Horacio
Quiroga
(1879-1937)
EL PERRO RABIOSO*
Cuentos de amor,
de locura y de muerte
(solamente en la primera edición de 1917 y la segunda, de 1918)
El 20 de marzo de este año, los
vecinos de un pueblo del Chaco santafecino persiguieron a un hombre
rabioso que en pos de descargar su escopeta contra su mujer, mató de un
tiro a un peón que cruzaba delante de él. Los vecinos, armados, lo
rastrearon en el monte como una fiera, hallándolo por fin trepado en un
árbol, con su escopeta aún, y aullando de un modo horrible. Viéronse en
la necesidad de matarlo de un tiro.
Marzo 9.—
Hoy hace treinta y
nueve días, hora por hora, que el perro rabioso entró de noche en
nuestro cuarto. Si un recuerdo ha de perdurar en mi memoria, es el de las
dos horas que siguieron a aquel momento.
La casa no tenía
puertas sino en la pieza que habitaba mamá, pues como había dado desde
el principio en tener miedo, no hice otra cosa, en los primeros días de
urgente instalación, que aserrar tablas para las puertas y ventanas de su
cuarto. En el nuestro, y a la espera de mayor desahogo de trabajo, mi
mujer se había contentado —verdad que bajo un poco de presión por mi
parte— con magníficas puertas de arpillera. Como estábamos en verano,
este detalle de riguroso ornamento no dañaba nuestra salud ni nuestro
miedo. Por una de estas arpilleras, la que da al corredor central, fue por
donde entró y me mordió el perro rabioso.
Yo no sé si el
alarido de un epiléptico da a los demás la sensación de clamor bestial
y fuera de toda humanidad que me produce a mí. Pero estoy seguro de que
el aullido de un perro rabioso, que se obstina de noche alrededor de
nuestra casa, provocará en todos la misma fúnebre angustia. Es un grito
corto, estrangulado, de agonía, como si el animal boqueara ya, y todo él
empapado en cuanto de lúgubre sugiere un animal rabioso.
Era un perro negro,
grande, con las orejas cortadas. Y para mayor contrariedad, desde que
llegáramos no había hecho más que llover. El monte cerrado por el agua,
las tardes rápidas y tristísimas; apenas salíamos de casa, mientras la
desolación del campo, en un temporal sin tregua, había ensombrecido al
exceso el espíritu de mamá.
Con esto, los perros
rabiosos. Una mañana el peón nos dijo que por su casa había andado uno
la noche anterior, y que había mordido al suyo. Dos noches antes, un
perro barcino había aullado feo en el monte. Había muchos, según él.
Mi mujer y yo no dimos mayor importancia al asunto, pero no así mamá,
que comenzó a hallar terriblemente desamparada nuestra casa a medio
hacer. A cada momento salía al corredor para mirar el camino.
Sin embargo, cuando
nuestro chico volvió esa mañana del pueblo, confirmó aquello. Había
explotado una fulminante epidemia de rabia. Una hora antes acababan de
perseguir a un perro en el pueblo. Un peón había tenido tiempo de
asestarle un machetazo en la oreja, y el animal, al trote, el hocico en
tierra y el rabo entre las patas delanteras, había cruzado por nuestro
camino, mordiendo a un potrillo y a un chancho que halló en el trayecto.
Más noticias aún.
En la chacra vecina a la nuestra, y esa misma madrugada, otro perro había
tratado inútilmente de saltar el corral de las vacas. Un inmenso perro
flaco había corrido a un muchacho a caballo, por la picada del puerto
viejo. Todavía de tarde se sentía dentro del monte el aullido agónico
del perro. Como dato final, a las nueve llegaron al galope dos agentes a
darnos la filiación de los perros rabiosos vistos, y a recomendarnos sumo
cuidado.
Había de sobra para
que mamá perdiera el resto de valor que le quedaba. Aunque de una
serenidad a toda prueba, tiene terror a los perros rabiosos, a causa de
cierta cosa horrible que presenció en su niñez. Sus nervios, ya enfermos
por el cielo constantemente encapotado y lluvioso, provocáronle
verdaderas alucinaciones de perros que entraban al trote por la portera.
Había un motivo
real para este temor. Aquí, como en todas partes donde la gente pobre
tiene muchos más perros de los que puede mantener, las casas son todas
las noches merodeadas por perros hambrientos, a que los peligros del
oficio —un tiro o una mala pedrada— han dado verdadero proceder de
fieras. Avanzan al paso, agachados, los músculos flojos. No se siente
jamás su marcha. Roban —si la palabra tiene sentido aquí— cuanto le
exige su atroz hambre. Al menor rumor, no huyen porque esto haría ruido,
sino se alejan al paso, doblando las patas. Al llegar al pasto se
agazapan, y esperan así tranquilamente media o una hora, para avanzar de
nuevo.
De aquí la ansiedad
de mamá, pues siendo nuestra casa una de las tantas merodeadas,
estábamos desde luego amenazados por la visita de los perros rabiosos,
que recordarían el camino nocturno.
En efecto, esa misma
tarde, mientras mamá, un poco olvidada, iba caminando despacio hacia la
portera, oí su grito:
—¡Federico! ¡Un
perro rabioso!
Un perro barcino,
con el lomo arqueado, avanzaba al trote en ciega línea recta. Al verme
llegar se detuvo, erizando el lomo. Retrocedí sin volver el cuerpo para
ir a buscar la escopeta, pero el animal se fue. Recorrí inútilmente el
camino, sin volverlo a hallar.
Pasaron dos días.
El campo continuaba desolado de lluvia y tristeza, mientras el número de
perros rabiosos aumentaba. Como no se podía exponer a los chicos a un
terrible tropiezo en los caminos infestados, la escuela se cerró; y la
carretera, ya sin tráfico, privada de este modo de la bulla escolar que
animaba su soledad a las siete y a las doce, adquirió lúgubre silencio.
Mamá no se atrevía
a dar un paso fuera del patio. Al menor ladrido miraba sobresaltada hacia
la portera, y apenas anochecía, veía avanzar por entre el pasto ojos
fosforescentes. Concluida la cena se encerraba en su cuarto, el oído
atento al más hipotético aullido.
Hasta que la tercera
noche me desperté, muy tarde ya: tenía la impresión de haber oído un
grito, pero no podía precisar la sensación. Esperé un rato. Y de pronto
un aullido corto, metálico, de atroz sufrimiento, tembló bajo el
corredor.
—¡Federico! —oí
la voz traspasada de emoción de mamá— ¿sentiste?
—Sí —respondí,
deslizándome de la cama. Pero ella oyó el ruido.
—¡Por Dios, es un
perro rabioso! ¡Federico, no salgas, por Dios! ¡Juana! ¡dile a tu
marido que no salga! —clamó desesperada, dirigiéndose a mi mujer.
Otro aullido
explotó, esta vez en el corredor central, delante de la puerta. Una
finísima lluvia de escalofríos me bañó la médula hasta la cintura. No
creo que haya nada más profundamente lúgubre que un aullido de perro
rabioso a esa hora. Subía tras él la voz desesperada de mamá.
¡Federico! ¡Va a entrar en tu cuarto! ¡No salgas, mi Dios, no salgas!
¡Juana! ¡dile a tu marido!...
—¡Federico! —se
cogió mi mujer a mi brazo.
Pero la situación
podía tornarse muy crítica si esperaba a que el animal entrara, y
encendiendo la lámpara descolgué la escopeta. Levanté de lado la
arpillera de la puerta, y no vi más que el negro triángulo de la
profunda niebla de afuera. Tuve apenas tiempo de avanzar una pierna,
cuando sentía que alga firma y tibio me rozaba el muslo: el perro rabioso
se entraba en nuestro cuarto. Le eché violentamente atrás la cabeza de
un golpe de rodilla, y súbitamente me lanzó un mordisco, que falló, en
un claro golpe de dientes.
Pero un instante
después sentía un dolor agudo.
Ni mi mujer ni mi
madre se dieron cuenta de que me había mordido.
—¡Federico!
¿Qué fue eso?—gritó mamá que había oído mi detención ante la
dentellada al aire.
—Nada: quería
entrar.
—¡Oh!...
De nuevo, y esta vez
detrás del cuarto de mamá, el fatídico aullido explotó.
—¡Federico!
¡Está rabioso! ¡No salgas! —clamó enloquecida, sintiendo al animal
tras la pared de madera, a un metro de ella.
Hay cosas absurdas
que tienen toda la apariencia de un legítimo razonamiento: Salí afuera
con la lámpara en una mano y la escopeta en la otra, exactamente como
para buscar a una rata aterrorizada, que me daba perfecta holgura para
colocar la luz en el suelo y matarla en el extremo de un horcón.
Recorrí los
corredores. No se oía un rumor, pero de dentro de las piezas me seguía
la tremenda angustia de mamá y mi mujer que esperaban el estampido.
El perro se había
ido.
—¡Federico!
exclamó mamá al sentirme volver por fin. ¿Se fue el perro?
—Creo que sí; no
lo veo. Me parece haber oído un trote cuando salí.
—Sí, yo también
sentí... Federico: ¿no estará en tu cuarto?... ¡No tiene puerta, mi
Dios! ¡Quédate adentro! ¡Puede volver!
En efecto, podía
volver. Eran las dos y veinte de la mañana. Y juro que fueron fuertes las
dos horas que pasamos mi mujer y yo, con la luz prendida hasta que
amaneció, ella acostada, yo sentado en la cama, vigilando sin cesar la
arpillera flotante.
Antes me había
curado. La mordedura era nítida: dos agujeros violetas, que oprimí con
todas mis fuerzas, y lavé con permanganato.
Yo creía muy
restrictivamente en la rabia del animal. Desde el día anterior se había
empezado a envenenar perros, y algo en la actitud abrumada del nuestro me
prevenía en pro de la estricnina. Quedaban el fúnebre aullido y el
mordisco; pero de todos modos me inclinaba a lo primero. De aquí,
seguramente, mi relativo descuido con la herida.
Llegó por fin el
día. A las ocho, y a cuatro cuadras de casa, un transeúnte mató de un
tiro de revólver al perro negro que trotaba en inequívoco estado de
rabia. En seguida lo supimos, teniendo de mi parte que librar una
verdadera batalla contra mamá y mi mujer para no bajar a Buenos Aires a
darme inyecciones. La herida, franca, había sido bien oprimida, y lavada
con mordiente lujo de permanganato. Todo esto, a los cinco minutos de la
mordedura. ¿Qué demonios podía temer tras esa corrección higiénica?
En casa concluyeron por tranquilizarse, y como la epidemia provocada por
una crisis de llover sin tregua como jamás se viera aquí había cesado
casi de golpe, la vida recobró su línea habitual.
Pero no por ello
mamá y mi mujer dejaron ni dejan de llevar cuenta exacta del tiempo. Los
clásicos cuarenta días pesan fuertemente, sobre todo en mamá, y aún
hoy, con treinta y nueve transcurridos sin el más leve trastorno, ella
espera el día de mañana para echar de su espíritu, en un inmenso
suspiro, el terror siempre vivo que guarda de aquella noche.
El único fastidio
acaso que para mí ha tenido esto, es recordar, punto por punto, lo que ha
pasado. Confío en que mañana de noche concluya, con la cuarentena, esta
historia que mantiene fijos en mí los ojos de mi mujer y de mi madre,
como si buscaran en mi expresión el primer indicio de enfermedad.
Marzo 10.—
¡Por fin! Espero
que de aquí en adelante podré vivir como un hombre cualquiera, que no
tiene suspendida sobre su cabeza coronas de muerte. Ya han pasado los
famosos cuarenta días, y la ansiedad, la manía de persecuciones y los
horribles gritos que esperaban de mí pasaron también para siempre.
Mi mujer y mi madre
han festejado el fausto acontecimiento de un modo particular: contándome,
punto por punto, todos los terrores que han sufrido sin hacérmelo ver. El
más insignificante desgano mío las sumía en mortal angustia: ¡Es la
rabia que comienza! —gemían. Si alguna mañana me levanté tarde,
durante horas no vivieron, esperando otro síntoma. La fastidiosa
infección en un dedo que me tuvo tres días febril e impaciente, fue para
ellas una absoluta prueba de la rabia que comenzaba, de donde su
consternación, más angustiosa por furtiva.
Y así, el menor
cambio de humor, el más leve abatimiento, provocáronles, durante
cuarenta días, otras tantas horas de inquietud.
No obstante esas
confesiones retrospectivas, desagradables siempre para el que ha vivido
engañado, aun con la más arcangélica buena voluntad, con todo me he
reído buenamente.
—¡Ah, mi hijo!
¡No puedes figurarte lo horrible que es para una madre el pensamiento de
que su hijo pueda estar rabioso! Cualquier otra cosa... ¡pero rabioso,
rabioso!...
Mi mujer, aunque
más sensata, ha divagado también bastante más de lo que confiesa.
¡Pero ya se acabó, por suerte! Esta situación de mártir, de bebé
vigilado segundo a segundo contra tal disparatada amenaza de muerte, no es
seductora, a pesar de todo. ¡Por fin, de nuevo! Viviremos en paz, y
ojalá que mañana o pasado no amanezca con dolor de cabeza, para
resurrección de las locuras.
Hubiera querido
estar absolutamente tranquilo, pero es imposible. No hay ya más, creo,
posibilidad de que esto concluya. Miradas de soslayo todo el día,
cuchicheos incesantes, que cesan de golpe en cuanto oyen mis pasos, un
crispante espionaje de mi expresión cuando estamos en la mesa, todo esto
se va haciendo intolerable.
—¡Pero qué
tienen, por favor! —acabo de decirles. —¿Me hallan algo anormal, no
estoy exactamente como siempre? ¡Ya es un poco cansadora esta historia
del perro rabioso!
—¡Pero Federico!
me han respondido, mirándome con sorpresa. ¡Si no te decimos nada, ni
nos hemos acordado de eso!
¡Y no hacen, sin
embargo, otra cosa, otra que espiarme noche y día, día y noche, a ver si
la estúpida rabia de su perro se ha infiltrado en mí!
Marzo 18.—
Hace tres días que
vivo como debería y desearía hacerlo toda la vida. ¡Me han dejado en
paz, por fin, por fin, por fin!
Marzo 19.—
¡Otra vez! ¡Otra
vez han comenzado! Ya no me quitan los ojos de encima, como si sucediera
lo que parecen desear: que esté rabioso. ¡Cómo es posible tanta
estupidez en dos personas sensatas! Ahora no disimulan más, y hablan
precipitadamente en voz alta de mí; pero, no sé por qué, no puedo
entender una palabra. En cuanto llego cesan de golpe, y apenas me alejo un
paso recomienza el vertiginoso parloteo. No he podido contenerme y me he
vuelto con rabia:
—¡Pero hablen,
hablen delante, que es menos cobarde!
No he querido oír
lo que han dicho y me he ido. ¡Ya no es vida la que llevo!
8 p.m.
¡Quieren irse!
¡Quieren que nos vayamos!
¡Ah, yo sé por
qué quieren dejarme!...
Marzo 20.— (6
a.m.).
¡Aullidos,
aullidos! ¡Toda la noche no he oído más que aullidos! ¡He pasado toda
la noche despertándome a cada momento! ¡Perros, nada más que perros ha
habido anoche alrededor de case! ¡Y mi mujer y mi madre han fingido el
más plácido sueño, para que yo solo absorbiera por los ojos los
aullidos de todos los perros que me miraban!...
7 a.m.
¡No hay más que
víboras! ¡Mi casa está llena de víboras! ¡Al lavarme había tres
enroscadas en la palangana! ¡En el forro del saco había muchas! ¡Y hay
más! ¡Hay otras cosas! ¡Mi mujer me ha llenado la casa de víboras!
¡Ha traído enormes arañas peludas que me persiguen! ¡Ahora comprendo
por qué me espiaba día y noche! ¡Ahora comprendo todo! ¡Quería irse
por eso!
7:15 a.m.
¡El patio está
lleno de víboras! ¡No puedo dar un paso! ¡No, no!... Socorro!...
¡Mi mujer se va
corriendo! ¡Mi madre se va! ¡Me han asesinado!... ¡Ah, la escopeta!...
¡Maldición! ¡Está cargada con munición! Pero no importa...
¡Qué grito ha
dado! Le erré... ¡Otra vez las víboras! ¡Allí, allí hay una
enorme!... ¡Ay! ¡¡Socorro, socorro!! ¡Todos me quieren matar! ¡Las
han mandado contra mí, todas!
¡El monte está
lleno de arañas! ¡Me han seguido desde casa!...
Ahí viene otro
asesino... ¡Las trae en la mano! ¡Viene echando víboras en el suelo!
¡Viene sacando víboras de la boca y las echa en el suelo contra mí!
¡Ah! pero ése no vivirá mucho... ¡Le pegué! ¡Murió con todas las
víboras!...
¡Las arañas! ¡Ay!
¡¡Socorro!!
¡Ahí vienen,
vienen todos!... ¡Me buscan, me buscan!... ¡Han lanzado contra mí un
millón de víboras! ¡Todos las ponen en el suelo! ¡Y yo no tango más
cartuchos!... ¡Me han visto!... Uno me está apuntando...
*Este cuento, “El perro rabioso”, apareció en las dos primeras ediciones de Cuentos de amor,
de locura y de muerte (1917 y 1918), pero fue eliminado de la tercera edición y de las ediciones posteriores.
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