Antonio
Benítez Rojo
(La Habana, 1931-
Massachusetts, 2005)
Salto atrás
Tute de reyes
(La Habana: Ediciones Casa de las Américas, 1967, 124 págs.),
págs. 35-44
I had a dream de udder night,
When ebryting was still;
I thought I saw Susanna dear,
a coming down de hill
¡Oh! Susanna...
Stephen Foster
Cuando Susana, en un registro bajo y dulzón, anunció el significativo acontecimiento, sus padres respondieron de una forma realmente sorpresiva para ella: se desmayaron.
Y no se podía decir que había sido sin motivo: a medida que Susana pronunciaba las palabras que hacían evidente su noviazgo, las partes de su cuerpo, visibles a sus padres, comenzaron a oscurecerse con el tinte definitivo de una gota de petróleo en un vaso de agua.
Después todo fue un lío.
La madre decía que era brujería, que eso era lo que traían las ideas revolucionarias; y Susana, yendo y viniendo de la sala a la saleta, gimoteaba, tratando de consolarlos (y de calmarse a sí misma), que ella se veía blanca, que todo era una ilusión producto de la sorpresa.
Fue la mulata Isabel, la vieja cocinera de la familia, la que puso un poco de orden en aquella casa de altos, esquina de fraile, de balcones barrocos. Limpiándose las manos en el delantal a cuadros, sujetó a Susana por los hombros, y después de unos segundos de observación acuciosa, movió la cabeza de un lado a otro y dijo:
—A mí lo que me parece es que ha ido mucho a la playa.
—¿Tú crees, Isabel? —dijeron casi a coro y con un dejo de esperanza los padres de Susana.
—¡Pero, si apenas he cogido sol! —dijo Susana llorosa, mirándose los brazos.
—¡Pues yo te veo colorada! —insistió Isabel.
—¡Pero si yo la veo negra! —exclamaron ambos padres.
—¡Pues yo me veo blanca y me caso el mes que viene! —concluyó Susana, dando un portazo y encerrándose en su cuarto.
Y todo volvió a empezar: nadie se ponía de acuerdo sobre el color de Susana.
El próximo día fue de la criada:
—«Señora, fíjese que los tiempos han cambiado. Está mal que yo lo diga, pero ahora todo es distinto; “eso” se ve por todas partes. Además, señora, no se ponga brava, pero aparte de ese cuento del cambio de colores, parece que por la parte del caballero hay algo que la niña ha sacado en el pelito...»
Y así, habla que te habla, siguió la vieja Isabel en un eterno chancleteo, hasta que la madre, acometida de ensueños, dejó caer la costura.
El día siguiente fue de la madre:
—«Mira, Joaquín, como quiera que sea, ella es ya una mujercita; el muchacho gana buen sueldo y piensa que dentro de dos o tres años te tendrás que jubilar. Además, ahora que está tan prietecita no se ve la diferencia. Y oye, Joaquín, es cierto que nunca me ha gustado hablar contigo de estas cosas, pero la verdad es que ti se te nota bastante lo de tu mamá, y sin embargo yo no tuve reparos en casarme y mis padres consintieron...»
Y así, parloteando todo el día frente al espejo del escaparate, siguió la madre, hasta que escuchó a su marido regresar del trabajo.
El otro día fue del padre:
—«¡Parece mentira, Susana! ¡Qué diría tu abuelo de esta vergüenza!», y señalaba la fotografía de un anciano enjuto y de inmoderados bigotes, que junto al jabalí de un gobelino compartía el testero principal de la saleta. «¡Nosotros somos pobres pero decentes! ¡El hecho de que te hayas puesto negra no me hace cambiar de opinión! ¡Si él fuera un poco más claro...! ¡Pero no, imposible; con las ideas que tiene, ni aunque fuera blanco...!
Y así, hora tras hora, el padre continuó hablando mientras la hija suplicaba en vano.
El último día fue de Susana:
—«¡Papá! ¡Mamá!», dijo emocionada, irrumpiendo en el comedor. «He estado pensando toda la noche; ya no tienen que fingir que mi piel se ha vuelto negra, y aunque me duele decirlo, creo que ustedes tienen razón... Somos diferentes... Hemos sido criados de distinta manera... No podremos ser felices. No lo veré más.»
Entonces, ante la atónita mirada de sus padres, la piel de Susana comenzó a palidecer hasta llegar a lucir su color original.
—¡Corazón de Jesús! ¡Gracias! ¡Gracias! —exclamó la madre temblando de alegría. Y estrechaba contra su pecho la mano del padre, que la miraba en silencio, los ojos humedecidos.
De pronto un grito rebotó en las paredes de la casa. Había sido Susana.
Susana, que con la boca aún entreabierta y los brazos hacia arriba, volteaba sus manos del dorso hasta la palma, mirándolas fijamente, como si poco a poco sufrieran una mutación abominable. Luego, mostrándoselas a sus padres, caminó lentamente hacia ellos. Se detuvo. Dejó caer los brazos. Bajó la cabeza. Hizo la Señal de la Cruz. Y atravesando decididamente la habitación se tiró por la ventana murmurando incoherencias.
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