Horacio
Quiroga
(1879-1937)
La guerra de los yacarés
(Cuentos de la selva,
1918)
En un río muy grande, en un país
desierto donde nunca había estado el hombre, vivían muchos yacarés.
Eran más de cien o más de mil. Comían peces, bichos que iban a tomar
agua al río, pero sobre todo peces. Dormían la siesta en la arena de la
orilla, y a veces jugaban sobre el agua cuando había noches de luna.
Todos vivían muy
tranquilos y contentos. Pero una tarde, mientras dormían la siesta, un
yacaré se despertó de golpe y levantó la cabeza porque creía haber
sentido ruido. Prestó oídos, y lejos, muy lejos, oyó efectivamente un
ruido sordo y profundo. Entonces llamó al yacaré que dormía a su lado.
—¡Despiértate!
—le dijo—. Hay peligro.
—¿Qué cosa? —respondió
el otro, alarmado.
—No sé —contestó
el yacaré que se había despertado primero—. Siento un ruido
desconocido.
El segundo yacaré
oyó el ruido a su vez, y en un momento despertaron a los otros. Todos se
asustaron y corrían de un lado para otro con la cola levantada.
Y no era para menos
su inquietud, porque el ruido crecía, crecía. Pronto vieron como una
nubecita de humo a lo lejos, y oyeron un ruido de chas-chas en el río
como si golpearan el agua muy lejos.
Los yacarés se
miraban unos a otros: ¿qué podía ser aquello?
Pero un yacaré
viejo y sabio, el más sabio y viejo de todos, un viejo yacaré a quién
no quedaban sino dos dientes sanos en los costados de la boca, y que
había hecho una vez un viaje hasta el mar, dijo de repente:
—¡Yo sé lo que
es! ¡Es una ballena! ¡Son grandes y echan agua blanca por la nariz! El
agua cae para atrás.
Al oír esto, los
yacarés chiquitos comenzaron a gritar como locos de miedo, zambullendo la
cabeza. Y gritaban:
—¡Es una ballena!
¡Ahí viene la ballena!
Pero el viejo
yacaré sacudió de la cola al yacarecito que tenía más cerca.
—¡No tengan
miedo! —les gritó— ¡Yo sé lo que es la ballena! ¡Ella tiene miedo
de nosotros! ¡Siempre tiene miedo!
Con lo cual los
yacarés chicos se tranquilizaron. Pero en seguida volvieron a asustarse,
porque el humo gris se cambió de repente en humo negro, y todos sintieron
bien fuerte ahora el chas-chas-chas en el agua. Los yacarés, espantados,
se hundieron en el río, dejando solamente fuera los ojos y la punta de la
nariz. Y así vieron pasar delante de ellos aquella cosa inmensa, llena de
humo y golpeando el agua, que era un vapor de ruedas que navegaba por
primera vez por aquel río.
El vapor pasó, se
alejó y desapareció. Los yacarés entonces fueron saliendo del agua, muy
enojados con el viejo yacaré, porque los había engañado, diciéndoles
que eso era una ballena.
—¡Eso no es una
ballena! —le gritaron en las orejas, porqué era un poco sordo—.
¿Qué es eso que pasó?
El viejo yacaré les
explicó entonces que era un vapor, lleno de fuego, y que los yacarés se
iban a morir todos si el buque seguía pasando. Pero los yacarés se
echaron a reír, porque creyeron que el viejo se había vuelto loco ¿Por
qué se iban a morir ellos si el vapor seguía pasando? ¡Estaba bien loco
el pobre yacaré viejo!
Y como tenían
hambre, se pusieron a buscar peces.
Pero no había ni un
pez. No encontraron un solo pez. Todos se habían ido, asustados por el
ruido del vapor. No había más peces.
—¿No les decía
yo? —dijo entonces el viejo yacaré— Ya no tenemos nada que comer.
Todos los peces se han ido. Esperemos hasta mañana. Puede ser que el
vapor no vuelva más, y los peces volverán cuando no tengan más miedo.
Pero al día
siguiente sintieron de nuevo el ruido en el agua, y vieron pasar de nuevo
al vapor, haciendo mucho ruido y largando tanto humo que oscurecía el
cielo.
—Bueno —dijeron
entonces los yacarés—; el buque pasó ayer, pasó hoy, y pasará
mañana. Ya no habrá más peces ni bichos que vengan a tomar agua, y nos
moriremos de hambre. Hagamos entonces un dique.
—¡Si, un dique!
¡Un dique gritaron todos, nadando a toda fuerza hacia la orilla—.
¡Hagamos un dique!
En seguida se
pusieron a hacer el dique. Fueron todos al bosque y echaron abajo más de
diez mil árboles, sobre todo lapachos y quebrachos, porqué tienen la
madera muy dura... Los cortaron con la especie de serrucho que los
yacarés tienen encima de la cola; los empujaron hasta el agua, y los
clavaron a todo lo ancho del río, a un metro uno del otro. Ningún buque
podía pasar por allí, ni grande ni chico. Estaban seguros de que nadie
vendría a espantar los peces. Y como estaban muy cansados, se acostaron a
dormir en la playa.
Al otro día
dormían todavía cuando oyeron el chas-chas-chas del vapor. Todos oyeron,
pero ninguno se levantó ni abrió los ojos siquiera. ¿qué les importaba
el buque? Podía hacer todo el ruido que quisiera, por allí no iba a
pasar.
En efecto: el vapor
estaba muy lejos todavía cuando se detuvo. Los hombres que iban adentro
miraron con anteojos aquella cosa atravesada en el río y mandaron un bote
a ver qué era aquello que les impedía pasar. Entonces los yacarés se
levantaron y fueron al dique, y miraron por entre los palos, riéndose del
chasco que se había llevado el vapor.
El bote se acercó,
vio el formidable dique que habían levantado los yacarés y se volvió al
vapor. Pero después volvió otra vez al dique, y los hombres del bote
gritaron:
—¡Eh, yacarés!
—¡Qué hay! —respondieron
los yacarés, sacando la cabeza por entre los troncos del dique.
—¡Nos está
estorbando eso! —continuaron los hombres.
—¡Ya lo sabemos!
—¡No podemos
pasar!
—¡Es lo que
queremos!
—¡Saquen el
dique!
—¡No lo sacamos!
Los hombres del bote
hablaron un rato en voz baja entre ellos y gritaron después:
—¡Yacarés!
—¿Qué hay? —contestaron
ellos.
—¿No lo sacan?
—¡No!
—¡Hasta mañana,
entonces!
—¡Hasta cuando
quieran!
Y el bote volvió al
vapor, mientras los yacarés, locos de contentos, daban tremendos colazos
en el agua. Ningún vapor iba a pasar por allí y siempre, siempre,
habría peces.
Pero al día
siguiente volvió el vapor, y cuando los yacarés miraron el buque,
quedaron mudos de asombro: ya no era el mismo buque. Era otro, un buque de
color ratón, mucho más grande que el otro. ¿Qué nuevo vapor era ése?
¿Ése también quería pasar? No iba a pasar, no. ¡Ni ése, ni otro, ni
ningún otro!
—¡No, no va a
pasar! —gritaron los yacarés, lanzándose al dique, cada cual a su
puesto entre los troncos.
El nuevo buque, como
el otro, se detuvo lejos, y también como el otro bajó un bote que se
acercó al dique.
Dentro venían un
oficial y ocho marineros. El oficial gritó:
—¡Eh, yacarés!
—¡Qué hay! —respondieron
éstos.
—¿No sacan el
dique?
—No.
—¿No?
—¡ No!
—Está bien —dijo
el oficial—. Entonces lo vamos a echar a pique a cañonazos.
—¡Echen! —contestaron
los yacarés.
Y el bote regresó
al buque.
Ahora bien, ese
buque de color ratón era un buque de guerra, un acorazado con terribles
cañones. El viejo yacaré sabio que había ido una vez hasta el mar se
acordó de repente, y apenas tuvo tiempo de gritar a los otros yacarés:
—¡Escóndanse
bajo el agua! ¡Ligero! ¡Es un buque de guerra! ¡Cuidado! ¡Escóndanse!
Los yacarés
desaparecieron en un instante bajo el agua y nadaron hacia la orilla,
donde quedaron hundidos, con la nariz y los ojos únicamente fuera del
agua. En ese mismo momento, del buque salió una gran nube blanca de humo,
sonó un terrible estampido y una enorme bala de cañón cayó en pleno
dique, justo en el medio. Dos o tres troncos volaron hechos pedazos, y en
seguida cayó otra bala, y otra y otra más, y cada una hacía saltar por
el aire en astillas un pedazo de dique, hasta que no quedó nada del
dique. Ni un tronco, ni una astilla, ni una cáscara.
Todo había sido
deshecho a cañonazos por el acorazado. Y los yacarés, hundidos en el
agua, con los ojos y la nariz solamente afuera, vieron pasar el buque de
guerra, silbando a toda fuerza.
Entonces los
yacarés salieron del agua y dijeron:
—Hagamos otro
dique mucho más grande que el otro.
Y en esa misma tarde
y esa noche misma hicieron otro dique, con troncos inmensos. Después se
acostaron a dormir, cansadísimos, y estaban durmiendo todavía al día
siguiente cuando el buque de guerra llegó otra vez, y .el bote se acercó
al dique.
—¡Eh, yacarés!
—gritó el oficial.
—¡Qué hay! —respondieron
los yacarés.
—¡Saquen ese otro
dique!
—¡No lo sacamos!
—¡Lo vamos a
deshacer a cañonazos como al otro!...
—¡Deshagan... si
pueden!
Y hablaban así con
orgullo porque estaban seguros de que su nuevo dique no podría ser
deshecho ni por todos los cañones del mundo.
Pero un rato
después el buque volvió a llenarse de humo, y con un horrible estampido
la bala reventó en el medio del dique, porque esta vez habían tirado con
granada. La granada reventó contra los troncos, hizo saltar, despedazó,
redujo a astillas las enormes vigas. La segunda reventó al lado de la
primera y otro pedazo de dique voló por el aire. Y así fueron
deshaciendo el dique. Y no quedó nada del dique; nada, nada. El buque de
guerra pasó entonces delante de los yacarés, y los hombres les hacían
burlas tapándose la boca.
—Bueno —dijeron
entonces los yacarés, saliendo del agua—. Vamos a morir todos, porque
el buque va a pasar siempre y los peces no volverán.
Y estaban tristes,
porque los yacarés chiquitos se quejaban de hambre.
El viejo yacaré
dijo entonces:
—Todavía tenemos
una esperanza de salvarnos. Vamos a ver al Surubí. Yo hice el viaje con
él cuando fui hasta el mar, y tiene un torpedo. El vio un combate entre
dos buques de guerra, y trajo hasta aquí un torpedo que no reventó.
Vamos a pedírselo, y aunque está muy enojado con nosotros los yacarés,
tiene buen corazón y no querrá que muramos todos.
El hecho es que
antes, muchos años antes, los yacarés se habían comido a un sobrinito
del Surubí, y éste no había querido tener más relaciones con los
yacarés. Pero a pesar de todo fueron corriendo a ver al Surubí, que
vivía en una gruta grandísima en la orilla del río Paraná, y que
dormía siempre al lado de su torpedo. Hay Surubíes que tienen hasta dos
metros de largo y el dueño del torpedo era uno de ésos.
—¡Eh, Surubí!
—gritaron todos los yacarés desde la entrada de la gruta, sin atreverse
a entrar por aquel asunto del sobrinito.
—¿Quién me
llama? —contestó el Surubí.
—¡Somos nosotros,
los yacarés!
—No tengo ni
quiero tener relación con ustedes —respondió el Surubí, de mal humor.
Entonces el viejo
yacaré se adelantó un poco en la gruta y dijo:
—¡Soy yo,
Surubí! ¡Soy tu amigo el yacaré que hizo contigo el viaje hasta el mar!
Al oír esa voz
conocida, el Surubí salió de la gruta.
—¡Ah, no te
había conocido! —le dijo cariñosamente a su viejo amigo—. ¿Qué
quieres?
—Venimos a
pedirte el torpedo. Hay un buque de guerra que pasa por nuestro río y
espanta a los peces. Es un buque de guerra, un acorazado. Hicimos un
dique, y lo echó a pique. Hicimos otro, y lo echó también a pique. Los
peces se han ido, y nos moriremos de hambre. Danos el torpedo, y lo
echaremos a pique a él.
El Surubí, al oír
esto, pensó un largo rato, y después dijo:
—Está bien; les
prestaré el torpedo, aunque me acuerdo siempre de lo que hicieron con el
hijo de mi hermano. ¿Quién sabe hacer reventar el torpedo?
Ninguno sabía, y
todos callaron.
—Está bien —dijo
el Surubí, con orgullo—, yo lo haré reventar. Yo sé hacer eso.
Organizaron entonces
el viaje. Los yacarés se ataron todos unos con otros; de la cola de uno
al cuello del otro; de la cola de éste al cuello de aquél, formando así
una larga cadena de yacarés que tenía más de una cuadra. El inmenso
Surubí empujó el torpedo hacia la corriente y se colocó bajo él,
sosteniéndolo sobre el lomo para que flotara. Y como las lianas con que
estaban atados los yacarés uno detrás del otro se habían concluido, el
Suburí se prendió con los dientes de la cola del último yacaré, y así
emprendieron la marcha. El Surubí sostenía el torpedo, y los yacarés
tiraban, corriendo por la costa. Subían, bajaban, saltaban por sobre las
piedras, corriendo siempre y arrastrando al torpedo, que levantaba olas
como un buque por la velocidad de la corrida. Pero a la mañana siguiente,
bien temprano, . llegaban al lugar donde habían construido su último
dique, y comenzaron en seguida otro, pero mucho más fuerte que los
anteriores, porque por consejo del Surubí colocaron los troncos bien
juntos, uno al lado del otro. Era un dique realmente formidable.
Hacía apenas una
hora que acababan de colocar el último tronco del dique, cuando el buque
de guerra apareció otra vez, y el bote con el oficial y ocho marineros se
acercó de nuevo al dique. Los yacarés se treparon entonces por los
troncos y asomaron la cabeza del otro lado.
—¡Eh, yacarés!
—gritó el oficial.
—¡Qué hay! —respondieron
los yacarés.
—¿Otra vez el
dique?
—¡Sí, otra vez!
—¡Saquen ese
dique!
—¡Nunca!
—¿No lo sacan?
—¡No!
—Bueno; entonces,
oigan —dijo el oficial—. Vamos a deshacer este dique, y para que no
quieran hacer otro los vamos a deshacer después a ustedes, a cañonazos.
No va a quedar ni uno solo vivo, ni grandes, ni chicos, ni gordos, ni
flacos, ni jóvenes, ni viejos, como ese viejísimo yacaré que veo allí,
y que no tiene sino dos dientes en los costados de la boca.
El viejo y sabio
yacaré, al ver que el oficial hablaba de él y se burlaba, le dijo:
—Es cierto que no
me quedan sino pocos dientes, y algunos rotos. ¿Pero usted sabe qué van
a comer mañana estos dientes? —añadió, abriendo su inmensa boca.
—¿Qué van a
comer, a ver? —respondieron los marineros.
—A ese oficialito
—dijo el yacaré y se bajó rápidamente de su tronco.
Entretanto, el
Surubí había colocado su torpedo bien en medio del dique, ordenando a
cuatro yacarés que lo agarraran con cuidado y lo hundieran en el agua
hasta que él les avisara. Así lo hicieron. En seguida, los demás
yacarés se hundieron a su vez cerca de la orilla, dejando únicamente la
nariz y los ojos fuera del agua. El Surubí se hundió al lado de su
torpedo.
De repente el buque
de guerra se llenó de humo y lanzó el primer cañonazo contra el dique.
La granada reventó justo en el centro del dique, hizo volar en mil
pedazos diez o doce troncos.
Pero el Surubí
estaba alerta y apenas quedó abierto el agujero en el dique, gritó a los
yacarés que estaban bajo el agua sujetando el torpedo:
—¡Suelten el
torpedo, ligero, suelten!
Los yacarés
soltaron, y el torpedo vino a flor de agua.
En menos del tiempo
que se necesita para contarlo, el Surubí colocó el torpedo bien en el
centro del boquete abierto, apuntando con un solo ojo, y poniendo en
movimiento el mecanismo del torpedo, lo lanzó contra el buque.
¡Ya era tiempo! En
ese instante el acorazado lanzaba su segundo cañonazo y la granada iba a
reventar entre los palos, haciendo saltar en astillas otro pedazo del
dique.
Pero el torpedo
llegaba ya al buque, y los hombres que estaban en él lo vieron: es decir,
vieron el remolino que hace en el agua un torpedo. Dieron todos un gran
grito de miedo y quisieron mover el acorazado para que el torpedo no lo
tocara.
Pero era tarde; el
torpedo llegó, chocó con el inmenso buque bien en el centro, y reventó.
No es posible darse
cuenta del terrible ruido con que reventó el torpedo. Reventó, y partió
el buque en quince mil pedazos; lanzó por el aire, a cuadras y cuadras de
distancia, chimeneas, máquinas, cañones, lanchas, todo.
Los yacarés dieron
un grito de triunfo y corrieron como locos al dique. Desde allí vieron
pasar por el agujero abierto por la granada a los hombres muertos, heridos
y algunos vivos que la corriente del río arrastraba.
Se treparon
amontonados en los dos troncos que quedaban a ambos lados del boquete y
cuando los hombres pasaban por allí, se burlaban tapándose la boca con
las patas.
No quisieron comer a
ningún hombre, aunque bien lo merecían. Sólo cuando pasó uno que
tenía galones de oro en el traje y que estaba vivo, el viejo yacaré se
lanzó de un salto al agua, y ¡tac! en dos golpes de boca se lo comió.
—¿Quién es ése?
—preguntó un yacarecito ignorante.
—Es el oficial —le
respondió el Surubí—. Mi viejo amigo le había prometido que lo iba a
comer, y se lo ha comido.
Los yacarés sacaron
el resto del dique, que para nada servía ya, puesto que ningún buque
volvería a pasar por allí. El Surubí, que se había enamorado del
cinturón y los cordones del oficial, pidió que se los regalaran, y tuvo
que sacárselos de entre los dientes al viejo yacaré, pues habían
quedado enredados allí. El Surubí se puso el cinturón, abrochándolo
bajo las aletas y del extremo de sus grandes bigotes prendió los cordones
de la espada. Como la piel del Surubí es muy bonita, y las manchas
oscuras que tiene se parecen a las de una víbora, el Surubí nadó una
hora pasando y repasando ante los yacarés que lo admiraban con la boca
abierta.
Los yacarés lo
acompañaron luego hasta su gruta y le dieron las gracias infinidad de
veces. Volvieron después a su paraje. Los peces volvieron también, los
yacarés vivieron y viven todavía muy felices, porque se han acostumbrado
al fin a ver pasar vapores y buques que llevan naranjas.
Pero no quieren
saber nada de buques de guerra.
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