Rómulo Gallegos
(Caracas, 2 de agosto de 1884 - Caracas, 5 de abril de 1969)


Pegujal
Originalmente publicado en Actualidades (20 de abril de 1919);
La rebelión y otros cuentos
(Caracas: Librería y Editorial del Maestro, 1946, 293 págs.)



I


      Pegujal es un poblacho triste y pobre, lleno de polvo y de moscas, lleno de silencio y de modorra, lleno de infinitas amarguras grandes y pequeñas. Lo rodean unos cerros tiñosos, de tierra empedernida y rojiza que van a morir allí en la entrada de los llanos; lo atraviesa un camino por donde se siente pasar la taciturnidad de las pampas desiertas y antaño estuvo sentado en las márgenes de un río que arrastraba un limpio caudal de mansas y abundosas aguas.
       En los cerros, mientras dura la estación de las lluvias, verdean y se doran precarios maizales; por el camino transitan, de cuando en cuando, quejumbrosos convoyes de polvorientas carretas, tardos arreos de burros cansinos que marchan dejando en el aire un son de cencerros llenos de melancolía o morosas puntas de ganado, con el cantar de cuyos pastores pasa por el pueblo el alma doliente de las llanuras; del río, que buscó otro cauce por tierras más generosas y se fue por él, sin que de la negligencia de los pegujaleros pudiese salir un pequeño esfuerzo para retenerlo, poniendo una mala estacada en la orilla que las aguas desbordadas lamieron y desmoronaron durante años y años; del río que espejeó la riente verdura de la tierra feraz y por cuyas ondas se deslizaron las canoas colmadas como cuernos de abundancia, sólo queda el lecho enjuto y fangoso que las avenidas del invierno anegan de mortíferos cilantos.
       La gente de Pegujal es gente hosca, pachorrenta, roída por minúsculos rencores de una hoguera de odios ancestrales en cuyo rescoldo escarban los espectros de las razas irreductibles, minada por un pesimismo hecho de indolencia y misantropía, propensa a las marejadas de las pasiones violentas y fugaces, trágica hasta en la alegría.
       La vida de Pegujal es un mollejón donde se amellan los filos mejor templados del espíritu. Dentro de las casas: la muda tragedia de las mujeres marchitas que tienen el aire triste de los animales amansados y sufren, sin darse cuenta, la nostalgia de la ternura que no conocen; fuera de las casas, la taciturnidad de los hombres royendo el hueso del trabajo sin fruto; un perezoso golpe de azadón, de rato en rato, allá en el soleado silencio del conuco; un sofocante trajinar por la encendida soledad de las sabanas apacentando el rebaño famélico, a lo largo de los polvorientos caminos conduciendo el arreo; un caviloso sinquehacer detrás del mostrador de la pulpería por cuyas desiertas armaduras corren en paz los ratones.

       Un día:
       Honda modorra bajo la cruda luz canicular: la hoja está inmóvil en la rama del árbol, se hace visible la reverberación de la tierra pedriscosa, se siente cómo se va cerrando en torno al poblado el anillo de silencio de los desiertos circundantes. Adormecen los perezosos ruidos que ahondan la quietud aldeana: el mazo del talabartero; el canto del martillo sobre el yunque del herrador; una conversación soporosa, que no se sabe de dónde sale y parece llenar todo el pueblo, confundida con el bordoneo de las moscas en el bochorno del resol; el monótono tictaqueo del telégrafo denunciando el paso de mensajes que nunca se detienen porque Pegujal está olvidado del resto del mundo; el soñoliento tintinear de las cencerros de las recuas que van levantando el polvo del camino; la honda melancolía del cantar de los llaneros que vienen del llano adentro conduciendo la vacada cansina:

¡despídete de tu comederooooo!
que te llevan pa Caracas a cambiarte por dineroooo...

       Y así todos los días.

      Una noche:
       Es la noche de las tierras misteriosas bajo cuyo feérico esplendor duerme la pampa solitaria y resuena la salvaje melodía de las selvas vírgenes, la inquietante noche de las tierras malditas en cuyo alto silencio se oye el gañido de la fiera en la espelunca, el grito de la víctima que cayó en la emboscada, el anheloso reclamo de la lujuria infecunda y en cuya negrura fosforecen los espantosos dientes de la sayona que aguarda al nocherniego en la orilla del camino y lo invita a seguirla.
       Los hombres forman corrillos en los corredores de las pulperías. Se cuentan sus trabajos: el arriero habla de los que pasó en los barrizales donde se le atascaron los burros; el ganadero de las reses que se le desgaritaron en la sabana y de las que dejó despeadas a lo largo de su viaje de días y días desde el hato remoto; el conuquero, de la candelilla que le destruyó las siembras o del maizal, que no cuajó las mazorcas porque no llovió o porque llovió demasiado.
       Y así todas las noches. Y cuando se recogen a sus casas, por el camino que blanquea a la luz de las estrellas, alguno va diciendo:
       —Pues sí, cámara, las mujeres son malas. Yo a la mía la quiero, pero le ando adelante, pa que no se me enrisque. Porque a las mujeres haceles sentí la condición del hombre. ¡Ah, sí! Esa que le digo me tenía miedo; la condená cargaba amarrá en la pretina una cabulla de mí tamaño, pa que no me le juera. ¡No me venga! Le saqué la zurda y toavía se está sobando la jeta. Las mujeres son malas.
       Así se ama en Pegujal.
       Otras veces es una escena de sangre:
       —Pues el hombre llegó y dijo: ¿Por aquí y que anda un tal Gregorio Pinto a quien no hay quien se le pare? ¡Ja, caramba! ¡Más vale que no lo hubiera dicho! El indio Gregorio se le encimó y le dijo: Ese tal Gregorio Pinto es éste. Y diciéndolo le zumbó el puñal por aquí, Dios me salve el lugar. No dijo ni ñé... Pero digo yo: ¿qué necesidá tiene nadie de injuriá a los hombres?
       Así se odia en Pegujal.
       Otras veces, camino del velorio del amigo que ha muerto:
       —Eso fue daño que le echaron. brujo de “Los Lechozos”.
       Así piensan en Pegujal.


II

      Por mayo, cuando la Cruz del Sur se endereza en los cielos y con las primeras lluvias comienza a llenarse el antiguo cauce del río y los cerros carbonizados por el fuego de las rosas a revestirse del verde tierno de los maizales, Pegujal sacude la murria que pesa sobre él durante todo el año, como la pátina de polvo sobre las techumbres hasta que llega el invierno y las lava.
       Las campanas repican alborozadas y de los contornos acuden romerías jubilosas. Es la fiesta del Santo Patrono. Fiesta religiosa y pagana a la vez, que enfervoriza los ánimos taciturnos, provocando inquietantes explosiones de alegría. En la iglesia el mujerío atento al sermón o al gangoso canturreo de la misa; en la calle la fiebre del regocijo, amenazando a cada momento convertirse en tragedia; gritos de borrachera, zumbido del populacho en los garitos improvisados por donde quiera, en torno a las ruletas y montes de dado, la algarabía de las galleras en las mañanas, la embriaguez de la coleadera de toros en las tardes, el estruendo de los fuegos que se queman por las noches en el altozano de la iglesia, dentro de un circulo de palurdos que contemplan embobados la elevación de las bombas cuyas candilejas les llenan de lívidos reflejos los rostros de pómulos filosos, el rumor de las parrandas que recorren las calles al son de cuatros y maracas, hasta el filo de medianoche.
       Una vez llegó a Pegujal una cuadrilla de toreros trashumantes de esos que van de pueblo en pueblo, poniendo el miedo al servicio del hambre. Eran matarifes desarraigados a quienes la casualidad de un lance feliz que nunca pudieron repetir sacó de sus mataderos. Entre ellos iba un español que hacía el Tancredo.
       Era un hombre bonito y presumido que gastaba perfumes, hablaba con voz cantarina y tenía ambiguos modales afeminados. Por otra parte, era lo que en Pegujal se llamaba un pretencioso: se desdeñaba codearse con el populacho y hacía ascos a las groseras bebidas que le ofrecían, jactándose de no tomar sino brandy Biscuit. A causa de esto le cambiaron el alias torero que usaba, por el mote despectivo de “El Biscuí”.
       Y comenzaron a odiarlo con la vehemencia de sus pasiones violentas, que eran como el fuego sobre las sabanas tostadas por el verano rápido: rápidas, arrolladoras, fugaces.
       Tenían los pegujaleros un rudo concepto de la hombría y jamás se había dado allí el caso de un varón que no lo fuese plenamente, con toda la aspereza de los machos bravíos y por lo tanto no podían soportar los ambiguos modales del Biscuí; pero menos que todo podían perdonarle la desdeñosa petulancia que usaba para con ellos, porque allí todo el mundo tenía una exagerada noción de sí mismo y una idea brutal de la dignidad. Así, pues, cuando supieron que el españolito haría al día siguiente la suerte del Tancredo, suerte que, por lo demás, ellos no conocían y por lo tanto no les parecía que valiese la pena, decidieron jugarle una broma pesada para ponerlo en ridículo, que le sirviese de escarmiento para toda la vida, “porque a los hombres no se les injuria así”.
       Poniendo manos a la obra, una vez enterados del truco de la suerte, fuéronse al corral donde estaba el ganado que los toreros habían de lidiar al día siguiente, provistos del Judas de trapo que, según costumbre tradicional, se quemaba en el pueblo para fin de las fiestas patronales, y escogiendo el toro más bravo, que era el que le iban a soltar al Biscuí, pusiéronse a amaestrarlo a fin de que embistiera al bulto inmóvil y blanco que le inspiraba instintivo recelo.
       La lumbre espectral de la luna bañaba el corral, en cuyo recinto el toro embravecido derrotaba al espantajo, sostenido en el medio por una cuerda amarrada en los tranqueros, sobre los cuales estaban los iniciadores de la broma, restregándose las manos, satisfechos de su ingenio, experimentando por adelantado la bestial voluptuosidad de la escena que al día siguiente habían de presenciar todos.


III

      Y fue como lo hablan previsto. Todo el pueblo se apiñaba sobre las empalizadas coreando los lances de los toreros, celebrando con frenéticas griterías las intenciones asesinas del toro que buscaba el cuerpo del lidiador tras el engaño de la capa, insultando al que huía ante las astas mortales, como si experimentasen la necesidad del espectáculo de la sangre saltando en chorros hasta salpicarles las caras.
       Por fin tocó el turno al Biscuí. Apareció envuelto en un capote de seda roja recamado de oro, que lanzó, a la usanza toreril, a una ventana colmada de mujeres bonitas, quedando en un traje de malla todo blanca que le ceñía el cuerpo gallardo y bien formado.
       De las empalizadas salió una lluvia de silbidos y de invectivas procaces; pero el Biscuí no se inmutó, y con una desdeñosa sonrisa en los labios fue a subirse en un escabel de madera también blanca que habla hecho colocar en mitad de la calle, frente a la puerta del toril.
       Hubo un momento de expectativa; palpitaban los recios corazones de los pegujaleros apercibidos para la emoción desconocida. De pronto, un estruendo de maderas que ceden a un empuje formidable: ha salido el taro.
       Un toro lebruno, de enhiesto testuz coronado de astas agudas como puñales. Se detiene un momento como si buscara al adversario, le vibra el cuello en una crispación de los nervios tensos, le salta en los ojos la lumbre de la fiereza; pasea las miradas por el gentío encaramado en las talanqueras y las fija por fin en la estatua inmóvil que se levanta en mitad de la calle. Es el adversario, lo reconoce: el mismo que excitó su furor en el claro de luna del corral. Rápido se lanza sobre él; al acercarse vacila un momento, gazapea, parece que va a huir, pero de súbito engrifa el pescuezo, se recoge sobre sí mismo con los cuernos a ras del suelo, se dispara sobre el bulto inmóvil y lo lanza por el aire...
       Una gritería de espanto..., otros gritos que no se oyen..., la mueca de la risa estereotipada en un gesto de horror..., un tropel de gente que se desgaja de las talanqueras...
       Unos, los que prepararon la broma, bracean y gritan al toro que acude a recoger al Biscuí. El toro se detiene para encarárseles y los derrota contra la empalizada; saltan los hombres atemorizados.
       Fue cosa de segundos; pero bastaron para que los compañeros del Biscuí le recogiesen del suelo y se lo llevasen al burladero manando sangre.
       La noche. Se comenta el suceso. Uno pregunta:
       —¿Tú lo viste?
       —Sí. Está destrozado. No amanece.
       Y otro, el que dio la idea de adiestrar al toro:
       —Es que con los toros de aquí no se pueen hacé morisquetas. Ese toro lebruno es una fiera.
       Y los que sostuvieron la cuerda de donde pendía el Judas:
       —Y diga unté que si no es por nosotros que le llamamos la atención al toro, lo suelta frío ahí mismo...


Caracas, abril de 1919.


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