Rómulo Gallegos
(Caracas, 2 de agosto de 1884 - Caracas, 5 de abril de 1969)


Las novias del mendigo
Originalmente publicado en la revista El Cojo Ilustrado (1 de diciembre de 1910);
Los Aventureros
(Caracas: Imprenta Bolívar, 1913, 160 págs.);
La rebelión y otros cuentos
(Caracas: Librería y Editorial del Maestro, 1946, 293 págs.)



I


      Tenía una singular manera de pedir limosnas; jamás las imploraba exponiendo su miseria del modo como suelen hacerlo los mendigos vulgares para apiadar a las gentes, ni propiamente las imploraba nunca, porpue él no era un pordiosero vulgar que suplicaba un pedazo de pan o un centavo para su hambre, sino un mendigo de oraciones; y aún éstas no las pedía para servirse de ellas en su propio provecho, sino para hacerles la caridad de enseñárselas a las muchachas de su campo, siempre expuestas a las malignidades de los echadaños y a las mordeduras de los animales venenosos.
       Por este motivo muchos le cobraron recelo y hasta mala voluntad algunos, pero a él no se le daba cuidado porque en cambio muchas también lo querían, y el cariño de éstas, como que era de almas puras y tiernas, tenía que ser para él más dulce que amarga era la malevolencia de los otros. Estos, los hombres, por natural condición recelosos y mezquinos, le tenían ojeriza, menos por aquel aspecto suyo de vagabundo y embaucador, tan sospechoso, que por el cariño que le profesaban las mujeres, a quienes el mendigo sabía interesar en su favor, explotando la natural curiosidad de ellas, con aquel mismo aspecto suyo y con su rara costumbre, tan inusitada como aquellas palabras que empleaba en su conversación siempre disparatada y pintoresca. Y como él sabía que los hombres le aborrecían, esperaba que ellos no estuvieran en sus casas para ir a ellas, donde siempre era bien recibido por las mujeres que invariablemente acogían su aparición con grandes clamores y aspavientos de burlona jovialidad, y se sentaban luego en torno suyo haciéndole preguntas diversas para hacerle hablar y gozarse con oírlo, a lo que él correspondía gustoso y satisfecho, mirándolas a las caras y sonriendo con una evidente expresión de voluptuosidad que le remozaba de modo singular la faz vetusta, como si con aquellos agasajos que ellas le hacían y con los que él les retribuía llamándolas cariñosamente mis ninas, disfrutara de un placer idéntico al que proporciona a un niño el furtivo saboreo de una golosina mal habida.
       De esta manera tomaba el mendigo la revancha contra la malquerencia de los hombres, regocijándose de su artería con un sentimiento no exento de innobleza, porque si bien había mucho de niño en el modo candoroso como se preciaba de aquel amor de las mujeres, había también mucho de seductor en la maña que se daba para lograrlo.


II

      Mas, como siempre sucede, no todas lo querían con igual entusiasmo, ni a todas él de la misma manera. Tenía sus preferidas, suerte de favoritas de aquel raro amador, para las que reservaba como dones especiales los más bonitos cuentos de encantamientos y las anécdotas más inverosímiles de cuantas le habían sucedido, y con las que ellas se divertían lo indecible. En cambio ellas le tenían siempre oraciones muy curiosas y eficaces y amuletos propicios contra toda maligna acechanza, con la añadidura de algo que comer y una que otra prenda de vestir de cuando en cuando; todo lo cual, aunque nunca lo exigiera, aceptaba él gustosamente. Las otras, las indiferentes, nunca le tenían una oración ni una reliquia bendita, cuando más un pedazo de pan o un centavo era lo que le daban, y esto, sacando apenas el brazo por la puerta entornada, sin invitarlo a entrar y muchas veces sin detenerse a escuchar el cariñoso saludo o los votos con que él retribuía la limosna que le daban. Verdad que tampoco él tenía para ellas cuentos ni anécdotas; pero esto mismo más que suya era culpa de ellas que nunca tenían tiempo ni paciencia para oírlos. ¡Tan ocupadas estaban siempre! La razón era obvia, pero él atribuía a desamor aquella desatención y siempre salía refunfuñando, sin agradecer la limosna que se le daba tan desabridamente, como a un pobre cualquiera, y que él aceptaba por no desairar.
       —No tienen caridá. Como si uno por más pobre que juera no le tuviera más estima al cariño que al piazo e pan.
       Y una vez le dijo a otra:
       —Mi niña; su perdone consuela más que too el pan de la tierra. Dios le bendiga la boca.
       Sin duda aquella boca había sabido darle la verdadera limosna porque no era sólo pan lo que necesitaba aquel mendigo. Y como no lo estimara por sobre toda otra cosa, en el pueblo se decía que no era tal pobre sino un avaro que se estaba pudriendo de sordidez y dinero, por lo que muchos señores prohibieron terminantemente en sus casas que se le diera limosnas. Otros decían que era un truhán, un redomado embaucador, y muchos lo tenían por brujo por el hecho, sólo así explicable, de mendigar oraciones; y así, unos por esto, otros por aquello, todos le tenían aprensión.


III

      Y era que en efecto aquel hombre tenía una cosa extraña que inspiraba recelo: cierta dureza en la mirada, más propia de malhechor que de pordiosero, su mismo aspecto bienpareciente de persona de rango venida a menos, nadie sabría por qué, aquella pulcritud y cuidado de las manos y la cara que se avenía tan mal con los harapos del vestido y la tosquedad de los pies maltratados por el andar descalzo, y por sobre todo, aquella manera picaresca de guiñar los ojos como si se burlara de los que le compadecían, y aquel gesto notoriamente lascivo de enarcar la boca haciendo converger en los pómulos agudos todos los pliegues de la cara, en una sonrisa como de sátiro en acecho, expresión de senil voluptuosidad que ponía escuchando a las mujeres que le agasajaban y que se le quedaba en el rostro, largamente, como estereotipada.
       Este gesto había sido en veces tan decidor que muchas se ruborizaron de haberlo provocado y desde entonces tuvieron más comedimiento en su trato con el mendigo a quien creyeran incapaz de un pensamiento impuro. De esta manera fue perdiendo el favor que un tiempo le dispensaran todas las muchachas del pueblo, hasta que al fin eran muy contadas las que le permanecían fieles a pesar de la sonrisa.
       Entre éstas, las más eran temporadistas de las que todos los años por la época de los calores iban al pueblo, para quienes el raro mendigo era uno de tantos motivos de esparcimiento, una de las tantas cosas que había que ver en el lugar y como le descubrieran la graciosa chifladura se divertían a más y mejor haciéndose las enamoradas de él, tanto por la fruición que les procuraba alimentar una hoguera que no habría de quemarlas, como por preciarse de listas y pulidas no incurriendo en la pudibundez cursi de las muchachas del pueblo a quienes asustaba un amor tan inofensivo como el del aquel pobre hombre.


IV

      De aquí que el mendigo terminara no bajando al pueblo sino por la época de la temporada. Todo el resto del año se lo pasaba en el campo, enseñándoles a las muchachas de allá las oraciones que a su vez aprendía de boca de las señoritas de la capital, y esperando la estación calurosa como un enamorado el regreso de la novia. Y en realidad era un enamorado en la espera de muchas novias; algunas ya conocidas y no olvidadas todavía; otras ignoradas y de antemano queridas, todas las que por agosto venían a las quintas de los alrededores del pueblo a congregarse, como en un serrallo, para aquel peregrino sultán, y a quienes él aguardaba ansioso, allá en su campo, contando los días y mirando continuamente hacia el camino desde la puerta de su rancho.
       Esto le valía la diaria y continua regañina de los de su familia que no podían ver con agrado que él se estuviera todo el día, mano sobre mano y entretenido en tan ociosos pensamientos, mientras ellos, encorbados sobre el barbecho, soportaban, abrasador y pesada, el azote del sol y la carga de la casa. Verdad que ya él estaba viejo, pero en el campo muchos otros había tan viejos como él y de mayor provecho; y además, si lo era para el trabajo tampoco dejaba de serlo para no estar sirviendo de diversión a los vecinos que se le reían en las propias barbas, cuando él les contaba lo mucho que lo querían sus niñas y las cosas tan buenas que le decían; y si bien era cierto que la amistad con tales personas le producía beneficios efectivos por las limosnas que le daban, no lo era menos que para los hijos tenía que ser bochornoso que su padre las mendigara.
       Pero ni la reprimenda de los suyos ni la burla de los extraños le hacían apartar la vista del camino ni el pensamiento de la grata abstracción, y así se estaba, hasta que en el camino aparecían los carros colmados de muebles, anunciando el advenimiento de la temporada, y los trenes más llenos que de costumbre, pasaban hacia el pueblo llevando gente siempre alegre que agitaba las manos fuera de las ventanillas en un tropel de adioses para todos los que los veían pasar, adioses que eran para el mendigo saludos de buen augurio. Entonces tomaba su bastón y se iba al pueblo, a pesar de las protestas de los hijos que de buena gana lo encerrarían en un manicomio, todos los años por aquel tiempo, y en el pueblo reemprendía su romería de todos los años, en busca de novias, de casa en casa. A muchas de las ya conocidas encontraba transformadas: en mujeres, las que niñas dejara de ver en el pasado año; en enfermas, las que se despidieron buenas y sanas; y como por una u otra causa habían cambiado mucho, a menudo le costaba trabajo recordarlas, mientras que ellas lo reconocían al punto:
       —¡Crisanto! ¡Todavía vive usted!
       —Entoavía mi niña, a pesar de toas las fragilidades que he atravesao este año.
       En otras partes encontraba gentes desconocidas con quienes entablaba amistad prontamente y cuando regresaba a su campo se llevaba, junto con algunas oraciones aprendidas y algún dinero que nunca dejaban de regalarle, un nuevo amor dentro del alma para una novia nueva; porque su alma era pavesa de pronto arder en toda chispa de mirada femenina, como si la edad en vez de aterírsela, se la hubiera retostado hasta el punto de hacerla prodigiosamente inflamable.
       Este amor era para él como una reencarnación; de tal manera le animaba que sólo con ver la presteza y soltura con que se empinaba cuesta arriba hacia su campo, podía asegurarse que lo llevaba en el pecho, y quien hubiera ido al lado suyo le habría escuchado musitar: mi niña, mi noviecita, mientras la mirada se le enardecía y se le contraía la boca enarcándosele hacia los pómulos agudos.


V

      A veces, más bien, se llevaba una profunda tristeza y cuando llegaba al rancho se sentaba sin decir palabra en el tronco donde solía pasarse los días enteros, mirando al camino, y tapándose con ambas manos la cara, echaba a llorar como un niño. Era que había perdido una novia: una de las del año anterior que se había casado en la ciudad, o que había muerto, o que había dado un mal paso.
       Esto último no sucedía con frecuencia, pero había ocurrido ya dos veces, precisamente las dos a quienes había querido más porque habían sido las más afectuosas y caritativas con él, la primera de las dos, sobre todo. ¡Lo que sufrió el pobre Crisanto cuando supo la determinación que había tomado aquella muchacha tan virtuosa al parecer! Varios días estuvo tumbado en un rincón del rancho, sin hablar a nadie, sin mirar a nadie; llorando a veces; a veces bramando como una bestia herida, imaginando venganzas insensatas, como sólo un loco podía imaginarlas, afligido con dolor verdadero y avergonzado como si el desliz de la soñada prometida le hubiera menoscabado su honor en realidad. Igual le aconteció cuando la segunda, y como alguno, por mortificarlo, asegurara que esto pasaba porque él era un hacedor de daños, el pobre hombre se exasperó de modo tal que fue necesario vigilarle, porque en dos ocasiones atentó contra su vida.
       ¡Un echadaños él que pedía limosnas de oraciones para enseñar a las gentes a librarse de las acechanzas del Enemigo Malo y de las mordeduras de los animales venenosos! Y se dolía de que alguien le quisiera tan mal para calumniarle así, y como la versión se generalizó entre los campesinos y en el pueblo mismo, al fin Crisanto concluyó por temer que fuera cierto lo que se murmuraba.


VI

      No obstante, cuando vino la temporada y empezaron a ocuparse las quintas con familias de la capital y a alegrarse los paseos con la ingenua explosión de las femeniles charlas, Crisanto quebrantó el juramento que hiciera de no volver a poner más sus ojos malignos sobre mujer alguna, bajando de su montaña, como de costumbre, en busca de novias nuevas. Y, como siempre, encontró muchas, porque él tenía la propiedad de agradar a las mujeres, en cambio de aquella otra correspondiente de desagradar a los hombres; y entre todas las que encontró una fue la escogida, de cuyo hallazgo se hubiera alegrado tanto como se afligió con la pérdida de las otras, si no fuera por aquel decir de las gentes, a lo que él no daba ya gran crédito, pero que sin embargo lo tenía caviloso, porque quieras que no, estas cosas de superstición pueden a la postre más que uno. Y de esta manera, por primera vez, concibió el amor con zozobra, tanto, que cuando en la tarde regresó a su casa, no supo decir si estaba alegre o triste.
       Sin embargo, era para alegrarse hasta enloquecer, porque ninguna como aquella novia había sido hermosa y amable; jovencita, porque en los ojos se le veía la ternura de la edad; buena, porque tenía una sonrisa más fresca y una voz, tan sabrosa, que daban ganas de quedarse sordo después de haberla oído.
       La gracia que le hizo el curioso mendigar de Crisanto, cuando éste llegándose al corredor donde ella junto con las hermanas charlaba, dijo:
       —Buenas niñas, a vé si tienen una oración pa el viejo, pa llévala pa mi campo.
       Ella no se explicaba lo que podía hacer un limosnero con una oración, y él le dijo:
       —¡Ay! mi niña. Cómo se devina que usté nunca ha conocío otra cosa que su ciudá y la sabrosura de su riqueza. Quiera el buen Dios que nunca vaya usté a los campos, buena niña, polque en el campo hay muchos animales dañosos, y como no hay iglesia, anda el Enemigo suelto. Yo pido las oraciones pa enséñaselas a las muchachas de allá, que no son tan civilizas como ustedes que tienen más desplicación. Usté no sabe, mi niña, las fragilidades que tiene uno en el campo; el campo está malo, buena niña: tres fanegas y media de mái sembró el hombre y tres y media perdió; allá le pasan a uno cosas que no son contables de contá; yo en veces digo: ¡qué trabajo el mío!... Y en el campo toos dicen: ¡qué trabajo el mío!... El año pasao, una buena niña que vivió en esta quinta, que era quinta de verdá entonces y ganaba hasta veinte pesos, porque ahora no es sino escombro; a pue, la buena niña, le digo, me hizo una caridá muy buena; me dio hasta cuarenta y siete reales juntos de una vez, pa que yo comprara gallinas y pusiera un comercio; yo hasta me asusté cuando me los vide en la mano, pero ella me dijo: esos son pa usté, y con ellos fui y consolé a la mujé que estaba enferma y a un hijo de la mujé que también estaba dolió del reuma; ¿no es verdá, buena niña, que hize una vida mejor? Dispués la buena niña se prestaba siempre con una peseta, y pá que usté vea, mi niña, dispués paró en mal. Así es la fatalidá de las personas, que no sólo los malos paran en mal sino que muchos buenos van a tené a malas partes, caminando su vida.


VII

      Desde aquel día, todas las mañanas iba Crisanto a la quinta a referirle sus raros cuentos a las muchachas que se los retribuían luego con oraciones que le enseñaban recitándoselas, porque él no sabía leer, y era de admirar la maña que se daban unas y otro por sobrepujar en lo revesado y absurdo, los cuentos con las oraciones y éstas con aquellos. Los de Crisanto versaban casi siempre sobre un obligado tema de apariciones y encantamientos, referidos como casos sucedidos a él, y con los cuales las prevenía de los riesgos que tiene el campo; como el de bañarse en los ríos, con prendas de oro o plata, porque en todo río siempre hay un encantado que por robarse las prendas extrangula dentro del agua a las personas que las cargan; o el de pronunciar ciertas palabras, en ciertos lugares de los caminos y a determinadas horas, palabras, sitios y momentos que nunca decía cuáles eran por más que se lo preguntaran. A su vez, las de ellas eran disparatadas advocaciones a deidades de una extraña mitología imaginada para el caso, y que le recomendaban como eficaces contra todos aquellos mismos riesgos. Y de todas las oraciones eran las más extrambóticas las compuestas por aquella a quien Crisanto prefería a todas las hermanas. A ella, en tratándose de imaginaciones no había quien la igualara, siendo tales las atrocidades que se le ocurrían que de ordinario las hermanas tenían que hacerle señas para que se refrenara, mientras Crisanto la escuchaba alelado y sonriendo, con su sonrisa terrible.
       Pero nunca era tan expresiva y terrible esta sonrisa, como cuando ella, la novia, por darle broma, le hablaba de amor, mirándole a los ojos fijamente como para marearlo, y sonriendo con toda su juventud, de una manera afrentosa para aquella senilidad estremecida e impotente. Entonces la dura mirada habitual del mendigo se iba enterneciendo como acero que se fundiera, en dos crisoles tan hondos como aquellos ojos de cuencas amplias, calentado por una llama arrancada a aquella frialdad senil en un supremo espasmo de ardimiento. Y viendo como se derretía dentro de los ojos del viejo aquella dureza impalpable, y como se iba estirando hacia los pómulos agudos aquella boca de repugnante elasticidad, la muchacha se deleitaba de manera diabólica, enardeciéndole para luego reírse de él, con una risa que tenía mucho del chisporroteo del agua sobre ascuas.
       Así pasaron unos días, con lo que la ya flaca razón del mendigo se fue debilitando hasta el extremo, para quebrantarse de un todo al golpe con que por tercera vez le hiriera la fatalidad.
       Una mañana cuando Crisanto llegó a la quinta encontró cerrada la cancela y en inusitado silencio la casa. Solo estaba el corredor donde acostumbraban estar de charla las hermanas, y adentro, el sol, como más blanco. Crisanto saludó dos veces inútilmente y cuando ya se iba vio que se asomaba un señor huraño, y saludó por tercera vez preguntando por sus buenas niñas. El señor le respondió de mala manera y le volvió la espalda dejándolo con la palabra en la boca. Luego vino una de las niñas de la casa, y al acercarse al mendigo soltó ruidosamente el llanto que trajera contenido.
       Crisanto la dejó llorar y luego le preguntó:
       —¿Qué tiene mi buena niña? Qué cosa mala le ha pasao, pa ve si pue consolala su pobre.
       Y como la llorosa no respondiera, volvió a preguntarle:
       —¿Y ella dónde está? ¿Por qué no viene a recibime?
       —No está ya, Crisanto, no está ya...


VIII

      Cuando Crisanto llegó a su rancho, se tiró al suelo y lloró largamente. En torno suyo se reunieron los de la familia, no a consolarlo sino a reprenderlo con dureza, amenazándolo con encerrarlo como a loco si se le antojaba irse otra vez para el pueblo. Ninguno se informó por el motivo de su duelo, porque ya se lo suponían sobradamente, ni él se los hubiera comunicado tampoco, para que no fueran a reírse de él otra vez, y cuando cansados de amonestarle le dejaron en paz con su dolor, él se quedó pensando:
       —¿Por qué los que son buenos van a pará también a mala parte, caminando su vida, como los malos? Una niña tan caritativa, que le gustaba tanto protegé a los pobres, y querelos con too su cariño, termina en la fragilidá en que ha terminao...
       Luego, convertido en ira el dolor, estremeciéndose como un energúmeno, continuó:
       —¿Por qué me ha dejao? ¿Por qué me ha dejao?... La muy zafá...
       Recordó entonces a las dos que habían precedido a esta última en aquella fuga de novias tan inexplicable, y de súbito le asaltó un pensamiento cruel: tenían razón los que le aseguraban que así sucedía porque él era un echadanos... Y se dolió sinceramente de no haber cumplido el juramento que hiciera de no mirar a ninguna mujer y en un supremo arranque de ira se introdujo en las cuencas profundas los dedos crispados, como para sacarse aquellos ojos malignos, mientras allá, en su interior, daba su último parpadeo la razón.



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