Rómulo Gallegos
(Caracas, 2 de agosto de 1884 - Caracas, 5 de abril de 1969)


La esfinge
Originalmente publicado en La Revista (26 de setiembre de 1915);
La Doncella y el último patriota
(México: Ediciones Montobar, 1957, 220 págs.)



      Arrellanado en la silla de extensión, cubierta la cabeza con un gorro primorosamente bordado en oro y los anchos pies metidos en pantuflas de lo mismo, viejo, pero todavía membrudo y fuerte, el rostro atravesado por un espantoso costurón, la derecha manca y lo que no se veía de su cuerpo todo surcado de cicatrices, gajes todos y trofeos de aquellos legendarios asaltos al machete que le habían dado tanta fama, el bravo guerrillero en reposo tenía la majestad de los volcanes apagados.
       Adormecíase en paternal complacencia oyendo a sus hijos que. todavía en la mesa, entre el humazo de los cigarros, un tanto desvanecidas las cabezas por los vapores del vino y por la digestión de la comida abundante, celebraban la vuelta del mayor.
       Regresaba éste de Europa adonde había ido, hacía un año, al doctorarse de médico, en viaje de estudios, gozando una beca. Su padre y sus tres hermanos, absortos, lo escuchaban referir las aventuras del bulevar.
       En el brillo nuevo y saludable de su piel, en el corte correcto de su traje y en los aros de concha de los lentes grandes y redondos, trascendía una civilización superior.
       El guerrillero se embobaba oyéndolo:
       —¡Este mi hijo el médico!
       Luego preguntó:
       —¿Y cómo te las compusiste tú para vivir por allá, cuando te quitaron la beca esa?
       —¡Oh! Fue una verdadera odisea. Hice el amor a mi patrona, una buena mujer metida en años y en carne. ¡Qué diablos! Había que vivir y no podía pagarle la pensión. ¡Y ella me lo agradeció, ya lo creo! Había que ver aquellas arrobas de tocino para comprender que tenía que agradecérmelo. Me mantuvo por espacio de tres meses a cuerpo de rey. Ahora le estará pesando. Le dije que pensaba establecerme en provincias y me dio dos mil francos para que comprara instrumentos.
       —¿Y tú no los compraste?
       —Sí. Pero me los traje. Me despedí a la francesa. A estas horas me tendrá entablada una demanda por estafa. ¡Ja, ja, ja! Que me eche un galgo.
       —¡Ah, muchacho!
       El menor de los hermanos observó:
       —¿Y si te reclaman las autoridades francesas?
       —No pueden —respondió el hermano jurista. No existe tratado de extradición.
       Y con calor de oratoria forense se despepitó clamando contra las leyes de extradición. Le parecían inicuas, las calificaba de traición.
       —¿Y por delitos comunes? —seguía replicando el hermano menor.
       —Ni por delitos comunes. Cuando un hombre se acoge a la bandera de un país, los ciudadanos de ese país no pueden entregarlo sin cometer una villanía, sin traicionar esa misma bandera que el otro ha reputado inviolable. Es como si en mi casa se refugiara un delincuente. Yo no lo entregaría.
       El general intervino:
       —Tiene razón mi hijo el abogado.
       Y para cortar la disputa que se iba agriando por momentos, le dijo a su hijo el médico:
       —Tú no sabes el ruido que ha formado éste con su grado de doctor en leyes.
       —Sí. Ya me han contado. ¿Y que presentaste una tesis revolucionaria?
       El jurisprudente sonrió olímpico.
       —Y en la colación del grado dije un discurso que todavía lo estarán oyendo. Concluí parafraseando el célebre estribillo de Catón el censor: Carthaginem etse delendam.
       Citó el párrafo. Un odio inmenso resollaba entre las frases ampulosas de aquel discurso con que se despidió de la Universidad, en cuyas aulas, decía, había sufrido su inteligencia humillaciones vergonzosas, estancamientos mortales, claudicaciones sin número. Vibraba su voz aguda en la violencia de las imprecaciones, recelábase la bilis suelta en la amarillez de su cara y toda su contextura de fusta se estremecía en orgasmos de misantropía. El no tenía que agradecer nada; se debía a sí solo; se encontraba desvinculado, libre de toda obligación para su medio y su época. Terminó diciendo que él también sentía el deseo neroniano y su dedo flaco, largo y torcido cortó en el aire la cabeza de la patria.
       El hermano polemista aprobó:
       —Sí. Hay que acabar con los falsos valores.
       Era éste un joven mediocre que se estaba haciendo famoso a causa de sus polémicas. Tenía una nariz aguda y grande que iba por delante de él como diciéndole: sígueme, que yo te voy abriendo el camino, y al hablar, aunque tartamudeaba, era también rotundo como el hermano jurista, dogmático, incontrovertible.
       En su vida de estudiante no había despuntado ni por el talento ni por la contracción y pasó por el doctorado por la generosa rendija de un bueno.
       En el ejercicio de la profesión tampoco prometía descollar y su nombre se hubiera quedado oscuro; pero un día se le reveló su destino leyendo un artículo de divulgación científica que publicó un antiguo condiscípulo suyo.
       El trabajo adolecía de algunos gazapos cronológicos y gramaticales y él lo rebatió por la prensa, al día siguiente, sin ocuparse de combatir la cuestión capital de doctrina y haciendo hincapié solamente en el apeado estilo del autor. De la réplica, que sus conocimientos no le permitían sostener, pasó a la diatriba y haciendo uso de armas poco gallardas tergiversó el sentido de ciertas frases de su contrincante, haciéndolo aparecer como autor de afirmaciones peligrosas.
       El éxito de esta lid de mala fe le dio a entender que en el ejercicio de aquella habilidad que acababa de descubrirse estarían el lustre de su nombre y bienestar que no habría de reportarle la profesión, y desde que lo entendió se hizo polemista. Ya contaba varias víctimas entre las más acendradas reputaciones científicas del país y esperaba desquiciarlas todas. Nada le importaba que la doctrina sustentada por alguno fuera buena y verdadera; siempre que, a caza de gazapos, encontrara un punto vulnerable, por insignificante y baladí que fuera, por allí introducía él la gota corrosiva de su ironía, de su mordacidad enconada, de su odio, aquel odio gratuito que parecía ser una enfermedad de familia.
       La sobremesa se animó con el cuento que cada uno fue haciendo de sus hazañas y recíprocamente se las celebraban con un divino cinismo. Aquello parecía más bien un pugilato de trúhanes en que cada quien se esforzara en demostrar que había sido más villano, más abyecto que el otro; pero para ellos tales vilezas sólo eran manifestaciones de una fuerza, de una superioridad que los envanecía y cada cual estaba seguro del éxito de todos. Oyéndolos, por la recia faz del padre vagaba una sonrisa complacida, que venía a ser como otro costurón, análogo al que ganara en aquella remota y feroz escaramuza, y trofeo también, si no de propia hazaña, sí de proezas que le concernían: las proezas de sus hijos.
       Sólo el menor de éstos guardaba silencio y parecía contrariado. Escuchaba atento la cínica apología que sus hermanos hacían de sí mismos y sonreía; pero con una sonrisa amarga, hostil, insultante casi. Oleadas de rencor, pero de un rencor noble y sano, pasaban en tumulto por su alma; otras veces era un profundo desprecio, una viva sensación de asco; otras, un sincero horror de toda aquella truhanería familiar, tan celebrada.
       Se horrorizó más cuando le oyó decir a su hermano, el jurista:
       —Es necesario honrar la patria. Ella nos exige y nos impone la buena reputación del nombre. No es por vanidad personal que debemos luchar para darle lustre y esplendor; es por patriotismo.
       Tuvo ganas de saltarle encima, agarrarlo por el cuello y gritarle en la cara: ¿Cómo puedes tú honrar la Patria; ni cómo puede ella sentirse honrada por tus actos?
       El otro continuaba su perorata:
       —Nuestros triunfos son triunfos de la Patria; gloria patria será nuestra gloria.
       Y entonces la indignación del hermano menor cedió el puesto a un sentimiento de asombro, de desconcierto, como si se hallara ante un enigma. La inconsciencia con que el jurista se reconocía de tal suerte compenetrado con la patria y capaz de honrarla con sus hechos, le pareció más funesta que el cinismo con que poco antes se jactaba de sus bribonadas.
       Lo miró fijamente al rostro y después, uno a uno, a su padre y a sus hermanos. Todos se habían puesto serios, graves, austeros. En todas las caras había la misma inconsciencia y todos eran espantosamente sinceros cuando decían, al concluir su perorata el abogado:
       —Sí. Es necesario honrar la Patria.
       El joven no quitaba de ellos sus ojos, como si quisiera arrancar a aquellas caras de esfinge un secreto terrible, acaso el secreto destino de la patria, y en un instante de locura le pareció ver en la de sus hermanos el costurón paterno, pero no como trofeo de valor que mostrara cómo se arriesgó la vida, sino como blasón hereditario que ahorra el sacrificio y da derechos al reparto del botín.
       Se paró violento, trémulo y les arrojó a las caras estas palabras:
       —¿Qué son ustedes y qué van a hacer?
       Todos se lo quedaron viendo como a un loco que hubiera aparecido de improviso entre ellos.
       Y el viejo dijo al cabo de un rato, soltando una risotada:
       —¿Qué le habrá sucedido a mi hijo el tonto?



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