Rómulo Gallegos
(Caracas, 2 de agosto de 1884 - Caracas, 5 de abril de 1969)


Una aberración curiosa
Originalmente publicado en El Cojo Ilustrado (15 de octubre de 1910);
La Doncella y el último patriota
(México: Ediciones Montobar, 1957, 220 págs.)



      Uno no sabría decir por qué está aquel pueblecito en aquel lugar, precisamente. Bien podría estar un poco más allá o más acá, en uno cualquiera de aquellos áridos rincones de tierra rojiza, donde no hay agua, ni sombra de arbolado, ni promesa de fertilidad. Y está allí como un refugio de sencillez y silencio, entre el cerro y la hacienda que le presta por igual: nombre, agua y sustento, aglomerado sobre un repecho, humilde, cordial y apacible con su iglesia demasiado grande, sin torre y con jardín a la entrada, su plazoleta de ordinario sola y su cementerio naturalmente cerrado siempre y lleno por dentro de paz, sol radiante y fronda que derrama sus gajos por encima de las paredes blancas.
       A primera vista no parece que allí se puede echar raíces; ser del pueblo es hacerle demasiado honor a aquel rincón poblado que para pertenecer a la ciudad no está tan cerca, ni tan lejos tampoco, para dejar de ser parte de ella. Sin embargo, allí hay gente del lugar, aborigen, arraigada; gente que tal vez no ha salido nunca del pueblo, y gente que sin duda no lo abandonará nunca, ni aun después de la muerte, porque el pueblo tiene su cementerio, propio, exclusivo, como para que no falte al confort de sus habitantes esta póstuma comodidad de yacer en el propio terruño, o para conservar su autonomía de pueblo junto con las cenizas de sus muertos.
       Pero, no obstante la gravedad que importa, esto de tener un cementerio es para mí una ocurrencia feliz únicamente, la más graciosa jactancia del lugar. Aventurando un poco creo que me costaría trabajo reprimir una sonrisa si viera enterrar allí a alguien, a tal punto se me antoja imposible que en aquella placidez aldeana quepa otra cosa que un remedo pueril y discreto de la vida, como si por apacible, la que allí discurre no fuera la misma vida de la ciudad, igualmente grave o pueril, llena de los mismos insignificantes menesteres e idénticas zozobras grandes y pequeñas, grata a veces y a ratos aburrida. Y a tal extravagancia me ha llevado esta idiosincrasia, que a menudo me ha ocurrido sorprenderme con ingenua sorpresa de la propiedad y circunspección con que se afanan las gentes del lugar en el tráfago de su vivir cuotidiano, tan inverosímil para mí como un juego de niños.
       Sin duda esta aberración se originó en la circunstancia en que conocí el pueblo, después de haber gustado de su contemplación muchas veces, desde lejos, imaginándomelo como un refugio ideal, siempre propicio a mis ensoñaciones habituales: borroso fondo de sueño que a poco tiempo, necesariamente enturbiaría el color de la realidad, dejándome de ella sólo una impresión equívoca, abstrusa, absurda.
       Conocí el pueblo, en la mañana de un domingo, día ya remoto, de gran sol y buen humor. Por estar de buen humor, temiéndole al aburrimiento del domingo ciudadano, mis compañeros y yo buscábamos lugar propicio donde escaparnos; uno de ellos propuso irnos al pueblecito recomendándolo como un exquisito rincón de paz, y a él nos fuimos, a expandir libres nuestra jovialidad bajo el cielo azul, derramándola de antemano por la avenida que al pueblo conduce, blanca y radiante bajo aquel sol meridiano. Recuerdo que para almorzar improvisamos una fonda en la única pulpería del lugar, y luego, satisfechos, tanto del reír como del comer, nos fuimos a las afueras, a sestear, bajo un cují, junto a la acequia y allí fue un largo divagar a propósito del sol, del paisaje y del arte propios: discutimos valores, hablamos de esperanzas defraudadas, comentamos ajenos fracasos vislumbrando tal vez el propio; excitándonos hacíamos frases rotundas algún tanto huecas: el paisaje nos agota; este sol nos devora… Yo entrevía asuntos para dramas probables, y quizás, por entretener las manos como de costumbre, arrojaba hojas muertas a la corriente.


* * *

       Del pueblo mismo, recuerdo vagamente un gran silencio, una quietud inefable en un mediodía ardoroso; la plaza sola, las calles solas y en todas partes el sol; un chorro de agua tibio fluyendo de la alcantarilla, dentro del cántaro de alguien que quizás esperaba al lado; en algún corredor alguno que dormitara; tal vez algún perro, al arrimo de una pared en la sombra exigua y caliente del alero, durmiendo; dentro de los zaguanes, probablemente un monótono zumbido de moscas… Y quien sabe qué más, impreciso… Torpe impresión de siesta, de marasmo, que me llevé como único recuerdo del pueblo, de cuya vida tenía derecho a dudar luego, porque no la había visto.
       Después, pasado mucho tiempo —el suficiente para que la más viva impresión de realidad se descolore, y reste en la memoria como una desvaída tinta de sueño— volví al pueblecito, esta vez con ánimo de percibir lo que se me escapara antes: la vida del lugar, su fisonomía propia. También era mañana azul de sol y jovialidad, lluvias recientes habían lavado el follaje renovándolo con un grato verdor. Camino del pueblo, en el paseo, dentro de los jardines, estallaban voces claras de niños invitándose mutuamente a juegos locos, y voces agrias de ayas reconviniéndolos; entre los árboles, en el ambiente apacible una estatua agredía con bélico gesto feroz; más allá se prolongaba la avenida hasta donde terminando las aceras, comenzaba el camino, entre hileras de plátanos, a través de las vegas. Distante, detrás de un torreón trunco, volteaba lento un molino de aspas ennegrecidas. De trecho en trecho airosas chaguaramas destacaban sus ágiles tallos iluminados, sobre un fondo violáceo de cerros en sombra y sobre el aire azul las cimeras; luego tras un recodo, el pueblo. Primero un aspecto indígena: ranchos de palma en las faldas del cerro; luego: la iglesia con sus techos de teja superpuestos a modo de las antiguas construcciones coloniales y en torno a la iglesia un arbolado, un amontonamiento de casas, algunas calles, y después de todo, en el fondo, la fábrica, enorme en la perspectiva, cuya construción extraña y su color gris, no sé por qué me recuerdan algo de países invernales que he visto mucho en ilustraciones.
       Ganado el pequeño repecho que se empina a la entrada, el caserío se insinúa con la indisciplina de un arrabal sobre el terreno quebrado, entre tunas y cardones que se erigen como alardes de un gran esfuerzo sobre la tierra rojiza, alternando con cujíes de aplanadas copas entre cuyas ásperas ramas lucen las menudas flores como gotas de sol coaguladas. Por el caserío circula gente desarrapada; en la tierra escarban animales y muchachos indistintamente. Al llegar, un perro nos saluda con un gruñido hostil, mientras un chico desnudo y sucio corre a ponerse en salvo a la puerta del rancho, desde donde luego nos mira hurañamente, junto con la que, avisada por su recelo y por el gruñido del animal, se ha asomado a vemos pasar. Esta, probablemente, madre del chico y si no tan desnuda, tan mugrienta como él, nos ve de tal modo que el saludo se impone a manera de venia para que se nos permita el paso; hecho esto, seguimos: indefectiblemente hay ropa blanca secándose en las empalizadas; en los interiores: diverso trajín e idéntica miseria; aquí una mujer que lava batiendo ruidosamente; otra que allí, arremangada, amasija con un rápido movimiento alternativo de las manos expertas; a veces es una que se entretiene en hurgarle a una chica la cabeza erizada de espirales rebeldes; o una que más desocupada, desde la puerta del cubil habla hacia el interior como si hablara sola. Entre todos los oficios esta holganza es lo más frecuente, en casi todos los bohíos misérrimos hay gente ociosa, inmóviles de ordinario horas enteras, como en una suprema abstracción, y este sinquehacer condensa en los interiores un ambiente de paz imperturbable, asidero propicio de todo sentimentalismo inexperto. Sin embargo, al pasar cerca de los ranchos se advierte algo que hace acelerar el paso y espanta al Sueño; algún mal olor: leña que adentro arde, el charco en que se revuelca el cerdo. No obstante, siempre es conveniente pasar junto a ellos, sobre todo si ha sido grato verlos desde lejos.
       Más adelante va apareciendo el pueblo propiamente; hay menos muchachos en el camino y por consiguiente más silencio; dentro de las casas gente blanca y distinto quehacer.
       Este aspecto del poblado me es familiar; es el mismo de los arrabales ciudadanos. Como en éstos, allí predomina el ocre; en la calle de tierra desnuda, en las fachadas de las casas inconclusas, porque allí como en los arrabales, abundan las casas en fábrica que nunca serán concluidas, por los huecos de cuya puertas y ventanas se entrevé un cielo siempre azul o trozos de un paisaje cuya tinta adquiere por la virtud del marco, un prestigio singular. Esto último que es en sí apenas un simple efecto de contraste, me sugiere pensamientos muy vagos, tan vagos que quizás no son sino espejismos de ideas, inaferrables impresiones subliminares a las que aún no corresponde ninguna expresión humana o a las que tal vez sólo podrá acordarse la vaguedad sugerente de la música. Y a fuerza de estar ligado a tan íntimas ideologías, el hecho sencillo ha adquirido para mí un sentido profundo, que he querido interpretar como una máxima de arte: hacer ver a través de un alma la angustia o la alegría ajenas, como por el hueco de una destartalada pared, un trozo jovial de paisaje o por una puerta indiscreta, una escena de vida íntima.
       En esto también se parecen el pueblo y los suburbios ciudadanos; como en éstos, en aquél todas las puertas se abren indiscretas hacia la calle soleada divulgando el secreto de los interiores; frente a ellas nos detenemos invariablemente a ver hacia adentro, y sucede entonces que el asombro y la curiosidad de adentro proporcionan motivos estupendos para cuadros probables. A veces es un grupo de niños que se asoman a vernos mirarlos; a veces el cuadro está hecho ya: son mujeres que hablan con palabras que no oímos, en los comedores, mientras trabajan. Todas se sorprenden de nuestra expectación y probablemente se preguntarán: ¿Qué verán tanto para adentro?; y nos miran a su vez. como para que no les robemos sin darse ellas cuenta el secreto de su vida interior. Algunas veces sonríen, quizás burlándose de nosotros, pero nosotros agradecemos la sonrisa, que también supo ser bella. Sin embargo, preferimos verlos sin que nos descubran, seguramente porque tenemos algo de ladrones; algunos lo han comprendido y han mandado cerrar las puertas; otras veces no hemos podido ver la vida, pero siempre hemos encontrado algo bello; patios bañados de sol. un poco de azul sobre los tejados, adentro; un gajo, no sé por qué siempre creo que ha de ser Cayena con una flor muy roja y muy grande, por encima de una pared en un aire claro. Qué explosión de alegría, la nuestra, si por la claridad de adentro, atraviesa, bañándose de ella, una figura armoniosa, de mujer! Como nuestros ojos, nuestros oídos también han sorprendido algo al pasar: trozos de conversaciones familiares, de uno de esos diálogos sin asunto empezados nadie sabe cuándo y que concluyen con la vida misma. Esta vez, como de costumbre, las que hablan son mujeres; dos que cosen en la sala, cerca de la puerta:
       —Pues él me dijo que desde ese día, no volvió a vería más.
       —Eso tenía que suceder.
       Y siguen comentando el suceso sin referirlo, mientras nosotros que lo ignoramos, entrevemos interesantes episodios, tragedias quizá, donde seguramente no hubo sino un acontecimiento vulgar; pero el claro destacarse de las figuras sobre el fondo en penumbra de la sala y los valores del escorzo sobre las caras inclinadas, tienen tal virtud escénica que convierten la frase más sencilla en frase trascendental. Así, no es extraño que aguzada la perspicacia, tome por un maniático a quien en el cuarto vecino de la sala donde las mujeres hablan, repitió dos veces: maldito sea, maldito sea…
       Más adelante, en una ventana un enfermo toma el sol; detrás de él, de pies, una mujer nos ve pasar; luego: la escuela; en un banco se apretujan los muchachos, por turnos leen, ruidosa y atropelladamente trozos de historia patria; uno: el trágico episodio de Berruecos; otro: algo a propósito de una batalla anónima; entre uno y otro, habla el maestro: a ver usted, siga usted… En las paredes hay mapamundis y una pizarra donde se adivina una fabulosa cantidad que por una ironía del azar, sin duda analizó el más mísero de los escolares…
       Más adelante, al extremo de la calle que llevamos, la plazoleta cercada con palizada de alambre, entre la iglesia de un lado y la jefatura civil al otro. En la plaza, sola, silenciosa, discurren por los senderos enarenados dos palomas picoteando solícitas. A riesgo de ahuyentarlas traspasamos el cercado, dentro de cuyo recinto se hace más grata la quietud aldeana; un momento el vuelo de las palomas crepita en el aire, luego se restablece el silencio, inefable. Para gozarlo mejor nos sentamos en un canto de piedra tumbado bajo un cedro a manera de banco.
       Afuera, junto a la alcantarilla esperan pacientemente mujeres y muchachos mientras un hilo de agua turbio y moroso, va llenando una a una las cántaras; los que esperan miran en silencio fijamente al agua.
       Hacia la iglesia pasa una mujer con medallas eucarísticas al pecho; dentro de la jefatura se conversa monótonamente; a intervalos entran y salen de la pulpería compradores diversos; desde las puertas de las casas próximas se nos observa con la misma expresión azorada y furtiva con que nos miran las palomas que han regresado a la plaza; por la calle dos Hermanitas de los Pobres van de puerta en puerta, recogiendo perdones y una que otra limosna. En el aire diáfano los colores tienen una nitidez y una frescura de cromo; de aldea donde apenas falta la típica figura del cura bonachón y vejete, en la socorrida actitud paternal: bendiciendo a un niño arrodillado.
       ¡Qué fracaso si hubiera aparecido! Por momentos espero verlo asomarse y me lo imagino paseándose por el altozano de la iglesia, dentro del jardincito, pergeñando un sermón, porque entre las jactancias de la aldea no es la de menos ésta de tener un cura elocuente, tribunicio, y nada más natural que siéndolo éste, saliera a componer el sermón al jardín de la iglesia, en una mañana tan fresca… "La paz sea con vosotros”… ¿De qué manera mejor podría comenzar el sermón? Es tan apacible el lugar, discurre allí la vida tan serena! Pero seguramente el orador ha agotado este bíblico motivo y hay que buscar otro, nuevo y más humano… Si sucediera algo… un escándalo… Yo sé que el orador discurre a menudo sobre los sucesos de la parroquia, sobre todo si le dan oportunidad de fustigar a los feligreses con una máxima de moral cristiana… Pero, ¿qué escándalo se atrevería a profanar aquella quietud? Si apareciera al extremo de cualquier calle una mujer hermosa, lasciva, con un traje de vivo color, para la mayor eficacia del efecto, bajo una sombrilla, que por esta vez podría no ser roja… ¿Qué hay en esto de imposible? La pecadora ha ido al pueblo en busca de descanso o de salud; como es de suponerse, en el pueblo no se habla si no de ella; sus trajes, su sombrilla, el colorete que gasta, el desenfado con que se recoge la falda y aquella diabólica manera de mirar a los hombres. Las madres cristianas y timoratas temen por sus hijos en peligro, las muchachas no dejan de pensar en ella y a veces se asustan de sus propios pensamientos. Lo que significaría para tantas de ellas, aquella perdida! La vida anodina aburridora; la semana para el trabajo, el domingo para la misa y el fastidio… ¡Marta y María! Si conocieran la evangélica elección de Jesús. ¡Cuántas Marías!… A menos que en la tarde en el sermón, el cura se decidiera por Marta, aun a riesgo de desacreditar a Jesús. En esto podría pensar mientras paseara por el jardín. en el altozano de la iglesia…
       Mas la pecadora no aparecía al extremo de ninguna calle, ni el cura se asomaba al altozano, y en el interior de las casas, las Martas estaban en paz, con sus pensamientos inaccesibles, mientras las manos hacían su labor cuotidiana.
       Pero de aquélla, la verdadera, la vida de todos los días, a la vez interesante y trivial, yo aún no poseía el secreto. ¿Cómo lograrlo? ¿Tomarlo por asalto? ¿Abrir aquellas puertas cerradas, insinuarme en las almas para sorprender en ellas el minúsculo pensamiento que alegra o tortura?
       Hubiera sido inútil, la vida, huraña, se hubiera escapado a sus refugios inabordables y no hubiera encontrado angustia que no sonriera para engañarme, ni alegría que se atreviera a ser risueña… Si el azar me revelara el secreto! Yo entre tanto hacía conjeturas, y por afición al contraste imaginaba emociones intensas bajo pasividad exterior.
       Un vendedor de billetes apareció de pronto; gritó unas cifras recomendándolas de la manera acostumbrada. Nadie lo llamó para comprarle y él, después de varios gritos inútiles, se dirigió hacia la salida del pueblo. Sin embargo nadie podía asegurarse que no era la Suerte quien había pasado…
       De la escuela próxima salieron en tropel los muchachos; un grupo de ellos se encaminaron a la plaza; hablaban y gesticulaban alborotadamente, alegando los derechos que todos a la vez tenían. Por una calle cercana pasaron carretas hacia la fábrica. Los muchachos fueron entrando en sus casas, las carretas se alejaron y volvió a quedar en silencio la plaza. En torno a ella, circulaban los vecinos, atento cada cual a su quehacer. Viendo la circunspección con que lo hacían, me acordé de la gravedad que gastan los niños cuando juegan a vivir.


* * *

       Cuando regresamos, mientras mi compañero hablaba, yo me decía para mis adentros: Es curioso; que no me convenza de que la vida aquí es tan grave y pueril como en todas partes. ¿Por qué ha de parecerme juegos de niños, que este pueblecito tenga su iglesia, su plaza y su cementerio?… Sobre todo: un cementerio… Es una aberración.

Septiembre 1910. Caracas.


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