Antonio
Benítez Rojo
(La Habana, 1931-
Massachusetts, 2005)
Peligro en La Rampa
Tute de reyes
(La Habana: Ediciones Casa de las Américas, 1967, 124 págs.),
págs. 109-120
Frente a la marquesina iluminada del cine se paró a encender un cigarro, acomodó el bulto de la bomba bajo el brazo izquierdo y pensó que le gustaría oír una buena música de fondo (un «sound track» como el de Ascensor para el Cadalso) hasta la puerta del Wakamba, tres cuadras más abajo. En el reloj de la taquilla eran las nueve menos cuarto, igual que en el suyo, que en el de la bomba, seguramente; tendría que caminar despacio para no esperar por Bebé en el Malecón; era peligroso. Dobló la esquina y el aire frío le caló la chaqueta; arriba, algunas nubes corrían por el cielo prusia. Consignas revolucionarias colgaban de los edificios fundamentales.
Oyó discutir a su espalda a un grupo de estudiantes, y los dejó pasar. Después de la nacionalización de las empresas la situación estaba candente en la Universidad. «Está candente en todos lados», pensó. Y él caminando por la Rampa como si tal cosa, como si lo que llevara envuelto en papel periódico no fuera una bomba. Volvió a sentir la necesidad de una música que lo sacudiera, que lo sacara de aquel sopor de autómata en que las píldoras lo habían metido. Cuatro se había tomado; el doble de la dosis de Bebé. Curioso que el Catalán no le cortara el hábito a Bebé, él tan puntilloso con las drogas. Porque aquello era una asquerosa droga que le hacía olvidar el miedo a uno, el miedo a matar, a ser muerto junto al latón de basura del Wakamba o contra el paredón. Pero no, todo le saldría bien. Con el Catalán también: se había anticipado dos horas para colocar la bomba por si tramaba algo, uno nunca sabía con el Catalán; de todos modos mañana lo llamaría para proponerle el retorno de Bebé, la hcrmanita mimada, y se arreglaría con él para el viaje del jueves. Un frenazo le hizo volver la cabeza: el tráfico se amontonaba al pie de la luz roja; los motores ronroneaban para mantener la distancia en el declive. Saliendo desde detrás de unas muchachas de cofias blancas, que ocupaban la acera, dos policías venían hacia él con paso decidido; se detuvo y palpó la cacha de la pistola, pero los hombres giraron de pronto y subieron la escalera del Mandarín. No había problema. Con sus nervios y su buena suerte todo saldría bien.
—Te desenvuelves con éxito —le había dicho el Catalán la tarde que lo había llamado a la oficina del Vedado.
—Tengo suerte —había dicho él, declinando el Montccristo y manteniéndose de pie, algo nervioso, frente al enorme escritorio de palisandro.
—Sé que tienes instrucción, que has frecuentado la Universidad.
—Empecé Derecho, y luego Letras. Pero prefiero el juego. Me gusta trabajar la ruleta.
—Alguien me contó que haces versos y que los recitas con vehemencia.
—Uno hace lo que puede.
—Eso está bien —había dicho el Catalán, riéndose.
Yo también hago lo que puedo. Lo de la poesía está bien. A mí me gusta mucho la poesía, y la ópera, y las artes plásticas.
Entonces se había puesto serio y le había ofrecido trabajo, y él había seguido el gesto de la mano enérgica y se había sentado para escuchar a aquel hombre de quien se hablaba tanto.
—Deja a los americanos, nuestra organización es consecuente con los individuos como tú.
Y él había aceptado aunque le molestaba su afectada manera de hablar, sus gestos siempre estudiados. Había aceptado porque ya tenía planes con Bebé, porque ya ella le había devuelto la mirada desde el otro lado del tapete, los ojos de pájaro entrampado brillando sobre el collar de esmeraldas. «Hagan juego... No va más», el nueve negro y otra vez la sonrisa de Bebé, la nota de su teléfono barajada con las fichas; luego sus mejores versos, las citas en la tertulia del Atlantic, las llamadas clandestinas. Bebé Ferrat, la hermana del Catalán. Bebé...
—¡Sálvese! ¡Sálvese y no viva en el pecado! Lea estas palabras y sálvese— dijo de repente un mulato vestido de blanco, alargándole un volante: el fin del mundo estaba próximo... Gedeón... Los Testigos de Jehová... ¡Aleluya! ¡Aleluya!, y todo con letras góticas. Guardó el papel en un bolsillo sin hacerle caso al hombre, y entre la gente cruzó la calle. Se tomaba café en la funeraria Caballero.
—Huye de las drogas y bebe con moderación. Llegarás lejos —le había dicho el Catalán la noche en que había delatado a Enriquito y ya era de confianza. Y al día siguiente Bebé lo había llamado alentada por el comentario en el desayuno; luego la advertencia: «Pero, por favor, todavía no le cuentes a mi hermano de nosotros». Y él había esperado y verdaderamente se. había esforzado en el trabajo.
Fue después del asunto Gasparini, en medio de la celebración anual del Floridita, cuando se había atrevido a abordar al Catalán. Lo había seguido al urinario antes de que sirvieran el café, y mientras se arreglaban frente al espejo le había dicho a quemarropa:
—Bebé y yo nos queremos.
Al principio pensó que él no lo había oído, pero de pronto estalló la carcajada, precisa y rebuscada como sus frases, luego convulsa, hasta irse de los labios finos. Entonces el Catalán lo había abofeteado agarrándolo de la corbata, y lo había tirado sobre el cesto de papeles ante los ojos grandes del negro sentado junto a la puerta.
—Olvida a Bebé o el castigo será severo. Tú sabes que yo puedo hacerlo —había dicho el Catalán alisándose el pelo—. Desde hoy sólo harás trabajos modestos; el salario te será rebajado.
El se había levantado escupiendo sangre, y al rechazar el gesto solícito del negro había gritado, imitando su voz:
—Raciona tus micciones en el nuevo año, Catalán, son excesivas.
Pero la puerta ya se había cerrado y el insulto había quedado del lado de las losas blancas. Aquella madrugada huyó Batista.
Se lo había dicho Bebé, llamándolo a escondidas a las dos y cuarto, su voz más temblorosa que nunca, y de paso había roto con el hasta el encuentro casual del otro día junto al piano de Frank Emilio. «No te he podido olvidar. Llévame contigo», había dicho ella entonces, un poco borracha y apretándole la mano; y él había aceptado.
—¡Cuidado, que lo van a arrollar! —exclamó una vieja, al borde de la acera, agitando una mano que parecía de palo.
Retrocedió hasta la gente que aguardaba el cambio del semáforo. Desde allí podía ver el barril, junto a la puerta de la cafetería. Dos hombres conversaban frente a él apoyados contra el guardafango de un Chevrolet negro. No vestían de uniforme. Agarró la bomba con una mano, a la altura del muslo, y en diagonal atravesó la calle, el paquete separado del cuerpo, como si fuera basura. «Todo saldrá bien. Mañana le pediré al Catalán veinte mil dólares por el regreso de Bebé y que hable con el Mago para que me lleve en la lancha». Y en unas horas Cayo Hueso, Miami. El olor a marisco podrido le hizo alzar la cabeza: estaba junto al barril. Sin mirar a los hombres colocó la bomba sobre los restos de comida. Al sacar el brazo notó que unos granos de arroz amarillo se le habían pegado en la chaqueta. Se sacudió y reanudó la marcha. Había terminado su último trabajo para el Catalán.
Dobló la esquina de Humboldt en dirección al mar. El carro de Bebé lo recogería junto al muro, a las nueve.
—Con el cañonazo —había dicho Bebé después del beso tenso de la despedida, tratando de sonreír.
—Maneja con calma. No te apures. No me pasará nada—. Y se había quedado frente al Radiocen-tro con la bomba bajo el brazo, y había encendido un cigarro para ver como le andaba el pulso, el pulso adiestrado en el manejo de las fichas, de las cartas; y el pulso le andaba bien. Y ahora todo había concluido y dos cuadras oscuras lo separaban de Bebé, y pensó que la bomba haría explosión a las doce y que se iría lejos para no oír el ruido.
Miró el reloj y vio que eran las nueve y veintisiete. «Y Bebé sin venir. ¿La habrá encontrado el Catalán?», murmuró sentándose en el muro. Había poca gente en el Malecón: todavía duraba el invierno. En lo alto, casi sobre su cabeza, flotaba la Osa Mayor; apenas había nubes, ni luna: el tiempo ideal para embarcarse. La lancha del Mago saldría el jueves por el mismo río Almendares, contando con la sorpresa. El Mago era un tipo cuidadoso y escaparían con éxito, él con el dinero del Catalán. Ultimamente se hablaba de muchos campos de entrenamiento en Nicaragua, en Guatemala, de oficinas y aeródromos en la Florida; había que irse de Cuba, estar lejos cuando llegara la guerra. Pero ahí venía un automóvil, despacio, pegado a la acera. Se bajó del muro y fue hacia la calle. Era el carro de Bebé. Y de repente el cañón corto del Smith & Wesson, fuera de la ventanilla, disparando bajo la cara pálida del Catalán, y él tirado en la acera, boca arriba, con el recuerdo de haber sido golpeado en las costillas, uno, dos, y luego cruzado en medio del pecho antes del puntillazo en el hígado, seco y definitivo; y ahora caía en aquel abismo, escapaba del olor a pólvora dejándose ir sin remedio, la Osa Mayor girando allá arriba, cada vez más tenue, más lejana, y todo tan fácil, tan cosa de televisión, sólo que el canal se había quedado vacío como al final de la noche, y detrás, a lo mejor, esperándolo del otro lado de la pantalla a oscuras, otra breve comedia, otro ridículo sueño.
Despertó de golpe, sin la menor transición, como si se hubiera dormido con los ojos abiertos. Un techo alto con círculos de luz fría se deslizaba sobre él. Olía a desinfectante. Una sombra verde pasó por su lado murmurando algo; luego el techo se detuvo y se movió a la izquierda hasta dar con un marco de metal, con otro techo, fijo y poco iluminado. Sintió que lo levantaban cuidadosamente, que lo acostaban en medio de rumores metálicos. Entonces alguien encendió una lámpara y un viejo con un estetóscopo se inclinó sobre él; al cabo de un rato exclamó:
—¡Pero este hombre está muerto!
—Se debe haber muerto por el pasillo; cuando salió de la sala todavía estaba respirando —dijo una mujer detrás de su cabeza, áridamente, como si se hubiera dudado de su competencia.
—Bueno, bueno, llévenselo —dijo el médico, volviéndose de espaldas y desapareciendo de su campo visual.
Al principio le hizo gracia que lo dieran por muerto: se sentía bien, sin dolor, y si estaba un poco atontado sería por algún calmante, quizá un anestésico; pero empezó a preocuparse cuando lo cambiaron a la camilla de ruedas y no pudo hablar ni mover un músculo, sobre todo cuando la mano de uñas cortas haló la sábana y le cubrió la cara.
Ahora se lo llevaban, como había dicho el médico; pero, ¿adonde?... Tendrían un lugar para los cadáveres; transitorio, sin duda. Luego el necrocomio...
Trató de gritar, de revolverse en la camilla. Pero no lo consiguió.
Hacía un rato que lo habían dejado solo. Primero creyó que el lugar estaba oscuro; pero, poco a poco, una débil claridad violeta le vino del otro lado de la sábana.
Dos timbrazos largos y apagados sonaron a su derecha, y se sintió mejor al saber que en la habitación había un teléfono. Entonces concentró toda su energía en una idea, como un rayo de sol a través de una lupa; y la idea bajó por el cuello y recorrió su brazo derecho y la mano, hasta llegar a un dedo; allí se depositó, se agitó, se debatió; pero nada: la parálisis no cedía. Y maldijo al médico y a las enfermeras y al Catalán y a Bebé y al asunto de la bomba, y después se calmó.
Se calmó porque se le ocurrió pensar que a lo mejor estaba muerto, que el médico podía tener razón y que entonces nada valía la pena.
«Muerto.»
«Yo muerto.»
«Yo irremediablemente muerto.»
Y todo tan azaroso. Como el poker con un comodín en el paquete. Sólo que el comodín era Bebé. Bebé sonriéndole con barbas y bigotes y corona. Y él se había jugado el resto porque creía guardarla en la manga, y había sido una ilusión; los dos días en el pequeño hotel de Guanabo habían sido una ilusión: el Catalán siempre la había tenido intercalada en su mano, bien apretada en el abanico de bicicletas rojas; y al final, justamente cuando creía haber terminado el juego, el Catalán había pagado su apuesta y había ganado la partida. Y ahora él estaba muerto, sin fichas, sin dinero y sin crédito: traicionado.
Lo que le molestaba era haberle hecho el juego al Catalán y a los que estaban de su lado y que todos se hubieran burlado de él, más que nadie el Catalán. No había reconocido a sus contrarios y ya era tarde para arrepentimientos prácticos. La bomba había sido parte de ese juego equivocado, tan lleno de despropósitos, y ya nada tenía remedio salvo la buena intención de desear que no estallara o que no matara a alguien, y eso no era suficiente; y ahora el Catalan riéndose, tranquilo, suelto, y él en aquel estado. Pero de pronto movió un párpado.
Trató de gritar: un vago ronquido le salió de la garganta. Lentamente levantó una mano y descorrió el lienzo: una penumbra violácea escurría de un bombillo adosado a la pared, envolvía los objetos suavemente: la cama sin sábanas: el colchón a rayas a medio enrollar sobre el bastidor; la mesita pulcra, el teléfono crema y las sillas de aluminio; el nevado y sedante monte Fují colgado bajo el reloj de nítido secundario rojo: las once y cinco: apenas dos horas desde el cigarro del Radiocentro. Se sentó en el borde de la camilla y miró sus pies. Se deslizó al suelo y vacilante caminó hacia el teléfono. Lo descolgó.
—O...pera...dora... —dijo. Su voz le sonó gutural y hueca.
—Opera...dora —repitió.
—Espere un momento, no hay línea —dijo la mujer. Y cortó la comunicación.
—Operadora... es... urgen... te... Operadora.
—Dígame su número, por favor. ¿Cómo dice? Hable más alto, no le entiendo... ¡Eh! pero... ¿cómo? ¿Seguro que es una bomba? ¿En el Wakamba, dice? ¡En el Wakamba...! ¿No me está tomando el pelo?... ¡Oiga, contésteme! ¿Le pasa algo? ¡Contésteme!
Pero el hombre había resbalado por la pared y estaba en el suelo, junto al teléfono descolgado, quieto, boca arriba, desnudo. El resplandor violeta le caía sobre el rostro, le daba un aire de hermosa y reposada dignidad.
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