailes y las monjas que subieron y bajaron de la Santa Fe colonial; ve la caravana de los naturalistas —el barón de Humboldt con su equívoca compañía—, de los agentes diplomáticos, de los negociantes de telas y tabaco, de aguardiente y champañas, ve los absurdos cargamentos de pianos y de máquinas, las hordas de soldados semidesnudos de la revolución de independencia mezcladas con los uniformes de los “constitucionales”. Por aquí, año tras año, pasan todos los que van y vuelven buscando a Europa, los arrieros que conducen las recuas cargadas de alimentos, las compañías operáticas de primadonnas opulentas que recorren por años los países de América, para anunciar la buena nueva del arte e inquietar con los atractivos ajamonados de las divas los pacíficos hogares bogotanos, quiteños, limeños, santiaguinos.
       Lengerke, al paso lento y firme de la mula, observa las profundidades que abren el amplio valle, las cimas que ascienden frente a él. Un paisaje nunca visto para sus ojos de extranjero, de europeo desterrado, paisaje titánico, las baldosas tremendas del camino real, el imperio del indio. Alguien le dijo en el barco que Cundinamarca significa en lengua chibcha “alta región donde el cóndor se encuentra”. Sus ojos exploran la distancia, sabe que a aquellas alturas llegó de oriente un alemán como él, de barba rubia y ojos acerados, a traer el mensaje de la conquista en la prodigiosa cita de los tres conquistadores que se cumplió en la sabana donde hoy existe Santa Fe de Bogotá. La charla del padre Alameda, las murmuraciones del diputado, el habla culta de don Ricardo Santa Cruz, le han dado un leve y dudoso barniz de información histórica sobre el sitio a donde va; sabe también que el cóndor habita las grandes alturas como el caimán habita el gran rio. A la misma velocidad de los conquistadores, Lengerke y su francesa van subiendo cansadamente la cuesta, hacia el farallón envuelto en nubarrones negros, sobre el paso inspirado, genial, de las mulas cuyos finos cascos jamás se equivocan al elegir la piedra segura. El esforzado ascenso va dejando atrás el camino de plata del río, que resbala minúsculo por el gran valle. Lengerke, el extranjero, ve pasar las imágenes como una sucesión indefinida de paisajes, altos caminos, curvas retorcidas, valles profundos. La Nodier, en su desaliento, no ve otra cosa que una peregrinación interminable de cansancios acumulados. Primera jornada que se termina en el amplio salón de la posada, tutelado por un rasero de igualdad que establece que las niñas bien duerman en los mismos camastros que las pelanduscas y los aventureros en iguales jergones que los religiosos salvadores de almas. Sobre las piedras del patio han descendido de las cabalgaduras muchas gentes que han ido conformando la vida distinta, patriarcal y bucólica de una nueva nación, cruzada a veces por el relámpago de la contienda civil, galvanizada por el aliento europeo que recorre la espina de los Andes en las alforjas de un jinete que busca la aventura del oro y del destino en las regiones inmensas a las cuales no llega el hombre con la civilización, en las selvas innumerables de ríos torrentosos, donde los indios tejen su existencia milenaria. Han venido trepando la tarde en escalones de piedra, la Nodier está tan cansada que da lástima, y sólo de vez en cuando habla de pedir un trago de aguardiente, que Lengerke le ofrece de la poderosa botella que trae en el bolsillo de los zamarros. El farallón envuelto en niebla muestra, hacia arriba, la tempestad; al fin hacen su entrada en la posada de “El Consuelo”, entre una sinfonía de truenos, agua y viento. En un día han ascendido hasta tierras templadas, que en esta noche profunda se ven batidas por el frío; para ellos el camino es el día, la posada la noche por ella, año tras año, pasan todos los que suben y bajan por los grandes peldaños trazados por la sabiduría india y por la destreza española, para ir al agua y regresar del agua. Han descendido por fin, cuando ya cae la oscuridad, y a lo lejos en las montañas ven encenderse candelas que multiplican la distancia. El gran salón tiene en su extremo la inmensa mesa común del comedor, y de resto grandes cueros tendidos en el suelo, sobre los cuales los arrieros tienden la impedimenta de los jinetes. El recinto está lleno de gentes que vienen de Antioquia, otras desde Popayán, después de largos días de camino. Hay dos matrimonios cuyas recatadas señoras miran interrogativamente a la Nodier, que tiene los arrestos muy disminuidos por el cansancio. Uno de los caballeros, de apellido Montúfar, habla alemán y se traba en larga conversación con Lengerke. Hablan sobre el país, sobre sus perspectivas económicas, sobre su destino político. Lengerke se vuelve oídos, Montúfar le explica los problemas más inmediatos.
       —Con todas estas reformas socialistas se ha producido una situación en la cual las gentes de bien ven peligrar sus patrimonios defendidos a costa de tantos sacrificios. No se imagina usted, por ejemplo, lo que costó a mi padre la abolición de la esclavitud. Y todas esas medidas que se han tomado, el entredicho en que está colocada la Iglesia, hacen sumamente grave el futuro próximo.
       No quiero desanimarlo en su propósito de establecerse aquí, pero creo que de un momento a otro este estado de cosas hará crisis, y nos veremos abocados a otra guerra civil. Este pobre país no sale de la guerra; en una provincia o en otra, es casi un estado crónico.
       Lengerke permanece en silencio. De la conversación le queda una visión contraria a la que da el desolado viajero. Siguen paseándose por el corredor cubierto que rodea la casa. Montúfar murmura:
       —Para su esposa debe haber sido duro este viaje. Lengerke, abstraído, responde:
       —¿Cómo? Ah, no es mi esposa; esta señora venía de pasajera en el mismo barco que se quedó varado en el río, y me pidió traerla a Bogotá. Hasta allí dura mi compromiso—. Montúfar, desconcertado, se despide. Lengerke sigue por largo rato paseándose y fumando en la oscuridad. ¿Cuánto tiempo lleva de viaje?
       Es ya tan largo que no logra fijarlo. Ríos y caminos, albergues y camarotes, todo se reúne en su recuerdo; climas diversos de selva y río, refugios en el camino de la cordillera. Gentes elementales, con menos recodos que aquéllas a las que está acostumbrado. Y los caminos: hay algo que le atrae, que le fascina, el trazo audaz, las piedras enormes en escalera, las curvas que se adosan a la topografía violenta, la naturaleza sin domar. Sentirse en un mundo extraño y ajeno, corregir los caminos, descubrir la riqueza. Su lejana conversación con el barón de Humboldt fue el impulso que le condujo a orientar su viaje hacia Colombia. La campana en el pueblo lejano da las diez. Apagando cuidadosamente su cigarro, Lengerke se dirige al interior. La alta silueta se confunde con las sombras del salón en el silencio de la posada dormida.
       Bajo la madrugada sin luna, en la oscuridad convaleciente de las cuatro de la mañana, se arremolinan las cabalgaduras en el patio de la posada. Juramentos de los arrieros, patadas de las mulas, medias voces. La sola luz nocturna es la de las estrellas, en una bóveda convincentemente profunda, que destaca conspicuamente sobre el camino las sombras de las montañas. Se viaja en silencio, pendientes de los cascos de las cabalgaduras. Los ingleses que venían con ellos decidieron quedarse un día, dedicados a la cacería. “Tal vez encontremos un cóndor”, fue lo último que les confió ingenuamente el más joven, mirando a la francesa con tiernos ojos de aspirante que no se escaparon a Lengerke, y menos a Madame Nodier, que pareció revivir de su cansancio. Los comerciantes de tabaco apresuraron la partida y tomaron la delantera. Una luciérnaga extraviada pasa ante los ojos de la Nodier, que da un grito de temor. Se oye, más que verse, una cascada. La noche respira; la vegetación es todavía feraz, el mundo es oscuridad, hasta que en un momento una levísima claridad empieza a despuntar arriba, detrás de los cerros, ennegreciendo su perfil. El fondo del abismo donde está Guaduas, el pueblecillo de pintura, tiene una bruma color violeta que lo oculta todo. Las moles de piedra se yerguen con apariencia inaccesible. A lo lejos, con los primeros rayos del sol, brillan los nevados distantes. Pero el sol dura poco, las cimas se embozan en la bruma, y el camino levemente mojado sube como un enorme tirabuzón, se abre de pronto sobre abismos inesperados, cortantes picos, despeñaderos repentinos. La soledad se oscurece con la vegetación. Lengerke cree reconocer huellas de paisajes bávaros, memorias del Tirol, cuando ve entre la hierba el agua de un riachuelo que parece venir del deshielo. Hay pinares negros que rodean el camino, que sirven de soporte a chozas indias que al borde de los precipicios parecen flotar en el aire.
       El abuelo ve, uno a uno, los pueblos, desde la cima oscura; atrás Guaduas, aquí Villeta, la confusión de los mercados, los grandes sombreros en punta, las ruanas azules con vuelta roja, las casas blancas, las iglesias humildes, y luego, los pueblos del altiplano. Otra jornada más, otro cansancio, la segunda jornada; en cada posada, piensa, están todas, han avanzado camino y han vuelto a entrar en ella, cada vez diferente pero siempre la misma posada medieval que hace siglos trajeron los españoles, que ha dado refugio en las noches a los caminantes cansados, que divide la tierra templada de la tierra caliente y que la separa del altiplano, donde se mezclan todos los mundos, donde llega el gran señor con su séquito a compartir la noche con los humildes viajantes, con las actrices de la compañía de teatro, con los conspiradores y con los empleados del gobierno, con los frailes meditabundos y las monjas nostálgicas, donde llegan las cargas de mercaderías europeas y alternan con el oro y la plata que se van para siempre, a cuyo portal se acoge el mendigo famélico, donde para, por una noche de ventura, el bandolero fugitivo, la posada situada entre el Magdalena y Santa Fe como si fuese una ciudad trashumante, estática en medio de todo lo que se mueve hacia uno u otro destino; el camino se desenrolla, se mueve, avanza, la posada es lo permanente, es la ciudad delegada, aislada en medio de la noche y en el día parte del camino; el Consuelo, el Vergel, Agualarga, nombres simples que marcan la ruta, especie singular, ciudad de noche, camino de día.
       Ya llega el grupo al final del ascenso a la altura del mediodía, y entra en el paisaje que han venido anunciando los riachuelos y los presentimientos vegetales de Lengerke. “El Alpe”, le dice en singular uno de los arrieros, y el alemán, al comprobar en el verde la similitud sugerida por el nombre, siente como un estremecimiento el peso de la distancia, al pensar que esta altura está enclavada en medio del trópico. Llegan a un portalón de hacienda; allí recibe el tropel un viejo suizo, que llegó, según explica, hace veinte años a estas soledades. Su nombre es Klaus Johann Werz, de Zurich. Les hace entrar a un salón rústico, en el cual resplandece el calor de una chimenea. Junto a las tazas de café caliente, inquiere por noticias de Europa. Lengerke le habla largamente, hasta que es necesario partir. Werz les invita a dar una vuelta por el jardín. Al fondo hay una gran empalizada de bambú, una jaula. La Nodier pregunta qué es, y el suizo responde con orgullo:
       —Es mi cóndor. Lo compré a unos campesinos que lo traían pequeño, capturado en el nevado de Güicán. Ha crecido aquí, y nunca ha volado.
       Le arroja un pedazo de carne, que el animal despedaza; extiende las enormes alas negras, engalla la considerable cabeza de buitre y sus ojillos miran coléricos a los intrusos. La Nodier pregunta:
       —¿Aquí los hay?
       El suizo sonríe.
       —Es demasiado bajo, hay que buscarlos en los montes más altos. Yo los he visto volar muy cerca, y son temibles. Parecen restos de la prehistoria—.
       Lengerke calla, mirando enjaulado, reducido a su mínima condición, el majestuoso pájaro. Lo hermoso sería verlo planear, ver sus alas inmóviles deslizándose sobre los vientos, remontando las cumbres nevadas, realizando su gigantesca rapiña. Pero no en el fondo de un jardín, acorralado y vencido. Mientras, el suizo explica a la francesa que para poder volar necesitan una gran altura y un profundo espacio abierto. Lengerke ve en el ave la expresión de una furia ancestral, incontenible. Dice solamente:
       —Los conquistadores.


II

      El telón se levanta. En un decorado que la buena voluntad hace suponer un palacio, aparece una muchacha recitando elocuentemente un monólogo. A la luz moribunda de las bujías, Lengerke mira a hurtadillas el programa: “COLISEO DE SANTA FE. La Compañía Teatral PRESENTA: PASCUAL BRUNO. Drama en cinco actos del autor colombiano Leopoldo Arias Vargas. Basado en la obra francesa de Monsieur Alexandre Dumas...” El alemán contempla a sus compañeros de palco: adelante, ruborosas y vestidas a la última moda, las señoritas Santa Cruz, y a su lado el padre, don Ricardo. Piensa cómo es de fácil, en un tiempo tan breve, un cambio sustancial de la vida. Palpa en su bolsillo la carta de su madre, que le entregaron ayer en la Casa Restrepo, en la cual, en pocas líneas, le da la noticia de la muerte de su padre. Al leerla le invadió la pena brusca y profunda que le acontece al hombre cuando pierde uno de sus puntos de referencia en la vida, y con ello su seguridad. Una crisis de soledad, de desierto, en la cual el mar se hace más ancho, más altos los montes, y todo más lejano. El padre se irguió siempre, más eficaz y tranquilo cuando más le necesitó, en el momento de huir. Comprendió la sutil mezcla implícita en la muerte del duelo. Después de la noche en claro, meditando en sus memorias, recordando al padre, se durmió, doblegado por el agotamiento. Al despertar tuvo el impulso de sacudir la opresiva sensación de la muerte, de luchar contra el agobio de la pena. Y con un gran esfuerzo invitó a la familia Santa Cruz, buscando la charla mundana e intrascendente de las muchachas.
       La voz de la primera actriz se alza, poniendo en la declamación el trémolo de una cantante:
       “¡Quién creyera que nuestros sueños infantiles de Bauso se habrían de cambiar en noche oscura y tempestuosa! ¡Quién creyera que tu Teresa habría de dar a otro hombre su porvenir!” Lengerke contempla los extáticos rostros de los espectadores. —“Se me figura que esas olas cambiantes, esos relámpagos fugaces, son la historia del amor de una mujer: ¡débil como la espuma, vario como el huracán! ¡Y yo juré a mi amante amor eterno, y sin embargo... y sin embargo voy a dar mi mano a Gaetano siendo de Pascual mi corazón!”
       Es inútil pensar en regresar. Llegaría a destiempo, y además, los enemigos esperan. Geo piensa en su padre, en su seca bondad, en la comprensión y el respeto mutuos de su relación. Todo ahora, en carne viva, y en medio de la soledad.
       En la escena se desarrollan las peripecias de la vida del bandido calabrés Pascual Bruno. El monólogo de la actriz traduce el momento en que acaba de ser sometida a la voluntad de su ama, la condesa Gemma de Castelnovo, esposa del príncipe Rodolfo de Carini, quien le ha ordenado casarse con Gaetano, servidor obsecuente. Teresa ama a Pascual, montañés proscrito del palacio por el odio legendario a su gente, el cual se tradujo primero en la muerte del padre de Pascual, rebelde para vengar el ultraje inferido por el conde de Castelnovo a su esposa, decapitado por su rebeldía, y su cabeza expuesta en una jaula en el palacio. Sabedor Pascual del proyectado matrimonio, entra al palacio de los verdugos de su padre, para hablar con la condesa Gemma y suplicarle que libere a Teresa.
       Lengerke piensa la diferencia de este día sombrío con el de su llegada, desde el despertar, a las siete de la mañana, en el Hotel Pacifico, a dos cuadras de la Plaza de Bolívar. Eufórico, lleno de energía, superado el cansancio, le sacó del sueño el armonioso tañido, la voz grave coreada por las vibraciones de voces de novicias, con trémolos que llenaban el ámbito de la llanura recorrida ayer a la tarde. El sonido concéntrico se dilataba, con su misma alegría estimulante que parecía abrir la mañana, con la poderosa vibración de las campanas de las cincuenta, de las cien iglesias y capillas que había vislumbrado, lanzadas todas a una en algazara de monjas sin pudor, desafiando los vientos anticlericales que parecían correr, marcando la hora del comienzo del trabajo de los artesanos de las ligas democráticas, diluyéndose en los reflejos irisados del chocolate mañanero del presidente López. 1852, Santa Fe de Bogotá, Bogotá ahora, por la gracia de los anticlericales. La orgía de campanas finalizaba con los sones retardados de las novicias díscolas, mezclados a los autoritarios regüeldos de los capellanes. En la tarde se convocaron al ángelus, fue el nuevo escándalo, la citación de la noche; Lengerke piensa que los dos ruidos característicos de esta ciudad son el de las campanas y ese rumor confuso, que en un principio no lograba discernir, el de las voces humanas, en todos los tonos, con todo el posible diapasón, como si estuviese reunida una desmesurada procesión desde las ocho de la mañana soleada, cuando el sol, al remontarse, entibia los tejados rojizos en los cuales el musgo invade los lugares íntimos, azula la ceremonia del día, tiempla las cruces de los campanarios.
       De pronto, irrumpe Pascual Bruno en el palacio, hay una violenta escena entre él y la condesa, y el príncipe Rodolfo interviene también violentamente. Lo identifica: el hijo de Antonio Bruno... El hijo de Geo von Lengerke, está aquí, exiliado, después de matar a un hombre, por una mujer o por encabezar una junta de conspiradores demócratas, sospechosamente vinculada con los autores —ya desilusionados— del 48. El padre de Geo ha muerto en tierra lejana. El padre de Pascual ha sido asesinado por el padre de Gemma. Trágica amenaza de Pascual, antes de huir, herido, lanzándose por el balcón. Telón del primer acto.
       La charla mundana, el paseíllo del brazo de las damas. Lengerke piensa en esta ciudad confusa y distinta, en la faz barbuda y los ojos glaciales del presidente-general, a quien fue presentado, y cuya mirada gris y fría impresionó al alemán, que analizó cuidadosamente la mezcla de protocolo e informalidad con que el general salía a pasearse a las once del día en el atrio de la Catedral, vestido de levita y botas de montar, con sombrero de copa y corbatín inglés. El general López estrechó un instante su mano, se informó de su viaje y de sus propósitos, y le deseó suerte. Un instante después hablaba con un grupo distinto, mientras Lengerke y su acompañante, don Juan Bernardo Elbers, el fundador de la navegación del Magdalena, se dirigían al almacén de géneros ingleses.
       Lengerke mira a los espectadores, y le parece ver, en una de las últimas filas, a Madame Nodier, acompañada del más joven de los ingleses del camino. Relevado del compromiso, piensa sin nostalgia. Oye la murmuración de sus compañeros de palco, de las gentes que se acercan; sabe de la memorable ascensión en globo del aeronauta argentino José Antonio Flórez, quien por la cuantiosa suma de mil pesos oro que reunió la ciudad hizo un globo blanco y rojo de bayeta, con un inmenso aro de hierro de dieciséis metros de diámetro, inflado con aire caliente, mediante una canastilla que contenía trementina y brea ardientes, y una barquilla de estilo Montgolfier, adornada con las banderas de los dos países.
       Acto segundo: Alí, moro compañero de Pascual, entra a hablar con Teresa, vestida ya para la boda. Rodolfo y Gemma la buscan para la ceremonia. Teresa suplica que no la casen; Gemma impone su voluntad; sale Alí a informar a Pascual. Aparece Gaetano, a convencerla. Escena de vacilante amor...
       Y ya inflado el aeróstato, Flórez, con levita azul turquí, subió al aparato, el cual inició su navegación aérea sobre la ciudad, tumbando tejados, descalabrando gentes, subiendo por fin, navegando de un lado a otro, pasando sobre las torres de la catedral para caer sobre el hospital de San Juan de Dios y regar chorros de líquido inflamado sobre los cuales saltaban los enfermos, en camisa cuando la tenían, mientras el aventurero lograba salvarse...
       Lengerke piensa en los turbulentos primeros días, en que además de tener que aprender a manejar la ciudad que no por pequeña dejaba de tener secretos, tuvo que encontrar a las gentes a quienes venía recomendado: a las nueve, a la casa de cambio de los señores Restrepo, quienes tenían ya las órdenes de su banco de Bremen, y honraron inmediatamente las cartas de crédito que les presentó. A las diez, diálogo personal con el señor Rivera, representante de la casa principal de Medellín, para oírle sus opiniones políticas, su larga disquisición sobre los riesgos y peligros del socialismo; su comparación entre López y Obando, en la cual este último, ya al borde de la presidencia, aparece como un hombre más peligroso que el general-presidente; porque este gobierno del general López, señor Lengerke, no se ha ocupado más que de perseguir a los curas, alzaprimar a los esclavos ya libertos, y estimular a los “democráticos” que son esos grupos de artesanos confabulados que usan ruanas azules con vuelta roja, y llevan todos un largo puñal escondido, que a la primeras de cambio se convierte en un fatídico pasaporte... Un político, el señor Murillo Toro, ha hablado, imagínese, de que estas actuaciones de piratas son apenas “¡retozos democráticos!”. Y todos los días así, en una sucesión indiferenciada de tiempo, con diversidad de acontecimientos y uniformidad de situaciones: a las once, la fría cortesía del ministro inglés, quien le informa que ya los Estados Alemanes han establecido relaciones con la Nueva Granada, y nombrado ministro al señor Franz Hesse, quien se sabe que envió desde Guatemala sus cartas credenciales, pero los asuntos de los súbditos alemanes están todavía al cuidado de la legación inglesa, y nadie sabe cuándo llegará. Naturalmente, el ministro inglés ignora todo lo relacionado con posibles persecuciones a Lengerke, quien se cuida bien de mencionarlas. A las doce, la más calurosa acogida del ministro americano, quien le da consejos útiles y le orienta en sus averiguaciones; a las tres, citas con personajes del gobierno, todas suministradas por el señor Elbers. En la tarde, las visitas de cumplido a las personas que le han hecho llegar su tarjeta: a la casa del ex presidente general Herrán, yerno del general Tomás Cipriano de Mosquera; a la de don Ricardo Santa Cruz, donde conoció a dos promisorios jóvenes de la Escuela Republicana, Salvador Camacho Roldán y Francisco Eustaquio Álvarez; y siempre, la conversación sobre la vida ciudadana del país, que oscilaba entre la rehabilitación de las consecuencias de la pasada revolución y la protección contra la próxima, que ya todo el mundo daba por segura. Piensa en su breve entrevista con el coronel Agustín Codazzi, en una de las pausas de su misión geográfica, y en la mucho más detenida con su asistente, don Manuel Ancízar, quien acababa de regresar de un largo viaje de estudio por Santander y Boyacá, y de quien obtuvo, en su acento cubano, rastro de largos años en la isla, las mejores y más agudas observaciones.
       Don Manuel escribía un libro sobre sus experiencias, muchos de cuyos apuntes fueron tomados con el cuaderno de notas apoyado sobre la cabeza de la silla de montar, al paso lento de la mula en descenso.
       Palabras sacramentales de Teresa a Gaetano: soy tuya. Aparecen entonces, sin transición, los convidados; graciosa escena de baile, con Alí y Pascual, éste, vestido de montañés de Calabria, Alí con su vestido nacional. Pascual, herido, se enfrenta a la novia: “Teresa, bailemos la primera tarantela...” El novio reacciona. Luchan y Pascual apuñala a Gaetano, quien muere de inmediato, sobre el escenario. Teresa se desmaya. Telón.
       ...o la maravillosa ascensión a la torre de la catedral, en la plaza de Bolívar, del peruano don Florentino Izáziga, y del indio mexicano Chinchiliano (de nombres de ilustres entronques con Maximiliano, o de vasta prosapia de bandidos de Sicilia), quienes del pedestal de la estatua de Bolívar a la torre de la catedral tendieron una doble cuerda, por la cual subieron y bajaron; y después don Florentino, como un diablo montado en un cilindro de guadua, descendió resbalando por la cuerda, con grave riesgo de sus partes nobles, despidiendo humo por la tremenda fricción...
       En el pasillo se saludan las damas y los petimetres; hay rostros que ya conoce Lengerke. Ha logrado saber que los conservadores son apegados a la Iglesia, fervorosos practicantes y amigos de los jesuitas recién incorporados al país y más recientemente reexpulsados; lamentan en voz baja la abolición de la esclavitud, y tienen pánico de las sociedades democráticas que afianzan el poder real del general López; recuerda que el ministro inglés le contaba que un antecesor suyo, Hamilton, en la década de 1820, había dejado la mejor descripción del Congreso, diciendo, después de asistir a una movida sesión, que era: “un patio de osos”. Y el patio continúa, decía el ministro con su voz aflautada. ¡Imagínese que el presidente fue elegido en una sesión en que los de las Ligas Populares amenazaban con matar a los miembros del Congreso!
       Tercer acto: Baile de máscaras en un palacio de otro príncipe, el de Butera. Varios personajes en escena, entre ellos el príncipe Rodolfo, Gemma, Alí y Pascual, convenientemente disfrazados. Pascual es ya el bandido generoso, “de rasgos de exquisita nobleza”. Hablan de Pascual; el de Butera lo defiende. Gemma cuenta cómo Bruno rescató la calavera del padre que colgaba en una jaula sobre una torre del castillo. Altavilla aparece, y se expresa contra Bruno, quien lo desafía, y lo descubre como ladrón de cucharillas de plata. Muere Altavilla a manos de Pascual.
       ...y el temor nocturno del vandalaje de los ebrios “cachacos” y artesanos, los tiros perdidos en la sombra, las sillas de manos con faroles, como procesiones fantásticas, los coches volcados con las ruedas metidas en las acequias de las calles, los galopes locos que se escuchan en la noche... No ande usted solo, le han dicho, después de las seis de la tarde; hay bandas de ladrones que recorren a Bogotá. Le han contado que las gentes de bien han organizado un complicado sistema de campanas de alarma de casa en casa, de modo que si los ladrones entran en una de ellas los dueños pueden poner en conmoción a todo el vecindario. A las seis, salvo eventos muy especiales, las casas cierran a piedra y lodo, y sólo se abren a las seis de la mañana; es desventura morirse de noche, y hasta los bailes y los “refrescos” se están acabando.
       ...El baile sigue, la condesa Gemma exclama:
       —“Si un baile de disfraz durara dos días, no habría cabeza que resistiera a sus halagos; la curiosidad se excita, el misterio desespera, y cuando a través de una careta se cree encontrar un indiferente, se tropieza con un amigo íntimo...”.
       La catarata del Tequendama, ese ejemplo soberbio de paisaje romántico, la piedra de Bolívar, a la que saltó el Libertador en un alarde de valor insensato, en medio del turbión que se precipitaba al abismo; el bogotano que aterrorizó a los americanos lanzándose a las cataratas del Niágara, y cruzándolas a nado; las grandes haciendas, las antiguas batallas, entrevistas de negocios, descripciones de empresas fantásticas; recuerdos de la visita del príncipe Pedro Bonaparte, quien, según referían, aseguraba a quien le oyese que no había conocido a nadie que tuviese con más vigor el don de mando que el general Santander, con quien había llegado a Cartagena y a quien había visto con asombro pasar revista a las tropas de la guarnición vestido de prosaica levita sin que ello desluciera en lo mínimo la marcialidad del acto; memorias de Bonaparte que había mirado, o sonreído, o embrujado a alguna dama, de sus citas clandestinas que al día siguiente la ciudad comentaba; memorias republicanas de aristocracias bonapartistas, recuerdos desconcertantes de las guerras civiles que aparecen como peleas de familia...
       Como todos andan de antifaz, se supone que no se reconocen; Alí, chismosamente, le dice a Gemma que el príncipe de Carini galantea a otra. Ella exclama para sí, en una aparte: “Bien, Rodolfo, también haré uso de mi careta.” Pascual empieza a seducirla, pero choca con Rodolfo que aparece. Llegan gentes buscando al que mató a Altavilla: la espada de Pascual. Este se descubre, y lo salva de la muerte el príncipe de Butera, por una deuda de gratitud. Telón.
       Cuando mi padre, piensa Lengerke, iba de cacería, traía después las hermosas perdices, los suculentos patos... El olor del asado de caza se esparcía por la casona. Mi madre sonreía feliz, y el señor de la casa atusaba sus grandes bigotes contemplativamente. Mi hermano era demasiado pequeño. Recuerdo al padre limpiando cuidadosamente las armas después de la faena. Yo habría puesto todas sus armas en el ataúd, como las de un vikingo...
       Pasa el ministro de Inglaterra, y hace una económica venia. Va a su lado el americano que hace un gesto cordial. Detrás viene la Nodier con su joven inglés. Lengerke la ve, tentadora y sugerente, con despecho... Ella inclina la cabeza, como una digna dama. Lengerke piensa, al ver el gesto discreto del inglés, que acaso ella logró convencerlo de su virginidad. Retorna a hablar con las Santa Cruz. Se oyen los tres golpes para el cuarto acto: en viaje de Messina a Palermo, el carruaje de la condesa Gemma pierde uno de los caballos de tiro. La casa donde pide refugio es, sin ella saberlo, la de Pascual. Lo piensa cuando ve una calavera, que presiente que es la del padre de Bruno, y a su lado la careta que llevó Pascual en el baile. Aparece el bandido: juego de gato y ratón; Pascual va a matarla, ella nombra a Teresa, él la perdona.
       Lengerke desvía del escenario los ojos y los posa sobre las dos Santa Cruz, vestidas de blanco, sobre cubierta; mira al frente y ve la línea de la orilla, la selva cerrada, y más arriba el cielo de tarde. El barco va avanzando lentamente por entre las filas de los palcos, se oyen el ruido de las palas en el agua, los chillidos de los micos asustados, el chapoteo de los caimanes disturbados que se sumergen; la Nodier aparece en una ventanilla del camarote, llamándolo, pero se interpone la sotana crítica del padre Alameda. El barco va a atracar, justo, ante el escenario, y de él salta Alí que anuncia que están rodeados. Gemma, a gritos, lo denuncia, lo acusa ferozmente. Pascual la retiene, y apunta la pistola a un barril de pólvora. Se retiran los gendarmes; Pascual, finalmente, la perdona otra vez: “La perfección debe conservarse, y vos sois un monstruo perfecto. Vivid para vergüenza y deshonor de vuestra raza”. Pascual se rinde, y le ahorcarán. Telón. La tripulación y los pasajeros aplauden, Lengerke se da cuenta de que el teatro está dentro del barco, y de que deben seguir viaje. La charla le rodea, ve a lo lejos a la Nodier que le mira por encima del hombro del inglés. Dentro de poco desaparecerá de su vida, el barco le recuerda que debe seguir el viaje, ya sabe a dónde ir, hay una palabra que ha oído por primera vez, como un santo y seña: Santander. Allí hay ciudades blancas; en el Socorro los ímpetus de los santandereanos se adormecen al ritmo de los telares ingleses, en Zapatoca las manos de las mujeres parecen tejer las tardes infinitas en las alas de los sombreros de nacuma; Bucaramanga está rodeada de aromas concupiscentes de café y de tabaco, que se mezclan con la paradójica fragancia glorificante de las tenerías.
       La industria, el comercio son allí una aventura prodigiosa; los caminos esperan, ocultos, que se les abra; las huellas de los españoles están para seguirlas, para tentar caminos, mañana, en el barco en que navegamos ahora...
       Acto quinto; la cárcel. Entra el carcelero a la celda de Pascual, con un cadáver. Geo recuerda al criminal a quien en Bogotá acababan de encerrar una noche en una capilla con el cadáver de su víctima, para provocarle el arrepentimiento. Entra Alí vestido de cura. Pascual le pide que levante la mortaja; es el cadáver de Teresa “Mujer amante, la locura fue el premio de su sensibilidad...”. Llega la condesa Gemma que previene al carcelero para que la defienda si aparece Alí. Trata de amargar a Pascual, quien se comporta mansamente. Alí va a matarla, Pascual lo detiene; Alí, es tu hermana. Tú eres hijo de mi madre y del conde de Castelnovo, padre de Gemma. “Apenas viste la luz, te llevé de Argel y te dejé abandonado a unos piratas; después en la expedición contra el príncipe Moncada caíste prisionero y yo te reconocí por una Madona que mi madre te había puesto al cuello...” El remordimiento invade a Gemma, que ha ido a gozarse de la muerte de Pascual, a quien van a llevarse y pide despedirse del cadáver. “Éramos niños, Teresa, y en los primeros albores de nuestra juventud, nos vimos y nos amamos; nuestros tiernos corazones latieron juntos y juntos quisieron seguir en pos de su fin, como dos fuentes que brota la roca, y que en su curso se unen para perderse en el mar...” Pascual parte al cadalso. Gemma, atormentada, dialoga con Alí. Le manda un mensaje a Rodolfo, para suspender la ejecución. Alí vacila, después va a salir, y el carcelero, en cumplimiento de las instrucciones anteriores de Gemma, lo mata de una puñalada. Se oye, a lo lejos, el miserere. Telón final.
       La sombra del padre muerto flota con sus alas abiertas sobre el peregrino. Silenciosamente camina al lado de las damas. Las luces del barco se apagan, el teatro enmudece. ¿Si Pascual hubiera revelado antes su secreto?
       Durante el día, el pasmo patriarcal de la ciudad andina, lejos de la vida y de la muerte, como una barca de Dios con la proa puesta hacia el norte, para navegar en medio de las guerras civiles, de las montoneras de alzados, del calor y la fiebre, desde el remanso perdido entre las nubes, a la misma distancia del cielo.
       El padre se fue, el barco se ha perdido, barco de vikingo, en la noche. Al llegar al hotel, ya solo, Lengerke comprende que al día siguiente debe partir.


III

      Lengerke contempla el letrero que ampara la entrada de la casa grande, cercana a la plaza, de la cual hizo a la vez morada, oficina y almacén, para iniciar desde allí la estrategia del comercio. Ceñido a las costumbres urbanas, todas las tardes recorre las pocas cuadras que le separan del Club. Cuando llegó a Bucaramanga, los señores de la ciudad vivían de sus tierras, sin muchas presunciones mercantiles. Al instalar la casa del comercio, la vida de Bucaramanga empezó a cambiar, a adquirir un acento febril ignorado antes. Con la agitación comercial, la gente empezó a hablar de la necesidad de superar el progreso industrial del Socorro. Recuas de mulas cargadas de tabaco comenzaron a salir constantemente hacia el río; otras entraban, trayendo las monumentales cargas de sombreros tejidos. Llegaban de Europa bultos rotulados en idiomas extranjeros, el almacén comenzó a llenarse, con un flujo y reflujo que fue cada día más abierto. Cada día aparecían bultos de forma distinta, nuevas fragancias, nuevos olores ásperos. Llegaban brandys y vinos franceses, galletas de Inglaterra, porcelanas de Sajonia, cervezas alemanas, telas francesas e italianas, casimires británicos, armas americanas, medicinas que del África se adaptaban a América, según los fabricantes; la quinina elaborada, los extractos misteriosos del benjuí; a veces, el olor de la canela llenaba los depósitos como si anunciara un milagro. Los linos irlandeses se alineaban en los estantes, despidiendo su maravilloso olor de limpieza. Los dependientes adquirían maneras internacionales dirigidas por Hans, el mulato. El almacén para el público revestía una variedad alucinante, desde los perfumes a las maquinarias de trapiches. Las interminables filas de machetes relucían al lado de los fastuosos espejos. Al fondo, las oficinas, con escribientes atareados, recibían y despachaban pedidos, revisaban las transacciones, manejaban la correspondencia europea; por la gran entrada, las caravanas entraban a depositar su carga, o a recibir envíos para el Socorro, para San Gil, para Zapatoca. El padre Alameda, en una breve visita que hizo a Lengerke, le dijo que la casa de comercio tenía toda la magnificencia y todas las tentaciones de un templo pagano.
       Contemplando desde lejos el ir y venir que surge de la casa, como una cajilla mágica, Lengerke recuerda. La acomodación fue fácil y rápida; las cartas de presentación de Bogotá le franquearon las puertas. La primera visita que recibió fue de don José María de Valenzuela, quien se expresaba bien en alemán y lucía su figura de petimetre nostálgico, sus costumbres afectadamente inglesas y su soberbio caballo moro. Fue presentándole a sus amigos, los contertulios del Club de Soto, al cual fue pronto invitado a ingresar. De su cuidadoso estudio de las posibilidades comerciales, Lengerke había seleccionado los dos aspectos especiales de la región, el tabaco y los sombreros. Se hablaba y se habla, sin que se vea claro, de minas de oro, las cuales se sospechaba que existían en una región remota de los montes.
       Recuerda cómo, al llegar a Floridablanca, ante el oleaje de lomas que se extendía hasta Bucaramanga, se detuvo para cometer un pequeño acto de traición: no entraría en la ciudad montado en la mula paciente que le trajo sin riesgo por los verticales peñascos de Sube al llano cansado de la Mesa de los Santos, y que le hizo atravesar desde el Socorro las severas montañas; iba a cabalgar en el luminoso alazán que traía de cabestro Dimas, el peón de estribo que capitaneaba la escuadra de arrieros que traía el copioso equipaje. Lengerke piensa que ese equipaje era la misma casa de comercio, la anticipaba, era en cierto modo la síntesis de su primer mundo. Recordó cómo era: camisas de seda, nobles ropas interiores, sus escopetas y rifles y los revólveres Smith & Wesson que hacían pareja con los dos que llevaba en el cinto, por encima de las inoportunas botas altas de cuero con las cuales remplazó los zamarros de fatiga. Aguas de Colonia, municiones, creolina y drogas europeas; la caja de cuero en que venían encerrados los sombreros de copa, y los anchos sombreros de campaña que remplazarían el casco colonial; el pequeño escritorio plegable, la caja de libros alemanes y franceses, el tintero de porcelana y la estatuilla de bronce de Goethe; las miniaturas de su madre y hermana, hechas por el pintor Buckermann de Bremen, en las cuales las figuras femeninas aparecían melancólicas y dulces, rodeadas por estelas de tul indescriptible, los rostros de otro tiempo enmarcados en la fina madera dorada; los largos espadines de duelo y las compulsivas pistolas en su importante caja. Los baúles de legendario cuero, con guarniciones doradas, contenían la impedimenta del viajero que llegaba a la tierra prometida, juntando en ellos, además de los enseres de la ciudad, de sentimentales recuerdos de tiempos pasados, todo el arsenal de medicinas, aparatos, protecciones contra la naturaleza, una brújula enchapada de oro, un cuchillo toledano de roja empuñadura. Las levitas, grises, azules, negras, los chalecos de fantasía, las leontinas para los opulentos relojes. En su portafolio reposaban las cartas de crédito de los banqueros de Bremen y de Hamburgo, ya levemente deshojadas en Bogotá, al lado de algunas partituras para piano, escogidas al azar de su propia afición, inútiles ahora: Schubert, Mozart, Beethoven, Wagner. De la caja de libros selecciona en la memoria los Cuentos Fantásticos de Hoffman, la edición francesa de El judío errante de Eugenio Sue, que le acompañó en las horas de la travesía, y el Ivanhoe de Sir Walter Scott.
       Lengerke recuerda cómo preparó su llegada, viendo a lo lejos a Bucaramanga. El comercio entra por los ojos; por eso procuró subrayar, como en Bogotá, el acento europeo de su presentación, dándole hasta un giro más francés o inglés que el tudesco de su propia vida.
       Ya a la puerta de la casa de comercio, recuerda la plácida entrada a la ciudad, por el camino bordeado de anacos en flor y de caobos opulentos. Bucaramanga, la pequeña ciudad de casas blancas. El parque principal —lleno de mangos, de ceibas, de árboles extraños cuyos nombres iría aprendiendo trabajosamente, la iglesia modesta (ya hay otras, le informó Dimas). Llegaron al trote por las calles empedradas; en las ventanas interrogaban ojos oscuros; los hombres sentados a la puerta en la quietud de la tarde, los que discurrían por las calles, se quedaban observando la pequeña caravana, y respondían sobriamente al movimiento de saludo que llevaba al casco la mano de Lengerke. Todos de blanco; el alemán pensó en los atuendos de lino que hizo confeccionar en Bogotá. Una casa importante, con rumor de gentes, entradas y salidas, retuvo su atención.
       —Es el Club de Soto— le explicó Dimas—, el de la gente rica. Llegaron al caserón de la posada y entraron a caballo por el gran portalón. El dueño de la posada le condujo a una amplia habitación, con penumbra de casa europea en el verano. Entraron los baúles, las bestias quedaron en la pesebrera, eran las cinco de la tarde y en el comedor de la posada de Franklin se reunían los huéspedes.
       Lengerke camina hacia el parque. Le agradó desde el comienzo el pausado ritmo de la vida, pero necesitó siempre los intervalos de sus viajes remotos y peligrosos. Cuando sus amigos le hablaban, aterrados, del socialismo implantado por López, de la revolución, de la pérdida de la tierra, reía sonoramente, hasta el punto de que le consideraban honestamente convencido y sabían que su esfuerzo de crear un movimiento comercial tenía que implicar la fe en que el país no se iba a ir por el despeñadero. El comercio es como la guerra, una estrategia, les decía; basta acomodarse a las circunstancias. Y aquí está todo por reglamentar, no piensen que lo harán en menos de cien años. Mientras tanto se puede trabajar, y entonces también. Su risa retumbaba por las salas del Club.
       La casa de comercio progresaba, y el hombre seguía viajando por Santander, por las provincias: Pamplona, Cúcuta, Málaga, el Socorro, San Gil, Vélez. Recuerda cuando se supo que había comprado la Hacienda de Corregidor, Vado Hondo, y que había empezado a construir una nueva casa. Y empezaron a llegar al almacén de Lengerke las primeras cargas de sus importaciones: lámparas, porcelanas, que en muchos casos llegaban hechas trizas, vinos y brandys, conservas, sedas finas, linos, adornos. Al entrar las señoras al almacén —nunca iban solas, por la fama de mujeriego que había adquirido el alemán— se extasiaban mirando las mercancías, antes no vistas sino en las pocas casas en que alguien había logrado vivir la riesgosa y embrujada aventura del viaje a Europa. Salían siempre con el capricho comprado, y las hermosas con una mirada encendida del varón. Corrían historias —cuando los hombres se atrevían a contarlas— de que en la casa de Vado Hondo, que ya había terminado de construir, se realizaban alucinantes orgías a las cuales, como mariposas atraídas por la luz, iban todas las muchachas del contorno. Se decía que en la parte residencial de la casona de Bucaramanga las paredes estaban llenas de peligrosos cuadros de mujeres desnudas, escenas escabrosas, pinturas obscenas; que casi todos los vinos, el champaña, el brandy que importaba, estaban destinados a su casa y a las terribles saturnales: “Son cenas adánicas”, murmuraba el cura, “a las cuales hombres y mujeres asisten desnudos”. Las devotas se estremecían entre el terror y la curiosidad. A poco de terminada la casa de Vado Hondo, ofreció el señor Lengerke un gran paseo a las gentes de sociedad. Las señoras deliberaron y convinieron en asistir, con sus padres o maridos; no había quien no quisiera ver por un momento el escenario de tantas licencias y extravíos. Lengerke estaba en el portalón de la hacienda recibiendo a los invitados, que llegaban ajetreados, después de un par de horas de cabalgata. Los prados frente a la casa resplandecían con mesas llenas de viandas, atendidas por los criados de la hacienda, esclavos libertos de la región de Corregidor, cuidadosamente entrenados por el mulato Hans, que apareciera un día misteriosamente, venido de la costa, y que hablaba alemán con su patrón. Lengerke, de levita blanca, hacía los honores de la fiesta: entre los árboles había escondido el grupo musical que amenizaba los bailes de Bucaramanga y que ejecutaba hasta morir, para beneficio de la concurrencia acalorada, danzas, contradanzas, tarantelas y remedos de valses.
       Los licores circulaban profusamente; de grupo en grupo el alemán decía la frase oportuna y sagaz. Todos estaban maravillados de la forma como lograba la combinación de las comidas vernáculas con los manjares extranjeros; el momento mejor, recuerda ahora, fue aquel en que sacó los bombones franceses para las damas y el coñac para los caballeros. Al caer la tarde, la mayoría de los señores que habían venido con sus damas había partido, salvo el grupo más íntimo que disfrutó de la cena nocturna, del baile y de las camas mullidas, vestidas con ricas sábanas de lino, sobre las cuales pasaba el hálito pecaminoso de la leyenda. Aquella invitación le franqueó definitivamente las casas de Bucaramanga, con simpatía por su soledad, y con el perdón por sus arrestos varoniles. En la vida social pacata y tímida de la ciudad se le aceptó como un extraño ser europeo con otras costumbres más amplias y peligrosas, pero que sabía comportarse como un cumplido caballero, a quien se reputaba hombre de valor.
       Lengerke va de regreso a la casa. El abuelo le ve entrar y sabe que en la casa de comercio concluye el primer viaje, se ha iniciado y prosigue la estrategia de la batalla. Parecen desvanecerse en el aire las últimas voces de la ciudad diurna. El abuelo ve cómo se cierran las puertas de la casa de comercio y se encienden las luces íntimas de la morada. En la esquina blanca, las letras se destacan bajo la noche clara. “Casa de Comercio de Lengerke & Cía.”. El abuelo comprende que Lengerke ha partido de nuevo.


TRES
I


      En las cálidas noches de Girón, mientras a sus pies murmuraban las nuevas odaliscas de su poderío, acariciaba el sueño de hacer algún día un rincón de Alemania en esta tierra, con una gran inmigración a la Confederación Granadina; la obsesión de traer el progreso, de tener gente para revelar la riqueza, mezclaba su poderoso atractivo en la ambigüedad de los velos patrióticos.
       Y por ese sueño, o esa obsesión, o por afán de viaje, comenzó a preparar una visita; tuvo noticias por la madre, de una amnistía que le permitiría regresar; le instaba a volver, le describía el Weser en primavera, la casona feudal, las avenidas de Bremen. ¿Vale la pena cambiar lo que ahora tengo? La carta le sumió en la angustia, en la vacilación, en el remordimiento que le producía desoírla, hasta que decidió el viaje de visita, que calmaría sus preocupaciones, y le serviría para palpar el viejo mundo, para saber qué iba a necesitar y aprovechar. Cuando adoptó la solución, ante el camino claro, volvió a su tranquilidad y comenzó a modelar el nuevo viaje.
       Recorría, al paso lento del caballo, las vegas en que flotaban pacientemente al viento las hojas y los tallos de la plantación. Convertido en un plantador, hombre legendario en su país, aquí era un mítico extranjero. La espuma de la casa comercial subía. El nombre estampado en las cajas era moneda buena aquí y en los mercados europeos. La urdimbre del comercio estaba trazada, con todos los hilos de la estrategia. Vado Hondo era casi tan grande como Bremen, lujo barato de república pastoril. Tenía las mujeres que quería, que si no tenían los ojos transparentes de las distantes alemanas, rivalizaban con ellas, salvo cuando, fácilmente, su catolicismo se tornaba en remordimiento. Quería y no quería volver. Añoraba la tierra vieja, las forestas educadas y plácidas, los ríos tranquilos, los castillos. Pero esta tierra, en cuya dureza, en cuyos violentos climas, el salvajismo estaba a flor de piel en los ejemplares más cultos de la especie, le atraía con su fascinación desmesurada, con sus montañas, con los tajos profundos de sus ríos.
       Le hipnotizaba mirar cómo actuaban los hombres, oír las historias de sus guerras, verse siempre al borde de un mundo primitivo en el cual lo más civilizado era una religión elemental. Pero más aún, en ocasiones se había visto actuando tan primariamente como cualquiera de ellos, como si se hubiera quitado el vestido de europeo. Nada más atractivo para un alemán civilizado del siglo XIX, que verse hundido hasta el cuello en este mundo en formación, en esta edad media que recreaba todas las fuerzas oscuras y perdidas, las mantenía vivas en su caótica composición social. Lo que más profundamente lo consumía era verse con una desusada capacidad, con un vasto poder de crear por entre las mallas de la frágil red del Estado nacional naciente, un mundo de poder, un imperio, cuando los imperios empezaban a hacer agua en el mundo.
       Su lejano país era aquí, entre las mentes cultas, una vaga entidad llamada en los escritos “La Alemania”; pensaba que con el ejercicio sabio de doctrinas que su espíritu liberal había rechazado, podía construir, como parte del Estado nuevo, como un mundo por encima de él, su propio dominio feudal, sin otra cortapisa que la extensión de su propia fuerza, de su poder económico, de su deseo de imperar. Era la tentación del poder, ajena a credos, olvidadiza de principios. La tiranía benéfica, pensaba a veces con el estremecimiento íntimo de otro de sus remordimientos.
       Y sin embargo, la imaginación liberal subsistía en las alternativas inquietas de su creación, sentía que no sería capaz de violar sus ideas, y que serían ellas las que crearan el mundo que necesitaba. Y así curaba su remordimiento.
       Delante de sí tenía el largo viaje, de nuevo el Magdalena, otra vez la travesía del mar. Ya comenzaba el otoño europeo cuando inició su regreso a Alemania. La casa de comercio seguiría marchando en manos de su gente de confianza. Carmelo Ordóñez organizaría los despachos de mercancías, y recibiría los grandes cargamentos para que el flujo de la corriente no se detuviera. Y el mulato Hans, además de sus tareas comerciales, cuidaría de Vado Hondo y de la casa de Bucaramanga no sin vigilar al propio Carmelo.
       Cuando viajó, en Bucaramanga se alcanzó a murmurar que así como había sido rápida su fortuna, le había llegado el fracaso y tenía que marcharse. Pero desde el día siguiente a la partida del alemán vieron que en las manos de Ordóñez seguían llegando y partiendo las grandes cargas de la estrategia comercial. Y hubo a la vez alivio y descontento.


II

      Días largos e iguales, que recordados se acortan y se empequeñecen. Hace ya meses que partió Lengerke hacia Alemania. Ya para entonces era parte de la vida de la ciudad, ya se le quería y se le odiaba, se le deseaba bien y se le envidiaba.
       La ciudad cambiaba de espíritu, con esa transformación inevitable que producen los cambios materiales. Las gentes se asombraban de la revelación: desde las primeras casas que ostentaban en sus salas el recién importado papel de colgadura, de flores sobre fondos oscuros y asordinados, que procuraban una necesaria sensación de frescura, al recuerdo de los comediantes de ópera traídos por él para una sola representación en Vado Hondo. Y el sabor de los vinos franceses y alemanes, de las conservas, de las galletas inglesas, el corte de levitas importadas, la arrogancia de los sombreros de copa; y la gran calidad de las armas cortas que ahora los señores usaban al cinto, producto de las importaciones de la casa alemana. Había también flotante en la ciudad, la pecaminosa libertad de algunas mujeres que frecuentaban don Geo y sus amigos en las horas de descanso, en casas perdidas en las afueras. Era esta una modalidad que a él se debía también. Había traído las primeras, algunas en empresas de aves de paso, otras listas a encapricharse y quedarse en unos brazos pródigos.
       La vida de Bucaramanga revestía un aire que si a algunos parecía libertino, otros encontraban progresista y moderno. Quienes más añoraron a Lengerke fueron aquellos que veían en él al descubridor, que había tenido la audacia de dar pasos de definitivo progreso, y abrir el camino para que otros intentaran aventuras semejantes. Su ausencia les hizo sentirse primero desamparados, luego les mostró que ellos también podían hacerlo. Y así, en el transcurso de los seis largos meses de su viaje, fueron surgiendo nuevas empresas y otros desafiantes modos sociales, a la sombra de Lengerke & Cía.
       Lengerke andaba errabundo por tierras alemanas. Después de embarcarse en Santa Marta, con su cargamento de flechas de indios, cueros de culebras, pieles de jaguar, pequeños caimanes disecados, objetos indígenas de oro y plata, adornos de carey, sombreros y tabaco, había hecho el largo y fatigoso recorrido que lo llevara a Hamburgo, en el mismo barco en que iba un cargamento gigantesco de tabaco y sombreros de nacuma. Llegaba como un pirata o un conquistador español, con su fabuloso botín; al pasearse por cubierta, sentía el olor acre y voluptuoso de las pacas de tabaco, que subía de la sentina. Hamburgo, igual al puerto que había conocido, la ciudad hanseática del pasado, le brindó el necesario reposo de un par de días en tierra mientras reacomodaba la mentalidad al mundo alemán. Aquí estaba la ciudad orgullosa, todo el poder comercial de los Fugger y los Welzer (Fúcares, Bélzares, decía él, acostumbrado ya a la jerga castellana de Santander). A caballo siguió su viaje hasta Bremen, donde encontró a su madre, siempre acongojada por la muerte del padre. No parecía que distara ya tanto tiempo, y él mismo sintió de nuevo el peso opresivo de la ausencia definitiva; una noche en que se quedó solo en el amplio salón de la biblioteca, alcanzó a tener el estremecimiento de su presencia. Le pareció escuchar los pasos lentos, la pausa en el umbral, la entrada hacia el sillón favorito. Sintió que hablaba con él, que juntamente analizaban su viaje a América. El viento liberal, decía el padre, se ha ido acabando, se va desvaneciendo, vamos poco a poco de regreso al absolutismo. El águila bicéfala va a abrir sus alas sobre nosotros, y entonces, Geo, no vas a tener otro remedio que ser amigo del poderoso, del Emperador, que si no lo eres te enviaría a la tiniebla. En cambio allá puedes hacerte tu propio imperio, el dominio, el poder tuyo, sin tener que adular a nadie, sin tener que estar de acuerdo con los que pueden disponer de tu suerte.
       El silencio cayó, con las sombras, sobre la biblioteca. Oyó de nuevo los pasos que se encaminaban hacia afuera. Sin darse cuenta, los velones se habían ido apagando, la biblioteca estaba en sombras, sólo entraba por la ventana la débil claridad de la luna. Quiso moverse y algo lo detuvo. No debía intentar forzar los refugios de la muerte. Él le había hablado, le había dicho que tenía razón; y en verdad, lo comprobaba al hablar con las gentes amigas. El esplendor del amanecer liberal de Europa se desvanecía, nada quedaba del sueño de libertad. Napoleón el Pequeño, la Unidad Alemana, eran los fantasmas que se agitaban en las ciudades del mundo.
       Y al desaparecer el amanecer liberal, se esfumaba la única esperanza de que se mejoraran las condiciones de los obreros, de los asalariados. Un día la inconsciencia de la humanidad haría necesaria su reivindicación. El amanecer liberal naufragaba entre las sombras de los imperios.
       La presencia del padre le reveló que tenía razón. Debía recorrer sus antiguos tiempos, volver sobre su vida de juventud, para encontrar quienes le acompañaran en su empresa, los mil alemanes de cabezas rubias que abrirían la montaña, sembrarían las grandes plantaciones, trazarían los caminos, construirían los castillos. Empezó a caminar por entre sus nostalgias, llamó a hombres amigos, oyeron su llamado.
       Trató de averiguar la suerte de Irina. Nada logró saber, salvo que se encontraba en el Sur, pero nadie sabía si estaba en Múnich, o si de allí se había escapado a Viena, o apenas languidecía en Dusseldorf; Geo esperó simplemente, y pronto recibió una carta de Colonia. Tomó la diligencia, que a trancazos le llevó hasta allá, a verla de nuevo. El tiempo había sido cruel con ella. Todavía, sin embargo, conservaba el atractivo de sus grandes ojos oscuros, pero como había seguido viviendo con la familia de su marido después de la aventura de Geo y la dramática muerte del consorte en el duelo, aquella gente, corta de alcances y falta de generosidad, la había hecho pagar sus culpas con crueldad. Geo sintió que debía compensarla de ese tiempo, y se la llevó, también en diligencia, a Viena, donde en el Hotel Bristol pasaron los más hermosos días de aquel otoño, en que el Prater era dorado, el Danubio profundizaba sus aguas, y entre las hojas de los árboles y el esplendor del cielo parecía que en aquella ciudad debía quedarse entera la vida. Cuando ya el invierno empezaba a acortar los días y hacer sentir las inclemencias del frío, tuvieron que partir. Alcanzaron a regresar a Praga, donde Geo se había detenido al huir. En el esplendor de la ciudad barroca ella debió sentir cómo se terminaba aquella vida, cómo su espíritu se quedaría en las calles de la Mala Straná o en el puente Carlos sobre el Vltava tumultoso de invierno. Allí decidieron que ella iría a Essen a vivir con sus padres. Él le explicó con angustia que debía volver a América, a conseguir dinero. Le punzó un mísero remordimiento al decirle la vaga mentira, y más aún cuando ella tuvo todavía la magnificencia de prometerle que le esperaría siempre, aunque ya sabía que era el adiós definitivo. Le pidió que volvieran a Viena, y allí se separarían. Geo aceptó, y el último día la acompañó hasta la diligencia. De alguna parte venía un distante rumor musical. “Los Valses”, murmuró ella. Geo asintió y la vio subir. Los dos minutos de espera fueron muy largos, pero por fin el coche arrancó. En la ventanilla se veía una mano, o un pañuelo, mientras la diligencia se hundía en la tarde gris. Geo se encaminó al Hotel, antes de dirigirse a su último concierto vienés. Una etapa de su vida había quedado definitivamente cancelada, y él lo había querido así. Como no había querido buscar en Praga a María. Estas mujeres eran un hermoso pasado. Él quería vivir hacia adelante, en un continente donde no reposaran sus muertos.
       La despedida de la madre fue temblorosa. Temía no verle más. Geo, sin embargo, tenía la seguridad de que al volver la vería, con su rostro rubicundo enmarcado en la plata de las canas, rodeada de los trofeos innumerables que le había traído y que constituían su orgullo. Madre, madre, cuando la veía, en el puerto del castillo, a la orilla de Weser, mientras él, al trote fino de la yegua, se alejaba por entre la tarde invernal. Sentía, otra vez, el remordimiento de no pasar más tiempo con ella y con Emil, el mozalbete hermano a quien había prometido llevar a América, el único que le quedaba desde que su hermana Matilde muriera de parto del primer hijo, un año apenas antes del viaje a América. Por ahora, solamente se llevaría al sobrino Lorent, hijo del primo Konrad. Lorent viajaría a finales de julio, pues esperaría antes la llegada a Hamburgo de varios cuantiosos cargamentos.
       En el puerto, Lengerke, ya en la cubierta del “Emperador”, el barco alemán que le llevará a destino, se vuelve hacia el muelle, donde está erguida la silueta del hermano, Emil, con su cabeza rubia despeinada. En unos años, Emil tomará el rumbo de América, a compartir su fortuna. Siente un impulso de ternura al verle tan joven, mientras la silueta se va haciendo distante y el barco navega a toda vela, para emprender el mes de navegación a Santa Marta. Se inician las incomodidades: los estrechos camarotes, la alimentación de conservas, la luz vacilante de las linternas nocturnas. El mar poco a poco se va haciendo proceloso, irritable y áspero. Mar de invierno, mar nocturno, alta mar en la cual, lanzados en la oscuridad líquida, ya bien atrás las costas de Inglaterra, las olas comienzan a crecer en la noche, a barrer la cubierta, el temporal se desata, el viento silba en las jarcias, el rugido del mar se hace violento como de un áspero monstruo; el barco gira sobre sí mismo, se eleva en la cresta de las olas inmensas, cae en el abismo. Los pasajeros reunidos en el salón de popa están trémulos, esperando el momento en que la cáscara de la nave se parta en dos, y los deje caer al fondo del mar agitado. Un cura pálido, de hábito blanco, repasa las cuentas del rosario y empieza de pronto a rezar la oración de los agonizantes. Se oye un crujido de todo el costillar, y retumba un golpe violento sobre la cubierta. Se ha desgajado el palo de mesana, el barco desarbolado gira y gira, se acerca la muerte ahora que navegamos sobre la Atlántida; la gigantesca fuerza del mar sacude el corcho inerme, mientras todos esperan como si estuviesen ya a bordo del barco fantasma. En alta mar, en plena mar, hacia la América para no llegar nunca. Tres monjas conturbadas se arrodillan al lado del cura, se abre una puerta y entra el chorro de agua de una ola, mientras el cura termina: “Jesús misericordioso, tened compasión de mí…” Pasan horas y horas de tempestad en el barco ingobernable, sólo la prudencia puede salvarnos de la catástrofe. Un matrimonio inglés está sentado en un extremo, se han tomado de las manos y rezan con las caras inmóviles. Los mercaderes de lana que hacían tanto ruido al comienzo, están ahora desencajados y mudos. Lengerke siente una presión sobre su brazo, y al volverse ve a la pasajera solitaria, la finlandesa que no tiene idioma conocido para hablar con nadie en este barco, y de quien sólo se sabe que va hacia Buenos Aires. Tiene ella una mirada suplicante, y Lengerke en medio de la angustia le sonríe, le toma la mano, la hace sentarse a su lado. Hasta ahora, él ha permanecido silencioso y tranquilo, pero cuando ve el agua salada que entra al salón, tiene conciencia de la muerte, del riesgo del más allá. Trata de rezar, avergonzado, y descubre que no puede, que el Dios que le enseñaron cuando era niño es incomprensible y distante; piensa en los campesinos de Santander, en la fe que ponen de corazón en un Cristo que tiene mucho de dios indígena de antes de la conquista, y resuelve, para sí o en voz alta, después no lo sabrá ni la finlandesa podrá decírselo, hacer un voto, una promesa a ese Cristo. ¿Cómo se llama? ¿Sí, el señor del Barzal? Sí. Le promete traer una imagen en que esté representado, moreno y humano, a Girón, al sitio donde ha levantado su hacienda. Será el Cristo de Vado Hondo, el Cristo de Corregidor, el Señor de los Milagros de Girón. Apenas llegue, si llega con vida, pedirá la imagen a Italia, le hará la capilla en la Mayoría de Vado Hondo. El pelirrojo se levanta; lanzado de un lado a otro por los vaivenes increíbles del barco, se acerca a un ojo de buey y mira la noche. Ve que ya está comenzando el día gris sobre el agua, después de treinta horas de tormenta, pero todo es incierto, no saben dónde llegarán, nadie sabe si han podido controlar la embarcación; el capitán, los oficiales, los marineros, no se han desprendido de sus puestos en medio del violento temporal. A su lado, le interrogan los ojos de la pasajera. Él hace un gesto tranquilizador, pero el barco sigue lanzado de un punto a otro, no se sabe dónde es el Norte, si el navío sin rumbo seguirá navegando eternamente por entre los temporales que amenazan descuadernarlo, el agua entra, se ven ahora las olas que suben mucho más altas que el barco, mientras sigue navegando su incertidumbre. Al fin, ya llegando de nuevo la noche, la tormenta parece amainar, los rayos violentos caen sobre el agua y chisporrotean, hasta que de improviso parece que la tempestad hubiera arrojado el barco fuera de ella misma, los pasajeros sienten como si se hubiesen detenido, y una hora después se arriesgan a subir lentamente a cubierta, a ver los destrozos del agua, y se encuentran con unos oficiales pálidos, fatigados, que se agarran a sus puestos y empiezan a contar sus marinos, salvo el que cayó al agua al partirse el palo de mesana. Lengerke piensa en su promesa, y desde Cartagena, apenas pisa tierra, envía la carta que ha escrito pidiendo la imagen del señor del Barzal.
       Cuando Geo baja del barco la finlandesa lo despide sin hablarle, tal como fueron los días y las noches del romance iniciado en medio de la tempestad. Geo ni siquiera pudo saber el nombre; le pareció, pero no podía asegurarlo, que no quiso decírselo. ¿Cuál sería el motivo de su viaje? Cuando estaban acostados, la pasajera le hablaba en su extraña y ronca lengua, incomprensible y de hálitos salvajes. Nadie sabía en el barco por qué viajaba; el nombre, decía el purser, era impronunciable. Geo cedió, por fin, a la fascinación total de tener una aventura con una mujer que luego no podría pronunciar su nombre, y de quien solamente guardaría la memoria de un cuerpo, de la presión de unos labios. Nada más.


III

      Hasta Bucaramanga, el abuelo siguió el viaje de Lengerke. Le vio llegar al puerto de Botijas, le siguió por los tremedales, le vio luchar con las adversidades del pantano y de la roca, le vio adaptarse, como un gato que ejerce sus siete vidas, a los peligros del trasmonte de la cordillera. Le ayudaba casi a contar en silencio los bultos del prolífico equipaje. La sombra del abuelo cerró los ojos indulgentes cuando Lengerke, urgido de la necesidad sexual, acometió a las mozas campesinas, sin parar mientes ni en el sitio, ni siquiera en el recato. Esto complacía a los arrieros, que lograban hacer la misma cosa. El abuelo presenció a escasos treinta metros, el gran riesgo de Lengerke ante una piedra que se desprendió a su paso, y no lo aplastó por obra de centímetros. Los seis meses de Europa, sin embargo, no mermaron las facultades físicas del hombre, determinado a ejercerlas en forma total ante la adversidad de los elementos.
       La travesía del Magdalena ha sido especialmente dura y difícil, con tórridos calores, con sequía e inmovilidad. Pero al fin, superadas esas primeras jornadas, se abre el paisaje de Bucaramanga; el abuelo piensa en los largos momentos de saludo, de conversación, de crónica de viaje, que Lengerke tendrá que ofrecer para que a su vez también los hombres del Club descorran el velo de los últimos sucesos políticos tal como se conocen a distancia, y sus empleados le rindan la minuciosa cuenta de los negocios en su ausencia, que no parece haber disminuido, según se murmura, el ritmo anterior.
       Los días de reorganización y de acomodo pasan rápidamente, don Geo tiene que pensar de nuevo en las empresas que deben abrirse, debe volver a viajar. Después del viaje de Girón, la visita a Vado Hondo que el abuelo presencia, desde su sombra distante, en la cual aparecen de nuevo las guapas campesinas a rendirle homenaje, algunas de ellas (observa el abuelo) con la cintura sospechosamente embarnecida, todas disputándose por estar cerca a él, por servirle mientras el Príncipe se acomoda sobre la hamaca y realiza su escogencia cuidadosa, contentando a las otras con una promesa que ellas ya saben que les cumplirá. Se demorará aquí unos pocos días, luego seguirá la fiebre, buscando los sitios conocidos, visitando los nuevos, ojeando ahora cómo y dónde se asentarán los alemanes que van a venir. Ya han empezado a llegar las cartas entusiastas de los que preparan su viaje; llegan las de Emil, que espera con impaciencia su mayoría de edad para partir. Como otras veces piensa Geo que es éste el momento de los grandes dioses, que será necesario esperar la intuición, casi revelada, que le ha hecho en ocasiones decidirse, que de pronto en un camino le ha detenido el paso en falso, o le ha evitado la flecha del indio, o le ha logrado recuperar el rumbo. Tal como él concibe la inmigración, como la formación de un núcleo alrededor de un símbolo de poder económico, sólo puede hacerse a un lugar de condiciones muy precisas. Y viaja como un fantasma, a velocidades increíbles, reventando las bestias, estableciendo nuevas agencias de compra, y a la vez con los ojos abiertos para desentrañar el secreto de esta tierra, que muchos días es para él como la finlandesa, se entrega en silencio pero no revela su alma, su secreto.
       A veces piensa que eso no va a lograrlo sino cuando al fin esté tan profundamente compenetrado que toda su piel alemana se le haya caído. Se mesa con impaciencia el pelo rojo y explora el oráculo de la botella de aguardiente, mientras los soles se queman en los crepúsculos silvestres, en las soledades de las montañas, mirando cómo se extienden a lo lejos unas tras otras las serranías incógnitas, todavía dominios del indígena que es familiar con la muerte que en ellas habita y persigue implacablemente al blanco que las huella.


IV

      Desde anteayer hay en Zapatoca un extranjero. No es simplemente un forastero de cualquier sitio del país. Es extranjero, no es de América del Sur. Viene de Europa. Desde su fundación hace más de cien años, en este pueblo sólo se conocieron españoles, hasta que los sacaron los patriotas. Fueron los únicos extranjeros. Después, nadie recuerda de uno solo, y menos de Europa. La gente se acuerda de que cuando se acabó la Gran Colombia, se quedó aquí un venezolano que se había casado con una tía de José de Jesús. Y una vez estuvo dos días un cura italiano que llegó pensando en que aquí todos éramos paganos, y se maravilló de que hubiera una iglesia, y a pesar de todo quiso predicarnos y bautizarnos hasta que todos los vecinos se armaron de palos y le llevaron en carrera tendida hasta bien adelante en el camino de Barichara.
       Este hombre habla castellano con acento fuerte, marcando con paciencia las palabras. Viene con él un forastero, pero ése si es nuestro, que debe ser socorrano. Los dos montan unas mulas maravillosas, y traen cuatro peones de estribo y veinte mulas bien cargadas con seis arrieros más. Yo tuve que hablar con ellos, para mostrarles el sitio de la posada de don Ruperto, que les dio los mejores cuartos. Hasta ahora, nadie sabe bien qué quieren hacer, pero parece que buscan establecer un comercio de sombreros. Han preguntado mucho también sobre los cultivos de tabaco, y sobre las regiones donde hay quina. El extranjero ha dicho que va a quedarse unos días; parece ser que le gusta el clima, que el pueblo le parece limpio y que no le tiene miedo a don Marcial el cagatintas, aunque se sabe que es mucha la gente que ese rábula ha dejado en la pobreza, y que manda más que el alcalde y que el cura, don Pastor Roldán el viejo, que ha dicho ya muchas veces en estos dos días que no va a permitir que un hereje se asiente en un pueblo tan cristiano, cuando somos el orgullo de la región, donde los radicales no se dan porque se los dejamos al Socorro; también ha dicho que quieren ir a Chucurí, alguna razón tendrán porque esta gente huele la plata a leguas, aunque me da risa pensar qué van a encontrar por esos lados de la Sierra de la Paz, donde no hay sino tigres, iguanas y cujíes; y ahora cuando todo anda tan revuelto desde que murió mi general Santander, y que está todo, según cuentan los que vienen del Socorro, caliente y peligroso, a lo mejor esta gente ve que puede sacar ventajas a pesar de que todo aquí es tan pobre, que no se sabe; la gente tiene que irse para los lados de Pamplona o a Vélez o al Socorro.
       Pero ya parece que amansó al cura, porque fueron a hacerle una visita y dicen que el extranjero le dio un donativo grande para acabar la iglesia y que prometió seguirle dando; es un hombre raro, cuando camina por la calle todo el mundo lo mira, con sus polainas brillantes y su sombrero alón y el revólver Smith & Wesson colgado al cinto, y la casaca azul hasta las corvas, y el pañuelo de seda encorbatado en el cuello, parece un demonio con el pelo rojizo, los bigotazos parados, la nuca gruesa y el caminado pausado y duro; debe tener una fuerza impresionante, o al menos lo parece, ahora que ha sacado un caballo alazán que no lo tiene nadie, que caracolea por las piedras y tiene el pelo del mismo color que el dueño; sabe montar a caballo, cualquiera creería que los europeos no saben, pero éste se tiene firme en la silla
       mientras recorre el pueblo; ahora está bajando de la loma del cementerio, y va a llegar abajo hasta el Zanjón; cada vez que ve a una mujer bonita la mira como si estuviera desnuda, y ellas pierden el paso y van a meterse en el primer zaguán. Le está dando la vuelta a la plaza, son las cuatro de la tarde y no hay nadie, pasa una y otra vez ante la casa de don Felipe Serrano que está desocupada desde cuando él murió, toda llena de los muebles que trajo de Bogotá, con las cortinas de terciopelo que puso para el baile que don Marcial no le dejó dar porque don Felipe no quiso pagarle lo que le pedía por el pleito que había ganado; ahora llegará a las cuatro de la tarde a la comida en la posada; dicen que trae botellas de vino francés cuyo sabor nadie conoce aquí, pero también ayer lo vieron detenerse en la guarapería de la salida de Chucurí, y tomarse tranquilamente con su compañero dos o tres totumas de guarapo, y salir sin que se le notaran. Desde que llegaron y salen con las levitas elegantes ha cambiado la vida del pueblo sin que nadie sepa por qué, porque los forasteros llegan y se van y la vida vuelve a ser la misma. Pero en todo caso ya las muchachas piensan si el hombre es soltero, si su compañero también, y debe haber ya algunas suspirando en las ventanas. A mí no me toca pensar en estas cosas, ni preocuparme, sino tratar de cumplir con mi oficio, porque si no el señor juez va a despacharme, pero yo también pienso qué bueno puede ser tener un caballo y mulas así, mirar esa casa grande como para comprarla, pasearse por el pueblo como un príncipe y ser el primero con pelo color alazán que viene a Zapatoca y se pasea por las calles como si ya las hubiera pagado con su plata; algo debe tener el hombre, porque la gente que habla con él dice que es un hombre culto y escogido que trae como un viento de Europa, de la Alemania de donde dice venir, de donde mismo era un señor Humboldt que conoció mi abuelo y que pasó por el Magdalena y ha escrito unos libros en que habla de Colombia, y de Barrancabermeja, y del Carare y el Opón, y cuenta de los tigres, y de los caimanes, y de cómo se navega, y de los volcanes y los nevados, y hasta de los árboles y las plantas de todos estos sitios mejor que cualquiera de nosotros que vivimos en ellos; el cura decía que es hereje, sin embargo el hombre le dio monedas de oro para la iglesia y cuando pasa por el atrio se descubre, y ayer me dijeron que lo vieron descubrirse también ante la puerta de la Capilla de Santa Bárbara, junto a la casa que yo quiero comprar un día cuando tenga dinero y regrese de estudiar en Bogotá, si mi padre me puede mandar, aunque sea a pie.
       El día antes de la llegada del extranjero pasó el ejército, dicen que hay otra vez rumores de guerra, que dentro de poco tendremos combates. El correo no ha llegado desde hace quince días, y fuera de lo que contó aquí nada se sabe. Me he pasado todo el tiempo cavilando sobre el extranjero y sobre cómo se siente raro el pueblo y no he sacado en limpio todos los papeles que me dejó el señor Juez, y tampoco he leído el periódico que se le quedó sobre la mesa. Supongo que está ahora hablándole al extranjero y preguntándole cómo es la vida en Alemania, corrigiéndole las palabras equivocadas y haciéndose amigo de él como sólo un Juez sabe hacerlo, y especialmente don Crónidas; lo malo es que será poco lo que cuente cuando llegue y se ponga a leer sus libros de Víctor Hugo, que él dice que son los que le enseñan a administrar justicia, porque como los Códigos los cambian tanto en la Legislatura del Estado, es mejor no confiarse en ellos.
       Uno piensa que cuando un hombre como éste deja su país y sus ciudades, y las riquezas que debe tener allá, para venirse a estos peladeros, debe estar loco, o tuvo que venirse quién sabe por qué. Ni en Códigos ni en extranjeros que vienen a quedarse se debe confiar; porque ahí está lo que pasó con los gachupines, ahí está lo que sigue pasando con todos los que llegan a llevarse la plata que los de aquí no hemos sabido encontrar, cuando estaba ahí no más escondida, esperando que fuera el momento. No sé si estas gentes que hablan esos idiomas extraños son como nosotros o si más bien son emparentados con el diablo, porque de otro modo, cómo se entiende la manera como andan, y hablan, y actúan, que toda la gente se queda desconcertada, imbecilizada. Pienso que en muy pocos días habrá más de cuatro muchachas que den el brazo a torcer por el pelirrojo alazán; no tiene sino que ponerlas en ancas de semejante caballo, y perderse en uno de esos potreros del camino a Barichara. Pero también las garrapatas y los zancudos van a darle su paliza que bien merecida la tendrá, y si sigue viviendo en la posada pronto vamos a saber cómo son las cosas y cómo nos trata el hombre. Yo ayer oí que alguien comentaba que parecía ser noble —príncipe, tal vez— y no hay quien no mire extasiado la leontina del grueso reloj que exhibe de vez en cuando, generalmente cuando suena la campana grande, para saber si está en la hora que es. Pero de verdad el hombre tiene aire de llegar a quedarse, quien sabe qué querrá hacer de nuestro pueblo, que desde ahora ya no va a estar tranquilo sino cuando lo vea que se va del todo; tiene mucha energía, no debe ser tan viajo, cuando más tendrá treinta años, pero ese aire imperial que aparenta no es tranquilizador, no señor, no me gusta que haya venido, me inquieta, es como un fantasma que llega de otro mundo distinto con su pelambre roja, con su leontina de oro, con las polainas brillantes y la levita minuciosamente cortada. Aunque a lo mejor si se quedara puede darle oportunidades a la gente de salir de la pobreza, sí señor, de la pobreza, porque no sabemos qué cosas inventan los hombres para producir dinero, descubrir minas, enseñar secretos que no sabemos porque se fueron los españoles sin dejárnoslos, porque las guerras civiles nos han ido secando el cerebro, por más que yo sea radical como mi padre, no veo cómo vamos a hacer para que las gentes se adapten a la idea de darles oportunidad a todos. Todo lo que dicen que hay en Europa, fábricas, ferrocarriles, barcos de vapor, palacios y sedas, mujeres que se parecen a la Virgen de la iglesia, todo eso, todo, está lejos de nosotros, ojalá, sí, un extranjero como éste nos enseñe la manera de conseguirlo y que después se vaya, sí señor.


V

      El abuelo ve pasar la cabalgata de rubios tudescos, los ve rebasar las vegas de Girón y comprometerse en el descenso hacia el Suárez. El grupo canta, van todos con las carabinas en bandolera, con revólveres al cinto, y algunos con instrumentos musicales. Varios traen esas mujeres altas, de largos huesos, de cabello pajizo, de nostálgico mirar azul. Pero los más se proveerán de lo que da la tierra; no una sino muchas veces han corrido y correrán peligro por la mujer del prójimo. Requiebran con galanura, con decisión, acostumbrados al asentimiento. Mejorará la raza, piensa el abuelo con sonrisa burlona, recordando que el obispo de Pamplona comentó que si no son católicos son buenos trabajadores, y que si no son castos embellecen la raza. ¡Cuántas criticas le valió al prelado su afirmación en los grupos conservadores de Bucaramanga y El Socorro!
       Su llegada fue la de los arribos de Alfinger o de Federmann, y también despertaron recelos semejantes; la gente fue poco a poco acostumbrándose a mirar con menos prevención las costumbres diferentes, pero siempre surgía la figura de los conquistadores, con yelmo reluciente, espadón de combate y adarga vetusta, errando entre los árboles del bosque, vadeando los ríos, con el gesto despótico oculto bajo la celada. Alfinger, Alfinger, como un exorcismo al extranjero. Los alemanes de paz se vinculaban rápidamente con los poderosos, más dispuestos a tolerar; en tanto que el pueblo, todavía, miraba con recelo a aquellas gentes altas y rubias, venidas de tan lejos, que sin saberse cómo iban cambiando las ciudades, rompiendo horizontes para abrir nuevas perspectivas a la dormida sociedad colonial.
       La cabalgata, piensa el abuelo, existe desde siempre; desde cuando un hombre montó por primera vez a caballo. Cabalgata de fiesta, cabalgata de conquista, cabalgata de luto. La humanidad viene a caballo por siglos. Y esta cabalgata de alemanes es la misma que en el albor de la conquista los trajo, trajo a Alfinger, trajo a Federmann, trajo a los discípulos de los Fugger y los Welzer. Spira, Hutten, vinieron en la cabalgata mágica de centauros que veían los indios. El primer español o alemán que desmontó del caballo rompió el encanto, pero al volver a montar, integrado de nuevo el semidiós, pudo seguir la cabalgata milagrosa. Éstos que cantan y liban, y ríen y fornican, vienen en la misma cabalgata, al montar a caballo entraron en la magia.
       La cabalgata produce un soberano estruendo. Llegará a Zapatoca, donde ya Lengerke ha establecido la casa de comercio. El ruidoso grupo bebe brandy, van poco a poco saliéndose de sus cabales, el viaje se convierte en jolgorio, para desdicha de la posadera que recibe intranquila semejante procesión. Por fortuna Lengerke es autoritario, y logra imponer líneas de conducta que preserven la posada de la destrucción. Y es maravilloso que al amanecer y dar la voz de marcha no haya uno solo que siga dormido; todos desfilan hacia sus cabalgaduras. Desenvuelven el día de jornada, y entran a Zapatoca a las cinco de la tarde, cuando las gentes empiezan a buscar el descanso. Lengerke los reúne en la gran casa de la plaza, y allí extienden colchones en el suelo de todas las habitaciones, y reposan hasta la mañana siguiente, cuando el abuelo mira asombrado gente que sale hacia todas partes, con contratos de venta, de arrendamiento, incluso un grupo que sale a desmontar selva, a fundar más allá de San Vicente, en las cercanías del paraje por donde pasará un día el camino que Lengerke ha comenzado a proyectar, el castillo que en Montebello empezará a construir.
       Y la cabalgata seguirá por años sobre los caminos de Santander; la ciudad alemana crecerá cuando estén arraigados, se conformará de nuevo; las calles de los pueblos serán calles de un Bremen fantasma que seguirá alimentándose de la gente que la recuerde desde este lado del mar.
       En la caravana se reúnen todos los que van llegando, los que ya están, los que se extienden hasta los campos de tabaco de la lejana Ambalema, hasta los cafetales del Quindío, hasta las fecundas soledades del Patía. La caravana irá de Bremen hasta Montebello, a través de los caminos, a través del mar y de los sueños.
       Llegaron los alemanes. Primero Rafael Lorent, el primo de Lengerke; después Strauch, Nortenios, Clausen, Goelkel, Hansen, Hederich, en la caravana bulliciosa de conquistadores pacíficos. Edificaban casas distintas, las decoraban con desnudos, traían de Europa frescas telas que convertían en cortinas, en edredones, en sábanas voluptuosas; traían porcelanas, arcones y cristal. Al principio pareció absurdo a todos que tuvieran que sacar una botella de brandy para hablar de negocios; después en el Club era la regla de oro del buen comerciante. En las afuera existía una casona, la quinta Dohnsen, cuyo propietario vivía sólo y había organizado un lugar de placer o coto de caza, donde en las hora nocturnas, al son de músicas factuosas, se practicaban, según se murmuraba, ritos mágicos en los cuales intervenían desnudas las mujeres de la alegre compañía que los alemanes habían integrado. En esas reuniones se sabía que bebían los licores que importaban y los que el país producía, y que “todos hacían el amor con todas”, según informaba en el atrio de la iglesia una espantada devota, poseída del escándalo.
       Los alemanes seguían llegando en la caravana continua. Unos se radicaban en Bucaramanga, otros dirigían sus pasos hacia Zapatoca, San Gil, orientados por la visión experta de Lengerke; su poder crecía, en poco tiempo Santander sería una de las regiones de más alto progreso. Soberbios trabajadores, estos hombres. Algunos siguieron trabajando con Lengerke; otros se emanciparon y fundaron sus propias factorías, las cuales conservaron profunda vinculación con el alemán, quien nutría del sueño económico el sueño político de su imperio.
       Los que llegaban después seguían la caravana, se dirigían a Santander, unos atraídos por el propio Lengerke, otros por amigos y parientes. En diez años la cabalgata colmó las provincias del Soto y del Socorro, de los hombres silenciosos y rubios que procreaban infatigablemente, regando ojos azules y matas de pelo dorado sobre la población. Los alemanes estaban en Santander, como las gotas de agua que van cayendo del filtro de piedra. Y se iban adhiriendo cada vez más, con compañera, con hijos, con tierras, a la vida de la región. Lengerke contemplaba serenamente la realización de su sueño, el paso de la continua caravana, de la cabalgata que venía de Bremen.


VI

      Cabalgando hacia Bogotá pensaba Lengerke en la materia singular de los viajes. El viaje es la tierra que se mueve; es el agua, el viajero va en ella y es la tierra que anda también. El viaje es la vida que se disuelve en el comienzo de otro viaje, el de la muerte. El viaje es el camino. Los caminos que no transita nadie están muertos.
       Pero aún más, la materia del viaje es tan extraña que dos viajes por el mismo camino jamás son iguales. Ninguno repite el anterior. En cada uno algún aspecto humano lo hace diferente. La mujer que se cruza, el guerrero derrotado, el fraile peregrino. O es la naturaleza misma la que lo hace distinto: el rayo repentino, la borrasca, el sol quemante, el animal salvaje. Hay hombres que habitan las ciudades y que no lo comprenden; para ellos todo es igual, pero bajo esa apariencia pasa un mundo con todas sus diversidades.
       Alguna vez oyó a una prostituta el deseo de que el mundo entero pasara por entre sus piernas abiertas; pensó entonces que era, fatalmente, el anhelo de un viaje, ese anhelo pánico, el mismo que atenacea al viajero, al hombre para quien la vida solamente se comprende como una sucesión de países, de mundos, de gentes, para el errabundo que no tiene almohada, y al sentir pasar así el mundo, siente la misma voluptuosidad que expresaba la mujer. Eso no lo entienden las gentes inmóviles, para quienes la vida recorre hasta la muerte la misma calle, y no sienten que el mundo podría pasar por debajo de ellas.
       El viaje se transforma en elemento de la vida; es olvido, es misterio. Tener las posaderas encallecidas, como Bolívar: América a caballo. América es un camino, todo el mundo lo es.
       Lengerke va y viene: Zapatoca, Bogotá, el Socorro, San Gil, Bucaramanga. La mitad de la vida la pasa cabalgando, la otra mitad en las posadas circunstanciales. Desde que vino, su actividad sólo se ha suspendido en el viaje a Europa. Establecida la casa de comercio, abrió la de Zapatoca, comienzo del camino al Magdalena, que se iniciará cuando reconstruya el camino a San Vicente, camino-puente, puente el mismo Lengerke.
       El abuelo lo mira. Es fascinante la forma como va construyendo los tramos del imperio. Ahora le han visto estudiando tierras de cultivo; se piensa que ése va a ser el próximo paso necesario para establecer la cabeza, la capital.
       Va a Bogotá, en su guerra del comercio, porque a pesar de que la organización federada da grandes alas al gobierno regional, es indispensable cubrir el azar de las decisiones posibles del poder central, obtener un beneplácito que aun sin eficacia práctica, le servirá de escudo contra eventuales problemas. Importaciones, exportaciones, juegan como piezas de una estrategia que se adentra en la complicada maraña de las relaciones gubernamentales. Cubrir riesgos, piensa, tal como se lo explicó a sus amigos y socios la noche antes de partir de madrugada, en el viaje de largas jornadas que le trae al caer de la tarde, ya al otro lado del río, a la posada de Aguabuena desde donde puede mirar el crepúsculo violeta y la decoración de la sala, hecha por algún problemático artista que intentó reproducir en pintura las formas de la Venus de Milo. (El letrero: “Benuz Demilo”). Al lado campean un cromo del Corazón de Jesús, con la víscera expuesta, atravesada de espaldas y devorada por una llama eterna, y la estampa de la muerte de Bolívar.
       A la madrugada siguiente seguirá hacia la capital con los peones camineros; antes de llegar al hotel tendrá cinco días más de jornadas.
       El abuelo mira hacia la noche reciente, en la cual están refugiadas todas las noches de los caminos reales, todos los cansancios de las posadas interminables.


VII

      Mujeres y caminos tienen el poder de conducir a los hombres, de agotar sus fuerzas, de acrecentar sus años. El abuelo contempla a Bogotá desde el camino del Puente del Común, por donde acaba de pasar Lengerke. Lo imprevisto, el azar, juega mucho más en ellos de lo que imagina la gente. ¿Hasta dónde puede decirse que un camino pasa por los mismos sitios, si los hombres y las mujeres que transitan los transforman, actuando durante momentos como pequeños dioses?
       El abuelo ve una mujer arrogante, que esconde detrás de su soberbia estampa recelos del mundo, beligerancia contra todo aquello que le ha perseguido en su propia vida. A veces, cuando se mira una persona, se puede predecir en sus rasgos, en su actitud, lo que va a ser de ella. Sigue mirándola y no puede menos de conceder que tiene un atractivo especial, de esos que llevan a los hombres a proceder contra sus propias convicciones. El abuelo medita en la historia de la mujer, salida de los benignos climas de Sogamoso, de la estirpe del sol, venida a través de los fríos de Tunja a Bogotá, donde entró por el puente de San Victorino ante la pasmada contemplación de los indios absortos que recogían sus telas para desplegarlas en el mercado de mañana. Al andar todos la perseguían con los ojos, analizaban expertamente las formas rebosantes en el traje excesivamente ceñido. En pocos días tenía tras de sus vientos a todos los petimetres urbanos. Estaba, una noche, en un baile de oficiales del ejército constitucional, cuando nació entre los pretendientes la buscada disputa, en que los militares usaron a guisa de armas los instrumentos de la orquesta, mientras Leocadia se evadía a llevar su cuerpo y sus bríos a las desoladas tierras del páramo, con un galán teniente del ejército, triunfador en la pelea y metido ahora a contador de salinas; en aquellas soledades Leocadia disfrutó durante tiempo de los arrestos varoniles del macho que había secuestrado; pero pronto el cuerpo empezó a pedirle otra cosa, hasta que lo abandonó y se lanzó a pescar en otros caminos suerte que más le conviniera; inclinada al ejército, volvió a Sogamoso, donde sedujo a un bravo general que la llevó a sus tierras solitarias de los llanos para gozar de ella a su placer; pero tal vez era Leocadia quien lo gozaba, y empezó a descreer de tantas desnudeces en los morichales, del amor selvático en las cercanías del boa y del caimán, y un buen día desapareció siguiendo un ejército de vivanderos que se dirigía al Sur. Nadie sabe cómo, mientras el General intentaba suicidarse, como lo había intentado antes el teniente-contador, la Leocadia enrumbaba de nuevo a Bogotá, donde llegó con unas cuantas monedas de oro en el seno y dos intentos de suicidio en el prestigio, no ya esta vez a las chozas pajizas de las putas que la refugiaron en su primera entrada, sino a una de las posadas elegantes en el centro de la ciudad.
       Todavía se resienten sus manos y sus trajes de la antigua tosquedad de la vivandera, pero ahora está más atractiva; lo que ve el común de la gente, que son las tetas memorables, es mejor que lo de muchas señoras, la cara y la boca ponen en angustia a los seminaristas, no usa afeites, tiene la tez de los veinte años sin que sobre ella hayan pasado los días, tiene el apetito permanente escociéndose en el cuerpo, y un buen día, paseándose por los corredores contempla la llegada de un hombre alto, de pelambre alazana, brioso como una bestia y vigoroso como un santo, que se desmonta de un caballo del color de su pelo y hace sonar las espuelas sobre los ladrillos de la entrada. La Leocadia, desde ese momento, no tiene alternativa distinta de la de seguir tras la huella del hombre y meterse en su cama desde la misma noche, y empieza a conocer cómo los alemanes no son fríos, o por lo menos el señor Geo von Lengerke tiene más ardores que todos los oficiales del ejército constitucional, y además sus pasos por París le han enseñado más finas maneras para hacer el amor, y más prolongadas y mejores; y la Leocadia, a la cual él llama socarronamente “La Estrella del Norte”, en su español demasiado preciso, no puede evitar enamorarse, sin saber primero qué es lo que pasa; hacen paseos juntos, el señor Lengerke divide su tiempo entre las gestiones de gobierno de sus exportaciones y la cama con Leocadia, la lleva a Serrezuela y a las salinas, que a ella le traen los fantasmas de su teniente-contador, y al Puente del Común, y sobre todo al Tequendama, donde Leocadia se embelesa contemplando la blancura, los arcoíris, la vegetación mojada, y oyendo –sintiendo en el útero– el estruendo de la cascada que rueda como un espasmo inmenso sobre los montes abiertos.
       Un día se despierta cuando ya el alemán ha dejado el lecho, oye ruidos de acémilas y al asomarse a la ventana lo ve dirigiendo la organización de la caravana; sube al aposento y le explica que debe partir; la quiere, le tiene ternura, la invita a ir a verlo a sus posesiones de Santander. La espera en Bucaramanga, donde estará dentro de dos meses, y donde los alemanes que ha venido importando constituyen un grupo social importante. La Estrella del Norte lo mira a través de las lágrimas, le promete viajar, y se asoma al balcón a despedirlo, con su camisa transparente y flotante que causa el escándalo
       de las vecinas y el entusiasmo de los vecinos.
       Dos meses más tarde, Leocadia se pone en camino. Su séquito de arrieros y peones la lleva hasta Soatá, en un placentero viaje a través de las tierras boyacenses de su niñez. Pero en Soatá, desde donde arranca el camino de los españoles hacia el Socorro, se hace más dura la jornada, los descansos escasos, las posadas infrecuentes. Las cabalgaduras son ahora las mulas baquianas, que van subiendo y bajando, resbalando por las lajas de los caminos centenarios. Al terminar una subida se llega a una sucesión de lomas como pechos que se prolongan en el horizonte, cubiertas de un verde tímido y un morado distante con el cual el cielo parece ponerse de acuerdo. O bien hay una sucesión de rocas que descienden hacia el fondo de la hoya del Saravita, o suben hacia el llano de Mogotes, o bordean el Hoyo de los Pájaros; superado el llano de Mogotes, aparece, al lado del camino real bordeado de árboles, la antigua Posada de los Pájaros, a donde a las tres de la tarde llega la caravana de Leocadia, al tiempo con un jinete solitario acompañado solamente por el peón de estribo. Leocadia desciende, entra a la Posada, y encuentra que el solo dormitorio es un inmenso salón, en uno de cuyos extremos hace depositar unas mantas. Pero es temprano y sale a respirar el aire de la tarde, y se encuentra de pronto con el jinete que desciende, que es un joven rubio, también dueño de apellido alemán, Nortenios, quien se presenta respetuosamente; pasean en la tarde por el paisaje de lomas infinitas, y de pronto Leocadia descubre que esas lomas están trepadas encima de otra montaña. El joven es atractivo para Leocadia que está andando ya cerca de los treinta, y ella ve claramente que él admira su porte agresivo, al cual ya ella trata de darle toques de refinamiento con las sedas y los perfumes de Lengerke. Recuerda al hombre alazán y tiene un estremecimiento que se parece al amor, y piensa en la cita de Bucaramanga, pero faltan quince días, y se da cuenta de que con una simple sonrisa el joven perecerá, y la emite deliberadamente. Pone su mano en el brazo de él, y lo siente temblar. Piensa en los suicidios frustrados de sus antiguos amantes, y por un momento los deplora porque no supieron hacerla verdadera heroína. Regresan lentamente a la posada, y ella siente la necesidad de recogerse un momento para sus necesidades naturales, cuyo único sitio está en medio de la raída arboleda cercana. Cuando está aún con las faldas levantadas sobre el rocío que ha dejado en la hierba, siente pasos, y es el muchacho que con la cara encendida se lanza sobre ella y la besa furiosamente, y sus manos no dejan bajarse la falda. Ella mira hacia la posada y nota que pueden verlos, y le murmura que espere; recobrada toda su dignidad, con las faldas de amazona en su puesto, va a tomar la cena en el comedor pintado de flores toscas, entre las cuales hay caras de ángeles dibujadas de prisa y en un rincón alguien ha tratado de completar el cuadro con la muerte de Atala, sobre la cual se inclina con una patética expresión de dolor, un viejo Chactas cuya cara recuerda la del doctor Murillo Toro. El mozo se sienta a su lado, y a ambos los invade el bienestar del crepúsculo violeta, y los dos se asoman a la puerta y ven cómo se deslíen las últimas luces de la tarde en el fondo del valle. El posadero ha encendido un candil para que los huéspedes se acomoden. Junto a ellos hay dos frailes franciscanos que rezan el rosario, una señora gorda y cansada que suspira intermitentemente, un oficial del ejército constitucional que va hacia Bogotá. Poco a poco todos se recuestan en sus mantas y ponen la cabeza en las sillas de montar. Nortenios se reclina al lado de Leocadia, y siguen hablando en voz baja, hasta que el posadero apaga el candil y entra con toda su fuerza la noche de la montaña. Siguen hablando, pero alguien chista, y todo queda en un silencio de respiraciones acompasadas y ronquidos. Ella se acomoda para mirar el cielo lleno de estrellas, y siente la mano de Nortenios que empieza a andar entre sus ropas, las levanta, y empieza a elaborar una paciente caricia hasta que la Estrella del Norte exasperada de deseo no puede más y busca también el sexo del hombre. La noche avanza, las estrellas parecen moverse, y el hombre monta a la mujer que suspira feliz y nada importa, mientras la pareja trenzada copula entre los ronquidos nocturnos, el olor acre de los aperos de montar, la luz de las estrellas sobre las lomas infinitas. Cuando llega el orgasmo y ella lanza sin poderlo evitar un gemido encelado, se confunde con la voz de uno de los frailes que abstraído de todo murmura su segundo rosario.
       A la mañana siguiente continúan juntos el viaje que se prolonga por días de sed, de árboles secos y de piedras, de espinos inclinados sobre el camino real, de noches deleitosas de coitos interminables. De posada en posada por los caminos ásperos se van aproximando al final de su viaje, donde se separan, ella a la posada donde la espera Lengerke, él a la casa de su padre. Nortenios le ha jurado que se casa con ella, que la lleva consigo. La mujer titubea, Lengerke la espera, ella siente que a pesar de estos días sigue amándolo. Él la recibe de pie en la puerta de la posada, le hace un signo indicándole que todo, Bucaramanga, Santander, es suyo, la hace descender y la lleva a su cuarto, y esa misma noche la conduce a la gran fiesta de los alemanes en una casona de las afueras. Y allí están todos con sus queridas, consumiendo grandes tragos de brandy, y a la altura de la medianoche están todos ebrios, uno de ellos desnuda a una mujer, y pronto la única que queda vestida es la Estrella del Norte; y Lengerke se ríe, y le deshace el lazo del vestido, y ella, fieramente, con los humos del licor, se arranca las ropas y trepa a una mesa y baila dando vueltas para que todos miren sus pechos y el triángulo negro del sexo; canta “La Libertadora”, y todos la corean, cuando aparece en la puerta, pálido, Nortenios y ella suspende la danza, e inconscientemente pone sus manos para ocultar el vientre. Nortenios la mira, mira a Lengerke, y sale.
       A la mañana siguiente, Leocadia, apesadumbrada, sabe que Nortenios ha salido hacia el Magdalena a tomar en Puerto Santander el primer barco que pase hacia la costa; un rato después, en brazos de Lengerke, llenos de experiencia, olvida tranquilamente.
       La Estrella seguía siendo una reina pagana, propiedad de Lengerke; en el contacto con el círculo cerrado, iba perdiendo la arisca rudeza. Un día, le llegó una carta desesperada que le escribía Nortenios de París, en la cual anunciaba su suicidio. No la había podido olvidar, la necesitaba, recordaba el viaje maravilloso, había tratado de olvidar en Roma, en Londres, en París, en Hamburgo. Se iba a la orilla del mar, a quemarlo todo y morir. Y ciertamente, así lo hizo. Sin que nadie alcanzara a detenerlo, en el mismo salón de juego del casino, se dio un pistoletazo en el cráneo, según lo comunicó el cónsul de Colombia en Marsella, y lo ratificó el cónsul general británico, un Mr. Mark, discreto pintor aficionado, quien había estado antes en Bogotá y era amigo del padre de Nortenios.
       No se sabe si por dolor o por remordimiento, la Estrella desapareció de Bucaramanga. Ya Lengerke se interesaba poco en ella, y su partida sólo tuvo las ondas de la caída de la piedra en el agua. El último rastro de su esplendor, fue el de la noche del estreno en Bogotá de Lucía de Lammermoor, cuando, ya iniciado el primer acto, se abrió la puerta de un palco, y entró la Estrella, sola, pulida y elegante, mientras todos se preguntaban quién era la espléndida mujer. Al salir, sola, del Coliseo, se cerró la comunicación de su vida con Lengerke.


VIII

      Las piedras que caen en los aljibes; los ladrillos roñosos y llenos de verdín que los circundan; el musgo que trepa por las tapias semiderruidas; la acequia que recoge la vida por la mitad de la calle; los cuartos de los aperos de montar, las gotas de cera en el piso de la iglesia, las cortinas haraposas de la última casa del vecindario, el trono de las letrinas, las plumas del gallo capón. Esta es la oración del idiota Vicente, el “bobo” de las casas, que las recorre con su atónita mansedumbre llenando los quehaceres que desdeñan los criados, colindando con los cerdos y las gallinas, con las vacas recién paridas y los pradillos en las pesebreras. Vicente tiene diez años, o cincuenta, o cien; tiene todas las edades y no tiene ninguna. No pueden escrutarse en sus ojos maliciosos ni en su mente gris, ni en sus arrugas ni en sus manos callosas. Tiene entendimiento suficiente para comprender las órdenes, cumplirlas, recordar, agradecer y odiar. Va a misa por las mañanas, se arrodilla, y a veces, se prosterna, pone los brazos como aspas en cruz, a cambio de la bendición del cura ayuda a barrer la iglesia, y a veces recibe en la sacristía un trago de vino que lo pone exultante. La gente de Zapatoca lo quiere; en general no le maltratan, y les es necesario, indispensable, ya sea para traer el agua de la quebrada del Uchuval, o para llevar basura a sitios distantes. A veces emprende, y no se sabe por qué, el camino de Betulia, a mirar las imágenes de la iglesia, tan sorprendentemente vestidas. A Lengerke le ha tomado afecto. Cuando está en Zapatoca, va a servir a su casa, y duerme allí mismo, como un niño deforme, en el suelo a la puerta del señor; por esos días no va a dormir a la choza de su madre, sobre el jergón mugroso. A veces desaparece, con un cabo de vela y una cuerda. Dicen que se va a la Cueva del Nitro, el palacio de estalactitas que nadie sabe dónde termina, y se pasa allá uno o dos días, hasta que se le acaba la provisión de velas, mirando las columnas fantásticas y los pozos, gritando para oír la respuesta del eco lejano. En las guerras civiles su suerte ha sido dura, le ha tocado servir siempre al Gobierno y a la Revolución, ambas cosas y siempre de balde; sólo por las noches recibe la comida en las casas amigas. Desde las cuatro de la mañana está en pie trabajando. Parece que su vida no fuera otra cosa. A veces detiene el trabajo y saca del bolsillo una canica de cristal, o un clavo dorado, o el cortaplumas que le dio Lengerke. Lleva siempre un sucio sombrero de nacuma, pero en una ocasión en que Lengerke ordenó tirar a la basura sus sombreros ya usados, estuvo pavoneándose por largos días, hasta que el sol y la lluvia se lo destruyeron, con un elegante sombrero de copa de la casa Lock, que le daba un aire doloroso y dramático. Es humilde, a veces exigente de cariño; reclama su regalo a Lengerke cuando éste llega, y cuando no le satisface gruñe en voz baja en un rincón: “Carajo: ¿Qué hace Geo con toda la plata que gana?”
       Hoy se presenta con un pantalón de “cuero de diablo”, camisa rosada, ancho cinturón y jipa, y en el brazo una ruana delgada. Lengerke le ha dicho que viaja, y viene a acompañarlo. De nada vale decirle que se quede, darle argumentos para disuadirlo; él irá. Por fin, el alemán cede, sin poder hacer más, y se ponen en camino, a la cabeza del cortejo.
       —Bueno, Vicente, si quieres me acompañarás hasta la cabuya del Suárez. El paso es tortuoso y difícil. Cuando terminemos el puente, va a ser otra cosa. La cabuya es traicionera. Agárrate bien de la baticola; a veces me parece que no vas a resistir. El camino es largo, y cuando la mula pueda andar más rápido tendrás que trotar como trotas por las calles del pueblo detrás de la burra, llevando los odres del agua. Pero no te disgusta. Me incomoda a veces tu manera de quedarte mirándome. ¿Ves algo raro en mi cabello rojo? Si, lo traje de Alemania; allá hay algunos como yo, pero son más, muchos más los de pelo amarillo. El pelirrojo es, en todas partes, excepcional, hace parte de una minoría como los judíos, como los esclavos negros. Pero aquí me siento mejor, porque los caballos alazanes me dan una indiscutible sensación de hermandad. Yo quiero los caballos, Vicente. Lo que pasa es que en estos caminos es imposible andar a caballo sin quebrarse el pescuezo. Son mejores estas mulas, que son tan seguras, que tienen el casco tan fino que yo muchas veces hago lo que los señores bogotanos cuando viajan a tierra caliente: con las manos sobre la ruana blanca, me pongo a leer, otras veces medito, o contemplo el paisaje. Este paisaje yermo, que a muchos les parece desabrido pero que para mí está lleno de una poesía severa, escueta, tal como es esta gente. Las explosiones románticas aquí van calibradas, Vicente. Tú mismo sólo estallas en las procesiones, o cuando estás trabajando en una casa y te demoran el almuerzo. Alguien me contaba que protestas cantando un poema. E incluso me dijeron cuál era. Ya ves, siendo yo alemán, que habla el idioma casi como tú, me aprendí tu poema dedicado a la comida. ¿Cómo es?

A ver la arepa,
Ah, carajo,
ya tan tarde
y ni un sorbo de aguasal.
Y cuando se lo dan a uno,
es la lavadura de los platos...

      Todo se ingenian para comer, Vicente. Los que lo tienen asegurado, empiezan a inventar cosas nuevas para ganar más dinero. Yo vine aquí al exilio, a buscar un refugio para evitar una condena a muerte. Ya estoy perdonado, volví a Alemania y sin embargo regresé, me quedo. Soy seco como ellos y no quisiera ser de otra manera. Dejo que las cosas hiervan por dentro, que se precipiten como torrente. Mira, Vicente, ya con esta son dos guerras civiles que he vivido aquí. Habría querido participar en cualquiera de los bandos, por el placer de la guerra, porque aparentemente no tengo en mí las rivalidades que los fraccionan o las tengo todas, de uno a otro lado, como en el “Fausto” de Goethe, que leí en el camino a San Gil. “Hay viviendo dos almas en mi pecho”. Seguramente. Me gusta más que el Wether, porque es mejor venderle el alma al diablo que regalársela con un suicidio… ¿Tú qué piensas? Me contaban que en una de las guerras quisieron hacerte pelear y te dieron un fusil para que te fueras a matar liberales, y que tiraste el fusil al río y te devolviste. Tú trabajas de sol a sol, deshierbas los solares de las casonas antiguas, limpias las pesebreras, traes el agua y recibes un jornal y comida, que a veces te dan tarde. También yo trabajo, Vicente. Hasta hace poco me mirabas con desconfianza como recién llegado. Pero ahora la compañía tuya me da a entender que estoy radicado en el pueblo. Hay gente que no entiende cómo me vine, cuando estaba viviendo en Bucaramanga con un comercio propio, con mis empleados alemanes. No es tan fácil, vivir aquí, y allá. Pero pasé por aquí y vi que había mucho por hacer. Aquí los caminos duermen entre las rocas, o debajo de la selva. Hay que sacarlos a la luz. Por eso quiero más bien estar aquí, con este cielo limpio, que en una Europa que no sabe hacia dónde va; y las mujeres que recojo aquí son más puras, más cercanas a lo elemental, que las que tienen ocultas las piernas y hay que descubrírselas entre encajes y sedas; perpetuando un gesto de todos hasta el cansancio. Prefiero esto, prefiero la mujer salvaje que se defiende con las uñas o se entrega simplemente para tocar la cabellera roja.
       Mira, Vicente, aquí en Zapatoca ya dicen lo mismo que en Bucaramanga, que me he frustrado por el amor de una mujer, por el cual quisieron matarme. Sé que dicen que era una Princesa cuyo padre jamás quiso admitirme. Es hermoso, y nunca nadie oirá mi desmentido, nadie sabrá tampoco si fue verdad, nadie podrá hacer otra cosa que repetir una historia romántica. Si lo hubo, si no lo hubo, es parte del pasado que eché en un saco con una piedra al fondo del mar. Nadie sabrá, soy un hombre solo que busca el amor fresco y pasajero, con una leyenda detrás que no destruiré nunca. Seguiré siendo el hombre misterioso, venido de lejos, con un pasado enigmático cuyo velo jamás va a descorrerse. Empecé a vivir en el vapor que luchaba con el Magdalena, en el champán con aquella francesa que venía a Bogotá y se perdió sin que supiera nunca más de ella. Viví cuando tuvimos cerca los caimanes. La vida está suspendida de un hilo, Vicente, nadie puede hacer nada para cambiar su destino, pero la vida es hermosa, vale la pena de luchar con ella. Y he vuelto a vivir cuando me he visto mezclado en las guerras, entre los uniformes, en las huidas desesperadas, en las noches del vivac de campaña. Pienso en las guerras libertadoras, en la audacia de su recorrido de punta a punta del mundo americano; vivo entre Europa y América, Vicente: dejé a Europa, renegué de ella y sin embargo la llevo en la sangre, hay algo que responde siempre. Pero América es más fuerte, es más viva, es más la vida, por eso no puedo irme, por eso me rodeo de las cosas que me recuerdan a Alemania, por eso hice a Montebello, por eso hago los caminos, para unirlo todo, para establecer la comunicación entre las cosas que amo. Mi madre sabe que no volveré a quedarme. Sabe que voy a verla, me mira con sus ojos claros que ven más allá de uno mismo; no es una mujer expresiva, es seca, pero en el fondo de esa dureza hay ternura. Para ella fue muy duro que yo viajara. Ahora voy a verla cada dos años; le llevo pieles, sombreros, flechas de los indios, tabaco para hacer su rapé. Mi madre, Vicente, se llama Bettina, como la amante de Goethe. Me escribe todos los meses cartas que tardan tres, cuatro meses en llegar. Yo también le escribo. Una vez le propuse que
       se viniera a vivir conmigo aquí, le describí esta tierra, le conté de los alemanes que he traído. Me dijo:
       —No, Geo, estoy vieja para salir de mi casa. El mar me intimida, y el trópico también. Al decirlo miraba las flechas indígenas cruzadas sobre la chimenea. —Además —agregó—, mi misión es permanecer aquí para hacerte volver a Europa, para que pienses en regresar, para que tengas un hogar en tu patria. Y tiene razón; si ella no estuviera, yo pensaría mucho menos en volver, porque el día en que muera, la casa se acabará, todo pasará a manos distintas. Vicente, tu madre vive todavía, lo sé. Sé que es lo único que te hace brotar un destello de inteligencia. Por eso, si me entendieras, me comprenderías.
       Esta tierra es distinta de todas, de todo lo que yo he visto y recorrido. Distinta, Vicente. Por eso mismo seguramente agarra tanto; recuerdo cuando llegué por primera vez a Bogotá, con todas las dificultades del viaje, y me vine después hacia Santander. En la posada de Soatá, me encontré con aquel caballero que iba hacia Europa. Nunca pude recordar su nombre, pero sí recuerdo nuestra conversación, sentados frente a la casa, en las sillas de vaqueta. Sé que era persona distinguida e importante, con un papel político de mucha trascendencia. Desengañado de la política del país, aspiraba a un descanso melancólico. “Viene usted aquí —me dijo en un francés perfecto; yo
       hablaba entonces poco español— en condiciones mejores que las que yo llevo para ir a su viejo continente. Yo llevo desengaño: usted trae ilusiones, porque es joven y animoso. Mientras esté aquí, como es fatal en la vida, usted irá perdiendo sus sueños, pero cada ilusión destruida le arraigará más. Usted no tiene ahora muertos en Colombia, pero sus ilusiones muertas le arraigarán lo mismo. Se irá entonces, y querrá regresar. Es lo que pasa con estos países jóvenes, en que todo está por realizar. Sucumbirá usted a la tentación, y sin dejar de ser alemán será colombiano”.
       Nunca he olvidado esas palabras, y he comprobado que son ciertas. Y recuerdo mucho a ese caballero triste que viajaba, tal vez a morir en Europa. Era de Santander. Me habló esa tarde con profundo entusiasmo de esta región que yo venía a buscar. Allí, me dijo, está el porvenir industrial del país. Lo que se necesita es abrir caminos, superar las viejas rutas de los españoles, comunicar a la gente. Y descubrir todas las posibilidades de la tierra. Váyase allá, donde tendrá éxito. Me vine entonces a recorrer la región, y me quedé en Bucaramanga y en Girón. Y ahora, Vicente, en tu tierra. Tengo amigos aquí. Mis amigos más íntimos son talvez colombianos. Tú los ves, andas con ellos, les trabajas para sus casas. Es curioso que viviendo circunscritos a su tierra, sin embargo, tengan miras tan abiertas. Debe ser la independencia, todo lo que hubo que superar al salir de la dominación hispana. Salvo Anselmo, los demás no han salido del país, y casi que ni de Santander. Es la aventura que no todos quieren tentar. Yo hablo con ellos, me sorprendo de las cosas que conocen, de la manera como piensan. Sí, Vicente. Cuidado, vamos a apurar un poco el paso. Ya se ve la hondonada del río. Hasta aquí me vas a acompañar, yo veré con quien te devuelves. Los arrieros nos tomaron la delantera, deben estar esperándonos.
       Llegan a la orilla del río. Lengerke desciende para tomar la complicada “cabuya” con la cual se atraviesa el Suárez. Se vuelve hacia Vicente, le deja unas monedas, y se pone su ruana blanco y el sombrero alón.
       —Hasta pronto, Vicente. Te vas con esos señores— le dice mostrándole un grupo de arrieros que pasan saludando.
       El idiota lo mira, no sabe qué hacer para expresarle su agradecimiento, su admiración; hasta pronto. En el cerebro del idiota hay una chispa de luz: lo sagrado. Se arrodilla, le besa solemnemente la mano, y dice:
       —Bendición.
       Lengerke le pone la mano sobre la cabeza, el idiota lo mira y le dice a los arrieros que lo rodean para llevarlo de regreso:
       —¡Bonito! ¡Bonito para Obispo!
       Ha dicho el máximo. El talante de Lengerke, la blanca ruana, el sombrero, le han recordado a Vicente la visita pastoral del Obispo entre dos revoluciones. El idiota ha venido por el camino oyendo el monólogo del extranjero, parecido a un rezo, a una salmodia. Comenzando el camino de retorno, ve que la cabuya se pone en movimiento llevando suspendido al alemán, mientras los arrieros conducen las bestias a nado. Vicente pone la mano sobre la grupa de una de las mulas y mueve la cabeza afirmativamente, mientras murmura de nuevo:
       —¡Obispo! ¡Obispo!



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