Horacio
Quiroga
(1879-1937)
EL ESPECTRO
(El desierto y otros cuentos, 1924)
Todas las noches, en el Grand
Splendid de Santa Fe, Enid y yo asistimos a los estrenos
cinematográficos. Ni borrascas ni noches de hielo nos han impedido
introducirnos, a las diez en punto, en la tibia penumbra del teatro.
Allí, desde uno u otro palco, seguimos las historias del film con un
mutismo y un interés tales, que podrían llamar sobre nosotros la
atención, de ser otras las circunstancias en que actuamos.
Desde uno u otro
palco, he dicho; pues su ubicación nos es indiferente. Y aunque la misma
localidad llegue a faltarnos alguna noche, por estar el Splendid en pleno,
nos instalamos, mudos y atentos siempre a la representación, en un palco
cualquiera ya ocupado. No estorbamos, creo; o, por lo menos, de un modo
sensible. Desde el fondo del palco, o entre la chica del antepecho y el
novio adherido a su nuca, Enid y yo, aparte del mundo que nos rodea, somos
todo ojos hacia la pantalla. Y si en verdad alguno, con escalofríos de
inquietud cuyo origen no alcanza a comprender, vuelve a veces la cabeza
para ver lo que no puede, o siente un soplo helado que no se explica en la
cálida atmósfera, nuestra presencia de intrusos no es nunca notada; pues
preciso es advertir ahora que Enid y yo estamos muertos.
De todas las mujeres
que conocí en el mundo vivo, ninguna produjo en mí el efecto que Enid.
La impresión fue tan fuerte que la imagen y el recuerdo mismo de todas
las mujeres se borró. En mi alma se hizo de noche, donde se alzó un solo
astro imperecedero: Enid. La sola posibilidad de que sus ojos llegaran a
mirarme sin indiferencia, deteníame bruscamente el corazón . Y ante la
idea de que alguna vez podía ser mía, la mandíbula me temblaba. ¡Enid!
Tenía ella
entonces, cuando vivíamos en el mundo, la más divina belleza que la
epopeya del cine ha lanzado a miles de leguas y expuesto a la mirada fija
de los hombres. Sus ojos, sobre todo, fueron únicos; y jamás terciopelo
de mirada tuvo un marco de pestañas como los ojos de Enid; terciopelo
azul, húmedo y reposado, como la felicidad que sollozaba en ella.
La desdicha me puso
ante ella cuando ya estaba casada.
No es ahora del caso
ocultar nombres. Todos recuerdan a Duncan Wyoming, el extraordinario actor
que, comenzando su carrera al mismo tiempo que William Hart, tuvo, como
éste y a la par de éste, las mismas hondas virtudes de interpretación
viril. Hart ha dado al cine todo lo que podíamos esperar de él, y es un
astro que cae. De Wyoming, en cambio, no sabemos lo que podíamos haber
visto, cuando apenas en el comienzo de su breve y fantástica carrera
creó —como contraste con el empalagoso héroe actual—el tipo de
varón rudo, áspero, feo, negligente y cuanto se quiera, pero hombre de
la cabeza a los pies, por la sobriedad, el empuje y el carácter
distintivos del sexo.
Hart prosiguió
actuando y ya lo hemos visto.
Wyoming nos fue
arrebatado en la flor de la edad, en instantes en que daba fin a dos
cintas extraordinarias, según informes de la empresa: El Páramo y
Más allá de lo que se ve. Pero el encanto —la absorción de
todos los sentimientos de un hombre— que ejerció sobre mí Enid, no
tuvo sino una amargura: Wyoming, que era su marido, era también mi mejor
amigo.
Habíamos pasado dos
años sin vernos con Duncan; él, ocupado en sus trabajos de cine, y yo en
los míos de literatura. Cuando volví a hallarlo en Hollywood, ya estaba
casado.
—Aquí tienes a mi
mujer—me dijo echándomela en los brazos.
Y a ella:
—Aprétalo bien,
porque no tendrás un amigo como Grant. Y bésalo, si quieres.
No me besó, pero al
contacto con su melena en mi cuello, sentí en el escalofrío de todos mis
nervios que jamás podría yo ser un hermano para aquella mujer.
Vivimos dos meses
juntos en el Canadá, y no es difícil comprender mi estado de alma
respecto de Enid. Pero ni en una palabra, ni en un movimiento, ni en un
gesto me vendí ante Wyoming. Sólo ella leía en mi mirada, por tranquila
que fuera, cuán profundamente la deseaba.
Amor, deseo... Una y
otra cosa eran en mí gemelas, agudas y mezcladas; porque si la deseaba
con todas las fuerzas de mi alma incorpórea, la adoraba con todo el
torrente de mi sangre substancial.
Duncan no lo veía.
¿Cómo podía verlo?
A la entrada del
invierno regresamos a Hollywood, y Wyoming cayó entonces con el ataque de
gripe que debía costarle la vida. Dejaba a su viuda con fortuna y sin
hijos. Pero no estaba tranquilo, por la soledad en que quedaba su mujer.
—No es la
situación económica —me decía—, sino el desamparo moral. Y en este
infierno del cine...
En el momento de
morir, bajándonos a su mujer y a mí hasta la almohada, y con voz ya
difícil:
—Confíate a
Grant, Enid... Mientras lo tengas a él, no temas nada. Y tú, viejo
amigo, vela por ella. Sé su hermano...No, no prometas. Ahora puedo ya
pasar al otro lado...
Nada de nuevo en el
dolor de Enid y el mío. A los siete días regresábamos al Canadá, a la
misma choza estival que un mes antes nos había visto a los tres cenar
ante la carpa. Como entonces, Enid miraba ahora el fuego, achuchada por el
sereno glacial, mientras yo, de pie, la contemplaba. Y Duncan no estaba
más.
Debo decirlo: en la
muerte de Wyoming yo no vi sino la liberación de la terrible águila
enjaulada en nuestro corazón, que es el deseo de una mujer a nuestro lado
que no se puede tocar. Yo había sido el mejor amigo de Wyoming, y
mientras él vivió, el águila no deseó su sangre; se alimentó —la
alimenté— con la mía propia. Pero entre él y yo se había levantado
algo más consistente que una sombra. Su mujer fue, mientras él vivió
—y lo hubiera sido eternamente—, intangible para mí. Pero él había
muerto. No podía Wyoming exigirme el sacrificio de la Vida en que él
acaba de fracasar. Y Enid era mi vida, mi porvenir, mi aliento y mi ansia
de vivir, que nadie, ni Duncan —mi amigo íntimo, pero muerto—, podía
negarme.
Vela por ella. . .
¡Sí, mas dándole lo que él le había restado al perder su turno: la
adoración de una vida entera consagrada a ella!
Durante dos meses, a
su lado de día y de noche, velé por ella como un hermano. Pero al
tercero caí a sus pies.
Enid me miró
inmóvil, y seguramente subieron a su memoria los últimos instantes de
Wyoming, porque me rechazó violentamente. Pero yo no quité la cabeza de
su falda.
—Te amo, Enid —le
dije—. Sin ti me muero.
—¡Tú, Guillermo!
—murmuró ella—. ¡Es horrible oírte decir esto!
—Todo lo que
quieras —repliqué—. Pero te amo inmensamente.
—¡Cállate,
cállate!
—Y te he amado
siempre... Ya lo sabes...
—¡No, no sé! —Sí,
lo sabes.
Enid me apartaba
siempre, y yo resistía con la cabeza entre sus rodillas.
—Dime que lo
sabías...
—¡No, cállate!
Estamos profanando...
—Dime que lo
sabías...
—¡Guillermo!
—Dime solamente
que sabías que siempre te he querido...
Sus brazos se
rindieron cansados, y yo levanté la cabeza. Encontré sus ojos al
instante, un solo instante, antes que Enid se doblegara a llorar sobre sus
propias rodillas.
La dejé sola; y
cuando una hora después volví a entrar, blanco de nieve, nadie hubiera
sospechado, al ver nuestro simulado y tranquilo afecto de todos los días,
que acabábamos de tender, hasta hacerlas sangrar, las cuerdas de nuestros
corazones.
Porque en la alianza
de Enid y Wyoming no había habido nunca amor. Faltóle siempre una
llamarada de insensatez, extravío, injusticia —la llama de pasión que
quema la moral entera de un hombre y abrasa a la mujer en largos sollozos
de fuego—. Enid había querido a su esposo, nada más; y lo había
querido, nada más que querido ante mí, que era la cálida sombra de su
corazón, donde ardía lo que no le llegaba de Wyoming, y donde ella
sabía iba a refugiarse todo lo que de ella no alcanzaba hasta él.
La muerte, luego,
dejando hueco que yo debía llenar con el afecto de un hermano... ¡De
hermano, a ella, Enid, que era mi sola sed de dicha en el inmenso mundo!
A los tres días de
la escena que acabo de relatar regresamos a Hollywood. Y un mes más tarde
se repetía exactamente la situación: yo de nuevo a los pies de Enid con
la cabeza en sus rodillas, y ella queriendo evitarlo.
—Te amo cada día
más, Enid...
—¡Guillermo!
—Dime que algún
día me querrás.
—¡No!
—Dime solamente
que estás convencida de cuánto te amo.
—¡No!
—Dímelo.
—¡Déjame! ¿No
ves que me estás haciendo sufrir de un modo horrible?
Y al sentirme
temblar mudo sobre el altar de sus rodillas, bruscamente me levantó la
cara entre las manos:
—¡Pero déjame,
te digo! ¡Déjame! ¿No ves que también te quiero con toda el alma y que
estamos cometiendo un crimen?
Cuatro meses justos,
ciento veinte días transcurridos apenas desde la muerte del hombre que
ella amó, del amigo que me había interpuesto como un velo protector
entre su mujer y un nuevo amor...
Abrevio. Tan hondo y
compenetrado fue el nuestro, que aun hoy me pregunto con asombro qué
finalidad absurda pudieron haber tenido nuestras vidas de no habernos
encontrado por bajo de los brazos de Wyoming.
Una noche —estábamos
en Nueva York— me enteré que se pasaba por fin El páramo, una
de las dos cintas de que he hablado, y cuyo estreno se esperaba con
ansiedad. Yo también tenía el más vivo interés de verla, y se lo
propuse a Enid. ¿Por qué no?
Un largo rato nos
miramos; una eternidad de silencio, durante el cual el recuerdo galopó
hacia atrás entre derrumbamiento de nieve y caras agónicas. Pero la
mirada de Enid era la vida misma, y presto entre el terciopelo húmedo de
sus ojos y los míos no medió sino la dicha convulsiva de adorarnos. ¡Y
nada más!
Fuimos al Metropole,
y desde la penumbra rojiza del palco vimos aparecer, enorme y con el
rostro más blanco que la hora de morir, a Duncan Wyoming. Sentí temblar
bajo mi mano el brazo de Enid.
¡Duncan!
Sus mismos gestos
eran aquéllos. Su misma sonrisa confiada era la de sus labios. Era su
misma enérgica figura la que se deslizaba adherida a la pantalla. Y a
veinte metros de él, era su misma mujer la que estaba bajo los dedos del
amigo íntimo...
Mientras la sala
estuvo a obscuras, ni Enid ni yo pronunciamos una palabra ni dejamos un
instante de mirar. Largas lágrimas rodaban por sus mejillas, y me
sonreía. Me sonreía sin tratar de ocultarme sus lágrimas.
—Sí, comprendo,
amor mío... —murmuré, con los labios sobre el extremo de sus pieles,
que, siendo un obscuro detalle de su traje, era asimismo toda su persona
idolatrada —. Comprendo, pero no nos rindamos... ¿Sí?... Así
olvidaremos...
Por toda respuesta,
Enid, sonriéndome siempre, se recogió muda a mi cuello.
A la noche siguiente
volvimos. ¿Qué debíamos olvidar? La presencia del otro, vibrante en el
haz de luz que lo transportaba a la pantalla palpitante de la vida; su
inconsciencia de la situación; su confianza en la mujer y el amigo; esto
era precisamente a lo que debíamos acostumbrarnos.
Una y otra noche,
siempre atentos a los personajes, asistimos al éxito creciente de El
páramo.
La actuación de
Wyoming era sobresaliente y se desarrollaba en un drama de brutal
energía: una pequeña parte de los bosques del Canadá y el resto en la
misma Nueva York. La situación central constituíala una escena en que
Wyoming, herido en la lucha con un hombre, tiene bruscamente la
revelación del amor de su mujer por ese hombre, a quien él acaba de
matar por motivos aparte de este amor. Wyoming acababa de atarse un
pañuelo a la frente. Y tendido en el diván, jadeando aún de fatiga,
asistía a la desesperación de su mujer sobre el cadáver del amante.
Pocas veces la
revelación del derrumbe, la desolación y el odio han subido al rostro
humano con más violenta claridad que en esa circunstancia a los ojos de
Wyoming. La dirección del film había exprimido hasta la tortura aquel
prodigio de expresión, y la escena se sostenía un infinito número de
segundos, cuando uno solo bastaba para mostrar al rojo blanco la crisis de
un corazón en aquel estado.
Enid y yo, juntos e
inmóviles en la obscuridad, admirábamos como nadie al muerto amigo,
cuyas pestañas nos tocaban casi cuando Wyoming venía desde el fondo a
llenar él solo la pantalla. Y al alejarse de nuevo a la escena del
conjunto, la sala entera parecía estirarse en perspectiva. Y Enid y yo,
con un ligero vértigo por este juego, sentíamos aún el roce de los
cabellos de Duncan que habían llegado a rozarnos.
¿Por qué
continuábamos yendo al Metropole? ¿Qué desviación de nuestras
conciencias nos llevaba allá noche a noche a empapar en sangre nuestro
amor inmaculado? ¿Qué presagio nos arrastraba como a sonámbulos ante
una acusación alucinante que no se dirigía a nosotros, puesto que los
ojos de Wyoming estaban vueltos al otro lado?
¿A dónde miraban?
No sé a dónde, a un palco cualquiera de nuestra izquierda. Pero una
noche noté, lo sentí en la raíz de los cabellos, que los ojos se
estaban volviendo hacia nosotros. Enid debió de notarlo también, porque
sentí bajo mi mano la honda sacudida de sus hombros.
Hay leyes naturales,
principios físicos que nos enseñan cuán fría magia es ésa de los
espectros fotográficos danzando en la pantalla, remedando hasta en los
más íntimos detalles una vida que se perdió. Esa alucinación en blanco
y negro es sólo la persistencia helada de un instante, el relieve
inmutable de un segundo vital. Más fácil nos sería ver a nuestro lado a
un muerto que deja la tumba para acompañarnos, que percibir el más leve
cambio en el rostro lívido de un film.
Perfectamente. Pero
a despecho de las leyes y los principios, Wyoming nos estaba viendo. Si
para la sala, El páramo era una ficción novelesca, y Wyoming
vivía sólo por una ironía de la luz; si no era más que un frente
eléctrico de lámina sin costados ni fondo, para nosotros —Wyoming,
Enid y yo— la escena filmada vivía flagrante, pero no en la pantalla,
sino en un palco, donde nuestro amor sin culpa se transformaba en
monstruosa infidelidad ante el marido vivo....
¿Farsa del actor?
¿Odio fingido por Duncan ante aquel cuadro de El páramo?
¡No! Allí estaba
la brutal revelación; la tierna esposa y el amigo íntimo en la sala de
espectáculos, riéndose, con las cabezas juntas, de la confianza
depositada en ellos...
Pero no nos
reíamos, porque noche a noche, palco tras palco, la mirada se iba
volviendo cada vez más a nosotros.
—¡Falta un poco
aún!... —me decía yo.
—Mañana será...
—pensaba Enid.
Mientras el
Metropole ardía de luz, el mundo real de las leyes físicas se apoderaba
de nosotros y respirábamos profundamente.
Pero en la brusca
cesación de luz, que como un golpe sentíamos dolorosamente en los
nervios, el drama espectral nos cogía otra vez.
A mil leguas de
Nueva York, encajonado bajo tierra, estaba tendido sin ojos Duncan
Wyoming. Mas su sorpresa ante el frenético olvido de Enid, su ira y su
venganza estaban vivas allí, encendiendo el rastro químico de Wyoming,
moviéndose en sus ojos vivos, que acababan, por fin, de fijarse en los
nuestros.
Enid ahogó un grito
y se abrazó desesperadamente a mí.
—¡Guillermo!
—Cállate, por
favor...
—¡Es que ahora
acaba de bajar una pierna del diván!
Sentí que la piel
de la espalda se me erizaba, y miré:
Con lentitud de
fiera y los ojos clavados sobre nosotros, Wyoming se incorporaba del
diván. Enid y yo lo vimos levantarse, avanzar hacia nosotros desde el
fondo de la escena, llegar al monstruoso primer plano... Un fulgor
deslumbrante nos cegó, a tiempo que Enid lanzaba un grito.
La cinta acababa de
quemarse.
Mas, en la sala
iluminada las cabezas todas estaban vueltas hacia nosotros. Algunos se
incorporaron en el asiento a ver lo que pasaba.
—La señora está
enferma; parece una muerta —dijo alguno en la platea.
—Más muerto
parece él —agregó otro.
¿Qué más? Nada,
sino que en todo el día siguiente Enid y yo no nos vimos. Únicamente al
mirarnos por primera vez de noche para dirigirnos al Metropole, Enid
tenía ya en sus pupilas profundas la tiniebla del más allá, y yo tenía
un revólver en el bolsillo.
No sé si alguno en
la sala reconoció en nosotros a los enfermos de la noche anterior. La luz
se apagó, se encendió y tornó a apagarse, sin que lograra reposarse una
sola idea normal en el cerebro de Guillermo Grant, y sin que los dedos
crispados de este hombre abandonaran un instante el gatillo.
Yo fui toda la vida
dueño de mí. Lo fui hasta la noche anterior, cuando contra toda justicia
un frío espectro que desempeñaba su función fotográfica de todos los
días crió dedos estranguladores para dirigirse a un palco a terminar el
film.
Como en la noche
anterior, nadie notaba en la pantalla algo anormal, y es evidente que
Wyoming continuaba jadeante adherido al diván. Pero Enid —¡Enid entre
mis brazos!— tenía la cara vuelta a la luz, pronta para gritar...
¡Cuando Wyoming se incorporó por fin!
Yo lo vi
adelantarse, crecer, llegar al borde mismo de la pantalla, sin apartar la
mirada de la mía. Lo vi desprenderse, venir hacia nosotros en el haz de
luz; venir en el aire por sobre las cabezas de la platea, alzándose,
llegar hasta nosotros con la cabeza vendada. Lo vi extender las zarpas de
sus dedos... a tiempo que Enid lanzaba un horrible alarido, de esos en que
con una cuerda vocal se ha rasgado la razón entera, e hice fuego.
No puedo decir qué
pasó en el primer instante. Pero en pos de los primeros momentos de
confusión y de humo, me vi con el cuerpo colgado fuera del antepecho,
muerto.
Desde el instante en
que Wyoming se había incorporado en el diván, dirigí el cañón del
revólver a su cabeza. Lo recuerdo con toda nitidez. Y era yo quien había
recibido la bala en la sien.
Estoy completamente
seguro de que quise dirigir el arma contra Duncan. Solamente que, creyendo
apuntar al asesino, en realidad apuntaba contra mí mismo. Fue un error,
una simple equivocación, nada más; pero que me costó la vida.
Tres días después
Enid quedaba a su vez desalojada de este mundo. Y aquí concluye nuestro
idilio.
Pero no ha concluido
aún. No son suficientes un tiro y un espectro para desvanecer un amor
como el nuestro. Más allá de la muerte, de la vida y de sus rencores,
Enid y yo nos hemos encontrado. Invisibles dentro del mundo vivo, Enid y
yo estamos siempre juntos, esperando el anuncio de otro estreno
cinematográfico.
Hemos recorrido el
mundo. Todo es posible esperar menos que el más leve incidente de un film
pase inadvertido a nuestros ojos. No hemos vuelto a ver más El páramo.
La actuación de Wyoming en él no puede ya depararnos sorpresas, fuera de
las que tan dolorosamente pagamos.
Ahora nuestra
esperanza está puesta en Más allá de lo que se ve. Desde hace
siete años la empresa filmadora anuncia su estreno y hace siete años que
Enid y yo esperamos. Duncan es su protagonista; pero no estaremos más en
el palco, por lo menos en las condiciones en que fuimos vencidos. En las
presentes circunstancias, Duncan puede cometer un error que nos permita
entrar de nuevo en el mundo visible, del mismo modo que nuestras personas
vivas, hace siete años, le permitieron animar la helada lámina de su
film.
Enid y yo ocupamos
ahora, en la niebla invisible de lo incorpóreo, el sitio privilegiado de
acecho que fue toda la fuerza de Wyoming en el drama anterior. Si sus
celos persisten todavía, si se equivoca al vernos y hace en la tumba el
menor movimiento hacia afuera, nosotros nos aprovecharemos. La cortina que
separa la vida de la muerte no se ha descorrido únicamente en su favor, y
el camino está entreabierto. Entre la Nada que ha disuelto lo que fue
Wyoming, y su eléctrica resurrección, queda un espacio vacío. Al más
leve movimiento que efectúe el actor, apenas se desprenda de la pantalla,
Enid y yo nos deslizaremos como por una fisura en el tenebroso corredor.
Pero no seguiremos
el camino hacia el sepulcro de Wyoming; iremos hacia la Vida, entraremos
en ella de nuevo. Y es el mundo cálido del que estamos expulsados, el
amor tangible y vibrante de cada sentido humano, lo que nos espera
entonces a Enid y a mí.
Dentro de un mes o
de un año, ella llegará. Sólo nos inquieta la posibilidad de que Más
allá de lo que se ve se estrene bajo otro nombre, como es costumbre
en esta ciudad. Para evitarlo, no perdemos un estreno. Noche a noche
entramos a las diez en punto en el Gran Splendid, donde nos instalamos en
un palco vacío o ya ocupado, indiferentemente.
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