Rómulo Gallegos
(Caracas, 2 de agosto de 1884 - Caracas, 5 de abril de 1969)


La ciudad muerta
Originalmente publicado en Actualidades (23 de marzo de 1919);
La rebelión y otros cuentos
(Caracas: Librería y Editorial del Maestro, 1946, 293 págs.)



      Manuel Alcor era un joven de propósitos firmes y tenaces. Tenía veintiún años: era recio, fuerte, de facciones angulosas, corazón ingenuo y pocas palabras. Sus simpatías y sus aversiones andaban siempre por los extremos, pues no conocía las medias tintas del sentimiento, mostrábase remiso a la persuasión y era agresivo con la convicción propia. A estas asperezas del carácter se añadían la desmaña del provinciano y el fondo de recelo ingénito del indio que hubo entre sus antepasados. Pero Manuel Alcor era una excelente persona.
       Nació en una vieja ciudad del oriente de Venezuela que se esconde entre cardenales y ruinas de un pasado mejor, a orillas de un río que fue navegable y cerca de unas llanuras de terreno salitroso.
       Su padre era uno de esos personajes sin mayor importancia efectiva que caracterizan tan bien la vida de nuestros pueblos. Asistió cuando era adolescente a las postrimerías de la guerra federal, de la parte de los vencidos. Por esto y por practicar una intolerancia implacable para con hombres, sucesos y cosas, tenía fama de godo. Llamábanle don Pedro el Godazo. Pero su intolerancia era hija genuina de su temperamento atrabiliario; no tenía de convicción política sino el cariz que le daban las palabras con que la expresaba; para don Pedro Alcor todo lo malo era federación, y con la misma facilidad llamaba federalote a un enemigo político como a un objeto inservible o a un cliente maula.
       De este modo venía a resultar chusco aquel hombre que era la hosquedad en persona y a este contraste debíale la mayor parte de la popularidad de que disfrutaba; el resto de ella debíaselo a un amargo de cortezas de naranjas que fabricaba y al cual llamaba torco. Tenía don Pedro una farmacia de pocas ventas y en la rebotica el expendio del famoso torco, centro y calor de una tertulia de elegidos, porque en aquel sagrado lugar sólo penetraban las contadas personas a quienes don Pedro tenía por amigos.
       La madre de Manuel, bastante menor que el marido, era una mujer angelical, silenciosa, dulce y mansísima. Rendíase al paso de una maternidad que la había aniquilado en plena juventud y sobrellevaba con paciencia al áspero de don Pedro, quien sólo ante ella se ablandaba, pero no antes de ver lágrimas en sus ojos. Lidiaba todo el día con la chusma de sus hijos; entre ratos ayudaba al marido en la botica y todavía le quedaban fuerzas, sacadas de flaquezas, para cuidar a un tío que había sido su amparo cuando quedó huérfana y que vivía para ella.
       Y era el tío don Emiliano, un viejo alto y grave que nunca había snreído y poseía un carácter hecho de una solo pieza, puntilloso y rectísimo. Fue el maestro de todos los hijos de su sobrina Amelia y tuvo predilección por Manuel, punto el único en que estuvieron de acuerdo él y su yerno, porque ambos veían en el carácter del niño el propio: don Emiliano, la gravedad; don Pedro, la adustez.
       Tenía el vieja en la casa de la sobrina una pieza aislada, con una ventana para la calle, frente a una plaza sin árboles en la cual se elevaban los escombros de una ruina histórica, que era orgullo pero no cuidado de la ciudad. En aquella habitación, dormitorio y biblioteca a la vez, había muchos objetos que impresionaron la mente cavilosa de Manuel: daguerrotipos borrosos de antepasados maternos; gruesos tomos de amarillenta pasta de pergamino que contenían manuscritos ilegibles; un sillón de suela estampada con las águilas de Carlos V en el respaldar; un medallón cubierto con un vidrio convexo en el que se representaba una tumba, bajo un ciprés hecho con cabellos de mujer —de una mujer que don Emiliano no había querido nunca decirle quién fue y que a Manuel se le antojaba debió ser alguna novia cuya muerte fuera causa de la melancólica soltería de aquél—, cosas todas que hablaban de un pasado que en la imaginación del muchacho se presentaba revestido de misterio y de dolor.
       En aquella pieza, mientras sus hermanos correteaban afuera, pasaba Manuel la mayor parte del día; ya recibiendo las lecciones que le daba don Emiliano; o conversando con él, cuando el estudio concluía; o asomado a la ventana, cuando el viejo, más taciturno que de ordinario, se recogía al sillón de las águilas imperiales y, reclinando la cabeza, dejaba vagar por las cosas que le rodeaban una tierna mirada de despedida.
       Fueron aquellas horas muertas las que más influyeron en la vida de Manuel. A través de los gruesos barrotes de la ventana poníase a contemplar el paisaje, largamente. La plaza sin arboles, de tierra seca y dura donde reverberaba un sol tórrido, la ruina histórica del antiguo convento convertido en fortaleza en un trance de la guerra de la Independencia, y por detrás de los muros derruidos, a través de los boquetes abiertos en ellos, las varas desnudas y ríspidas del cardonal, alzándose sobre la tierra brava y yerma, como brazos de sedienta multitud que implora el agua del cielo. ¡Aquel cielo: impasible! ¡Azul! ¡Azul!
       Entonces la imaginación de Manuel se abandonaba invariablemente al mismo fantaseo; era una llanura salitrosa donde centelleaba el sol como sobre un vidrio; él corría por ella, aprisa, desesperadamente, para no sentir el fuego de la tierra que abrasaba sus plantas; a veces pasaba una nube y él se guarecía en su sombra movible, corriendo dentro de ella, hasta que la nube se deshacía carmenada por el viento de las alturas y la sombra se desvanecía bajo sus pies.
       Don Emiliano, que en sus mocedades había sido poeta, interpretó este pertinaz fantaseo del muchacho:
       —Esa sombra de nube es tu imaginación, que te llevará tarde o temprano lejos de aquí. Tú eres también del número de esos que necesitan irse.
       Y fue así como prendió en el cerebro de Manuel, desde muy temprano, la idea de abandonar la ciudad natal.
       Por las tardes, a la hora del torco, los amigos de don Pedro Alcor formaban tertulia frente o la botica. Sentábanse en sillas de cuero en el medio de la calle, porque por allí no había tráfico que pudiera interrumpir y hablaban generalmente del pasado, puesto que el presente de aquella ciudad no daba asunto para media hora de conversación, como no fuera sobre motivo triste o desagradable.
       —Se está muriendo ya Juan Alcober.
       —La hematuria está jugando garrote can nosotros; hoy cayó enfermo Matías Hernández.
       Este verano nos va a dejar en la ruina: se han perdido todas las siembras.
       —Acabo de recibir carta de los muchachos donde me dicen que en esta semana han muerto treinta reses. El gusano está destruyendo la cría.
       —Se declaró en quiebra Cosmito Ruiz.
       —Hoy se fue el hijo de Gerónimo Hortal. Mañana se van los de Tomás Fuentes. ¡Los pobres viejos! Los muchachos nos están dejando solos.
       Manuel, como oyera estos lamentos, sentía que el pecho se le oprimía y se alejaba de allí, echando a andar invariablemente por un sendero que se perdía entre los cardonales, en donde la brisa del mar cercana parecía cantar motivos de sirena.
       Y don Pedro Alcor, viéndolo alejarse, decía, ahogándose en ira su dolor:
       —Éste también me dejará. ¡Federación! ¡Federación!
       En este ambiente formóse el carácter de Manuel, alimentándose de amarguras; así 11egó a la adolescencia con un inmoderado hábito de soledad y un propósito único, absorbente: escapar de aquella ciudad mortal de donde emigraban todos los hombres fuertes.
       Era una desbandada trágica que iba dejando sin cerebros y sin brazos a la provincia, en la cual, a la postre, sólo quedaría el rezago de los incapaces y de los mediocres: marchábanse a las selvas caucheras del interior los que se sentían aptos para arrostrar peligros y fatigas físicas e iban a hacerse ricos, poniendo en la aventura el riesgo de las vidas; a Caracas los que se encontraban fuertes por la inteligencia y aspiraban a imponerla y a triunfar en las ciencias, en las artes o en la política.
       Manuel los veía escapar y esperaba su turno, encerrándose en sí mismo, refugiándose en la esperanza de su liberación, a fin de que aquel ambiente letal no alcanzara su espíritu, lleno de grandes ambiciones, para las cuales era irrisorio teatro el mezquino recinto de la ciudad muerta.
       Por las tardes se reunía con unos amigos y, sentados en el malecón de un antiguo puerto, a orillas del río, hablaban de aquel tema único: la fuga, la necesidad de la fuga, mientras el agua dorada de crepúsculo resbalaba suavemente ante sus ojos, como una lenta sangría que vaciase el herido corazón de la tierra.
       Eran sus amigos un literato y juez de distrito, casado y con hijos, que trabajaba hacía años, en las horas que la profesión le dejaba libres, en una novela de la época de los solitarios de la Tebaida, y un hombre de acción que en la ciudad pasaba por chiflado. El novelista y juez era un producto esporádico de soledad y aislamiento que había levantado y nutrido su inteligencia sobre el ras de la incultura ambiente, a costa de un silenc[oso y heroico tesón, y hablaba dolorosamente de su vida fracasada, de la atrofia de su voluntad depauperada por la falta de estímulos, de la tristeza de su torre de marfil, en la cual estaba condenado a permanecer, como los solitarios de la Tebaida, viviendo de la aspereza del yermo. El hombre de acción era un haz de nurvios siempre vibrante y la persona más cerril del mundo, Marino era en sus mocedades y de profesión mecánico, merecía las rechiflas de sus conciudadanos por haberle dado por construir un barco de vapor con un astillero improvisado por él mismo a orillas del río. El yate, en el cual trabajaba hacía varios años, estaba concluido y, sin embargo, nadie creía en él; el escepticismo de la ciudad no permitía dar crédito a los ojos y a la obra del compatriota, que era comidilla de las burlas de todos.
       La diversidad de propósitos no impedía la buena inteligencia entre Manuel, el novelista, y el armador, pues los mancomunaba el ansia de más amplios horizontes para sus actividades. Cada cual esperaba su hora: el mecánico, la de la botadura del yate que lo llevaría río abajo, hacia el mar libre; Manuel Alcor, la de la muerte del tío Emiliano, que le había suplicado que no lo abandonara mientras él no concluyese su vida... Sólo en novelista pensaba sin esperanzas en la posible liberación: ¡Tenía 'cinco hijos! ¡Su suerte estaba echada!
       Así transcurrió el tiempo. El tío llegó a su término con el corazón dilatado por la hipertrofia y murió, agradeciendo a Manuel el sacrificio que había hecho, pues sabía cómo era de incontenible su deseo de escapar. Días después éste comunicó a sus padres su determinación de marcharse a Caracas, en busca de su porvenir.
       Don Pedro Alcor le respondió, poniendo en sus manos un poco de dinero que sacara de uno de los tarros vacíos de la botica:
       —Ya lo esperaba. Toma, hijo. Esto lo he ahorrado para tu viaje. Que Dios te ayude. —Y luego a su mujer, que se enjugaba las lágrimas—: Es natural, Amelia. Los muchachos no se pueden inutilizar aquí.
       Pero en 1a tarde, a la hora del torco, dijo a sus amigos, restregándose los ojo, que le hacían traición:
       —¡Se va Manuel el mío!
       Pera entonces el yate acallaba de ser echado al agua y su dueño se proponía hacer un viaje de prueba hasta La Guaira. Manuel aceptó la invitación que le hiciera, pues esto le ahorraba un gasto gravoso para su escaso peculio.
       Una tarde levaron anclas ante una multitud de curiosos que todavía no querían convencerse de que la obra del coterráneo fuese una embarcación como otra cualquiera y habían acudido a presenciar la tentativa, seguros del fracaso, y apercibidos para reírse a sus anchas.
       Entre ellos sólo uno tenía fe: el novelista de Tebaida, a quien impidiera emprender aquel viaje —ni siquiera por ida y vuelta— la circunstancia intempestiva de hallarse su mujer en trance de alumbramiento; y cuando el barco desapareció tras una vuelta del río, dejando sobre el agua oscura la humareda que brotaba triunfal por su chimenea, entre los espectadores burlados y atónitos, se oyó su voz descorazonada que decía:
       —¡Los últimos fuertes! ¡Ya se han ido todos!


Caracas, 1919.


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