Rómulo Gallegos
(Caracas, 2 de agosto de 1884 - Caracas, 5 de abril de 1969)


Alma aborigen
Originalmente publicado en la revista Actualidades (9 de marzo de 1919);
La Doncella y el último patriota
(México: Ediciones Montobar, 1957, 220 págs.)



I

      Los ojos negros rasgados, ardientes; la boca carnosa, de labios sensuales, rojos como la pulpa de las cundeamores; el espíritu jacarandoso y apasionado. América Peña era el bocado más apetitoso de Pueblo Abajo.
       Sus amores con Reinaldo Solares, el propietario de la hacienda situada en los aledaños del pueblo, eran envidia de muchas y hablilla de todas. La varonil belleza de aquel joven rico y de familia distinguida, y sobre todo, la gallardía y el aplomo con que sabía tenerse en el brioso potro, cuyos escarceos acreditaban la pericia del jinete, habían despertado en el alma primitiva de la muchacha una pasión tumultuosa; luego las vehemencias de él la volvieron más loca que lo que ya era, prendiendo en su imaginación brava y virgen llamaradas sensuales.
       La madre, que era llanera zamarra y desconfiaba de los propósitos del patiquín, como llamaba a Reinaldo, contrarió esos amores, primero con amables razones persuasivas y enseguida a pescozada limpia; pero no logró sino empecinarla más y apenas se descuidaba, cuando América, acompañada de una amiga complaciente y con cualquier pretexto, corría al sitio ya convenido donde el novio la esperaba.
       La amiga, una soltera pasada de tiempo, se volvía sorda y ciega cuando regresaban a la casa, mientras los labios de América parecían sangrar, los suyos, descarnados y exangües, suspiraban…
       El sitio propicio a estos abandonos vehementes era el jardín de una quinta deshabitada que había en la calle trasera del pueblo, en la parte más oscura y solitaria de él. Un bambual muy frondoso cobijaba bajo su sombra alcahueta los besos de los enamorados y los suspiros de la amiga.
       Una noche Reinaldo, que empezaba a fastidiarse de aquellos amores furtivos que ya iban siendo ridículos, espetaba a América para plantearle la determinación que había tomado: O se escapaba con él o se acababan los amoríos. La espera lo impacientaba; la soledad y el silencio excitaban sus nervios tensos.
       —¿Pues no me he enamorado como un mentecato? Sólo me falta ponerme sentimental y quejarme en versos.
       Por fin aparecieron en la sombra de la arboleda las siluetas conocidas. Anhelosa, vibrante de pasión y sin reparos por la amiga, América se echó en sus brazos.
       —¡Mi rico! ¡Mi riquito! Perdóname que te haya hecho esperar.
       —No importa.
       —Fue que mi hermano…
       —Te repito que no importa.
       —¡Jesús! ¡Qué desabrimiento! ¿Estás bravo?
       Reinaldo se ponía de mal humor y respondió ásperamente:
       —Hasta allá no llega mi tontería.
       —Dispensa.
       Y siguieron en silencio hacia el banco donde acostumbraban sentarse. Al cabo de un rato, Reinaldo empezó a decir:
       —Ya que has venido, hablemos formalmente.
       —¿Ya que he venido? ¿Y si no hubiera venido?
       —Pues no habríamos hablado nada. ¡Qué necedad!
       América se mordió los labios.
       —¿Sabes que te encuentro muy complaciente esta noche?
       —Aprende a serlo tú también.
       —¿Cómo?
       —No hablando tonterías. Te he dicho que tenemos que hablar formalmente. Dejemos las carantoñas para luego.
       Ella se desprendió de su brazo y le dijo con despecho que le comunicaba a su voz un tono desagradable, vulgar, insolente: —¿Y por qué no me dices, pues, lo que tienes que decirme?
       Reinaldo se la quedó viendo con la cólera en los ojos. Ella volvió a decir en el mismo tono: —Ya supongo lo que será.
       —Que esto no puede continuar así. Te lo he dicho ya: no sirvo para esto. Estoy haciendo un papel ridículo.
       —Y yo sí sirvo, ¿no es verdad?
       —Tú sabrás.
       El tono despectivo de Reinaldo acabó de indignarla y en la indignación su vulgaridad estallaba afeándole el rostro, haciéndola insoportable.
       —Pues mira: más pierdo yo. Y sin embargo… Pero, ya lo creo, como tú eres mejor que yo, crees que te rebajas queriéndome. De seguro en tu casa te han dicho que yo no soy digna de ti. Allá dirán que mi familia es una gentuza.
       A su vez, Reinaldo se encolerizaba por momentos. A menudo, junto a aquella mujer que era su obsesión de todos los instantes, había sentido impulsos locos de maltratarla, de hacerla pagar con lágrimas aquella consagración de todo su ser, como si ella fuera culpable del abandono que él había hecho de todo cuanto no fuera pensar en ella; pero tales arrebatos habían terminado siempre en caricias ardorosas o en ternuras intempestivas. Ahora sentía que la odiaba cordialmente por todo esto: Por haberle inspirado una pasión absurda y voraz, por haberlo turbado y zarandeado como un adolescente que amara por primera vez.
       Ella seguía hablando, ofendida por sus propias palabras: —Pero yo tengo la culpa. He debido comprender que tú eres demasiado alto para mí. Tu gente es mantuana.
       —Deja las ironías. No te quiero oír en ese tono sarcástico.
       —¿Y en qué tono quieres que te hable?
       —En ninguno.
       Y se paró del banco donde se había sentado, dispuesto ya a concluir de una vez.
       —¿Te vas?
       Su voz se quebraba en una inminencia de llanto. Su despecho se convirtió en dolor y luego, de pronto, en cólera.
       —Razón tenía Guaica, mi hermano. Todos ustedes son iguales.
       —¿En qué? Di…
       —En lo canallas.
       No había concluido de decirlo cuando el puño de Reinaldo, con un movimiento rápido, cayó sobre su boca. Dio un grito y mordiéndose la mano que se había llevado a los labios rotos, se dejó caer sobre el banco. Un violento temblor sacudía todo su cuerpo, en su garganta se producía un ruido áspero de llanto contenido.
       El la miraba experimentando una satisfacción malsana.
       ¡Se había emancipado!…
       América, con la voz desgarrada por los sollozos, decía por fin:
       —Por qué te quiero. Por qué te quiero… Yo no he debido enamorarme de ti como me he enamorado: como una loca. Yo te he entregado mi voluntad y sería capaz de hacer por ti todos los sacrificios y sin embargo…
       Una súbita ternura se apoderó del corazón de Reinaldo. Abandonándose a este sentimiento, arrepentido de su violencia, desistió de su propósito. No le propondría la fuga; comprendía que una palabra suya habría bastado para que América se le entregase sin poder resistir y no quiso abusar de ello. A él le bastaba con saber que había inspirado una pasión capaz de llevar al sacrificio.
       Pero América empezó a decir, con súbita decisión: —Reinaldo, desiste de mí. Te lo suplico.
       —A ver. ¿Por qué?
       —Porque yo no quiero que por mi culpa vayas a tener una desgracia. Mi hermano ha jurado anoche que si nuestros amores no se acaban hoy mismo, el va a terminarlos por la fuerza; ha dicho que si él te vuelve a ver en la ventana de la casa, no responde de lo que suceda.
       Reinaldo sintió en el corazón la lanza del miedo. Guaicaipuro Peña no era hombre que se gastaba en vanas amenazas. Con una sonrisa que procuraba disimular su turbación, exclamó: —¡Hombre! No es tan fácil.
       —¡Reinaldo, por Dios! Desiste de mí. Tú no sabes quién es mi hermano.
       —Una fiera. Sí. sí. Ya me han contado. Pero ya que nos declara la guerra, no nos queda más camino sino…
       Ella no lo dejó concluir. Le rodeó el cuello con sus brazos y acercando mucho su boca a la de él, continuó suplicante:
       —No vuelvas más al pueblo… Hasta que mi hermano se vaya. Él se va en estos días para el Llano. Sobre todo, no vengas mañana a los toros; Guaicaipuro va a colear y me ha dicho que si te ve te va a dar unos chaparrazos.
       La dignidad ofendida volcó en el encogido corazón de Reinaldo una sangre viril y corajuda.
       Se zafó lentamente de los brazos de la mujer y dijo, calmoso:
       —Mañana, después de los toros, te vas conmigo. ¿Estas dispuesta?
       —Por Dios, mi amor.
       —Es inútil suplicar: es una determinación irrevocable. Piénsalo bien. Al anochecer te espero aquí.
       Y se despidió de ella.
       Camino de su casa iba pensando en el probable encuentro con Guaicaipuro Peña, cuya fama de pendenciero y matachín era bien conocida de él. Por momentos experimentaba un vago malestar físico que era un evidente síntoma de miedo y entonces hacía reflexiones claudicantes: ¿tenía derecho a exponer su vida en manos de aquel bárbaro por una aventura estúpida? ¡Si fuese por un propósito elevado, vaya!… ¡Pero, por una mujer a quien en el fondo, no lo ligaba sino el lazo vergonzoso de unos deseos espurios!
       Ocupado con estas cavilaciones estuvo a punto de desistir de su empeño; pero una súbita reacción de su ánimo tenso le hizo exclamar: —Sofismas del miedo. Aquí no se trata de una mujer, sino de un hombre que ha amenazado y a quien se le teme.
       Y resolvió ir al pueblo al día siguiente y tomar parte en la fiesta de toros coleados que había organizado Guaicaipuro Peña para celebrar su santo.


II

      En el pueblo, en la única calle ancha y llana que era la de la entrada y cuyos cruceros estaban cerrados por talanqueras, se sentía el bullicio de la fiesta típica y primitiva. El gentío, encaramado sobre las empalizadas, agrupado en las puertas, ambulante por el medio de la calle, excitado por el aguardiente, por el sol y por la expectativa del rudo espectáculo, prorrumpía en griterías a cada momento, silbaba a los espectadores de a caballo, se agitaba en un júbilo febril o enmudecía de pronto en un silencio unánime que le comunicaba mayor intensidad al cuadro, como si hiciera resaltar más el colorido del sol y la animación de las figuras. Desbordados los instintos, a cada rato, en simulacros de riña al garrote los hombres se daban acometidas entre las aclamaciones de los espectadores que celebraban los ágiles saltos, las paradas y las puntas de aquella esgrima bárbara y fachendosa; mientras los muchachos estremecidos de júbilo aclamaban a los coleadores que iban llegando ufanos, haciendo caracolear los caballos en alardes de destreza gallardía. En las ventanas y sobre los pretiles de los corredores, jarifos grupos de mujeres reían y se agitaban locamente. Ardía la sangre en todas las venas, chispeaba el sol en el metal de los arneses, gritaba el color en todas partes y entre el clamor unánime de una embriaguez dionisíaca, gemía el joropo nativo o vibraba el aire español.
       Cuando Reinaldo apareció, un rumor confuso de hostilidad y admiración fue recorriendo el coso de un extremo a otro y desde la ventana de las Peñas los ojos de América lo saludaron con una mirada cálida que acabó de excitarlo.
       Se detuvo frente al tranquero del toril donde se agrupaban los coleadores. Una voz le gritó:
       —¿El patiquín como que va a coleá?
       —Si se puede.
       E instintivamente miró a un jinete que lo observaba con fijeza.
       Era Guaicaipuro Peña, un indiazo membrudo de negras patillas que le bajaban hasta las comisuras de la boca confundidas con el bigote. Un sombrero de pelo de guama de anchas alas le cubría de sombra el rostro bien parecido en el cual Reinaldo descubrió las mismas facciones de América y la misma expresión sensual.
       Es un bello ejemplar de la raza —pensó, mientras soportaba la mirada impertinente del hombre temible, satisfecho de sí mismo al comprobar que en sus músculos no había un estremecimiento de miedo.
       Transcurrieron unos minutos. Iban a soltar el primer toro y Ja expectativa hacía enmudecer al gentío que llenaba el coso. Todas las miradas estaban fijas en la puerta del corralón de donde había de salir la res y los coleadores se apercibían para el arranque de la carrera. La emoción puso trémulo a Reinaldo; bajo sus piernas tensas sentía vibrar los nervios fogosos del potro que paraba las orejas atentas, resoplando y piafando.
       De pronto un estremecimiento, un clamor que se propagó rápido a lo largo de la calle, un súbito arremolinarse del gentío, un bufido del toro y el arranque simultáneo de los coleadores pugnando por apoderarse de la cola, en cuyo extremo la mota de cerdas era un señuelo que bien valía una vida.
       Reinaldo iba entre ellos, ciego, tendido fuera de la silla, la mano izquierda aferrada a las crines del caballo, la derecha rozando ya el bárbaro trofeo. En pos de él iba Guaicaipuro empeñado en atravesarle la bestia, empujándolo, y detrás, entre la polvareda, un tumulto de cuerpos que chocaban y de brazos que se alargaban, en un vértigo de lucha y de carrera.
       Por fin Reinaldo se apoderó de la cola del toro y con un solo movimiento se la arrolló en el puño, se tendió sobre el caballo que saltó al sentir la espuela y cargando la res, con un esfuerzo de locura, la derribó patas arriba en la mitad de la calle.
       La gritería se hizo ensordecedora; el potro, enardecido, se iba tascando el freno y Reinaldo, perdida la conciencia de sí mismo, llegó sin contenerlo casi hasta el extremo de la calle. A pocos pasos de la talanquera recobró las riendas y empinándose sobre los estribos, con un golpe de consumado jinete, paró en seco la bestia.
       En seguida se revolvió en medio de una ovación y cuando se acercaba a la ventana de las Peñas, Guaicaipuro, que lo esperaba, le gritó: —¡Así se tumba, compañero!
       Y luego a la hermana:
       —¡América, póngale usté misma la mejor cinta que tenga. Eso es coleá!



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