Antonio
Benítez Rojo
(La Habana, 1931-
Massachusetts, 2005)
Puesta de sol
Tute de reyes
(La Habana: Ediciones Casa de las Américas, 1967, 124 págs.),
págs. 67-75
Aunque ya casi no se acuerda, por arriba de la carcajada desdentada de la vieja del siete y el cuchicheo de la mujer de Juan Carlos con las del once, fue el ademán comprensivo de Martina lo que más le dolió (mucho más que los insultos que le había tirado a la cara), y abriéndose paso por entre los comentarios, Valdés salió a la calle, la cartera del dinero débilmente asida.
Caminó sin rumbo, ausente la precisión de todos los días, sin tocar a las puertas exigiendo —con aquella cortesía que llamaba la atención— el pago del recibo vencido. Sus pasos mesurados, eficientes a pesar de haber cumplido los cincuenta, habían quedado detrás de la infidelidad de Martina, ganados por un andar de mecanismo descompuesto.
Deambuló.
Los contornos de la escena le ardían en la frente como un tatuaje fresco: el hombre junto al escaparate, zafados los cordones de los zapatos, la camiseta al revés; Martina desnuda, agarrándose los pies en el centro de la cama, los ojos fijos en el reloj eléctrico, sin comprender el evidente retraso de las manecillas esmaltadas de verde. De pronto los insultos, y el ruido del reloj contra el espejo; después el gesto flojo de lo que no tiene remedio. Al salir y casi al borde de la puerta, la mujer de Juan Carlos con las Fernández de enfrente, terminando de roer el chisme sin cuidar las apariencias.
Cuando por Veintitrés cruzó el Malecón, Valdés sacó su reloj: las cinco y dos minutos. Se quitó el sombrero y se abanicó la cara; lo miró un momento: era impermeable y de color azul claro, un regalo de Martina por el cumpleaños de hacía dos meses. Sin saber qué hacer, dio unos pasos y se volvió a la izquierda: por el mar se alejaba un barco, la tripulación sobre el casco gris como una hilera de soldados de plomo. Acodado sobre el muro siguió el relieve de la estela, la cartera de los cobros junto a su codo derecho. Al rato se incorporó, el sol cerca del horizonte. Caminó de nuevo.
Al llegar frente a la Beneficencia se detuvo: la demolición del edificio —tan anunciada en los periódicos— había comenzado. Mirando los escombros se dejó limpiar los zapatos por un niño de rostro decaído; y se acordó de su infancia, de las dificultades en la escuela, en el barrio de ventanas de barrotes y puertas seccionadas de postigos. Por otras razones y porque todos le hablaban mal de su padre, hubo un tiempo en que creyó que el apellido Valdés conducía alguna tacha, creencia que se le afirmó cuando alguien le dijo que a los niños de la Beneficencia las monjas así les ponían. Por esa época coleccionó apellidos que sacaba de novelones y de un número atrasado de la guía telefónica; prefería los que empezaban con «de» o «del», después de los compuestos separados por un guión, o esos de procedencia francesa o portuguesa que se inician con una «D» seguida de un apóstrofo. Una vez le había dicho a una muchacha que se llamaba D’Acosta... «D’Acosta... D’Artagnan... En francés se pronuncia Dartañán... D’Herblay... Ara-mis... Los tres Mosqueteros... Creo que en el cine Fausto... ¿O fue ayer cuando lo leí en el periódico?»
Le pagó al muchacho y marchó en dirección a Prado.
La cartera bajo el brazo iba Valdés junto al muro, sin sentir el bulto de recibos y el sobre con los billetes. «Lo peor será mañana, cuando entregue los cobros. Juan Carlos ya habrá enterado a los de la oficina y me recibirán con palmaditas en el hombro, como cuando, me pasaron los cincuenta pesos falsos o me cayó la teja en la cabeza.»
Sintió ganas de fumar y buscó los cigarrillos; pero antes de encender con mucha prisa, como si alguien lo esperara al otro lado de las manos juntas, colocó la cartera sobre el muro de concreto.
—No apague, por favor —dijo una voz a su derecha.
Era una mujer vestida de blanco, más joven que Martina y sin el pelo teñido; llevaba entre los dedos un cigarrillo extralargo.
—Se apagó —dijo ella. Y lo había dicho dulcemente y en voz baja, como si en la penumbra se extinguiera un cirio.
Valdés se levantó el sombrero, y encendiendo de nuevo le pasó la llama. Entonces pudo mirarla detenidamente, sus manos rozando las de ella, hermosas y sin anillos.
—Gracias —dijo la mujer—. ¿Usted tiene hora?
—Las seis y veintiocho.
Ella hizo un gesto de impaciencia, miró hacia la calle y dijo:
—Es que hace rato que espero a alguien...
—Mejor que se quede con los fósforos —dijo Val-dés alargándole la caja.
—Gracias, pero no, de ninguna manera... De un momento a otro me vendrán a buscar y...
—Por favor, acéptelos.
—Bien, los acepto —dijo ella, guardando los fósforos.
—Bueno, mejor sigo mi camino... Ha sido un placer... Aramís de Pontmercy, a sus órdenes —dijo Valdés llevándose la mano al sombrero.
—¿Pontmercy, dijo?... Es curioso, estoy leyendo una novela en que el galán se llama así. ¿Su familia es francesa?
—¿Mi familia?... Bueno... Sí..., mi padre.., ¡Ah!, pero mire... en la acera de enfrente hay un vendedor de maní. ¿No le gusta el maní tostado?
—Sí, pero cómo se va a molestar...
—De ninguna manera, para mí es un placer.
Valdés cruzó por entre el tráfico de las seis vías y regresó con los cucuruchos. «¡Vaya!, aquí tiene», dijo victorioso, la respiración entrecortada.
—Gracias, muchas gracias... Verdaderamente... yo...
—No diga nada, por favor —dijo Valdés sosteniendo aún los cucuruchos—. Pero si quiere hacerme un hombre feliz déjeme invitarla al cine.
—¿Al cine?... pero es que yo...
De repente ella alzó la cabeza, y sonriendo avanzó hacia la calle, la cabellera resplandeciente, las puntas del vestido sostenidas por la brisa; y pasando frente a Valdés subió a un automóvil, que, sin parar el motor, junto a la acera se había detenido.
Valdés lo vio alejarse, contestando apenas el precipitado gesto que ella le había concedido del otro lado del cristal. Y tomándose su tiempo cruzó la calle.
—¿Vende maní? —le preguntó un hombre que paseaba arrastrando un mono.
—¿Cómo? —dijo Valdés mirando el ramillete de papel.
—¿Vende maní?... Es para el mono.
Valdés movió la cabeza de un lado a otro, y de pronto le entregó los cucuruchos al hombre y corrió hacia el muro.
—¿Ha visto una cartera negra? —le preguntó angustiado a un viejo que fumaba, balanceando las piernas.
—No... mire allá abajo a ver... entre las rocas... Aunque a lo mejor se la llevaron y la escondieron en los tubos de desagüe... Hay veces que las meten en los tubos y esperan hasta la noche.
Valdés descendió al otro lado. Buscó dentro de los tubos, entre montones de algas podridas, en los charcos. Pero no la encontró.
De pie sobre los arrecifes, los pantalones mojados, Valdés contempló el mar. Un golpe de aire le llevó el sombrero, que se alejó flotando; y sentado en una piedra lo vio irse poco a poco, el regalo de Martina hundiéndose lentamente. Después se incorporó, y por entre las rocas caminó adelante: las olas se despegaban de la escollera con un rumor sordo, la espuma le rodeaba los tobillos. Avanzó un paso, se inclinó v cerró los ojos.
Valdés trepó el muro y cayó sobre la acera: las luces de los automóviles empujaban las sombras; el número de transeúntes había aumentado y sobre el parapeto, de espaldas al mar, algunas siluetas descansaban al fresco. Se arregló la ropa, alisó sus cabellos y echó a andar. Un hombre con un grueso fardo a cuestas estuvo a punto de tropezar con él, jadeaba fatigosamente y Valdés reprimió la queja casi al borde de los labios. Atravesó la calle. Las voces de los peatones le llegaban sordas y esquivas. De pronto se dio cuenta de que apenas percibía los ruidos del tránsito: los claxons le sonaban trompetas con sordina. Algo nervioso continuó caminando, y para entretenerse examinó las columnas que se le daban al paso. Al cruzar Galiano alguien en bicicleta se abalanzó sobre él, pero saltando a la calle pudo evitar el golpe. Caminó con cuidado, el semáforo de Prado cada vez más cerca, brillando entre los balcones.
Llegó al cine y se dirigió a la taquilla. No se había equivocado: Los Tres Mosqueteros, en cinemascope y con Lana Turner en el papel de Milady. Buscando en los bolsillos se demoró en completar el boleto de tertulia. Un murmullo le hizo volver la cabeza: eran Juan Carlos y su mujer, discutían algo incomprensible. Como no le dirigieron la palabra ni parecieron reconocerlo, Valdés se apartó de la fila y dando un rodeo atravesó la calle. Aún faltaba tiempo para el comienzo de la película y decidió sentarse en el café de la esquina: sobre el mármol una taza vacía y el periódico de la tarde.
—Me trae una gaseosa y una caja de fósforos —le dijo Valdés al camarero.
Era un hombre flaco y achacoso; se movía con dificultad por entre las mesas, despejándolas de restos de alimentos con un trapo húmedo que agitaba con desgano.
Valdés repitió su orden, esta vez en voz más alta.
El camarero terminó de limpiar y tras secarse el sudor alzó la cabeza; paseó su mirada acuosa sobre las mesas y se dirigió indiferente a la de Valdés, el paño mugriento colgado del brazo.
Retiró la taza, el periódico, y comenzó a frotar la superficie del mármol. El trapo bordeó los dedos de Valdés. De pronto el camarero, con un movimiento brusco, restregó la mano izquierda de Valdés, y después la derecha; finalmente, tarareando algo impreciso, con el paño sacudió sus muslos. Valdés se paró de un salto: el camarero se alejaba. Corrió hacia el largo espejo de la pared del fondo, y buscando su imagen agitó los brazos por sobre la cabeza. Dio unos gritos. Pero nadie se movió.
Salió a la acera. Se detuvo frente al cine. Junto a la taquilla aguardó su turno. Pero giró de repente, y bajo la fina lluvia que había comenzado a caer, caminó hacia donde las calles eran más oscuras.
Literatura
.us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar