Rómulo Gallegos
(Caracas, 2 de agosto de 1884 - Caracas, 5 de abril de 1969)


Cuento de carnaval
Originalmente publicado en la revista El Cojo Ilustrado (15 de abril de 1914);
La Doncella y el último patriota
(México: Ediciones Montobar, 1957, 220 págs.)



      La algarada de las primeras comparsas empezaba a turbar la nocturna quietud de la parroquia, ya se oía el tintineo de los cascabeles en los arneses de los coches, y los chicos del vecindario ululaban sin cesar a los primeros diablos.
       Desde la sala de su casa de anticuario, Don Juan Manuel Vidosa escuchaba aquellos ruidos precursores de la baraúnda carnavalesca y una emoción dulcísima se levantaba en su pecho. Todo aquel año se lo pasó esperando el Carnaval. Suprema ridiculez, locura sin justificación le había parecido siempre aquella fiesta de cuya vana alegría no disfrutó ni cuando joven, por idiosincrasia y por austeridad, que a fuerza de ser tanta la suya, llegaba a los mayores extremos de dureza. Conservaba todos los resabios de los viejos tiempos, en los cuales la conducta estaba regida por principios rígidos, que no permitían la disipación, ni reconocían la necesidad, tan proclamada ahora, de la alegría, y sin embargo el rumor callejero le parecía ahora grato. Sonreía benévolo cuando oía la voz atiplada de los disfraces y empezaba a convenir en que, realmente, la alegría, así fuera loca y vana, era buena siempre y necesaria.
       ¡Pobre vida la suya de viejo desamparado de cariño, en aquella casa donde se apolillaban juntamente, su espíritu y los objetos de su colección de anticuario! Ni siquiera el claro trino de los canarios que antes alegraban el silencio de los días largos en aquel caserón donde vivía solo. Ya empezaba a cansarlo, como una actitud molesta, su propia severidad, echaba de menos al lado suyo algo tierno y en los momentos de abandono espiritual imaginaba las delicias de unas manos pequeñitas de nieto que se escondieran, jugando, entre sus barbas, como liebrecillas mellizas en un jaral bravío…
       Acaso tenía nietos… Pero este pensamiento renovaba un dolor no olvidado: Rosa María, la hija única… La deshonra.
       Era bella, tenía una alma alegre y un corazón de oro. Su risa perenne resonaba en la casa como una campana llamando a fiesta, su imaginación era una llama que ardía en joviales hogueras de locura y su corazón conocía todos los registros de la ternura; pero llegaba también a las mayores vehemencias de la pasión. Se enamoró perdidamente de un hombre vulgar, sin nombre ni dignidad, casi un tahúr. Don Juan Manuel fue implacable: amonestó primero, regañó luego, terminó amenazando. Con esto creció la pasión de Rosa María. Una mañana, al levantarse, como de costumbre, muy de madrugada. Don Juan Manuel encontró el portón abierto… Llamó a la hija, pero nadie respondió… Sus gritos de rabia y dolor, llenaron la casa y aquella mañana fue la última vez que nombró a Rosa María.
       De allí para adelante una vida áspera de solitario, llena de vergüenza, de rabia y de dolor. Aumentó hasta convertirse en manía su afición por las cosas viejas e históricas: pero una pasión yerma, sin compensaciones… Sólo el trino de sus canarios para el silencio de los días largos de soledad…
       Corrió el tiempo. Vino una carta de Rosa María pidiendo perdón… Más tarde otra, suplicando, como una limosna, que le permitiera ir un momento siquiera, a verlo… Ambas quedaron sin respuesta y con esta insolencia de la hija deshonrada aumentó el rencor del viejo. Así pasó un año y llegó el Carnaval. Una noche tres disfraces invadieron con risas y cantos el retiro del solitario. Eran tres muchachas. Don Juan Manuel las recibió ásperamente. Una de las disfrazadas guardó silencio todo el rato y no quitó los ojos de mirar al viejo… Cuando salieron, al cerrar tras de ellas la puerta, el anticuario oyó que la disfrazada silenciosa rompía a llorar, mientras las otras callaban sus risas, de improviso…
       —¡Es Rosa María! ¡Insolente! —rugió el inflexible Don Juan Manuel, y por varios días, renovada la herida de su duro corazón, lo dominó un —sordo rencor contra la hija.
       Pensó que seguramente las dos compañeras de Rosa María, eran como ella, otras perdidas, y para lavar las manchas que aquellas plantas habían dejado en la austera casa de los Vidosa, fregó con ira los suelos repetidas veces…
       Aquel acceso de áspera dignidad se fue disipando al fin y un sentimiento paternal y compasivo le fue cobrando el corazón.
       ¿Qué vida llevaría su hija? ¿Acaso totalmente corrompida? ¿Acaso pura, a pesar de todo? En toda caso la dura vida de la deshonra, con el estigma indeleble y su inevitable cortejo de miseria… La historia de siempre, el caso vulgar de seducción, luego la promesa no cumplida, el abandono final… ¡Pobrecita! ¡No, pobrecita, no! ¿Para qué están la dignidad, la virtud, la religión y el nombre, el respeto al nombre en que él la educó? Culpa suya fue, solamente suya. ¡La mujer que cae engañada es porque quiere dejarse engañar!
       Don Juan Manuel volvió a cerrar, con toda la fuerza de su seguridad y de su orgullo, aquella rendija de compasión paternal que se venía abriendo en su corazón subrepticiamente.
       Pero los furtivos pensamientos volvieron:
       Acaso un hijo inocente de todo, condenado a la infamia y a la corrupción. Sangre suya era al fin y al cabo… llevaría su mismo apellido, el apellido materno: un Vidosa tahúr, rufián… una Vidosa… ¡Pobrecita Rosa María!… Las mujeres no tienen la culpa siempre, a veces caen por excesiva bondad… Rosa María tuvo siempre el corazón en la mano…
       Pasó otro año y volvió otro carnaval y otra vez los mismos disfraces, la misma disfrazada silenciosa que no hacía sino verlo, mientras las otras reían y charlaban, acaso por distraerlo, para que se dejara ver…
       Don Juan Manuel las recibió más amable, pero todavía altivo, guardando las conveniencias. Comprendió que Rosa María aprovechaba aquella ocasión para ir a verlo y esta muestra del amor de la hija lo ablandó hasta hacerlo convenir en aquella farsa, donde él también estaba disfrazado. Pero su orgullo no le permitía más de aquella concesión… Que Rosa María siguiera creyendo siempre que él no la había reconocido y que por eso la recibía en su casa. Y cuando al cerrar la puerta volvió a oír el llanto de la hija entre la risa de las compañeras, él también, por primera vez lloró…
       Nunca, como desde entonces, le pareció tan triste su soledad y sintió tanto la falta de Rosa María en la casa… Aquella risa perenne que resonaba como una campana llamando a fiesta… aquella imaginación traviesa que era una llama ardiendo en hogueras de divinas locuras… aquella alma buena que sabía tanto hacer grata una vida… y… ¿quién sabe?… acaso unas manos pequeñitas de nieto que se esconderían retozando, entre sus barbas…
       Tales pensamientos cobraron por completo su corazón. Resolvió buscar a Rosa María. Indagó y no logrando obtener noticias de ella tuvo una determinación heroica: preguntarle por su hija al villano que se la había quitado y deshonrado. Fue un esfuerzo supremo en el cual se quebró para siempre el resto de entereza de ánimo que le quedaba y fue un esfuerzo inútil: el seductor de Rosa María le respondió, insolente, que hacía años que no tenía nada que ver con aquella mujer, que ni sabía si vivía.
       En otro tiempo el altivo señor hubiera arrancado la vil lengua a aquel miserable que lo había escarnecido dos veces; pero ya él no era el Juan Manuel Vidosa de antes y cuando el tahúr le volvió la espalda, con desprecio, él se retiró llorando, por la hija acaso muerta.
       Los meses siguientes fueron para él de angustias mortales. Lo dominó una profunda tristeza vacía de pensamiento. Abandonados, los canarios que alegraban la casa, murieron de hambre en su jaula…
       Otra vez venía el carnaval y con él la esperanza. ¡Qué grato el rumor de las risas locas y de los cascabeles! Bendita alegría la que de año en año entraba con los disfraces en aquel caserón tan callado, tan solo…
       Poco a poco se fue disipando la tristeza del viejo y con emocionada impaciencia esperaba la noche en que, un rumor de frescas risas sonara en el zaguán, anunciándole que allí estaba, por fin, Rosa María, la hija buena que venía de año en año a verlo solamente y que luego, al irse, rompía a llorar, con el pobre corazón destrozado…
       ¡Qué duro había sido con ella! ¡Cómo le dolía su severidad! ¿Por qué el año pasado no la llamó a sus brazos, rompiendo con todo, olvidándolo todo? Este año lo haría. Rosa María se quedaría en su casa. Ya le había preparado su habitación, todas las mañanas salía a comprar flores y las colocaba en el tocador de Rosa María, por si llegaba aquella noche.
       Por fin, una noche, resonaron en el zaguán las benditas risas. Don Juan Manuel corrió a abrir. Esta vez las disfrazadas eran dos y al ver que faltaba una, el viejo experimentó una angustia mortal; pero se recobró pronto, como viera que una de las disfrazadas se retiraba de él y alejada, en silencio, se quedaba viéndolo, largamente.
       ¡Era Rosa María! ¡Por fin la tenía allí y ahora para siempre!
       Quiso acercarse, sin atreverse a hablar, dominado por la emoción, pero la disfrazada huyó por los corredores.
       —¡Quiero verla! ¡Quiero verte!
       La otra lo atajaba riendo como loca, con una risa extraña que Don Juan Manuel no había oído nunca.
       —No, no señor.
       —¡Sí, sí… quiero verla! Es mi hija. Es Rosa María. Desde un principio te conocí… te he perdonado… Mejor dicho: te pido perdón y eres tú la que tiene que perdonar.
       Y la perseguía, fuera de sí, con una agilidad que no era suya, enardeciéndose por momentos.
       —Quiero verte. No me huyas…
       —No, no, por Dios…
       Pero él no oía y llorando casi, corría detrás de la disfrazada.
       Por fin la alcanzó. La mujer luchaba por no dejarse quitar el antifaz; pero al fin, rendida, se entregó.
       El viejo, jadeante de emoción y de cansancio, apoyó sus manos ásperas y gruesas sobre los hombros de la mujer y se quedó viéndola, todavía cubierta con el antifaz, como para apurar hasta el fin aquella ansiedad del año largo y triste.
       La mujer temblaba con todo su cuerpo bajo aquellas manos y bajaba los ojos, no pudiendo soportar aquella mirada que la envolvía, que quería llegarle hasta el alma. La compañera, inmóvil y ansiosa también, presenciaba el cuadro, sin atreverse a hablar.
       Por fin el viejo pudo decir:
       —Rosa María…
       La disfrazada se apartó de él, evitando el abrazo.
       —Perdón. No soy Rosa María.
       Y se quitó el antifaz, mostrando su cara fea y mustia.
       Los brazos del viejo se desplomaron, como los últimos restos de una ruina y la mirada que estaba llena de amor, se hizo dolorosa y poco a poco fue perdiendo la expresión.
       Compadecidas de aquel desengaño, las mujeres empezaron a decir:
       —Perdónenos, señor. No hemos querido burlarnos de usted.
       —Rosa María murió…
       —Y antes de morir, me suplicó que mientras usted viviera, viniera todos los años en el Carnaval e hiciera su papel. Ella comprendió el año pasado que usted la había conocido…
       El viejo oía impasible, completamente inconsciente. La mujer se volvió a cubrir con el antifaz y salió con la compañera…
       Don Juan Manuel las siguió hasta la puerta y así que ellas salieron, cerró, como el año pasado…
       En la calle, la algarada de las comparsas turbaba la nocturna quietud.



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