Relato

El fin del viaje 1975

Ricardo Piglia · (Adrogué, Buenos Aires, 1941 – Buenos Aires, 2017)

Referencia editorial:

Nombre falso
(Buenos Aires: Siglo XXI Editores, 1975, 172 págs.)

1

Perdido en el hall de la estación semivacía, Emilio Renzi mira los andenes mal iluminados, la luz amarillenta que se extravía en la oscuridad. Frágil, envejecido, viste un abrigo negro que lo empalidece, acentuando su aire torvo y abstraído. Faltan quince minutos para la salida del ómnibus; detrás de los cristales empañados los árboles de Plaza Constitución se disuelven en la neblina. Todo es lejano, vagamente irreal, como si siempre hubiera estado en ese hall esperando para viajar, como si hiciera años que hubiera recibido el llamado. Iba a llegar a la mañana siguiente; hasta entonces no quedaba nada por hacer salvo esperar. Los que viajaban con él eran pocos, nueve o diez personas que se amontonaban frente a una valla de madera que los separaba del andén. Tenían el rostro lívido y ansioso de los que van a Mar del Plata en invierno, fuera de temporada, los días de Casino. Daban la sensación de conocerse o compartir un secreto y se saludaban desde lejos, con mirada cómplice. En un costado, cerca del mostrador donde se despachaba el equipaje, una mujer alta, de pelo colorado, envuelta en un tapado de piel, parecía discutir con un hombre suave y elegante, de sombrero y bigote fino. «Nunca va a ser igual», escuchó Emilio que decía la mujer con una dolorosa voz quebradiza. «Nunca jamás va a ser igual», dijo ella y pareció que el hombre la amenazaba o le pedía perdón, manso, contenido. Por los altoparlantes bajaba una música agria que se entreveraba con el rumor de la ciudad. La noche era fría, una noche blanca, ventosa. Emilio caminó por el andén hasta la playa donde guardaban los ómnibus vacíos; el lugar olía a nafta y a humedad; franjas negras y amarillas brillaban en las paredes mal pintadas como hundidas bajo los arcos de fierro que enmarcaban el techo. «Es inútil buscar explicaciones» pensó Emilio. «Tal vez ya es demasiado tarde». En el diario había dicho que su padre estaba grave. «Tuvo un accidente» le dijo a Laurenz. «Me avisaron por teléfono, voy a viajar esta noche». No quiso decir más: todo le parecía falso y sin razón.
       Esperó que los demás subieran al ómnibus y entró; su asiento estaba en medio del coche; caminó por la alfombra de goma del pasillo cruzando de perfil entre los que terminaban de acomodarse y se ubicó junto a la ventanilla. Afuera la niebla era una bruma azulada que cubría la ciudad. La mujer de pelo colorado estaba sentada a su derecha, al otro lado del pasillo. El hombre que la acompañaba se había quedado solo, de pie en el andén desierto. La mujer fumaba sin mirarlo, ausente, una valija de mano apoyada en las rodillas. Cuando el ómnibus se puso en marcha el hombre siguió inmóvil, flotando en la claridad gris, quieto y sosegado, una mano alzada saludando el vacío.
       De a poco la estación se fue perdiendo y viajaron lentamente por la ciudad hacia el sur. Emilio encendió un cigarrillo y ablandó su cuerpo en el asiento. La neblina se transformaba en una lluvia densa y apacible. «Va a llover toda la noche» pensó y se sintió tranquilo por primera vez, abandonado al rumor suave de la marcha. Había recibido el llamado al final de la tarde; ahora el recuerdo era remoto y confuso. «Está muy grave» le dijo la mujer, atropellada, llorando. «Yo soy Elisa, una amiga de su padre. Está internado en la clínica Yeres. Dejó una carta para usted». Emilio recordó la casa donde su padre vivía solo, la biblioteca amplia y llena de sol con los sillones de cuero negro, las cortinas infladas por el viento. Se había encerrado en ese cuarto. Él mismo pidió ayuda y lo encontraron sentado de cara a la ventana, respirando con dificultad pero tranquilo, tratando de vendarse y de parar la sangre. «Ninguno imaginó lo que iba a hacer. Nadie» dijo la mujer como si se disculpara. «Nadie. Ninguno pudo imaginar».
       Hacía un rato que el ómnibus marchaba con las luces apagadas; en la penumbra Emilio miraba los faros blancos de los autos que corrían bajo la lluvia. «Fue por eso que vino la última vez, para decirme, para que yo supiera o lo ayudara», pensó. «Vino a eso, vino a decirme. No se animó o no pudo o yo no fui capaz de darme cuenta». Siempre había sido igual: su padre mentía, trataba de mantener la dignidad, falseando todo, tranquilizaba a los demás cuando era él quien necesitaba consuelo. «Estoy contento» le dijo esa noche al despedirse en la estación de trenes, la potente luz de la locomotora abriendo la oscuridad del andén. Fumaba sin parar, los dedos de un color rosa pálido, manchados por el tabaco rubio, jugando con el anillo de piedra negra que llevaba desde siempre. «No te preocupés por mí» le había dicho con su voz transparente que el cigarrillo iba agrietando y enseguida lo abrazó como si no quisiera oírlo. Emilio lo miró alejarse, erguido, dando vuelta la cara para saludarlo con una sonrisa tímida, fugaz. Esa fue la última vez que se vieron. Su padre había llegado de improviso, esa tarde, sin anunciarse. Emilio se sorprendió al reconocer su voz que entraba, nítida, por la ventana de la pieza que daba al patio interior. Preguntaba por él en otro departamento, como si se hubiera perdido, hosco, resuelto, seguro de no estar equivocado. Se quedó oyendo ese tono empecinado y cuando por fin salió al pasillo lo vio en el descanso de la escalera, un hombre avejentado, vestido con una elegancia pasada de moda, que subía fatigosamente. «¿Dónde te has venido a vivir?» le había dicho, hablando rápido como siempre que estaba emocionado. Llevaba un traje cruzado, de corte antiguo y un moño azul sobre la camisa blanca, ligeramente raída. Sus ojos claros evitaban mirar de frente pero parecía feliz y hacía planes fantásticos, igual que siempre, dejándose llevar por las palabras, como si su hijo fuera un desconocido y quisiera conquistarlo. De todos modos, recién al final de la noche, en un restaurant sobre Carlos Pellegrini, Emilio creyó entender el motivo de ese viaje. Estaban terminando de cenar y de pronto su padre empezó a hablarle con aire desenvuelto y borroso de una mujer. Entusiasmado, seguro de sí mismo y alegre, se encerró en una complicidad viril y un poco sucia para hablar de ella y por fin se empecinó en que Emilio fuera con él a conocerla. La mujer vivía en un departamento recién estrenado; sobre el piso cubierto con hojas de diario se desparramaban valijas, baúles abiertos y no había otro mueble que una cama de dos plazas con respaldo de metal. Los tres se sentaron en esa cama y su padre estaba satisfecho, como si en verdad hubiera viajado para hacerle conocer a esa mujer ojerosa y pálida que asentía sin hablar con aire humilde. Se llamaba Elvira y sirvió un licor dulce, anaranjado, que su padre no hizo más que elogiar. Cuando se iban la mujer retuvo a su padre y Emilio se acercó a la ventana para dejarlos solos; miraba las luces suaves de la ciudad ardiendo abajo y los escuchaba hablar, nerviosos, en voz baja. «¿Por qué Juan José? No. Si se me parte el corazón. Yo jamás he dicho eso» decía ella y su padre la calmaba. Al despedirse le pareció que la mujer había llorado, tenía los ojos húmedos y la piel enrojecida. En el ascensor su padre se acomodó la ropa de cara al espejo y se limpió la boca con un pañuelo blanco, como queriendo hacerle ver que la mujer lo había besado.
       El ómnibus marchaba ahora con las luces encendidas, a poca velocidad. Eran casi las dos de la mañana, había dejado de llover. Al rato entraron en una parada en medio de la ruta. El lugar era triste, un largo salón con ventanas de mica, pintado de celeste y vacío. Emilio se sentó a una mesa cerca del mostrador y pidió una ginebra. Los que atendían el bar se deslizaban lentos, entredormidos, con expresión aburrida. En un costado la mujer de pelo colorado ponía monedas en una victrola automática y escuchaba música, sola, de pie, con un vaso en la mano, la valija apoyada en el piso como si hubiera bajado para quedarse. Emilio abrió una libreta de tapas negras, se inclinó sobre la mesa y empezó a escribir. Viernes 17: En viaje a Mar del Plata. A media tarde me avisan por teléfono. Recuerdo dos cosas: esa extraña aparición, la última vez, su voz que llegaba de algún lado preguntando por mí, desconcertado, como si me hubiera perdido. La tarde que nos sacamos una foto, los dos, en la playa: él se acomodaba el pelo que le caía sobre la frente, se quitó los anteojos y me puso una mano en el hombro. Me acuerdo sobre todo del gesto de arreglarse el pelo y la marca del anteojo en la piel de la cara, como una cicatriz. Terminó la ginebra y prendió un cigarrillo. La mujer seguía escuchando música, de espaldas, una mano apoyada en el techo circular de la victrola. Siempre he pensado, escribió Emilio, que él era menos vulnerable que yo: la ternura de hombre a hombre debe ser velada. Sin embargo, quizá ya es demasiado tarde. Yo lo admiraba (lo quería) porque sabía ocultar sus sentimientos. Ahora he comenzado a escribir sobre él. Vio la silueta del ómnibus en la ventana empañada. El rumor de los autos se mezcló con la música suave que escuchaba la mujer. Una mujer escucha música, sola, iluminada por la luz azulada de una victrola antigua de techo redondo. Tiene un aire suavemente perverso, el pelo rojo. En Buenos Aires la despedía un hombre de modales cínicos que quedó solo en el andén, una mano alzada saludando el vacío. Llueve a ratos, son las dos de la mañana. He comenzado a escribir sobre él en pasado, como si ya hubiera muerto. Releyó lo que había escrito y guardó la libreta. Llamó al mozo y pagó. Después caminó hacia el baño. Cruzó cerca de la mujer y la escuchó tararear en voz baja, envuelta por la música. Las paredes del baño estaban corroídas por la humedad. Una sola lámpara, colocada en un boquete cerca del techo, tiraba una luz grisácea. Emilio abrió la canilla y se miró en el espejo nublado: su cara parecía gastada, una máscara carcomida.

2

      Cuando volvió al bar la mujer ya no estaba pero la victrola seguía sonando y la música llenaba el local vacío. Al subir al ómnibus no la vio. Apareció al final, en el momento en que salían, atropellada, haciendo equilibrio sobre los tacos altos, la valija en la mano derecha. Emilio la miró acomodarse en el asiento y fumar de cara a la ventanilla; su rostro se reflejaba en el cristal oscurecido, iluminado a ratos por la brasa del cigarrillo que ardía en la penumbra. Emilio tendió el respaldo de su asiento y trató de dormir. Si todo iba bien llegarían a las siete de la mañana. Julia debía haberlo buscado toda la noche, estaban citados para cenar juntos, pero él no se decidió a avisarle que se iba. Quizás ella había hablado al diario, de todos modos podía llamarla desde Mar del Plata. El zumbido parejo del motor lo adormeció, volvió a recordar la foto con su padre en la playa, sin poder precisar el año. Antes de quedarse dormido recordó que en ese tiempo los dos aún vivían juntos. Soñó que caminaba por un mercado donde vendían ropa de lana. Era de noche y el lugar estaba alumbrado con lámparas de querosene. Emilio llevaba un sombrero de fieltro que le tapaba los ojos. De pronto, en un camino de tierra encontró la cupé color aceituna que su padre había vendido cuando murió su madre. Estaba abandonada en un cruce. Había dos mujeres en el asiento delantero, el viento golpeaba una de las puertas contra el guardabarro con un ruido pesado. Una de las mujeres asomaba la cara y le habló sonriendo: «Acercate. No me digas que me has olvidado. No hacíamos más que hablar de vos». Cuando trató de acercarse, sintió como un tirón, y se despertó. La mujer de pelo colorado estaba de pie, inclinada sobre él y lo sacudía suavemente de un brazo.
       —¿Le pasa algo? —dijo ella.
       En la penumbra verdosa la mujer era una silueta transparente que brillaba, pálida.
       —Hablaba en voz alta, se quejaba. Me pareció que estaba sufriendo —dijo ella con su voz extraña y como perforada.
       —¿Hablaba? —dijo Emilio confuso, sin terminar de despegarse del sueño—. Soñé algo, no sé.
       —Era eso. Me pareció que le pasaba algo. Perdone entonces.
       —Al contrario, no, le agradezco —dijo él. La mujer seguía de pie, amplia y quieta en el pasillo—. ¿Por qué no se sienta, por favor? —dijo Emilio y le sonrió—. No quisiera volver a dormirme.
       —Yo jamás puedo dormir en los viajes —dijo la mujer sonriendo apenas, como si hubiera algo detrás de él, del otro lado de la ventanilla, que la pusiera alegre—. Odio viajar. No se puede hacer nada más que pensar.
       Se había sentado suavemente, desplazando con gracia su cuerpo amplio y hermoso que desprendía un dulce perfume a flores muertas.
       —La vi en el bar —dijo él—. Usted escuchaba música.
       —¿Música? —dijo ella y dejó escapar la risa que venía anunciando—. Ruido, diga más bien. No aguanto esos lugares, son tan tristes.
       Emilio le ofreció cigarrillos y pudo verla mejor en el resplandor azulado de la llama: tenía un rostro apacible, de muñeca, la piel fina y tirante, de un frágil color rosado.
       —Es raro —dijo ella de pronto—. Estoy segura que nos hemos visto antes, usted y yo.
       —Puede ser —dijo él.
       —¿Viaja a menudo?
       —Sí —dijo él—. Mi padre vive en Mar del Plata.
       —Mala ciudad para vivir. Allí se va a jugar, a tomar sol, ¿cómo se puede hacer para vivir?
       —Como en todos lados —dijo él—. Uno se acostumbra.
       La mujer lo miró de frente, ahora, siempre sentada de costado, las piernas cruzadas, fumando con movimientos plácidos.
       —Ya sé donde nos vimos. Una noche, hará dos meses: usted estaba en el casino, seguía una racha, ganaba sin parar. Parecía mentira, nunca vi a nadie que ganara como usted, esa noche. ¿Siempre tiene esa suerte?
       «Usa este truco» pensó él, «pudo haber elegido cualquier otro».
       —A veces —dijo.
       —Y entonces ¿por qué se queja cuando duerme?
       —Vaya a saber. Es como si yo le preguntara por qué discutía con ese hombre que la acompañaba en la estación.
       —Me oyó —dijo ella y sonrió como si eso la hiciera feliz—. No discutía, no. Jamás podría discutir con él. Me pidió que me quedara, eso fue todo. Él es bueno, demasiado bueno. No quiere que yo vaya al casino. Los que no juegan no pueden entender. ¿O no es así?
       —Sí —dijo él.
       —Todo es tan aburrido. Creo que si no pudiera ir al casino me volvería loca. Una va y juega, sabe que va a perder pero eso no importa nada. Cuando estoy jugando me olvido de todo. Me olvido de quién soy, del dinero, me olvido de todo y soy otra mujer. No sé, es difícil de explicar —dijo ella, un sosiego de paz en la cara tierna y aniñada—. ¿Usted en qué trabaja?
       —Soy periodista.
       —¿Periodista? Qué maravilla. No me diga que hace policiales.
       —No —dijo él—. Lamentablemente sólo hago crítica de libros.
       —Es una lástima —dijo ella, divertida—. Sería apasionante que por ejemplo fuera a Mar del Plata a hacer la nota de algún crimen. ¿Y cómo es hacer crítica de libros?
       —Un poco monótono —dijo Emilio—. ¿Y usted en qué trabaja?
       —¿Yo? En nada. Desde hace cinco años no hago nada —levantó la cabeza buscando la claridad de la ventanilla, como queriendo que él viera los ojos siempre alegres—. He sido cantante de ópera, pero hace cinco años perdí la voz. Parece absurdo ¿no? Me levanté una mañana y ya no pude volver a cantar. Todos piensan que me voy a recuperar, pero yo sé que es imposible. A veces sueño que me he curado, que estoy otra vez en un escenario. Quizá por eso tuve que despertarlo cuando vi que se quejaba. No me puedo resignar. La música era mi vida.
       —¿Y cómo fue que perdió la voz?
       —¿Quién puede saberlo? Estaba en Italia: yo tenía que debutar en la Scala, esa noche había ensayado Donizetti y me dormí feliz como nunca. Era en verano. De pronto sentí una especie de ahogo y cuando me desperté ya no pude volver a cantar. Es muy común. Uno reza todas las noches para que no le pase, pero ya ve.
       En el aire sin vida del ómnibus la voz de la mujer sonaba baja y áspera.
       —Usted no me va a creer pero yo lo presentía —dijo ella después de un silencio—. Ha pasado tanto tiempo y sin embargo me acuerdo de esa mañana como si fuera hoy: salí a la ventana, llorando, me costaba respirar, todos estaban conmigo, me daban aire. Era un día tan hermoso, lleno de sol y yo pensé: ya está, ahora ya me pasó, ahora no tengo miedo. Fue como si siempre hubiera esperado ese momento. —Se quedó quieta y alzó su cara que parecía de cristal y después trató de sonreír—. No sé por qué tengo que hablarle de estas cosas, son tan lejanas, es como si las hubiera vivido otra. Deme un cigarrillo, por favor.
       Emilio le tendió el paquete y la mujer se inclinó hacia la llama, las manos juntas para proteger el fósforo.
       —No me dejan fumar —dijo—. Antes no podía y ahora no me dejan, es mortal para la voz. Pero ya no me importa, sé que nunca más podré volver a cantar.
       En ese momento se encendieron las luces del ómnibus; la figura de la mujer se disolvía en el humo, como envuelta en un tul.
       —Ha dejado de llover —dijo y le sonrió, tímida, entristecida, tendiéndole una mano enguantada—. Yo me llamo Aída Monti.

3

      El ómnibus se había detenido en otra parada en medio del camino. Emilio y la mujer tomaban café en una mesa cerca de la ventana. Ella fumaba en silencio, la valija de imitación cuero apoyada sobre el piso grasiento. Los dos parecían flotar detrás de un vidrio sucio, cubiertos por la luz amarillenta de las lámparas que alumbraban el bar.
       —Usted no me cree —dijo la mujer.
       —Sí, le creo. ¿Por qué no le voy a creer?
       —Seguro no me cree y es una lástima.
       Se inclinó suavemente para abrir la valija y Emilio la vio mover las manos entre los vestidos y la ropa blanca. Cuando alzó la cara parecía otra.
       —Esta soy yo —dijo alcanzándole una foto.
       La mujer aparecía con trenzas, una vincha en la frente, disfrazada de walkiria, de perfil sobre un escenario vacío. La foto era borrosa, mal iluminada y había algo artificial en el decorado, parecía haber sido tomada en un estudio, contra una tela pintada donde se veían nubes, ángeles y los rayos del sol vacilando en el aire azul.
       —Hermosa —dijo él—. Usted está hermosa. Pero la foto no hacía falta. No entiendo qué le hace pensar que no voy a creerle.
       —Tiene razón si desconfía, una mujer que viaja sola, que habla con un hombre que apenas conoce, en el fondo usted debe pensar que yo estoy media loca.
       —No —dijo él—. No.
       —Oh, yo sé —dijo ella tomando la foto con las dos manos—. ¿Le gusta? Hace tanto tiempo. Estoy en Bélgica, haciendo Wagner. —Movió la foto lejos de su cara, como si fuera un espejo—. ¿Tiene algo para escribir?
       Emilio le alcanzó una lapicera y la miró inclinarse, aplicada, y escribir sobre la foto puesta de revés sobre la mesa.
       —Tenga —dijo por fin—. Guárdela como recuerdo.
       Emilio recibió la cartulina brillosa y leyó en la claridad húmeda: A Emilio Renzi que se queja en sueños, con la amistad de Aída Monti. Abril de 1970.
       —No es nada —lo interrumpió ella cuando él empezaba a agradecer—. Vamos mejor, ya es la hora.
       Caminaron despacio hacia el ómnibus bajo el techo entoldado del bar. La luz alumbraba los árboles, el camino de pedregullo que moría en la oscuridad.
       —Debe ser raro vivir en un lugar así —dijo ella y lo tomó del brazo, la valija en la mano izquierda—. Ver toda esa gente que llega y se va. Trabajar de noche, esperando que lleguen los micros.
       —Sí —dijo él—. Pero también a esto uno se puede acostumbrar. Volvieron a subir y se sentaron juntos. El ómnibus maniobró en el macadam y salió a la ruta, bajo la lluvia. A medida que tomaban velocidad la calefacción iba nublando el aire, un vapor tenue se agolpaba contra las ventanillas. Los patines de goma del limpiaparabrisas barrían el agua, quebrando los faros de los autos que cruzaban frente a ellos. La mujer se había quitado el abrigo, llevaba un vestido de seda azul, muy escotado, que le blanqueaba la piel.
       —Cuénteme algo —dijo de pronto apretando su cuerpo contra el cuerpo de Emilio.
       —¿Qué le puedo contar?
       —No sé. Cualquier historia. La vez que ganó o la vez que le ganaron.
       Emilio la abrazó y se inclinó para besarla.
       —No —dijo ella, suave, reteniéndolo.
       —¿Por qué?
       —Yo sé. Mejor no.
       Se movió apenas y apoyó la cabeza contra el hombro de Emilio, blanda, dócil.
       —Ojalá llueva todo el viaje —dijo como para sí misma con los ojos cerrados, un gesto de quietud en la cara aniñada.
       El ómnibus marchaba ahora con una velocidad sostenida, envuelto en un zumbido suave. Los árboles eran manchas borrosas del otro lado de los cristales. Emilio sintió el peso tibio de la mujer contra su cuerpo y trató de no moverse. «Ella duerme o hace que duerme», pensó. «Huele a pasto, a bebé recién bañado. Miente como otras lloran o se quejan». Recordó la foto, las tiras de cuero de las sandalias trenzadas más arriba de los tobillos, el aire concentrado con que alzaba los brazos como si estuviera rezando. Se imaginó los teatros de provincia, la mujer cantando mal y entusiasmada arias de Verdi, acompañada al piano por el hombre de bigote fino. La sentía respirar débilmente, una mano en el pecho, el pelo tapándole los ojos. Sin querer pensó en su padre detenido en el descanso de la escalera, desorientado aquella tarde y envejecido, los ojos dulces detrás del cristal de los anteojos. Un hombre desencantado, irónico, que se miraba vivir, tímido y confuso cuando hablaba de sí mismo. Casi sin ruido, sobre el techo del ómnibus pero con una sensación de lejanía, continuaba la lluvia en medio de la noche. «Flotamos suaves y veloces. No tengo que pensar», pensaba Emilio. «No tengo por qué echarme la culpa. Dejó una carta para mí. Es como un sueño y la mujer está loca. Podría decirle que no pido nada más que no estar solo esta noche, una palabra que ella diga para mí porque no quiero estar solo y ella lo sabe, la loca, disfrazada de walkiria, su voz de gata, su carita inflada de muñeca, para hacerme compañía, la piel tibia y perfumada». La bocina de los autos rompía la niebla y el cielo se aclaraba en medio de la lluvia. «No llegar más, seguir el viaje, verlo después, sentado en el sillón de mimbre, frente a la luna del espejo. Un hombre triste, siempre dispuesto a creer en los demás más que en sí mismo», pensaba. «No hay otra cosa», pensó Emilio y se movió apenas, para buscar los cigarrillos. En ese momento la mujer se despertó, tranquila, la cara algodonosa entre los bucles del pelo colorado.
       —¿Llegamos? —dijo.
       —Falta poco.
       —Pude dormir. Parece mentira. Ya son casi las seis. Debo tener una cara. Esperá, me arreglo un poco —dijo ella y se acomodó la valija sobre la falda. «No usa cartera», pensó él. «Debe llevar ahí dentro todo lo que tiene en el mundo: frascos, pañuelos, crema, ropa blanca, fotos de ella cantando Wagner para su familia, disfrazada de walkiria, fotos falsas que le sacó el tipo que la fue a despedir a la estación». La miró sujetarse el pelo en la nuca, los dos brazos alzados sobre la cabeza, las hebillas de alambre entre los dientes. Su cara se veía fresca y limpia, enmarcada por el pelo rojo, su cuello desnudo era suave y muy blanco, increíblemente frágil. «Como si hubiera conservado el cuello de garza, la garganta que tuvo siendo joven mientras su cuerpo engordaba».
       —¿Cuánto tiempo te quedás en Mar del Plata? —dijo ella mirándose en el espejito de mano los labios recién pintados.
       —No sé —dijo él—. Depende.
       Había amanecido de golpe y una claridad débil se filtraba entre las nubes. A lo lejos, más blanca en el aire blanco de la madrugada empezaba a dibujarse la ciudad.
       —Hay tres días de casino —dijo ella—. Yo seguro me vuelvo el lunes o el domingo a la noche.
       —Está bien —dijo él—. Esperemos que ganes.
       —¿Yo? No. Soy una mujer de mala suerte.
       Cruzaron un parque con árboles flacos y canteros de piedra y al fondo apareció una bruma serena que parecía licuarse contra el horizonte.
       —Ahí está el mar —dijo la mujer con la cara pegada al cristal de la ventanilla.
       Cuando entraron en la terminal eran las siete de la mañana. Lloviznaba suavemente; en el andén el aire estaba quieto y helado.
       —Va a seguir lloviendo —dijo ella mientras cruzaban la estación vacía—. ¿Nos vemos luego?
       —No voy a poder —dijo él.
       —¿Por qué? Te doy mi dirección. Pero qué frío hace acá. —¿Tenés algo para anotar?
       Se habían detenido al pie de una escalera, frente a la puerta de vidrio que cerraba el hall. En la calle un cartel luminoso trazaba círculos azules, desparejos. Emilio buscó en el bolsillo del abrigo y le alcanzó la foto.
       —Anotá acá —le dijo.
       Ella escribió, otra vez cuidadosa y aplicada, apoyándose en el vidrio de la puerta.
       —Voy a estar ahí, si venís vamos juntos al casino.
       —No creo que pueda.
       La mujer se cerraba con las dos manos el cuello del tapado.
       —Es una lástima —dijo y le sonrió—. Estaba segura que me ibas a dar suerte. —Con un gesto rápido se inclinó hacia él y le rozó la cara con los labios—. Bueno, adiós entonces.
       Emilio la sostuvo de un brazo, suave, firmemente.
       —Una sola cosa —dijo—. ¿Por qué miente?
       Ella se movió apenas y le miró la cara.
       —Para no aburrirme en los viajes —dijo y empujó la puerta de vidrio con el cuerpo.

4

      La clínica era un edificio chato, de construcción antigua, hundido en el fondo de un jardín con canteros sin flores. Emilio subió en un ascensor con paredes de aluminio que trepaba lentamente. La habitación de su padre quedaba al final de un pasillo blanco que olía a éter y a lavandina desinfectante. Una enfermera de cara huesuda y ojos saltones se acercó, caminando con un balanceo pesado.
       —¿El señor Renzi? ¿Usted es el hijo? Venga —dijo—. Es por acá.
       —Quiero hablar con el médico.
       —El médico va a volver más tarde. Hay que esperar. Todavía no se puede saber nada. —Hablaba con una especie de silbido bajo y Emilio tuvo que hacer un esfuerzo para entenderla—. Venga, hay una señora esperando que usted llegue. —Hubo un leve desprecio en el modo de nombrarla y Emilio pudo imaginarse a la amiga de su padre, aun antes de verla levantarse del sillón de cuero, y estirar el ruedo del vestido mientras cruzaba hacia él la salita de techo bajo y cortinas de cretona.
       —Yo soy Elisa —dijo la mujer—. Usted es Emilio ¿no? Hablamos por teléfono.
       La mujer tenía un rostro endurecido, de varón, ajado por las lágrimas o el sueño, una cara sin defensa detrás del rojo violento de los labios mal pintados.
       —Sí —dijo él sin sonreír y ella se quedó quieta, sin terminar el gesto de acercarse a saludarlo.
       —Entre un momento —nada más— dijo la enfermera. —Y trate de hablar poco.
       —Vaya —dijo la mujer—. Lo está esperando.
       Cuando entró, enceguecido, sólo alcanzó a ver el bulto blanco de la cama y un resplandor azulado que salía de una lámpara velada con un pañuelo de gasa. Adentro hacía mucho calor. Su padre estaba tendido boca arriba y respiraba con un jadeo angustioso, los labios despellejados por la fiebre.
       —Llegaste —dijo.
       Emilio se acercó y tanteó la tela áspera del cubrecama hasta encontrar la mano de su padre, helada, quebradiza, como hecha de papel.
       —Ves como estoy —dijo su padre con voz apagada, tratando de sonreír.
       —No hablés papá, descansá —dijo Emilio.
       —Es tan ridículo todo esto —dijo su padre—. Tan ridículo me cago en Dios.
       Sus ojos se nublaron, vidriosos sobre el óvalo ceniciento de la cara enflaquecida.
       —Todo va a salir bien —dijo Emilio.
       —Seguro —dijo su padre—. Todo va a salir bien.
       Emilio sentía el cuerpo blando, un ardor en los huesos. «Estoy acá», pensó. «Estoy con él».
       —Te dejé una carta —dijo su padre.
       —Está bien —dijo él—. No te preocupes.
       —Rompela. No la leás —dijo su padre.
       —No te preocupes —dijo Emilio.
       Trató de pensar algo más para decir, pero no encontró nada. Del otro lado de los postigos llegaba un rumor sordo, parecido al motor de un automóvil. Su padre había cerrado los ojos. Emilio le veía el rostro afiebrado como desde muy lejos, como si estuviera sumergido en agua. La enfermera entró trayendo una caja plateada; se acercó a la mesa y encendió la luz alta. En la claridad enfermiza su padre era una figura todavía más débil y más frágil. Por el escote del piyama le alcanzaba a ver el vello encanecido, raleado sobre el pecho hundido. La enfermera se arrimó a la cama.
       —¿Sigue doliendo? —dijo. Su padre la miró sin contestar—. Ya va a pasar. Ahora voy a darle un calmante. —Abrió la caja de inyecciones y levantó una jeringa contra la luz—. Tiene que salir —dijo sin mirar a Emilio—. Así él puede dormir.
       Emilio pensó que la mujer hablaba de su padre como si no estuviera o no comprendiera, con el tono benévolo y entontecido que se usa con los chicos y con los borrachos.
       —Voy a estar afuera —dijo—. Quedate tranquilo.
       Su padre sonrió con esfuerzo, tratando de parecer seguro y de no tener miedo.
       —Vos también —dijo y movió la mano derecha, lentamente, sin despegar la muñeca de la cama, en un saludo débil, la cara agrietada y gris, tensa contra las almohadas altas.
       Emilio caminó hasta el fondo del pasillo bajo la luz cegadora de la mañana que se blanqueaba en los azulejos. En la sala de espera la mujer estaba de perfil contra la ventana y se dio vuelta al oírlo entrar.
       —¿Pudo hablar con él?
       —Apenas —dijo Emilio—. No conviene que…
       —Sí, claro —dijo ella.
       Se había sentado en un sillón cerca de una mesita baja y Emilio la veía mal, tapada a medias por un florero de loza, como despedazada por las flores de papel que le borraban la cara. La mujer llevaba un traje de fiesta, con puntillas y volados, amarillento en los bordes y arrugado como si siempre hubiera dormido vestida.
       —¿Cómo se pueden explicar estas cosas? —dijo ella—. Parecía tan contento. Vino para llevarme a comer, y después de golpe quiso irse, quedarse solo. Se encerró, nadie oyó nada. —La mujer se interrumpió, los ojos opacos—. Había dejado esta carta para usted.
       Emilio guardó el sobre blanco sin abrir en el bolsillo del abrigo.
       —Una cómo podía saber —dijo ella—. Usted sabe como es él, siempre alegre, siempre haciendo proyectos. Nunca habla de cómo está, nunca dice. ¿Cómo me podía imaginar yo? —Se estiraba los puños del vestido, las puntillas envejecidas hasta cubrirse el nacimiento de la mano—. Lo único fue, una vez, hace poco, le encontré un revólver en un cajón. Me asusté tanto y entonces me dijo que lo tenía para cuando empezara a dar lástima; lo dijo jugando como si un revólver fuera algo que… A veces pienso que yo tendría que haberme dado cuenta. Estaba siempre tan solo. —La mujer se quedó callada, las puntas ennegrecidas del pelo amarillento entrándole en la cara—. De todos modos aunque me hubiera dado cuenta ¿qué iba a hacer?
       —Nada —dijo Emilio—. No se preocupe.
       —Él es así. Desde que lo conozco es así —dijo ella—. Usted debe saber, siempre solo, tan metido para adentro, riéndose de Dios y María Santísima.
       —Sí —dijo Emilio—. Quédese tranquila.
       —Yo. Sabe. A él yo lo quiero mucho —dijo la mujer y empezó a llorar suavemente—. Porque a veces una, cuando un hombre… —dijo la mujer desconsolada.
       —No se preocupe —dijo Emilio—. ¿Por qué no va a descansar?
       —Está bien —dijo ella—. Tiene razón.
       Se levantó sacudiendo el vestido de terciopelo color lila, gastado y pulcro, que le llegaba a media pierna, y miró a Emilio, insegura, agradecida.
       —Yo voy a volver a la tarde —dijo—. Duermo un poco.
       —Sí —dijo él—. Vaya tranquila.
       La mujer se acercó torpemente y después se alzó en puntas de pie para besarlo en la mejilla.
       —Adiós —dijo—. Perdóneme, estoy tan nerviosa.
       Una mirada limpia y joven le blanqueaba la cara, como si en los ojos hubiera conservado, pese a todo, cierta confianza infantil y empecinada. «Ella también», pensó Emilio mientras la miraba irse. «Ella también como la otra: una mujer dócil, ridícula, fiel. Ella también». Se sentía levemente mareado, el cuerpo blando. «No va a pasar nada», se obligó a pensar. «No puede haber nada peor que esto». Encendió un cigarrillo y se quedó un rato quieto, fumando. Cuando las cortinas se movían infladas por el viento, alcanzaba a ver el arco oval de un zaguán cerrado que se perdía en un muro gris. «Parece una cárcel», pensó.
       En ese momento la enfermera salió del cuarto de su padre.
       —Quiero bajar a desayunar —dijo Emilio—. ¿Dónde puedo ir?
       —Enfrente mismo de la clínica tiene un bar —dijo la mujer—. Vaya tranquilo, él va a dormir ahora.
       El bar era grande y muy iluminado. Sentado frente a la ventana con persianas de aluminio, volviendo la cara hacia la tormenta que nublaba la mañana, Emilio pensó que todo iba a disolverse en esa lluvia: el dolor de su padre, los ojos claros de la mujer con vestido de fiesta. «Todo va a quedar limpio y nuevo», pensó.
       Había pedido sándwiches y un café doble. El café estaba caliente y muy cargado. Lo tomó sin azúcar, sin dejarlo enfriar, y se sintió mejor. El bar estaba casi vacío. Un viejo, sentado en un banco alto contra el mostrador, tomaba ginebra y fumaba estudiando el programa de las carreras. Emilio prendió un cigarrillo y buscó la libreta de tapas negras en el bolsillo del abrigo. La abrió sin elegir: las páginas estaban cubiertas con una letra despareja y apretada.
       Lunes 12. Si es cierto que uno tiene que adaptarse a su contrario, leyó al azar, si ésa es la «ley de la vida», esto se debe a que sentimos un horror instintivo a ligarnos con quien expresa nuestros mismos defectos, nuestro «modo de ser», etc. La razón es, evidentemente, que esos mismos defectos, esa misma mentalidad, descubierta en quien vive junto a uno, nos quita la ilusión —que antes habíamos cultivado— de que en nosotros existía un núcleo, digamos así, «original», diferente. Todo esto por mi encuentro de hoy con Julia. (Recordar: mientras me explicaba su sufrimiento, el dolor de su alma y me reprochaba porque se sabe que yo, etc., etc., tenía tiempo de estudiarse la cara en el espejo, feliz de estar tan bella. ¿No es la misma seducción que yo siento por las poses?: el escéptico, el dandy.) Dio vuelta las páginas hasta llegar a una hoja en blanco; cubriendo los primeros renglones encontró lo que había anotado esa noche: Llueve a ratos, son las dos de la mañana. He comenzado a escribir sobre él en pasado, como si ya hubiera muerto, leyó ahora. Dejó un espacio y empezó a escribir: Sábado 18. Son las nueve de la mañana. Estoy en un bar frente a la clínica. Tres meses alcanzan para disolver a un hombre. Desde la última vez que lo vi, ¿qué ha quedado de él? Un fantasma que trata, siempre, de mantener la dignidad. Lo más siniestro es el sonido vidrioso de la respiración: se le pueden sentir los pulmones perforados. Nadie con él: sólo esa mujer vestida con un traje de fiesta, arruinada, que parece recién salida de un dancing. Son las mejores, diría él, como si desde siempre le alcanzara con recibir esa ternura indiscriminada y primitiva. (¿Y yo?: en el viaje, una walkiria desolada y ficticia. Aprendo rápido lo mejor de mi padre.) Levantó la cara y miró, del otro lado del vidrio, la figura de una muchacha que caminaba pegada a la pared, la cabeza gacha, haciendo fuerza contra el viento que hacía temblar la tela del paraguas. Desde acá puedo ver la entrada de la clínica, escribió ahora, el movimiento distante y sigiloso de los automóviles que cruzan la avenida bajo la lluvia. ¿El pensamiento consuela de todo? No sé. Quisiera dormir seis meses, invernar en un sopor narcótico: despertar con la memoria limpia de toda acusación, libre para siempre de los ojos de los criminales, de los asesinados. (La retórica. Las óperas de Wagner.) La bala le ha rozado un pulmón. Sólo puedo volver y estar con él para hacerle compañía. Triste consuelo. Cerró la libreta y volvió a guardarla. Después llamó al mozo. Era un hombre de cara angulosa y malvada, de ojos tristes. Tenía un defecto en la articulación del hombro derecho y contaba el dinero con una sola mano, moviendo los dedos con habilidad, el brazo rígido sobre la mesa.

5

      En la entrada de la clínica sintió el calor seco que llegaba desde los radiadores. Subió en el ascensor junto a una mujer que acunaba a un bebé que lloraba sin consuelo. La mujer lo cubría con una pañoleta tejida y le golpeaba la espalda suavemente con la yema de los dedos.
       Cuando Emilio salió al pasillo tardó un momento en comprender que la puerta abierta era la del cuarto de su padre. Adentro no había nadie, la luz del techo seguía encendida. La cama estaba deshecha; la ropa acomodada sobre una silla de metal. En el corredor vio venir a una enfermera muy joven, vestida con un guardapolvo celeste.
       —¿Dónde se fue? Lo estuvimos buscando —dijo ella, y Emilio sintió un tirón en el costado izquierdo—. Su padre tuvo una hemorragia, está en la sala de terapia intensiva.
       —¿Dónde es?
       —Venga. Yo lo acompaño.
       Cruzaron un corredor oscurecido y después de subir una escalera desembocaron en un hall amplio, iluminado con tubos fluorescentes. Detrás de una pared de vidrio, en una sala de paredes blancas, Emilio creyó ver a su padre, tendido en una camilla, entre dos biombos de tela.
       —Voy a entrar —dijo.
       —No se puede.
       —Igual voy a entrar.
       La mujer tenía una expresión serena, distendida.
       —Está muy grave —dijo.
       —Quiero verlo —dijo él.
       —Venga.
       Se acercó a un armario de puertas biseladas y le alcanzó un delantal. Emilio estiró los brazos Y ella le ajustó el cinturón en la espalda; después le ató una máscara de gasa en la cara.
       —Ahora puede entrar —dijo—. Pero sólo un momento, mientras vuelve el médico.
       En la sala la luz es blanca, todo parece flotar en una neblina suave. Emilio se siente extraño con la máscara en la cara y con el delantal que le roza los tobillos. Su padre está en un costado, tendido, un tubo de goma le cubre la nariz y la boca: respira desesperadamente, la frente húmeda de sudor, los pómulos hundidos. Mira con expresión acorralada a la enfermera que cada veinte segundos le retira la máscara vigilando la presión del oxígeno. Emilio se acerca y busca la cara a su padre pero él no lo mira, los ojos fijos en la mano de la mujer.
       —No puedo más —dice su padre con voz ahogada.
       Emilio se obligó a seguir mirando esa figura consumida que temblaba entre las mantas. «Es él», pensó. «Es él, es mi padre».
       —No puedo más —oyó Emilio.
       —Sí —dice la mujer—. Sí —dice y conecta la válvula. Emilio escucha el silbido sofocado del aire que cruza por los tubos de goma—. Vamos, respire —dice la enfermera apretando el pecho del padre con las dos manos.
       Emilio escucha un chasquido turbio como una ventosa y enseguida un silencio y enseguida un ruido parecido al de una tela que se parte. Su padre respira ahora con fuerza, los tendones de la garganta rígidos bajo la piel cuarteada.
       —Usted no puede estar acá —dice la enfermera—. Vaya. Ahí está el doctor.
       Emilio se mueve despacio, sin mirar la camilla. Cerca de la puerta está el médico. Tiene las dos manos alzadas y alguien le calza un par de guantes.
       —Su padre ha tenido otra hemorragia —dice—. Está muy grave.
       —¿Qué puedo hacer? —dice Emilio sorprendido por el tono falso de su propia voz.
       —Nada —dice el médico—. Esperar.
       Antes de salir Emilio se da vuelta: su padre es una imagen borrosa, la cabeza deformada por la máscara, el cuerpo como un arco sobre la camilla. «Es una hemorragia. Una hemorragia. La sangre no lo deja respirar».
       Emilio se quitó el guardapolvo y se acercó a la ventana. Eran las diez. Trataba de mantenerse tranquilo y no pensar. Abajo, una monja con la cofia al viento cruzaba el patio empujando un carro de dos ruedas cargado de ropa blanca. En la pared se escuchaba el rumor invisible del agua que saltaba por las cañerías. Del otro lado del vidrio veía la silueta pálida del médico y los travesaños de aluminio de la camilla donde estaba tendido su padre. Las enfermeras entraban y salían cruzando frente a él. Cuando volvió a mirar el reloj eran casi las once. Hundió las manos en el bolsillo del abrigo y sintió la textura de la carta de su padre y más atrás la superficie brillosa de la fotografía que le había dado la mujer de pelo colorado. En el techo se escuchó un ruido pesado, como si alguien arrastrara un mueble. «Una cama», pensó. «Alguien mueve una cama». En ese momento vio al médico que empezaba a caminar hacia la puerta, quitándose los guantes. Emilio lo veía venir hacia él, hundido en la luz cruda, como en un sueño. «Parece un muñeco», pensó. «Un muñeco blanco, sin cara». El médico empujó los batientes de la puerta con el cuerpo.
       —Hicimos todo lo posible —dijo—. Era imposible operar.
       Emilio sintió una pesadez metálica en la boca y una sensación de abandono y de frío. Le pareció que la voz de ese hombre llegaba desde muy lejos.
       —No se quede acá. Mejor espere abajo —dijo el médico que empezó a caminar hacia los ascensores.
       Emilio se quedó solo en el hall. Todo parecía haberse detenido, coagulado en el aire tibio. Del otro lado de la pared de cristal estaba la camilla con el cuerpo de su padre, una sombra frágil y consumida, disuelta en la luz agria. Le habían tapado la cara con una toalla blanca. «Clínica Yeres. 441», leyó Emilio. «Son las doce», pensó. Dos enfermeras cruzaron frente a él. «Paga puntual», dijo una. «No sé. Yo que vos desconfiaba», dijo la otra. «Ya son las doce», volvió a pensar Emilio, inmóvil en medio de la sala vacía. «Ahora tengo que bajar». Le pareció que no iba a poder moverse.
       En los descansos de la escalera se oían voces, risas sofocadas que llegaban desde algún lado. Cuando llegó al hall de entrada, el médico salía del ascensor.
       —Va a tener que ir a la administración, Renzi —le dijo—. Tiene que firmar, usted sabe.
       —Sí —dijo Emilio.
       El médico se había quitado el guardapolvo y llevaba un abrigo en el brazo. Era un sobretodo de corte antiguo, con solapas redondas y botones de nácar.
       —¿Qué edad tenía su padre?
       Emilio trató de recordar.
       —Cincuenta y cinco —dijo al azar.
       —Usted hizo todo lo posible —dijo el médico.
       —Sí —dijo él.
       —En el primer piso —dijo el médico—. Hay un mostrador al fondo del pasillo.
       —Está bien —dijo Emilio—. Primero quiero salir a tomar algo.
       —Quédese tranquilo. Usted hizo todo lo posible —volvió a decir el médico, alejándose.
       En la calle el aire está sucio, licuado en una niebla turbia. En la otra vereda han prendido las luces del bar y una claridad lechosa brilla en las hendijas que dejan las cortinas mal cerradas. Emilio no se decide a cruzar y empieza a caminar pegado a la pared, con la lluvia en contra, protegido por la ochava de los edificios. Lúcido, temblando de frío, imagina el cuerpo de su padre tendido entre las flores en un salón vacío de pisos encerados; sentada en una silla, sola, la mujer vestida de fiesta llora bajo la luz enfermiza. Las llantas de los automóviles hacen un ruido suave en el cemento mojado. Emilio se detiene bajo el toldo de una tienda. En la vidriera hay un maniquí de alambre cubierto con una enagua de seda color rosa. Enciende un cigarrillo cubriendo el fósforo en el hueco de la mano. Siente el rumor de la lluvia en la lona y el humo tibio entrando en los pulmones. Del otro lado de la calle se abre una plaza, amplia, geométrica. Cerca de la esquina hay una parada de taxis. Uno de los choferes revisa el aire de las gomas. Al fondo los árboles se agitan sin ruido. Los vidrios del semáforo parecen arder en la neblina. Espera el cambio de luces y empieza a cruzar. Siente un suave dolor en la nuca y los ojos le queman. Mira la hora y entra en un taxi. «Son las doce y veinte», piensa. El chofer maneja con una sola mano, el cuerpo esquinado contra la ventanilla. La ciudad se aquieta bajo el agua, en la luz indecisa del mediodía. Querido hijo: era difícil para nosotros hablar, pero sé que siempre me has querido y nunca me juzgaste. Te pido que tampoco ahora me juzgués. Sobre estas cosas no hay nada que decir. Simplemente se trata de tener un poco de coraje o ni siquiera eso. Estoy muy cansado, tan cansado como nadie puede imaginar. Soy un hombre que ha tratado de vivir la vida que le pareció más justa. He fracasado en muchas cosas pero no me arrepiento de nada. Tengo algunos libros que quisiera quedaran para vos. También me gustaría que usaras mi reloj. El resto es poco: servirá para cubrir los gastos que te pueda ocasionar. No quiero ninguna ceremonia, no quiero flores. Quiero que mi cuerpo descanse directamente en la tierra como, según creo, hacen los judíos. Estoy tranquilo, son las seis de la tarde. Te abrazo fuerte contra mi corazón. Me hubiera gustado verte una vez más. Tu padre. Cuando terminó de leer fue rompiendo la carta en pedazos desiguales, suavemente, dejando flotar los papeles en el viento húmedo. Viajó mirando las calles que se abrían como túneles, hasta que el taxi se detuvo frente a un edificio con paredes de cristal. En el espejo del ascensor se miró la cara. Cruzó el pasillo alfombrado. Una ventana se abría contra la pared del fondo. Abajo la ciudad era una superficie blanca. En medio de los edificios se veía el mar. La mujer tardó en abrir pero cuando apareció le sonreía, sin asombro, desmelenada y somnolienta.
       —Bueno, bueno —dijo y movió su cuerpo blando para dejarlo entrar—. Qué sorpresa.
       El departamento estaba casi vacío, alumbrado por la luz verdosa de una lámpara desnuda que colgaba del cielo raso. La mujer cerró la puerta y giró hacia él alzando su dulce cara de muñeca.
       —¿Viniste a traerme suerte? —dijo.
       —Sí —dijo Emilio y la abrazó—. Sí.
       Una música sofocada llegaba desde una radio entre las mantas de la cama deshecha.
       —¿Te gusta? —dijo ella—. Es la Tosca de Puccini.



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