Tony Durán era un aventurero y un jugador profesional y vio la oportunidad de ganar la apuesta máxima cuando tropezó con las hermanas Belladona. Fue un ménage à trois que escandalizó al pueblo y ocupó la atención general durante meses. Siempre aparecía con una de ellas en el restaurante del Hotel Plaza pero nadie podía saber cuál era la que estaba con él porque las gemelas eran tan iguales que tenían idéntica hasta la letra. Tony casi nunca se hacía ver con las dos al mismo tiempo, eso lo reservaba para la intimidad, y lo que más impresionaba a todo el mundo era pensar que las mellizas dormían juntas. No tanto que compartieran al hombre sino que se compartieran a sí mismas.
Pronto las murmuraciones se transformaron en versiones y en conjeturas y ya nadie habló de otra cosa; en las casas o en el Club Social o en el almacén de los hermanos Madariaga se hacía circular la información a toda hora como si fueran los datos del tiempo.
En ese pueblo, como en todos los pueblos de la provincia de Buenos Aires, había más novedades en un día que en cualquier gran ciudad en una semana y la diferencia entre las noticias de la región y las informaciones nacionales era tan abismal que los habitantes podían tener la ilusión de vivir una vida interesante. Durán había venido a enriquecer esa mitología y su figura alcanzó una altura legendaria mucho antes del momento de su muerte.
Se podría hacer un diagrama con las idas y venidas de Tony por el pueblo, su deambular somnoliento por las veredas altas, sus caminatas hasta las cercanías de la fábrica abandonada y los campos desiertos. Pronto tuvo una percepción del orden y las jerarquías del lugar. Las viviendas y las casas se alzan claramente divididas en capas sociales, el territorio parece ordenado por un cartógrafo esnob. Los pobladores principales viven en lo alto de las lomas; después, en una franja de unas ocho cuadras está el llamado centro histórico1 con la plaza, la municipalidad, la iglesia, y también la calle principal con los negocios y las casas de dos pisos; por fin, al otro lado de las vías del ferrocarril, están los barrios bajos donde muere y vive la mitad más oscura de la población.
La popularidad de Tony y la envidia que suscitó entre los hombres podría haberlo llevado a cualquier lado, pero lo perdió el azar, que fue lo que en verdad lo trajo aquí. Era extraordinario ver a un mulato tan elegante en ese pueblo de vascos y de gauchos piamonteses, un hombre que hablaba con acento del Caribe pero parecía correntino o paraguayo, un forastero misterioso perdido en un lugar perdido de la pampa.
—Siempre estaba contento —dijo Madariaga, y miró por el espejo a un hombre que se paseaba nervioso, con un rebenque en la mano, por el despacho de bebidas del almacén—. Y usted, comisario, ¿se toma una ginebrita?
—Una grapa, en todo caso, pero no tomo cuando estoy de servicio —contestó el comisario Croce.
Alto, de edad indefinida y cara colorada, de bigote gris y pelo gris, Croce masticaba pensativo un cigarro Avanti mientras caminaba de un lado al otro, pegando con el rebenque contra la patas de las sillas, como si estuviera espantando sus propios pensamientos, que gateaban por el piso.
—Cómo puede ser que nadie lo haya visto a Durán ese día —dijo, y los que estaban ahí lo miraron callados y culpables.
Después dijo que él sabía que todos sabían pero nadie hablaba y que andaban pensando macanas por el gusto de buscarle cinco patas al gato.
—De dónde habrá salido ese dicho —dijo, y se detuvo intrigado a pensar y se extravió en el zigzag de sus ideas, que se prendían y se apagaban como bichos de luz en la noche. Sonrió y empezó a pasearse de nuevo por el salón—. Igual que Tony —dijo, y recordó una vez más su historia—. Un yanqui que no parecía yanqui pero era un yanqui.
Tony Durán había nacido en San Juan de Puerto Rico y sus padres se fueron a vivir a Trenton cuando él tenía cinco años, de modo que se había criado como un norteamericano de Nueva Jersey. De la isla sólo recordaba que su abuelo era un gallero y que lo llevaba a las riñas los domingos y también se acordaba de los hombres que se cubrían los pantalones con hojas de periódico para evitar que la sangre que chorreaba de los gallos les manchara la ropa.
Cuando vino aquí y conoció un picadero clandestino en Pila y vio a los peones en alpargatas y a los gallitos pigmeos haciendo pinta en la arena, empezó a reírse y a decir que no era así como se hacía en su país. Pero al final se entusiasmó con la bravura suicida de un bataraz que usaba los espolones como un boxeador zurdo de peso liviano usa sus manos para salir pegando del cuerpo a cuerpo, veloz, mortífero, despiadado, buscando sólo la muerte del rival, su destrucción, su fin, y al verlo Durán empezó a apostar y a entusiasmarse con la riña, como si ya fuera uno de los nuestros (one of us, para decirlo como lo hubiera dicho el mismo Tony).
—Pero no era uno de los nuestros, era distinto, aunque no fue por eso que lo mataron, sino porque se parecía a lo que nosotros imaginábamos que tenía que ser —dijo, enigmático como siempre y como siempre un poco volado, el comisario—. Era simpático —agregó, y miró el campo—. Yo lo quería —dijo el comisario, y se quedó clavado en el suelo, cerca de la ventana, la espalda apoyada contra la reja, hundido en sus pensamientos.
A la tarde, en el bar del Hotel Plaza, Durán solía contar fragmentos de su infancia en Trenton, la gasolinera de su familia al costado de Route One, su padre que tenía que levantarse a la madrugada a despachar nafta porque un coche que se había desviado de la ruta tocaba la bocina y se oían risas y música de jazz en la radio y Tony se asomaba medio dormido a la ventana y veía los veloces autos carísimos, con las rubias alegres en el asiento de atrás, cubiertas con sus tapados de armiño, una aparición luminosa en medio de la noche que se confundía —en la memoria— con fragmentos de un film en blanco y negro. Las imágenes eran secretas y personales y no pertenecían a nadie. Ni siquiera recordaba si esos recuerdos eran suyos, y a Croce a veces le pasaba lo mismo con su vida.
—Soy de aquí —dijo de pronto el comisario como si hubiera despertado— y conozco bien el pelaje de los gatos y no he visto nunca uno que tuviera cinco patas, pero me puedo imaginar perfectamente la vida de este muchacho. Parecía venir de otro lado —dijo sosegado Croce—, pero no hay otro lado. —Miró a su ayudante, el joven inspector Saldías, que lo seguía a todos lados y aprobaba sus conclusiones—. No hay otro lado, todos estamos en la misma bolsa.
Como era elegante y ambicioso y bailaba muy bien la plena en los salones dominicanos del Harlem hispano de Manhattan, Durán entró de animador en el Pelusa Dancing, un café danzante de la calle 122 East a mediados de los años sesenta, cuando recién había cumplido los veinte años. Ascendió rápido porque era rápido, porque era divertido, porque estaba siempre dispuesto y era leal. Al poco tiempo empezó a trabajar en los casinos de Long Island y de Atlantic City.
Todos en el pueblo recordaban el asombro que les provocaban las historias que contaba de su vida en el bar del Hotel Plaza, tomando gin-tonic y comiendo maníes, en voz baja, como si fuera una confidencia privada. Nadie estaba seguro de que esas historias fueran verdaderas, pero a nadie le importaba ese detalle y lo escuchaban agradecidos de que se sincerara con los provincianos que vivían en el mismo lugar donde habían nacido y donde habían nacido sus padres y sus abuelos y sólo conocían el modo de vida de tipos como Durán por lo que veían en la serie policial de Telly Savalas que pasaban los sábados a la noche en la televisión. Él no entendía por qué querían escuchar la historia de su vida, que era igual a la historia de la vida de cualquiera, había dicho. «No son tantas las diferencias, hablando en plata —decía Durán—, lo único que cambia son los enemigos.»
Después de un tiempo en el casino, Durán amplió su horizonte conquistando mujeres. Había desarrollado un sexto sentido para adivinar la riqueza de las damas y diferenciarlas de las aventureras que estaban ahí para cazar algún pajarito con plata. Pequeños detalles atraían su atención, cierta cautela al apostar, la mirada deliberadamente distraída, cierto descuido en el modo de vestir y un uso del lenguaje que asociaba de inmediato con la abundancia. Cuanto más dinero, más lacónicas, era su conclusión. Tenía clase y habilidad para seducirlas. Siempre las contradecía y las toreaba, pero a la vez las trataba con una caballerosidad colonial que había aprendido de sus abuelos de España. Hasta que una noche de principios de diciembre de 1971 en Atlantic City conoció a las mellizas argentinas.
Las hermanas Belladona eran hijas y nietas de los fundadores del pueblo, inmigrantes que habían hecho su fortuna cuando terminó la guerra contra el indio y tenían campos por la zona de Carhué. Su abuelo, el coronel Bruno Belladona, había llegado con el ferrocarril y había comprado tierras que ahora administraba una firma norteamericana, y su padre, el ingeniero Cayetano Belladona, vivía retirado en la casona de la familia, aquejado de una extraña enfermedad que le impedía salir pero no controlar la política del pueblo y del partido. Era un hombre desdichado que sólo sentía devoción por sus dos hijas mujeres (Ada y Sofía) y que había tenido un conflicto grave con sus dos hijos varones (Lucio y Luca), a los que había borrado de su vida como si nunca hubieran existido. La diferencia de los sexos era la clave de todas las tragedias, pensaba el viejo Belladona cuando estaba borracho. Las mujeres y los hombres son especies distintas, como los gatos y los caranchos, ¿a quién se le ocurre hacerlos convivir? Los varones quieren matarte y matarse entre ellos y las mujeres quieren meterse en tu cama o, en su defecto, meterse juntas en cualquier catre a la hora de la siesta, deliraba un poco el viejo Belladona.
Se había casado dos veces y había tenido a las mellizas con su segunda mujer, Matilde Ibarguren, una pituca de Venado Tuerto más loca que una campana, y a los varones con una irlandesa de pelo colorado y ojos verdes que no soportó la vida en el campo y se escapó primero a Rosario y después a Dublín. Lo raro es que los varones habían heredado el carácter desquiciado de su madrastra mientras que las chicas eran iguales a la irlandesa, pelirrojas y alegres que iluminaban el aire en cuanto aparecían. Destinos cruzados, lo llamaba Croce, los hijos heredan las tragedias cruzadas de sus padres. Y el escribiente Saldías anotaba con cuidado las observaciones del comisario, tratando de aprender los usos y costumbres de su nuevo destino. Recién trasladado al pueblo por pedido de la fiscalía, que buscaba controlar al comisario demasiado rebelde, Saldías admiraba a Croce como si fuera el mayor pesquisa2 de la historia argentina y recibía con seriedad todo lo que le decía el comisario, que a veces, en broma, lo llamaba directamente Watson.
De todos modos, las historias de Ada y Sofía por un lado y de Lucio y Luca por el otro se mantuvieron alejadas durante años, como si formaran parte de tribus distintas, y sólo se unieron cuando apareció muerto Tony Durán. Había habido una transa de dinero y parece que el viejo Belladona tuvo algo que ver con un traslado de fondos. El viejo iba una vez por mes a Quequén a vigilar los embarques de granos que exportaba y por los que recibía una compensación en dólares que el Estado le pagaba con el pretexto de mantener estables los precios internos. A sus hijas les enseñó su propio código moral y las dejó que hicieran lo que quisieran y las crió como si ellas fueran sus únicos hijos varones.
Desde chicas las hermanas Belladona fueron rebeldes, fueron audaces, competían todo el tiempo una contra la otra, con obstinación y alegría, no para diferenciarse, sino para agudizar la simetría y saber hasta dónde realmente eran iguales. Salían a caballo a vizcachear de noche, en invierno, en el campo escarchado; se metían en los cangrejales de la barranca; se bañaban desnudas en la laguna brava que le daba nombre al pueblo y cazaban patos con la escopeta de dos caños que su padre les había comprado cuando cumplieron trece años. Estaban, como se dice, muy desarrolladas para su edad, así que nadie se asombró cuando —casi de un día para el otro— dejaron de cazar y de andar a caballo y de jugar al fútbol con los peones y se volvieron dos señoritas de sociedad que se mandaban a hacer la ropa idéntica en una tienda inglesa de la Capital. Al tiempo se fueron a estudiar Agronomía a La Plata, por voluntad del padre, que quería verlas pronto a cargo de los campos. Se decía que estaban siempre juntas, que aprobaban con facilidad los exámenes porque conocían el campo mejor que sus maestros, que se intercambiaban los novios y que le escribían cartas a su madre para recomendarle libros y pedirle plata.
En ese entonces el padre sufrió el accidente que lo dejó medio paralítico y ellas abandonaron los estudios y volvieron a vivir al pueblo. Las versiones de lo que le había pasado al viejo eran variadas: que lo había volteado el caballo cuando lo sorprendió una manga de langostas que venía del norte y estuvo toda la noche tirado en medio del campo, con las patas tipo serrucho de los bichos en la cara y en las manos; que le había dado un ataque cuando estaba echándose un polvo con una paraguaya en el prostíbulo de la Bizca y que la chica le salvó la vida porque, casi sin darse cuenta, le siguió haciendo respiración boca a boca; o también —según decían— porque una tarde descubrió que alguien muy cercano —no quiso pensar que fuera uno de sus hijos varones— lo estaba envenenando con pequeñas dosis de un líquido para matar garrapatas mezclado en el whisky que tomaban al caer la tarde en la galería florecida de la casa. Parece que cuando se dieron cuenta el veneno ya había hecho parte del trabajo y al poco tiempo ya no pudo caminar. Lo cierto es que pronto se los dejó de ver por el pueblo (a las hermanas y al padre). A él porque se metió en la casa y casi no salía, y a ellas porque, luego de cuidarlo un par de meses, se aburrieron de estar encerradas y decidieron irse de viaje al extranjero.
A diferencia de todas sus amigas, no se fueron a Europa sino a Norteamérica. Estuvieron un tiempo en California y luego cruzaron en tren el continente en un viaje de varias semanas con paradas largas en ciudades intermedias, hasta que al principio del invierno del Norte llegaron al Este. En el viaje se dedicaron sobre todo a jugar en los casinos de los grandes hoteles y a darse la gran vida, haciendo el numerito de las herederas sudamericanas en busca de aventuras en la tierra de los advenedizos y los nuevos ricos del mundo.
Ésas eran las noticias de las hermanas Belladona que llegaban al pueblo. Las novedades venían con el tren correo de la noche que dejaba la correspondencia en grandes bolsas de lona tiradas en el andén de la estación —y era Sosa, el encargado de la estafeta, quien reconstruía el itinerario de las muchachas según el matasellos que venía en los sobres dirigidos a su padre— y se completaban con el relato detallado de los viajantes y comisionistas que se acercaban a las tertulias del bar del hotel a contar lo que se rumoreaba sobre las mellizas entre sus condiscípulas de La Plata, frente a las que —según parece— ellas alardeaban —desde la lejanía, por teléfono— sobre sus conquistas y sus hallazgos norteamericanos.
Hasta que a fines de 1971 las hermanas llegaron a la zona de Nueva York y poco después en un casino de Atlantic City conocieron al agradable joven cetrino de origen incierto que hablaba un español que parecía salido del doblaje de una serie de televisión. Al principio, Tony Durán frecuentó a las dos pensando que eran una sola. Ése era un sistema de diversión que las hermanas practicaban desde siempre. Era como tener un doble que hiciera las tareas desagradables (y las agradables) y así se turnaron en todas las cosas de la vida, y de hecho —se decía en el pueblo— hicieron la mitad de la escuela, la mitad del catecismo y hasta la mitad de la iniciación sexual. Siempre estaban sorteando quién de las dos iba a hacer lo que tenían que hacer. ¿Sos vos o tu hermana? era la pregunta más repetida en el pueblo cada vez que aparecía una de ellas en un baile o en el comedor del Club Social. Muchas veces su madre, doña Matilde, tenía que atestiguar que una de ellas era Sofía y la otra Ada. O al revés. Porque su madre era la única capaz de identificarlas. Por el modo de respirar, decía.
La pasión de las mellizas por el juego fue lo primero que atrajo a Durán. Las hermanas estaban acostumbradas a apostar una contra la otra y él formó parte de esa partida. A partir de ahí se dedicó a seducirlas —o ellas se dedicaron a seducirlo a él— y andaban siempre juntos —iban a bailar, a cenar, a escuchar música— hasta que una de las dos insistía en quedarse un rato más a tomar copas en el bar del casino mientras la otra se disculpaba y se iba a dormir. Se quedaba con Sofía, con la que le dijo que era Sofía, y las cosas marcharon bien durante varios días.
Pero una noche, cuando estaba en la cama con Sofía, entró Ada y empezó a desnudarse. Y así empezó la semana tormentosa que pasaron en los moteles cercanos a la costa de Long Island, en el invierno helado, durmiendo y viajando juntos los tres y divirtiéndose en los bares y en los pequeños casinos que funcionaban casi sin gente porque estaban fuera de temporada. El juego de tres era duro y brutal y el cinismo es lo más difícil de sobrellevar. La perdición y el mal alegran la vida, pero lentamente llegan los conflictos. Las dos hermanas se complotaban y lo hacían hablar de más, y él a su vez complotaba con las mujeres, una contra otra. La más débil o la más sensible era Sofía y ella fue la primera que abdicó. Una noche abandonó el hotel y se volvió a Buenos Aires. Durán siguió viaje con Ada y anduvieron por los mismos hoteles y los mismos casinos que ya habían frecuentado, hasta que una noche decidieron que iban a volver a la Argentina. Durán la mandó adelante y poco tiempo después él la siguió.
—¿Pero vino por ellas? No creo. Tampoco vino por la plata de la familia —dijo el comisario, y se detuvo a prender el toscanito y se apoyó en el mostrador mientras Madariaga limpiaba las copas—. Vino porque nunca estaba tranquilo, porque no se podía quedar quieto, porque buscaba un lugar donde no lo trataran como a un ciudadano de segunda clase. Vino a eso, y ahora está muerto. En mis tiempos las cosas eran distintas. —Miró a todos y nadie dijo nada—. No hacía falta un falso yanqui, medio latino, medio mulato, para complicarle la vida a un pobre comisario de campo como yo.
Croce había nacido y se había criado en la zona, se había hecho policía en la época del primer peronismo, y desde entonces estaba en el cargo —salvo el interregno después de la revolución del general Valle en el 56—. Los días previos al levantamiento Croce había estado alzando las comisarías de la zona, pero cuando supo que la rebelión había fracasado anduvo como muerto por los campos hablando solo y sin dormir y cuando lo encontraron ya era otro. El comisario había encanecido de la noche a la mañana en 1956, al enterarse de que los militares habían fusilado a los obreros que se habían alzado para pedir el regreso de Perón. El pelo blanco, la cabeza alborotada, se encerró en su casa y no salió en meses. Perdió el cargo esa vez, pero lo reincorporaron cuando la presidencia de Frondizi en 1958 y desde entonces siguió a pesar de todos los cambios políticos. Lo sostenía el viejo Belladona, que, según dicen, siempre lo defendió a pesar de que estaban distanciados.
—Me quieren sorprender en un renuncio —dijo Croce, y sonrió— y me tienen bajo vigilancia. Pero no les va a dar resultado, porque no les voy a dar tiempo.
Era un hombre legendario, muy querido por todos, una especie de consultor general. En el pueblo pensaban que el comisario Croce estaba un poco rayado, andaba a los ponchazos de un lado a otro, vagando en el sulky por los campos y las chacras, deteniendo a los cuatreros, a los crotos, a los niños bien de las estancias que volvían borrachos de los reservados del bajo, y provocando a veces, con su estilo, escándalos y murmuraciones, pero con resultados tan notables que todos terminaron por pensar que ése era el modo en que debía actuar un comisario de pueblo. Tenía una intuición tan extraordinaria que parecía un acto de adivinación.
«Un poco tocado», decían todos. Tocado, tal vez, pero no como el loco Calesita, que andaba dando vueltas por el pueblo, vestido siempre de blanco y hablando solo en una jerga incomprensible; no, tocado en un sentido específico, como quien oye una música y no puede sacarla en el piano; un hombre imprevisible que deliraba un poco y no tenía reglas pero siempre acertaba y era ecuánime.
Acertó muchas veces porque parecía ver cosas que el resto de los mortales no podía ver. Por ejemplo, acusó a un hombre de haber violado a una muchacha porque lo vio salir dos veces del cine donde daban Dios se lo pague. Y el hombre realmente la había violado aunque el dato que lo llevó a incriminarlo no parecía tener sentido. Otra vez descubrió a un cuatrero porque lo vio tomar el tren a la madrugada para ir a Bolívar. Y si va a Bolívar es porque quiere vender la hacienda robada, dijo. Dicho y hecho.
A veces lo llamaban de los pueblos vecinos para resolver un caso imposible, como si fuera un manosanta del crimen. Iba en el sulky, escuchaba las versiones y los testimonios y volvía con el caso resuelto. «Fue el cura», dijo una vez en un caso de incendio deliberado de unas chacras en Del Valle. Un franciscano piromaníaco. Fueron a la parroquia y encontraron en un baúl, en el atrio, las mechas y un bidón de querosén.
Había vivido siempre dedicado a su trabajo y después de una extraña historia de amor con una mujer casada se quedó solo aunque todos pensaban que mantenía una relación intermitente con Rosa, la viuda de Estévez, que estaba a cargo del archivo del pueblo. Vivía solo en un gran rancho en el borde del pueblo, del otro lado de la estación, donde funcionaba la comisaría.
Los casos de Croce eran famosos en toda la provincia y su ayudante, el escribiente Saldías, un estudioso de la criminología, había caído también bajo el embrujo del comisario.
—En definitiva nadie entiende muy bien qué fue lo que Tony vino a hacer a este pueblo —dijo Croce, y miró a Saldías.
El ayudante sacó una libretita negra y revisó sus notas.
—Durán llegó aquí, en enero, el 5 de enero —dijo Saldías—. Hace justo tres meses y cuatro días.
2
Ese día, en la claridad quieta del verano, vieron bajar a un forastero del tren expreso que seguía viaje al norte. Muy alto, de piel oscura, vestido como un dandy, con dos valijas grandes que dejó en el andén —y un bolso marrón, de cuero fino, que no quiso soltar de ningún modo cuando se acercaron los changadores—, sonrió, cegado por el sol, y saludó con una inclinación ceremoniosa, como si ése fuera el saludo habitual por aquí, y los chacareros y peones que conversaban bajo la sombra de las casuarinas le contestaron con un murmullo sorprendido y Tony —con su voz dulce y su lenguaje musical— miró al jefe de estación y le preguntó dónde había un buen hotel.
—Me puede caballero usted indicar un buen hotel por aquí.
—Ahí enfrente está el Plaza —le dijo el jefe, y le mostró el edificio blanco del otro lado de la calle.
Se anotó en el hotel como Anthony Durán, mostró el pasaporte norteamericano, los cheques de viajero y pagó un mes adelantado. Dijo que venía por negocios, quería hacer unas inversiones, estaba interesado en los caballos argentinos. Todos en el pueblo trataron de inferir qué tipo de negocio era el que había venido a hacer con caballos y pensaron que quizá iba a invertir en los haras de la zona. Dijo algo un poco evasivo sobre un jugador de polo de Miami que quería comprarle petisos de polo a los Heguy, y también habló de un criador de caballos de carrera en Mississippi que andaba buscando padrillos argentinos. Un tal Moore, que practicaba salto, había estado por aquí, según dijo, y se había convencido de la calidad de los caballos criados en las pampas. Ése fue el motivo que dio al llegar y unos días después empezó a visitar algunos corrales y a ver yeguas y potrillos en los potreros y en los campos.
Pareció nomás que había venido a comprar caballos y todos en el lugar —los rematadores de ganado, los consignatarios, los criadores y los estancieros— se interesaron pensando que podían sacar ventaja y los rumores se movían de un lado a otro como una manga de langostas.
—Tardamos —dijo Madariaga— en confirmar su historia con las hermanas Belladona.
Durán se había instalado en el hotel, en una pieza del tercer piso, la que daba a la plaza, y había pedido que le pusieran una radio (no un televisor, una radio) y preguntó si por la zona podía conseguir ron y frijoles, pero se acostumbró enseguida a la comida criolla que servían en el restaurante y a la ginebra Llave que le subían al cuarto a las cinco de la tarde.
Hablaba un español arcaico, lleno de modismos inesperados (chévere, cuál es la vaina, estoy en la brega) y de frases o palabras deslumbrantes en inglés o en español antiguo (obstinacy, winner, embeleco). A veces no se entendían las palabras o la construcción de las frases, pero su lenguaje era cálido y sereno. Y además pagaba copas a quien quisiera escucharlo. Ése fue su momento de mayor prestigio. Y así empezó a circular, a darse a conocer, a frecuentar los ambientes más variados y a hacerse amigo de los muchachos del pueblo fuera cual fuera su condición.
Estaba lleno de historias y de anécdotas sobre aquel raro mundo exterior que los de la zona sólo habían visto en el cine o en la tele. Venía de Nueva York, de una ciudad donde todas las ridículas jerarquías de un pueblo de la provincia de Buenos Aires no existían o no eran tan visibles. Parecía siempre contento y todos los que hablaban con él o se lo cruzaban por la calle se sentían importantes por el modo que tenía de escucharlos y de darles la razón. Así que a la semana de estar en el pueblo ya había establecido una corriente de calidez y simpatía y llegó a ser popular y conocido aun entre los hombres que nunca lo habían visto.3
Porque se dedicó a convencer a los hombres, las mujeres siempre estuvieron de su lado y hablaban de él en los baños de damas de la confitería y en los salones del Club Social y en las interminables conversaciones telefónicas en los atardeceres de verano, y ellas fueron, desde luego, las que empezaron a decir que en realidad había venido por las hermanas Belladona.
Hasta que al fin, una tarde, lo vieron entrar, divertido y charlando, con una de las dos hermanas, con Ada, dicen, en el bar del Plaza. Se sentaron a una mesa en un rincón alejado y se pasaron la tarde hablando y riendo en voz baja. Fue una explosión, un alarde de alegría y de malicia. Esa noche mismo empezaron los comentarios en voz baja y las versiones subidas de tono.
Dijeron también que los habían visto entrar al fin de la noche en la posada de la ruta que iba a Rauch e incluso que lo recibían en una casita que las chicas tenían lejos del pueblo, en las inmediaciones de la fábrica cerrada que se alzaba como un monumento abandonado a unos diez kilómetros del pueblo.
Pero fueron habladurías, decires provincianos, versiones que sólo lograron hacer crecer su prestigio (y también el de las chicas).
Desde luego, como siempre, las hermanas Belladona habían sido las adelantadas, las precursoras de todo lo interesante que pasaba en el pueblo: habían sido las primeras en usar minifaldas, las primeras en no ponerse soutien, las primeras en fumar marihuana y tomar píldoras anticonceptivas. Como si las hermanas hubieran pensado que Durán era el hombre indicado para completar su educación. Una historia de iniciación, entonces, como en las novelas donde jóvenes arribistas conquistan a las duquesas frígidas. Ellas no eran frígidas ni eran duquesas pero él sí era un joven arribista, un Julien Sorel del Caribe, como dijo, erudito, Nelson Bravo, el redactor de Sociales del diario local.
Lo cierto es que fue en esa época cuando los hombres pasaron de observarlo con simpatía distante a tratarlo con ciega admiración y envidia bien intencionada.
—Venía con una de las hermanas muy tranquilo a tomarse una copita aquí porque al principio no lo dejaron (dicen) entrar en el Club Social. Los copetudos son de lo peor, quieren todo a escondidas. La gente sencilla, en cambio, es más liberal —dijo Madariaga, usando la palabra en su viejo sentido—. Si hacen algo, lo hacen a la luz del día. ¿O no convivió don Cosme con su hermana Margarita más de un año? ¿O no vivieron los dos hermanos Jáuregui con una mujer que habían sacado de un prostíbulo de Lobos? ¿O el viejo Andrade no se enredó con una criatura de quince años que estaba pupila en un convento de las monjas carmelitas?
—Seguro —dijo un paisano.
—Claro que si Durán hubiera sido un yanqui rubio, todo habría sido distinto —dijo Madariaga.
—Seguro —dijo el paisano.
—A Seguro lo llevaron preso —dijo Bravo, sentado al fondo, cerca de la ventana, mientras disolvía una cucharada de bicarbonato en un vaso de soda porque sufría acidez y estaba siempre amargado.
A Durán le gustaba la vida de hotel y se acostumbró a vivir de noche. Se paseaba por los pasillos vacíos mientras todos dormían; a veces conversaba con el conserje del turno de noche, que andaba a toda hora tanteando puertas y dormitaba en los sillones de cuero de la sala grande. Conversar es un decir, porque el conserje era un japonés que sonreía y decía que sí a todo, como si no entendiera el idioma. Era chiquito y pálido, engominado, vestido de traje y pajarita, muy servicial. Venía del campo, donde sus parientes tenían un vivero, y se llamaba Yoshio Dazai,4 pero todos en el hotel le decían el Japo. Parece que Yoshio fue para Durán la fuente principal de información. Fue él quien le contó la historia del pueblo y la verdadera historia de la fábrica abandonada de los Belladona. Muchos se preguntaban cómo había terminado el japonés viviendo de noche como un gato, alumbrando el tablero de las llaves con una linternita, mientras la familia cultivaba flores en una quinta de las afueras. Era amable y delicado, muy formal y muy amanerado. Silencioso, de mansos ojos rasgados, todos pensaban que el japonés se empolvaba el cutis y que tenía la debilidad de ponerse un poco de colorete, apenas un velo, en las mejillas, y que se sentía muy orgulloso de su pelo renegrido y lacio, que él mismo llamaba Ala de cuervo. Yoshio se aficionó o quedó tan deslumbrado por Durán que lo seguía a todos lados y parecía su mucamo personal.
A veces a la madrugada los dos bajaban a la calle, cruzaban entre los árboles y atravesaban el pueblo caminando por el medio de la calle hasta la estación; se sentaban en un banco, en el andén desierto, y miraban pasar el rápido de la madrugada. El tren no paraba nunca, pasaba como una luz por el pueblo y seguía para el sur hacia la Patagonia. Yoshio y Durán veían la cara de los pasajeros, recostados contra el vidrio iluminado de las ventanillas, como muertos en el cristal de la morgue.
Y fue Yoshio quien, un mediodía de principios de febrero, le entregó el sobre de las hermanas Belladona con la invitación a visitar la casa familiar. Le habían dibujado un plano en una hoja de cuaderno y con un círculo rojo le marcaron la ubicación de la mansión en la loma. Parece que lo invitaban a conocer al padre.
La casona de la familia estaba sobre la barranca, en la parte vieja del pueblo, en lo alto de las lomas desde las que se ven los montes, la laguna y la llanura gris e interminable. Durán se vistió con un traje blanco de lino y zapatos combinados, y a media tarde cruzó el pueblo y subió por el camino del alto hacia la casa.
Y lo hicieron entrar por la puerta de servicio.
Fue un error de la mucama, lo vio mulato y pensó que era un peón disfrazado...
Pasó por la cocina y luego de cruzar el cuarto de planchar y las piezas de los sirvientes llegó al salón que daba al parque donde lo esperaba el viejo Belladona, flaco y oscuro como un mono embalsamado, las piernas chuecas, los ojos achinados. Muy bien educado, Durán hizo las inclinaciones de rigor y se acercó a saludar al Viejo, con las formas de respeto que se usan habitualmente en el Caribe español. Pero eso no funciona en la provincia de Buenos Aires, porque aquí son los sirvientes quienes tratan de ese modo a los señores, ellos (decía Croce) son los únicos que mantienen las maneras aristocráticas de la colonia española que ya se han perdido en todos lados. Y eran los señores quienes le enseñaban a los criados los modales que ellos habían abandonado, como si hubieran depositado en esos hombres oscuros las maneras que ya no necesitaban.
Así que Durán actuó, sin darse cuenta, como un capataz de estancia, como un arrendatario o un puestero que se acerca, solemne y lento, a saludar al patrón.
Tony no entendía las relaciones y las jerarquías del pueblo. No entendía que había zonas —los senderos embaldosados en medio de la plaza, la vereda de la sombra en el bulevar, los bancos de adelante en la iglesia— a las que sólo iban los miembros de las viejas familias, que había lugares —el Club Social, los palcos del teatro, el restaurante del Jockey Club— a los que no se podía acceder aunque se tuviera plata.
¿Pero no tenía razón de desconfiar el viejo Belladona?, se preguntaban todos retóricamente. De desconfiar y de hacerle ver de entrada a ese forastero arrogante cuáles eran las reglas de su clase y de su casa. Seguramente el Viejo se había preguntado —y todos se hacían esa pregunta— cómo era posible que un mulato que decía venir de Nueva York apareciera en un lugar donde los últimos negros habían desaparecido cincuenta años antes o se habían disuelto hasta borrarse y formar parte del paisaje, y no explicara nunca claramente para qué había venido e insinuara que venía a cumplir una suerte de misión secreta. Algo se dijeron esa tarde, el Viejo y Tony, se supo después; parece que venía con un mensaje o un encargo, pero todo bajo cuerda.
El Viejo vivía en un amplio salón que parecía una cancha de paleta. Habían volteado las paredes para hacerle lugar, así que el Ingeniero podía moverse de un lado a otro, entre sus mesas y sus escritorios, hablando solo y espiando por la ventana el movimiento muerto de la calle del otro lado del parque.
—Lo van a llamar el Zambo a usted por aquí —le dijo el Viejo, y sonrió cáustico—. Había muchos negros en el Río de la Plata en la época de la colonia, formaron un batallón de pardos y morenos, muy decididos, pero los mataron a todos en las guerras de la independencia. Hubo incluso algunos gauchos negros, sirviendo en la frontera, pero al final todos se fueron a vivir con los indios. Hace unos años quedaban todavía negros en los montes, pero se fueron muriendo y ya no hay más. Me han dicho que hay muchos modos de diferenciar el color de la piel en el Caribe, pero aquí a los mulatos los llamamos zambos.5 Me entiende, joven.
El viejo Belladona tenía setenta años, pero parecía tan remoto que podía decirle joven a todos los hombres del pueblo: había sobrevivido a las catástrofes, reinaba sobre los muertos, disolvía lo que tocaba, alejó de su lado a los varones de la familia y se quedó con sus hijas mientras los hijos se exiliaron diez kilómetros al sur, en la fábrica que levantaron en el camino a Rauch. Inmediatamente el Viejo le habló de la herencia, había dividido sus posesiones y había cedido la propiedad antes de morir y ése había sido un error y desde entonces sólo había habido guerras.
—Me quedé sin nada —dijo— y ellos empezaron a pelearse y casi se matan.
Las hijas, dijo, estaban aparte de ese conflicto pero sus hijos lo habían enfrentado como si se disputaran un reino. (No vuelvo más —había jurado Luca—. No piso más esta casa.)
—Algo cambió en esa época después de la visita y la charla —dijo Madariaga, sin dirigirse a nadie en particular y sin aclarar cuál había sido ese cambio.
Fue en esos días cuando empezaron a decir que era un valijero6 que había traído plata —que no era de él— para comprar bajo cuerda la cosecha y no pagar los impuestos. Se decía que ése era el negocio que tenía con el viejo Belladona y que las hermanas habían sido sólo un pretexto.
Muy posible, era habitual, aunque los que traían y llevaban la plata en negro solían ser invisibles. Tipos con cara de bancarios que viajaban con una fortuna ajena en dólares para evitar la DGI. Se contaban muchas historias sobre las evasiones y el tráfico de divisas. Dónde las escondían, cómo las llevaban, a quiénes tenían que adornar, pero no es ésa la cuestión, no importa dónde llevan la plata, porque no se los puede descubrir si alguien no los denuncia. Y quién va a denunciarlos si todos están en el negocio: los chacareros, los estancieros, los rematadores, los que negocian la cosecha gruesa, los que aguantan el precio en los silos.
Madariaga volvió a mirar por el espejo al comisario, que se paseaba nervioso, con el rebenque en la mano, de un lado a otro del salón, hasta que se sentó ante una de las mesas y Saldías, su ayudante, pidió una jarra de vino y algo para comer mientras Croce seguía monologando como era su costumbre cuando buscaba resolver un crimen.
—Venía con plata —dijo Croce— y por eso lo mataron. Lo entusiasmaron con las cuadreras y el caballo de Luján.
—No hizo falta entusiasmarlo, ya venía entusiasmado de antes —se reía Madariaga.
Algunos dicen que le prepararon especialmente una cuadrera y quedó obsesionado. Mejor sería decir que esa carrera, que se venía preparando desde hacía meses, se aceleró para que Tony pudiera verla y hubo quienes vieron en eso la mano del destino.
Rápidamente Tony comprobó que había varias clases de caballos muy buenos en la provincia, básicamente eran de tres categorías: los petisos de polo, muy extraordinarios, que se crían sobre todo por la zona de Venado Tuerto; los purasangre criollos en los haras de la costa, y los parejeros de las cuadreras, que son muy rápidos, con gran pique, de aliento corto, muy nerviosos, acostumbrados a correr a dúo. No hay caballos iguales ni carreras como ésas en ningún otro lado del mundo.
Durán empezó entonces a conocer la historia de las cuadreras de la zona.7 Enseguida se dio cuenta de que ahí se jugaba más plata que en el Derby de Kentucky. Los estancieros apuestan fuerte, los peones se juegan el sueldo. Las carreras se preparan con tiempo, la gente junta su plata para la ocasión. Hay caballos que tienen mucho prestigio, se sabe que han ganado tantas carreras en tales lugares y entonces se hace el desafío.
El caballo del pueblo era un tordillo del Payo Ledesma, muy buen caballo, que estaba retirado, como un boxeador que deja los guantes sin haber perdido. Hacía tiempo que lo venía desafiando un estanciero de Luján, que tenía un alazán invicto. Parece que al principio Ledesma no quería entrar pero al final se entusiasmó, copó la parada, como quien dice, y aceptó el desafío. Y ahí fue cuando alguno metió la mano para enganchar a Tony. El otro caballo, el de Luján, se llamaba Tácito y tenía una historia bastante rara. En realidad era un purasangre que se había lesionado y no podía correr más de trescientos metros. Había empezado en el hipódromo de La Plata y luego ganó la Polla de Potrillos y un sábado lluvioso, en la quinta carrera de San Isidro, tuvo un accidente. En una rodada se rompió la mano izquierda y quedó sentido. Era hijo de un hijo de Embrujo y lo pusieron en venta para cría, pero el jockey del caballo —y el cuidador se hicieron cargo y lo cuidaron hasta que de a poco volvió a correr, sentido y todo. Parece que convencieron al estanciero de Luján para que lo comprara y en las cuadreras ganaba siempre. Ésa era la historia que se contaba y la verdad que el caballo era imponente, un colorado patas blancas, arisco y malo, que sólo se entendía con el jockey, que le hablaba como si fuera una persona.
Lo habían traído en un camión abierto y cuando lo soltaron en el potrero los paisanos lo miraban desde una distancia respetuosa. Un caballo de gran alzada, con la manta en el lomo y una sola pata vendada, brioso, arisco, que movía los ojos agrandados por el espanto o la rabia como un verdadero purasangre.
—Sí —dijo Madariaga—. El tordillo de Ledesma contra el invicto de Luján. Ahí pasó algo.
Notas:
1. El pueblo está en el sur de la provincia de Buenos Aires, a 340 kilómetros de la Capital. Fortín militar y lugar de asentamiento de tropas en la época de la guerra contra el indio, el poblado se fundó realmente en 1905 cuando se construyó la estación de ferrocarril, se delimitaron las parcelas del centro urbano y se distribuyeron las tierras del municipio. En la década del cuarenta la erupción de un volcán cubrió con un manto de ceniza la llanura y las casas. Los hombres y las mujeres se defendían del polvo gris con la cara cubierta con escafandras de apicultores y máscaras para fumigar los campos.↩
2. Pesquisa era el nombre que en esos años señalaba al policía que no usaba uniforme.↩
3. El hermano mayor de Tony había caído en Vietnam. Al cruzar un arroyo en los bosques cercanos al delta del Mecong un rayo de sol se reflejó en sus espejuelos y lo hizo visible para un francotirador del Vietcong que lo mató de un tiro —tan lejano— que ni siquiera se oyó. Murió en combate pero su muerte fue tan inesperada y tan pacífica que pensamos que había muerto de un ataque cardíaco, decía la carta de condolencia firmada por el coronel Roger White, el delirante jefe de mensajes de pésame del Military Assistance Command Vietnam, a quien la tropa llamaba the Fucking Poet.
4. Hijo de un oficial del ejército imperial que había muerto en combate horas antes de la firma del armisticio, Dazai había nacido en Buenos Aires en 1946 y había sido criado por su madre y por sus tías y de chico sólo entendía el japonés de las mujeres (onnarashii).↩
5. Los zambos, mestizos de indios y negros, eran el punto más bajo de la escala social en el Río de la Plata.↩
6. «La evasión impositiva se debe, principalmente, a las actividades que desarrollan los denominados valijeros. Se los llama así porque llevan dinero en efectivo en un portafolio. Ofrecen mejores precios a acopiadores, invernadores y productores agrarios en general, negociando en negro, con facturas pertenecientes a empresas inexistentes» (La Prensa, 10 de febrero de 1972).↩
7. El parejero más conocido en la historia argentina fue el Pangaré azul, propiedad del coronel Benito Machado. Este caballo fue ganador de todas las cuadreras disputadas y murió ahorcado en su box por descuido del cuidador.↩