Horacio
Quiroga
(1879-1937)
LA TORTUGA GIGANTE
(Cuentos de la selva,
1918)
Había una vez un hombre que vivía
en Buenos Aires, y estaba muy contento porque era un hombre sano y
trabajador. Pero un día se enfermó, y los médicos le dijeron que
solamente yéndose al campo podría curarse. Él no quería ir, porque
tenía hermanos chicos a quienes daba de comer; y se enfermaba cada día
más. Hasta que un amigo suyo, que era director del Zoológico, le dijo un
día:
—Usted es amigo
mío, y es un hombre bueno y trabajador. Por eso quiero que se vaya a
vivir al monte, a hace mucho ejercicio al aire libre para curarse. Y como
usted tiene mucha puntería con la escopeta, cace bichos del monte para
traerme los cueros, y yo le daré plata adelantada para que sus hermanitos
puedan comer bien.
El hombre enfermo
aceptó, y se fue a vivir al monte, lejos, más lejos que Misiones
todavía. Hacía allá mucho calor, y eso le hacía bien.
Vivía solo en el
bosque, y él mismo se cocinaba. Comía pájaros y bichos del monte, que
cazaba con la escopeta, y después comía frutos. Dormía bajo los
árboles, y cuando hacía mal tiempo construía en cinco minutos una
ramada con hojas de palmera, y allí pasaba sentado y fumando, muy
contento en medio del bosque que bramaba con el viento y la lluvia.
Había hecho un
atado con los cueros de los animales, y lo llevaba al hombro. Había
también agarrado vivas muchas víboras venenosas, y las llevaba dentro de
un gran mate, porque allá hay mates tan grandes como una lata de
kerosene.
El hombre tenía
otra vez buen color, estaba fuerte y tenía apetito. Precisamente un día
que tenía mucha hambre, porque hacía dos días que no cazaba nada, vio a
la orilla de una gran laguna un tigre enorme que quería comer una
tortuga, y la ponía parada de canto para meter dentro una pata y sacar la
carne con las uñas. Al ver al hombre el tigre lanzó un rugido espantoso
y se lanzó de un salto sobre él. Pero el cazador, que tenía una gran
puntería, le apuntó entre los dos ojos, y le rompió la cabeza. Después
le sacó el cuero, tan grande que él solo podría servir de alfombra para
un cuarto.
—Ahora —se dijo
el hombre—, voy a comer tortuga, que es una carne muy rica.
Pero cuando se
acercó a la tortuga, vio que estaba ya herida, y tenía la cabeza casi
separada del cuello, y la cabeza colgaba casi de dos o tres hilos de
carne.
A pesar del hambre
que sentía, el hombre tuvo lástima de la pobre tortuga, y la llevó
arrastrando con una soga hasta su ramada y le vendó la cabeza con tiras
de género que sacó de su camisa, porque no tenía más que una sola
camisa, y no tenía trapos. La había llevado arrastrando porque la
tortuga era inmensa, tan alta como una silla, y pesaba como un hombre.
La tortuga quedó
arrimada a un rincón, y allí pasó días y días sin moverse.
El hombre la curaba
todos los días, y después le daba golpecitos con la mano sobre el lomo.
La tortuga sanó por
fin. Pero entonces fue el hombre quien se enfermó. Tuvo fiebre, y le
dolía todo el cuerpo.
Después no pudo
levantarse más. La fiebre aumentaba siempre, y la garganta le quemaba de
tanta sed. El hombre comprendió entonces que estaba gravemente enfermo, y
habló en voz alta, aunque estaba solo, porque tenía mucha fiebre.
—Voy a morir —dijo
el hombre—. Estoy solo, ya no puedo levantarme más, y no tengo quien me
dé agua, siquiera. Voy a morir aquí de hambre y de sed.
Y al poco rato la
fiebre subió más aún, y perdió el conocimiento.
Pero la tortuga lo
había oído, y entendió lo que el cazador decía. Y ella pensó
entonces:
—El hombre no me
comió la otra vez, aunque tenía mucha hambre, y me curó. Yo le voy a
curar a él ahora.
Fue entonces a la
laguna, buscó una cáscara de tortuga chiquita, y después de limpiarla
bien con arena y ceniza la llenó de agua y le dio de beber al hombre, que
estaba tendido sobre su manta y se moría de sed. Se puso a buscar
enseguida raíces ricas y yuyitos tiernos, que le llevó al hombre para
que comiera. El hombre comía sin darse cuenta de quién le daba la
comida, porque tenía delirio con la fiebre y no conocía a nadie.
Todas las mañanas,
la tortuga recorría el monte buscando raíces cada vez más ricas para
darle al hombre, y sentía no poder subirse a los árboles para llevarle
frutas.
El cazador comió
así días y días sin saber quién le daba la comida, y un día recobró
el conocimiento. Miró a todos lados, y vio que estaba solo, pues allí no
había más que él y la tortuga, que era un animal. Y dijo otra vez en
voz alta:
—Estoy solo en el
bosque, la fiebre va a volver de nuevo, y voy a morir aquí, porque
solamente en Buenos Aires hay remedios para curarme. Pero nunca podré ir,
y voy a morir aquí.
Pero también esta
vez la tortuga lo había oído, y se dijo:
—Si queda aquí en
el monte se va a morir, porque no hay remedios, y tengo que llevarlo a
Buenos Aires.
Dicho esto, cortó
enredaderas finas y fuertes, que son como piolas, acostó con mucho
cuidado al hombre encima de su lomo, y lo sujetó bien con las enredaderas
para que no se cayese. Hizo muchas pruebas para acomodar bien la escopeta,
los cueros y el mate con víboras, y al fin consiguió lo que quería, sin
molestar al cazador, y emprendió entonces el viaje.
La tortuga, cargada
así, caminó, caminó y caminó de día y de noche. Atravesó montes,
campos, cruzó a nado ríos de una legua de ancho, y atravesó pantanos en
que quedaba casi enterrada, siempre con el hombre moribundo encima.
Después de ocho o diez horas de caminar, se detenía, deshacía los
nudos, y acostaba al hombre con mucho cuidado, en un lugar donde hubiera
pasto bien seco.
Iba entonces a
buscar agua y raíces tiernas, y le daba al hombre enfermo. Ella comía
también, aunque estaba tan cansada que prefería dormir.
A veces tenía que
caminar al sol; y como era verano, el cazador tenía tanta fiebre que
deliraba y se moría de sed. Gritaba: ¡agua!, ¡agua!, a cada rato. Y
cada vez la tortuga tenía que darle de beber.
Así anduvo días y
días, semana tras semana. Cada vez estaban más cerca de Buenos Aires,
pero también cada día la tortuga se iba debilitando, cada día tenía
menos fuerza, aunque ella no se quejaba. A veces se quedaba tendida,
completamente sin fuerzas, y el hombre recobraba a medias el conocimiento.
Y decía, en voz alta:
—Voy a morir,
estoy cada vez más enfermo, y sólo en Buenos Aires me podría curar.
Pero voy a morir aquí, solo, en el monte.
Él creía que
estaba siempre en la ramada, porque no se daba cuenta de nada. La tortuga
se levantaba entonces, y emprendía de nuevo el camino.
Pero llegó un día,
un atardecer, en que la pobre tortuga no pudo más. Había llegado al
límite de sus fuerzas, y no podía más. No había comido desde hacía
una semana para llegar más pronto. No tenía más fuerza para nada.
Cuando cayó del
todo la noche, vio una luz lejana en el horizonte, un resplandor que
iluminaba el cielo, y no supo qué era. Se sentía cada vez más débil, y
cerró entonces los ojos para morir junto con el cazador, pensando con
tristeza que no había podido salvar al hombre que había sido bueno con
ella.
Y sin embargo,
estaba ya en Buenos Aires, y ella no lo sabía. Aquella luz que veía en
el cielo era el resplandor de la ciudad, e iba a morir cuando estaba ya al
fin de su heroico viaje.
Pero un ratón de la
ciudad —posiblemente el ratoncito Pérez— encontró a los dos viajeros
moribundos.
—¡Qué tortuga!
—dijo el ratón—. Nunca he visto una tortuga tan grande. ¿Y eso que
llevas en el lomo, qué es? ¿Es leña?
—No —le
respondió con tristeza la tortuga—. Es un hombre.
—¿Y adónde vas
con ese hombre? —añadió el curioso ratón.
—Voy... voy...
Quería ir a Buenos Aires —respondió la pobre tortuga en una voz tan
baja que apenas se oía—. Pero vamos a morir aquí, porque nunca
llegaré...
—¡Ah, zonza,
zonza! —dijo riendo el ratoncito—. ¡Nunca vi una tortuga más zonza!
¡Si ya has llegado a Buenos Aires! Esa luz que ves allá, es Buenos
Aires.
Al oír esto, la
tortuga se sintió con una fuerza inmensa, porque aún tenía tiempo de
salvar al cazador, y emprendió la marcha.
Y cuando era de
madrugada todavía, el director del Jardín Zoológico vio llegar a una
tortuga embarrada y sumamente flaca, que traía acostado en su lomo y
atado con enredaderas, para que no se cayera, a un hombre que se estaba
muriendo. El director reconoció a su amigo, y él mismo fue corriendo a
buscar remedios, con los que el cazador se curó enseguida.
Cuando el cazador
supo cómo lo había salvado la tortuga, cómo había hecho un viaje de
trescientas leguas para que tomara remedios, no quiso separarse más de
ella. Y como él no podía tenerla en su casa, que era muy chica, el
director del Zoológico se comprometió a tenerla en el Jardín, y a
cuidarla como si fuera su propia hija.
Y así pasó. La
tortuga, feliz y contenta con el cariño que le tienen, pasea por todo el
jardín, y es la misma gran tortuga que vemos todos los días comiendo el
pastito alrededor de las jaulas de los monos.
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