Ricardo
Piglia
(Adrogué, Buenos Aires,
1941 - Buenos Aires, 2017)
La invasión
(La invasión, 1967)
Con el golpe del cerrojo los
adivinó atrás, al fondo de la celda.
Siguió inmóvil, cara a la puerta,
hasta que se apagaron los ruidos en la sala de guardia. Entonces se dio
vuelta y los encontró donde lo preveía: uno de pie, sin tocar la pared,
como haciendo equilibrio y a medio vestir; el otro, un morocho de
anteojos, tirado en el piso.
Afuera le habían quitado el cinturón
y el cordón de los borceguíes. Sentía la ropa floja y estaba molesto,
como desnudo.
Caminó hacia el medio, torpemente,
arrastrando los borceguíes abiertos y se detuvo, indeciso. Los
pantalones se le deslizaban por las caderas y los sostuvo con la mano
derecha.
En el fondo de la pieza los otros dos
lo miraban. El más alto se balanceaba suavemente. Tocaba la pared con el
hombro y volvía a despegarse. Fumaba sin sacarse el cigarrillo de la
boca.
El que había entrado sonrió.
—Me llamo Renzi —dijo.
Sosteniendo el pantalón con la
izquierda caminó hacia ellos, la mano derecha extendida.
—Renzi...
El que estaba parado se apoyó en la
pared y sacudió la cabeza. Más que un saludo pareció que hubiera
querido afirmar algo. “Celaya”, le pareció escuchar a Renzi.
El morocho, sentado en el piso, casi
echado, con las piernas abiertas y la cara borrada por la sombra de la
pared, no se movió.
Renzi se pasó la mano derecha por el
pantalón, como limpiándose. Retrocedió hasta la otra pared y se
sentó. El cuarto estaba casi a oscuras; empezaba a anochecer. La única
ventana, angosta y alargada, era una rendija, un lamparón de luz colgando
cerca del techo. Se inclinó sobre un costado y apoyado en el hombro
buscó algo en el bolsillo del pantalón. Sacó un cigarrillo, hizo un
bolló con el paquete vacío y lo tiró. La pelota de papel rodó por el
pisó y se detuvo entre las piernas del morochito. Con el cigarrillo en
los labios, Renzi hurgueteó en los bolsillos de la camisa buscando un
fósforo.
—¿Tenés fuego? —dijo, mirando a
Celaya.
Celaya siguió inmóvil. Renzi lo
miraba desde abajo. Celaya parecía distraído, se estudiaba las uñas.
Después apartó los ojos y prendió un fósforo raspándolo contra la
suela del borceguí. Se quedó así, parado, la llama alumbrándole la
mano, los dedos, la piel amarillenta y manchada de nicotina.
Vista desde el suelo la cara de Celaya
se deformaba en la oscuridad. Renzi se levantó, despacio, apoyando una
ruano en el pisó. Sintió el calor limpio de la llama mientras chupaba y
el humo le raspó la garganta. Abajo el fósforo se apagaba lentamente.
Renzi lo miró hasta que Une apenas una chispa rosada.
—¿Y vos? —dijo, mientras Celaya
comenzaba a sentarse y el cuerpo del morocho aparecía de golpe, cómo
brotando del piso. —Y ustedes —se rectificó— ¿por qué están?
—Estamos ¿dónde? —Celaya habló
lento, eligiendo las palabras.
—Aquí —Renzi lo miraba— Aquí,
en cana...
Celaya parecía atraído por algo que
estaba en la pared, encima de la cabeza de Renzi.
—¿En cana? —Se detuvo, como si le
costara trabajo entender. —Por desertar...
—Ah... —Empezó a decir Renzi,
incómodo sin saber por qué —¿Y hace mucho que están? —quizás por
la sonrisa del morochito, por su manó que iba y venía acariciándose el
pechó entre los pliegues de la camisa. Celaya se quedó un momento sin
contestar, como pensando.
—Tres meses —Se había arrimado al
morocho y los dos estaban muy juntos, formando un bulto en la penumbra,
un solo cuerpo deforme. Si se inclinaba, Renzi podía distinguir
claramente la mitad de la cara del morocho, alumbrada por la luz que se
filtraba desde la ventana; la otra mitad era una mancha oculta en el
hombro de Celaya. Parecía tener la piel muy lisa. “Por el sudor”,
pensó Renzi que sentía la transpiración en los ojos.
—¿Tres meses...? —El humo le
defórmó la voz— Y cómo los agarraron?
Esperó la respuesta y el morocho
también miró a Celaya que se frotaba el tobillo, sin hablar.
—¿Y a vos por qué le encanaron?
—dijo Celaya corno si le contestara.
Renzi lo miró, sorprendido; después
aplastó el cigarrillo en el pisó.
—Un lío con el “chivó”
Pelliza. Me tiene bronca porque soy estudiante y además...
—¿Por cuánto tiempo? —Lo cortó
Celaya, bajando la cabeza. Parecía buscar algo en el pisó.
—No sé. —Le molestaba el tono
prepotente de Celaya.— No sé por cuánto tiempo.
El morocho se inclinó y habló con
Celaya en voz baja.
A Renzi le pareció escuchar la risa
de Celaya.
Después se quedaron inmóviles,
callados.
—Ché ¿y hay que dormir en el
suelo? —preguntó Renzi, al rato.
—No. Ya van a traer los colchones.
—¿A qué hora?
—A que hora ¿qué?
—Van a traer los colchones.
—Pronto —Celaya parecía cansado,
aburrido.
—¿Y los tres dormimos aquí? —dijo
Renzi recorriendo la pieza con un gesto.
—Sí. Los tres.
—¿Y la comida. También hay que...
—Sí, también hay que comer aquí
—lo interrumpió Celaya.— Hay que hacer todo aquí. —Hablaba
lentamente, contenido—. Si querés cagar tenés que ir hasta esa
puerta —la señaló con un cabezazo— pedir por el oficial de guardia.
Decirle: “Tengo ganas de cagar, mi teniente”.
En el piso el morochito se reía en
silencio mostrando las encías.
—¿Entendés? —insistió Celaya—
¿Entendés? ¿O necesitás que te explique algo más?
—No —Renzi hizo un esfuerzo para
mirarlo de frente. Pero si llego a necesitar algo te aviso y vos me
enseñás. —Trató de repetir el tono de Celaya.— Yo te aviso y
enseñás —repitió.
Celaya le buscó la cara.
—Escuchá querido —dijo— acá
adentro no te conviene jugar al machito ¿te das cuenta? Aquí no estás
en la Universidad; así que mejor sentate ahí, quedate piola y no jodás.
—Che, ¿pero vos que te pensás? —empezó
a decir Renzi que encogió una pierna tratando de pararse. Cuando estaba
medio arrodillado, Celaya lo empujó con la punta ele las dedos y Renzi
perdió el equilibrio.
Las piernas de Celaya, ahora, eran dos
tubos grises, creciendo en el piso. Renzi echó la nuca hacia atrás,
buscándole la cara, allá arriba, pero se detuvo en la franja lechosa ele
la piel ele la cintura donde la camisa escapaba del pantalón.
—Yo te hablo en serio. No jodás.
Dormí, contá vaquitas, hacete la paja. Pero no jodás.
Renzi se apretó contra la pared y
estiró las piernas.
Tenía la boca seca, el cuerpo flojo
como lleno de espuma. Volvió a repasar los bolsillos buscando un
cigarrillo inútilmente.
Celaya se había sentado. El morocho
inclinado sobre él, le hablaba en voz baja. Se escuchó el chasquido tic
un fósforo y la llamarada alumbró la cara de los dos. Cada: tanto
parecía encenderse un círculo rojo que saltaba ele un lacio a otro.
“Fuman del mismo cigarrillo”, pensó Renzi con asco y a la vez con
ganas de pedirles una pitada, sentir el calor áspero del humo entrando en
los pulmones. Se contuvo, la garganta seca. Sin saber por qué trató de
no toser, como si toser fuera una debilidad frente Celaya.
La garganta se astillaba, le ardía.
No romper el silencio pesado, lleno de
ruidos sordos: voces de mando o un ladrido, lejos.
Carraspeó varias veces.
Después amontonó saliva en la boca y
la hizo correr por la garganta para disminuir el ardor. Por un momento
creyó que Celaya le había hablado. Era un murmullo débil, como si
alguien silbara despacio.
La oscuridad ocupaba todo el calabozo.
Desorientarlo, tanteó la pared tratando de reconstruir el cuarto,
mientras, afuera, alguien encendía una luz y la claridad bajaba diluida
por la ventana alumbrando apenas la cara de Celaya, el pecho desnudo del
morocho, un cuadrado irregular del piso grasiento.
Todo flotaba en una penumbra verdosa.
Las siluetas se fueron recortando, otra vez. Renzi imaginó la luz del
otro lado. La bombita sucia, los bichos revoloteando en la pared, cerca de
la ventana, iluminando la entrada del baño.
Ubicó los cuerpos de Celaya y el
morocho. Le pareció que se movían y los oyó murmurar. Estaban juntos,
casi uno sobre otro. Era una risa, apenas. Una respiración suave, un
jadeo. Se movió hacia un costado buscando distinguirlos mejor y en ese
momento lo cegó la luz. Parpadeó, encandilado. Por fin adivinó, en
medio de la luz que entraba por la puerta abierta, al sargento de guardia
y a un soldado que arrastraba un tacho cilíndrico.
Recibió el plato de metal, la
cuchara. Comió despacio, sin sentarse. El montón de papas y porotos y
el agua tibia se apelotonaban, se disolvían en la boca. Tragó sin
respirar y se recostó contra la pared, de cara al aire fresco.
Afuera, los soldados de guardia
conversaban en voz Recorrió el salón circular de la sala de guardia, el
escritorio contra la pared, y —por el vidrio de la ventana— un
pedazo del camino de pedregullo cortado, de golpe, por la oscuridad. Al
fondo, lejos, la luz de entrada, como suspendida en el aire, alumbraba
en un círculo el asfalto de la ruta.
En el calabozo Celaya y el morochito
comían juntos, sentados en un rincón.
Renzi entregó el plato casi lleno.
Recibió el colchón y las mantas.
Mientras se cerraba la puerta, alcanzó a ver el respaldo de una silla y
un ángulo del escritorio.
Después escuchó el golpe metálico
del cerrojo.
En la oscuridad le duró un rato el
reflejo de la luz. Apretó los párpados y se fue acostumbrando de a poco
a la penumbra.
El sudor le mojaba el cuerpo. Sentía
la ropa áspera, pegada a la piel.
Al fondo, el morocho tendía los
colchones.
Renzi se sacó un borceguí, el otro,
y empezó a desnudarse. Se quitó el pantalón, levantó la cabeza y se
encontró con el morochito que lo miraba, sin moverse. Renzi fue el
primero en desviar los ojos.
Después acomodó el colchón en un
costado, preparó una almohada enrollando el pantalón en la
garibaldina y, al buscar la manta, tropezó con el cuerpo de Celaya.
Estaba parado, lo miraba.
—No querido. Andate más hacia la
punta —Agitó la mano como espantando algo—. Bien, bien contra la
punta. Vas a estar más tranquilo —le dijo, y a Renzi le pareció
escuchar como la risa del morochito, otra vez.
Se arrimó a la pared, sin hablar.
Se acostó y se tapó con la manta, a
pesar del calor.
Encorvados, muy juntos, alumbrados
débilmente por la luz que bajaba de la ventana, Celaya y el morocho
eran un bulto deforme. Parecían reírse o hablar, en voz baja.
El morocho se había quitado la ropa.
Renzi lo veía por primera vez ele cuerpo entero. Era mucho más bajo de
lo que había pensado. Al lado de Celaya, alto, macizo, el cuerpo del
morocho se diluia, pálido. Tenía los brazos sin vello y las manos
blandas, como sin fuerza y los dedos amarillentos en las puntas, cerca de
las uñas que se enredaban en el pelo de Celaya.
Cuando Renzi lo comprendió hacía un
ralo que el morocho acariciaba la nuca de Celaya. Las manos se deslizaban
por el cuello, subían hasta el nacimiento de las orejas, bajaban por el
pecho y empezaban a desprenderle el pantalón.
Desde el piso, Renzi ve el mentón del
morocho, los labios jugueteando con las tetillas, en el cuello, en la boca
ele Celaya; los dos cuerpos se abrazan, tirados en el colchón como si
lucharan; el cuerpo del morocho es un arco, Celaya está encorvado sobre
él, los gemidos y las voces se mezclan, los dos cuerpos se hamacan y los
gemidos y la voz quebrada de Celaya se mezclan, son un solo jadeo violento
mientras Renzi se aplasta contra el cemento, cara a la pared, hecho un
ovillo entre las mantas.
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