Escribí los relatos de este libro (salvo uno) en 1975. En aquel tiempo vivía en un departamento en la calle Sarmiento, frente al viejo mercado de Montevideo, y cuando pienso en estos cuentos me acuerdo de una ventana que daba a un patio. Supongo que el hecho de haberlos escrito mirando cada tanto la luz de esa ventana les da para mí cierta unidad: como si las historias hubieran estado ahí, del otro lado del vidrio.
Ese año una revista popular organizó un concurso de cuentos policiales con un premio inusual: dos pasajes a París y quince días de estadía paga en un hotel de primera categoría. Me pareció tan extravagante el asunto y tan heterogéneo el jurado (Borges, Roa Bastos y Denevi) que me decidí a escribir un relato. El resultado fue «La loca y el relato del crimen», con el que gané el primer premio, de modo que viajé a París y pasé una temporada en el Hotel Méridien. En realidad fue el viaje el que verdaderamente obedeció a las reglas del género policial. La situación era tan rara que todo el tiempo me sentí una especie de falsificador a quien en cualquier momento iban a descubrir. Por otro lado comprobé que escribir por encargo, a partir de ciertas reglas fijas, produce una paradójica sensación de libertad. Stravinski afirmaba que las restricciones y los límites eran la condición que necesitaba su música. «De lo contrario (decía) en cuanto me siento a componer me encuentro abrumado por las infinitas posibilidades». No pude incluir ese relato en la primera edición de este libro y lo sustituí por «Las actas de juicio», un cuento de mi libro anterior. En esta edición he vuelto a ordenar la serie según su orden original.
«El fin de viaje» sólo tiene de autobiográfico el trayecto en el que suceden los hechos: una noche viajaba en ómnibus desde Mar del Plata y una mujer se suicidó en el baño de una parada perdida en medio de la ruta. Es otro el que se suicida en esta historia y es otra mujer, pero la experiencia es la misma. «El laucha Benítez» es de 1968. Formaba parte de una serie de relatos que escribí después de publicar La invasión y lo incluí porque tenía un estilo diferente al de los cuentos que siempre había escrito. Un escritor que admiro me hizo ver que «La caja de vidrio» era una variante del tema del doble. Después que lo dijo me pareció evidente, pero yo no pensaba en eso mientras lo escribía. Durante años había intentado contar la historia de un hombre que puede evitar una muerte con una palabra y, por desidia o por maldad, se queda callado. La intriga que se narra en «El precio del amor» es en lo esencial verdadera. Me fue revelada, con triste ironía, por la protagonista, a quien, para decir la verdad, su amigo le robó un juego de cubiertos de plata. Nunca sabremos por qué decidimos que ciertas historias son nuestras y podemos narrarlas mientras otras (a menudo mejores), que imaginamos o vivimos, nos son ajenas y se pierden. Sobre eso trata, creo, la nouvelle que da nombre a este libro. Empecé con la imagen de un tal Kostia que en el bar Ramos se pasaba la vida contando anécdotas de Roberto Arlt. El relato de a poco se transformó en lo que ahora es. Estoy seguro de que es lo mejor que he escrito. Tal vez pienso así porque lo escribí con la certeza de que por primera vez había logrado percibir lo que realmente se veía del otro lado de la ventana.
R. P.
Nota
Nota preliminar (1975)
Ricardo Piglia · (Adrogué, Buenos Aires, 1941 — Buenos Aires, 2017)