—¡Qué
horror! ¡Qué horror!
Clamaba Enriqueta,
con las manos sobre las sienes consumidas por el sufrimiento,
paseándose de un extremo a otro de la sala, impregnada
todavía del dulce y pastoso aroma de nardos y azucenas del
mortuorio reciente.
—Ya me lo
decía el corazón. No era natural que tú te
desesperaras tanto por la muerte de Adolfo. Si parecía que
eras tú la viuda y no yo. ¡Y yo tan ciega, tan
cándida! ¿Cómo es posible que no me hubiera
dado cuenta de lo que estaba pasando? ¡Traicionada por mi
propia hermana, en mi propia casa!...
Amelia la
oía sin protestar. Tenía el aire estúpido de
un alelamiento doloroso; sus ojos, que un leve estrabismo
bañaba de languidez y dulzura, encarnizados por el llanto y
por el insomnio, seguían el ir y venir de la hermana con esa
distraída persistencia del idiotismo. Parecía
abrumada por el horror de su culpa; pero no reflexionaba sobre
ella; ni siquiera pensaba en el infortunio que había
caído para siempre sobre su vida.
Atormentada por
los celos, trémula de indignación y de despecho,
Enriqueta escarbaba con implacable saña en aquella herida
que era dolor de ambas, arrancándole las más crueles
confesiones a la hermana, quien las iba haciendo dócilmente
con la sencillez de un niño, llegando a un inquietante
extremo de exageración cuando Amelia le
confesó que era madre.
¡Ella, que
tanto lo deseara, no había podido serlo durante su
matrimonio! ¿No era el colmo de la crueldad del destino para
con ella, que tuviese que amargar más aún, con el
despecho de su esterilidad su dolor y su ira de esposa ofendida, de
hermana traicionada? ¡Esto sólo le faltaba: tener de
qué avergonzarse!
Al cabo la
violencia misma de sus sentimientos la rindió. Lloró
largo rato, desesperadamente; luego más dueña de
sí misma y aquietada por el saludable estrago de su tormenta
interior, le dijo a la hermana con una súbita
resolución:
—Bien. Hay que
tratar ahora de ver si se salva algo: siquiera el concepto de los
demás. Nos iremos de aquí, donde todo el mundo nos
conoce y nos sacarían a la cara esta vergüenza. Nos
instalaremos en el campo hasta que tu hijo haya nacido. Y
será mío. Yo mentiré y me prestaré a la
comedia para salvarte a ti de la deshonra... y...
Pero no se
atrevió a expresar su verdadero sentimiento, agregando: y
para librarme yo de las burlas de la gente. Porque en aquel rapto
de heroica abnegación no podía faltar, para que fuese
humana, el flaco impulso de una pequeña pasión.
Amelia la
oyó con sorpresa y se le llenaron de lágrimas los
ojos que parecían haber olvidado el llanto: su instinto
maternal midió un instante la enormidad del sacrificio que
se le exigía. Respondió resignada:
—Bueno, Enriqueta.
Como tú digas. Será tuyo.
II
Confundiéndolas en un mismo amor creció Gustavo
Adolfo al lado de aquellas dos mujeres que se veían y se
deseaban para colmarlo de ternuras.
Era un pugilato de
dos almas atormentadas por el secreto, para adueñarse
plenamente de la del niño que era de ambas y a ninguna
pertenecía.
—¡Mi hijo!
¡Mi hijito!...
Decía
Enriqueta, comiéndoselo a besos, con el corazón
torturado por el anhelo maternal que se desesperaba ante la
evidencia de su mentira.
—¡Muchacho!
¡Muchachito!
Exclamaba Amelia,
sufriendo la pena de Tántalo por no poder satisfacer su
orgullo materno ostentando la verdad de su amor.
Y a medida que el
niño crecía aumentaba el conflicto sentimental que
cada una llevaba dentro del alma. Celábanse y
espiábanse mutuamente: Enriqueta siempre temerosa de que
Amelia descubriese algún día la verdad al
niño; Amelia de continuo en acecho de las extremosas
ternuras de la hermana para superarlas con las suyas.
Por momentos esta
perenne tensión de sus ánimos se resolvía en
crisis de odio recíproco. Acontecíales muy a menudo
pasar días enteros sin dirigirse palabra, cada cual
encerrada en su habitación, para no tener que sufrir la
presencia de la otra, y cuando se sentaban en la mesa o, por las
noches, se reunían en la sala en torno al niño que
charlaba copiosamente hasta caer rendido de sueño sobre el
sofá, una y otra lanzábanse feroces reojos a
hurtadillas de la criatura que hacía las veces de
intérprete entre ambas. A veces un simultáneo impulso
de ternura reunía sobre la infantil cabecita las manos de
ellas que se encontraban y tropezaban en una misma caricia;
bruscamente las retiraban a tiempo que sus bocas contraídas
por duros gestos de encono, dejaban escapar gruñidos que
unas veces provocaban la hilaridad y otras la extrañeza del
niño.
Pero la misma
fuerza de la abnegación con que sobrellevaban la enojosa
situación no tardaba en derramar su benéfico influjo
sobre aquellos espíritus exasperados por el amor y roídos por el secreto. Bastaba que un donaire
del niño sacase a las bocas endurecidas por la pasión
rencorosa, la ternura de una sonrisa; mirábanse entonces
largamente, hasta que se les humedecían los ojos, y
reconociéndose mutuamente buenas y sintiéndose
confortadas por el sacrificio, olvidaban sus mutuos recelos, para
decirse:
—¡Lo
qué debes sufrir tú!
—Tú eres
quien más sufre... y por mi culpa.
Eran momentos de
honda vida interior que a veces no llegaba a sus conciencias bajo
la forma de un pensamiento; pero que estaba allí, como el
agua de los fondos, dándoles la momentánea
intuición de algo inefable que atravesara sus existencias
revelando cuanto de divino duerme en la entraña de la
grosera substancia humana; instantes de una intensa felicidad sin
nombre que les levantaba las almas en una suspensión de
arrobamientos. Eran sus horas de santidad.
Y eran entonces
los ojos del niño los que parecía que acertasen a ver
mejor estos relámpagos del ángel en las miradas de
ellas, porque siempre que aquello aconteció, Gustavo Adolfo
se quedó súbitamente serio, viéndolas a las
caras transfiguradas, con un aire inexpresable.
III
Así
transcurrió el tiempo y Gustavo Adolfo llegó a
hombre.
Mansa y calmosa,
su vida discurría al arrimo de las extremadas ternuras de
aquellas dos mujeres que eran para él una sola madre y en
cuyas almas el fuego del sacrificio parecía haber consumido
totalmente las escorias del recelo egoísta y del amor
codicioso. Pero un día —él nunca pudo decir cuando ni
por qué—, una brusca eclosión de subconciencia le
llenó el espíritu de un sentimiento inusitado y extraño: era como una expectativa de algo que
hubiese pasado ya por su vida y que, de un momento a otro hubiera
de volver.
De allí en
adelante aconteciole sentir
esto muy a menudo, sobre todo cuando viniendo de la calle,
ponía el pie en su casa. En veces fue tan lúcida esta
visión inmaterial que llegó a adquirir la
convicción de que toda su vida estaba sostenida sobre un
misterio familiar, que él no podía precisar
cuál fuese, a pesar de que, en aquellos momentos, estaba
seguro de haber tenido en él inequívocas
revelaciones, allá en su niñez. Sobrecogido de este
sentimiento, que no se ocupaba de analizar, cada vez que entraba en
su casa deteníase en el zaguán, con el oído
contra la puerta, espiando el silencio interior, convencido de que
algún día terminaría por oír la palabra
que descorriese el velo de su inquietante misterio.
Y la
escuchó por fin.
A tiempo que
él entraba en el zaguán oyó la voz airada de
Enriqueta diciéndole a Amelia:
—Y si no hubiera
sido por mí, ¿qué sería de ti? Ni tu
hijo te querría, porque Gustavo Adolfo no te hubiera
perdonado el que lo hayas hecho hijo de una culpa. Me traicionaste,
me quitaste el amor de mi marido...
—Pero te di mi
hijo... ¿qué más quieres? Te he dado lo que
tú no supiste tener. Me debes la mayor alegría de una
mujer: oír que la llamen madre. Y te la he dado a costa
mía...
—¡Traidora!... Mala mujer...
—¡Estéril!...
IV
Han pasado
años y años... Están viejas y solas... Gustavo
Adolfo las ha abandonado... Se revolvió del zaguán
donde oyó la vergonzosa revelación de su misterio
y no volvió más a la casa... Lo esperaron en
vano, aderezado el puesto en la mesa, abierto el portón
durante las noches... ¡Ni una noticia de él! Tal vez
había muerto...
Todavía lo
aguardaban. El ruido de un coche que se detuviera cerca de la casa
les hacía saltar los corazones... esperaban conteniendo el
aliento, aguzados los oídos hacia el silencio del
zaguán... y pasaban largos ratos bajo las puertas de sus
dormitorios que daban al patio en una espera anhelosa... luego se
metían de nuevo a sus habitaciones a llorar...
¡La vida
rota! Destrozada en un momento de violencia por un motivo
baladí: años de sacrificio, dos existencias de
heroica abnegación frustradas de pronto porque a una se le
cayó una copa de las manos y la otra profirió una
palabra dura. Así comenzó aquella disputa vulgar y
estúpida en la cual se fueron enardeciendo hasta concluir
sacándose a las caras las mutuas vergüenzas; y
así terminó para ellas, de una vez por todas, la
felicidad que disfrutaban en torno al hijo común, y la santa
complacencia de sí mismas, que experimentaban cuando
medían el sacrificio que cada una había hecho y se
encontraban buenas.
Ahora las
atormentaba la soledad... el silencio de días enteros,
martirizándose con el inútil pensamiento:
—¿Por
qué se me ocurrió decir aquello?
—¡Dios
mío! ¿Por qué no me quitaste el habla?
—¡Y todo por
una copa rota! ¡Quién pudiera recoger las palabras que
no debió pronunciar!
—¡La hora
menguada!...
Caracas, abril de 1919.