1878 Nace en Salto (Uruguay) el 31 de diciembre, el último hijo de Prudencio Quiroga y Juana Petrona Forteza. Él, argentino, con linaje que remonta al célebre Juan Facundo Quiroga, llegó a Uruguay catorce años atrás como proveedor del ejército de la “Cruzada libertadora” de Venancio Flores. Fija su residencia allí y al poco tiempo se desempeña como vicecónsul de su país y emprende con empuje y buen tino negocios particulares. Ella es una belleza finisecular de mansa actitud y singular carácter. Casados en abril de 1868 tienen cuatro hijos: Pastora, María, Juan Prudencio y el recién nacido.
1879 Su padre es gran aficionado a la caza. A la vuelta de una excursión, y mientras su esposa le espera con su hijo en brazos, al descender de una lancha golpea el arma que se dispara y le hiere mortalmente.
El 19 de mayo, el niño es bautizado con el nombre premonitorio de Horacio Silvestre y antes de finalizar el año la familia se traslada a las sierras cordobesas en Argentina, en busca de un clima más propicio para la bronquitis asmática de la hija mayor.
1883 De regreso a Salto, Horacio concurre a la escuela Hiram, fundada por la masonería, y posteriormente al Instituto Politécnico. Pronto el niño abúlico e indiferente al que llaman familiarmente Bertoldo, se va transformando en su contrario: inquieto, indisciplinado, alejado por igual de condiscípulos y maestros.
1887 Salto es una ciudad apacible de escasos miles de habitantes, distante unos 500 kilómetros, tanto de Montevideo como de Buenos Aires, ciudades a las que se acostumbra viajar descendiendo por el río Uruguay: por un lado del río que rumoroso y entre barrancas corre al pie de la ciudad, por otro grandes estancias dedicadas todavía a la ganadería cerril.
Horacio lee entonces con avidez El Correo de Ultramar y otras revistas similares al tiempo que se manifiestan sus primeras inclinaciones de homo faber.
1891 A los trece años continúa su educación en Montevideo adonde se traslada la familia. A ella se ha incorporado su padrastro, otro argentino, llamado Ascencio Barcos por quien Horacio llegará a tener sincero afecto. En el Colegio Nacional, su hermano Prudencio permanece como interno, y Horacio como externo. Su rebeldía se acentúa y los estudios faltos de disciplina se agotan en dos años.
1893 Vuelto a Salto dedica el mayor tiempo al ciclismo fundando una sociedad o club para la práctica del nuevo deporte. Hace también rudimentarios experimentos químicos y fotográficos. Su hermana María —la más cercana a él— a los veinte años comunes de esos tiempos se casa y se radica en Buenos Aires. Este alejamiento, además de la boda de su madre —de quien también era el preferido—, hacen mella en el adolescente.
1896 En el correr del año hace sus primeras amistades ciertas con los que comparte paseos, un cuaderno de apuntes literarios, y también poses. Serán Los tres mosqueteros y Horacio, D’Artagnan, los lidera. Alberto Brignole será Athos, Julio J. Lauretche, Aramís y José Hasda, Porthos. Leen El mal del siglo de Nordau, Dumas —claro está—, Dickens, Bécquer y Maupassant al tiempo que a tono con la época discuten sobre espiritualismo y positivismo. No todo es devaneo juvenil y literario. Un día su padrastro, tumbado y afásico por un derrame cerebral, arrastrándose penosamente, consigue una escopeta y con ella se vuela la cabeza. Quiroga está entre quienes lo encuentran.
1897 Mientras en el país se produce un nuevo alzamiento político, a caballo y campo abierto, Quiroga con un amigo une Salto con Paysandú —no despreciables 120 kilómetros— en bicicleta y con tal tema escribe su primera colaboración “Para los ciclistas” en un diario de su pueblo. Continúan las amistades y se sigue nutriendo el cuaderno de apuntes literarios. Conoce La oda a la desnudez de Lugones y la copia fervorosamente.
Hace uso y en alguna oportunidad abusó del cloroformo, como remedio a sus crisis asmáticas.
1898 Nuevos amigos se unen al grupo, José María Fernández Saldaña, primo suyo, y Asdrúbal Delgado. Ambos dirigen Gil Blas un semanario donde Quiroga colabora bajo el seudónimo de “Guillermo Eynhart”, el héroe de la citada novela de Nordau. Intima también con Roberto Calamet, que le inicia en sus primeros conocimientos musicales. En el carnaval conoce a “la rubia” María Esther Jurkowski —hija de un personaje de la época, la opulenta femme fatale Carlota Ferreira—. Por ella sufre su primera crisis sentimental, y a tal punto dejará huellas que madre e hija serán veladas protagonistas de Una estación de amor (1912) y Las sacrificadas (1919). En el verano conoce a Leopoldo Lugones a quien visita fugazmente en Buenos Aires.
1899 Nueva visita a Lugones quien al parecer le dedica un poema de su futuro “Los crepúsculos del jardín”. Quiroga abandona definitivamente los estudios y funda la Revista del Salto, Semanario de Literatura y Ciencias Sociales, desafiantemente modernista en sus propósitos pero “ecléctica y medularmente lugareña” al decir de un cofundador. Aparecen allí las primeras influencias poeanas con las que debuta como inseguro narrador. “Para noche de insomnio”, “Fantasía nerviosa” y “Episodio”.
También publica escritos breves sobre estética, algunos poemas lugoneanos y un artículo sobre el argentino, sagaz y hasta premonitorio pese a la exaltación apologética que le hace considerarlo ya “primer poeta de América”.
1900 Con el comienzo del siglo, los acontecimientos se amontonan. Luego de veinte números desaparece la Revista del Salto. Su director cierra la publicación con elegante y despreciativa frialdad. Tiene en mente una empresa más personal pero no menos grande: el viaje a París, meca de la juventud intelectual americana. Embarca como un dandy el 30 de marzo y desembarca de vuelta el 12 de julio, sin valijas y sin siquiera cuello en la camisa, pero con la barba que se hará famosa. La experiencia detallada en su Diario de viaje es múltiple en decepciones. Quiroga que es nadie todavía, apenas si ve a Darío, mal soporta desprecios de Gómez Carrillo, visita la Exposición Universal, asiste a las pruebas de los ases mundiales del ciclismo pero sobre todo padece miserias y extraña el terruño. Allí, al Salto natal, se dirige apenas llegado para volver a Montevideo poco después. Con los Mosqueteros de cuatro años atrás más algún nuevo contertulio, se funda el Consistorio del Gay Saber. Como antes fue D’Artagnan Quiroga será ahora Pontífice. El grupo es algo más afinado. Sin dejar los desplantes juveniles, el autohalago, los flechazos a los graves burgueses, el sueño de la seducción de sus familias, tiene algo más de audacia experimentadora y vital. Todo esto de comercio interno por supuesto. Julio Herrera y Reissig que en la puerta de su futura Torre de los panoramas pondrá un cartel “Prohibida la entrada a los uruguayos” los visita por entonces y tiene palabras de estímulo para los “Brahamines” como ellos mismos se llamaban. Publica en Rojo y Blanco: “Ilusoria, más enferma”, “Página decadentista” con el seudónimo Aquilino Delagoa (portugués) y hacia el final del año obtiene un 2o premio en un concurso de otra revista, La Alborada, con su cuento “Sin razón; pero cansado” que firma con el mismo seudónimo. El jurado constituido por José E. Rodó, Javier de Viana y Eduardo Ferreira, lo destaca entre sesenta y cuatro cuentos de “toda América”.
1901 En enero publica un nuevo cuento: “Jesucristo”. A la vuelta de las vacaciones salteñas Quiroga pasa a vivir y a oficiar conjuntamente con Brignole. En el trasladado Consistorio les visita Lugones quien graba algunos de sus sonetos inéditos de Los crepúsculos del jardín. El que Herrera y Reissig haya oído esos sonetos —como lo atestiguará el mismo Quiroga veinticinco años más tarde— dará origen a un pleito menor sobre influencias y paternidades literarias. El Archediano del grupo es un joven de perfil verlaineano y singular talento, Federico Ferrando, quien se convierte en el par inseparable de Quiroga. A lo largo del año aparecen tres cuentos en La Alborada y algunos poemas en el Almanaque artístico del siglo XX que adelantan su primer libro. Los arrecifes de coral aparece en noviembre, dedicado a Lugones, y pese a algunos elogios es recibido en general desfavorablemente. Sus hermanos Prudencio y Pastora mueren en el correr del año.
1902 A raíz de un artículo difamante de Papini y Zás —un intelectual de época, ni siquiera un “camafeísta del insulto”—, Ferrando se ve envuelto en un incidente que cae rápidamente en lo soez. Rechazado el duelo por el promotor, el conflicto subsiste. El joven se cautela y junto con Quiroga y un hermano examina el arma que acaba de adquirir. Por conocida quizás, hoy la escena parece cargada de fatalidad corpórea. El arma en manos de Quiroga se dispara accidentalmente y hiere a Ferrando en la boca, que expira casi de inmediato, excusando de responsabilidad a su amigo mediante gestos agónicos. Sobreviene un corto proceso y Quiroga es exonerado de culpa. Una nueva carga trágica lleva cuando parte de inmediato para Buenos Aires a casa de su hermana María. No volverá más que incidentalmente al Uruguay.
1903 A fines del año anterior se estrena como pedagogo, por mediación de su cuñado Eduardo Forteza, integrando las mesas examinadoras del Colegio Central. En marzo se le designa profesor de castellano en el Colegio Británico. También a fines de 1902 su primo y contertulio Fernández Saldaña publica casi su última colaboración “Flor Bizantina” en una revista uruguaya, y también en marzo publica su primera colaboración en Buenos Aires: “Rea Silva” en El Gladiador.
Acompaña a Lugones en una expedición a San Ignacio en Misiones con el objeto de estudiar las ruinas jesuíticas. Quiroga irá como fotógrafo. Los fracasos del dandy en París se repiten aunque hay recompensas. Su vestimenta “botas de fieltro hasta las ingles, sombrero de brin, elegantes camisas de vestir”, los hábitos alimenticios de un dispéptico y el asma sicosomática desaparecen a los primeros choques con el duro mundo tropical. Quiroga, enamorado fogoso, vuelve con la selva metida dentro.
1904 Por consejo de Emilio Urtisberea —otro salteño pionero del cultivo de algodón en el Chaco— Quiroga decide instalarse como tal. Compra tierra en Saladito con los restos de la herencia paterna y a dos leguas del vecino más próximo. Los cálculos previos, “cien mil pesos de ganancia”, a lo largo del año se deshacen, retornará arruinado. Sin embargo en la “vida brava” de la aventura chaqueña recupera salud y buen humor, doblando la cintura seis horas al día en la recolección, levantando por primera vez su propia casa-rancho, lidiando con los peones en sus primeras experiencias de empresario. Publica su segundo libro El crimen del otro con el que puede considerarse cerrada su etapa modernista. Los doce cuentos siguen siendo pobres en su mayoría pero lo muestran un más seguro narrador. Rodó le escribe estimulantemente y Lugones le exalta como “la primera prosa intelectual del Plata”. En carta a sus amigos del Consistorio reniega de viejas aficiones —D’Annunzio—, mantiene otras —Poe, Lugones—, y es ardiente propagandista de algunas nuevas —Dostoievski.
1905 A su vuelta del Chaco pasa a vivir con el ya Dr. Brignole que acaba de retornar de Europa. En el apartamento, consultorio, taller, biblioteca con la asistencia de otro salteño, Eduardo de las Muñecas, se anima pálida y brevemente algo del espíritu consistorial. Hay otras tertulias: la casa de Lugones y el café “La Brasileña”, donde conoce a Florencio Sánchez, su compatriota, que en esos momentos está en el punto más alto de su carrera de dramaturgo. En noviembre comienza a colaborar en Caras y Caretas, una revista de gran tirada, y lo hará con algunas interrupciones hasta 1927. Es la puerta grande y exigente del mercado literario porteño. Montero Bustamante incluye poemas suyos en el Parnaso Oriental, cuando Quiroga ya ha decidido abandonar el género.
1906 Publica, a lo largo del año, once colaboraciones —entre artículos y cuentos— en Caras y Caretas. En los cuentos comienza el desarrollo plural de temáticas. Lo novedoso es la aparición del trópico chaqueño prefigurando el ambiente misionero de sus creaciones mayores. Viaja a San Ignacio para hacerse propietario —con dinero de su madre— de una chacra yerbatera sobre el Paraná. Lugones, entonces Inspector de Enseñanza Secundaria, logra su nombramiento como profesor de castellano y literatura en la Escuela Normal Bolívar de la capital.
1907 Continúa su regular colaboración en Caras y Caretas. Allí aparece su primer gran cuento en la realidad y en la fama: “El almohadón de plumas”. Ordenada disposición de los materiales, la estructura y el ambiente más una escritura ceñida y escueta resultan en un acabado “cuento de efecto”. Escribe por entonces a su primo Fernández Saldaña: “A mí me han suspendido 2 cuentos de los 18 publicados, y aquéllos eran un poco mejores que la también mayoría de los que salen allí en C y C., y si no te bastan los axiomas de que al pagar una firma no se paga la actual producción, que puede ser ocasionalmente mala, sino los méritos adquiridos; y que hay que sembrar para recoger; y que hay que saber obedecer para poder mandar; y que para pescar hay que mojarse el culo; si así y todo no dejas de gritar indignado, poca suerte tendrás en la vida”.
Siguen sus visitas a Misiones donde proyecta su futura casa.
1908 Formaliza una relación sentimental con una alumna: Ana María Cirés. Quizás no fuera la primera, pues siempre se mostró sensible en estos menesteres, pero ahora pasa del flirteo al noviazgo. No faltan —dado su temperamento, la diferencia de edad— dificultades con los padres. Pero el impetuoso Quiroga, planea casamiento y en las vacaciones comienza a construir su vivienda en San Ignacio, un austero bungalow de madera con apenas dos ambientes. Continuando un período que él llama “pasmosa actividad” publica catorce cuentos y el tercero de sus libros Historia de un amor turbio a la que agrega Los perseguidos (nouvelle) —cuento escrito en 1905. En la primera aborda el tema del erotismo complejo y múltiple y en el otro, el de una mutua persecución al borde de “esa terrible espada de dos filos que se llama raciocinio”.
1909 Los padres de Ana María imponen una ruptura y esto lleva a Quiroga “al llanto y la desesperación extremas”. Brignole le asiste. Finalmente, aquéllos, más por la languidez de la hija que por los reclamos y los afanes del novio, terminan por rendir obstáculos. En vísperas de que el escritor cumpla treintaiún años se casan.
1910 Acompañados por la madre de Quiroga y por Brignole, que pronto regresan, la pareja se instala en Misiones. Si el paisaje es magnífico con el enorme río Paraná tendidos al pie de la meseta donde se levanta la casa, la vida es dura y exigente. Quiroga como siempre responde al desafío. Trabaja con tesón y sin fatiga reparando lo roto y precario de la casa, levantando palmeras en medio de la pura piedra, cuidando plantas y gramillas bajo un sol de cuarenta grados. Licenciado como profesor continúa sus colaboraciones en Caras y Caretas donde publica media docena de cuentos. Se inicia como plantador de yerba mate.
1911 Nace en enero una niña a la que ponen el literario nombre de Eglé. Por imposición de Quiroga el alumbramiento sucede en la casa y él mismo hace de partero. Ana María reclama asistencia y también compañía en aquella desolación. Su madre viaja a instalarse a su lado. Como Quiroga renuncia a su cátedra la ampliada familia sobrevive malamente de las colaboraciones —cuarenta pesos la página y cuatrocientos pesos cada folletín— de Caras y Caretas. Por mediación de un amigo —Lanusse— logra ser nombrado como juez de paz y oficial del Registro Civil, por lo que percibe ciento cincuenta pesos mensuales, pero parte de los ingresos se esfuman en sucesivos y frustrados intentos industriales: dulce de maní y miel, vino de naranjas, etc.
1912 Nace un varón —Darío— esta vez en una clínica de Buenos Aires. Comienza a colaborar en Fray Mocho otra revista de gran tiraje. Como funcionario es todo un personaje, las inscripciones del Registro se limitarán a papeles sueltos en una lata de galletas, la judicatura a un informe por mes, si se producía algún pleito Quiroga expeditivamente lo solucionaba en el acto, más de acuerdo a las razones del sentido común que a los códigos.
El fiscal lo considera “un bicho raro, aunque precioso” según propias palabras de Quiroga, claro que seguramente él no lo era menos ya que se trataba de Macedonio Fernández.
1913 Es su tercer año consecutivo como pionero. Las dificultades no le amilanan sino que al contrario, parecen afirmarle en la huraña soledad y en el gusto y plenitud de la lucha con la naturaleza. Envía productos exóticos a sus amigos de Buenos Aires. Predica las virtudes de su vida y escribe, como si no dispusiera de suficiente soledad, casi a la intemperie en una elevación con vista al río alejada unos centenares de metros de su casa. Cuenta ya con media docena de cuentos memorables entre los cerca de cien que ya ha publicado. Una cosecha similar a la de sus yerbales de los que la seca de ese año le quema el noventa por ciento de las plantas. Lo que en su eterno afán de levantar una industria próspera es una nueva ruina, en su profesión de escritor debe ser contabilizado a la inversa.
1914 Instalado a media distancia entre el puerto nuevo y el pueblo, donde apenas un par de manzanas cubren la totalidad de edificios públicos y oficinas, lleva una vida aislada. Se relaciona en esa tierra de fronteras —Paraguay enfrente, Brasil muy cercano— con tipos singulares, modestos y sufridos con extraño pasado y sin futuro aparente. Estos hombres de recalada lo tendrán, pero literario. Vanderdorp será Van-Houten, Juan Brown será Juan Brown, se promete que León Denis —el belga que al morir legó sus bienes a las prostitutas de Lieja— sea otro de sus “desterrados” pero no cumple su propósito.
1915 Durante el año publica apenas un par de cuentos. Si Quiroga pareciera sacar fuerzas de fracasos y soledades, su esposa sencillamente no soporta más. No le abandona sin embargo, ni nadie le impulsa a ello, simplemente las crisis anteriores se suman a las de ahora, más frecuentes. Hay algún intento frustrado de suicidio pero hacia el final del año la dosis de bicloruro de mercurio es suficiente. Ana María muere luego de una agonía de días. Quiroga que pasa de la furia a la desesperación, sella la experiencia totalmente. No hay testimonios, ni cartas, ni fotos. Él no dirá palabra alguna.
1916 Los niños quedan exclusivamente a su cargo. Con particular pedagogía que ya venía ejerciendo, les acostumbra al peligro, al riesgo, a la dureza de la selva virgen. Siente un intenso y tierno amor por “sus chiquitos”, pero ni por temperamento ni por situación podía ser un seguro y equilibrado padre. Como si escribir fuera a veces más real que la misma realidad es ahora que inicia la primera de sus series de relatos infantiles. Publica una entusiasta Carta abierta al señor Benito Lynch por la aparición de Los caranchos de La Florida. Poco antes de finalizar el año retorna a Buenos Aires.
1917 Se instala modestamente en un sótano de dos habitaciones y cocina en la calle Canning. Sus amigos uruguayos obtienen para él un cargo de “Secretario-Contador” en el consulado. Amplía sus colaboraciones a otras revistas y diarios: Plus Ultra, La Nación.
Aparece su tercer libro: Cuentos de amor de locura y de muerte al que proyecta en un principio llamarlo Cuentos de todos colores, título infeliz y muestra de su disposición a lo heterogéneo y diverso. El libro, que reúne dieciocho relatos y que contiene lo mejor de su ya vasta producción, tiene éxito de público y crítica. Comienza el período más fecundo y el de su consagración como escritor.
1918 En las vacaciones veraniegas va a Misiones. Allí, pese a no saber nadar, hace arriesgadas excursiones por el Paraná en “La gaviota”, una chalana-piragua que él mismo comenzara a construir en Buenos Aires. Dicen que su único contacto con el agua del río era arrojarse encima, cuando el calor agobiaba, jarro tras jarro, mientras desnudo y blanco, permanecía erguido sobre una piedra. De vuelta a la capital, donde es ya figura de la actualidad literaria, pasa a dirigir por algunos meses El Cuento Ilustrado una de las varias publicaciones exclusivamente con material narrativo que ese año se fundaron. En otra de ellas, La Novela Semanal, publica un cuento largo: “El peón”. Recoge sus “cuentos para mis hijos” en Cuentos de la selva de inspiración —pero sólo eso— en Kipling y que será uno de sus éxitos más permanentes y un admirable ejemplo de literatura para niños.
1919 Es promovido a cónsul de segunda, lo que asegura su tambaleante economía. Se despierta en él un vivo interés por el cine. Su columna “Los estrenos cinematográficos” en Caras y Caretas, donde aparecen treinta colaboraciones en el año, le muestran como rudimentario crítico —el cine también lo era— pero entusiasta y certero espectador. Se filma El esposo de Dorothy Phillips en alusión a un propio cuento largo recientemente publicado: “Miss Dorothy Phillips, mi esposa”.
En Pegaso, revista que en Montevideo publican sus amigos A. Delgado y C. Miranda, aparecen dos escenas de Las sacrificadas, su primer intento teatral.
1920 El que se le considere como el primer cuentista del Río de la Plata, distiende en parte sus hoscas actitudes y las que conserva son además de una máscara social impactante, cautela de una interioridad y una reserva muy propias. Luego de la publicación de El salvaje, disparejo pero con excelentes relatos, el éxito y la reputación crecen sin pausas. Publica también Las sacrificadas y al año siguiente se la representan, el poco interés que despierta la obra no le afecta mayormente. Aprovechando la amistad y admiración del presidente de Uruguay, Dr. Baltasar Brum, también salteño, viaja repetidas veces a Montevideo. Poco o nada queda del joven de principios de siglo. Con algunos amigos del grupo “Anaconda” que le rodean, y entre los que se destaca Alfonsina Storni, y también con sus hijos, se le ve por las playas o paseando sin muchos aspavientos —salvo la travesura infantil de disparar el cañoncito de la fortaleza del Cerro— su consagración.
1921 Aparece Anaconda, uno de sus libros de más popularidad. Entre la primera edición que realiza la Agencia General de Librería y Publicaciones y la segunda que hará Babel, se suprimen nueve de los diecinueve relatos; seguramente a instancias de Samuel Glusberg, el gestor de esta última editorial. El joven, con quien intima Quiroga por entonces, será además de su editor y su secretario ocasional, su “hijo espiritual”.
1922 En Atlántida publica su segunda serie de artículos sobre cine y en Mundo Argentino una de relatos infantiles bajo el título “Para los niños. Cartas de un Cazador”. Viaja a Río de Janeiro como secretario de una delegación diplomática del Uruguay. No desdeña la ropa de etiqueta; por el contrario, parecieran renacer en él atildamientos de su lejana adolescencia. Participa en reuniones literarias y públicas, pero rechaza hablar en ellas, no por altivo sino seguramente por tímido. Se traducen sus Cuentos de la selva al inglés y Francis de Miomandre publica Anaconda en Le Figaro de París.
1923 Quiroga atraviesa su período más fecundo. En rigor una gran mayoría de sus grandes cuentos han sido escritos ya. Insistirá aún en el teatro con El soldado que no llega a representarse y quizás ni siquiera a terminarse. Generoso y sincero ejerce entre los jóvenes un maestrazgo cierto.
1924 En la editorial Babel, recientemente creada por Samuel Glusberg, aparece El desierto, ilustrado por Carlos Giambiaggi, pintor, salteño y misionero de adopción. Un par de cuentos justifican el libro, que contiene además de narraciones menores, una serie de apólogos. Reinicia en Billiken, una famosa revista infantil del Río de la Plata, la serie de relatos para niños: se llama “El hombre frente a las fieras” y la firma onomatopéyicamente “Dum-Dum”.
1925 Nuevo cambio en los relatos para niños que publica ahora en Caras y Caretas y que se llaman “De la vida de nuestros animales”. Este año aparecen cuarenta y dos colaboraciones entre cuentos, artículos y la serie mencionada. Permanece larga parte del año en Misiones junto con sus hijos y una estruendosa motocicleta a la que permanentemente debía desenterrar de los barriales que eran los caminos de entonces. Conoce a una muchacha de diecisiete años llamada Ana María —como su esposa— y se enamora de ella. Otra vez debe luchar contra la oposición de los padres, pero ahora éstos no claudican y ante el alejamiento forzado de la joven, el fuego se apaga tan rápidamente como se encendió.
1926 Vueltos a Buenos Aires, padre e hijos se instalan en una quinta de Vicente López que remeda el mundo misionero por su desordenada y exuberante vegetación y por los animales que allí traen: un coatí, un ciervo y garzas. Trabaja en alfarería, encuaderna sus libros con piel de víbora y hasta hace de sastre en cuero para sí y para sus hijos. Aparece Los desterrados, unánimemente considerado su mejor libro. La revista Babel publica un número en su homenaje con colaboraciones de B. Lynch, B. Fernández Moreno, A. Storni, A. Gerchunoff, Lugones y Payró, entre otros. La tapa está ilustrada con una foto apacible y ciudadana del homenajeado, bajo la cual dice: “Horacio Quiroga, el primer cuentista de lengua castellana”.
1927 Una carta de Baldomero Sanín Cano a Samuel Glusberg es entusiasta respecto a Quiroga “raro y fortísimo talento” y a su predicamento en la lejana Colombia. Pero al tiempo que recibe este reconocimiento, los jóvenes de la revista Martín Fierro donde militan Borges, Marechal, Girondo, Gálvez, Olivari, volcados abiertamente a la renovación que suponen los ismos europeos, manifiestan desinterés por su obra y hasta le dedican algún epigrama burlón. Los martinfierristas homenajean por su parte, a Ricardo Güiraldes y consagran su Don Segundo Sombra. Quiroga inicia una serie de biografías para el gran público y continúa sus artículos sobre cine. Conoce a María Elena Bravo, una amiga de Eglé a la que el escritor lleva treinta años. Impactado por la singular belleza de la muchacha, y ésta a su vez por la sugestión de la figura quiroguiana, en poco tiempo se casan.
1928 Frente al cambio en la sensibilidad juvenil y también en el público de revistas que reclama más extensión en los relatos, Quiroga desarrolla su mayor esfuerzo teórico-crítico. Ya en años anteriores lo había hecho esporádicamente pues pueden contabilizarse, desde alguna reflexión en el año 1905 hasta el famoso “Decálogo del cuentista” de 1927, un total de diecisiete artículos. Este año publicará diez, entre ellos “La crisis del cuento nacional” y “La retórica del cuento”. En el conjunto, que se nutrirá de alguno más en años posteriores, explaya fundamentalmente su teoría y experiencia del cuento corto, “que es el cuento de verdad”, además de algunas críticas concretas y de tocar aspectos gremiales de la profesión. Publica sólo un par de cuentos, uno de ellos con el título “El padre”, que se transformará en “El hijo” cuando aparezca en libro, cumple cabalmente con sus preceptos y constituye uno de sus últimos grandes cuentos. Casi al cumplir cincuenta años nace su hija María Elena, a quien llamará familiarmente “Pitoca”.
1929 El 1o de enero, enterado de la muerte de José Eustasio Rivera, escribe un artículo “Un poeta de la selva, J.E.R.” en el que señala que “la selva de La vorágine, vibra con un impulso épico no alcanzado jamás en la literatura americana” y rememora la breve pero intensa amistad epistolar que los uniera. Aparece en libro Pasado amor publicada como folletín dos años antes en La Nación. Es su segunda y última novela, más valiosa como documento autobiográfico que como creación. No es el caso de Los precursores, un cuento que también publica este año, con trasfondo fuertemente social y de denuncia de la explotación en los yerbatales misioneros. El tema, no por infrecuente en su obra, le era ajeno. Su correspondencia y algunos artículos tienen múltiples opiniones político-sociales que lo revelan como “un solitario y valeroso anarquista” arbitrario y hasta atrabiliario, pero de claras ideas respecto a los graves tiempos que vivía.
1930 Su vida transcurre con crecientes apremios económicos. La heterodoxa familia, pues vive con todos sus hijos, y su reciente matrimonio comienzan a marchar a los tumbos. Waldo Frank, a quien conociera dos años antes en las reuniones con Martínez Estrada, Fernando Chelía y otros amigos, y con quien no congeniara, incluye un cuento suyo en una antología que se publica en Estados Unidos, indicando que “Quiroga es en el cuento lo que Lugones es en la poesía del Río de la Plata”. Posteriormente Quiroga recordará al norteamericano con duras palabras “charlatán, retórico” lo que muestra una persistente ofuscación y que no acostumbraba de las cortesías literarias.
1931 Publica, en coautoría con Leonardo Glusberg, Suelo natal, un libro de lecturas escolares. En él aparecen algunas de sus estampas de monte con correcciones menores. El libro es adaptado como texto para 4o grado lo que para Quiroga resulta un apoyo económico importante. Es también la concreción de viejas ideas al respecto, pero la obra no tiene ninguna relevancia en su carrera que va acercándose a su fin. Ante el tribunal se titula significativamente el último de sus artículos críticos. “Durante veinticinco años he luchado por conquistar en la medida de mis fuerzas, cuanto hoy se me niega” dice en él, vaticinando —algo patéticamente— igual destino para quienes le juzgan. Planea su retorno a la chacra de San Ignacio.
1932 Obtenido por sus amigos montevideanos su traslado como cónsul en Misiones, la familia embarca Paraná arriba. En cubierta viaja también un Ford “T” con el que el escritor pretende continuar en medio de la selva las intrépidas andanzas a toda velocidad que alarmaran a amigos y vecinos de Buenos Aires. Poco antes de partir, amigos comunistas le proponen viajar a la Unión Soviética, pero Quiroga declina la oferta, su opción ya está tomada. En la única colaboración suya en ese año, a La Nación, y que titula “El regreso a la selva” expresa: “Después de quince años de vida urbana, bien o mal soportada, el hombre regresa a la selva. Su modo de ser, de pensar y obrar, lo ligan indisolublemente a ella. Ha cumplido su deuda con sus sentimientos de padre y su arte, nada debe. Regresa a la selva. Pero ese hombre no lleva consigo el ánimo que debiera. Quince años de civilización forzada concluyen por desgastar las aristas más cortantes de un temperamento. ¿Sobrevive, agudo como en otro tiempo, su amor a la soledad, al trabajo sin tregua, a las dificultades extenuantes, a todo aquello que impone como necesidad y triunfo la vida integral? Cree que sí. Pero no está seguro”.
1933 Efectivamente Quiroga no es el mismo. Parecen mantenerse su actividad sin pausas y sus impulsos pioneros, pero los problemas familiares lo cercan crecientemente. Darío y Eglé comienzan sus propias pendientes con relaciones y casamientos frustrados al poco tiempo y con desavenencias con el padre. María Elena, demasiado joven e inmadura para algo más que el amor por un hombre y hasta un nombre, no se adapta a las duras circunstancias. Quiroga, prácticamente sin mercado literario, apenas si escribe.
1934 Se le declara cesante en el puesto consular. Los cambios políticos del año anterior en el Uruguay lo han puesto a la intemperie burocrática, al pasar sus amigos y protectores a la oposición. La Sociedad Argentina de Escritores de la cual Quiroga fuera el primer vicepresidente, solicita ante el gobierno uruguayo el revocamiento de la medida, pero es inútil. Escribe por entonces a su primo Fernández Saldaña: “Vuelvo a escribirte urgido por la situación. Me temo que con estas inquietudes políticas del momento, no se piense de verdad en solucionar mi caso. Yo podía esperar es cierto, pero no tanto. Me he comido las últimas naranjas, y el tiempo pasa. Si no se me repone solicitaré la jubilación. Yo vivo con poco pero no con menos. Comienzo a escribir en estos días con profundo desgano para no sé todavía qué órgano porteño. Hoy se paga muy mal y están lejos —dos años— los tiempos en que se me solicitaba cualquier cosa por trescientos cincuenta pesos”.
1935 Aparece su último libro, Más allá, en el que recoge una docena de cuentos de diversa época y calidad entre los que se destaca “El hijo”. Un joven escritor, también salteño, Enrique Amorim logra que se le nombre cónsul honorario, por lo que se le “asignan” ciento cincuenta pesos, suma que recién cobrará en el correr del año siguiente. Cultiva orquídeas de las que llega a tener una excepcional colección y escribe profusamente cartas a sus viejos y nuevos amigos. Aparecen los primeros indicios de su enfermedad a la próstata.
1936 Su mujer y su hija vuelven a Buenos Aires y le visitarán fugazmente en mayo. Ya casi no escribe y este año nada aparece publicado, por primera vez desde 1905. Si el creador está apagado y el hombre siente cercana la muerte aunque ésta no se le haya revelado definitivamente, no es un postrado. La crisis matrimonial la resuelve sin dudas o vacilaciones y hasta con desapego, la soledad la puebla con sus múltiples actividades y, sobre todo en este año, de una asidua correspondencia con Ezequiel Martínez Estrada, su “hermano menor”. La hondura y calidad humana de la misma es excepcional, pudiendo decirse que las cuarenta piezas que la componen —y que serán conocidas veinte años más tarde— constituyen su última gran obra. En septiembre, ante el acrecentamiento de sus males, viaja a Buenos Aires a operarse, para lo cual se interna en el Hospital de Clínicas.
1937 Luego de la operación la recuperación es lenta. Vive en el hospital del cual tiene permiso de salida y en el que lo visitan sus amigos y familiares. Sospecha males mayores pero tiene esperanzas; teme quedar baldado y se alegra de que la cánula que le han puesto no le impida sus movimientos, sobre todo en los quehaceres montaraces que le esperan a su vuelta a Misiones. Inconscientemente se prepara para la muerte, de allí esa aséptica soledad hospitalaria que le obliga a un trato público con quienes lo rodean y acompañan. Lo único que le falta es el cianuro. Lo toma en la noche del 18 de febrero luego de que, por la tarde, algún médico desarmado seguramente ante la acuciante personalidad de quien había escrito “Soy capaz de abrir un corazón para ver qué tiene dentro a cambio de matarme sobre los restos de ese mismo corazón”, le confirma que padece cáncer. Ir a comprar el veneno, no dejar palabra dicha o escrita, es el único gesto último —si puede llamarse así— de este devoto maestro de la intensidad vital y literaria.