Antonio
Benítez Rojo
(La Habana, 1931-
Massachusetts, 2005)
Evaristo
Tute de reyes
(La Habana: Ediciones Casa de las Américas, 1967, 124 págs.),
págs. 45-66
Y no es que Evaristo fuera un poeta, pero lo que más le gustaba era que lo paseara por la avenida de las flores que se abría frente a la casa, saboreando el dibujo de los laureles recortados a la inglesa y el desfile de las niñas de blusa roja y pantalón azul, vagamente puntuales y con sus libros bajo el brazo. El resto del tiempo se lo pasaba en el patio, en sencillas distracciones que imaginaba desde su sillón de ruedas. Allí le suministraba todos sus alimentos: desde el desayuno (desprovisto de café por prescripción facultativa) hasta la leche con malta de las nueve de la noche, que con gran merma y frecuencia de tercianas se le atragantaba por misteriosa razón.
Mi empleo con Evaristo casi llegaba a dos años. Yo merodeaba unas latas de basura en un baldío de Miramar —el saco de yute terciado al hombro, el báculo en bandolera—, cuando una voz destemplada comenzó a gritar «!papá!» desde la acera de enfrente. Era tanta la insistencia del graznido contrariante que volví la cabeza esperando ver un papagayo; pero era Evaristo. Evaristo que me señalaba torcidamente mientras agarraba el vestido negro de su madre, impidiéndole caminar, mover el sillón de ruedas a lo largo de la acera.
—¡Papá! ¡Papá! -—seguía gritando Evaristo.
Y como la vieja hacía gestos para que me acercara, crucé la calle y me detuve junto al sillón, el sombrero apoyado en el pecho, la cabeza humillada y la mano extendida al óbolo potencial.
—¿Por qué no trabaja? —preguntó la vieja colocándome dos centavos en la palma—. ¿Qué hace? ¿Qué ha hecho? —Y con sus dedos descarnados apretaba el crucifijo que le colgaba del cuello, largo y macilento como un cirio de procesión.
Yo guardé las monedas sin contestar sus preguntas, burlándome interiormente: permutar mi pasado por aquella calderilla; pretender que le contara que era un ex oficial de Batista pasándose por limosnero para huir de la sentencia: la muerte de espaldas al paredón, los ojos vendados; quizás boca arriba, la solución poética del tiro de gracia —otras veces otorgada por mí a los cuerpos convulsos— apuntando el alba.
—¿Quién es usted? ¿Qué sabe hacer? —continuaba la vieja.
—Soy una oveja descarriada, señora. Me perdí en una sélva oscura por haberme separado del camino recto —dije, citando al Dante, la risa contenida en los carrillos como bolas de spaghetti.
—¡Papá! dijo Evaristo, tirando de la soga que me ceñía la cintura.
—Evaristo lo confunde con mi esposo, que en paz descanse. Debe ser la longitud de la barba... la brevedad de su figura...
—Me honra el parecido, señora. Rezaré por el alma de su esposo con especial devoción.
Un puchero de pálidas rojeces arremangó la nariz de la vieja. «¡Tenga! ¡Tenga!», exclamó, alargándome una peseta.
—Gracias, devota dama. Si me permite empujaré el sillón hasta donde sea preciso—. Y me acordaba de una película en que Arturo de Córdoba se había .enriquecido implorando caridades por las calles porteñas (claro está que él no era como yo, no tenía la desventaja de los nervios).
En medio de recomendaciones, a las que asentía oscilando la cabeza como si fuera un caballo, manipulé la herrumbrosa barra y eché mi cuerpo sobre el vehículo; Evaristo, muy contento, vociferando salivosas estupideces, que la vieja coreaba con un mejunje de rezos. Así llegamos a Santa Rita, en la calle veintiséis, donde la vieja cumplía una de sus novenas. Bajo los árboles del parque aguardé con Evaristo a que ella terminara de repasar su rosario; después llevé el sillón a lo largo de la avenida, hasta llegar a la casa, que como muela cariada se embutía en la cuadra blanca. La vieja abrió la puerta y se hizo cargo del sillón; me deslizó un billete en la chaqueta recordándome la promesa de rezar por su marido. Pero cuando me despedía, Evaristo se aferró a uno de mis bolsillos, logrando que, tras excesivos titubeos, la vieja me propusiera el empleo de compartir sus quehaceres.
Había un punto en que no nos poníamos de acuerdo: ella insistía en que me afeitara la barba; yo argumentaba que no era por ostentación que la había dejado crecer sino por una promesa a San Cristóbal, que la poda me descaracterizaría ante Evaristo; pero al fin retiró el capricho y entré en posesión del cargo. Recuerdo que lo tomé como algo providencial; aquella mañana habia leido en un periódico olvidado que el Gobierno se proponía rehabilitar a los mendigos, demagógico proyecto que para mí era la muerte.
Cuidar de Evaristo constituía el grueso de mi tarea. También limpiaba la casa, pero se usaban pocas habitaciones y el trajín era liviano. Lo que me daba más trabajo era bañar a Evaristo. Con los días me di cuenta que lo aterraba la bañadera. Entonces fue más fácil: en el mismo patio enchuflaba la manguera y lo rociaba que daba gusto; él resoplando desde su sillón de ruedas, haciendo molinetes con los brazos como un vapor del Misisipí. Aquellos eran buenos tiempos. Cuando Evaristo cumplió trece años le dimos una fiesta. Los niños del barrio no asistieron. Con todo y eso logró apagar dos velitas, nosotros cantándole el «Happy Birthday».
Era inquietante el aspecto de Evaristo (se diría que ya no lo es, hablando uno así, en pasado; en realidad lo desconozco: he preguntado por él, moderadamente, como al pasar, pero aquí me ocultan todo): su cabeza tenía la simplicidad del huevo, y como llevaba el cabello al rape, para impedir que se lo arrancara, se le acentuaba el defecto. Más que sus desatinados gestos y la complicadísima disposición de sus pupilas, eran sus piernas las que agarraban al observador experto: aquellas piernas retorcidas, trabadas en arabesco de mensaje indescifrable.
La vieja apenas me molestaba. Se hacía cargo de la ropa, de la labor culinaria. Calculaba los tiempos de freír y salcochar a base de Credos, Padre Nuestros y Misterios de rosario, y como era atolondrada para las cuentas exactas, su mala cabeza le salía en el gusto a chamusquina o en la dureza de las viandas. Gustaba de leer novelas eróticas que le suministraba un chino silencioso; y después de confesarse en Santa Rita se encerraba en su cuarto para hacer la penitencia, que siempre exageraba. Yo me divertía mirándola por el ojo de la cerradura, viéndola sonarse el cuero con un manojo de sogas, dando saltos garrafales perseguida por sus propios chicotazos.
A Evaristo lo paseaba de tarde, por las veredas del parque y por los alrededores de la torre del reloj, casi florentina; aunque a veces, cuando era temprano, llegábamos a la fuente de aguas luminosas que se alza frente al río. Después regresábamos, él protestando con espesos gruñidos, sobrecogiendo a las niñas que cruzaban la avenida.
Así discurrieron meses. Un día y otro eran perfectamente iguales. Y en esa ausencia de cambios encontraba, si no el sosiego —los sueños con Luisa eran terribles— el compás adecuado para esperar tiempos mejores. Ya no temía que un suceso inesperado me arrojara a la calle, me llevara al paredón: en el caso de Evaristo no cabían curaciones ni muertes inoportunas; era un idiota sólido, inalterable, genuino; su mal no tenía remedio, tampoco desarrollo. Además, la vieja no pensaba abandonar el país, era feliz a su modo. Con la indemnización que le pasaban mantenía colecciones de estampas policromadas con oraciones al dorso, que a veces, en profanación ingenua, marcaban las ilustraciones de sus libros reprobables. Estaba de atar la vieja. También le daba por las medicinas, y atiborraba a Evaristo por distintas vías, y a las flores las regaba con agua vitaminada. Pero es preciso organizar mi relato, acabarlo mientras dure la acción del sedativo. Escribiré sucintamente.
La tarde en que las cosas comenzaron a variar era como correspondía: fría y húmeda. Desde la mañana una llovizna tenue caía sin vacilaciones, las gotas en la madera sonando a parches enlutados.
—¡Pasear! —dijo Evaristo desde la cama, sacándome de mis pensamientos.
—Está lloviendo, Evaristo.
—¡Pasear!
—Bueno, hasta la puerta del patio solamente —le advertí mientras salía de entre las sábanas.
Hacía un rato que bajo el dintel contemplábamos el pequeño paisaje: el lagrimear de la enredadera de jazmín; la desintegración de una colilla, la mezcla de abono y tierra asimilando el tabaco; el vaivén de una lagartija en medio de un charco, el vientre amoratado que terminaba bruscamente, sin la elongación del rabo. De pronto todo se detuvo. Silencio. Silencio integral. La lluvia suspendida sobre el patio, inmóvil, contraviniendo las reglas. Entonces vi a Luisa. La reconocí desde el primer momento. El sillón flotaba junto al cantero de rosas blancas, la mano pálida y larga sostenía una regadera. Las ruedas giraron y el sillón se movió hacia la hilera de macetas; se detuvo: Luisa se inclinó sobre las flores, comenzó a regarlas; luego alzó la cabeza, y apartando la madeja amarillenta y lacia me miró con los ojos de sus últimos momentos. Cuando levanté la vista había desaparecido. En su lugar estaba Evaristo haciendo molinetes con la regadera.
Miré el cielo; ya no llovía. Un pájaro negro descendió al patio y se escurrió las alas. Lo tomé como un presagio: Luisa regresaría.
Había comenzado a soñar con Luisa el mismo día que me ocupé de Evaristo. Yo no conocía los apellidos de Luisa, pero me acordaba de ella. Nuestro encuentro había sido tan intenso...
De momento ni siquiera supe que la había matado —es necesario escribir la palabra—; y si no es por Firpo, que me lo dijo en el carro, no me hubiera dado cuenta. Firpo era sargento de la Sección de Investigaciones, mi hombre de confianza. En realidad no se llamaba Firpo, pero era grande y fuerte, un verdadero peso completo, y le gustaban los tangos y hablar como los argentinos.
—La desnucaste, che —me dijo arrancando el carro.
Yo no contesté. Miraba como la gente de la cuadra la sacaba por la puerta estrecha, cómo pasaban trabajo, ella tan frágil, tan livianita.
—Pucha el tiro que le metí al hermano —me dijo Firpo aquella noche, en el cabaret del muelle y ya vestido de civil. Era terrible el Firpo. Mataba por matar, y a veces torturaba. Yo era distinto; pero me gustaba que él fuera mi sargento, que impresionara a la gente con su porte de campeón; sobre todo las noches en que nos íbamos de fiesta o a jugar a la ruleta. Entonces me hacía acompañar de una mulata bellísima, de la Guayana Holandesa, que bailaba en el Capri. Nos entendíamos por señas. A mí me encantaba bailar en las pistas llenas, el contacto con el público, los entreactos, los conciertos; Firpo no entendía de arte, pero disfrutaba con mi trato, con mis ocurrencias. Me parece estarlo viendo al Firpo, siempre aplaudiéndome cuando me dejaba ir frente a la orquesta típica, organizando la rueda en torno a Ger-trude y a mí; y yo en el centro, dominando mis nervios, bailando casi como un profesional, soltándole a la gente los pasillos que Gertrude me enseñaba; y Firpo batiendo sus enormes palmas, siempre tan servicial el pobre Firpo.
Yo era distinto.
También con Luisa había sido distinto.
Eutanasia por razones estéticas. Pero había sido distinto; yo no había disparado (el cañón en la sien, algo hacia adentro, eficiente). Tampoco ella había sido torturada. Estaba allí, quieta, en la sala de su casa. Los detalles no los recuerdo. Creo que yo registraba el librero. Sí..., algo de Villena, Lorca, Lenin... En fin, lo de siempre. Estaba frito el muchacho y Firpo ya lo había esposado. De repente aquella presencia pálida; los ojos azules muy asustados, a punto de suplicarme por el hermano; los dedos de porcelana crispándose sobre las ruedas; las piernas bajo la manta escocesa, los cuadros verdes y rojos zurcidos con esmero. Sentí un impulso y fue fácil. Cerré el libro, el de Lorca, creo. Llevé el sillón a través de la puerta, al borde de la escalera; luego un levísimo gesto y ella había rodado al fondo, algo aparatosamente pero sin dar un grito, una queja; sólo aquella mirada, desde allá abajo, los cabellos estremeciéndose apenas, chorreando de los peldaños a su cabeza. Eso fue todo. En silencio crucé sobre ella, sin saberla muerta. Las ruedas aún giraban sobre la manta esparcida.
—¡Luisa! —gritó el muchacho desde la puerta alta, deshaciéndose de Firpo.
Yo salí a la acera mientras Firpo disparaba.
Hacía frío en la calle. Esperé dentro del carro.
—Qué te parece, che. Dos pájaros de un tiro. ¡Qué charada, dos pájaros de un tiro!
Y soñaba con Luisa.
Pasaron los días sin mayores acontecimientos. La vieja cogió catarro y me dio bastante lata; decía que se iba a morir, que le trajeran el cura, la vieja calambuca. Evaristo como siempre, entreteniéndose en el patio. Pero una mañana tuve que rehuir su mirada. Fue al llevarle el desayuno. La vieja también parecía notarlo y a cada rato salía de su cueva sonándose las narices, mirándome por arriba del pañuelo; hasta volvió el sillón que yo había puesto cara al muro. Guardaba silencio. Yo, para fastidiarla, también me hacía el desentendido y limpiaba la casa como si tal cosa, como si los ojos de Evaristo no se hubieran vuelto azules de la noche a la mañana. Azules como los de Luisa.
Ahora debo interrumpir estas lineas, esta confesión (sin duda singular: se dirá que hay estilo, un espíritu cultivado). El interrogador ha solicitado entrar, amable el interrogador. Trae un nuevo calmante, según dice... Luego me fusilarán. Al menos ésa es mi impresión.
Recuerdo una noche en que el aire golpeaba las ventanas.
—Agua —había dicho Luisa desde el fondo de la escalera.
Y yo soñando y la rueda dando vueltas.
—Agua. Agua —suplicaba.
Yo nunca había escuchado su voz, delgada y tensa como un alambre.
—Agua.
Abrí los ojos.
La oscuridad era casi absoluta.
El aire culebreaba por entre las persianas.
—Agua.
Me restregué la cara.
—Agua —dijo Luisa desde algún lugar del cuarto.
A tientas busqué la lámpara del velador, pero la hice caer con ruido de platos rotos; ahora estaba sin luz y el chucho al otro lado del cuarto y con Luisa dentro, pidiéndome agua y con aquella oscuridad.
Sudaba frío. El jadeo de Luisa surgía de la pared más lejana.
Traté de localizarlo, de situarlo en su garganta. Nada.
Sí.
Una mancha blanca flotaba cerca de la cama de Evaristo, en el sitio de la puerta. Cambiaba de forma. Se movía de un lado a otro. Podía escuchar su roce contra la madera.
—Agua. Agua —dijo Luisa por arriba del viento, balanceándose con más agitación.
Con los ojos ¿errados me bajé de la cama. Caminé despacio y decidido a todo, los brazos extendidos, las rodillas temblorosas. Tenía que salir del cuarto, escapar de allí aunque tuviera que atravesar aquella casa. En la mitad del camino oí abrirse la puerta y una corriente me heló la espalda. Continué caminando, me ahogaba. De pronto los dedos se me hundieron en una carne fría y viscosa que gimió entre mis manos, debatiéndose. Era demasiado. Me desmayé.
Cuando abrí los ojos la luz estaba encendida; la vieja me rociaba la frente con agua fría. Tenía la cara embarrada de «cold-cream», la vieja estúpida. Mis dedos estaban llenos de la maldita pomada, pegajosos. La vieja no hablaba y seguía salpicándome, atentamente, como si fuera una maceta sin flores.^ De un salto me incorporé, y empujando a la vieja cerré la puerta: la toalla de Evaristo colgaba del perchero, balanceándose groseramente, impulsada por el aire de las persianas abiertas. Miré a Evaristo. La vieja también me miraba y miraba a Evaristo, que se rascaba el vientre como si fuera un mono.
—Pero la voz, la voz... —rugí en medio del cuarto.
—Agua —dijo Evaristo, señalando la botella que la vieja sostenía—. Agua —repitió.
Probé a andar con algodones en los oídos; pero era inútil: la voz de Luisa continuaba oyéndose, la voz de Luisa cada vez que él hablaba. Y la vieja haciéndose la zorra, la vieja hipócrita y perversa.
Los días los pasaba muy nervioso. No me venía el sueño y las cosas se me caían de las manos. Con vehementes y humillantes frases la vieja me reprochó la rotura de la motera del baño y de un búcaro de cristal de roca. «¡Regalos de boda! ¡Dos regalos de boda en una semana!», y amenazaba con despedirme, con devolverme a la calle.
Entonces decidí suprimir a Evaristo.
Me iba la vida si no lo hacía. Pero tenía que ser una cosa segura.
Una mañana di con el método óptimo. Lo hallé de repente, mientras la vieja decapitaba un ámpula de B-12 frente a las nalgas de Evaristo. El plan era tan sutil, tan doméstico, que hubiera confundido a Holmes, hasta al mismo Father Brown. Después, cuando todo hubiera concluido, continuaría al lado de la vieja, la serviría esperando mi momento, el giro favorable de la Historia.
Aquel martes me levanté temprano. Evaristo dormía como siempre, con la cabeza cubierta. Sigilosa-ente salí del cuarto, pasé junto a la puerta de la vieja y llegué al comedor; busqué en la gaveta, saqué el estuche de piel negra, corrí el botón del cierre y abrí la tapa: las agujas hipodérmicas brillaron. Las había de todos los tamaños. Saqué una y verifiqué la medida usando el índice como parámetro. No había duda: era el arma homicida. La emoción me hizo perder el pulso y casi se me cayó la jeringuilla. Guardé el estuche y me fui a la cocina sosteniendo la aguja. Abrí la puerta que daba al pasillo, la antigua entrada de servicio, me agaché junto al cantero de vicarias e introduje la aguja muy próxima al tallo, horizontalmente, para que no se tupiera con la tierra húmeda.
Acababa de marcar el sitio con un pedazo de madera cuando el chancleteo de la vieja se aproximó a la cocina. Después vino la hora de inyectar a Evaristo y fue cosa de niños cambiar la aguja del plato, escamotearla mientras se enfriaba junto a la jeringuilla.
El ámpula número nueve de aquella serie alterna permaneció intacta en su caja: Evaristo había amanecido irritado, con fiebre y rehusando abrir la boca. Eran los síntomas del tétanos. Un ataque agudo, a juzgar por el corto período de incubación. Mi plan se desarrollaba con éxito. Yo me alegraba porque ya era tiempo: hacía dos días que él respiraba por la nariz de Luisa y las cejas se le estaban aclarando.
La vieja, a pesar de mis esfuerzos por complacerla, parecía desconfiar de mí. Lo extraño era que no hablaba de los cambios de Evaristo; quizá no los notara, la vieja imbécil; pero de una forma u otra sospechaba de mí y me vigilaba regañándome al menor descuido; hasta volvió con aquello de que me afeitara la barba poniéndome de plazo hasta el último de mes. Yo trataba de quedar bien a ver si se le pasaba, y le limpiaba la casa esforzadamente, a pesar de mis trastornos: las ganas de verlo muerto, de que acabara de reventar, me habían desajustado el sistema; del fondo de mi cerebro fluía de repente una tremenda energía que tenía que gastar a riesgo de volverme loco; lo malo es que no podía controlarla. Así, a veces, empezaba a restregar la mesa con el trapo, dale que dale con el trapo, de arriba a abajo, ferozmente y escupiéndolo para que diera brillo; pero no podía terminar; la fuerza por ejemplo, se me alojaba en los pulmones. Entonces tiraba el trapo y me ponía a barrer la sala cantando supuestas arias para desahogarme a gritos.
Con Evaristo me sucedía lo mismo, y en los paseos de la tarde emprendía trotecillos que acababan en frenéticas carreras a lo largo de la avenida, que él aprobaba con ostentosos visajes.
Acometido por aquellas fuerzas primitivas transcurrió mi espera, a pesar de medicamentarme con colosales dosis de meprobamato.
Y de pronto Evaristo enfermo y subiéndole la fiebre.
—Es tétanos. ¿No ve que tiene las quijadas trancadas? —le había dicho a la vieja sin poderme contener.
—¿Usted cree? —gimoteó ella, dejando caer el termómetro.
—Seguro. ¿Se cree que puede andar por ahí sin hervir bien las agujas? ¡Las agujas hay que hervirlas veinte minutos!
—¿De verdad que usted cree que tiene tétanos? —lloriqueaba, restregándose las manos.
—No hay duda.
—¿De verdad que usted lo cree?
—Incuestionablemente. ¿No le ve el hocico?
Yo la dejé que fuera hasta el teléfono, a llamar al hospital: la inoculación había sido profunda y mi plan no tenía fallo. Aproveché para acercarme a la cama (antes de que Evaristo se cubriera la cabeza, después de mi diagnóstico, le había visto algo raro en el rostro). Alcé la punta de la sábana y quedé atónito: era como el retrato de Dorian Gray pero a la inversa: la belleza lánguida de Luisa ganaba terreno sobre Evaristo. El cambio se producía velozmente, el movimiento de las carnes era sensible a la vista. Salí del cuarto anonadado. La vieja andaba en el teléfono. No había tiempo que perder: la enfermedad aceleraba el proceso, y dentro de unos minutos...
—¿Qué le pasa que está tan pálido? ¿Le sucedió algo a Evaristo? ¿Por qué calla? ¡No... No me lo diga! ¡Se murió! ¡Se me murió mi Evaristo!
—¿Muerto?... Sí, sí —mentí prudentemente—, no tiene por qué llamar a la ambulancia, ha muerto—. Y adelantándome a la vieja corrí al cuarto, moví el pestillo que trababa la cerradura por dentro y cerré la puerta enfrentándome a ella.
—¿Pero qué ha hecho? ¡Dios Santo! ¡Déjeme entrar, déjeme...!
Me costó mucho trabajo convencerla, pero al fin entró en razones. Estaba claro que su corazón no resistiría la proximidad del cadáver. Lo velaríamos del otro lado de la puerta. Por la mañana se llamaría a la funeraria y el entierro sería en la tarde. ¿El certificado de defunción? No era imprescindible, más bien un trámite menor; de todos modos un amigo de la infancia administraba el cementerio y todo se arreglaría. Ahora podía pensar con calma.
La vieja fue hasta su cuarto y volvió con el rosario. Yo la veía rezar mientras maduraba un plan, no fuera a ser que Evaristo no se muriera en la noche. Por lo pronto tenía tiempo para pensar. Pero llamaron a la puerta.
—Tocan —dijo la vieja, y yo sin saber qué hacer.
—Será algún limosnero —dije con displicencia.
—Ahora vuelven a tocar —insistió abandonando el rosario, corriéndose a la punta de la silla.
—¿Y qué quiere que yo haga? ¿No le he dicho que es un limosnero? ¿Es que no conoce el toque?
—¡Pero es que están dando golpes en la ventana!
—¡Eso es una falsedad! ¿Acaso no sabe que los limosneros jamás tocan en las ventanas?
La vieja se había puesto de pie y me hacía perderla paciencia, me irritaba los nervios. De pronto la misteriosa fuerza se prendió a mis bíceps irradiando a los codos, las muñecas. Yo hice algunas contorsiones a ver si me abandonaba, si podía sacármela de encima; pero tuve que desfogarla destrozando una silla contra el suelo. En el descuido ella se me fue por un costado y antes que la sujetara pudo llegar a la puerta. Yo la solté enseguida no fuera a ser que gritara, que llamara la atención, y me puse a limpiar el polvo de la consola italiana mirando con disimulo. Entraron dos enfermeros y un médico; vestían blusones verdes y sus ojos eran enormes. Colocaron la camilla en el sofá y se acercaron a la vieja. Por suerte el susto me tranquilizó bastante, y dejando de limpiar los recibí sonriendo, aunque olfateaba el peligro. Valiéndose de sus
mañas la vieja me había tomado el pelo y ahora no tenía plan. En cuanto a huir, ni pensarlo.
Los hombres la siguieron hasta el cuarto de Evaristo. Yo me retrasé recogiendo los restos de la silla, las señales de violencia.
—La puerta está cerrada —dijo uno de ellos.
—El la cerró, doctor.
—¿Usted cerró la puerta?
—¿Yo?
—Sí.
—¿La puerta?
—Claro.
—¿Qué puerta? —dije haciéndome el distraído. Tenía que ganar tiempo.
Pero no me hicieron caso. El médico pidió un destornillador y pudo zafar las bisagras. Luego entraron en el cuarto y rodearon la cama. Evaristo seguía cubierto y eso me daba unos segundos adicionales.
—¿Usted cree que está muerto, doctor?
El médico guardó silencio y alargó el brazo hacia la sábana. Se veía que era el brazo de un hombre competente. Y yo poniéndome nervioso y sin terminar el plan.
Con indiferencia me recliné a la ventana. Nadie hablaba. Busqué el tubo de meprobamato, pero lo había dejado en la cocina. No podía concentrarme y ahora estaban cuchicheando. Agucé el oído: el radio de la casa de al lado me impedía precisar las palabras: aunque me pareció que el médico dijo algo de «placas en la garganta»; sin duda para confundirme, para que cayera en una trampa. Ahora hablaba la vieja, mencionaba mi nombre, el de Evaristo; lo había escuchado distintamente, su voz chillona por arriba de la música. ¡Esa música...! ¿Por qué alguien no apagaba el radio? Era un cha-cha-chá y me recordaba a Ger-trude; Gertrude y yo, bailando en la pista llena. Las piernas me hormigueaban sospechosamente. Me tapé los oídos, pero sentía el ritmo dentro de mi cabeza, el güiro raspando dentro de mi cabeza. Poco a poco la maldita energía me trabajaba las piernas, me aflojaba las caderas. Comencé a mover los dedos en el interior de los zapatos y me prendí a los barrotes. ¡Quizá sin la música...! Pero ahora sonaba más fuerte, más fuerte... Los pies se me iban con el ritmo y me alejé de la ventana dando saltitos hacia atrás. Casi salía del cuarto cuando comenzó el montuno: era la orquesta típica de Aragón, y la flauta de Egües se retorció en espirales que apoyaban los violines. Yo di un salto incomprensible y caí haciendo el «charles-ton»; luego hice el «patinado», el «cosaco» y ya no pude precisar. La energía me invadía el cuerpo y me lancé al paroxismo. Los hombres verdes me miraban, me hacían la rueda; y la vieja... la vieja y Luisa también. Yo daba vueltas tratando de alcanzar el hueco de la puerta, pero la elíptica me fallaba casi al llegar al marco. Estaba exhausto y la flauta seguía sonando, metiéndoseme por los pies hasta agarrarme el cuello; yo gritaba estentóreamente para aliviar la presión; y giraba, giraba ya sin distinguir los rostros, sin poder controlar mis alaridos. De pronto se terminó la música y preso de temblores me desplomé junto a la cama. El ímpetu me abandonaba en medio de espantosos vértigos; me revolcaba como un poseso y mis articulaciones crujían al liberarse de las fuerzas; sólo en la base del cuello parecía quedar algo, en la garganta, en la lengua, que se movía con absoluta independencia. Mi voz sonaba ronca, atropellada. Al principió no distinguía mis palabras; pero ahora hablaba de Luisa, de Firpo, de Evaristo... Lo contaba todo. Estaba perdido. Traté de ahogar mi voz mordiendo un extremo de la sábana, mascando el relleno de la almohada. Pero era inútil, seguía escuchando mis palabras. Casi llegando al final se me fue todo el aliento. Después enmudecí. Miré a mi alrededor: los hombres verdes se acercaban; la vieja, detrás de ellos, empuñaba un crucifijo. Me incorporé de un salto, la espalda pegada a la pared, tratando de evadir sus experimentados brazos. Estaba rodeado. No tenía escape. Pero Dios sabe que estaba dispuesto a luchar.
Sólo que en eso vi a Luisa. Luisa arrastrándose junto a las piernas de la vieja; Luisa mostrándome sus dientes húmedos, silbando como un reptil, su cabeza cada vez más cerca. Entonces perdí el sentido.
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